Estamos ante una nueva «guerra fría». El eje Estados Unidos OTAN confronta con el eje China Rusia respaldado por la Organización de Cooperación de Shangai.

LA NUEVA GUERRA FRÍA

Por Facundo Cardoso, Marcelo Brignoni y Martín Piqué

. El «orden internacional basado en reglas», que ni sus redactores cumplen, confronta con el modelo de «derecho internacional» de respeto soberano y no injerencia. Mientras esto recién empieza y a diferencia de la primera «guerra fría», no parece seguro que las potencias occidentales se encuentren en el bando ganador.

 

 

 

Por Facundo Cardoso, Marcelo Brignoni y Martín Piqué*

La Tecl@ Eñe

11 de abril de 2021.

*Conductores de Yalta Podcast

Mientras aún resuena en Argentina la visita del Jefe del Comando Sur Craig Feller, todos los indicios señalan que estamos ante una nueva «guerra fría». El eje Estados Unidos OTAN confronta con el eje China Rusia respaldado por la Organización de Cooperación de Shangai. El «orden internacional basado en reglas», que ni sus redactores cumplen, confronta con el modelo de «derecho internacional» de respeto soberano y no injerencia. Mientras esto recién empieza y a diferencia de la primera «guerra fría», no parece seguro que las potencias occidentales se encuentren en el bando ganador.

Ante una pregunta de la cadena televisiva ABC News el pasado 17 de marzo, Joseph Biden acordó en calificar como “un asesino” a Vladimir Putin. Insistió además en que Putin enfrentará consecuencias por interferir en las elecciones presidenciales de 2016 (cuando perdió el Partido Demócrata) y por intentar interferir en 2020 (cuando ganó el Partido Demócrata), según consta en un informe de la Comunidad de Inteligencia oportunamente desclasificado.

La respuesta del presidente de la Federación Rusa –que aclaró expresamente que no era ninguna ironía– consistió en desearle “salud” a su par estadounidense (quien días más tarde luchaba con las resbaladizas escaleras del Air Force One). Le devolvió además la gentileza diciéndole que estaba proyectando en él su propio oficio y recordándole eventos de la historia del país del norte de América (genocidio de pueblos nativos, esclavitud, colonialismo, etcétera), sobre la cual se habría formateado la mentalidad de su élite dirigente. Pero el mensaje –también televisivo– de Putin a Biden fue potente en otro sentido: llegó desde la celebración misma del séptimo aniversario de la reincorporación de Crimea a la Federación allá por 2014, un punto de inflexión en la relación entre Rusia y los países de la Organización del Atlántico Norte (OTAN): Rusia además de frenar el expansionismo occidental con ariete en Ucrania y las Repúblicas Bálticas de Estonia, Letonia y Lituania, puso desde entonces a Occidente a la defensiva.

Sin embargo, y consultado por la prensa, el vocero del Kremlin, Dimitri Peskov, descartó el advenimiento de una “nueva guerra fría”. Adujo que se trataba de hipótesis de expertos y analistas que “se ganan la vida con esos pronósticos”. Pero Peskov también dejó en claro que Moscú está preparado «para todos los escenarios posibles».

Algunos imaginaron al exabrupto de Biden y la respuesta de Putin como una mera escalada retórica que no se traduciría en una amenaza física o tangible. Lo cierto es que no se trata de un episodio aislado, sino de un componente más de la nueva fase de la política exterior que la Casa Blanca delineó en la recientemente publicada Guía Estratégica de Seguridad Nacional Provisional, donde explicita que “Rusia sigue decidida a mejorar su influencia global y desempeñar un papel disruptivo en el escenario mundial” y que Estados Unidos debe «unirse con aliados y socios de ideas afines para revitalizar la democracia en todo el mundo”, apoyándolos “para combatir las nuevas amenazas dirigidas a nuestras democracias, que van desde la agresión transfronteriza, los ciberataques, la desinformación y el autoritarismo digital hasta la coerción de infraestructura y energía…”

El texto además califica a China como «el único competidor potencialmente capaz de combinar su poder económico, diplomático, militar y tecnológico para montar un desafío sostenido a un sistema internacional estable y abierto” y asegura que “tanto Beijing como Moscú han invertido mucho en esfuerzos destinados a controlar las fortalezas de Estados Unidos y evitar que defendamos nuestros intereses y aliados en todo el mundo”. De este modo, la tan mentada “guerra comercial” con el gigante asiático, que caracterizó la administración anterior en Washington, se intensifica y adquiere, por cierto, otra dimensión estratégica.

