No faltan los que todavía suponen que por sonoridad de apellido, los Bullrich representan una clase de elevada posición social.

YA NO ES EL APELLIDO EL QUE DISTINGUE A UNA «CLASE» SINO LA SOLIDARIDAD, LA CALIDAD HUMANA.

Por Ignacio Lizaso*

En una breve entrevista el senador Esteban Bullrich, que padece una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), con voz trémula, el decir entorpecido, contaba que lo había emocionado recibir el saludo y el aliento de Cristina Fernández de Kirchner. «Hablamos de la importancia de la fe.» La escena resultó conmovedora.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

04/06/2021

En una breve entrevista el senador Esteban Bullrich, que padece una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), con voz trémula, el decir entorpecido, contaba que lo había emocionado recibir el saludo y el aliento de Cristina Fernández de Kirchner. «Hablamos de la importancia de la fe., dijo, ya que en su mensaje CFK le había expresado que confiaba en que su fe en dios le daría fortaleza ante tan dura prueba.

El mensaje concluía con una afirmación de claro sentido solidario: «la confrontación política no puede, ni debe deshumanizarnos».

Alusión directa a un par de choques que protagonizaran ambos durante sesiones de la cámara alta, la condición de Bullrich de destacado dirigente del Pro y los groseros y virulentos ataques que este partido y en particular su presidenta, precisamente tía y madrina política de Esteban, no cesan de dirigir contra CFK y el gobierno de Alberto Fernández.

Mal que provoca humillante deterioro físico y muerte, entre nosotros ELA les quitó la vida a dos personalidades de enorme valor en la cultura nacional: el Negro Fontanarrosa y Ricardo Piglia.

Bullrich ha sido reiteradamente cuestionado en su actuación política desde 2009.

Los cargos fueron diversos, la mayoría por irregular manejo de fondos a favor de campañas electorales, desde la de Mauricio Macri a la de Fernando Niembro, candidato a diputado; el desmedido pago de sobreprecios en la compra de computadoras escolares o la contratación de una empresa que cobró 6.000 millones de pesos para construir 93 jardines, no construyó ninguna y nunca devolvió el dinero recibido.

En cuanto a poder económico solo se sabe que Bullrich figura en los Panamá Papers como titular de la Formar Foundation Inc.

Imposible determinar capital, su origen y movimientos de la entidad.

Quizás sólo sirva como elemento de juicio una frase del propio Bullrich que (conscientemente o no) asoma hermanada con una cínica, memorable confesión de Luis Barrionuevo: «si paramos de afanar la guita que nos estamos llevando a los bolsillos podremos hacer las revoluciones que demanda la educación».

Sin olvidar la impiadosa actitud de la justicia que en circunstancias con cierta afinidad a las que vive Bullrich, operó descaradamente contra la atención médica que exigía el cáncer que afectaba al ex canciller Héctor Timerman, lo que desembocó en su muerte, y tampoco las pintadas que hace 70 años vivaban al cáncer de Eva Perón, CFK cumplió el noble gesto de acercamiento.

Detrás de aquellas pintadas estuvo la mano de los abuelos de quienes hoy, exhumando un odio con aires de imperecedero, se oponen con furia que huele a intención destituyente a cada paso de la acción del gobierno en su lucha contra el Covi-19.

No faltan los que todavía suponen que por sonoridad de apellido – no se nos ocurre otra razón – los Bullrich representan una clase de elevada posición social.

Según ese rasgo musical los Macri, por más fortuna que se les atribuya entre lo que poseen y especialmente esconden, no pertenecen a la presunta elite.

Sin embargo el origen de la familia no luce calidades de ninguna índole.

El primer antepasado que pisó suelo argentino fue August Sigmund Bullrich.

En estos casos suele hablarse de pionero, pero a August Sigmund hay que agregarle tres letras.

El hombre llegó como prisionero, y de guerra.

Nacido en Hannover, Alemania, viajó en 1828 a Brasil a sumarse al ejército del emperador portugués Pedro I que combatía con el de las Provincias Unidas del Río de la Plata, comandado por el general Carlos María de Alvear, por el dominio de la Banda Oriental.

Este Bullrich era experto en el lanzamiento de cohetes incendiarios, en la época un arma ultramoderna.

Ese mismo año, en la batalla de Ituzaingó, las tropas de Alvear conquistaron un rotundo triunfo.

La batalla concluyó cuando se rindieron de 150 soldados enemigos, entre ellos August Sigmund, que desembarcó en Buenos Aires como un prisionero más.

Se ignora qué Rosenkrantz, Casal o Stornelli logró que no terminara en la cárcel.

Se dice que entonces como lugar de detención sólo había 6 celdas en el Cabildo, estarían ocupadas, habrá quedado en lista de espera…

En ese momento al artillero Bullrich lo separaba un abismo insalvable de Alvear.

Pero a Argentina siempre se la consideró país de promisión y granero del mundo.

Un hijo de August Sigmund, de nombre Adolfo Jorge, fue el verdadero fundador del prestigioso Bullrichismo (y enterrador del oscuro arribo de su padre a estas plácidas llanuras). Instaló una casa de remates donde hoy se halla el Patio Bullrich, se enroló en la masonería y aguardó su oportunidad saludando respetuosamente a Sarmiento, Mitre, Urquiza y luego Julio A. Roca, próceres masones.

Cuando Roca realizó la campaña genocida del desierto ¿quién iba a encargarse de vender las tierras usurpadas a los habitantes originarios sino Adolfo Jorge?

Entre otras tierras vendió las arrebatadas a los mapuches.

Como se aprecia, la relación Bullrich-mapuches tiene una tradición enriquecida por los Maldonado, los Nahuel.

Roca culminó su carrera política como presidente de la nación.

Y bendijo a Adolfo Jorge designándolo intendente de la Capital.

«Ésta te pido, güesito», ruegan los reos a punto de tirar los dados en una partida de pase inglés.

La familia se graduó de patricia.

Apenas 110 años después Esteban Bullrich Zorraquín pide la mano de María Ocampo Alvear y se la conceden.

Cabe preguntarse: ¿el acuerdo se produce sin revisar a fondo la genealogía del novio?

Lo cierto es que en las biografías el senador enfermo aparece como Esteban Bullrich Zorraquín Ocampo Alvear.

¿Qué diría el general que cabalga en su estatua regardeando la Recoleta?

Su sangre anglófila mezclada con la de un prisionero que guerreaba por guita, no defendiendo a su bandera o por convicciones ideológicas.

Y la tataranieta del prisionero queriendo canjear las Malvinas por una caja de Pfizer.

Bien los Alvear, ché.

Y bien CFK.

La cosa es no deshumanizarse.