La escuela al servicio de la ideología y generadora de diferencias

QUÉ EDUCACIÓN ES NECESARIA EN EL SIGLO XXI?

Por Juan Maya

El modelo de educación imperante nació con la llamada “modernidad” europea. Aquí tiene otros significados: irracionalidad exasperante entre discurso y realidad. Irrupciones industrialistas conviviendo con pobreza y marginalidad. Apariencias de desarrollo en contextos infrahumanos. Argentina vivió el siglo pasado y el inicio del presente inmerso en una realidad de mutaciones, agotamientos y reformulaciones.

 

 

Por: Juan Maya

 

La escuela al servicio de la ideología y generadora de diferencias

 

El modelo de educación imperante nació con la llamada “modernidad” europea.

Es obvio, pero por las dudas hay que señalar que no es lo mismo  hablar de modernidad desde los países llamados “centrales” que desde la Argentina.

La concepción moderna, aquí tiene otros significados: irracionalidad exasperante entre discurso y realidad. Irrupciones industrialistas conviviendo con pobreza y marginalidad.

Apariencias de desarrollo en contextos infrahumanos. Argentina vivió el siglo pasado y el inicio del presente inmerso en una realidad de mutaciones, agotamientos y reformulaciones.

El 2001 nos llevó al subsuelo del drama social que aún padecemos y los gobiernos de turno se empeñan en no dejarnos salir de allí. La vida de este siglo XXI es contradictoria: por un lado el desarrollo industrial y científico desató una variedad de fuerzas que ninguna época de la historia humana sospechó, con los beneficios que la tecnología y el progreso en general supone para el hombre.

Por otro lado, hay síntomas de decadencia  y corrupción que rebasan en mucho las orgías del Imperio Romano.

El desorden en todas las relaciones sociales y la incertidumbre distinguió el final del siglo XX y estas dos primeras décadas de la nueva centuria.

Entre nosotros, el siglo 21 está a pleno, sin embargo en algunas ocasiones parece que hemos perdido el hábito de mirar hacia adelante.

Somos propensos a las obsesiones retrospectivas, más que a los ejercicios de anticipación. A menudo retrocedemos y nos hundimos en las ciénagas del siglo 20.

Un poco de historia

Filósofos y pensadores de diversas disciplinas veían en la educación la posibilidad de superar las diferencias, los enfrentamientos y las guerras.

Nada de eso ocurrió. El siglo 20 comenzó lleno de conflictos regionales y mundiales que provocaron millones de muertos. La primera guerra mundial entre 1914 y 1918 fue un claro ejemplo.

Por otra parte, La revolución bolchevique en Rusia y el ascenso de Hitler en Alemania trajo para occidente una ola de destrucción y odio masivo.

“El florecimiento del Tercer Reich descansaba en buena medida en el rearme de cara a la guerra que trajo la catástrofe” (). El surgimiento del nacionalismo exacerbado inculcado incluso desde el ámbito educativo generó mentalidades “paranoicas” y discriminadoras respecto a lo diferente.

En la actualidad podemos ver estos ejemplos en lo que fue la gestión del presidente Donald Trum en EE.UU y con Salvini en Italia y otros ejemplos que proliferan en la vieja Europa.

En nuestro continente el surgimiento y caótico gobierno de Jair Bolsonaro en Brasil inquieta a toda la región, agravada la situación para el pueblo brasileño por la pandemia imperante.

La escuela se constituyó desde sus orígenes en un instrumento del adoctrinamiento político y racial de los pueblos.

En este sentido, nazis y comunistas se igualan en el análisis tras la caída del muro de Berlín en 1989.

En efecto,  el revisionismo histórico propone que ambos sistemas fueron lo mismo con argumentos diferentes.

El primero asesinó personas basado en el odio racial, el segundo liderado en la URSS por Stalin y en China por Mao, provocaron tantas muertes o incluso más que los nazis con sus purgas basadas en el odio de clase.

