En 1943 Charles de Gaulle le confirió preciada distinción: la Cruz de Lorena. Había militado en la resistencia a la invasión nazi. Además se enroló como agente secreto de los servicios aliados,

JOSEPHINE BAKER, UNA MUJER EXCEPCIONAL.

Por Ignacio Lisazo*

Uno dice Josephine Baker y siente que acaso su nombre sobreviva asociado a una imagen de artista escandalosa para su tiempo, de vedette frívola y cargada de amores de todo calibre. Sin embargo, apreciando en detalle los rasgos de su arrolladora personalidad arriesgamos que merece ser considerada una de las más trascendentes figuras femeninas del siglo XX.

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

14/04/2021

Durante sus primeros años Josephine Baker pareció condenada a una existencia tan breve como desgraciada.

Nació en 1906 en St Louis, Missouri, en esa época ciudad capital del jazz. Actor del montón, su padre, un Mc Donald de tantos, la abandonó tempranamente.

La madre, de oficio lavandera, se mostró indiferente a la formación de esa niña por demás flacucha: a los 9 años la puso a ayudar en las tareas domésticas de una casa de gente blanca.

Típica justificación de aquellos años: una boca menos.

A los 10 escapó de esa casa para trepar a un palco donde se realizaba un concurso de baile y ganó el premio relativo a su edad.

Así llegó a sus manitas el primer dólar, una década más tarde su cuenta bancaria guardaría cientos de miles de esa moneda.

A los 15 la madre entregadora la casó con un desconocido.

La aventura apenas se prolongó unos meses.

Entonces debió alternar como bailarina con una serie de grupos que con oscura suerte combinaban varieté y circo.

A los 18 volvió a casarse, ahora con un guitarrista, un tal William Baker, del que sólo recibió el apellido.

Generosamente Josephine lo haría brillar en la cartelera del Folies Bergere y el Moulin Rouge, las catedrales de la noche musical parisina.

Un año después.decidió separarse de la sociedad yanqui, que la marcaba por el color de su piel.

Al margen del sacrificado crecimiento artístico, asomaba su vena de luchadora contra la discriminación racial.

Eligió Paris como destino y según suele suceder en los cuentos de hadas, la seducción fue recíproca.

La ciudad que había entronizado a Mistinguette y Maurice Chevalier como astros del teatro musical y la revista se entregó, cautivada, a sus pies.

En realidad, a sus muslos.

Ya consagrada se atrevería a soltar una confesión.

«Soy célebre. Mi cabeza, que funciona bien, y mis muslos, que son inteligentes, triunfan en todas partes.

Cumplo correctamente mi contrato de artista.

¿Pero qué pasa con mi compromiso de ser humano?

El interrogante me aprieta el corazón».

Incorporada al elenco del Folies deslumbró y a la vez provocó ruidoso rechazo con lo que llamó su danza salvaje.

Josephine aparecía con una pollerita de la que pendían dieciséis bananas, sobre la cintura sólo se veían exóticos collares.

Convertida en «la venus de ébano» fue aplaudida por toda Europa.

En 1929 aterrizó en Buenos Aires presentándose en el teatro Astral.

Su arribo originó una encendida polémica.

«La Prensa» y «La Nación» subrayaron la audacia de sus coreografías.

Hasta la faz peluda del presidente Yrigoyen manifestó su desaprobación.

En el debut se armó una pelea a trompadas: catolicones y tilingos por un lado, frente a opositores de la UCR y fieles josephinescos.

Eran días de vino y rosas.

Josephine paseaba por Paris junto a sus mascotas: un leopardo, un loro, una serpiente y un lechón, al que perfumaba con las fragancias más sofisticadas.

Ofreció nuevos espectáculos con la banda Baker Boys, a la que ingresó el músico argentino Oscar Alemán.

Se les adjudicó una estrecha amistad y algún amorío, versión alentada por el chaqueño, notable y virtuoso guitarrista.

En los años 30 adoptó la nacionalidad francesa y ante la situación política de Italia y España, pronto gritó su antifascismo.

 

Declarada la guerra en 1939, no sólo militó en la resistencia a la invasión nazi.

Además se enroló como agente secreto de los servicios aliados, confiando en que su imagen de ligera vedette la haría insospechable de esa misión.

En 1943 Charles de Gaulle le confirió preciada distinción: la Cruz de Lorena.

Finalizada la llamada Segunda Guerra retomó la militancia contra la desigualdad racial, en particular en Estados Unidos.

En 1952 regresó a nuestro país interesada por la labor de la Fundación concebida por Eva Perón, que acababa de morir.

 

 

La recibió un Perón de luto, con quien compartió ideas sociales.

De resultas de este diálogo surgió la creación del Instituto Antirracial Argentino.

 

 

De esa visita cabe rescatar una jugosa anécdota.

En un momento le preguntó al ministro de salud pública Ramón Carrillo: «¿y dónde están los negros?».

Carrillo dijo: «aquí».

«-No los veo», no entendía Josephine.

«-Usted y yo somos los únicos negros, no hay más», ironizó aquel sanitarista de vanguardia, aludiendo a su piel morena de oriundo de Santiago del Estero.

 

Al volver a Paris y ya casada con el director de orquesta Jo Bouillon inició su campaña para recoger niños pobres del mundo.

Reunió a doce chicos, a los que denominó tribu del arco iris, y los llevó a un castillo ubicado en el sur de Francia.

En 1961 fue acusada por un trasnochado miembro del FBI de ser espía soviética.

De Gaulle dio una respuesta concluyente: le otorgó la Legión de Honor, que ella lució vestida con uniforme del ejército galo.

En 1963 participó en la marcha antirracista de Martin Luther KIng hacia Washington.

(Ese mismo año Bouillon, divorciado de Josephine, inauguraba en Buenos Aires el restaurante Le Bistró, que condujo hasta 1983).

Por problemas de salud las actuaciones escaseaban.

Para solventar los gastos de sus chicos empezó a cobrar entrada a los visitantes al castillo.

El sistema resultó insuficiente y aunque Brigitte Bardot aportó un subsidio, en 1968 la tribu y su cacique fueron desalojados.

Fanática del arte de Josephine, Grace Kelly la alojó en una casa de Roquebrune, Mónaco.

Ya era una leyenda y la leyenda retornó a escena el 8 de abril de 1975 en el Bobino de Paris.

Se festejaban 50 años de inigualable carrera.

La velada fue un cálido abrazo de despedida, cuatro días después murió por un derrame cerebral.

Con singular sentido de la libertad tuvo varios maridos, también mujeres y hombres como amantes.

 

 

En esta privilegiada categoría se contaron Ernst Hemingway y Georges Simenon.

Fue admirada y descalificada sobre el escenario y en la calle, amó y fue amada intensamente, luchó contra la discriminación racial y el extremismo de derecha, fue tierna guardiana de los hijos adoptivos del arco iris.

La niña que a los 9 años debió servir a una señora que la golpeaba y obligaba a dormir en la cucha de un perro al que le faltaba una pata, esa criatura logró edificar una vida ejemplar.

Josephine Baker,  una mujer excepcional

 

IL/