Comensales sobre alfombra en el desierto: Saparmirat Niyazov; el intermediario Mohamed Hassan, y Carlos Bulgheroni, pionero de negocios con los talibanes.

FOTOS: BULGHERONI Y LOS TALIBANES

Por Ignacio Lizaso*

En la década de 1940 Alejandro Ángel Bulgheroni comienza abriendo un almacén de ramos generales en Rufino, Santa Fe. 50 años más tarde sus hijos Carlos y Alejandro, llegan a convertirse en socios en la extracción de petróleo de los talibanes de aquella región del sur de Asia.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

18/08/2021

Las últimas semanas el rol de ciertas fotografías viene siendo esencial para identificar al autor del crimen de un adolescente en el barrio Tablada, Córdoba; corroborar que el ex presidente Macri contribuyó con hombres y armamentos al golpe de Estado que derrocó a Evo Morales, o establecer que tanto Erling Haaland (el blondo 9 del Dortmund) como Alberto Fernández (el 1 de Argentina) estaban en offside frente al arco del Bayern Munich o en el festejo del cumpleaños de su esposa.

El retorno de los talibanes alentó la actualización de una foto registrada en 1995, que publicó Clarín.

En pleno desierto, cerca de la frontera con Afganistán, sentados sobre la arena, comiendo con una alfombra como mesa, se ve a cinco personas reunidas para cerrar una inversión de 400 millones de dólares.

Los comensales son un par de representantes del dictador de Turkmenistán, Saparmirat Niyazov; el intermediario Mohamed Hassan, famoso porque habiendo perdido una pierna, en lugar de proveerse de una prótesis usaba una pata de palo; un intérprete anónimo y quien entonces era el poseedor de la mayor fortuna entre los argentinos.

Este hombre, Carlos Bulgheroni, fue pionero en la paciente faena de crear una estrecha relación de negocios con los talibanes.

La trayectoria de los Bulgheroni, familia de inmigrantes italianos – llamativa afinidad con la de los Macri -, constituye un fenómeno extraordinario en el mundo capitalista.

En la década de 1940 Alejandro Ángel Bulgheroni comienza abriendo un almacén de ramos generales en Rufino, Santa Fe, y 50 años más tarde sus hijos Carlos y Alejandro, además de edificar una fortuna de entre 4.500 y 5.200 millones de dólares, llegan a convertirse en socios en la extracción de petróleo de los talibanes de aquella región del sur de Asia.

El modesto comerciante de una ciudad de 7.000 habitantes tenía ambiciones de progreso.

En su búsqueda descubrió que YPF era creciente consumidora de bridas, los anillos que unen los tubos de extracción de petróleo.

En un tallercito de las afueras de Rosario empezó a fabricar los anillos y en sostenido avance logró que su oferta prevaleciera en las licitaciones. Como reconocimiento a ese punto de partida, al ingresar en el negocio petrolífero el grupo adoptó el nombre de Bridas.

En 1991 el jefe de exploración de la empresa, Glen Nell, les informó que el suelo del prácticamente ignoto Turkmenistán contenía una gigantesca reserva de gas y petróleo.

¿Íbamos a consultar a los rusos, levantar una planta productora de coca-cola o nos metíamos a bancar el negocio?, fue el interrogante que se planteó Carlos Bulgheroni.

Hicieron los estudios técnicos y resultó que el proyecto más viable era construir un gasoducto de 1.492 kilómetros que uniera Turkmenistán y Paquistán, donde se comercializaría el producto.

Pero esa obra debía atravesar una región montañosa de Afganistán.

Callado, pálido, ojeroso, nariz prominente, pelo en retirada, gran seductor, Carlos trabó relación con el tirano Niyazov, que se mostró sorprendido y halagado por el interés de un empresario occidental.

En 1992 le concedió la explotación de un yacimiento en Yashlar y un año más tarde, otro en Kelmir.

Para redondear el plan Carlos también supo atraer a la ministra paquistaní, Benazir Botto.

El plan incluía como paso final la extensión del gasoducto a India y China.

 

La garantía del proyecto se basaba en el control de los talibanes.

Único postulante, Carlos acordó recibir más de un 60 % de los beneficios.

Para alojar a sus directivos: 35 argentinos y 20 extranjeros, la mayoría cubanos, se construyó un pequeño centro poblacional.

De la decoración de las viviendas se ocupó la esposa de Carlos, Teresita Aguirre Lanari, hija de quien fuera en 1982 el último canciller de la dictadura cívico-militar.

A esta altura los Bulgheroni cometen un error.

Con el propósito de fortalecer su posición hacen que la petrolera yanqui Unocal, con sede en California, participe en la construcción del gasoducto.

Los expertos de Unocal miden el volumen de la reserva y la estatura real de Bridas.

Del análisis surge que será fundamental la colaboración de tres lobbistas: Henry Kissinger, del que es ocioso dar detalles de su prontuario; Alexander Haig, que representaba al Pentágono, y Robert Oakley, ex embajador en Paquistán.