El filósofo Theodor Adorno planteó,  en “Educación para la emancipación” que,  para no repetir el holocausto provocado por los nazis,  era necesaria “una educación después de Auschwitz”.

En esa misma línea de pensamiento, habría que decir que será necesario pensar una educación nueva después de la caída del muro de Berlín y la desintegración del comunismo para no repetir los odios de clases.

La escuela en Argentina

En las Provincias Unidas del Río de la Plata, antecedente previo de nuestro país, la educación cobra un valor singular.

Tratando de sacarse la herencia colonial, y sobre todo a partir de Juan Bautista Alberdi y la impronta de Domingo F. Sarmiento en el siglo XIX, Argentina buscó, mediante la educación, “insertarse” en el mundo moderno. “Civilización o Barbarie” era la consigna del momento.

Demás está decir que se constituye, en paralelo con lo que sucede en Europa como “la” herramienta clave para crear conciencia nacional. La escuela argentina, en sintonía, con las propuestas que venían del viejo continente, es enciclopedista y positivista en consonancia con las ideologías imperantes de la época.

Tras la independencia surgen al menos dos modelos pedagógicos. El porteño impulsado por la política de Bernardino Rivadavia respondía a la ideología liberal que apuntaba esencialmente a Europa y a educar a las elites, y el de algunas provincias –como Entre Ríos- lideradas por los caudillos políticos de entonces, el  modelo,  aunque  también liberal pretendía sin embargo educar al pueblo.

“El sujeto pedagógico imaginado por Rivadavia se caracterizaba por el aislamiento respecto al resto de los connacionales…” Por su parte, “del imaginario pedagógico de los caudillos progresistas surge un federalismo pedagógico democrático que se engancha con las propuestas de Simón Rodríguez” ().

Alberdi fue un férreo crítico del pensamiento de Rivadavia en materia educativa. El inspirador de la Constitución de 1853 propuso  una educación cuya aplicación sea fundamentalmente industrialista y criticó al catolicismo académico.

Alberdi consideró que la educación esencialmente debía estar subordinada a la economía y a los cambios demográficos culturales.

Fue quizás el primero que propuso una política de traer inmigrantes para generar esos cambios culturales y de valores que permitieran al naciente país ingresar a la modernidad de inspiración inglesa y francesa.

Por su parte, Sarmiento en su libro “Educación Popular” se lamentaba que persistiera cierta cultura indígena mezclada con la española a la que le atribuía el atraso de nuestro continente.

Al igual que Alberdi, Sarmiento proponía un cambio de valores en nuestra cultura a partir de la incorporación de inmigrantes pero su modelo no era el europeo sino el norteamericano.

Tras visitar el país del norte, Sarmiento creyó que era posible vincular educación y progreso.

En ese contexto, el padre de la educación nacional promovió el sistema educativo más democrático para su época.

En ese modelo, la escuela funcionaba como una institución “controladora” de la sociedad.

Era el instrumento a través del cual se imponía una cultura, una ideología, una forma de ser y de hablar.

Tras el triunfo de Justo José de Urquiza sobre Juan  Manuel de Rosas en Caseros, se impuso la necesidad de redactar la Constitución de 1853.

El texto constitucional ya estableció en su artículo 5º que “las provincias deben asegurar la educación primaria, la administración de justicia y el gobierno municipal, condiciones bajo las cuales el gobierno nacional es garante del goce y ejercicio de sus instituciones”.

La llamada “Generación del ´80” constituyó un momento de inflexión y profundización de los proyectos de modernización de la Argentina. Se buscaba el desarrollo económico y al mismo tiempo una nueva sociedad.

La educación tendría un rol preponderante en dicho proyecto. En efecto, la ley 1420 de Educación Común, Laica y Gratuita se sancionó en 1884 haciendo realidad un viejo proyecto de Sarmiento.

La idea de progreso en el campo social junto a la fe en los avances del capitalismo industrial generó una visión optimista del futuro humano. Argentina entra definitivamente en la modernidad europeizante.

