Reportaje de Mona Moncalvillo revista HUMOR Nº 126 28 de abril de 1984.

ENVAR CACHO EL KADRI CUANDO REGRESÓ A SU PATRIA

Reportaje de Mona Moncalvillo

Cuando son muchos lo que hablan y «tocan de oído» sobre las organizaciones armadas y la guerrilla, aparece un hombre, un protagonista memorioso que aclara muchas dudas y pone las cosas en su justo lugar. Envar El Kadri ha vuelto. Ese personaje que ya tiene 43 años, y en el ’76 se exilió en París

Reportaje de Mona Moncalvillo

revista HUMOR Nº 126

28 de abril de 1984.

Publiaco por ElOrtiba

Cuando son muchos lo que hablan y «tocan de oído» sobre las organizaciones armadas y la guerrilla, aparece un hombre, un protagonista memorioso que aclara muchas dudas y pone las cosas en su justo lugar.

Envar El Kadri ha vuelto.

Ese personaje que ya tiene 43 años, y en el ’76 se exilió en París, ha regresado con planes, proyectos culturales y sin el menor rencor por la amargura del destierro, para hablar del ’55 en adelante.

Sin perder su espíritu inquieto, ni el carisma que alguna vez hizo que se lo viera casi como un Robin Hood, «Cacho» El Kadri desmitifica no sólo a ese personaje que se creyó ver en él, sino a todos esos dirigentes revolucionarios de lecturas extranjeras, lenguaje farragoso, comunicados complica- dos y sin proyecto político, que peleaban por su propio poder.

Cuando El Kadri habla de que cada uno se sentía un «peroncito» sabe lo que dice…

Recorriendo anécdotas de la resistencia contra los «libertadores», los años de cárcel y su participación en la organización FAP (Fuerzas Armadas Peronistas), cuenta también su desentendimiento con las otras organi- zaciones que, después del ’73, siguieron en la lucha violenta que los alejó de todo, principalmente del pue- blo, mandando a la muerte a miles de jóvenes idealistas y apasionados que se dejaron arrastrar por los «iluminados».

Crítico además del fascismo de López Rega y la Triple A, sabe en carne propia que los peronistas fueron quienes más padecieron, y más muertos tuvieron, por oponerse a esos otros supuestos peronistas…

Tras la disolución de la FAP pasó a integrar el peronismo de base y es ahí cuando proyectó un trabajo político para reconstruir el país.

Así sufrió el ataque de la izquierda y de la derecha, acaso porque Envar El Kadri, más allá de sus errores, nunca se apartó del peronismo.

Cosa que le permite hablar para que los jóvenes de hoy «no tropiecen con la misma piedra».

Con una visión renovada, humanística, descree de la lucha armada para la toma del poder y defiende la construcción firme y sin pausas de la democracia, desterrando la violencia, las recetas mágicas y las formas revolucionarias.

-Es casi sorprendente que estés aquí de nuevo.

No se sabía nada de vos; algunos, incluso, creían que habías muerto…

Lo concreto es que has vuelto, y con proyectos…

-Me hace acordar a la canción que le escuché anoche a Mercedes: «Y seguimos cantando». ¡Qué bonita es! O aquella otra que dice: «es como la cigarra, igual que sobreviviente que vuelve de la guerra»…

Primero, habría que decir por qué nos fuimos…

Nos fuimos para seguir vivos.

Y queríamos seguir vivos porque nos parecía que todo proceso revolucionario debe saber encontrar la forma de retirarse en un momento dado.

No hay que creerse protagonista de la historia y pensar que si uno no está presente, la historia no se hace, o que no habría posibilidad de triunfo o avance.

¿Para qué quería sobrevivir?

Quería sobrevivir también, para llevar conmigo a todos los que quedaron en el camino, a todos los que fue- ron parte de nuestra historia, parte de nuestra vida, como dice don Ata en «Los hermanos»: «y así seguimos andando, curtidos de soledad, y en nosotros nuestros muertos pa’ que naides quede atrás…».

Y como, lamentablemente, mi generación carga muchos muertos, me pareció un deber conservar esa memoria, rescatarla y poder expresarla hoy.

-¿De que manera crees que podes insertarte en la realidad argentina que estamos viviendo?

-Primero, aportando la experiencia que realicé personalmente.

Desde afuera pude tener una mejor com- prensión de ciertos mecanismos de poder, o de ciertos mecanismos de dominación, que influyen también en nuestro país, y de qué manera la repetición de recetas, de esquemas, de frases hechas que constituían un poco el bagaje político de los años ’70, eran una trampa que desconocía nuestra identidad cultural más pro- funda.

En realidad eran una especie de colonialismo cultural que se nos había metido adentro; en algunos más acentuado, en otros menos.

Y sin pretender ser maestros (porque en la vida no hay maestros, sino simplemente gente que muestra un camino), con otro viejo compañero al que hacía más de veinte años no veía pese a que comenzamos nuestra militancia juntos, allá por el año ’57 ó ’58, que se llama Jorge Rulli, iniciamos un diálogo que nos pareció importante para transmitir a los demás.

Sabiendo que ese es nuestro mejor aporte a una juventud que no conoce una parte de la historia de nuestra vida política e institucional, a partir del año ’55.

Tratar de hacer un puente entre aquel pasado que nosotros recogimos de boca de los protagonistas directos, los que sobrevivieron a la revolución del ’55, y las nuevas generaciones, con la esperanza de que no tropiecen dos veces con la misma piedra.

Habría que comenzar entonces por revisar lo que sucedió en el ’55 y lo que pasó posteriormente.

Y también saber desde qué lugar hablas vos. Hay quienes te sindican como un terrorista por haber pertenecido al FAP y ejercido la violencia…

-A mí me parece que el término terrorista está mal empleado, porque habría que distinguir en dos grandes tipos de violencia: una violencia que venía de arriba, que es la que sufrimos nosotros, como generación, a partir de 1955, cuando se bombardeó la Plaza de Mayo o cuando se fusiló al general Valle y a sus compa- ñeros o cuando se asesinó en los basurales de José León Suárez a gente que había sido detenida sin nin- guna forma de proceso, sin ninguna forma de condena, sin ningún abogado, nada…

Se los fusiló con una orden verbal, instaurando de esta manera una especie de lo que hoy llamamos terrorismo de estado.

Y nosotros fuimos las victimas de esa violencia que tiene su origen, me parece, en que los sectores minoritarios o «libertadores» como se «llamaban en aquella época, «los gorilas» como les decíamos nosotros, nos desconocían como personas.

Creían que todos los peronistas éramos víctimas de la demagogia de Perón, que había dado el pan dulce y la sidra en abundancia y que por obra y gracia de esa demagogia había logrado tantos millones de votos…

Y entonces, bueno, ellos se consideraron investidos del sacrosanto deber de restaurar la «verdadera» democracia…

La única democracia que existe es la que respeta ¡a soberanía popular y el resultado de las elecciones, nos guste o no nos guste quién gane.

Pero estas minorías se consideraron «ungidas» por sí, por Dios o por no sé quién, para derrocar a Perón.

La marina bombardeó la Casa de Gobierno y la Plaza de Mayo el 16 de junio; después hubo otros intentos, hubo bombas en manifestaciones, en concentraciones en la Plaza de Mayo. Todo eso nosotros, yo tenía en la época 11 ó 12 años, lo íbamos viviendo muy directa- mente, se nos iba metiendo dentro nuestro.

Después de sufrir esa violencia, comenzamos naturalmente a oponer «resistencia» a ese terrorismo de estado…

-Resistencia que no tuvo nada que ver con lo que vino después…

-Claro, era bien diferente porque la resistencia que nosotros hacíamos tenía como único objetivo traer de vuelta a Perón. Era un poco simple, quizá, pero nuestra Identidad de peronistas nos hacía tener como único objetivo el retorno de Perón a la patria y al poder.

Perón en esa época había comenzado el largo exilio que iba a terminar recién en 1972 nuestra violencia era muy ingenua quiere: colocar petardos en las vías de los tranvías, hacer manifestaciones esquina de Corrientes y Esmeralda para pelearnos con los comandos civiles; a veces cobrábamos nosotros y a veces cobraban ellos…

Era un poco eso… Reuniones a la espera de que un general diera un golpe para traerlo a Perón…

Porque en nuestro mecanismo de pensamiento simple, lo que decíamos era «si a Perón lo rajaron con un golpe de estado, entonces le hay que hacer ahora es otro contragolpe”.

