Borro promovió un acercamiento, alimentado por sus experiencias en el campo sindical y reforzado por las raíces sanguíneas

SEBASTIÁN BORRO, UN AUTÉNTICO PRÓCER DE LA RESISTENCIA PERONISTA

Por Ignacio Lizaso

Dentro de la nómina de los dirigentes sindicales argentinos que lucen una trayectoria extensa y sin claudicaciones Sebastián Aiup Borro (FOTO) – a 100 años de su nacimiento – ocupa un sitial preponderante. A los 23 fue uno de los obreros que se juntaron anónima, espontáneamente el 17 de octubre de 1945, en plaza de Mayo, para exigir la libertad de Perón.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

23/07/2021

Dentro de la nómina de los dirigentes sindicales argentinos que lucen una trayectoria extensa y sin claudicaciones Sebastián Aiup Borro – a 100 años de su nacimiento – ocupa un sitial preponderante.

A los 23 fue uno de los obreros que se juntaron anónima, espontáneamente el 17 de octubre de 1945, en plaza de Mayo, para exigir la libertad de Perón.

Conductor del gremio de la carne, a los 37 líderó la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, en rotunda oposición al propósito de privatizarlo del gobierno de Arturo Frondizi.

Su permanente lucha contra los golpes de Estado, la política neoliberal y un peronismo proscripto y perseguido le valió reiterados períodos de prisión en las cárceles de Río Gallegos, Devoto, Las Heras, Caseros, Rawson y Rosario, erigiéndose, sin abandonar su tierra. ni la militancia, en el número uno de los exiliados internos.

En sus últimas apariciones públicas Borro no especuló con la merecida condición de prócer del peronismo, bajó de la estatua y apoyó las posiciones renovadoras de las jóvenes camadas de dirigentes.

Así como la gesta popular que la metáfora del poeta Leónidas Lamborghini llamó «las patas en la fuente», quedó consagrada como Día de la Lealtad, cabe recordar que hubo quienes definieron el 16 de enero de 1959, fecha de la iniciación de la épica toma de Mataderos, como el Día de la Resistencia.

Hace una semana evocamos la personalidad de Juan Lechín Oquendo, uno de los grandes dirigentes latinoamericanos, que arrancó su militancia como delegado de una modesta mina de Coro Coro y la culminó como figura central de la revolución boliviana de 1952, uno de los tres levantamientos populares armados del continente, con la revolución mejicana de 1912 y la cubana de 1959, que marcaron el siglo XX.

Durante el exilio de Lechín en Buenos Aires (1951), Borro promovió un acercamiento, alimentado por sus experiencias en el campo sindical y reforzado por las raíces sanguíneas. Juan Lezín Rheim y Mohamed Mahmud Borro, padres de uno y otro, eran libaneses, de ahí el segundo nombre: Aiup.

De pibe Borro vendía por la calle helados que elaboraba su madre, Antonia Magno.

Después aprendió el oficio de tornero mecánico, que lo llevó al frigorífico.

Pronto sus compañeros lo designaron delegado.

Al avanzar en 1956 el proyecto de privatización Borro fue uno de los abanderados de la resistencia.

Los milicos no andaban con vueltas, se bancó 6 meses en la cárcel de Río Gallegos.

Resulta curiosa la accidental proximidad de Borro con el frío: primero los helados, más tarde las temperaturas del frigorífico y como remate el duro clima de Santa Cruz.

En ese presidio fue íntimo espectador de la cinematográfica fuga de John William Cooke, Héctor Cámpora, Jorge Antonio, José Espejo y Guillermo Kelly.

Borro no se prendió porque faltaban días para recuperar la libertad y reasumir su compromiso militante.

En diciembre de 1958 Frondizi entró en negociaciones con el FMI, una muestra más de traición al pacto con el peronismo que le había permitido acceder a la Casa Rosada.

Traición ya anunciada el mismo 25 de mayo de 1958, día en que asumió la presidencia.

Esa noche, bajo la lluvia, un par de miles de peronistas se dirigieron a plaza de Mayo a celebrar el triunfo.

Un escuadrón de gendarmes de la policía montada salió a dispersar a los manifestantes, que sorprendidos por una agresividad que creían signo de un tiempo superado, debieron escapar corriendo por Piedras y Tacuarí hacia el sur.

Antes de viajar a Washington, Frondizi recibió a dirigentes del frigorífico.

Borro lo encaró sin eufemismos: «si usted sigue yendo a Estados Unidos a entregar el patrimonio nacional le vamos a parar el país», amenazó según testigos del encuentro.

«Vea, mocito, no le voy a permitir que me venga a intimidar», contestó el radical intransigente.

Abortado el diálogo los 9.000 trabajadores ocuparon la planta del frigorífico.

Los vecinos de Mataderos armaron barricadas, volcaron camiones y no dejaron circular a los medios de transportes, los comerciantes cerraron sus negocios, el barrio hacía suya la patriada y se enyuntaban Liniers y Villa Luro.

Las mujeres ofrecían fervoroso apoyo afectivo y gastronómico.

