lQuiero compartir un secreto de estado. Hace doce años que todos me rompen las pelotas con la ciudad pantano! ¿Cuándo vamos a invadirlos?

LA CUESTION DEL PUERTO / CAPITULO NUEVE (9)

Por Gastón Garriga*. Dibujos Rodolfo Parisi*

-Vamos a entrar a la ciudad el 17 de octubre. Pacíficamente. Suponemos que en estos años aprendieron, cambiaron y se pueden integrar-. Casi se podía escuchar crujir los engranajes de los cerebros de las autoridades partidarias de los distritos de la primera, tratando de producir una frase. -Los porteños no cambian ni aprenden-, dijo una voz que nadie llegó a identificar.

Por Gastón Garriga * (FOTO)

Dibujos: Rodolfo Parisi

NAC&POP

21/07/2021

 

«Creo que actualmente hay dos Argentinas: una en defunción, cuyo cadáver usufructúan los cuervos de toda índole que lo rodean, cuervos nacionales e internacionales; y una Argentina como en navidad y crecimiento, que lucha por su destino, y que padecemos orgullosamente los que la amamos como a una hija.

El porvenir de esa criatura depende de nosotros, y muy particularmente de las nuevas generaciones”,

Leopoldo Marechal.

En la cámara anterior al gazebo principal, mientras se quitaban las protecciones y las acomodaban prolijamente sobre los bancos, fueron reconociendo a las autoridades partidarias de la zona, a razón de dos por distrito.

Venir a la regional, reunir a tanta gente físicamente, no sólo era poco habitual, también era señal de que se venían anuncios importantes.

Todos los presentes compartían la misma ansiedad, la misma expectación.

Pasaron al salón y se fueron acomodando en los dos círculos concéntricos de sillas irregulares -deliberadamente irregulares, en honor a las viejas unidades básicas-.

Los perros, como en todo encuentro de peronistas, respondieron a ese mismo reflejo atávico y completaron el cuadro.

Los sorprendió otro detalle. Bizcochitos.

Prolijamente ubicados, en una silla cada tres, en envoltorios plásticos como los de antes, sin abrir.

Había dulces y salados.

Estaban prohibidos hacía años y se creía que ya no se fabricaban, ya que los ministros de Soberanía Alimentaria habían sido muy duros con el concepto de calorías vacías.

Esos paquetitos eran un lujo inesperado.

Cuando terminaron de ubicarse, las miradas de la docena y media de presentes se concentraron en el anfitrión, Rizzone.

Era un compañero grandote, canoso, curtido, con una paciencia casi oriental.

-No podemos empezar todavía-, dijo, mientras intentaba disimular la sonrisa.

-Estamos esperando a un compañero… A dos-, corrigió.

-Vienen de lejos.

De Viedma.

La ansiedad tomó forma de murmullo generalizado.

Algunos, inquietos, se movían en su asiento.

Un ruido rítmico y metálico, lejano pero creciente, confirmó las sospechas de Osvaldo.

El inconfundible sonido de un helicóptero, que ahora se volvía ensordecedoramente cercano.

Rizzone controló a todos con la palma de su mano, se acomodó el barbijo y salió a recibir a los visitantes.

Enseguida reapareció, acompañado por dos guardias de seguridad, que hicieron una rápida inspección ocular, se apostaron a los costados de la entrada y dieron la señal por handy.

Máximo entró lentamente, acompañado de Alberto, que se aferraba a su brazo y daba pasos cortos y dubitativos.

-Cumpas, ya saben de memoria el tema de la distancia y los protocolos.

Por más vacunados que estemos, este bicho es muy hijo de puta y va más rápido que la ciencia.

Son cuadros, por algo están acá.

No tengo que explicarles nada.

Ambos tomaron asiento, dejando dos lugares libres entre ellos, igual que el resto.

Se quedaron en silencio unos segundos, para que los demás pudieran asimilar las novedades.

Primero, Alberto estaba vivo.

No se lo había visto en público casi desde la secesión.

Una de sus últimas medidas como presidente había sido el traslado de la capital a Viedma, que irritó bastante a los porteños.

En aquellos días alocados en los que el conflicto entre unitarios y federales emergía con fuerza tras casi dos siglos, su confesión había pasado casi desapercibida.

Frente a los micrófonos de un canal de noticias, con el decreto recién firmado, ante la pregunta por el sentido de semejante despilfarro, había dicho, visiblemente liberado de la presión de gobernar:

-No sólo soy porteño.

También soy medio radical.

Viedma nos remite a lo mejor de nuestra tradición federal.

Se decía que había reabierto su estudio jurídico en la nueva capital, pero no habia certezas.

Nadie prestaba mucho atención a lo que ocurría en esa ciudad desertificada, a la entrada del valle rionegrino, ahora poblada de burócratas, porque el epicentro de la política y la economía seguía en la provincia de Buenos Aires, a la que Viedma parecía asomarse desde la vera del río Colorado, con la ñata contra el vidrio.

