Te pido que entres con nosotros, que encabeces una columna. Entramos, te quedás veinticuatro horas, posas como un héroe y volvés acá. Podés dar un mensaje pacifista.

LA CUESTION DEL PUERTO. CAPITULO CINCO

Por Gastón Garriga*

El personaje en cuestión vivía con sus perros, en las afueras de la ciudad,  en una quinta cuyo fondo daba al río. Allí cultivaba una huerta, meditaba y tocaba la guitarra. Tras la reunión de Unasur iría a buscarlo, aunque no sabía todavía a qué argumentos recurriría. El tema lo inquietaba un poco.

NAC&POP

 8/07/2021

Por Gastón Garriga 

Dibujos: Rodolfo Parisi

Curaduría: Daniel Roncoroni

Publicada originalmente en lacuestiondelpuerto.com.ar

MANDATO CUMPLIDO

“Mirar dentro de mí,
Fumar o dibujar,
Para qué complicar,
Complicar (Complicar),
Yeah complicar,
Prefiero sonreír”.

(“Una casa con diez pinos”, Javier Martínez)

La información que le había brindado Sergio esa mañana  era escueta pero suficiente según él.

El personaje en cuestión vivía con sus perros, en las afueras de la ciudad,  en una quinta cuyo fondo daba al río.

Allí cultivaba una huerta, meditaba y tocaba la guitarra.

Tras la reunión de Unasur iría a buscarlo, aunque no sabía todavía a qué argumentos recurriría.

El tema lo inquietaba un poco.

Terminaron el último punto del temario.

Habían pasado toda la jornada alrededor de la mesa de reuniones.

Los mandatarios, en grupitos de dos o tres, hacían planes para las escasas horas que quedaban libres hasta la cena.

Máximo, siguiendo una intuición íntima pero plena, se acercó a Camila Candela.

Máximo
                            Máximo

-Compañera, ¿realmente quiere entender el peronismo?

-Pues, claro.

-No le aseguro nada, pero me gustaría que me acompañe a una pequeña reunión, pequeñísima, que puede ser bisagra en la historia de mi país y del movimiento.

-Qué honor, caballero. ¿Pero por qué sólo a mí?-, respondió, picante, abarcando a sus pares con la mirada.

Máximo tragó saliva.

-Tengo que elegir porque debemos ser discretos, no puedo llevar una muchedumbre. Y usted viene de bastante lejos.

-Vamos, entonces. Buen argumento.

Salieron sin despedirse de los otros mandatarios.

Máximo dispensó al chofer y manejó él, un autito eléctrico de la flota oficial, pequeño, simple y eficiente.

En la etapa de investigación y diseño del “Migrante”, habían comprado un par de unidades de todo lo que se producía.

Esos autos ahora los usaban los funcionarios para sus desplazamientos cortos.


Era la primera vez que estaba a solas con Camila, una mujer hermosa y un cuadro de la puta madre, pero seguía absorto en sus pensamientos.

En general, los dirigentes no se retiraban de la política ni con la muerte, porque seguían en el comando celestial.

Lo de Pan de Leche era extraño, casi único, como si hubiera querido empezar otra vida, desde cero, renegando de su pasado.

En cinco minutos salieron de la zona de los edificios públicos y el paisaje se hizo más verde y bucólico.

-Va a tener que ayudarme a encontrar el sitio.

-¿Cómo? ¿Qué buscamos exactamente?

-Algo…

– Máximo se detuvo a elegir las palabras con prudencia.

Estaba hablando de un presidente mandato cumplido con una presidente en funciones.

Debía extremar el cuidado, como haría Sergio.

-Algo llamativo.

-¿Algo como eso?-, el dedo índice de Camila señaló una vieja combi Volkswagen pintada con un arcoiris de punta a punta y un flower power en la puerta, en la entrada de una casa de madera, ligeramente descuidada.

Tenía que ser él.

Máximo retrocedió unos metros y detuvo el autito bajo unos manzanos, del lado de afuera, a pesar de que la tranquera estaba abierta.