Es decir, que un milico salga… o un coronel… qué sé yo.

Y eso nos duró -menos hasta el año sesenta y pico.

Recuerdo que el último intento en el que participé fue el de Iñíguez, que tomó el Regimiento 11 de Infante- ría, en Rosario.

Y nosotros éramos los comandos preparados acá, en Buenos Aires, para salir esa noche y custodiar las embajadas, por ejemplo.

Porque nuestra misión se reducía a eso, a impedir que los gorilas, que iban a huir como «ratas» abandonando el buque, se refugiaran en las embajadas…

-¿Cómo se aglutinaban para la resistencia? ¿Había grupos preparados especialmente?

-No, las reuniones eran de lo más insólitas…

Estaba el gordo Cerdeira…

No si lo podrás nombrar, pero esto ya es histórico.

El gordo Cerdeira tenía un gran colectivo, entonces las reuniones se hacían en el colectivo, nos íbamos subiendo en distintos lugares…

Era uno de esos ómnibus para escolares, para llevar niños a las colonias de vacaciones, no un colectivo de línea.

Entonces, subíamos quince o veinte muchachos y hacíamos una reunión.

Venía el contacto, siempre era un contacto militar ¿no?, porque en época ser militar era una cosa que da jerarquía…

No hay que olvidar que más de 5.000 oficiales fueron dados de baja, acusados de ser peronistas, por el golpe del 16 de setiembre.

Entre ellos hubo gente valiosísima; el capitán Morganti, por ejemplo, que ya falleció; el coronel González, que debe estar vivo, el coronel Ortega…

Aparicio Suárez, que falleció también, un teniente primero, muy buena gente…

Todos ellos preparaban ese golpe que iba a traerlo a Perón y que siempre fracasaba por un motivo u otro…

-¿Usaban armas?

-En algunas de las reuniones que hacíamos a veces en el viejo Sindicato de Farmacia, discutíamos, por ejemplo, la posibilidad de herir a alguien, o qué iba a pasar de tener que usar un arma.

¡Qué responsabilidad tremenda…!

Te puedo contar una anécdota del año ’59, cuando fue la huelga -la lucha, mejor dicho- por la privatización del frigorífico Lisandro de la Torre.

Sebastián Borro y sus compañeros habían tomado el frigorífico y se habían atrincherado adentro.

Después vinieron tropas del ejército, de la gendarmería, tanques y todo eso, rompieron las barreras, entraron y, bue- no… apalearon a todo el mundo y los metieron a todos presos.

Nosotros, en esas pequeñas escaramuzas que hacíamos, rompíamos todos los faroles, por ejemplo, de la zona de Mataderos, para que quedara el barrio a oscuras.

El grupo nuestro, que era de la Juventud Peronista se llamaba así, se identificaba como la Juventud Peronista desarmó a un policía.

El policía vino como veinte cuadras corriendo atrás nuestro, gritando que le devolviéramos la pistola «que si no se la iban a hacer pagar».

Y al final los muchachos se apiadaron y se la devolvieron.

Hoy parece una cosa insólita, pero nosotros decíamos «bueno, es un trabajador»… «La policía es peronista»… «son como nosotros»…

Es decir, había un profundo respeto por la vida y por la integridad física de los demás.

No nos visualizábamos desde la perspectiva que, lamentablemente, después se dio: la «eliminación».

Esa palabra, eliminación, tan horrible…

Porque se comienza eliminando a los enemigos y después se termina, como fatalmente ocurrió por desgracia, ajusticiando a los propios compañeros que disienten con una línea o que, supuestamente, son traidores o pueden delatar algo o poner en peligro algo…

-¿Cuándo y por qué te hiciste peronista?

Eso viene de familia…

Mi padre, que es libanés, en aquella época de los cuarenta y pico, vivía en un pueblito que se llamaba La Laguna, en la provincia de Córdoba, donde era comisionado municipal de la revolución del 4 de junio de 1943.

Es un pequeño pueblito que no figura ni en los mapas.

Allí pasé mis primeros años de vida, hasta primero inferior estuve en ese pueblo. Guardo hermosos recuerdos de la acequia donde íbamos a sacar los pescaditos o las ranas y a comer hinojos y todas esas cosas.

También guardo un autógrafo del coronel Perón, que era en esa época vicepresidente y secretario de Trabajo y Previsión.

Le escribió a mi padre diciéndole «Muchas gracias por su apoyo»; una carta de circunstancias.

Digamos que me formé en un hogar peronista; no de militante, por el hecho de que mi padre es libanés. Además, cuando vinimos a Buenos Aires -vivimos en el barrio de Ciudadela primero- aprendimos en carne propia cómo era la lucha por la vida.

Mi padre salía con las valijas cargadas de cosas de mercería -botones, hilos, agujas- que iba vendiendo hasta que instaló un negocito…

Como él era extranjero no hacía política, pero tuve la influencia de todo el medio ambiente en el cual me crié.

Mis abuelos, mis tíos eran todos peronistas… y para mí fue una cosa muy natural, éramos los únicos privilegiados en esa época; fui a una colonia de vacaciones, vi una vez pasar a Evita a unos metros de mí.

-La mayor parte de tu secundario la hiciste en el Liceo Militar… ¿Como fue eso?

-Mi madre, para ayudar a mi padre, daba clases de corte y confección en casa y venía la esposa de un capi- tán a aprender, cosa medio impensable en estos tiempos; pero en aquella época había militares que eran pobres o que no veían mal hacer un trabajo manual.

Esta señora (ella también tenía hijos, un poco más grandes que nosotros) le explicaba a mi madre que era conveniente que fuéramos al Liceo, que era una escuela no sólo para seguir en el Colegio Militar o para ser subteniente, sino que servía para hacer el secundario y, al mismo tiempo, el servicio militar; eso te permitía ganar un año.

Así fue como entré, en el año ’54, a primer año.

Obtuve una media beca por estar entre los primeros, pues había que dar examen de ingreso. Seguí hasta 4° año…

-Cuando te echaron…

-Me echaron… Es que, para ejemplificar, yo me había caracterizado por ser bastante rebelde a la disciplina militar; cosa que era general en toda la promoción, no era yo el único.

Sacábamos una revista que se llamaba ARIEL, con otros dos compañeros y un profesor de literatura. Siempre el «profe» de literatura es el más progresista, llamémosle así; no sé qué sería él en aquella época, nunca me interesó; sé que era laico y socialista.

Allí ya tuvimos problemas con la censura…

-La censura militar…

Sí… Sacamos una revista muy linda, de 64 páginas y en papel ilustración, bien impresa, financiada con venta de avisos y con las suscripciones de los cadetes.

El director tenía que leer todos los artículos antes de que fueran a la imprenta.

Ahora me doy cuenta de que eso era la censura, pero en aquella época lo vivíamos como una cosa normal. Recuerdo que el profesor de literatura siempre tenía problemas con este director –el coronel Túrolo- porque pretendía prohibir cosas como el tuteo.

Por ejemplo, en un dibujo no se podía mostrar a un cadete fumando en los baños, porque estaba prohibido fumar.

Pero la mayor parte de la gente fumaba en los baños, o a escondidas de los oficiales porque si no te castigaban; y Túrolo pretendía negar la realidad borrando el cigarrillo de los labios…

Los baños del tercer curso se llamaban el «London Club», porque decían que había tanta niebla como en Londres, a causa del humo.

Ahora, en una revista como la nuestra no causó ninguna catástrofe; pero imagínate este pensamiento aplicado después a escala nacional, lo que significó en el nivel de la cultura.

Todo lo que hemos visto en estos años, en que, por ejemplo, a Divinsky lo querían hacer desaparecer por- que había publicado el libro ese de los puños y la mano cerrada, que representaban «la unión hace la fuerza».

Ellos interpretaron que si el puño era una señal del Partido Comunista, no se podía mostrar un puño cerrado…

Esos extremos de negar la realidad, de negar la evidencia, ya los comencé a vivir en la juventud…

¿Qué hiciste después que te echaron del Liceo Militar?

Terminé mi 5° año en el Nacional Urquiza…

Fue para mí el descubrimiento de un mundo, porque como en el Liceo estábamos encerrados de domingo a la noche a sábado al mediodía, no tenía mucho contacto con la gente del barrio y todo eso.