Un tranvía secuestrado pasaba frente a la entrada a la planta, poblado por niños vestidos con guardapolvos blancos que cantaban el Himno.

Detrás de los barrotes los trabajadores respondían coreando la marcha peronista.

A las 4 de la mañana se lanzó la represión.

Ya había entrado en vigencia el plan Conintes, militarizando todo conflicto social, claro antecedente del terrorismo de estado que se desataría 17 años después.

Carros de asalto, patrulleros y 4 tanques Sherman se encargaron de exhibir el poderío invasor.

La desigualdad era patética.

Los trabajadores contaban con mangueras de agua caliente para bañar el ganado y entorpecían el operativo liberando las reses, que corrían despavoridas, remake de una memorable escena de la película «La guerra gaucha».

En el lugar de los godos, las bestias amagaban arremeter contra la cana y el ejército.

«Aquí se juega mucho más que el frigorífico, se juega el futuro de la clase obrera y de la Nación», consideró Cooke.

Como una reedición de la defensa a las invasiones inglesas, los vecinos tiraban rondanas para trabar las orugas de los tanques y desde las azoteas de las casas arrojaban toda clase de proyectiles livianos a las que La Prensa y La Nación llamaban fuerzas del orden.

Arrasado el portón de ingreso el desalojo era inevitable.

Actuando con saña la policía llegó a echar gases lacrimógenos en las salas de hospitales donde se atendía a los trabajadores heridos.

Fueron detenidos Borro y otros dirigentes: el siempre solidario Cooke, Felipe Vallese y Augusto Vandor.

Desde Washington. Frondizi descalificó la toma y la atribuyó a elementos «protocomunistas locales, bandas trotskystas y la oligarquía terrateniente antiindustrialista».

Borro siempre negó que la toma hubiera sido programada, para él se trató de una reacción espontánea de los trabajadores.

Que pagaron con creces esa reacción: de los 9.000 miembros del personal 5.000 fueron declarados cesantes.

Y el frigorífico – creado como ente municipal durante el gobierno de Marcelo T. de Alvear y nacionalizado por Perón – fue entregado por ley a la Corporación Argentina de Carnes (CAP).

La resistencia no se detendría en los episodios de Mataderos.

Entre 1963 y 1965 se desarrolló un plan de lucha con ocupación de lugares de trabajo y como consigna el retorno de Perón.

A lo largo de cinco etapas fueron paralizadas casi 11.000 fábricas y plantas de producción, con participación de 4 millones de trabajadores.

A poco de concretarse la heroica toma del frigorífico Borro fue invitado a visitar a Perón.

Su relato es conmovedor.

«Yo tenía que llevarle unos zapatos que le mandaban los muchachos del calzado.

Cuando lo vi se me caían las cosas de la mano, me puse a llorar.

No se emocione, Borro, me dijo.

La verdad, llorábamos los dos.

Al rato, no más que unos minutos, Perón era mi viejo, mi hermano…

Hacía todo para que uno olvidara lo grande que era».

En 1962 el pueblo lo votó diputado, pero las elecciones fueron anuladas.

Volvió a visitar a Perón y a instancias de Cooke se entrevistó con el Ché Guevara.

La deserción de Vandor propiciando un peronismo sin su líder – no se suele subrayar que antes de su actividad gremial, entre 1941 y 1947 el Lobo fue suboficial de la marina de guerra – no podía contar con la adhesión de Borro, que se enroló en la línea dura con Avelino Fernández, Jorge Di Pasquale, Armando Cabo y Raimundo Ongaro.

Requerido por los jóvenes que surgían en el movimiento, alentó fecundo diálogo con Gustavo Rearte y Envar El Kadri.

En 1964 integró la mesa del Movimiento Revolucionario Peronista y en 1968 se sumó a la CGT de los Argentinos encabezada por Ongaro.

En 1973 sostuvo: «hoy sabemos que las estructuras que teníamos en 1955 no sirvieron para movilizar un solo hombre en defensa de nuestro gobierno y nuestro presidente».

Ese año Cámpora lo designó director de cementerios.

Fiel a sus principios no se redujo a la función burocrática.

En 1974 impidió que efectivos de las 3 A se apoderaran en la morgue del cadáver de Rodolfo Ortega Peña, asesinado por esa organización.

En 1985 resultó electo concejal porteño en representación de su Mataderos.

En la década de 1990, luciendo coherencia realmente excepcional, no vaciló en acusar a Carlos Saúl Menem de traidor.

Ya maduro Borro tenía un cierto parecido facial a un notable poeta de Buenos Aires: Raúl González Tuñón, autor del poema que después de plantear que el dolor mata y la existencia es dura, dice: «si quiere ver la vida color de rosa, eche 20 centavos en la ranura».

En su bregar sin pausas para darle color humano a la vida del pueblo y darle pelea a los que empuñan el dolor que mata – «por mi prontuario, yo no duraba en ningún laburo, mis hijos corrían la coneja», contaba -,

Sebastián Aiup Borro echó hasta los últimos centavos que poblaron su bolsillo en todas las ranuras que se le pusieron a tiro y tantas otras que supo crear con la prepotencia de sus ideas y su lucha inquebrantable.

IL/