Dio la vuelta para abrirle la puerta a Camila, pero cuando la completó ella ya estaba fuera, de pie, y lo miraba, entre divertida y curiosa.

Camila Candela
                   Camila Candela

-El hombre que vamos a ver ahora puede ayudarnos a resolver la cuestión del puerto con política y sin sangre-, le dijo al oído.

-Ahora entiendo.

Yo soy el anzuelo-, respondió ella, en un tono carente de reproche o recriminación.

-Las mujeres son más hábiles que nosotros para estas cosas-, respondió Máximo, preso de una repentina timidez.

Frente a la puerta, Máximo golpeó sus manos sonoramente.

Miró su reloj y luego el extenso parque.

Pronto serían las cinco de la tarde, oscurecería y caería la temperatura.

Un hombre de su edad tenía que estar ya dentro la casa.

-¿Si?-, se escuchó que gritaban desde adentro.

-Soy Máximo.

Estoy acompañado-, aclaró.

Se preguntó cómo estaría, cómo le habrían sentado los años.

Hizo memoria para recordar desde cuando no se veían.

Se abrió la puerta y Máximo descubrió un living cubierto de almohadones de todos los colores y tamaños.

Contra una pared, una colección de guitarras prolijamente alineadas.

Sobre un altar, presidiendo el ambiente, el dios hindú con cuerpo humano y cabeza de elefante.

La vista de Máximo se demoró en la escultura.

-Ese es Ganesha-, dijo el anfitrión. -Dios de la sabiduría y prosperidad.

Alberto estaba muy parecido al de sus recuerdos.

El pelo y el bigote totalmente blancos, tal vez un poco más largos que entonces, la forma ligeramente redondeada del cuerpo -el plan de entrenamiento cubano no incluía a los mandato cumplido-, las bolsas alrededor de los ojos.

Lo nuevo estaba en sus ojos, una expresión de serena beatitud, y en su atuendo: había cambiado el saco azul de abogado por una kurta asiática.

-Te veo bien-, dijo Máximo.

-Nunca estuve mejor.

¿No me vas a presentar a…?

-Camila, mucho gusto-, dijo ella.

Les pidió que se descalzaran y luego se acomodaron en los almohadones.

Alberto los abandonó unos minutos, fue a la cocina a preparar té y volvió con tres pequeños cuencos.

Se sentó en posición de loto.

Tomó una viola, la que tenía más a mano y comenzó a afinarla.


-Bien, ustedes dirán, ¿a qué debo semejante honor? ¿O me van a decir que pasaron a saludar?

Máximo fue a los bifes, como recomendaba su padre en esta clase de circunstancias.

Alberto lo escuchaba y miraba a Camila.

Cuando Máximo terminó de hablar, el silencio cayó sobre ellos como cae la noche en invierno.

Finalmente respondió.

-Yo dejé la política.

Esta vez, definitivamente.

Ya cometí el error de volver, hace como veinte años.

-¿Error?

Le ganamos a la alianza internacional de gorilas más importante…

Alberto lo frenó con un gesto.

-Desde mi perspectiva personal fue un error.

Me expuse a energías densas, a vibraciones con las que no sintonizo.

Acumulé karma negativo.

Por favor, no me hables más de política.

¿Cantamos algo?

-No te estoy hablando de política.

-¿De qué me hablás, entonces?

-De historia.

De cómo vas a quedar en la historia.

Tenés una oportunidad más.

Podés escribir una página más.

No te pido que te quedes de delegado en el pantano, ni siquiera que armes una lista de concejales.

Te pido que entres con nosotros, que encabeces una columna.

Entramos, te quedás veinticuatro horas, posas como un héroe y volvés acá.

Podés dar un mensaje pacifista.

A mi no me creerían.

-Puede ser…-, comenzó a ceder Alberto.

-Morocha, ¿vos vendrías?

-Claro-, aceptó Camila, más sonriente que antes.

-¿Cuándo nos vamos?-, preguntó, ya convencido.

-¿Puede aterrizar un helicóptero acá?

-Si.

-Bancame que le pido a Sergio que mande uno.

Ponete un traje.

La gente te recuerda vestido de abogado.

-No sé si me van a entrar.