Dos días después de las declaraciones del jefe de la Casa Blanca para la cadena ABC, se llevó a cabo la primera reunión entre EEUU y China de la era Biden, que el flamante secretario de Estado, Antohny Blinken, definió como «el test geopolítico más grande del siglo XXI”. La delegación del Departamento de Estado consideró una victoria que el encuentro se realizara en suelo estadounidense, si bien Anchorage, la ciudad de Alaska cercana al océano Pacífico donde efectivamente tuvo lugar, dista más de Washington que de Beijing.

Durante el intercambio de alto voltaje entre las dos comitivas, Blinken apuntó a las “actividades” chinas en Xinjiang, Hong Kong y Taiwán, y –en base a otro oportuno informe de inteligencia– a los supuestos ciberataques chinos contra EEUU y la coerción económica a sus aliados que “amenazan ese orden basado en reglas que mantiene la estabilidad global” y que por tanto la discusión no es “meramente de asuntos internos» de un país. El jefe de la diplomacia estadounidense defendió ese “orden basado en reglas” sin el cual “el mundo sería más violento”. La advertencia sobre la violencia que implicaría no aceptar ese mundo y las reglas que lo rigen, fue percibida como una amenaza por el alto diplomático chino Yang Jiechi, quien le espetó a Blinken que EEUU es el “campeón” de los ciberataques, que no debe meterse en asuntos internos y, desafiando la pretensión de liderazgo global que la era Biden intenta revitalizar, dejó en claro que «EEUU no califica para hablar con China desde una posición de fuerza». Agregó que Washington “no representa al mundo; sólo representa al gobierno de los EEUU» y que incluso «mucha gente dentro de EEUU tiene de hecho poca confianza en la democracia de EEUU».

El funcionario chino advertía así en la reunión el fenómeno geopolítico que se viene gestando hace algunas décadas: EEUU pretende seguir ocupando un rol global unipolar que algunos otros países ya no están dispuestos a reconocerle.

Esto descolocó a Blinken. Luego de las palabras de Yang Jiechi, pidió a los periodistas que se queden para responder a la delegación china y se explayó sobre la capacidad de su país para reponerse de las tensiones internas y salir fortalecido de ellas, y recordó que una apuesta contra América nunca es una buena apuesta”.

Luego de Anchorage, y quizás como consecuencia de esa reunión, se produjeron otros dos encuentros relevantes que indican, ya de forma explícita, la configuración de dos polos globales definidos por sus diferencias ideológicas: una reunión de ministros de Relaciones Exteriores de la OTAN en Bruselas y otra de ministros de Relaciones Exteriores de China y Rusia en Guilin, China.

Como señala George Szamuely, la primera Guerra Fría dividió a las partes en cuestiones relativas a la organización social y económica de las sociedades, entre la libertad y la seguridad económica, pero “las divisiones ideológicas de hoy involucran la organización del sistema internacional de estados. Un lado, liderado por Estados Unidos e incluido el Reino Unido y la mayoría de los estados miembros de la UE y la OTAN, se suscribe a algo que llama el ‘orden internacional basado en reglas’El otro lado, liderado por Rusia y China, suscribe el “derecho internacional’que identifica como los principios que rigen el sistema internacional de estados que surgió de la Paz de Westfalia de 1648”, según el cual los estados, sin importar su tamaño, tienen soberanía exclusiva sobre su propio territorio, y ningún estado puede amenazar la soberanía de otro. Estos principios fundan la Carta de las Naciones UnidasLa defensa que este grupo hace de los principios consagrados en la Carta de la ONU está ganando adeptos. A principios de marzo, Rusia y China, junto a Bolivia y Venezuela, dieron origen al «Grupo de Amigos en Defensa de la Carta de las Naciones Unidas». Diecisiete países ya son miembros de este grupo. Hay una invitación abierta para que otros se unan y es probable que muchos lo hagan. Los principios de soberanía nacional consagrados en la carta son obviamente atractivos para la parte del mundo que no está firmemente integrada en el sistema occidental de alianzas, ni quiere estarlo.

La geografía nuevamente informa: la reunión en la sede de la Unión Europea se encuentra en sintonía con la pretensión estadounidense establecida en la Guía antes mencionada, de fortalecer el grupo de países cuyo tradicional alineamiento a la alianza occidental se encuentra amenazado tanto por la llamada “diplomacia de las vacunas” que llevan adelante Rusia y China como por su avance comercial y de infraestructura estratégica (el gasoducto Nord Stream 2, que a través del Mar Báltico unirá el óblast de San Petersburgo nada menos que con Berlín, constituye un dolor de cabeza para Washington, que no dudó en imponer sanciones a las empresas que participan de él, además de contratar a Amos Hochstein, socio de Biden hijo, en el negociado del gas ucraniano, después de derrocar al gobierno de ese país en 2014 para intentar evitar el gasoducto ruso–alemán).

