"Me acuerdo de los heridos, de la gente como atontada que caminaba sin rumbo, de los gritos y del trole incendiado, que estaba lleno de muertos".

PEPE AZCURRA TOMABA LAS ARMAS PARA DEFENDER A PERON DE LAS BOMBAS

Por Gustavo Morán*

A las 12.40 de aquel 16 de junio de 1955, José Manuel «Pepe» Azcurra oyó el tronar sordo de los aviones de la Armada, y la primera bomba que perforó el mediodía neblinoso y ensangrentó la Plaza de Mayo, desde la pensión en la que vivía: Maipú, entre Corrientes y Lavalle.

Por Gustavo Morán

NAC&POP

25/05/2021

Aún hoy, a punto de cumplir 80 años, con las huellas apenas visibles de un accidente cerebro vascular que desde hace tres años le empañaba los recuerdos como la niebla de aquella mañana, Azcurra se estremece.

«Salí corriendo para la Plaza.

Nadie presentía lo que iba a hacer «la contra»; nadie imaginó que fueran a bombardear la Plaza.

Y cuando llegué vi el despelote que habían hecho, a toda esa gente muerta.

 Todavía nos sobrevolaban los aviones que, de paso, nos ametrallaban; era como un mar de humo y las balas arrancaban las hojas de unas palmeras grandes que había en la Plaza.

Lo peor lo vi allí en Hipólito Yrigoyen y Paseo Colón, pegado a la Casa de Gobierno.

Me acuerdo de los heridos, de la gente como atontada que caminaba sin rumbo, de los gritos y del trole incendiado, que estaba lleno de muertos».

La imagen ha sobrevivido a medio siglo.

Al menos tres de aquellos enormes ómnibus eléctricos fueron desgarrados por las bombas y yacieron largas horas inmóviles, en tétrica fila, los cables desmadejados, heridos de muerte, cargados de pasajeros muertos y envueltos en llamas sobre Paseo Colón, frente al ametrallado Ministerio de Hacienda.

Azcurra, que tenía 30 años y era delegado del gremio de Farmacia, que aún hoy lo cuenta entre sus dirigentes, vio las veredas ensangrentadas, escuchó el chillar agudo de las balas y decidió defender al gobierno de Perón.

«Yo sentí que estaba en la guerra.

Pensé que así era como se debían sentir los soldados en las trincheras, todo parecía como en una película.

Me acuerdo que había un un general, o un coronel, un militar en la puerta de la Casa de Gobierno.

Entonces le pedimos armas.

Queremos armas para defender a Perón.

Y el tipo nos dice: Vayan a la CGT, que allí les van a dar.

Y nosotros, mirá qué tontos, fuimos.

No había nadie, la CGT estaba cerrada.

Entonces yo me acordé que al lado del restaurante Pedemonte había una armería.

Y fuimos con algunos muchachos a pedirle armas al dueño, que no quería darnos.

Al final lo convencí.

Le dije que nos diera armas y nosotros le dejábamos nuestros documentos, y cuando terminara se las devolvíamos.

Y lo hicimos así.

Claro, el tipo después nos denunció a todos».

Para el 16 de junio de 1955, Azcurra había pasado, y se aprestaba a pasar, por los más importantes momentos de la historia peronista y del país que ese día cambió para siempre.

El 17 de octubre de 1945, con veinte años, Azcurra se había largado caminando a la Plaza desde su patria chica, Lomas de Zamora.

«Yo era un pendejo lleno de entusiasmo.

Y lo que decía Perón era lo que yo pensaba que era verdad.

Perón quería una gran nación, fuerte.

La contra, sólo una colonia próspera».

Azcurra también quiso pelear por Perón en setiembre de 1955, cuando su derrocamiento.

En junio de 1956 fue partícipe de la sublevación contra la «Revolución Libertadora», encabezada por el general Juan José Valle, que terminó con el fusilamiento de sus líderes militares y el asesinato de varios civiles.

Y conoció, cómo no, casi todas las cárceles del país que poblaron los miembros de lo que entre 1955 y 1973 se llamó la Resistencia Peronista.

Aquel 16 de junio, ya con un arma en la mano, en el corazón de una ciudad desgarrada, Azcurra y sus cuatro seguidores volvieron a la Casa de Gobierno.

«El último avión que pasó, que se escapaban al Uruguay, ametralló a la gente.

Nosotros buscábamos refugio en lo que eran las recovas que había sobre Hipólito Yrigoyen.

Entonces fue cuando vimos las camionetas frente al Hipotecario.

Decidimos usarlas para recoger heridos.

Yo las hacía arrancar pelando dos cables y los muchachos se largaban a buscar heridos».

Al largo día le faltaba aún otra carga de violencia.

La respuesta al bombardeo de la Plaza de Mayo fue el ataque a la Curia y a las principales iglesias del casco histórico, que fueron saqueadas y quemadas.

Azcurra, que tal vez lo presentía, marchó con su camioneta requisada hasta el Congreso: aún hoy no sabe qué fue a buscar.

Fin de la historia. Azcurra sobrevivió al 16 de junio y a los vaivenes trágicos de la Argentina.

Pero todavía conserva cierta emocionada sumisión hacia sus años jóvenes, cuando arriesgó todo.

 «No digo que aquel día no tuve miedo, que me pudieron matar.

Pero yo hubiera hecho cualquier cosa por defender a Perón.

Es cierto que nos jugamos la vida.

Pero, ¿sabe una cosa?; en esa época no nos interesaba la vida».