El cielo de Villa Crespo enmarcaba como siempre la chimenea de la calle Humboldt como una aguja desafiante entre un mar de casas bajas.

EL ULTIMO DÍA

por Daniel Galasso*

Todos sabían en el barrio que ese sábado no sería apenas uno más, porque trazaría impiadoso la indeleble línea que delimita el ser y el no ser, la presencia y la ausencia, el recuerdo y lo asequible.

«Fantasía impromptu sobre el último día»

Un cuento de Daniel Galasso

NAC&POP

03/04/2021

Ese sábado -16 de Diciembre de 1944-, cerca de las nueve de la mañana, Rafael (porque me gustó llamarlo así) o el Clausurador de Sueños (por simple asociación con su cometido), traspuso la puerta cancel de la casa de la calle Caldas entre Concepción Arenal y la vía, entre una mueca de desgano y un inaudible saludo.

El cielo de Villa Crespo enmarcaba como siempre la chimenea de la calle Humboldt como una aguja desafiante entre un mar de casas bajas.

Todos sabían en el barrio que ese sábado no sería apenas uno más, porque trazaría impiadoso la indeleble línea que delimita el ser y el no ser, la presencia y la ausencia, el recuerdo y lo asequible.

Caminó como de costumbre por Caldas, cruzó la vía mirando hacia ambos lados para asegurarse de que no viniese un tren y entró en el café de la esquina de Dorrego.

El ambiente y los rostros daban fe de que el día menos esperado, menos imaginado, había llegado.

Por eso el silencio repentino cuando Rafael entró y ningún reproche cuando lo vieron sentarse solo en la mesa del ventanal.

Ninguno se atrevió a decirle una palabra.

Su mirada perdida y la actitud de sostener cerca de su boca el pocillo de café sin beberlo, fueron señales inequívocas de que ese hombre, en ese día y a esa hora, se internaba en territorios ásperos, inexpugnables para lo circundante.

Sera la última vez que camine estas calles; la última.

Porque el regreso prefiero no imaginarlo; no quiero creer que dentro de unas horas ya no seré quien soy.

¿Será posible que tenga que ser yo mismo quien deba cumplir con el mandato de un destino que me incluye, convirtiéndome en un destinador?

Sí, destinador, porque no encuentro otra palabra.

¿No es que el destino es ajeno a nosotros y nos llega como un trueno, un relámpago?

¿O acaso no creí en eso cuando pasó lo de Juan; cuando trepó como siempre al tranvía 86 y terminó bajo sus ruedas?

La silueta de Ricardo cruzando Dorrego lo volvió a lo cotidiano.

Aunque apenas se retribuían el saludo, ambos sabían muy bien quién era el otro, por esa urdimbre de palabras y hechos que los barrios tejen inexorables en torno de los hombres y sus circunstancias.

Rafael levantó su mano desde su mesa a modo de saludo cuando lo vio pasar y Ricardo hizo lo mismo mientras caminaba hacia Warnes.

La mirada y el gesto de Ricardo no denotaban nada extraño; nada que indicara que ese saludo portara un mensaje cifrado, una mueca oculta.

Sin embargo, Rafael creyó ver que ese saludo, en esa mañana de sábado gris y pesada, no era más que una hipocresía a sabiendas encubierta por una cuestión consuetudinaria.

Yo sé que fuiste vos quien empezó con todo esto, como lo sabemos todos.

Vos empezaste con el tema de los terrenos y la deuda por los alquileres cuando hicieron aquella reunión en el café de Darwin y Corrientes.

Vos te encargaste después de ir a ver a los dueños y llenarles la cabeza; de decirles que tenían la plata para comprarlos; de activar los juicios de desalojo; de formar la Compañía esa…

La trama ya estaba urdida desde hacía tres años; sin embargo, nadie la creyó en un principio.

Apenas algunos comentarios de allegados a la comisión directiva de Atlanta que hablaban de la posibilidad de comprar los terrenos en donde se asentaba la cancha de Chacarita Juniors, de quien distaba nada más que el ancho de una pared medianera.

Alguien dejó trascender la creación de esa misteriosa “Compañía de Tierras de Villa Crespo S. A.”, concebida por Ricardo y un grupo importante de socios que aportaría el dinero para la compra.

Sabían que Chacarita no atravesaba una situación económica favorable y entonces los conjurados comenzaron a recorrer los juzgados para apurar el desalojo.

Rafael pidió otro café y encendió otro cigarrillo.

