El ancho de espadas de la región para desarrollarse las próximas tres décadas, era un auto eléctrico.

LA CUESTION DEL PUERTO / CAPITULO OCHO

Por Gastón Garriga* Dibujos: Rodolfo Parisi*

Científicos e instituciones argentinas como INVAP y Conicet habían sido convocados para dirigir la operación. Brasil aportaría más del setenta por ciento de las autopartes -carrocería, frenos, cubiertas, amortiguadores-, gracias a su enorme industria. Los cubanos garantizaban la sanidad, que era el mayor escollo de cualquier proyecto desde la década anterior.

Para mí, el valor no consiste —ni consistirá nunca—en hacer matar a los otros.

Esa idea sólo puede pertenecer a los egoístas y a los ignorantes como usted.

Tampoco el valor está en hacer asesinar a obreros inocentes o indefensos,

como lo han hecho ustedes en Buenos Aires, Rosario, Avellaneda, Berisso, etc”.

Fragmento de la carta de Juan Domingo Perón al asesino y golpista Aramburu,

a propósito de los asesinatos de José León Suárez.

Por Gastón Garriga

NAC&POP

17/07/2021

Dibujos: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

Capítulo 8

 “Un paseo en moto”

 

Cumplió con todas sus rutinas y obligaciones del día de modo maquinal, sin concentrarse en ninguna ni mucho menos disfrutarlas.

Quería que pasaran rápido las horas que lo separaban de las dieciocho, pero todos los relojes parecían confabulados contra él.

Lo carcomía la ansiedad por saber el motivo de la reunión, pero también quería salir con la moto.

Aún no se había definido la nueva política para las motos, pero intuía que sería similar a la de los autos.

El ancho de espadas de la región para desarrollarse las próximas tres décadas, era un auto eléctrico.

Tres, en realidad.

El “Migrante” era un vehículo urbano, pequeño, espartano, de fácil mantenimiento.

El “Bagayero” era un utilitario diseñado sobre la misma plataforma y el “Baqueano” era la versión doble tracción.

El ancho de espadas de la región para desarrollarse las próximas tres décadas, era un auto eléctrico.

Tres, en realidad. El “Migrante”, un vehículo urbano, pequeño, espartano, de fácil mantenimiento.

El “Bagayero”, un utilitario diseñado sobre la misma plataforma y el “Baqueano”, la versión doble tracción.

El proyecto había nacido de la necesidad de agregar valor a las enormes reservas de litio de Bolivia.

Muchos ingenieros bolivianos se habían formado en universidades públicas argentinas.

En la época anterior, los amarillos, -el color que identificaba a los unitarios desde principio de siglo-, habían hecho política contra esto, pero sólo consiguieron azuzar entre ellos su propio odio y racismo.

Ahora, el vuelto de esa política había llegado bajo la forma de un proyecto de integración.

Científicos e instituciones argentinas como INVAP y Conicet habían sido convocados para dirigir la operación.

Brasil aportaría más del setenta por ciento de las autopartes -carrocería, frenos, cubiertas, amortiguadores-, gracias a su enorme industria.

Los cubanos garantizaban la sanidad, que era el mayor escollo de cualquier proyecto desde la década anterior.

Habían pedido una versión cabriolet, para pasear por el malecón disfrutando el sol.

El acuerdo más difícil de cerrar había sido con la Gran Colombia.

Aunque el precio internacional del crudo llevaba años de variaciones bruscas, alocadas e impredecibles, al gobierno bolivariano le costaba pensar en resignar esos ingresos o desarrollar otra matriz productiva.

La cooperación argentina fue clave.

Primero, se le garantizaron los alimentos necesarios hasta la puesta en marcha de un modelo agroalimentario similar al nuestro.

Pero también se le presentaron estimaciones y proyecciones de cuánto más podían valer sus reservas de hidrocarburos en dos siglos, si los Estados Republicanos del Centro seguían utilizando motores a explosión.

Los Estados Demócratas del Oeste, en cambio, desde siempre comprometidos con la agenda medioambiental,  ya habían preguntado las condiciones para comprar un primer lote de “Migrantes”.

Los Estados Demócratas del Este no tardarían en emularlos.

Los pozos redujeron su producción y los países de la región pagaron por adelantado una provisión decreciente para los siguientes cinco años.

Desde 2037 América del Sur sólo utiliza combustibles fósiles para asuntos de defensa.

Oficialmente.

Fue hasta el fondo. Corrió con esfuerzo los jazmines, ahora pelados, con que su compañera solía cubrir el embute.

No eran pesados, pero era incómodo moverlos. Se hacía el pendejo, pero su cintura tenía los años que su DNI indicaba.

Aunque estaba solo, miró instintivamente a los costados, antes de abrir la tapa, disimulada entre los baldosones de cerámicos rojos del piso.

