El almuerzo con Videla, Sábato y Borges, mudos, Castellani a puro huevo,

ALMORZANDO CON JORGE VIDELA

Por Ignacio Lisazo*

Hasta último momento no se anunció el almuerzo que el dictador Jorge Rafael Videla iba a compartir con Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, el sacerdote Leonardo Castellani y el presidente de la Sociedad de Escritores, Horacio Ratti, el 19/05/1976,  a un par de meses de haber derrocado al gobierno elegido por el pueblo.

Padre Leonardo Castellani

Por Ignacio Lisazo

NAC&POP

12/05/2021

Se cumplen 45 años de ese encuentro.

El comando de las fuerzas armadas necesitaba mostrar al país, y sobre todo al mundo, que importantes sectores de la comunidad no veían con malos ojos el golpe de Estado.

La invitación a dos escritores de primera línea – sólo faltaba Julio Cortázar – y Castellani, «el profeta insolente», constituyó un cierto desafío.

Se descontaba que Borges y Ratti se sumarían al encuentro en la Casa Rosada.

No estaba claro, en cambio, qué harian el zigzagueante Sábato, ex comunista y por su firma en todo tipo de solicitadas, encendido demócrata – memoriosos marca Funes recordaban que una década antes había dado mesurada aprobación al golpe encabezado por el general Juan Carlos Onganía -, y Castellani, famoso por su rebeldía ante las autoridades nada menos que de la orden de los Jesuitas, que le valiera su expulsión.

Lo fundamental era exhibir la foto del encuentro, generosamente difundida por los medios de América y Europa.

Fiel a su estilo el autor de «El aleph» se cubrió horas antes de sentarse a la mesa: «soy tímido y ante tanta gente importante seguramente me sentiré abochornado», dijo.

Según lo trascendido Borges y Sábato coincidieron en que a los argentinos no nos había tocado «la purificación por la guerra».

¿Acaso purifica la guerra?

Quedémonos con el rebote de la rima: Evita dignifica en paz.

Al salir de Balcarce 50 Borges dijo: «el general Videla es un caballero» (seguramente se habrá contenido para no decir gentleman).

Por su parte Sábato declaró: «es un hombre culto, modesto, inteligente; hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuo».

Clima que, se supo, sólo fue quebrado por Castellani al interrogar a Videla por la vida del desaparecido Haroldo Conti, planteo que no fue registrado por la mayoría de las crónicas de la reunión.

Posteriormente Sábato pretendió imponer que había entregado al anfitrión una lista de desaparecidos.

El propio Videla desmintió esa pretensión y confirmó que Castellani había sido el único invitado en preocuparse por la situación de «algún detenido».

Agrandado por el éxito de la convocatoria el dictador entró en detalles.

Contó que Borges al llegar le había dicho: «¡ Ave, César, vencedor de los peronistas!».

Semejante saludo resultaba poco creible, no correspondía al cuidado estilo verbal de Georgie.

Aunque nadie ignoraba su fervoroso antiperonismo, mamado de adulto de la teta de su madre, Leonor Acevedo, y el orgullo que sentía por la actuación militar de sus mayores.

Un bisabuelo, coronel Manuel Suárez, acompañó a San Martín en las campañas de Chile y Perú; su abuelo, coronel Francisco Borges Lafinur, combatió en Caseros y murió en la batalla de La Verde, y su tío, Francisco Eduardo Borges, participó en la Revolución del Parque (1890), impulsada por el incipiente radicalismo.

Sus lectores saben que a través de sus personajes él mismo fantaseó con ser avezado cuchillero.

La foto del almuerzo inspiró a Augusto Pinochet la voluntad de conseguir su foto con Borges.

Algo así como: yo también quiero un autógrafo.

Pocos meses más tarde lo hizo condecorar y el manso Georgie posó junto al dictador trasandino.

Se ha dicho que este testimonio le costaría el premio Nobel de literatura.

Antología de contradicciones: en 1919 Borges había escrito un canto a «la revolución de octubre», la bolchevique, sí.

Y después de la compleja digestión del almuerzo firmaría en 1980 una solicitada reclamando información sobre los desaparecidos y adheriría a la cruzada de las Madres de Plaza de Mayo.

Cerrando el capítulo, un par de ecos de aquella comida.

Juan Pablo Feinman rescata una frase de Borges que revelaba su inquietud por el avance del comunismo y los movimientos de izquierda que en los años 60 y 70 lucieron su espíritu revolucionario: «elijo la blanca espada antes que la furtiva dinamita».

En medio del tembladeral en que se había metido Sábato (y nunca reconoció), Raúl Alfonsín le extendió un salvoconducto: presidir la CONADEP.

El novelista de «Sobre héroes y tumbas», que en el almuerzo se había olvidado de las tumbas, intentaba conquistar el carácter de héroe civil.