Ahí conocí y comencé a participar en las manifestaciones de que te hablaba.

Era toda una aventura ir hasta Corrientes y Esmeralda, o a la calle Lavalle, o a las pizarras del diario La Nación, o a los cursos del Pepe Rosa, que ya en esa época se daban en el Instituto…

Todo eso es parte de mi formación…

-También se manifestaban tirando globos grandes con la imagen de Perón…

-Eso fue el 1 ° de Mayo del ’58, cuando Frondizi fue elegido gracias al apoyo peronista.

Fuimos con globos con unos grandes retratos de Perón y los lanzamos en la plaza, de tal forma que el viento los fuera llevando hacia los balcones de la Casa de Gobierno.

Y dio la casualidad de que los hilos se enredaran en unos cables, y los globos quedaron más o menos bamboleándose como si fueran un saludo, como si fueran una especie de guiñada de ojos que le hacía Perón a Frondizi diciéndole «acá estoy yo».

Vendíamos también el periódico «Palabra argentina», con un gran compañero que se llamaba Tito Bevilacqua, que después falleció, o lo mataron,..

Nunca supimos la verdad, estaba de guardia en Azul, en un regimiento, y dicen que se escapó un tiro…

Pero nosotros sabemos que él era también muy revoltoso, que hacía cantar la marcha peronista, por ejemplo, a todos los soldados cuando desfilaban…

Otro ejemplo de intolerancia que vivía en el Liceo: me obligaban a aprender la Marcha de la Libertad de memoria, y nos castigaban si no la cantábamos en los desfiles, en las formaciones que se realizaban dentro del Liceo y fuera también, porque varias veces vinimos a desfilar acá, por la Avenida del Libertador, cuando se hacían los desfiles del 9 de Julio.

«¿Cómo? -decíamos nosotros- ¿por qué tenemos que aprender la Marcha de la Libertad?

¿No es que ahora hay un régimen democrático que vino para terminar con la arbitrariedad de que el libro “La razón de mi vida” fuera de lectura obligatoria?»

Yo veía mal que fuera de lectura obligatoria «La razón de mi vida», porque pienso que cada uno tendría que tener el derecho de leer lo que se le diera la gana.

Pero lo que veíamos peor todavía era que se quemaran esos libros como si fuera un exorcismo y después nos daban unas hojas mimeografiadas donde estaba la Marcha de la Libertad…

Sin embargo, había unos párrafos que nosotros cambiábamos, por hacer una broma…

Por ejemplo: «En lo alto, la mirada, luchemos por la patria redimida».

Y nosotros cantábamos: «En lo alto, la mirada, luchemos por el pan y la ensalada»…

Los tipos se volvían locos, porque cuando cantan todos no se escucha bien lo que decís, pero se daban cuenta que había algo que no andaba…

Después nos levantaron en peso, decían que «cómo… que tanta gente había muerto por esa marcha y nosotros la mancillábamos»…

Y nos castigaban.

Siempre se te vio como un personaje casi de cuento, un rebelde, un líder popular…

-Sí…

Lo más lúcido que sé en este momento y que supe siempre, es que había que pensar en común…

Que nadie era más que nadie, como decía el viejo lema de Felipe Varela, y que realmente somos todos iguales, aún con nuestras diferencias y características.

Lo más importante de cada uno es lo que hay de humano dentro de nosotros, y es eso lo que tiene que unirnos y no los conocimientos técnicos ni los diplomas que hayamos obtenido, ni los grados, si alguno siguió la carrera militar.

Esa calidad humana que hace reconocerte hermano del otro y no su competidor…

Eso yo ya lo sentía antes, no sé si la gente tenía otra imagen; pero, en todo caso, yo pensaba así, trabajaba así…

-Después que terminas el secundario, ¿ cómo canalizaste tu militancia en la Juventud Peronista?

-Sacábamos un periodiquito que se llamaba «Trinchera», 500 ejemplares nada más; lo distribuíamos en los sindicatos, porque trabajábamos mucho con los sindicatos…

-¿Trabajo de base?

-No, trabajo de base, no, porque en aquella época todos los sindicatos habían sido entregados a los co- mandos civiles y la gente que había apoyado el golpe.

Había socialistas, comunistas, radicales que entraron del brazo de la intervención del marino Patrón Laplacette en la C.G.T.

El, junto con otro, fueron los responsables del robo de los restos de Evita, iniciando así una larga y triste serie de violaciones a sentimientos profundos del pueblo, como el respeto a los muertos, que va a culminar con toda esta ola de desapariciones.

Porque esos mismos militares que hicieron desaparecer el cadáver de Evita, lo que en realidad querían era hacer callar el culto a los muertos.

Con los desaparecidos, también se repite el mismo mecanismo.

Como Felipe Valiese qué tampoco tiene tumba…

No sabemos dónde está; fue nuestro primer desaparecido, nunca supimos dónde pudo haber ido a parar…

Y son cosas curiosas, simbolismos.

Evita, el Che Guevara…

Cuando muere en Bolivia, también es quemado o desaparece, le cortan las manos…

Ese barbarismo, ese salvajismo, sin embargo, lo cometen los que se atribuyen los representantes de la élite cultural y democrática, los que fueron a las universidades…

Pero volviendo a lo que te decía de nuestro trabajo en los sindicatos, eso explica también por qué nosotros dentro del peronismo, teníamos tanta relación con los trabajadores.

Primero, porque la mayor parte éramos trabajadores.

Yo empecé a trabajar a los 17 años, cuando aún estaba en el Nacional Urquiza, como vendedor; mostraba departamentos en construcción para una inmobiliaria.

Y el resto de los compañeros también eran todos laburantes: de Teléfonos del Estado, de Gas del Estado, de Y.P.F., Albion House, una casa de aquella época que ya no existe más; toda la gente. laburaba, por eso las reuniones se hacían de noche.

Los actos relámpagos se hacían también a la noche, porque era la hora de salida, todo el mundo convergía hacia el centro…

Y nosotros éramos una especie de comodín para ayudar a los sindicalistas peronistas de segunda línea; porque hay que recordar que toda la conducción sindical o casi toda, salvo excepciones, fue barrida con el golpe del ’55.

La verdad es que como no estaban a la altura de su rol, desapareció la mayor parte de ellos en el olvido. Salvo unos pocos, el resto, después de esa experiencia dolorosa del encierro, la tortura y de la cárcel, no quiso saber más nada…

Pero hubo una segunda generación, jóvenes dirigentes que retomaron las banderas del peronismo y las llevaron adelante.

Nosotros luchábamos junto con ellos para recuperar los sindicatos intervenidos, nos hicimos muy amigos de todos esos dirigentes…

-Participación que tenía sus riesgos. ¿Cuántas veces estuviste preso?

-Claro que implicaba también montón de riesgos…

Nuestros compañeros comenzaban a ser detenidos, golpeados, torturados…

Frondizi, que no había cumplido su compromiso con Perón, comenzó a ser hostilizado por el peronismo y por los sindicatos que luchaban por su reivindicación; el SUPE, por ejemplo, el sindicato petrolero, que luchaba contra la entrega del petróleo.

Parece mentira hoy, hablar de esas cosas…

Tanto escándalo hicieron con el pretendido contrato con la California… y después Frondizi hizo exactamente eso y no hubo nadie que reaccionara; al contrario, dijeron «no, estuvo bien»…, «el Presidente estaba en la India en ese momento en que se firmaron los contratos petroleros»…

No hubo ninguna reacción patriótica, salvo de los trabajadores del SUPE que hicieron una huelga muy dura. Los ferroviarios también hicieron una huelga muy grande; los bancarios… y fueron todos «movilizados»…

La cosa es que durante ese gobierno hubo militares dentro de los puestos de trabajo; es decir, que al que no cumplía las órdenes en la estación Constitución o en Retiro u Once, lo sancionaban…

Les cortaban el pelo a cero, como si fueran soldados; a los ferroviarios y a los bancarios también…

Dentro de eso se instaura el plan Conintes, porque el peronismo llevaba adelante una serie de acciones violentas, sobre todo de actos de la resistencia, para romper la legalidad y hacer el caldo a esos golpes que se preparaban.