Y ahí estaba ahora, después de quince años, el artífice de aquella medida.

Más blanco su cabello, más redonda su figura -parecía un pan de leche-, pero muy parecido al recuerdo borroso que habitaba en la memoria de los compañeros.

Máximo tenía más o menos la misma edad de su padre al morir y cada día se le parecía más.

Desgarbado, descamisado, eléctrico en sus movimientos, incansable.

Un equipo de médicos cubanos, especialmente seleccionados por la embajada en La Habana, convivían con él y lo controlaban a diario.

-Gracias, Rizzone, por abrirnos las puertas de tu básica.

Voy, vamos, a hablar poco, porque en realidad vinimos a escuchar opiniones y a debatir.

lQuiero compartir un secreto de estado.

Hace doce años que todos me rompen las pelotas con la ciudad pantano.

¿Cuándo vamos a invadirlos?

¿Cuándo los hacemos cagar?-, se preguntó, imitando la voz de algún otro, desconocido para sus interlocutores.

-Lo vamos a resolver muy pronto, pero no vamos a hacer cagar a nadie.

¿Está claro?-.

La pregunta era retórica, no volaba una mosca.

-Vamos a entrar a la ciudad el 17 de octubre.

Pacíficamente.

Suponemos que en estos años aprendieron, cambiaron y se pueden integrar-.

Casi se podía escuchar crujir los engranajes de los cerebros de las autoridades partidarias de los distritos de la primera, tratando de producir una frase.

-Los porteños no cambian ni aprenden-, dijo una voz que nadie llegó a identificar.

-Está bien. Opinen sin miedo.

Vine a discutir como un compañero más-.

La frase tuvo el efecto contrario.

El silencio se profundizó.

-¿Qué fue lo que más sufrieron los porteños estos años?

¿Saben?

¿El hambre?

-No-, dijo Osvaldo con firmeza.

-La peste perruna.

-Exacto.

Y apenas salió la vacuna, al par de años estaban otra vez llenando la ciudad con esos perros de mierda, de probeta.

No tienen para morfar, pero alimentan a sus perros.

¿Qué significa eso?

-¿Que están mal de la cabeza?

-Que tienen una necesidad de comunidad no satisfecha.

El caniche, el pequinés , el salchicha, son el triste sustituto de la vida en comunidad, de la relación con otros que encuentran, que se pueden permitir, en sus mini-departamentos como cajas de zapatos.

-Una necesidad mal resuelta.

-Mal no. Como el ojete.

Pero es un indicio de humanidad.

Por eso les vamos a dar una oportunidad de participar de la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación.

Osvaldo y el Negro se miraron.

Años discutiendo el problema de la ciudad y nunca habían observado eso.

-Compañeros, el 17 de octubre no puede fallar ningún detalle.

Por eso necesito que ustedes vayan armando algunas incursiones previas, que reconfirmen o corrijan los partes de inteligencia.

-¿No confiamos en los chinos?

-Claro que confiamos.

Los chinos son compañeros.

Pero son compañeros con menos experiencia.

Esta es una tarea de cuadros.

A la medida de ustedes.

Alberto tiene mucho para aportar en esta etapa.

Por eso le agradezco tanto que haya dejado la comodidad de su estudio jurídico en Viedma, para ayudarnos a entender como piensan y sienten los porteños.

Máximo le dio un suave codazo en las costillas, Alberto se aclaró la garganta y habló.

-Ustedes recuerdan una ciudad de tres millones de habitantes.

El millón más viejo se murió por no cuidarse durante las pandemias.

-Por pelotudos-, dijo el Negro, indignado.

-Más por flojos.

Una ciudad que por siglos vivió de vender servicios generó sujetos sin capacidad de lucha.

El medio millón más acomodado se fue a la mierda.

Hoy viven menos de un millón de personas, harapientas y mal alimentadas.

Es una ciudad con tasa de natalidad negativa.

A punto caramelo para que el peronismo las abrace y les devuelva la dignidad.

Eso es hoy.

Mañana no sabemos.

Ahora tenemos una oportunidad.

Si la dejamos pasar, encuentran un aliado de afuera, de otro planeta, de otra galaxia, no importa.

Con tal de joder a la Argentina, estos siempre se la rebuscan.

Sonaron aplausos.

Osvaldo se reconcilió internamente con Alberto, con la tradición radical de FORJA, con el yrigoyenismo plebeyo.

Alberto calló su arenga; un ruido de corridas lo hizo mirar a un costado.

Se produjo un instante de tensión; algunos empezaron a levantarse para protegerlo.

Hasta que reconocieron el faldón blanco.

Era, claro, Rodolfo, el Cocinero Populista, el rey de los chacinados.

Le habló al oído a Rizzone, que de inmediato le habló al oído a Máximo.

Todos supieron, entonces, que ya era la hora.

-Seguimos después.

Acá el compañero parrillero avisa que están los choripanes y si no los saca ahora se queman. Acá el compañero parrillero avisa que están los choripanes y si no los saca ahora se queman.