Volvamos a Castellani.

No obstante ser hijo de un florentino, cejas muy pobladas, boina, pipa, grueso cinturón sobre la sotana, Leonardo tenía un aire vasco.

Nació en Reconquista, Santa Fe, ciudad que demoró 70 años en parir otro nombre notable, también ligado a Florencia: Gabriel Batistuta.

Era hijo de Luis Castellani, fundador del diario «El independiente», asesinado por la policía en 1906, durante una campaña de elecciones provinciales.

En 1918 ingresó en el noviciado de jesuitas y en 1928 se ordenó sacerdote.

Estudió teología, filosofía y psicología en Roma y la Sorbona de Paris, donde trabó estrecha relación con pensadores cristianos de la talla de Jacques Maritain y Paul Claudel.

Desde 1938 arrancó su producción literaria. Publicó «Sentir la Argentina» (1938), la de la década infame, y «Las nueve muertes del padre Metri», obra ésta con la que inauguraba su veta de narrador de ficciones policiales.

Un maestro de la especialidad, Rodolfo Walsh, lo distinguía como pionero en este género.

En este rubro y otros relativos al universo religioso fue seguidor del gran Gilbert Chesterton.

El padre Metri transitaba los pasos del padre Brown, cura, investigador privado, creación de Chesterton.

Pero Castellani le dio un perfil criollo.

Metri era un bravo detective, profesor de lógica, «respetuoso del celibato, pero que sabía de mujeres».

Su indeclinable compromiso patriótico de vida, así lo definía, lo llevó en 1946 a permitir que lo incluyeran como candidato a diputado por la Alianza Libertadora Nacionalista, lista que para presidente sumaba al peronismo.

Esta actitud y las críticas a las severas normas que regían a los jesuitas hicieron que se lo conminara a abandonar la orden.

Luchador por excelencia, Castellani viajó a Europa a plantear su caso a Jean Baptiste Janssens, superior de la congregación.

Además de no ser escuchado, se lo confinó a vivir en un hospicio en Manresa, España, de donde escapó a los 2 años para regresar a Argentina.

Debió refugiarse en una pequeña iglesia de Salta, recién en 1954 se lo rehabilitó para oficiar misa y en 1966 regularizó su situación dentro de la iglesia.

Nacionalista al mango, amigo de Ernesto Palacio, los hermanos Irazusta, Ramón Doll, ya a mediados de los años 30 responsabilizaba al liberalismo – los intereses foráneos y los colaboracionistas nativos – de los males que aquejaban al país.

El decálogo de sus acusaciones era concluyente.

  • «Exterminar al indio.
  • Arruinar la educación nacional.
  • Relajar la familia.
  • Esterilizar la inteligencia.
  • Infundirnos un ánimo abatido, complejo de inferioridad.
  • Mutilar a la Nación de su territorio natural histórico.
  • Empequeñecer a la iglesia.
  • Crear gratuitamente el problema judío.
  • Endeudarnos al capital extranjero.
  • Romper la concordia y crear la división ideológica y espiritual que nos encamina a una dolorosa crisis».
  • Denunció la codicia de los gobiernos liberales con una frase de sonido hispano: «quítate tú que me pongo yo».
  • Lúcida síntesis del asalto al país perpetrado por Cambiemos.
  • Vale reproducir más expresiones de plena claridad y vigencia.
  • «La prensa argentina nos causa profunda vergüenza».
  • «»Para ser católico no hay que poner cara de católico, esa tan íntima que uno muestra cuando vuelve de comulgar».
  • «La fe no es un estado de somnolencia intelectual».
  • «Cuidado con santificar lo que venga.
  • Es común leer en un cartel Almacen San José, y si no, Objetos de Goma Santa Teresita.
  • En cualquier momento va a aparecer Cabaret Sagrado Corazón de Jesús.
  • Yo aconsejo no comprar ahí. O en todo caso, no entrar.
  • Es ejercicio ilegal de la santurronería». «
  • Me preocupa que la iglesia pierda a la clase trabajadora a manos del socialismo, y a las clases media y alta a manos del liberalismo».
  • «Hay que restituir a la figura de Cristo, la virilidad mistica».

Su más destacado discípulo, el sacerdote peronista Hernán Benitez, lo llamo «profeta insolente».

Como ocurrió con Leopoldo Marechal, Leónidas Lamborghini, Arturo Jauretche, Hugo del Carril, su nombre ha sido implacablemente silenciado por la cultura oficial y los grandes diarios.

Más allá de su fecundidad – publicó 48 libros -, su talento y su visión de adelantado de la historia, en aquel almuerzo el cura Castellani demostró que debajo de la sotana había cojones bien puestos

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Autor: Ignacio Lizaso