Los encontramos en los medios, en la política, en los tribunales.

FARSANTES

Por Luis Hipólito Alen

Según los diccionarios, farsante es el que miente o engaña, especialmente que finge lo que no siente o se hace pasar por lo que no es para obtener algún provecho de ello; el que finge sentimientos u opiniones, o el tramposo, embaucador.

Por Luis Hipólito Alen*

Viento Sur / UNLa

12/0572021

Según los diccionarios, farsante es el que miente o engaña, especialmente que finge lo que no siente o se hace pasar por lo que no es para obtener algún provecho de ello; el que finge sentimientos u opiniones, o el tramposo, embaucador.

Leyendo las definiciones, se hace bastante fácil descubrir que los farsantes se meten en todos los aspectos de nuestras vidas.

Los encontramos en los medios, en la política, en los tribunales.

Tranquilos y como si nada nos viven mintiendo, engañando, fingen lo que no sienten, se hacen pasar por lo que no son y sacan provecho de eso, en perjuicio de todos nosotros.

Son tramposos y embaucadores por vocación y con perseverancia digna de mejores causas.

Lo peor es que desde las posiciones de poder que ostentan, los farsantes logran que mucha gente termine por creer en sus mentiras.

Miente, miente, que algo queda, dicen que decía Goebbels.

Que era un gran farsante.

Farsantes hubo en todos los tiempos.

En nuestra historia, los libros de la academia oficial nos suelen contar como ciertas cosas que no lo son.

Nos engañan por acción y por omisión.

Por ejemplo, la historia oficial nos dice que la construcción de un estado moderno fue obra de grandes próceres, a la cabeza de los cuales se ubica don Bartolomé Mitre.

Que no por casualidad es considerado el padre de la historia oficial, y también es el fundador de LA NACIÓN.

Y fue un gran farsante.

Que estuvo en la batalla de la Vuelta de Obligado, pero no combatiendo por nuestra soberanía agredida sino como observador a bordo de un buque inglés.

Presumió siempre de su participación como artillero en la batalla de Caseros, pero hay otras versiones sobre el hecho: “Vive en Entre Ríos un anciano coronel Espíndola, a quien en otro tiempo le oí decir que en Caseros encontró al comandante Mitre, con su batería, detrás de un monte y que habiéndole preguntado por lo que allí hacia, Mitre le contestó: Estoy economizando sangre” (Alfredo F. de Urquiza. “Campañas de Urquiza. Rectificaciones y ratificaciones históricas”. Buenos Aires, J. Lajouane & Cía. 1924).

Ya en la rebelde Buenos Aires, separada de la Confederación, decidió acometer contra los aborígenes que defendían sus tierras.

Claro que al informar a Pastor Obligado, por entonces gobernador del estado separatista, tuvo que decir la verdad: “para ocultar la vergüenza de nuestras armas he debido decir que la fuerza de Calfucurá ascendía a seiscientos, aún cuando toda ella no alcanzase a quinientos; así como he dicho que la División del Centro no pasaba de seiscientos, aún cuando tuviese más de novecientos…” (James R. Scobie, “La lucha por la consolidación de la nacionalidad argentina, 1852-1852”. Buenos Aires, Hachette, 1964).

Eso no impidió que le ofrecieran un banquete en el que dijo una de sus frases célebres: “El desierto es inconquistable”.

La puja entre Buenos Aires y la Confederación condujo al enfrentamiento militar, que se produjo el 23 de octubre de 1859 en Cepeda, el mismo lugar donde Pancho Ramírez y Estanislao López habían terminado con el Directorio porteño en 1820.

Mitre dijo entonces: “Aquí fue la cuna del caudillaje, aquí será su tumba”.

Y fue derrotado en todas las líneas.

Vencedor, Justo José de Urquiza lo definiría como “el farsante general en jefe”.

Mitre entonces redactó otro parte, diciéndole a Obligado que si bien no había logrado un triunfo completo, sí pudo salvar el honor de las armas porteñas.

Lo cierto fue que Buenos Aires terminó por reintegrarse a la Confederación, tras el pacto de San José de Flores.

Reformada la Constitución en 1860, Mitre juró respetarla pero su lealtad duró muy poco.

Santiago Derqui fue elegido ese año como Presidente y Mitre como gobernador de Buenos Aires.

Rápidamente, la provincia se alzó contra el gobierno nacional y declaró caduco el Pacto de San José de Flores.

