Nuestra inconclusa Nación es una de las tres economías más potentes de América latina y quizás, la más potente en materia cultural y científico técnica

POLÍTICA EXTERIOR ARGENTINA. EL BARRO DE LO QUE FUE, EL FLUIDO DE LO QUE SERÁ

Por Gabriel Fernández

La Argentina es un gran país. En las cuatro décadas recientes nuestro país sólo logró adentrarse en sí mismo durante el tramo 2003 – 2015 e intenta una acción similar en este primer año frentista. Es poco pero evidencia la tenacidad de una vasta zona del pueblo para revivir de continuo sin dar el brazo a torcer.

 

 

Por Gabriel Fernández *

Señal Medios

 

Algunos sucesos facilitan la reflexión y la misma puede servir para poner algunas cosas en su lugar.

Con tanta propaganda a lo largo de todo el siglo XX y su lógica extensión hasta el presente, son muchos los argentinos que suponen alguna variante de inferioridad.

Tan es así que están imbuidos de conceptos que, aunque deberían dejarlos en ridículo a la hora de formularlos, les brindan cierto prestigio y hasta un aura de humor filoso en la charla cotidiana, en las redes y hasta en las apreciaciones vertidas en medios, cuando tienen la ocasión.

En el texto El rumbo (https://lateclaenerevista.com/el-rumbo-una-pasion-argentina-por-gabriel-fernandez/) intentamos plantear este debate.

Si por un lado desde nuestras tierras surgieron algunas ideas notables que marcaron el decurso de los acontecimientos internacionales (para sintetizar: Tercera Posición) por otro las mismas fueron encarnadas por personas que trascendieron las fronteras y se irguieron como símbolos.

En ambos casos (elaboraciones y personalidades) alcanzaron singular dimensión debido al volumen geográfico, económico, cultural, que ha operado como sostén.

Esto es: la Argentina es un gran país.

Esta expresión certera, equilibrada –no es el mejor país, no es una gran potencia, no es el peor del mundo, no es una cueva de corruptos-, debería ser absorbida por el conjunto para sentir cierto placer atravesado por el orgullo pero también para saber que está en condiciones de exigir y contribuir a apuntalar un desarrollo mayor y mejor.

Nuestra inconclusa Nación es una de las tres economías más potentes de América latina y quizás, la más potente en materia cultural y científico técnica debido al fuerte know how aquilatado en parte de su población.

De allí que una definición de carácter internacional adoptada por este lugar del Sur, posea un vigor singular.

Hace minutos escuchamos a un analista realzar la decisión oficial de salir del Grupo de Lima en estos términos: “Es una decisión valiosa para nosotros, no digo que seamos importantes, pero es justa por lo ocurrido en ese espacio”.

La aseveración es un error bienintencionado. Si se repasa la lista de miembros de ese núcleo, nos hallaremos con el verdadero peso de cada país y así corroboraremos que el volumen albiceleste encabeza, junto a México y Brasil, la producción regional.

En sintonía, otro experto abogó por el establecimiento de una política exterior continua (de Estado) que perdure sea cual fuere el gobierno instituido.

Bien: será deseable pero es imposible, porque no es lo mismo que gobierne uno que otro.

Las administraciones triunfantes en este comienzo de siglo son aquellas que se ligan con el interés geoeconómico de sus pueblos.

Cuando se hacen cargo de la propia territorialidad y del propio mercado, llevan adelante gestiones crecientes.

Si se atan a intereses externos y enajenan o desestructuran región y cultura, asesinan sus PBIs y difuminan –menoscaban- sus vetas creativas.

En las cuatro décadas recientes nuestro país sólo logró adentrarse en sí mismo durante el tramo 2003 – 2015 e intenta una acción similar en este primer año frentista.

Es poco pero evidencia la tenacidad de una vasta zona del pueblo para revivir de continuo sin dar el brazo a torcer.

