Son vorazmente imperiales y a la vez usureras las condiciones que pretende imponer Pfizer para vender su vacuna contra la pandemia.

OPERACION PFIZER (LOBBY INDECENTE & CRIMENES)

Por Ignacio Lisazo*

Impresiona y asquea escuchar el coro que con cánticos que revelan un creciente estado de desesperación, no cesa de hacer lobby a favor de la vacuna producida por Pfizer.Albert Bourla (FOTO) un veterinario griego, es presidente y director ejecutivo de Pfizer, una compañía farmacéutica estadounidense.

Por Ignacio Lisazo

NAC&POP

29/04/2021

Impresiona y asquea escuchar el coro que con cánticos que revelan un creciente estado de desesperación, no cesa de hacer lobby a favor de la vacuna producida por Pfizer.

Integradas al coro y pujando por sobresalir, en un esfuerzo auditivo logramos distinguir las voces abarítonadas del Mulato Rivadavia, el dantesco traductor Bartolomé Mitre, el Zorro Roca y el alma mater del Jockey Club, Carlos Pellegrini, hermanadas con las de tenor de Joe Martínez de Hoz, Mingo Cavallo, el opusdeico Dromi, el angloparlante Sturzenegger y el blackroquero Caputo.

El conjunto se presenta como la banda Baring Pfizer Brothers.

Son vorazmente imperiales y a la vez usureras las condiciones que pretende imponer Pfizer para vender su vacuna contra la pandemia.

Vender, pero no entregar: Alemania sólo ha recibido el 12 % de las dosis que le habían sido asignadas.

Más allá de ese juego tramposo resulta esencial denunciar un par de performances de Pfizer que confirman la absoluta falta de escrúpulos con que actúa esta corporación, líder mundial de la industria farmacéutica, en particular la producción de vacunas.

El primer caso también tuvo por escenario a nuestro país.

A mediados de la década de 2010 Pfizer lanzó al mercado Chantix, según la propaganda, producto de probada eficacia para tantos millones de personas que necesitaban apartarse del cigarrillo.

Firme campaña publicitaria, la antigua complicidad con amplios sectores de los profesionales médicos y a vender Chantix a los argentinos.

Pasado cierto tiempo comenzó a comprobarse que su ingesta solía provocar infartos y accidentes cardiovasculares. Grave riesgo corroborado por un estudio de la Canadian Medical Association.

Hilando con máxima fineza, con tamaño diagnóstico de vigencia internacional asesores de Pfizer previeron que al mencionar a Chantix era posible que se lo vinculara casi automáticamente con el significado popular de la palabra chanta: poco serio, irresponsable. (Raro que no se les ocurrió crear una vacuna contra el lunfardo).

Entonces reemplazaron su denominación comercial por Champix.

Irrefutable demostración de que no obstante conocer el peligro que encerraba el consumo del producto, la corporación no estaba dispuesta a suspender la venta.

En julio de 2010, Clarín – fuente en este plano insospechable – informó que Pfizer había realizado ventas mundiales de Chantix/Champix por 755 millones de dólares.

La nota no incluía estimación alguna sobre el número de compatriotas que resultaron afectados por las secuelas nocivas de haber consumido el producto.

La otra performance que rescatamos adquirió enorme trascendencia, en parte por haberla denunciado Julian Assange y fundamentalmente por sus tremendas consecuencias, que inspiraron al famoso John Le Carré a escribir «El jardinero fiel», novela posteriormente llevada al cine.

Hace poco más de 30 años la región de Kuno, al norte de Nigeria, fue azotada por una epidemia de meningitis.

Pfizer produjo una de sus vacunas: Trovan, y tal como investigó Assange, experimentó sus bondades con niños de la región, sin requerir la imprescindible autorización de sus padres. Infringía así las reglas de la Declaración de Helsinki.

La osada, impiadosa experiencia originó la muerte de entre 11 y 18 chicos, y condenó a más de 200 a padecer horribles secuelas.

Abundaron las acciones judiciales y como su posición era prácticamente insalvable Pfizer accedió a considerar con el gobierno nigeriano el pago de una suerte de indemnizaciones.

Pero secretamente puso en acción a un comando de abogados y detectives para que hurgaran en la vida pública y sobre todo privada del presidente de la nación y el fiscal general a cargo del caso.

Los Rosenkrantz y Majdalani de turno descubrieron jugosa merca, en especial sobre el fiscal Michael Aondoakah.

El éxito del comando determinó el cierre de las causas.

Quedaron pie las indemnizaciones, inicialmente fijadas en 2,700 millones de dólares.

Pfizer ofreció pagar el 50 %.

En esas circunstancias la madre de uno de los niños muertos, Faith Komo Udochi, intentó negociar en forma individual.

La corporación se apresuró a bendecir el trato.

Mujer de humilde cuna y primitivo manejo verbal la Udochi explicó que aceptaba cobrar la mitad si también a ella le reducían a la mitad el costo de lo que Pfizer llamaba «falla accidental».

La corporación tenía sumo interés en que la gestión prosperara, el arreglo podía arrastrar a otras víctimas.

A la hora de definir lo que quería la Udochi dijo: «mi niño tenía 11 años, si me lo devuelven por 5 años yo me conformo con cobrar la mitad».

Alegato ingenuo, sabio, conmovedor, con aroma a moraleja de fábula. La prensa y la televisión de Nigeria no tuvieron piedad.

La acusaron de «desequilibrada, oscurantista y negar las normas divinas».

Esa es la Pfizer a la que Patricia Calamity Bullrich – voz solista de la banda – le cedería graciosamente las Malvinas.

Ella es lo último de la familia y se planta con uniforme de soldado enemigo igual que el primer Bullrich que pisó tierra argentina.

August Sigmund Bullrich, nacido en Hannover en 1803, viajó a Brasil en 1828 como mercenario contratado por el ejército portugués que operaba en Brasil y aspiraba a apoderarse de la Banda Oriental.

Era un artillero avezado en el uso de los entonces ultramodernos cohetes incendiarios.

En la batalla de Ituzaingó enfrentó a las tropas de las Provincias Unidas del Río de la Plata, al mando del general Carlos María de Alvear, que conquistaron un triunfo concluyente.

Entre los 152 valientes que se rindieron se contaba August Sigmund.

En ese carácter de soldado enemigo prisionero llegó a Buenos Aires el primer Bullrich.

Si hubiera sido un Kicillof, la presidenta del Pro juraría que durante la batalla sus cohetes habrían segado la vida de 17 muchachos argentinos.

Se ignora cuántos de nuestros soldados fueron víctimas fatales de sus cohetes, pero es natural que cumpliendo su contrato de mercenario, no por convicciones y sentimientos patrióticos o ideológicos, tiró a matar.

Patricia Bullrich coincide plenamente, lejos de convicciones y sentimientos, con o sin pilchas de cowgirl, se mueve al servicio de la embajada yanqui.

¿Qué Bonadío, qué Casal habrá liberado al artillero?

Tres décadas después Adolfo Jorge Bullrich haría fortuna vendiendo las tierras que el Zorro Roca les arrebató a los pueblos originarios, entre ellos los mapuches.

Consecuente con la tradición familiar la cowgirl se ocuparía de Maldonado y Nahuel.

La vida por Pfizer, corean los soldados enemigos.

IL/