Otra vez, Urquiza y Mitre se enfrentaban en el campo de batalla, esta vez el 17 de septiembre de 1861 en Pavón, al sur de Santa Fe. Misteriosamente, cuando las tropas federales batían a las porteñas, Urquiza ordenó la retirada, dejando la victoria a Mitre.

¿Cumplía el entrerriano con un acuerdo forjado en las logias masónicas?

Hay versiones que cuentan que Mitre no se había enterado de su victoria y se daba a la fuga, cuando le llegó un parte que le pedía “no dispare, general, que ha ganado”.

El primer golpe de Estado de la época constitucional se había consumado y Mitre veía despejado su camino a la presidencia.

Desde allí y con el auxilio de su asociado Sarmiento, desataría primero la guerra de policía contra el interior rebelde, antecedente del terrorismo de Estado durante el cual el General Ángel Vicente Peñaloza sería asesinado el 12 de noviembre de 1863 por una partida al mando del capitán Ricardo Vera y el mayor Pablo Irrazábal, que lancearía al “Chacho”, cuando este ya se había rendido.

Los civilizadores exibirían su cabeza en la plaza de Olta.

En 1864, Mitre se aliaría con Brasil para apoyar a Venancio Flores, un militar uruguayo que desconocía a su gobierno y pretendía derrocarlo. Ese fue el germen de la guerra de la Triple Infamia, desatada en 1865 contra el Paraguay de Francisco Solano López, en la que fue indiscutible el apoyo -o la inspiración- del embajador inglés Edward Thornton.

Claro, el 7 de marzo de 1864, al inaugurar las obras del Ferrocarril del Sud, don Bartolo exclamaba “Démonos cuenta de este triunfo pacífico, busquemos el nervio motor de estos progresos y veamos cuál es la fuerza inicial que lo pone en movimiento.

¿Cuál es la fuera que impulsa este progreso?

¡Señores, es el capital inglés!” (Bartolomé Mitre, “Arengas. Colección de discursos parlamentarios, políticos, económicos y literarios, oraciones fúnebres, alocuciones conmemorativas, proclamas y alegatos ‘in voce’ pronunciados desde 1848 hasta 1888”, Imprenta y Librería de Mayo, Buenos Aires 1889).

Ya lanzado a la contienda fratricida y siempre grandilocuente, Mitre profetizó: “Tres días en los cuarteles, tres semanas en campaña, tres meses en Asunción”.

La guerra duró hasta 1870 y mientras transcurría, los pueblos del interior se alzaban contra la alianza con Brasil.

Felipe Varela levantaba la bandera de la Unión Americana y reclamaba en vano la ayuda de Urquiza.

Los levantamientos serían ahogados en sangre.

Varela terminaría sus días en el exilio.

En la guerra, el comportamiento de Mitre no era diferente al que mostraba contra sus adversarios del interior.

López se los reprocharía, diciendo que mientras sus ejércitos obraban con estricta disciplina, las de Mitre respondían con excesos y atrocidades, y ponía como ejemplo “La bárbara crueldad con que han sido pasados a cuchillo los heridos del combate de Yatay” (carta del Mariscal Francisco Solano López fechada en Humaitá el 20 de noviembre de 1868).

El 4 de enero de 1870, dos meses antes del fin de la guerra y cuando ya gobernaba en la Argentina Sarmiento, Mitre fundaba LA NACIÓN, anunciando que sería una Tribuna de Doctrina.

Muchos años después, Homero Manzi diría certeramente que don Bartolo se había dejado un diario como guardaespaldas.

Ese mismo 1870 Urquiza pagaría sus traiciones al ser asesinado en el Palacio San José; las revueltas federales terminarían luego de que Ricardo López Jordán fuera derrotado en 1871 y 1873.

Pero las farsas de don Bartolo no terminarían ahí: al terminar su presidencia Sarmiento, el mitrismo tenía como candidato a su jefe.

Pero el electo resultó ser Nicolás Avellaneda.

Los seguidores de don Bartolo desconocieron la elección, pese a que en otra de sus frases célebres Mitre había enunciado que «La peor de las votaciones legales vale más que la mejor de las revoluciones».

Y se lanzó a la revolución.

El 26 de noviembre de 1874, al mando de una fuerza de aproximadamente cinco mil hombres, se enfrentaba en La Verde a los novecientos que mandaba el Teniente Coronel José Inocencio Arias.

La victoria le fue nuevamente esquiva a don Bartolo, pese a su superioridad numérica, y la revolución terminó derrotada.

Sus andanzas políticas no concluyeron entonces.

