Sobre un guión de Bayer, en el que colaboró Felipe Pigna, la película "Awka liwen" , filmada en 2009, fue dirigida por Mariano Aiello, ahí empezó el conflicto.

CORTE DE MANGAS DE OSVALDO BAYER A LOS MARTINEZ DE HOZ

Por Ignacio Lizaso

Aquel día de julio de 2016 posó para una fotografía en la que asomaba, con cierta expresión mefistofélica, practicando un rotundo corte de manga. Hubo que volver un par de veces al rostro para confirmar que era Osvaldo Bayer.

Osvaldo Bayer: -» ¡ De acá…!!

Por Ignacio Lizaso

NAC&POP

29/03/2021

Aquel día de julio de 2016 posó para una fotografía en la que asomaba, con cierta expresión mefistofélica, practicando un rotundo corte de manga.

Hubo que volver un par de veces al rostro para confirmar que era Osvaldo Bayer.

Y sí, el hombre dejaba de lado su seriedad, la mesura de su decir y sus gestos, y sin que perdiera autoridad su condición de intelectual abanderado en la lucha por los derechos humanos, se permitía expresar su satisfacción por un fallo de la justicia argentina a favor de la verdad y la memoria, y adverso a una familia abanderada de la oligarquía y el neoliberalismo.

Hace 10 años – acababa de ser reelegida Cristina Fernández de Kirchner – nietos de Joe Martínez de Hoz, ministro de economía de la dictadura genocida encabezada por Videla y Massera, iniciaban acciones legales para que se prohibiera la exhibición de la película «Awka liwen» (rebelde amanecer en mapuche), en la que se denunciaba la apropiación por parte de José Martínez de Hoz de 2,5 millones de hectáreas de tierras pertenecientes a los pobladores originarios, de las que fueron despojados a sangre y fuego por efectivos del ejército.

Sobre un guión de Bayer, en el que colaboró Felipe Pigna, la película, filmada en 2009, fue dirigida por Mariano Aiello.

Los demandantes sostenían dos argumentos centrales: esas tierras habían sido compradas por su antecesor, a quien, además, se acusaba injustamente de haber colaborado en la campaña comandada por el general Julio A. Roca, ya que había muerto antes de que se lanzara esa campaña.

Deliberada confusión, el antecesor al que se referían era José Toribio, descendiente de José, y parecían ignorar las operaciones contra las tribus índigenas, realizadas desde 1826.

Si a meses de haber asumido el gobierno Mauricio Macri se hubiera realizado una encuesta sobre cuál sería el inminente fallo no menos del 90% de los testimonios se habrían inclinado por la posición del ofendido honor de la seudo patricia familia.

Bastaba la presión del propio MM, que bajara el pulgar Rosenkrantz, ya metido por una claraboya en la Corte Suprema, o una gestión de algún «Pepín» en salmuera para definir el pleito.

Sin embargo el juez civil subrogante Eugenio Labeau rechazó el amparo presentado, impidiendo que se concretara la censura sobre la película, y se hiciera efectivo el pago de un resarcimiento por el honor mancillado.

Bayer y Pigna demostraron que la graciosa apropiación se había producido 50 años antes, cuando el ejército llevó a cabo operaciones previas a la pomposamente llamada Conquista del Desierto.

A principios de la década de 1820 Martín Rodríguez – que marcaba la necesidad del «exterminio del enemigo» con la liviandad con que lo haría Videla – y Bernardino Rivadavia ordenaron el envío de tropas para liquidar la avanzada indígena.

Contando con el aporte de caballos y elementos bélicos aportados por José Toribio Martínez de Hoz, el renegado Rivadavia, de mulato a anglófilo, confió mil soldados al coronel prusiano Friedrich Rauch, que había llegado a Buenos Aires en 1819 con el antecedente de ser oficial del ejército napoleónico.

Resultó tan contundente el amasijo de cabecitas oscuras que Rauch se ganó el apodo de «guardián de la frontera».

«Detuvo la carnicería de los infieles», elogiaban las fuerzas vivas, y el poeta Juan Cruz Varela se animó a cantar: «la Patria te lo agradece».

