La señora Sarlo, además de engañar y confundir a los lectores, ha ofendido gratuita y groseramente a mucha gente que está muy lejos de merecerlo.

SARLO, LA DEL 42

Por Gerardo Abruzzese

Usted es ofensiva con muchos que dejaron sus vidas en aquellos años convulsionados.
Son los primeros que merecen mi homenaje.
Fueron muchos.
30.000
No agravie su recuerdo.

 

 

Por Gerardo Abruzzese

 

“Entre el pasado y el presente  hay una filiación tan estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente. Si así no fuera la historia no tendría interés ni objeto. Falsificad el sentido de la historia y pervertís, por el hecho, toda la política. La falsa historia es el origen de la falsa política”

Juan Bautista Alberdi definía con estas palabras, escritas en su ancianidad, el papel fundamental que juega el estudio de la historia en la comprensión del presente de un País y de su Pueblo.

La mayoría de las personas  piensan que la Historia es aquello que leemos en los libros.

Pero no reparan en dos elementos fundamentales. Y ambos se reflejan claramente, en la reflexión  de Alberdi.

En primer lugar: los hechos son narrados por un historiador, que tiene su ideología, sus sentimientos, sus intereses, que narra los sucesos de acuerdo con una visión personal de ellos. Un mismo  acontecimiento tendrá, entonces, tantas interpretaciones como relatores.

El segundo elemento, que también se desprende de las palabras de Alberdi, es la continuidad permanente de los hechos y su incidencia en la vida de los Pueblos. Es  aquello de que “la vida es un devenir constante…” de Heráclito. Y así es. Todos los días que vivimos formarán parte, alguna vez, de la historia de nuestra comunidad, de nuestro País, de nuestro Pueblo.

De lo expuesto se infiere que el papel de los medios de comunicación es cada día más determinante en la vida de las sociedades, en su ordenamiento cultural, político, económico.  Aunque parezca exagerado, es innegable que cada pensamiento que se materializa en una nota periodística, un programa radial o un espacio en televisión pretende instalar en el lector, el oyente, el televidente, una conclusión que coincida con la del emisor del mensaje.

En este marco de análisis quiero dar mi opinión sobre el escrito de la señora Sarlo aparecido en La Nación del día 23 de enero pasado.

Lo hago por todo lo que expresé en el comienzo. Porque, si la historia nos ha mentido sistemáticamente es porque las mentiras no fueron suficientemente refutadas, o  los “aparatos editoriales y mediáticos” ayudaron a que prevalecieran las voces de la mentira.

Y lo hago, muy especialmente, porque la señora Sarlo, además de engañar y confundir  a los lectores, ha ofendido gratuita y groseramente a mucha gente que está muy lejos de merecerlo.

Con Beatriz Sarlo nos une una curiosa coincidencia; todo lo demás nos separa.

Esa única coincidencia que nos une es que los dos nacimos en 1942.

No es un detalle menor.

Haber nacido en el 42 quiere decir que cuando Perón llegó a la Presidencia de la Nación por primera vez teníamos 4 añitos, cuando Fidel llevó al triunfo la Revolución Cubana ambos estrenábamos 16 años; para el “Mayo Francés” ya andábamos por los 26, y cuando el “Cordobazo”  ya pisábamos los 27 (mes más, mes menos).

No nos contaron la historia. No la leímos en la revista Viva, ni en La Nación, ni en Noticias.

Fuimos contemporáneos de Evita y del Ché, de Onganía, de Lanuse y el “no le da el cuero…”, y del general Giap y la victoria vietnamita sobre el primer ejército del mundo.

Mientras escribo estas líneas, tengo mi lado el mismo ejemplar del “El medio pelo en la sociedad argentina”, editado por A. Peña Lillo, tal vez menos subrayado que el de la señora Sarlo  pero igualmente gastado por los años y la lectura.

Lo que quiero expresarle es que hemos caminado el mismo tiempo aunque, seguramente, con distintos zapatos. Quizás hayamos coincidido sin saberlo en alguna discusión política de aquellos tiempos. Era común que, después de clase, o del trabajo, los jóvenes de los 60 y 70 nos juntáramos.

Era casi un ritual: un par de guitarras para “sacudir un poco las broncas”, algún “tubo” de vino para “calentar” la garganta y, después, la discusión.

La discusión podía terminar  cuando cada uno se retiraba a su casa. O podía seguir hasta el día siguiente en algún bar trasnochado o en la habitación de algún hotel alojamiento donde con alguna compañera tratábamos de convencernos mutuamente que podíamos cambiar el mundo, que podíamos intentarlo juntos, y que sería para siempre (lo de cambiar el mundo)

Era lindo. Creíamos, sin ponerle nombre, en esa palabrita llamada “UTOPIAS” que luego sería tan bastardeada.

Y aquí disiento fuerte con la señora Sarlo. Ella afirma que el “medio pelo” se hizo peronista por rebeldía familiar. Para hacer algo distinto que sus padres.  También hubo de eso. Hubo jóvenes familiares de generales golpistas y, también, de encumbrados empresarios que se arrimaron y se subieron a ese tren arrasador que fueron los grupos juveniles de discusión política en esos años.

Pero la mayoría no venía de  lo que Jauretche llamó “medio pelo”. Eran jóvenes de “clase media” (que no es lo mismo, señora Sarlo).

