En 1951 Perón le da asilo político a Juan Lechín Oquendo, el líder obrero boliviano

ARGENTINA-BOLIVIA, PERON-LECHIN: UN VINCULO DE LUCHA Y ABRAZOS

Por Ignacio Lizaso*

Hace 70 años Perón daba su acuerdo al pedido de asilo político de Juan Lechin Oquendo, fundador del Centro Obrero Boliviano (nuestra CGT) era miembro del Movimiento Nacional Revolucionario MNR), una vez más víctima de la persecución del golpismo militar de turno.

Juan Lechín dirigente minero marchaba. La COB tenía poderes de decisión en la elección de muchos cargos importantes y fue factor determinante para la nacionalización de las minas y la reforma agraria. Fiscalizaba, a través del Control Obrero la administración de COMIBOL y otras importantes empresas estatales.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

17/07/2021

Otro gobierno, otro país, ante una realidad ya entonces orquestada por la CIA y las grandes corporaciones para quebrar el espíritu de la Patria Grande.

Hace 70 años Perón daba su acuerdo al pedido de asilo político de Juan Lechin Oquendo, una vez más víctima de la persecución del golpismo militar de turno.

Fundador del Centro Obrero Boliviano (nuestra CGT) y del Movimiento Nacional Revolucionario MNR), si se trazara una nómina, ilustre nómina, de los más grandes dirigentes sindicales de América Latina y el mundo, Lechín sería firme candidato a figurar a la vanguardia.

Tema nuevamente en el tapete estos días, en noviembre de 2019 Evo Morales, presidente de Bolivia, necesitó que se le concediera asilo ante el inmediato peligro, más allá de tal investidura, que corría su vida.

Ya derrotado en las elecciones, Mauricio Macri decidió que se le negara el asilo.

Zurdo, indio, quilombo en puerta, se dice que fueron los argumentos que desgranó y denuncian claramente su ideología al servicio ante todo de sus negocios personales y de familia, y los intereses imperiales yanquis.

Ahora se sabe que además de ese acto de traición a la democracia y los derechos humanos a los que había sido fiel Perón, el descendido a Ceo de la FIFA ordenó el envío de efectivos policiales y pertrechos de guerra para contribuir al golpe de Estado contra Evo.

Hijo de comerciante libanés y madre boliviana, Lechín nació en 1914 en las entrañas de la mina Coro Coro, en las afueras de La Paz.

Estaba signado.

De muchacho comenzó a trabajar en las minas de estaño de Cataví y lo hizo como perforista, la parte más pesada del oficio.

Su patrón era el magnate Simón Patiño, que junto con Carlos Aramayo y Mauricio Hochschild dominaban la explotación del producto que hacía al país rico y sobre todo apetecible, antes de la guerra para Gran Bretaña y Alemania, después para Estados Unidos.

En las décadas de 1930 y 1940 Bolivia era centro de la fiebre del estaño, atracción semejante a la mostrada por el genial Charles Chaplin en «La quimera del oro».

Miles de hombres llegaban con el sueño de reunir pronta riqueza hundiéndose en las vetas de la montaña.

Pasada la adolescencia Lechín se dedicó a estudiar, período en el que trabó estrecha amistad con Hernán Siles Suazo, que sería elegido presidente en 1956 y 1983.

La influencia de los capitales ingleses – la Baring Brothers ya había diseñado la guerra de la Triple Alianza, destinada a aplastar a Paraguay – volvió a hacerse sentir y en 1932 desató la guerra del Chaco, que enfrentó a Bolivia y lo que quedaba de Paraguay.

Ya no se habla de esta guerra, que dejó un saldo de más de 100.000 muertos.

Lechín fue soldado boliviano.

Paralelamente lucía excelentes dotes de futbolista y al firmarse la paz alcanzó a convertirse en centre-half (el puesto de Angel Perucca, Néstor Rossi, Antonio Rattin) del importante club The Strongest y capitán de la selección nacional (1935-37).

También se destacaba jugando al básquet y el voley.

Ninguna pelota logró que renunciara a su inquietud por la lucha desigual de los mineros en defensa de sus derechos.

Defensa de la que era abanderado en carne y hueso, de ahí que su voz se escuchara con atención.

No era común que alguien renombrado como estrella del fútbol y seductor amoroso se interesara, más allá del discurso, por cuestiones sindicales.

En 1944 el presidente Gualberto Villarroel le ofreció un ministerio.