Rauch sólo cultivaba el lenguaje militar.

En su diario de 1828 confesaba: «para ahorrar balas hoy degollamos a 28 indígenas».

Los Martínez tuvieron que tomar nota de las hazañas de Rauch, vinculado con José, no con José Toribio, nacido recién en 1823.

A partir de la ofensiva de Rauch se largó la distribución amistosa de tierras, consagrada por Rivadavia, entre un puñado de familias y milicos de alto rango.

Curiosamente tres de las cuatro letras de Roca están en Rauch.

Pero las coincidencias entre estos militares se redujeron a esa asociación de letras y sobre todo a la frialdad con que ejecutaron la matanza encomendada.

Como buen Zorro (el mariscal Rommel fue el segundo «zorro del desierto»), Roca palpitaba la batalla desigual a prudencial distancia, munido de poderosos prismáticos franceses.

Lo instaban a cuidarse sus enormes ambiciones políticas, que materializó al regresar victorioso del desierto.

Rauch se prendía al frente de sus tropas – lo de «degollamos» no es joda – y esa bravura le costó la vida.

En el combate de Las Vizcacheras cayó en una emboscada y el ranquel Nicasio Maciel lo decapitó a cuchillo.

Rauch se había manifestado públicamente como opositor al federalismo; no extrañó, entonces, que su cabeza fuera paseada por las calles porteñas como desafío a los unitarios.

Como señalamos en una nota anterior José Martínez de Hoz fue el primer portador de ese apellido que pisó nuestro suelo a fines del siglo XVIII.

Hizo fortuna dedicándose al contrabando y el tráfico de esclavos.

Cuando se produjo la invasión inglesa de 1806 William Carr Beresford necesitaba un experto que se hiciera cargo de la aduana, área fundamental para los planes colonialistas.

Y no dudó en designar a Martínez de Hoz.

Los negocios de este nativo de Burgos no cesaron de prosperar y entre sus socios anónimos se contó el mulato Bernardino.

De ahí el sostenido apoyo a las operaciones de Rauch y el premio en bienes inmuebles.

Los demandantes decían poseer documentación según la cual el pionero José fue suscriptor de un bono nacional con el que había adquirido las tierras.

A la hora de presentar tal comprobante se limitaron a exhibir una fotocopia de un ejemplar del diario «La Prensa» de diciembre de 1878.

Una nota informaba que el gobierno había vendido al buen José 1.000 leguas (equivalentes a los 2,5 millones de hectáreas) de «la tierra que va a conquistar».

Mete miedo semejante grosería.

Se pretendía avalar una venta antes que se dispusiera de las tierras en cuestión.

«A conquistar», prometía, y ni se mencionaba la «conquista» lograda por Rauch a partir de 1826.

El fallo de Labeau se basaba, sumada a la carencia de pruebas, en jurisprudencia aportada por Raúl Zaffaroni.

«La mera invocación de honor de la familia en casos de parentesco más lejano que el de primer grado o de hermanos, no puede ser suficiente para acreditar daño moral.

De lo contrario nos hallaríamos frente a un verdadero desplazamiento de los ámbitos naturales y el revisionismo histórico pasaría a ser materia judicial, con la consiguiente limitación a la libertad de investigación histórica», considera Zaffaroni.

Un episodio más sobre la celosa preservación del honor de los Martínez.

En 1985, estando procesado por el secuestro extorsivo de Federico Gutheim, en complicidad con Videla y Harguindeguy, en sus ratos libres Joe entabló acciones legales contra Caloi (Carlos Loiseau).

¿Razones?

En la serie televisiva dedicada al famoso Clemente un vampiro de grandes orejas secuestraba a la Mulatona y exigía un rescate de 50 millones de dólares.

Éste era el monto al que en ese momento alcanzaba la deuda externa generada por la política impuesta precisamente por Joe, a lo que se agregaba que los rasgos distintivos de su rostro era el volumen de la orejas y la nuez.

Por supuesto, aunque el reclamo no prosperó, el honor permaneció lisito, rosado, intacto.

IL/