No dejaba de mirarse las manos moldeadas a palas, a rodillos, a azadas, a cal, a redes.

No veía más allá de su propio pasado reciente, tan reciente que no comprendía cómo pronto se convertiría lisa y llanamente en el pasado a secas.

Se durmieron.

Los directivos nuestros se durmieron.

En cuanto tuvieron el primer indicio de lo que podía suceder debieron jurarse no dejar el barrio por nada del mundo.

Hacer como hicieron ellos.

Pedirle plata a los socios para pagar los alquileres.

No sé, algo, alguna idea…Porque hubo tiempo.

Desde el ’41 en que empezó todo esto hubo tiempo.

Tres años pasaron. ¡Mirá si hubo tiempo!

La cosa empeoró y seguimos confiando en que la Ley de Alquileres nos ampararía.

Cuando empezaron a caminar los juzgados para ver si la cosa podía pararse ya fue tarde.

Pagó su consumición, saludó en voz baja y se fue caminando por Dorrego.

La camisa de trabajo azul descolorida, las alpargatas de yute, el pantalón lustroso y ancho, la gorra gris…

Sensación extraña y más desazón.

Eso fue lo que sintió cuando entró a la cancha, porque ese día -y acaso haya sido mejor- no jugó Chacarita.

Colegiales y Temperley disputaron el último partido de la temporada de ascenso, remarcando la ausencia.

Como siempre, ingresó en el cuartito lindero al vestuario y calentó el agua para tomar unos mates mientras preparaba sus herramientas de trabajo.

Diluyó la cal en agua, extendió las redes, limpió el rodillo, separó la bolsa de tierra negra, preparó el aserrín para esparcir en las áreas ante la posibilidad de lluvia y nuevamente se miró las manos.

El silencio también quiso despedirse y se fue.

Por eso el cuartito no fue más que la nada en ese instante en que sus ojos se perdieron en el recuerdo de multitudes de otras tardes; en la desesperada certeza de saber que ese sábado, Antonio, el utilero, no acomodaría las camisetas, las medias y los pantalones cortos con su permanente sonrisa, reprochándolo a Rafael porque cebaba mates dulces.

Vio entrar a los vestuarios a los jugadores de Colegiales y de Temperley con la misma desazón que uno siente cuando presta la casa para una reunión o una fiesta, sabiendo que una vez concluida, vendrán inexorables unos tipos provistos de picos para tirarla abajo, para no dejar nada en pie.

Rafael no vio el partido.

Su mirada se centró en esas tribunas de madera y en la erguida chimenea de la calle Humboldt.

Un par de gruesas lágrimas asomaron de sus ojos que enseguida disimuló tratando de acomodarse la gorra gris.

El silbato del tren que pasaba por detrás de la tribuna que daba espaldas a Dorrego lo retornó a lo tangible.

¿Sabrá el maquinista del tren cuando pase por aquí que a partir de mañana los domingos dejarán de serlo?

Serán domingos que acentuarán hasta el hueso la tristeza de los atardeceres de Otoño.

Apenas una mueca de lo que debe ser un domingo aquí, en Villa Crespo.

Porque nada va a ser igual; nada.

Ni siquiera el saludo que deje en mi casa cuando salga.

Dos horas después de terminado el partido, Rafael seguía allí.

Había recogido las redes, guardado sus utensilios con la mayor prolijidad posible, como queriendo demostrarse que nada había pasado, que el próximo domingo nuevamente Chacarita volvería a jugar en esa cancha, aún sabiendo que era mentira.

Pero no le alcanzó.

Cerró la puerta del cuartito con el candado de bronce.

Caminó hasta la mitad de la cancha y se arrodilló mirando al cielo.

Ahora sí, no fueron dos lágrimas las que cayeron de sus ojos.

Fue un llanto preciso, acongojado, inesquivable.

Llevaba en una de sus manos un cuchillo grande y filoso, que usaba cuando hacía los asados debajo de la tribuna para los jugadores después del entrenamiento.

El cielo de Villa Crespo regó el césped con una lluvia que no se hizo esperar, como queriendo aliviarle una de sus tareas.

Ya no lo precisaba.

Envuelto en una marea de insultos y maldiciones, acometió con su cuchillo una y otra vez contra el césped, convencido de que él mismo (Rafael o el Clausurador de Sueños) y no otro, estaba matando a la cancha de Chacarita en ese mismo momento y a esa misma hora.

DG/