Ya había un montón de presos, y en esa época nos tocó a nosotros también, a la juventud, perder a varios compañeros…

Siempre pongo como ejemplo, porque era realmente nuestro líder natural, a Gustavo Rearte, un personaje legendario dentro de la Juventud.

Lamentablemente falleció, pero era un tipo extraordinario.

Delegado del sindicado jabonero, en Jabón Federal, allá en la avenida Crovara, en La Matanza.

-En la época del plan Conintes te detuvieron por actos de terrorismo…

-El plan Conintes duró del ’59 al ’61; después lo levantan y lo reemplazan por una ley federal de emergencia votada por el Parlamento, la ley 15.293, que agravaba el monto de las penas para los responsables de ac- tos de terrorismo o de sabotaje.

A mí me detienen en el año ’60, como parte de la Juventud Peronista y me condenan a cinco años de pri- sión por tenencia de armas y explosivos.

Eso fue una gran escuela para mí; la cárcel sirvió para muchos de nosotros como la escuela política que no habíamos hecho.

Los únicos cursos que realmente hacíamos eran con el viejo Pepe Rosa en el Instituto o con Scalabrini Ortiz y Jauretche.

En la práctica diaria mamábamos el peronismo o mamábamos la resistencia trabajando con los trabajadores, luchando con ellos, aprendiendo de la boca de ellos qué eran las luchas sociales, la lucha en una fábrica, qué era una huelga, un conflicto, una negociación…

-¿Cumpliste los cinco años de condena?

-No, estuve solamente hasta el ’63, cuando el gobierno de Illia decretó la ley de amnistía para todos los detenidos, que éramos unos mil y pico.

Pero es imprescindible señalar una característica de esa resistencia.

El 99 por ciento de los detenidos, juzgados y condenados por esos tribunales militares, eran trabajadores…

Los estudiantes universitarios, yo en esa época estudiaba Derecho, éramos solamente seis o siete, si mi memoria no es muy mala.

A diferencia de lo que ocurrió después: en el período que va del ’68 al 73, en que también estuve preso, el grueso de los detenidos eran jóvenes universitarios.

Esto también marca una diferencia con lo que fue la resistencia…

-Del ’68 al ’73 volviste a estar preso por lo de Taco Ralo. Ya se habían formado las Fuerzas Armadas Peronistas…

-Exactamente. Pero antes, hay que reconocer algo de Illia.

Tuvo algunas «patinadas», como fue el no haber permitido el retorno de Perón en el ’64, como fue también no haber cumplido el pacto de la Asamblea de la Civilidad, por el cual si algún candidato era proscripto, todos los partidos se abstendrían de participar en las elecciones.

En nombre del «realismo» político, el Partido Radical aceptó participar aunque el peronismo había sido proscripto.

Eso vició un poco la fuerza y la legitimidad de su gobierno y lo puso a merced de los golpes sucesivos que no iban a tardar en producirse, porque no era un hombre votado por la mayoría sino solamente por un 20 ó 22 por ciento del electorado.

Pero a pesar de eso, y a pesar de que los obreros Musi, Retamar y Méndez fueron muertos por la policía de Buenos Aires en una manifestación que se hacía por el plan de lucha en el ’64, no hubo estado de sitio y se permitieron las actividades políticas.

Entonces nosotros desarrollamos una gran actividad política y organizamos el movimiento de la Juventud Peronista en el orden nacional.

En el año ’64 cada grupo de Juventud Peronista de una provincia, debía entrevistar a las autoridades militares, eclesiásticas, gubernamentales para explicarles que Perón volvía por la pacificación -como él de- cía:»Vuelvo para unir a todos los argentinos»-y que si no se le permitía el retorno pacífico, entonces iban a quedar abiertas otra vez las puertas para una lucha violenta.

Tuvimos suerte varia…

En el año ’66, Onganía y las Fuerzas Armadas toman el poder desconociendo el principio de la soberanía popular.

Es que a pesar de todas las maniobras que habían intentado, el peronismo seguía ganando las elecciones mientras ellos creían que desaparecía.

Hay que recordar bien esto: fue porque había elecciones al año siguiente en que se dio el golpe, y no por- que Illia fuera un mal presidente o la administración radical fuera mala.

Era porque el peronismo iba a ganar las elecciones al año siguiente.

Dieron el golpe y prometieron un régimen corporativista por veinte años…

Entonces, los jóvenes peronistas que habíamos participado y actuado democráticamente, tratando de consolidar nuestra estructura legalmente y a la vista y conocimiento de todo el mundo, sin hacer nada ilegal en todo ese proceso, decidimos que, como otra vez se nos robaba la soberanía, recobrábamos el derecho de usar la violencia para recuperar la soberanía popular y para concretar el retorno de Perón a la Argentina…

-Ahí es cuando aparece FAP…

-Así es; como fruto de nuestra experiencia personal decidimos organizamos en una formación, llamada Fuerzas Armadas Peronistas para iniciar la lucha armada contra la dictadura militar y obtener el reconocímiento de los derechos del pueblo argentino.

Había fracasado para nosotros el camino del golpe, pues ya veíamos que ningún golpe podía tener éxito si no era con el comandante en jefe a la cabeza.

Y había fracasado la huelga insurreccional, porque cuando Perón regresó el 2 de diciembre del ’64, no se pudo hacer nada porque falló la coordinación…

Nos veíamos investidos de la responsabilidad de responder, desde el peronismo, a esta nueva agresión que se cometía -contra el pueblo.

Y en ese sentido Perón nos apoyó ampliamente, porque Perón tenía claro que la violencia, en manos del pueblo, no era violencia sino justicia.

Y que a esa violencia omnipresente de los militares que querían quedarse por veinte años a gobernar el país había que oponerle también otra violencia popular, para obligarlos a negociar, para obligarlos a destruir esa voluntad de instaurar el régimen corporativista…

Así fue como nos fuimos al monte en el año ’68, organizando lo que se llamó las Fuerzas Armadas Peronistas.

El campamento se instaló en Taco Ralo, en la provincia de Tucumán, con el objetivo de preparar a los com- pañeros para la lucha armada.

Establecimos lo que se llama un foco, en la provincia de Tucumán.

Allí fuimos detenidos, torturados… después nos trajeron a Buenos Aires y la cosa continuó; estuvimos un mes y pico incomunicados, con todo lo que eso representa…

Nos metieron en la cárcel de La Plata pero hasta el ’73 dimos vueltas por todas las cárceles del país.

Recién a partir del ’70, cuando comienzan a caer otros presos, otros compañeros, -nosotros éramos un grupo de 14, nada más-, empezamos a tener contacto con lo que pasaba afuera.

-Vos estás hablando de lucha armada, de violencia contra la dictadura. ¿Perón avaló lo que estaban haciendo?

-Perón no solamente lo avaló sino que era, para nosotros, nuestro conductor estratégico; además, te aclaro que no hago ninguna autocrítica, porque a mí me parece que era correcto en ese momento particular de nuestra historia y con las especiales condiciones que se daban, resistir esa voluntad omnímoda de los militares de instalarse en el poder, por sí y ante sí, y decidir ellos los destinos del país.

-En esos momentos, seguramente, no imaginaban lo que pasaría después, cuando otros grupos armados una vez instalado Perón en el gobierno, no entendieron que eso debía terminar…

-Sí, ahí habría que introducir una diferencia con otros compañeros que vienen después.

Porque ellos vienen para iniciar una larga marcha hacía la toma del poder.

De manera que el objetivo no era obligar a la dictadura a negociar, sino tomar el poder para ellos…

-El caso de Montoneros, con los que FAP tuvo serias diferencias…

-Al principio no hacíamos distingos entre los que participaban en la lucha; Perón mismo lo decía: «Todos los que participan en la lucha son compañeros… hay que ir para adelante…».

El problema grave se ve a partir del ’73, cuando el pueblo argentino logra su máxima aspiración que era el retorno de Perón y las elecciones libres y democráticas que se realizaron rescatando la soberanía popular.

El depositario de esa soberanía era el pueblo, no una vanguardia, un grupo mesiánico, un grupo elegido, sino el pueblo.

A partir del 25 de mayo de 1973, incluso del 11 de marzo del ’73 cuando el pueblo ejerce su soberanía, ya no había ninguna razón para emplear la violencia, porque esa violencia ya no obedecía a lo que el pueblo quería y te expresaba.

