Messi, la magia del fútbol, la tribuna popular

LA NOCHE DE LOS ABRAZOS IMPOSIBLES

Por Horacio del Prado*

Cuando cierro un ojo se me aparecen desde Sívori a Tucho Méndez, y cuando cierro los dos se me aparece papá, abrazándome fuerte porque los primeros Carasucias acaban de ganar el Sudamericano del 57 en Lima.

Por Horacio del Prado

NAC&POP

11/07/2021

Mucho para decir sobre el triunfazo de la Selección Argentina en el Brasil, hace apenas unas horas, ahora que la madrugada del sábado 10 al domingo 11 de julio de 2021 avanza, pero la conversación en casa continúa, como en el zoom de los amigos o en el chat del tío que no puede conciliar el sueño, porque cuando cierra un ojo se le aparecen desde Sívori a Tucho Méndez, y cuando cierra los dos se le aparece su papá, abrazándolo fuerte porque los primeros Carasucias acaban de ganar el Sudamericano del 57 en Lima.

Mucho para decir, claro, siempre y cuando se comprenda que en la tribuna popular es infinitamente más lo que nunca se podrá decir con las palabras.

Es algo que, para variar, lo explicó fenómeno el papa Francisco, en un whatsapp que difundió hace unos días, antes de operarse.

Dijo: “Hay que comprender que pueblo no es una categoría lógica.

Si se quiere hablar del pueblo con esquemas lógicos, se termina cayendo en una ideología de tipo iluminista y liberal, o populista.

Es decir, se termina por encerrar al pueblo en un esquema ideológico.

Pueblo, en cambio, es una categoría mítica.

Y para comprender al pueblo hace falta estar ahí metido, hay que acompañarlo desde adentro”.

Si esto no fuera así, como lo dice este gran director técnico espiritual del mundo, no podrían ocurrir las siguientes cosas que ocurrieron anoche y todavía se están viviendo:

 Cuando termina el partido y Argentina es campeón de América, Tití Fernández, desde la pantalla del 7, se lo dedica a su hija Soledad, que justamente este sábado habría cumplido años, pero que justamente falleció en este mismo Brasil en el conocido accidente durante el Mundial de 2014.

¿Cómo podría explicarse que todos nos abracemos realmente con Tití y su muchachita, convocados por un simple triunfo deportivo, un batallado uno a cero, una vuelta olímpica que da más ganas de rugir que de otra cosa?

O sea; ¿no habrá algo más en juego en estas cosas?

 En esa misma transmisión, que ya en el primer tiempo superaba los 30 puntos de rating, hay un momento en que Montiel (que jugó un partido bárbaro) recibe un patadón brutal en el tobillo, en plena resistencia argentina para sostener el resultado, y la cámara enfoca la media blanca chorreando sangre.

La comentarista Angela Lerena habla por todes: “Gracias, Montiel”, saca de la galera, y nos devuelve al césped, porque en la dimensión mítica de la tribuna popular, ese tobillo que estábamos viendo no era otro que el de Diego Maradona en el Mundial 90, cuando jugaba infiltrado con anestesia para caballos de carrera…

 ¿Cuánto estuvimos esperando que Lio Messi recibiera una guiñada del destino y se le acomodaran aunque sea una vez en su favor los tantos?

Aquí nos permitimos una hipótesis bien futbolera, más realista que mítica: el pueblo argentino ama a Leonel Messi, entre otras cosas porque él pudo haber elegido tranquilamente jugar para España y habría sido campeón mundial en Sudáfrica 2010, cuanto menos, porque además España se habría enriquecido muchísimo con su aporte y hasta se podría apostar que habría ganado esta Eurocopa en curso.

Al elegir a la Argentina, el pibe rosarino fue leal con sus afectos propios, con la memoria de su abuela, pero también se metió en un
laberinto pesado, porque una de las varias diferencias que podrían anotarse entre el Gran Genio anterior, Diego Maradona, y él, es que Diego tuvo la ventaja de ser dirigido por dos seleccionadores incomparables, que fueron Menotti y Bilardo.

Estos armaban equipos para que Diego definiera las batallas.

A Messi, que fue dirigido por grandes entrenadores, pero no al nivel de los dos nombrados, siempre se le planteó la ecuación al revés; Messi debía salvar a todos, solucionar lo que el banco o el equipo no podía sostener.

Esa historia cambió esta noche, cuando Messi no brilló, pero el equipo sostuvo el título.

Con un coraje y una entrega conmovedoras.

De visitantes.

 Pasemos entonces a otro abrazo imposible, que uno vio esta noche aunque no se haya producido aparentemente en la realidad.

Fue o es el de José Pekerman, con su discípulo Lionel Scaloni, que alguna vez fue uno de los pibes descubiertos por el grandísimo genio de los juveniles que es José. Ese cuerpo técnico que también tiene a Pablo Aimar y a Walter Samuel, pekermanianos, y a Roberto Ayala, “hijo” futbolístico de Carlos Timoteo Griguol, marcó en este breve proceso un hito histórico con varias facetas meritorias.