Lechín prefirió ser subprefecto de Uncía, cargo municipal que le confería autoridad política en una región de fuertes empresas mineras que empleaban a decenas de miles de obreros.

Guardando las debidas distancias cabe asociar su caso al de Perón, que inició su trayectoria pública creando la Secretaría de Trabajo y Previsión, área deliberadamente relegada al cabo de la década infame.

De inmediato hubo intentos de soborno por parte de los empresarios. Lechín respondió fundando el sindicato minero y el COB, entidades que conduciría, presente o por sus exilios, temporariamente a distancia, hasta 1987.

Desde esa posición logró que se instaurara la obligatoriedad del pago de vacaciones y la indemnización por despidos, entre otros derechos laborales.

En 1951 debió marchar al exilio en Buenos Aires.

Pero era hombre que no se permitía bajar la guardia.

Regresó a su tierra un año más tarde cuando se concretó un nuevo golpe de Estado.

Hundidos en la mina nos explotan, nos mueren, pero cuando salimos somos de piedra, la piedra que envuelve al estaño, y no nos para nadie, sentenciaba Lechín, y no eran sólo palabras.

Al frente de una columna de mineros  tomó el palacio de gobierno.

Posteriormente, aportando su enorme fuerza sindical, se unió a Víctor Paz Estenssoro en la creación del MNR.

Pero inflexible sus principios, como ocurriría más tarde con Siles Suazo, Lechín nunca dejó de cuestionar el incumplimiento de las promesas electorales.

Los veía como adelantados de lo que hoy es el neoliberalismo. Entonces fundó el Partido Revolucionario de Izquierda Nacional.

Estos dos últimos términos marcan su ideología que bordeaba el trotskysmo, adaptada a la realidad nacional y latinoamericana. Respaldó el golpe de René Barrientos (1964) para impedir lo que definió como «reelección vitalicia» de Paz Estenssoro.

Líder carismático y quechua parlante, también Barrientos decepcionó los planes de Lechín.

En Bolivia se sucedían los golpes militares y los consiguientes exilios de Lechín, interrumpidos por retornos fugaces, siempre clandestinos.

La leyenda popular lo descubría oculto tras diversos disfraces, el más insólito, de finado, habitando un modesto ataúd.

Volvió en 1969, lanzó una huelga general y obtuvo la liberación de presos guerrilleros, como Regis Debray.

En 1970 se jugó por el general Juan José Torres, volteado por el golpe de ocasión.

En 1978 se produjo su inevitable regreso, oportunidad en que fue candidato a presidente.

La derecha oligárquica y la embajada yanqui no toleraron tal osadía y propiciaron el golpe de Luis García Meza.

Un exilio más y la vuelta para derrocar a García Meza.

Hasta que en 1987 abandonó la militancia sindical.

A la par de este luchador incansable en Lechín convivía un tipo de elegancia en el vestir, casimires ingleses, chalinas de Paris, zapatos italianos.

Obrero de día, burgués de noche, mujeriego enfermizo, lo acusaban sus enemigos.

El dandy minero fue uno de sus apodos.

Sin desmentir estos dichos Lechín jamás traicionó a su pueblo.

En 1973 Lechín viajó a Buenos Aires con un solo objetivo.

 «Yo viví volviendo de los exilios. Ninguno duró más de 7 años. Él estuvo 18 años lejos de su tierra. No sé si yo hubiera resistido tanto tiempo. En 1951 me dió una mano enorme. ¿Cómo no voy a saludar al general Perón?», explicó este gigantesco luchador.

No fue casual, entonces, que tras el golpe de 1955 diera cobijo y sostén a un grupo de argentinos que refugiados en Bolivia se unieron en calidad de comando de resistencia de exiliados peronistas.

Entre ellos se contaban Julio Troxler, sobreviviente de la masacre de José León Suárez; Claudio Adiego Francia («el Francés»), que pretendía matar a Isaac Rojas con una exótica cerbatana de aire comprimido de su invención; Manuel «Gallego» Mena, Néstor Gavino y otros.

Las agujas del reloj de la historia se movieron mezquinamente para Juan Lechín Oquendo.

Le tocó morir 5 años antes que Evo Morales asumiera la presidencia y concretara muchos de sus sueños.

Un Evo que en 1997 se inclinó ante la imagen de Lechín contando que lo había visto llorar conmovido al enterarse que dos dirigentes mineros habían rechazado un soborno de 40.000 dólares para desbaratar una huelga del sindicato.

Sus banderas no habían cesado, no cesan de flamear.

IL/