Hay miles de anécdotas que se podrían contar de cómo el pueblo te abría las puertas cuando te perseguía la policía, cómo te escondían…

Habrá que escribir un día la historia de todo eso…

-¿Por qué no lo entendieron así y siguieron con el mismo plan de lucha después del ’73? ¿Por qué la vía de la violencia y no sumarse a trabajar dentro del partido, de la democracia…?

-Sí, dentro del partido o de lo que quisieran…

Las FAP también pasaron por un período en que creyeron que el objetivo de la lucha armada era la toma del poder y que del norte de Tucumán iban a bajar las huestes guerrilleras para liberar el resto del país…

Nosotros también hemos cometido ese error, confundiendo el método con el fin.

Hemos creído que la lucha armada, en un momento dado, era una finalidad en sí misma y no un medio para obligar a los militares a negociar.

Pero en la cárcel hicimos un proceso de revisión de esta forma de lucha y nos dimos cuenta de que estábamos totalmente equivocados.

Porque tenía que estar dentro de la estrategia de Perón y dentro de la estrategia del movimiento popular, que nosotros, una parte del pueblo, por razones históricas tomáramos las armas y peleáramos.

Pero no éramos una patrulla adelantada, no éramos la vanguardia, no éramos la punta de diamante, como se decía en esa época, no éramos los militantes ejemplares y heroicos ante los cuales todos tenían que postrarse.

Y ante los cuales terminaba cualquier discusión, cuando uno decía «bueno, basta, porque yo pertenezco a una organización armada y no puede haber discusiones»…

Una especie de superhombres…

Hubo un momento en que se tendió a eso, a creer que por el hecho de pertenecer a una organización armada uno era un superhombre.

-Lo grave es que cada vez se cerraban más y se alejaban del pueblo…

-Ahí está… eso es lo más trágico.

Había como una especie de idea lineal, se creía que como se acumulaban compañeros y se acumulaban armas se estaba más cerca del poder; como vos tenías cien fusiles y quinientos compañeros ya te parecía que el poder estaba ahí al lado, que ya lo ibas a tocar…

Y después tenías mil, pero como la policía te sacaba cincuenta, otra vez había que recomponer…

Era una cosa de nunca acabar…

Nosotros, ya a partir de los años ’71, cuando estábamos en la cárcel de Resisten- cia, comenzamos a rever todo esto.

Decíamos: «Pero esto es una barbaridad, así no vamos a ningún lado… esto no es América Central ni Vietnam, esto es la Argentina y hay un nivel de conciencia muy elevado en la gente… el pueblo es peronista, la clase trabajadora es peronista… no vamos a pretender tomar el poder como en Vietnam o Cuba, por ejemplo.

No, acá es un movimiento popular el que debe tomar el gobierno y realizar las transformaciones, y no un grupo minoritario.

» Por supuesto, había muchas discusiones, porque al mismo tiempo se decía: «Bueno, claro, pero el movimiento está dominado por los tránsfugas, los burócratas, entonces ¿ que hacemos?… No podemos…»

Tras esa larga discusión nosotros adoptamos la línea de lo que se llamó la alternativa independiente, que fue la de organizar a las bases peronistas para que ellas fueran la conducción de su propio movimiento.

Que no hubiera intermediarios, que los intermediarios no fueran ni la burocracia tampoco estos aparatos armados, que el pueblo ejerciera una suerte de autogestión que hiciera que todos sus problemas se resol- vieran por sí.

Recuerdo que decíamos, por entonces, que las organizaciones armadas se habían transformado en una especie de 37-1111 del pueblo.

¿Hay un conflicto en la fábrica? Entonces llamemos al 37-1111 (que era el número de emergencia de la policía) y entonces venían los «muchachitos» y solucionaban el problema…

No, eso no podía ser…

-¿Es ahí cuando se acentúan las diferencias entre ustedes y Montoneros?

-Ahí comenzaron a germinar las diferencias, porque cuando nosotros hablábamos con los compañeros que estaban presos, discutíamos esto y ellos decían: «No, acá la única fuerza es la que nace de la boca de un fusil, entonces lo que hay que hacer es tener fusiles; lo que hay que hacer es acumular poder».

Todo eso se vio favorecido también con la incorporación al peronismo de vastos sectores de la clase media, del estudiantado, trayendo un montón de deformaciones.

No vienen a meterse adentro y aportar lo que estudiantes o la clase media puede aportar a un movimiento esencialmente compuesto por los trabajadores…

-Los «iluminados»…

-Cada uno se creía un «peroncito»…

Creían que, como el peronismo no tenía la estructura clásica de un partido donde hay un presidente o un secretario general y otras autoridades, esa ausencia significaba inexistencia de organización.

Venían con el esquema leninista del partido…

Todo eso llevó a que nos fuéramos separando cada vez más…

Nosotros también cometimos errores muy grandes…

Caímos en lo que se llamó «ideologismo», porque en esa época había un grupo de compañeros que habían hecho lecturas de Gramsci, de Marcuse y no sé quién más, y trataban de aplicar todo eso al peronismo.

Así se daba la paradoja de que nosotros, siendo todos peronistas, nos encontrábamos de pronto con gente que hablaba en términos realmente desconocidos para los trabajadores, con documentos farragosos que nadie comprendía.

Eso duró poco, pero dejó su secuela de división y de enfrentamientos, como todo proceso…

Para darte una idea de las barbaridades a las cuales se puede llegar, aun con las mejores intenciones, eso, dentro de la FAP, se llamó «Proceso de homogeneización política compulsiva»… ¡Date cuenta…!

Una organización política tenía que homogeneizarse compulsivamente…

Y el que no aceptaba esos principios quedaba de hecho fuera de la organización.

Eso después se superó pero, efectivamente, también marcó un proceso posterior de divisiones.

-¿Qué rescatas de positivo?

-Lo que yo rescato de todo ese proceso es esta línea de dar a las bases la posibilidad de expresarse, de organizarse, de hacer las cosas por sí mismas.

Sin esperar que nadie venga, ni de afuera ni de arriba ni de derecha ni de izquierda, a hacer lo que ellas tienen que hacer.

Y en el 73, porque nosotros nos considerábamos parte del gobierno (si éramos peronistas éramos parte del gobierno), no podíamos concebir que hubiera gente que considerara al gobierno como un territorio enemigo y comenzara a hostigarlo, a encontrar pelos en la sopa…

-¿Podes aclarar cómo fue eso de un complot de Julio Troxler, Carlos Caride y vos para matar a Perón en el ’73?

-En el 73, efectivamente, la derecha del peronismo había tomado bastantes riendas del poder, principalmente con López Rega, que fue la eminencia gris de un proceso de fascistización del peronismo.

Lamentablemente, los dirigentes políticos, sindicales y juveniles creían que por su proximidad con López Rega Perón estaba de acuerdo con esa línea.

Entonces cometieron el agravio, aún hasta el día de hoy lo siguen cometiendo, de creer que Perón haya tenido algo que ver con esa forma fascista que tenía López Rega, de patotear, de ordenar asesinatos, de querer acumular poder para sus propios fines. En esa época inventaron esa historia de un complot.

Aparece un radiograma de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que decía que presumiblemente tres dirigentes peronistas, Caride, Troxler y yo, íbamos a complotar contra la vida de Perón y de Isabel, en el festival de cine de Mar del Plata…

Cuando nosotros nos enteramos de esa enormidad de inmediato nos fuimos a ver al general para poner en su conocimiento que era una burda patraña.

No lo pudimos ver.

Vimos a Solano Lima que nos prometió transmitirle nuestra carta.

No lo quisimos hacer público en ese momento para no desprestigiar al gobierno; porque era impensable que tres compañeros de larga trayectoria peronista pudieran participar en tal complot.

Pero son los típicos métodos que se usan para denigrar o destruir a la gente.

El general nos contestó que no nos preocupáramos, que él nos conocía y que, además, complot como ése, todos los días le inventaban uno…

Nosotros nos quedamos tranquilos hasta el día en que lo detuvieron a Caride y lo acusaron precisamente de querer atentar contra Perón.

De inmediato tanto Troxler como yo tomamos su defensa y gracias al apoyo de Solano Lima, que efectiva- mente testificó que Perón le había respondido que era una patraña, todo quedó en fojas cero.