El positivismo representó la vanguardia ideológica de una burguesía nacional identificada con el avance sostenido de la ciencia y de la técnica, como forma de desarrollar las fuerzas productivas y de terminar con las secuelas de la «barbarie» tanto en el orden material como el cultural y educativo.

No obstante el avance liberal en el campo educativo, la Iglesia logró mantener la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las constituciones provinciales.

Siglo XX: auge y decadencia de la escuela en Argentina

“Un profundo cambio pedagógico y social acompañó el pasaje del siglo XIX al XX: la expansión de la escuela  como forma educativa hegemónica en todo el globo.

En ese entonces la mayoría de las naciones del mundo legisló su educación básica y la volvió obligatoria, lo que dio como resultado una notable explosión matricular”.

“De Paris a Timbuctú, de Filadelfia a Buenos Aires, la escuela se convirtió en un innegable símbolo de los tiempos, en una metáfora del progreso, en una de las mayores construcciones de la modernidad”

Argentina no estuvo ajena a ese auge de la escuela en el mundo.

El fin del siglo XIX y el comienzo del  XX trajo como novedad el aluvión de inmigrantes que ingresó al país.

Según el censo de 1895  durante la presidencia de José Evaristo Uriburu -fue el segundo censo en ese siglo, el primero se había registrado en 1869-  reveló que en el país había 3.995.000 habitantes, de los cuales el 25% eran extranjeros.

El tercer censo que se realizó en 1914 indicó que el número de habitantes había aumentado a 7.885.00 personas, el 35% era analfabeto  y la población escolar no llegaba al millón.

Los inmigrantes europeos que llegaron al país no fueron aquellos hombres y mujeres cultos con los que soñaron Alberdi y Sarmiento, sino más bien campesinos y la mayoría de ellos analfabetos, sobrantes del proceso industrial en Europa.

Las élites dirigentes de la “Belle Epoque”, nacionalistas y católicas y   exigieron la adaptación de los inmigrantes al modelo tradicionalista.

La hegemonía de la escuela pública por un lado y la represión policial o militar por el otro fueron funcionales a ese reclamo y cumplieron cabalmente ese papel.

El siglo XX siguió su curso con acontecimientos sociales y políticos que marcarían a fuego a Europa y también América.

El desarrollo de la ciencia y la técnica y su aplicación en La primera guerra mundial demostró que, como había sentenciado el filósofo ingles Thomas Hobbes en el siglo XVII, el hombre se convertía en el lobo del hombre.

La locura colectiva provocaba millones de muertos.

Al mismo tiempo la revolución bolchevique traería sus propios horrores para la humanidad.

En los países llamados del “tercer mundo” al que pertenecía Argentina la influencia de estos acontecimientos provocaría crisis de todo tipo.

Por empezar, el nacionalismo y el fanatismo xenófobo se extendió en nuestro país como una mancha de aceite y su influencia se hizo notar en todos los ámbitos de la vida y sin duda la escuela fue uno de ellos.

El gobierno de turno durante la llamada “década infame” persiguió alumnos y docentes que no adherían a las ideas nacionalistas que predominaban en la época.

No obstante el tradicionalismo y el positivismo imperante en la escuela pública estaban cuestionados y en proceso de decadencia.

“Nuevas tendencias surgían especialmente en el ámbito del espiritualismo y de grupos antipositivistas”

La lucha ideológica se instaló en la educación

El advenimiento del peronismo en el poder después de 1945 provocó un giro copernicano a la escuela.

Si bien mantuvo los principios tradicionalistas y paternalistas, abrió la caja de Pandora al permitir que ahora también tuvieran acceso a la educación los “cabecitas negras”. Una verdadera revolución en ese contexto.

Creció significativamente la matrícula, surgieron nuevas escuelas técnicas vinculadas con el mundo del trabajo y la universidad obrera, hoy universidad tecnológica nacional.