Hizo un recambio de jugadores formidable, como cuando Pekerman hacía aparecer generaciones para durar dos décadas: el arquero Emiliano Martínez, el zaguero Cristian Romero, Nicolás González, Rodrigo De Paul, Leandro Paredes, parecen descubiertos para quedarse.

Rodrigo De Paul jugó una final de América de excelencia, digna de Jorge Raúl Solari, el primer Indio Solari de la historia, justamente apodado Indio porque como De Paul se corría toda la cancha como si nada (y jugando bien) hasta el último minuto.

A otros pibes, como el gran Lautaro Martínez, habrá que encontrarles el juego que lo rodee, para que corone las jugadas con los goles que busca y se le escapan, porque a veces es un toro que choca más que un matador que piensa.

Pero tal vez superando en algún aspecto a su maestro, Scaloni enseñó cómo se puede recuperar a jugadores a los que se empezaba a dar por “superados” generacionalmente, como Di María u Otamendi.

Ni que hablar que le dio a Messi su primera corona desde los Juegos Olímpicos de 2008, y a la Selección una vuelta olímpica que se le negaba desde 1993.

Con la contundencia del triunfo, la voz del técnico se hará oír mejor también por jóvenes extraviados, como ese otro genio del fútbol que es Paulo Dybala, salido de la escena probablemente por la necesidad de bajar un cambio, que en alguna medida es lo que hicieron Di María y el mismo Messi.

 Los goles recuerdan otros goles.

En la dimensión mítica hay un gol que siempre es el mismo: el que se hace a Brasil allá.

Salvo los goles a Inglaterra, no resisten comparación.

Alguien anotó que no se ganaba en el Brasil desde 1998, en un amistoso recordado por el gol del Piojo Claudio López, cuando el entrenador era el campionissimo Daniel Passarella.

O sea, un wing, igual que Di María anoche.

Y a su vez, igual que el pibe Di María del 2008 en Beijing, cuando entre Messi y Riquelme explotaban su velocidad para que él definiera los partidos decisivos.

Todos nos abrazamos esta noche con Messi, Di María y De Paul, como aquella noche con el Piojo.

La tribuna popular somos así.

 Pero hay un abrazo especial, que guardamos para cerrar la libretita: la primera vez que la Argentina ganó en Brasil, también fue con gol de un gran wing izquierdo, un gran zurdo que se llama Antonio Garabal.

En diciembre de 1956, antes de ser vendido al Atlético Madrid (se embarcó llorando porque no quería dejar el país y lo obligaron) la
Argentina ganó 2 a 1.

Garabal lo cuenta así: “Me acuerdo que ese día jugó Garrincha.

En el primer tiempo nos ganaban uno a cero.

Hicieron el gol con la mano.

Pero nos tendrían que haber hecho cinco porque jugaron mucho mejor.

Pero el Tano Roma la rompió ese día, atajó todo lo que le tiraban.

Tan es así que ahí mismo, al terminar el primer tiempo, había periodistas que le decían que se quedara en Brasil, que había que
contratarlo.

Salimos al segundo tiempo.

Empezó a gritar Pipo Rossi.

Agarró la pelota Sívori, que ese día hizo de todo.

Hicimos una pared con él al costado del área y a los 16 minutos metió el empate.

Los brasileños se impactaron porque nos tendrían que estar goleando y estábamos 1 a 1.

Se fueron con todo al ataque y en un corner para ellos, vino el rechazo de la defensa nuestra y me pegaron el pelotazo largo a mí.

Y yo me voy por el medio de la cancha.

¡El número 2 me pegó una patada!

Pero yo estaba fuerte, en ese entonces, me sacudió, me hizo tambalear, pero yo seguí.

Enfrenté el área y no llegué a entrar al área.

Me salió el arquero y de ahí nomás le pateé.

Entró abajo del travesaño.

Estaba más contento que si me hubieran regalado los Reyes una bicicleta.

En el corner de la derecha estaba una bandera argentina, de la tripulación del barco mercante Comodoro Rivadavia, creo que era un petrolero.

Se lo fui a gritar ahí como un loco.

¡No sabe lo contento que estaba!

¡En el Maracaná!

Usted no sabe lo que hizo Sívori ese día, sombreritos, caños.

La agarró de rodillita, en el medio de la cancha y se fue haciendo rodilla, cuatro, cinco, hasta donde estaba la hinchada brasilera.

Yo le decía: Cabezón, damelá a mí que te van a matar.

Vino corriendo el gran Zizinho, que era un jugador ya veterano, insultando a los compañeros que no le salían.

Y se le tiró a los pies para barrerlo con pelota y todo.

Yo no sé cómo hizo Sívori, la pisó de una manera contra la raya que Zizinho pasó de largo, se levantó con cal en el pelo, en el pantalón, en las medias, los zapatos, ¡barrió la línea de cal!

Usted sabe que se me puso la piel de gallina, porque la hinchada brasileña se puso a aplaudirlo.

Parecía el Colón.

Yo miraba asombrado”.

 Un párrafo final para el abrazo de Neymar y Messi.

Uno de los abrazos más largos, reales y conmovedores que dejó esta Copa América.

Como para apostar que si la tribuna popular pudiera, les daría las cancillerías a estos dos muchachos.

HDP/