De todas maneras, para nosotros fue un golpe muy amargo saber que podíamos ser acusados de esa for- ma.

-¿Recordás cómo se formó la Triple A?

-Sé lo que sabe todo el mundo, pero lo que sí puedo decirte de la Triple A es que hay dos vertientes.

Una es la de López Rega; y la otra es la de los servicios de informaciones, de la Marina precisamente; quizá más precisamente se podría decir hoy la de Massera, que era muy amigo de López Rega y de Licio Gelli.

Estaban todos en la misma logia, la P2, y habían decidido hacer una cruzada contra el comunismo.

Pero el comunismo éramos nosotros, o sea la gente que pensaba distinto de la manera fascista de López Rega o de Massera y toda esa gente.

¿Entonces qué ocurre?

Llaman a participar en esa triple A a elementos de la policía que habían sido dados de baja, como el comisario Almirón y otros, todos delincuentes notorios, y también a viejos peronistas que habían participado en la primera resistencia de los años ’55 al ’60 y que no habían evolucionado en su pen- samiento.

Se habían quedado con las mismas viejas consignas, con la misma forma de ser y de actuar de aquella época.

Y encuentran como una especie de justificación en la presencia de jóvenes que recién acababan de ingresar al peronismo y se presentaban como superperonistas, cuando a lo mejor, hasta seis meses antes habían participado en alguna agrupación de izquierda.

Aparece también ese factor: que viejos peronistas, creo yo, se han dejado engatusar con ese cuento de combatir a los infiltrados.

Sumado al hecho de que López Rega les hacía creer que eso era una orden de Perón, o que venía de Perón…

Esa gente participa también en la represión contra los militantes de la JTP, del peronismo de base, de Montoneros, de las unidades básicas, porque ni siquiera era contra los dirigentes.

-¿Cómo lo matan a Troxler?

-Te decía al comienzo de este reportaje que no hay maestros, pero creo que hay paradigmas. Troxler fue uno de ellos.

Creo que para toda una generación de argentinos debería ser tomado como un modelo de militante, de hombre esforzado, heroico, abnegado…

Nunca reclamó nada, ni a la hora del triunfo, y fue muy mal pagado por los que deberían haber sido sus propios compañeros.

Algún día, habrá que escribir su historia y reivindicar su memoria, como forma de mostrar a las nuevas generaciones qué clase de peronistas parió el peronismo.

Para que todos vean que las caricaturas más grotescas que se conocen con el nombre de peronistas, no son todo el peronismo sino una minoría.

Como Troxler hay muchísimos más que cayeron y otros que están vivos y que no tienen nada que ver con ese tipo de caricaturas.

A Troxler lo secuestraron el 20 de setiembre de 1974, cerca de la Facultad de Derecho. Lo llevaron hasta el barrio de Barracas, lo hicieron bajar y lo mataron ahí.

Nosotros tenemos la información de que el propio comisario Almirón -que ahora está en España con guardaespaldas de Fraga Iribarne- y su banda fueron los que terminaron con la vida de este hombre que, símbolo de los tiempos, era uno de los sobrevivientes de los fusilamientos del basural de José León Suárez, en 1956.

Al día siguiente de la muerte de Troxler, un joven de 17 años es asesinado en el barrio de Barracas mientras se estaba bañando en su casa, antes de salir para ir a un picnic del Día del Estudiante.

La brutalidad de ese hecho conmovió a todo el mundo, porque nadie se explicaba por qué un chico de 17 años, o menos, era asesinado de esa manera.

-¿Un testigo?

-Lo que nosotros supimos en su momento fue que este chico era uno de los que estaba jugando al fútbol en un terreno cercano al lugar donde mataron a Troxler.

Y que habría dicho: «Uy… Fulano», al reconocer a alguien de los que iban en el coche de la patota.

Seguramente ese Fulano también reconoció al chico y al día siguiente lo mataron.

-A partir del ’73 pasaste a integrar el Peronismo de Base. ¿Qué proyecto tenían?

-Creo que a partir del 73 quedan en claro dos proyectos diferentes.

Un proyecto es el que nosotros llamábamos de base y que, en general, el peronismo llevaba adelante.

Era el de participar en la reconstrucción del país, entendiendo lo que nos dijo Perón en una oportunidad en que estuvimos con él en Gaspar Campos: «¿Para qué me hablan de liberación en este momento?

¿Qué vamos a liberar, ruinas?

Si el país está destruido…

Lo que tenemos que hacer primero es construirlo y después, a las nuevas generaciones les corresponderá la tarea de liberarlo…

Pero por el momento pongámonos todos -él hacía esos llamados a la unidad de todos los argentinos- pongámonos todos juntos a construir, a reconstruir el país».

Nosotros participamos activamente de todo eso.

Yo trabajaba, por ejemplo, en la Facultad de Derecho con Mario Kestelboin.

Me había designado asesor y me encargaba de todos los problemas que había con los alumnos o con el personal docente y no docente, por el hecho de que se había duplicado el número de alumnos, porque la Universidad se había abierto para todo el mundo.

Creaba, por ejemplo, una guardería infantil para los niños del personal no docente, de los docentes y de los alumnos, que de esa manera veían facilitada su tarea.

Eso motivaba la burla de algunos de la J.U.P. que decían: «¿Cómo?

Un revolucionario, un guerrillero, aparece ahora haciendo una guardería infantil»,

Un león herbívoro»…

Mientras que los de la extrema derecha decían: «Ojo, porque éste va a hacer una escuela de adoctrinamiento marxista con los niños».

Nos atacaban.

Todos los compañeros que han participado, como diputados o en puestos de responsabilidad en el gobierno, se daban por entero a la tarea de hacer que ese proceso fuera hacia adelante.

En cambio, los otros estaban en «no, esto no va a durar»… «acumulemos fuerza, el Viejo no tiene mucha vida».

Ellos tenían la información de que Perón estaba muy enfermo y que moriría pronto.

Entonces decían: «Acumulemos poder, acá lo que hay que hacer es agarrar espacios de poder por todas partes».

Tenían como estrategia suplantar a Perón, cuando muriera.

Nosotros nos enfrentábamos a esa concepción y a todo lo que representaba el aparatismo, el sectarismo…

Esa política del catastrofismo que decía «Si nosotros no ocupamos esto, nadie lo puede ocupar; lo destruimos».

Por el contrario, nosotros, el primer gesto que tuvimos en el ’73, cuando salimos en libertad, fue ir a poner- nos a disposición del Presidente de la República, que era Cámpora en esa época.

Fuimos unos cincuenta o sesenta compañeros a la Casa de Gobierno, hecho que fue muy mal visto por el gorilaje, que dijo que cómo un presidente recibía a guerrilleros.

Pero para nosotros tenía el gran valor simbólico de decirle: «Señor, usted representa la soberanía popular. Usted es el presidente de todos los argentinos y no del partido peronista, y venimos a ratificar que vamos a trabajar por la reconstrucción nacional y que ahora comenzamos una etapa nueva en nuestro país.»

-Las FAP se disuelven en tanto que ERP, FAR y Montoneros se unen y siguen en la misma. Querían haciendo la revolución…

-Había una concepción, en algunas de esas organizaciones, de que nada podía haber fuera de la revolución…

El objetivo era hacer la revolución.

Por lo tanto, no había nada, ni vida personal ni vida afectiva; todo era «pequeño burgués»…

Si vos escribías poesía, si escuchabas música eras un pequeño burgués; ese tiempo lo tenías que dedicar a la revolución.

Esa concepción es la que te hace transformarte en un tipo sectario, dogmático, que no te permite tener, amplitud de criterio, te hace mutilado… porque vos te estás negando.

¡Cuántos compañeros que nosotros conocíamos escribían poesías a escondidas!

Es una barbaridad…

Que fueran buenas o malas, no me interesa; pero te quiero decir que se tenían que esconder porque les iban a decir que eran pequeño-burgueses…

Los que gustaban de la música clásica, no podían escucharla porque era una cosa burguesa. Había, en esos compañeros, como una especie de idea de autoexpiación.

Como si participar de la lucha revolucionaria fuera una forma de expiar su pasado…

Fíjate que en la jerga que empleaban las organizaciones vos te ibas dando cuenta de estas despersonalizaciones.

El hombre se transformaba en un Hombre- Organización, como si fuera una sola palabra, en lugar de ser un hombre o una mujer, enteros.