En 1890 apareció denunciando al Unicato, iniciado en 1884 por Roca y continuado ese año por su cuñado Juárez Celman.

El clima de corrupción generalizada se vio agravado por la caída del mercado de valores, que reflejaba las crisis del Reino Unido, al cual la oligarquía vernácula se había sometido.

El 1 de septiembre de 1889, en el Jardín Florida, un multitudinario acto había dado nacimiento a la Unión Cívica de la Juventud, que pocos meses después, el 13 de abril de 1890 se transformaría como partido en la Unión Cívica, congregando a figuras tan disímiles como José Manuel Estrada, Miguel Navarro Viola, Pedro Goyena, Juan B. Justo, Francisco Barroetaveña, Vicente Fidel López, Juan Andrés Gelly y Obes, Mariano Billinghurst, Aristóbulo del Valle y Leandro N. Alem.

Y don Bartolo.

El 26 de julio de 1890 estallaba la revolución.

Su jefe militar, Manuel J. Campos, en lugar de marchar sobre la Casa Rosada y apoderarse del gobierno, frenó toda actividad de los rebeldes hasta que el intento se frustró.

Los historiadores concuerdan en que Campos obró así porque había acordado días antes con Roca el fracaso del levantamiento.

El 29 de julio de 1890, se firmaba la rendición de los revolucionarios.

Mitre marchó a Europa y retornó el 18 de marzo de 1891, aceptando integrar una fórmula junto a Bernardo de Irigoyen, ocasión que aprovechó para otra de sus arengas: “Entrego mi nombre al pueblo, y si me tocase ser elegido por su libre y espontánea voluntad…”.

Poco tiempo antes había despotricado contra Bernardo de Irigoyen, acusándolo de ser heredero de “una tradición condenada por la conciencia pública” por su pasado federal y rosista.

A los pocos días, el 21 de marzo de 1891, se reunía con Roca y Pellegrini, ungido como presidente tras la renuncia de Juárez Celman, y renunciaba a su candidatura, explicando que el acuerdo alcanzado era una “solución racional en las circunstancias en que se encuentra nuestro país”.

Alem rechazaría el acuerdo, definiéndose como radical e intransigente.

Todavía quedaría tiempo para más farsas de don Bartolo pero bastan las señaladas.

Podrán algunos preguntarse por qué tanta dedicación a la figura de Mitre.

La respuesta es simple: fue el gran farsante de aquella época, y prolongó su ejemplo a través de sus obras históricas -que fundaron la historia oficial falsificada-, y del pasquín que fundara.

Iniciador de una política de sumisión a los intereses extranjeros, a los que prefirió gerenciar antes que lanzarse a la epopeya de crear una patria solidaria, Bartolomé Mitre fue también el modelo del porteño despreciativo del interior, convencido de una supuesta superioridad que le permitía alzarse por sobre todo cuando le convenía, y mentir para justificarlo.

Una tradición que muchos continúan.

Basten unos pocos ejemplos…

El 11/05/2021 LA NACIÓN titula: “Háganse cargo, se los digo con amor, la respuesta de Waldo Wolff a Carlos Bianco”.

Wolff es el mismo que usó al suicidio de Alberto Nisman casi como plataforma política, y que no se priva de atacar en cuanta ocasión se le presente a todo lo que parezca kirchnerismo.

Pero no se priva de decir que “La idea de querer siempre transformar al otro en el demonio es medieval y fascista”.

Ocurre que quienes usaron esa idea fueron Wolff y sus compinches, capaces de asesinar al suicida para lograr acceder al poder, desde el cual persiguieron con saña a sus opositores, enriquecieron a amigos y socios y endeudaron a varias generaciones de argentinos.

Por su parte, Fernando Laborda dice el mismo día que “La última palabra ya no la tiene el Presidente, sino Cristina Kirchner”, cuestión que según el queda demostrada porque antes del viaje presidencial a Europa los senadores nacionales que responden a la Vicepresidenta “firmaron un proyecto de declaración propiciatorio de que los recursos que el Fondo Monetario le envíe a la Argentina este año en derechos especiales de giro equivalentes a unos 4300 millones de dólares no sean empleados para saldar con aquellos organismos las deudas que vencen próximamente, sino que sean usados para los gastos sanitarios por la nueva ola de Covid19”.

Laborda no puede ignorar que los proyectos de declaración son estrictamente eso, no una política que deba ser implementada.

Por otra parte, quién podría estar en desacuerdo en que el país use tales recursos para combatir a la pandemia que ataca impiadosa.