Cuando Carlos todavía paladeaba el éxito de su gestíón se enteró que Niyazov había firmado el contrato con Unocal.

Procurando disimular su furia pidió explicaciones.

Construyan otro gasoducto, fue la respuesta de Niyazov..

Cabe imaginar la sonrisa de Kissinger, desplegando su papada.

El hijo del almacenero interpuso un reclamo de resarcimiento contra Unocal por 15.000 millones de dólares.

Hubo un arbitraje y el pago se limitó a cientos de miles, nunca trascendió cuántos.

A cambio del contrato el influyente terceto guía de Unocal obtuvo el respaldo del gobierno de Estados Unidos al régimen talibán.

Kissinger-Haig-Oakley equivalían al PSG de Messi-Neymar-Mbappé y los Bulgheroni eran el humilde Cagliari, de Italia (el paralelo no es antojadizo, hace 20 años Bridas pretendió comprar a este club de Cerdeña, gesto digno de un jeque, para honrar la tierra que vio nacer a sus antepasados).

No obstante el sabor hollywoodense la cosa no terminó con happy end.

En 1998, a la luz de la ideología de Osama Bin Laden se produjeron los atentados a las embajadas yanquis en Kenya y Tanzania.

Unocal optó por tomar prudente distancia de la región y el negocio.

Un cóctel de tráfico de drogas y terrorismo frustró el proyecto, sintetizó su visión Carlos Bulgheroni.

Un año antes, a mediados de febrero, aún en plena relación idílica, Carlos invitó al ministro de minas talibán, Ahmad Jan, a visitar Buenos Aires.

A pesar de que la temperatura oscilaba entre 30 y 35 grados las secretarias de los directivos de Bridas recibieron la orden de modificar su atuendo.

Nada de escotes, polleras cortas, brazos desnudos, ni cabello largo, rasgos que contrastaran con la imagen femenina que regía en Turkmenistan y ha tornado a su vecino Afganistán, donde la mujer no puede estudiar, ni trabajar, tampoco (siquiera) cantar.

Su vida transcurre detrás del velo, un velo de hierro.

Tras su paso por nuestro país Jan se trasladó a Texas, donde se hallaba una filial de la empresa de los Bulgheroni.

El tropezón quedó atrás.

En ese mismo 1997, en sociedad con American Oil Company, Bridas creó Panamerican Energy.

El crecimiento no se iba a detener.

En 2010 le vendieron la mitad de las acciones a la empresa china Zhónguóo Háiyang Shiyou Zónggóngsi en 3.100 millones de dólares.

Y en 2012 compraron los activos de Exxomobil en Esso Argentina, con lo que entraron en el mercado de refinamiento y comercialización, y pasaron a manejar toda la cadena petrolífera, desde la extracción al surtidor.

En el ámbito nacional el grupo se condujo con un estilo semejante al puesto en marcha en su experiencia asiática.

En 1974 sufrieron el secuestro del padre por parte del ERP.

Pero pronto hubo desquite.

Durante los 6 años de la dictadura encabezada por Videla y Massera, al igual que la familia Macri, los Bulgheroni incrementaron sonoramente sus negocios.

Además transfirieron al Estado una deuda de 619 millones de dólares.

De inmediato, en el gobierno de Raúl Alfonsín se mantuvieron en el candelero merced a su amistoso vínculo con Coti Nosiglia.

El amplio espectro de su influencia llevó a Carlos – cuidándose de las fotos – a intermediar en el levantamiento carapintada.

Para la campaña Menem presidente se denunció que habían aportado 500.000 dólares.

No lo negaron.

Luego brindaron parecido apoyo a Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde.

Y se dice que en 2013, la bronca por la nacionalización de YPF los impulsó a adherir a la candidatura de Sergio Massa.

Al margen de estas manifestaciones de un uso desembozado de su poder financiero la empresa supo destinar fondos al cultivo de una especie de mecenazgo.

Lo curioso (o no…) es que tal espíritu apunta en direcciones francamente contradictorias.

Se han hecho efectivos subsidios a la Policía Federal y a un centro de estudios fundado por George Bush con miras a promover los primeros vuelos a Marte y… al teatro Colón.

Carlos Bulgheroni murió hace 5 años.

Ningún argentino alcanzó a introducirse tan hondamente en el laberíntico universo de los talibanes.

Lo atestigua la foto del pic nic en el desierto de Turkmenistán, con aire de que estaban en el parque Centenario.

Volviendo a los orígenes familiares, cómo olvidar que en el duro arranque había un único dato que distinguía al almacén: uno de sus clientes era Bernabé Ferreyra, famoso goleador de River Plate en la década de 1930.

Cuánto camino recorrido desde el botín del «mortero de Rufino» (apodo de Ferreyra) a la pata de palo de Hassan, con el fondo de montañas sirviendo de paspartú al sueño del gasoducto.

IL/