Era un Hombre- Organización, vivía en función de la organización… se casaba o no se casaba en función de la organización… lo mandaban a un lado, lo mandaban a otro…

Todo eso traía como consecuencia la deshumanización, cuando lo más rico que nosotros queremos para nuestro pueblo es humanizar las relaciones entre la gente y hacer que todos vivan felices, y qué sé yo…

Acá se mutilaba a la gente.

Te pongo algunos ejemplos.

Había una palabra que era «funcionar».

Uno «funcionaba».

¿Qué quería decir funcionar?

Es la idea mecánica, la organización era una máquina, el hombre era un engranaje…

Y una organización, el ERP, había calculado cuánto duraba un hombre, un combatiente como decían ellos, en actividad…

Podía ser entre tres y seis meses, entonces había que preparar otro para reemplazarlo.

Además, como de lo que se trataba era de pelear, no se lo armaba a ese hombre ideológicamente, sino que se le enseñaba a armar y desarmar una pistola o cómo hacer una emboscada.

Cosas técnicas, cosas militares, pero no se le daba un fundamento político serio.

A lo sumo se les hacía leer un documento cuando ingresaba, eso fue la práctica.

Quizá sea algo duro, pero es necesario decirlo también para desmitificar un poco lo que fueron las organizaciones, incluso la nuestra.

Como la represión consideró que todos los guerrilleros eran terroristas y asesinos, por lógica reacción la gente no cree eso.

Entonces piensa que fueron unos tipos extraordinarios y que nadie cometió errores.

Que todo el mundo estuvo en la justa, en la precisa, y no es así.

Por eso teníamos nosotros esas diferencias con los compañeros, les decíamos: «No, nosotros lo que queremos que prime no es el Hombre- Engranaje o el Hombre- Organización, sino el Hombre; y que tenga capacidad de pensar por sí mismo.

No que sea sometido a los documentos que vienen de la dirección; supuestamente para ser discutidos, por la base, pero como ya están redactados, entonces la base los acepta.

O no, e introduce una pequeña modificación, después pasa una semana o dos hasta que llega a la dirección, y la dirección lo baja…

-¿Es creíble lo que dicen algunos dirigentes Montoneros ahora, que quieren venir a apoyar la democracia, siendo que cuando se decían peronistas no quisieron apoyar la democracia del propio gobierno peronista?

-Sí, el tiempo cambia a todo el mundo, ¿no?…

Aunque yo, personalmente, pienso que han sido responsables de tantas catástrofes… de tantos desastres… que su autocrítica me parece tardía…

Ellos han sacrificado a una juventud maravillosa.

Y eso hay que reivindicarlo.

No hay que tener vergüenza de considerar que aquella juventud fue maravillosa.

Hay que estar orgullosos de que el peronismo haya sido capaz de despertar en una generación entera de jóvenes el ansia de un ideal de transformación, el ansia de una causa justa, noble, grande por la cual uno fuera capaz hasta de dar la vida.

Eso es un mérito del peronismo, no hay que tener vergüenza de decirlo.

Lo que sí es triste, es ver que los dirigentes de Montoneros no hayan tenido ni el más mínimo sentido de la proporción de las cosas, de la medida, de cómo el pueblo tiene su propio tiempo, su propio ritmo.

-Tal vez porque pocos de ellos eran peronistas…

-Seguramente.

O tal vez porque parte de sus dirigentes no tuvieron una práctica política peronista.

Es decir, ¿ cómo ingresaron ellos a Montoneros?

Haciendo operaciones armadas.

¿Cuál fue después la práctica que ellos tuvieron, por ejemplo, de participar en asambleas, en huelgas, en discusiones políticas?

Ninguna.

Porque como hasta la dictadura de Lanusse todo fue resistir y esconderse, ellos no tenían activi- dad legal, eran clandestinos.

Y después también siguieron en la semi-clandestinidad.

De los dirigentes hablo, no de los otros compañeros…

A partir del 74 o del 75, como había esa guerra entre la Triple A y la izquierda, también tuvieron que estar escondidos y luego estuvieron en el exilio.

Uno se pregunta hoy día, ¿ cómo se puede dirigir un movimiento de masas o un movimiento grande sin haber tenido la más mínima práctica social-política? Se tuvo solamente práctica militar.

Algunos dirigentes montoneros que hicieron operaciones militares allá por los años 71, 72, 73, después no evolucionaron nunca, quedaron en eso.

Pero de sargentos pasaron a ser comandantes…

Ellos mismos se dieron los grados de comandantes…

¿Pero qué escuela de la vida hicieron?

Quizás hayan leído dos o tres libros, como «Guerra de guerrillas» del Che Guevara, El ejército invencible del general Giap, o algo así.

Pero, ¿ qué práctica social, qué práctica política realizaron en la Argentina?

¿Cómo sin realizar esa práctica concreta política se puede pretender conducir un movimiento político?

-¿En tu exilio parisino analizaste todo esto?

-Muy brevemente…

Lo que hice fue tratar de recomponerme, partiendo de reconocer que nosotros habíamos sido derrotados como peronistas, como generación, como todo…

» Porque otra de las diferencias que teníamos con estos compañeros, era que ellos no consideraban que habíamos sido derrotados; sino que simplemente era una retirada estratégica, pues ya vendría la contra- ofensiva después…

Y nosotros considerábamos que no, que efectivamente habíamos sido derrotados, que había que aprovechar el tiempo para recomponernos nosotros mismos.

Para tratar de volver un día al país y aportar algo, humildemente, sin subirnos a ningún caballo, sin considerarnos mejores ni peores que nadie, iguales a todos.

Reconociendo todo lo que ha sufrido y ha pasado la gente que quedó acá.

Reconociendo cómo el proceso militar, las desapariciones golpearon, fundamentalmente a los trabajadores, a la gente que se quedó.

El pueblo no pudo exiliarse, el pueblo no pudo meterse en una embajada, el pueblo reconstituyó la vieja idea de la comunidad organizada.

Nosotros nos enterábamos allá del sistema de enganches y conexiones que se hacían para no pagar la luz cuando las tarifas eran muy altas; o el sistema de ollas populares, cocinar entre todos…

Son los viejos hábitos de nuestro pueblo, compartir la comida que hay, el mate cocido.

-«Diálogos en el exilio», del que sos coautor junto con Rulli, ¿es el producto de lo vivido en esos años, con aciertos y errores?

-Sí, hemos volcado esa experiencia y pensamos que es la parte más rica que podemos dar.

A uno le parece que no tiene autoridad para hablar o para decir cosas, porque siempre tiene miedo de que vayan a decir:

”Y éste ¿de qué viene a hablar?… O «¿quién es?”

Por otra parte, a uno le parece que todavía tiene que seguir aprendiendo cosas.

Seguramente sí, es verdad, y se auto limita y no quiere transmitir sus experiencias.

En el curso de estas conversaciones nos dimos cuenta de que podemos, por lo menos, tratar de evitarles a los jóvenes tropezar dos veces con la misma piedra.

Transmitir todo esto que nosotros vivimos y sufrimos.

Rulli estuvo estos últimos seis años preso con la dictadura.

Todo ese sufrimiento que fructifique en algo, para que la gente valorice lo que es vivir en democracia, lo que es disentir, lo que es participar.

-¿Lo vas a editar en nuestro país?

-Sí, el libro va a ser editado, no sé todavía por quién, pero va a ser editado

-¿Tenés ganas de volver a participar dentro del peronismo?

-Sí, como uno más en el afianzamiento de esa democracia.

Porque creo que hoy en día la disyuntiva es dictadura o democracia.

O construimos de una vez por todas una sociedad basada en el respeto de todos por la ley, en el cumplimiento que todos hagan de la ley, o serán los militares los que habrán ganado, porque nos habrán inculcado el método de la prepotencia, la fuerza de la violencia para solucionar los problemas, las contradicciones, las diferencias…

-¿Qué proyectos traes? ¿Qué vas a hacer concretamente?

-En el exilio he descubierto una dimensión cultural a la que antes no había tenido acceso, porque como buen «foquista» consideraba que los únicos artistas que valían la pena eran aquéllos que tomaban las ar- mas, o que participaban activamente en la lucha armada por la liberación.