Muchos jóvenes de esa clase media venían de hogares de trabajadores, de obreros industriales, que habían logrado ascender socialmente por efecto de aquel “heterodoxo fenómeno social” que significó el Peronismo del 45 al 55. Hijos de obreros, de empleados, de maestros, que habían logrado comprar su primera casa antes del 55. Y lo habían hecho sin dádivas ni favores oficiales; sólo con el fruto de su trabajo. De un trabajo que en esa época se respetaba y luego se dejó de respetar.

Y acá entra otra fecha que anda por estos renglones y que es fundamental: El 55.

Es posible que la memoria de la sexagenaria señora Sarlo le juegue ya una mala pasada. Y tal vez no recuerde ese tiempo.

Ya teníamos, ambos, 13 años. Yo recuerdo el bombardeo a los civiles en Plaza de Mayo el 16 de junio, y  el golpe de septiembre que derrocó al gobierno constitucional.

Recuerdo la intervención militar a los sindicatos, a las Cajas de Jubilaciones, la proscripción del peronismo, el encarcelamiento de dirigentes y simpatizantes.

En el 56 recuerdo los fusilamientos de José León Suárez.

En el 57  recuerdo el secuestro y posterior encarcelamiento ”a disposición del poder ejecutivo” de mi padre.

Tal vez usted se acercó a los grupos juveniles, comenzó a leer a Jauretche, a Scalabrini, a Hernandez Arregui, como quien va al psicólogo.

Pero hubo muchos que fueron a reclamar por dignidad, por libertad, por el fin de 18 años de proscripción, de golpes militares y de gobiernos civiles derrocados.

Me parece que su interpretación “fashion” de la rebeldía familiar es ofensiva con muchos de aquellos jóvenes de clase media.

Es ofensiva con miles de trabajadores que lucharon como pudieron por recuperar su dignidad   ¿O qué cree que representaba el “luche y vuelve”?.

Usted es ofensiva con muchos que dejaron sus vidas en aquellos años convulsionados.

Son los primeros que merecen mi homenaje.

Fueron muchos.

30.000

No agravie su recuerdo.

Usted también agravia la memoria de Jauretche, señora Sarlo. Usted distorsiona premeditadamente, como buena sofista, el pensamiento de Don Arturo.

Veamos: “El chico de la bicicleta que llevaba el precio de los granos desde las oficinas de Bunge y Born hasta los diarios para engañar a los desinformados productores”, hoy sería  obsoleto, señora.

Es imposible que usted lo ignore; hoy las informaciones viajan por Internet.

No creo que su edad le impida entender lo que esto significa. El chico de la bicicleta ha sido reemplazado por los modernos medios de comunicación.

Si Don Arturo hubiera vivido la época de los Bonos indexados por CER no se hubiera preguntado por el “chico de la bicicleta”. Pero seguramente, como ya lo hizo en el texto  “El estaño como método de conocimiento”, ubicado exactamente en la página anterior al que usted refiere, repetiría:

“Hace pocos días llevé a un industrial, que creía en la eficacia de las “encuestas”, a un café para mostrarle como actuaban los agentes de una investigación que había contratado. Los muchachos, a quienes se les paga por el número de planillas que llenan estaban reunidos a lo largo de dos mesas  y los formularios realternaban con los pocillos de café. Mi amigo industrial puso los ojos como “dos de oro” cuando oyó que unos a otros se preguntaban Y a éste, ¿qué le ponemos?, y así los iban llenando,”

Señora: hace muchos años comenzó  el vaciamiento del Estado.

Usted tiene 66 años como yo.

Debe recordar que todo esto comenzó con Videla y Martinez de Hoz.

Luego continuó con Sourrouille. Y llegó al apogeo en los 90.

¿Se acuerda, aún, de Menem?

¿Y de Cavallo, ex funcionario de los militares, luego de Menen y que remató su actuación con De la Rua?

¿Se enteró de los “cambios” que se hicieron en el Estado, y particularmente en el INDEC, en esos tiempos?

¿Se puso a averiguar cuánto y cómo crecieron las “consultoras”, esas que en EEUU llaman “lobbys”, esas que acá le envían “papers” semanales, le venden “pronósticos”, le recomiendan inversiones?

¡No me diga que usted estaba muy ocupada viajando por Columbia, Berkeley, Maryland, Minnesota y Cambridge! Si es así la felicito.

Pero no siga agraviando. No siga ofendiendo.

Aunque le paguen  bien la nota.

Piense antes de escribir de cosas que no conoce.

Fíjese que los empresarios que han tratado a Moreno cuentan que es “duro, difícil, pero muy inteligente y, fundamentalmente, honesto”.

No es poco. ¿No le parece?

¿Y de los técnicos actuales, la gran mayoría rescatados del ostracismo al que los habían condenado las “administraciones” anteriores?

No ofenda. Son muchos y buenos.

Si quiere aprender algo del tema de las estadísticas, la metodología, los procedimientos y demás asuntos, trate de conseguir que la inviten a alguna de las reuniones informativas que periódicamente realizan con organizaciones sociales y empresarias.

Los peronistas llevamos una mochila muy pesada que tenemos que terminar de aliviar.

Debemos demostrarle a la gente que lo de Menem  no fue peronismo.

No espero que usted nos ayude.

Pero, mientras tanto: Ocúpese de lo que sabe: Letras.

Siga con su cátedra en la UBA .

Me hubiera gustado ser alumno suyo.

Seguramente hubiéramos discutido mucho.

Pero de frente.

Sin el diario La Nación de por medio.

 

 

Gerardo Abbruzzese