Entramos, nos acercamos a una hermosa muchacha, de gran busto y prodigiosas grupas.

BOEDO, LA ATLANTIDA

Por Julio Fernández Baraibar*

Con mi amigo Eduardo Auzmendi habíamos quedado, anoche, sábado, en pasar por la inauguración de un local político de unos amigos, que estaban inaugurando en el medio de la campaña. El local está en Boedo, cuando todavía es calle y no se ha convertido en avenida.

Parrilla en Boedo

Por Julio Fernández Baraibar

NAC&POP

05/09/2021

Ahí estuvimos, como a las ocho, nos tomamos unos fernéts con coca, recorrios el local, charlamos con compañeros y compañeras, encontramos algunos amigos y hasta jugamos un rato con un fulbito que tenían.

Los fulbitos han cambiado la disposición de los jugadores siguiendo, posiblemente, las nuevas tácticas del fútbol de verdad.

Cuando era niño la disposición de los jugadores era 2 – 3 – 5 y el arquero. Ahora están dispuestos en 3 – 4 – 3 y el arquero lo que confunde levemente a mi un poco herrumbrada técnica.

Pero ok. Jugamos igual un rato.

Después de algunos discursos y ya habiendo cumplido con nuestra presencia, continuamos con lo que era la segunda parte del programa sabatino: buscar una parrillita en Boedo y cenar con despliegue de chinchulines, riñones, morcillas, chorizos, tira de asado, pollo y algún trozo de cerdo, acompañado de papás fritas a la provenzal y, obviamente, vino tinto. Ah, y soda.
Continuamos por la calle Boedo y nos encontramos con algunas pizzerías, bastante elegantes, bien puestas, con mesas a la calle envueltas en un espacio de nailon.
Pero no era eso lo que buscábamos.
De pronto, en la vereda de enfrente vemos un cartel de dudosa perfección artística que dice PARRILLA – EMPANADAS.
Echamos un vistazo.
Era el lugar que nuestra imaginación buscaba.
Una brillante iluminación fluorescente , nada de sombras y claroscuros flamencos, mesas y sillas que eran de cada pueblo un paisano, paredes de colores brillantes, adornadas con la bandera argentina, una guitarra y un bombo, de un lado, y del otro, una colección de negros discos de vinilo de 33 rpm, que si uno se acercaba podía leer La historia del Trío Los Panchos.
Lo Mejor de Sandro, Leo Dan, El Cuarteto Imperial.
Y en un rincón ese motivo cumpleañero que se ve en la fotografía y que anunciaba una celebración.
Entramos, nos acercamos a una hermosa muchacha, de gran busto y prodigiosas grupas, resaltadas por unas calzas negras que habían crecido con ella, y le preguntamos si se podía comer una parrillada.
Nos contesto que sí y nos acompañó a una de las heterogéneas mesas, carente, por supuesto, de mantel o cualquier tipo de ornamentación extra.
Pedimos lo que habíamos venido a comer y una botella de López, que era lo mejor que la casa tenía para ofrecer.
Ah, y una soda.
Llegó, como siempre, primero el vino.
Comenzamos a brindar y beber con recato y mientras tanto observábamos la concurrencia.
Eran hombres y mujeres de mediana edad, en su mayoría, robustos, de rasgos típicamente argentinos.
Hombre panzones, bien vestidos de sport, igual que las mujeres, y con un indisimulable, franco y desparpajado estilo «transtévere» o, para decirlo en criollo, «conurba».
Mientras tanto, había aparecido en el local un hombre alto, delgado, de rasgos finos, de unos 50 años de edad, acompañado de una señora muy anciana.
El hombre empezó a acarrear al salón de la parrilla diversos trastos: trípodes, focos estroboscópicos, una computadora, parlantes, micrófonos.
Había sentado a la señora anciana, que evidentemente era su madre, a una de las mesas donde parecía tener amigos, e iba y venía por el salón ordenandos sus enseres.
Con mi amigo nos mirábamos pensando qué sería lo que ocurriría de allí en mas.
Mientras tanto, y observando a esa extraña pareja de madre e hijo, pudo desarrollar ante Eduardo mi conocida tesis de que la Argentina es el país que tiene la más larga adolescencia del mundo.
Era obvio que ese cincuentón, bien conservado, con un moderno corte de pelo y vestido con una notoria elegancia plebeya, era soltero y vivía con la mamá, quien lo observaba en sus desplazamientos con ojos de admiración y ternura.
Llegó la parrilla, llegaron las papas fritas a la provenzal, llegó otra botella de vino y mientras tanto el ambiente se iba caldeando.
De pronto, el hombre de los faroles estroboscópicos aparece de rutilante pantalón blanco, zapatos blancos, un elegante blazer azul, camisa blanca y corbata y comienza su notable show de animación.
Comenzó a cantar y a bailar sobre unas pistas grabadas, canciones que mi amigo y yo desconocemos pero que todo el resto del público acompañaba a viva voz.
La cumbia santafesina dominaba la selección bailable y entre canción y canción nuestro showman saludaba a quienes conocía mientras comentaba de dónde eran: Moreno, Merlo, Lomas de Zamora, Malvinas Argentina y Boedo.
Descubrimos Eduardo y yo un hilo invisible, una especie de portal místico que une espiritual y materialmente a Boedo con ese planeta social, político y cultural que el el conurbano.
Y, amigos, fue una noche inolvidable.
Después de más de dos años, volví a bailar, como atestigua el vídeo que acompaño.
Nuestro showman resultó ser un gran animador y lo que vivimos fue algo así como la sensación de que la plaga, que nos tuvo encerrados dos años, alejados de nuestros amigos y compañeros, sin poder abrazarnos, besarnos en la mejilla al encontrarnos, abrazar en un tango a una desconocida señorita y hacerla dar vueltas por una pista de madera, que esta maldita pandemia estaba llegando a su fin y una ola de libido, de demanda postergada de erotismo real y no virtual, nos ha comenzado a atravesar.
Pedimos otra botella de López, probamos la torta de cumpleaños de la agasajada, nos unimos en palmas y risas con otros argentinos y argentinas completamente desconocidos y felices como nosotros.
Y como a las tres de la mañana, nos fuimos.
En la mesa solo quedaba la botella de soda que no habíamos probado.
Al irnos yo pude escuchar a Julio de Caro que desde un zaguán interpretaba su tango inolvidable.

Julio De Caro – Boedo – Tango instrumental

https://youtu.be/mDeLWNosOpk