Ahora he tomado conciencia de que no es así, que también ahí había una mutilación, que un escritor tiene que escribir, un pintor pintar y un músico tocar el piano, por ejemplo.

Y que no hay que pensar que la única actividad es la de tomar las armas…

-¿Qué abarca esa dimensión cultural?

-Lo que hemos preparado es una asociación por la redistribución de la cultura en la Argentina.

Parte de la constatación de que la cultura nacional existe y que el público al cual esa cultura está destinada también existe.

Pero que el circuito no funciona bien, porque hay expresiones culturales reservadas para un determinado sector de la sociedad, de poder adquisitivo alto.

Y que hay artistas que querrían producir y trabajar para ese público no convencional, como son los trabaja- dores, los auténticos protagonistas de nuestra historia, pues son ellos los que han llevado adelante la resistencia contra esta dictadura y todas las anteriores…

-¿Qué objetivos tiene en el plano interno y cuáles en el externo?

-En el plano interno, hacer una especie de justicia cultural poniendo a disposición de las mayorías todo lo que producen los artistas y haciendo que el pueblo sea el gestor, el protagonista y el usufructuario de estas formas de acción cultural.

Y en el orden internacional, tratando de que cuando otros artistas vengan aquí, no se queden solamente en el centro de Buenos Aires, sino que también conozcan la realidad profunda de nuestro pueblo.

Una de las cosas que aprendimos en el exilio es a tener relaciones, sin complejos, con los países europeos, por ejemplo.

Y relaciones muy fraternas con nuestros hermanos de la patria grande, los latinoamericanos.

Es necesario que nos conozcamos y que mejoremos esas relaciones, basadas fundamentalmente en el respeto de la identidad cultural y en el conocimiento de todo lo que conforma, en el caso de América Latina, la patria grande…

-¿Se complementará con la actividad cultural oficial que se está desarrollando?

-Justamente, para evitar todo tipo de competencia, o de desdoblamiento de esfuerzos, lo primero que he hecho es ver al asesor cultural del Presidente, Luis Brandoni, para explicarle el proyecto y para señalarle que nuestra intención es la de colaborar, y no la de rivalizar, con todos los esfuerzos que se hagan por difundir esta concepción de la cultura.

-¿Es un proyecto partidista?

-No es un proyecto partidista, es- un proyecto nacional, aunque detrás nuestro tenemos nuestra propia visión.

Quizás lo que esté pasando en algunos aspectos de la cultura en Buenos Aires sea que se dan actos culturales visualizados por la gente como espectáculos y nosotros no queremos solamente hacer eso.

Lo que queremos es que la gente sea protagonista, que se establezca un nuevo diálogo entre artistas y público, y que el pueblo también transmita su propia cultura.

Porque el pueblo es creador de cultura y nosotros tenemos la obligación de hacer que esa cultura popular se exprese y sea conocida también por nuestros artistas, nuestros intérpretes.

De manera que no es el nuestro un proyecto partidista, sino un proyecto nacional…

-Vos estás hablando de”nuestro», hablás en plural. ¿Quiénes más están involucrados en este proyecto?

-En principio, los que hemos proyectado esto somos Miguel Ángel Estrella, José Luis Castiñeira de Dios y yo; pero ya hay varios más, como Solanas o Vallejo que han manifestado su acuerdo en participar.

Nosotros somos los que gestamos la idea, pero vamos a pedir el apoyo, la adhesión de todos los que compartan estos principios…

-¿Cómo ves al peronismo?

-El peronismo para mí continúa siendo la expresión del sentimiento mayoritario del pueblo argentino, a pesar la derrota que sufrió el 30 de octubre.

Creo que hay más peronistas que antes; nada más que no se sienten expresados en las formas políticas actuales.

El peronismo no supo retomar las banderas revolucionarias de Perón, de sus orígenes históricos.

El peronismo sufrió la mayor cantidad de muertos, de desaparecidos, padeció la represión directamente, como es el caso de los trabajadores que fueron los más golpeados, no fueron los trabajadores los que se iban a Miami a comprar televisores en colores, y sin embargo paradoja increíble, ese peronismo apareció de alguna manera como continuador del proceso…

Una cosa inconcebible.

Por eso fue sancionado.

Por no haber sabido denunciar, diferenciarse y presentar un modelo nacional.

Esa es la herencia de Perón: su proyecto nacional.

Ni siquiera eso se presentó como bandera o como plataforma; resultó una cosa híbrida.

Creo que el pueblo peronista sancionó a los dirigentes que confiaron en una suerte de amnesia, creyendo que todo malo que hizo el peronismo ya estaba borrado, por el hecho de que lo que hizo la dictadura fue cien veces peor.

Nadie se animó, por ejemplo, a criticar a López Rega; a denunciar que López Rega no tenía nada que ver con el peronismo.

Nadie se animó a criticar la gestión desastrosa del último gobierno peronista, como si los trabajadores no hubieran sido también los que pagaron los platos rotos de esa gestión económica desastrosa.

Todo se hizo como si los dirigentes estuviesen en una especie de limbo, en un paraíso ideal, en el cual bastaba con ponerse la camiseta peronista para ganar.

Por eso me parece muy bien que el peronismo haya perdido, porque es una sanción a esas conducciones que no supieron, no quisieron, o no hicieron nada por rescatar el significado auténtico del peronismo.

MM:-Por lo que te tocó vivir en esos años tan duros y confusos, por tus ocho años de exilio, ¿qué conclusiones sacas?

-«Son varias… Primero, en lo personal, el haber descubierto la verdadera dimensión del amor a través de mi mujer Liliana, con la cual hemos llegado a pensar en común y a actuar en consecuencia como una sola identidad.

En segundo lugar, «he aprendido también que hay una dimensión superior a las diferencias políticas o ideo- lógicas, que es la dimensión humana.

La dimensión de la amistad, del amor, del compañerismo, de la solidaridad que se ve, sobre todo, en los momentos difíciles.

Eso es lo que me hace valorar enormemente la amistad de gente como Mercedes Sosa o como Solari Yrigoyen o como Piccinini, por ejemplo.

Con los que aunque no compartimos exactamente las mismas posiciones políticas, me siento más unido que con algunos de los que, aparentemente, se dicen peronistas y de los que me siento muy alejado.

Con este quiero decirte que es más importante, hoy en día, unirse en base a las relaciones personales, a los afectos y a la ternura que unirse solamente en base a afinidades políticas.

Digo «solamente», porque es cierto que también hay una dimensión de unidad política con miles y miles de compañeros y de hermanos, pero además, y fundamentalmente, esas relaciones políticas deben estar acompañadas de relaciones de afecto.

Que es lo que he descubierto en estos días que estoy acá, el gran afecto de los compañeros, la forma extraordinaria en que me reciben, en que soy aceptado aún por aquéllos que están en distintos grupos.

Porque mis viejos compañeros están en distintos grupos; unos están con Luder, otros con Cafiero o con Grosso, y sin embargo, con todos ellos rescato esa dimensión humana de la amistad, del compañerismo, de un proyecto de vida futura, un proyecto común…

Y por último, te quiero decir que estas conclusiones no son un fruto amargo del exilio, sino una reflexión hecha por muchos compañeros de aquí y de allá, con quienes concordamos que para llevar adelante nues- tros ideales, no existen ahora recetas mágicas ni fórmulas espectaculares.

Que la revolución no se va a hacer de una manera instantánea y que no todo debe destinarse a ello sino que hay que ir paulatinamente organizando las bases, promoviendo las acciones no violentas, transforman- do las realidades que están al alcance de nuestras manos, respetando la democracia y la voluntad popular aunque no nos guste el presidente o estemos en desacuerdo con el gobernador.

Ese gobernador y ese presidente ya no son más el presidente del partido radical, sino de todos los argentinos.

La valoración, por otra parte, de los contenidos éticos y morales de la lucha política.

Y también me he dado cuenta de la extraordinaria importancia que tiene el respeto por los derechos huma- nos, de todos sin excepción.

No se debe aceptar la violación de ningún derecho humano, ni de una sola persona, en ninguna parte; ni aquí ni en La Quiaca ni en ningún lugar del mundo, porque todo eso es parte de nuestra propia libertad.

Somos libres cuando sabemos respetar los derechos de los demás y luchar por el respeto de esos derechos.»

 

Mona Moncalvillo

REVISTA HUMOR N° 126

28 ABRIL 1984