El pensamiento de estos maestros marcó durante un siglo y medio el fenómeno que llamamos guerra.

PERÓN, MC DONALD´S Y LOCCHE, DISCIPULOS DE SCHLIEFFEN Y CLAUSWITZ.

Por Ignacio Lizaso*

A lo largo de la parte final de su vida y sobre todo en los años del exilio en Madrid, Perón volvió una y otra vez a beber en las fuentes de los maestros de la teoría de la guerra con miras a su aplicación en la política.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

01/07/2021

A lo largo de la parte final de su vida y sobre todo en los años del exilio en Madrid, Perón volvió una y otra vez a beber en las fuentes de los maestros de la teoría de la guerra con miras a su aplicación en la política.

En sus escritos personales menciona elogiosamente y de alguna manera se declara discípulo de Carl Philipp Gottfried von Clausewitz y el conde Alfred von Schlieffen.

El pensamiento de estos maestros marcó durante un siglo y medio el fenómeno que llamamos guerra.

Más tarde conceptos de los ocho volúmenes de la obra cumbre de Clausewitz: «De la guerra», pasaron a verse representados en el fútbol o el boxeo, y hoy sucede que se han convertido en textos de consulta en el campo de la gestión empresarial y el marketing.

Perón comenzó leyendo un trabajo en el que Schlieffen analizaba el desarrollo de la batalla de Cannae, librada en el año 216 antes de Cristo.

«Me lo devoré en una noche», confesaba su pasión militar.

Al principio lo desconcertó que el autor elaborase un número casi infinito de planes estratégicos y las frecuentes contradicciones que surgían entre planes concebidos para una misma campaña.

Diseñaba una estrategia, la sostenía como insuperable y al rato creaba una nueva para demoler a la anterior.

No podía ser casual, Schlieffen «era un genio».

Por su parte, Clausewitz opinaba que la guerra es una continuación de la política por otros medios.

Según Perón las cosas se daban a la inversa: la política era una continuación de la guerra por otros medios, pero con las mismas tácticas.

Coincidía con Clausewitz en que el primer mandamiento era la acción ofensiva, el ataque, aún frente a adversarios superiores en número y armamentos.

Y aportaba ejemplos.

Con la Iglesia, el ejército, el petróleo, la reforma agraria, la libertad de prensa, siempre había mantenido dos actitudes, dos líneas doctrinarias, porque su naturaleza se oponía a todo sectarismo y porque esencialmente era un conductor; Schlieffen le había enseñado que no se podía medir las cosas con la vara de un solo dogma.

Lejana muestra de la misma pasión, no obstante tratarse de un oficial apartado del ejército prusiano por no pertenecer a la nobleza, el padre de Clausewitz consiguió un documento falso para que su hijo, de sólo 12 años, se enrolase precisamente en ese ejército.

El joven Clausewitz leyó sobre ciencias, filosofía, ética, artes y se especializó en el estudio de la obra de Kant.

En notas que aparecían en diversas publicaciones ponía una lupa sobre tácticas y estrategias apreciadas en una batalla – guardando las distancias del caso – con un estilo próximo al que actualmente se emplea para comentar un partido de fútbol: posiciones, desmarques, contraataques, defensas en distintos sectores de un campo de juego.

¿Cuál es la idea fundamental de una defensa?

Parar un golpe, planteaba Clausewitz y concluía: hay un elemento clave, saber de dónde vendrá el golpe que se debe parar.

Cabe fantasear: ¿habrá leído Nicolino Locche al maestro de Perón? «Yo soy más peronista que el Mono», dentro de su prquedad arrimó la bocha el Intocable (el Mono, claro, era José María Gatica).

Sin que la espada exhiba manchas de sangre – pretensión de economistas neoliberales -, tácticas y estrategias de origen militar asoman en el mundo de los negocios.

El mercado es el campo de batalla, la competencia es el enemigo, el marketing, la guerra.

Se ha dicho que John Fitzgerald Kennedy recurrió a normas del teórico chino Sun Tzu durante la crisis de los misiles en Cuba. Si así fue, todo indica que la experiencia no tuvo el éxito esperado: con el apoyo de la USS, Cuba resistió las amenazas y permanece en pie, ofreciendo vacunas al mundo, sin rendirse al sexagenario bloqueo yanqui.

Diarios y revistas económicos se detienen en la arrasadora aparición de la cadena Farmacity a partir de una ofensiva basada en la apertura de locales que, en oposición a los tradicionales turnos de las farmacias de barrio, atienden al público las 24 horas.

Se elude toda mención a la poderosa influencia política de su propietario original, Mario Quintana, titular del grupo Pegasus y mano derecha de Mauricio Macri, y al guiño cómplice para vender de hecho, como un quiosco gigante, productos ajenos a la industria farmacéutica.

También es citado el caso de Mc Donald´s, que aguardó 14 años para desembarcar en Moscú en 1990.

Tras una opulenta campaña de lanzamiento arrancó vendiendo a 0,40 euros lo más semejante a los Big Mac que antes los moscovitas pagaban 1,50 de su moneda.

Y no era barato.

Esos 40 centavos costaba el abono mensual de transportes urbanos.

La ofensiva marca Clausewitz se completó contratando como camareros la cultura y la sonrisa de estudiantes universitarios (hasta ese momento la atención a los clientes era considerada «popular, grosera»).

En 2020 funcionaban 693 locales de Mc Donald´s en Rusia, más de 100 en Moscú.

El 20 de junio de 1973, día del trágico regreso de Perón, el almirante Isaac Rojas se parapetó en su departamento con una pistola cargada con seis balas.

Explicó que si subían a buscarlo los iba a recibir disparando cinco balas, la última estaba reservada para un novelesco suicidio.

Lo dejaron durar 20 años más supurando odio.

En 1955, como argumento de la Marina para presionar por la renuncia de Perón, había ordenado bombardear las instalaciones de YPF en Mar del Plata desde el puente de mando de un crucero, justamente el 17 de Octubre.

Poco después le cambió ese nombre por el de General Belgrano, hundido en la guerra de las Malvinas.

«El militarismo es un mal que crean los políticos cuando usan a las fuerzas armadas con fines antinacionales», sostenía Perón, y remataba: «soy el único militar que no decepcionó al pueblo».

Acaso haya sido el último sembrador en el surco político del pensamiento de Schlieffen y Clauswitz.
titulo propuesto

IL/