Se agachó, bajó los cuatro fierros de construcción en forma de U empotrados a la pared interna y metió el torso adentro, en posición cuerpo a tierra.

No veía nada en esa oscuridad extrema, pero tampoco le hacía falta.

Manoteó un pequeño bidón y lo trajo para sí.

Un olor inconfundible lo arrancó de ahí y lo llevó a tiempos pretéritos.

Nafta.

Manoteó un pequeño bidón y lo trajo para sí. Un olor inconfundible lo arrancó de ahí y lo llevó a tiempos pretéritos. Nafta.

Cuando cualquiera podía comprar nafta en una estación de servicio, es decir, durante la primera mitad de su vida, había recorrido todo el país en moto.

Amaba los caminos de montaña de la Patagonia, como el de Los Siete Lagos o el Cañadón de la Mosca, que había conocido de ripio, y algunos senderos rurales de la llanura bonaerense, como la ruta 20 que iba de Chascomús a Magdalena.

En esa época, buena parte de la clase media hasta iba a trabajar en auto.

-Papá, no entiendo qué extrañas de eso.

No sólo era un desastre ambiental. Estas avalando regímenes autoritarios: Medio Oriente, la península arábiga, buena parte de África-, lo habían amonestado sus dos hijos.

-El cambio va a ser un gran beneficio para Venezuela.

-¿Cual?

-Va a ser un país más estable, menos amenazado por las potencias.

-Papá-, los pibes se miraron entre ellos y compartieron una mueca burlona. -Ya no hay potencias.

Nada de eso le importaba, ahora que se disponía a uno de sus goces más íntimos.

Abrió el tanque de nafta, insertó el pico del embudo y vertió dentro un litro y medio, que alcanzaba para recorrer treinta kilómetros.

Guardó el embudo y el bidón, puso la moto en contacto y pateó el arranque, seguro de que la batería se habría descargado.

Una vez, dos veces. Activó el cebador y la pateó por tercera vez.

El sonido del motor le produjo una alegría infantil.

Se puso las protecciones anti coronavirus y, sobre ellas, la campera de cordura.

Luego el casco con los filtros de aire.

Parecía el muñeco de Michelin, pero la incomodidad no empañó su alegría.

Tenía una vieja moto carburada, que por ese motivo, no lo había dejado tirado nunca, ni siquiera en el período crítico, entre el cuarto y el octavo año de la pandemia, cuando la secesión de los porteños.

Recién ahora se volvían a ver algunas motos a inyección, pero la mayoría habían pasado años arrumbadas en galpones, a la espera de un sensor o un chip que, como Godot, nunca llegaba.

Anduvo hasta lo del Negro a paso de hombre, dándole tiempo al motor de calentarse. El Negro ya estaba afuera, como en los viejos tiempos, pero sin el pucho en los labios.

En esta época, hubiera sido un suicidio.

Revoleó la pierna por encima de la moto, ubicó los pies en los pedalines y le golpeó apenas el hombro izquierdo, diciendo “vamos”.

El paisaje alrededor de la panamericana casi no había cambiado.

Ya estaban acostumbrados a la visión de las autopistas semidesiertas que, como la del agua cristalina en Venecia o los ciervos en el centro de Seattle, habían contribuido al principio a una efímera visión optimista del futuro, de hombre y naturaleza en armonía.

Fue justo antes de que los ricos del mundo llamaran a la rebelión fiscal.

Lo que les gustaba era lo que se veía a los costados del camino del Buen Ayre.

Toda su infancia había creído que el nombre Buen Ayre era una burla de los unitarios, que descargaban allí su basura.

Pero ahora el nombre le sentaba bien. “Buen Ayre” era un continuado de pequeñas huertas, sembradíos y pasturas para ovinos y otras carnes alternativas.

La vieja máxima “cada hombre debe producir al menos lo que consume”, se había hecho extensiva a los municipios.

La crisis de los combustibles complicaba toda logística y también obligaba a replantear la estrategia alimentaria.

La política de despliegue demográfico, desde el conurbano hacia zonas rurales, había contribuido a hacer viable el proyecto.

Le pareció que un pastor lo saludaba, con las manos en alto.

Si la reunión no se prolongaba demasiado, pensó, le gustaría recorrer un poco más de ese camino.

Bajaron en José León Suárez.

A pesar de la hora y el clima, la actividad era intensa.

En las cercanías del campamento, pibitos de varias edades y géneros ultimaban preparativos para el próximo vía crucis.

Para ellos, la resurrección de los fusilados era el evento más importante del año, como el carnaval para la Banda Oriental.

Pasaron el escaner facial, dejaron la moto a un lado y caminaron entre las carpas saludando compañeros con el puño, hasta llegar al gazebo central.

GG/