El golpe de 1955 abrió una nueva etapa que también impactó en la educación.

La educación privada se abrió paso y se desató el debate por la educación “laica y libre” en la sociedad.

El autoritarismo pedagógico convivió con momentos de mayor libertad, entre 1973 y 1976 fue uno de ellos antes de entrar en uno de los períodos de mayor represión en nuestro país y la escuela fue un lugar donde se vivió de manera dramática en algunos casos esa etapa.

La película “La noche de los lápices” fue la expresión artística de esa etapa.

Modernidad, Progreso, Futuro y Desesperación 

De la mano de la decadencia política vino la decadencia social en nuestro país.

La pobreza económica se extendió a la educación y a la cultura en general.

La idea de la educación como un vehículo de ascenso social se fue perdiendo.

Ahora   “Ser moderno es experimentar la vida como un torbellino”-sostiene Marshall Berman- es encontrar al mundo de uno en perpetua desintegración y renovación, penas y angustias, ambigüedad y contradicción.

“Todo lo que consideramos sólido en nuestra existencia se desvanece en el aire”  señaló el filósofo marxista norteamericano.

El “Kaiser Carabela” y el “Torino” fueron espléndidos coches símbolos de dos épocas del país.

Eran los tiempos cuando un trabajador podía identificar su juventud y su energía sexual con aquello que producía.

Cuando se movía la gran línea de producción provocaba emoción formar parte de ella ; los trabajadores de Córdoba, Rosario o el Gran Buenos Aires podían sentirse la vanguardia del Movimiento Obrero organizado y éste, aún, la “columna vertebral”.

Hoy aquel mundo está derrumbado. La desocupación y la depresión ocuparon el espacio.

El país que aquellos trabajadores construían o creían estar construyendo se fue con el viento. Ya no son jóvenes, ni fuertes, ni orgullosos, muchos ni siquiera son empleados.

Algunos cobran las migajas de un plan social y otros simplemente son abandonados con una urgencia desesperada.

Fin de época

Después de la Revolución Francesa el concepto de “Modernidad” estuvo vinculado al progreso indefinido de la sociedad.

En esta época esa idea está muy cuestionada.

En la sociedad actual hay pérdida de valores fundamentales como la solidaridad, la justicia social, la libertad, la autoridad moral, etc.

Es previsible que la corrupción continúe mientras este modelo económico a escala mundial, según los resultados a la vista, siga dividiendo la sociedad entre los que tienen y los que son excluidos.

Líderes mundiales mencionan que está en curso una tercera guerra mundial por etapas aunque aún no se sabe si se podría convertir en una conflagración nuclear con las consecuencias inimaginables para toda la humanidad

¿Qué sociedad puede surgir de un Apocalipsis como sería el producido por una guerra nuclear?

¿Habrá una sociedad como la conocemos actualmente o seremos grupos humanos dispersos luchando entre si por la supervivencia?

Aunque no se produzca esa hecatombe nuclear las transformaciones quizás serán más lentas pero son imparables.

Un cambio de era está en marcha, no lo podemos ver con claridad porque estamos inmersos en la nueva ola que nos lleva en su interior.

Hay una evolución en camino pero esta evolución ya no será individual, no será una ontogénesis sino un proceso que aún no tiene nombre, quizás pueda ser identificada y categorizada dentro de varias décadas pero es evidente que se aproxima inexorablemente.

Probablemente una nueva etapa de la filogénesis de la especie, un salto inesperado del homo sapiens, ya no el hombre que piensa sobre su pensamiento sino el pensamiento mismo.

Sin duda un mundo nuevo y fascinante que se avecina aceleradamente con nuevas preguntas y para el cual la escuela moderna actual atrasa y  ya no tiene todas las respuestas,  por lo que se hace necesario y urgente pensar, imaginar y construir una nueva institución para estos tiempos de pandemia y de incertidumbre. Aunque pensar la vida así sea una angustia permanente.