Seria peligroso que paren el circo del fútbol

CARREFOUR TRATA A SUS CLIENTES COMO ENEMIGOS

por Ignacio Lizaso *

Féic nius, delíberi, lou fer, zum, estrímin y los últimos días apar jéid palestino son drones fonéticos que unidos a los tradicionales japi bérdei, yanqui goujóm y orsai bombardean la corta, interminable vidita que a uno, todavía y a ratos, se le permite llevar en estas apestadas pampas.

Por Ignacio Lisazo

NAC&POP

18/05/2021

Con el aliento incondicional del embajador Edward Prado (cada día más Praden) y las tapas magnettizadas de Clarín y las de La Nación, ahora en manos de Bartolomé Macri, la oposición no cesa de exacerbar el clima de guerra declarada contra el gobierno representado por las K de Cristina Fernández y Axel, y la F del presidente (los tics de tantos años de oficio nos tentaron a caer en la frase hecha que se usaba como variante de presidente, pero una sana reacción automática impidió que se consumara tamaño error, hoy la inicial del apellido de quien ejerce como primer magistrado es una oronda Rosen).

La tevé, la radio, diarios, revistas y carteles callejeros pregonan que estamos en plena y desesperada jot séil.

El sueño de Joe, de Carlos Saúl, de Mingo.

Hace años a un comercio: tienda, zapatería o cualquier ramo, le bastaba disponer que la palabra liquidación dominara sus vidrieras para que los productos en oferta le fueran arrebatados con marcada presteza.

Hoy alcanza con batir jot séil o blac fráidei, y misión cumplida.

Históricamente se habla de antes y después de Cristo.

Habrá que comenzar a señalar una clara división entre a.pandemia y d.pandemia.

Un ejemplo.

En un antes borroso en el tiempo cuando uno necesitaba pedir un adelanto de sueldo en una empresa privada entraba a la oficina de personal y de cabeza baja realizaba la humillante gestión.

Desde que arrancó la pandemia los bancos compiten ofreciendo hacerse cargo de ese adelanto.

Claro, siempre que quía deposite el sueldo en sus arcas (trámite onláin, ofcórs).

¿Los templos de la usura se han humanizado?

A hisoparlos, urgente y reserven camas en terapia intensiva.

En medio de esta ofensiva bélica en lo político y asalto en la economía casera nos sigue sorprendiendo una apelación publicitaria de esas que hemos empezado a clasificar como estilo Durán Barba.

La multinacional Carrefour cuenta con nada menos que 590 centros de venta en todo el país.

Uno pasa frente a la versión más reciente, pequeños locales llamados express, y se topa con una enorme leyenda que cruza la vidriera central: «precios corajudos», lee.

Casi inmediatamente surge una sensación en forma de rima: te condenan a pagar lo que se les ocurre y encima te toman por boludo (el copyright es de Roberto Navarro).

En esta dura partida de truco por la supervivencia para desentrañar lo que guarda coraje uno va al pie, o sea google.

El informe no admite dudas. «Coraje: valor o decisión con que se acomete al enemigo o se afronta un peligro».

Si a los precios se los dota de coraje, y lo proclaman a gritos, como una condición prestigiosa, es porque el enemigo somos los que estamos del otro lado del mostrador, eventuales clientes, esa muchedumbre que común, peyorativamente los ceos amontonan bajo el nombre de gilada.

Ahondando en la ética del gaucho en ocasión de regular su coraje con espíritu solidario, no sólo frente al enemigo, Borges rescata la mítica figura del sargento Cruz.

El varón que deserta de las filas de la ya entonces temida milicada bonaerense y hermana su facón con el que empuña el «atorrante» Martín Fierro (en las 16 letras que componen los nombres de Cruz y Martín Fierro curiosamente caben las 9 de Carrefour, y sobra paño).

A partir de la acertada expresión de la desaparecida pensadora autóctona Gabriela Micchetti – citada al margen de la más tenue noción de ética – ningún argentino duda: al final del túnel hay una luz encendida (la extensión del túnel es otro tema, Mauricio Mitre pretende alargarlo ya mismo, a más tardar en 2023).