Pero como debe lograr engañar a sus lectores, les dice que “Si la expresidenta de la Nación seguirá siendo, en adelante, quien tenga la última palabra dentro de la coalición gobernante en materia de política económica, tanto el gobierno de Alberto Fernández como la Argentina estarán en serios problemas”.

Frase tramposa porque, primero, no da ninguna razón valedera como para tomar su advertencia como cierta, y porque los serios problemas económicos que atraviesa nuestro país no son culpa de Cristina sino del macrismo tan apoyado por el escriba.

Otro engaño es perpetrado por Luciana Vázquez, siempre el 11/05/2021, que en su columna “El momento expansivo de los privilegios kirchneristas” dice como si nada que “El legado de Cambiemos es que el déficit cero es un derecho humano, aunque no lo pudo concretar, pero es su mayor épica”.

Hablar de derechos humanos y de Cambiemos es pretender hacernos digerir un oxímoron imposible.

El legado de lossecuaces del dormilón es la miseria creciente, el endeudamiento infernal, el cierre de fábricas, los hospitales no construidos, los niñxs y adolescentes sin vacantes en las escuelas, el negacionismo como política oficial.

“Fernández y Fernández contra la república”, vocifera el 11/05/2021 la doctora en Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina Elisa Goyenechea, haciéndonos dudar de la rigurosidad con que se expiden los doctorados en esa casa de estudios privada.

Y nos trata de convencer de que “el juez Rosenkrantz y los demás magistrados que integran la Corte Suprema conocen sus funciones establecidas por la Constitución.

Ellos integran el tribunal supremo de justicia de la república”.

Tan a contrapelo del accionar de los cortesanos resulta su afirmación que no merece mayores comentarios.

Se queja de un comentario, tan ácido como certero, de la Vicepresidenta, cuando dijo que “para poder gobernar […] es mejor presentarse a concursar por un cargo de juez […] o que un presidente te proponga para ministro de la Corte”.

Ocurre que mal que le pese a la doctora en cuestión, el gobierno es elegido por el voto popular. Lo mismo ocurre con los legisladores.

Los que no se someten al escrutinio de las urnas son los integrantes del Poder Judicial, que sin embargo no se arredran a la hora de desconocer la autoridad presidencial o de dar órdenes al Congreso, como hizo la Cámara de Apelaciones en lo Criminal y Correccional de la ciudad porteña cuando pretendió fijar un plazo para que se dicte una ley.

Nada de eso ofende a Goyenechea, que no se privó de definir a Alberto Fernández como “el príncipe consorte de una monarca con ambiciones de omnipotencia, cuya único interés es su propia impunidad a cualquier precio”.

Forma nada republicana de referirse a los titulares de los poderes del Estado que el pueblo eligió en 2019.

Con su estilo presuntamente serio, Carlos Pagni dice el 11/05/2021 que “Alberto Fernández busca apoyos en Europa para enfrentar a Cristina Kirchner”.

No se vayan a creer que la gira es para encontrar respaldo en la pulseada con el FMI, no.

Es para pelearse con la reina Maléfica.

A Pagni le parece curioso que un texto del diputado Leopoldo Moreau diga algo que es sabido por cualquiera, como que “la Argentina tuvo dos pandemias, no una: la del coronavirus y la de Macri“.

Ocurre que hay una trampa en el texto.

No tan solapadamente, lo que el columnista propugna es el acuerdo con el FMI, previa una concertación con la oposición, sin ninguna condición que tenga que ver con la defensa de la soberanía o el privilegio de los sectores más desprotegidos de la sociedad por sobre los acreedores externos.

Nada de eso.

Como enseñara don Bartolo hace tiempo, hay que someterse al extranjero y despreciar a los propios.

Para el final dejé al gran jefe de los mentirosos, engañadores, embaucadores, que hace pocos meses, en febrero, decía que no se iba a vacunar hasta que el último de los argentinos de riesgo y de los trabajadores esenciales no lo hubiera hecho.

Y ahora, entre despertadas al mediodía y reposeras guardadas por el fin del verano se fue a Miami y en una farmacia se dio la monodosis de la vacuna de Johnson & Johnson.

Siempre fiel a su palabra, el ingeniero sin ingenio. Heredero de la mejor tradición mitrista.

Un verdadero farsante.

LA/

NAC&POP: «Contra Mitre» columna editorial del Dr. Luis Alen, Director de la Licenciatura en Justicia y Derechos Humanos de la UNLa./ MG/N&P