Otro asunto es que, teniendo el control del Estado, se negocie con intereses ajenos.

Eso es inevitable pero no indeseable aunque en ocasiones resulte inhóspito.

Los individuos desilusionados de la política se pierden el renacer aunque su escepticismo los haga quedar bien en círculos estrechos.

Algo así como quien rompe el carnet cuando su club desciende y luego queda en falsa escuadra al observar las celebraciones por la vuelta a primera.

Nadie dijo que la lucha política sea un camino fácil. Y sólo un orate puede suponer que la lucha política nacional y popular, específicamente, resulte un sendero apacible y soleado.

Como el modo de existencia surgida en este planeta tiende a identificar personas con banderas, ese rastro potente y persistente en nuestra patria ha brindado algunos emblemas al resto de la humanidad.

Sólo por ahorrar líneas: Perón, Evita, el Che, las Madres, Maradona, el Papa.

Y varios más.

No se trata de genios aislados sino de gentes que supieron canalizar ese interés de fondo y transformarlo en acciones políticas intensas.

De allí que La Idea cuente con figuras que la encarnan en trazo grueso aunque los especialistas del detalle objeten “este sí, aquél no”.

Por lo tanto, un movimiento determinado de la Argentina en la vida internacional influye; no modifica todo el panorama, pero incide y –también- guía. Orienta.

Es raro escuchar extrapolaciones de frases planteadas por Arturo Jauretche y Juan Perón para sostener premisas opuestas.

Mientras el primero condena con energía la autodenigración, es citado para evidenciar que el pueblo no entiende, que hemos perdido, que en este presente ya no hay banderas nacionales.

Mientras el líder apuntaba que la política genuina es la política internacional, es recurrentemente evocado mientras se ignoran los pasos –algunos, asombrosos- del kirchnerismo y del Frente de Todos en el plano mundial.

Esta situación también está envuelta por una errónea apreciación del presente en movimiento.

La equívoca descripción del último tramo del ciclo relanzado en la crisis financiera 2008 – 2009, desconoce el emerger de la Multipolaridad y considera derrota –junto a los medios concentrados, aunque con sentido inverso- aquello que ha impulsado el re posicionamiento de al menos la mitad de los pueblos del orbe.

El problema es que la política es así.

No hay victorias definitivas ni absolutas.

La nueva etapa que afronta la humanidad, así como el tramo que le toca vivir a nuestro país, mezcla lo que fue con lo provisorio, y revuelve todo con lo que será.

Grandes empresas hegemónicas durante el control del capital financiero desaparecerán, pero otras se reconvertirán y efectuarán, como ya lo están haciendo, pactos con los Estados fuertes del nuevo mundo para subsistir.

Tremendos criminales se investirán de comprensivos para zanjar la preeminencia de intereses contrastantes y se ofrecerán para promover la paz.

Por eso decir “no hay cambio si se negocia con tal o con cual” es una confusión sobre la acción zigzagueante que, de modo inevitable, comanda las tareas destinadas a fomentar el crecimiento y la autodeterminación.

La Argentina es un gran país.

Pero no debería olvidar que con el liberalismo rentista y entreguista se ha hundido y con el espacio nacional popular industrial se ha desplegado.

Tampoco, que para concretar a futuro este último proyecto, necesita coaligarse con los vecinos –Methol Ferré ha sido claro- y forjar sin necesidad de dominios bruscos una articulación económica profunda para que su voz sea más directa y estentórea.

Apenas estamos dando los primeros pasos, en este barajar y dar de nuevo del planeta, en esa dirección.

Ponemos de relieve, para cerrar, dos frases de don Arturo que cobran sentido si los lectores se aproximan a toda su obra y no se quedan en algunas líneas: “Lo actual es un complejo amasado con el barro de lo que fue y el fluido de lo que será.”

Y “Por quererla perfecta, combaten a la que es buena”.

 

Director La Señal Medios / Area Periodística Radio Gráfica / Sindical Federal