(o recuerdo de un relato)

RELATO DE UN RECUERDO

Por Luis Crespo

Mediodía en un antiguo bar de la calle Chiclana. Él tenía, exactamente, la edad de mi padre. Recién salíamos de trabajar, luchando, entre otras cosas, por salvar la vida de la vieja escuelita de la calle Inclán. Me propuso tomar un café sin que, ninguno de los dos, imagináramos que aquel recreo duraría más de hora y media…

 

 

Por Luis Crespo

 

Sé, perfectamente, qué año era. Lo que no podría asegurar es el mes, aunque deduzco que debería ser en primavera.

Mediodía en un antiguo bar de la calle Chiclana.

Él tenía, exactamente, la edad de mi padre.

Recién salíamos de trabajar, luchando, entre otras cosas, por salvar la vida de la vieja escuelita de la calle Inclán.

Me propuso tomar un café sin que, ninguno de los dos, imagináramos que aquel recreo duraría más de hora y media.

Era un hombre muy formal, demasiado para mi gusto, sobre todo a mi edad de entonces. Sin embargo, conmigo, creo que se despojaba de muchas de sus ataduras. No era fácil verlo reir y, ciertamente, parecía escatimar cualquier tipo de expresión humorística.

Una de las formas de ese esporádico desacartonamiento ocurría cuando me llamaba “Luiggi Mottura” asociando mi nombre de pila con el placer que me ocasionaba escribir, dirigir y ensayar representaciones escénicas para todos los actos y eventos del año.

Me daba cuenta que le costaba bastante, pero, sin embargo, yo sabía que apoyar mis iniciativas le provocaba una especie de oculto regocijo.

Me parece mentira que esté tan presente en mi memoria que ese día él llevaba puesto un holgado traje príncipe de Gales. Siempre me llamaba la atención que, a pesar de su personalidad, usara un desprolijo bigote sobre su boca que inclinaba un poco como para enfatizar cada comentario. Su caligrafía (diría que punzante) me recordaba a otra igual que había visto en reproducciones gráficas y, enseguida, me había dado cuenta por qué yo las asociaba.

En ese bar en el que estábamos casi solos, únicamente pude recrear imágenes y sentimientos. Recordé a Juan Gálvez, tal vez porque yo me había enterado de su muerte cuando me dirigía a tomar un tren, en la estación Constitución, para una visita a Río Santiago o, quizás, por la angustia que me provocó la pérdida inesperada de aquel ídolo. Y, el relato que estaba escuchando y reviviendo, en la mesa del bar de Chiclana, también tenía su eje en la estación Constitución … y en la angustia. Allí había deambulado, veintiocho años antes, aquel joven del recuerdo con su dolor por la noticia del suicidio de su madre. Allí vagaba con paso inseguro desgobernado de indecisiones. Alguien le había indicado que no viajara a Mar del Plata.

Por momentos, acodado sobre la mesa perdía su mirada por la ventana y luego retomaba el relato acercándome su cara como si me contara secretos. O, tal vez, era por eso.

No podían y no pueden dejar de conmoverme los momentos, sus estados de ánimo, la última carta, las circunstancias de lo vivido, en aquel irreparable día, por el hijo único, ante la muerte de Alfonsina.