Solo llegamos a ver destellos de todo tipo y una repentina columna de fuego.Algo estaba pasando, yo trataba de saber qué.

TRES TERRAZAS.

Por Luis Crespo*

Algo pasaba, yo no sabía qué.

Se oían detonaciones.

Me paré sobre un zócalo para ver mejor las columnas de humo que se formaban después de cada explosión debajo de las aeronaves a pocas cuadras de casa.

Por Luis Crespo

NAC&POP

16/06/2021

Ocho años tenía.

Subimos las escaleras atropelladamente.

Algo pasaba, yo no sabía qué.

Veía las panzas grises de aquellos aviones que cruzaban, a cada rato, en la misma dirección.

Alguien –no recuerdo quién- nos llamó.

Fuimos a la parte de la terraza que daba a la calle.

Desde allí vimos doblar viejos camiones ocupados por hombres que gritaban o cantaban agitando sus brazos y, algunos de ellos, palos largos o alguna horquilla de enfardar.

Nuevamente, el rugir de motores nos hacía levantar la vista al cielo.

Los aviones, de a dos o de a tres, desfilaban justo sobre nosotros.

A mí me parecía que, cada vez más bajos.

Algo pasaba, yo no sabía qué.

Se oían detonaciones.

Me paré sobre un zócalo para ver mejor las columnas de humo que se formaban después de cada explosión debajo de las aeronaves a pocas cuadras de casa.

En seguida, los aparatos ganaban altura y viraban hacia la derecha.

Se veía pintoresco ¿a dónde irían esos pilotos?

Cuando se calmó todo, caminamos.

En aquel entonces, era el modo de informarse.

Vimos camiones, tal vez los mismos, volver, lentamente, vacíos … ¿a dónde habrían ido aquéllos hombres que cantaban?

Nos juntamos con algún vecino, se nos unió un pariente y fuimos.

En aquel entonces, era el modo de informarse.

Cada vez que paso por la Plaza recuerdo los vehículos quemados, las paredes perforadas … los muertos.

Algo había pasado, yo no entendía qué.

Tres meses más tarde, los grandes escuchaban radios uruguayas.

En los diarios se veían fotos de gente en la Avda Santa Fe con banderitas argentinas.

El actor de “El inglés de los güesos” cantaba una marcha desconocida.

Una maestra, con gesto adusto y abotonado busto nos hizo saber que ya no éramos más los únicos privilegiados.

Nuestro vecino y amigo profesor del club nos impedía el ingreso a los chicos que fuéramos admitidos por vivir en el barrio.

Las noches se poblaban de grupos que destruían talleres.

Al bebé de una parienta no le pudieron poner un nombre.

Algo había pasado.

En la década siguiente, ya adolescentes, en otra terraza, nos dijeron “¡Bajen que hay francotiradores!”

Ya en la calle, veíamos asomarse soldados cuerpo a tierra, precedidos por viejos Mauser, tan asustados como nosotros (que no sabíamos si eran azules o colorados o qué).

Algo estaba pasando, yo trataba de saber qué.

Años más tarde, poco faltaba para que naciera mi primer hijo y ya vivíamos en el conurbano.

La casa ocupaba una esquina y estaba expuesta por las dos calles.

Fue lo primero que pensé al decirles a mi mujer y a nuestra igualmente embarazada amiga que se sentaran en el suelo para estar protegidas de los tiros de metralla que sonaban afuera.

Mi amigo propuso ir a la terraza y no me atreví a negarme a pesar de haber recibido, pocos días antes, amenazas telefónicas sin motivo conocido y la advertencia de un colega para que no presentara ningún otro “habeas corpus” como el que había intentado en favor del hijo de un amigo de mi suegro.

Poco duramos en esta otra terraza aquella noche.

Solo llegamos a ver destellos de todo tipo y una repentina columna de fuego.

Cuando el helicóptero que se mantenía estable sobre la casa nos dirigió el haz de luz de uno de sus reflectores, optamos por bajar.

A la mañana, la vida del barrio era normal.

Solo que, a pocos metros, una linda casa –justo enfrente del taller donde atendían mi auto- ya no estaba más.

Había sido prolijamente bombardeada y rápidamente retirados los cadáveres de aquellos hombres que, según se dijo, mantenían una reunión clandestina.

Algo nos estuvo pasando y creo saber qué.

LC/