La percepción de cierto declive estadounidense no implica que la ¿todavía? mayor potencia económica y militar no haya dejado de ejercer su influencia en la reunión de Bruselas para encauzar a la OTAN hacia sus designios, pero los aliados europeos no parecen tan motivados con el escenario de una confrontación directa con el gigante asiático, ni con la tierra de Gagarin.

Por su parte, el canciller Wang Yi dejó Alaska y dos días después se dirigió a la ciudad china de Guilin donde recibió a Sergei Lavrov el 22 de marzo (no faltó quien notara que «Guilin» en chino es homofónico al significado de «vecino honorable»). Si bien los cancilleres señalaron que el encuentro (el número 51 entre ambos) no buscaba construir una anacrónica alianza antiestadounidense, sí coincidieron en pedir a Washington que reconsidere su posición y el daño que le está provocando a la paz internacional. Cada una informó a la otra sobre los últimos desarrollos de sus respectivos vínculos con la Casa Blanca y en este sentido los resultados de Anchorage ocuparon una atención especial.

Mientras el grupo reunido en Bruselas bajo el liderazgo de Estados Unidos puso el acento, como aseguró Blinken, en “trabajar juntos” cuando “algunos de nuestros aliados se muevan en la dirección equivocada o se alejen de la democracia», el grupo liderado por Rusia y China consideró que «la interferencia en los asuntos internos de una nación soberana bajo la excusa de ‘promover la democracia’ es inaceptable», y destacó la soberanía e integridad territorial como pilar de la relación entre los estados. Lavrov rechazó “los juegos geopolíticos de suma cero”, en los que el jugador solo puede aumentar sus recursos si se los quita al oponente, y “las sanciones ilegítimas unilaterales a las que nuestros colegas occidentales recurren cada vez con más frecuencia». Wang Yi aseguró que «los países europeos que calumnian a China deben saber que el tiempo de la interferencia arbitraria basada en mentiras terminó».

Mientras tanto, la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), organización intergubernamental fundada el 15 de junio de 2001 que nuclea alrededor de Rusia y China a la República de la India, la República de Kazajstán,  la República Kirguisa, la República Islámica de Pakistán, la la República de Tayikistán, la República de Uzbekistán, la República Islámica de Afganistán, la República de Bielorrusia, la República Islámica de Irán y Mongolia, avanza en crecientes niveles de integración geopolíticos, comerciales y también militares.

Estas tensiones parecen ser solo el comienzo. El yuan digital recientemente lanzado por China amenaza la preeminencia del dólar estadounidense como moneda comercial global, pero también genera un nuevo mecanismo para evadir las sanciones que impulsan Estados Unidos y sus aliados para coaccionar otros estados. En reuniones mantenidas por los ministros de Finanzas se avanzó en la construcción de un sistema alternativo al SWIFT, la red que usan los bancos para transferir pagos a nivel internacional. El Fondo Ruso de Inversión Directa y el Yuan Digital son acciones concretas para desprenderse de la dependencia del dólar estadounidense. El uso de sanciones para coaccionar a otros pronto puede perder su eficacia, como empieza a verse en la propia China, en Rusia, en Irán y en Venezuela, entre otros integrantes del renovado “eje del mal”.

Para finalizar, vale la pena recordar que Donald Trump también fue interpelado en febrero de 2017 por el entrevistador Bill O’Reilly sobre si consideraba a Putin un asesino. La potencia y sinceridad de la respuesta sólo pudo ser eclipsada gracias al trabajo denodado de los medios occidentales para restarle “seriedad” al ex mandatario estadounidense luego de semejante reconocimiento. La respuesta del pelirrojo neoyorquino fue brutal: “Hay muchos asesinos. ¿Usted piensa que nuestro país es inocente? Cometimos un montón de errores”.

Dicen que el hombre es el único animal que vuelve incurrir en el futuro en los mismos “errores” que ha cometido en el pasado.

A pesar de las desmentidas, la nueva Guerra Fría se muestra cada vez más nítida. Pero a diferencia de la primera, no parece seguro que las potencias occidentales se encuentren en el bando ganador.