El túnel corona afecta y por lo mismo inquieta al mundo.

El profesor esloveno Slavoj Zizek, contratado por la Universidad de Londres para filosofar en su cátedra, ante la nueva realidad establecida por el virus considera: «viajemos en tren o auto, hemos ingresado en un inmenso túnel; el auténtico coraje consiste en admitir que la luz que parece verse al final del túnel acaso sea el faro de otro auto o tren que avanza en sentido contrario, tal vez a máxima velocidad, y probablemente nos va a hacer mierda».

Los sinónimos de coraje son ímpetu, audacia, valentía, arrojo, intrepidez y uno más, que califica la actitud de Carrefour: osadía.

El asesor publicitario sugiere el eslogan y ellos lo adoptan, convencidos de que no somos capaces de entender que los precios corajudos nos están haciendo sranje (mierda en el idioma esloveno).

Grosero periodismo de guerra.

Grosera justicia de guerra en país ocupado, servil del invasor.

Grosero comercio de guerra especulando con que el consumidor, mezcla de cipayo y esnob, orgulloso de pisar territorio extranjero, símbolo de la cultura europea, no descubra que lo tratan con profundo desprecio, enemigo cautivo al que no conformes con esquilmarlo, le dedican burlones textos publicitarios.

¿En qué super comprás?

En Cagggrrrefour.

Mirá que ahí todo se paga un 20, un 30, hasta un 50 % más…

¿Más que dónde?

Que en los chinos.

Jamás me vas a ver peregrinando con tres o cuatro barbijos, con uno solo seguro que te contagiás, por las tolderías mal refrigeradas de esos chinos que ni sabés cómo se llaman.

A los chinos que vinieron a Buenos Aires sólo les dejan usar dos nombres: Chouenlái o Linyután.

Cagggrrrefour es otra cosa, querida, parece que estuvieras en las Galerí Lafaiét.

Como paspartú de estos diálogos en la televisión asoma el verso berreta, sobrador, corajudo de algunas voces del Pro y se mastican duras reacciones.

Nancy Pazos le advierte a Eduardo Amadeo que no es serio salir a vomitar veneno contra el gobierno recitando las fábulas de Clarín y el hisopado da positivo, Amadeo arruga.

Tras cartón la Bullrich se larga a denunciar que Venezuela es responsable del caos social que vive Colombia y Carlos Campolongo la agarra desarmada, cosa rara en Carolina Serrano, y niega rotundamente lo que ella ha afirmado, entonces madame, mirada mansa, se va al mazo y uno se pregunta qué baraja guardará en la manga Campolongo para que Patricia Goering (imagen femenina del capo de las SS), según su estilo de apariciones públicas, se prive de sacudirle un violento ápercat y asuma su derrota.

El mote de corajudos merece ser ostentado por los dirigentes de este fútbol de guerra que encuentran respaldo facilista en otro eslogan made in USA: el show debe continuar.

En adaptación propia es lo que argumenta Bartolomé Mauricio: «que mueran los que tienen que morir», cuando se refiere a la pandemia.

No es casual que lo sostenga desde el cargo que ha comprado en la FIFA (se ha dicho que pagó 10 millones de dólares por ese refugio con aroma a dorado exilio).

A clubes de alto nivel económico les cuesta reunir once jugadores no atacados por el covid-19.

Es posible que mañana River Plate deba improvisar un arquero, ya que la Conmebol le negó autorización a convocar un suplente no inscripto en el plantel.

La voz de orden suena marcial: los niños a clase y los jugadores, a la cancha.

En el reino de la fonética que hemos transitado, bisnes ar bisnes.

Ayer hubo 10.000 espectadores en el estadio del Manchester United.

Criollo o británico, reducido a la transmisión televisiva, y peor aún, al relato sin imágenes (tramposa especialidad de T&C Sports y ESPN), el fútbol es la anestesia popular masiva más barata y eficiente.

Lo del show es vulgar eufemismo, la consigna real no anda con vueltas: en este momento de plena incertidumbre es peligroso quitarle circo a la gente.

IL/