La presencia del Papa Francisco en Irak y su encuentro con el ayatollah Ali al-Sistani involucran un antes y un después. Un relanzamiento de la Multipolaridad.

EL PAPA EN IRAK

Por Gabriel Fernández

El mensaje del Papa en Erbil y Mosul resultó de una contundencia fascinante. La fraternidad es más fuerte que el fratricidio, la paz es más fuerte que la guerra, Dios tiene la última palabra no el terrorismo y la muerte (junto al desarrollo de esos mismos conceptos que incluimos en la tenaz cobertura diaria de la visita), fueron frases pronunciadas en territorios que todavía sangran.

 

 

Por Gabriel Fernández *

Radio Gráfica

7 marzo, 2021

 

El Papa en Irak. La desesperación de los EE.UU. y la OTAN. La realidad labra su verdad. Las dificultades del Norte. La economía de los emergentes. La moral genuina. El coraje físico y el acierto político. Me animo, y voy. El sentido de la paz.

No es fácil comprender el proceso en el cual uno mismo está inserto.

El andar cotidiano involucra tantos desafíos cortos y directos que zanjarlos complica la mirada abarcativa.

Retomemos aquí nuestras Fuentes Seguras de corte internacional.

La presencia del Papa Francisco en Irak y su encuentro con el ayatollah Ali al-Sistani involucran un antes y un después bien puntual así como, dentro de una transformación gigantesca, un relanzamiento de la Multipolaridad.

Ese impulso es potente porque emplea como trampolín la zona evaluada punto débil del cambio de época.

Medio Oriente es el lugar donde el capital financiero, a través de los ejércitos regulares de un Occidente en baja y de sus formaciones de mercenarios, ha pretendido horadar el futuro global y generar distorsiones que perjudiquen el desarrollo equilibrado de otras regiones.

Sigue habiendo un Gran Juego allí; la tendencia a su resolución desespera a los dinamiteros de la historia.

La desesperación se evidencia en las respuestas a través de sus espacios de difusión.

Desde la confusión vulgar sobre el concepto “Islámico” para identificar a Irán, Siria y el Líbano con el terrorismo que hostiga a Irán, Siria y el Líbano, hasta el ocultamiento liso y llano de uno de los sucesos más importantes de la historia contemporánea.

Causa gracia –y un poco de vergüenza ajena, digámoslo- recorrer algunos medios y descubrir que semejante hecho político jamás existió.

FUERZAS EN PUGNA.

Sin embargo, por debajo de la hojarasca, la realidad labra su verdad.

El planeta no es el mismo que hace un lustro y, mucho menos, que hace cuatro décadas.

Hay poder de fuego en manos de aquellos que otrora incendiaron Irak pero hay un entorno político internacional que deshace el vigor de quienes anhelan alzar las palancas que arrimen nuevas muertes.

Las escaramuzas persistirán, las provocaciones se desplegarán, pero otra Tormenta del Desierto no llegará tal y como la necesitan pues los volúmenes de los estados reconvertidos, rearmados y sutilmente articulados en diseños que los argentinos conocemos como Tercera Posición y Comunidad Organizada, ya no son un hueso sencillo de roer.

Aunque el elemento determinante en última instancia es el crecimiento mencionado –el bloque euroasiático e Irán son ejemplos sorprendentes y sus numerosos aliados van recorriendo el sendero- queremos hacer un alto para apuntar que la moral genuina, bien lejos de la moralina zonza difundida a diario, incide sobre los acontecimientos.

No puede ignorarse que la frutilla en el postre de la visita papal fue el encuentro cara a cara con el máximo líder islámico chiíta del lugar; estos dos hombres políticos encarnan fuerzas espirituales masivas y potentes.

Cuál es el sentido del párrafo anterior. Lo que está ocurriendo en Medio Oriente, derivado de las  variadas crisis financieras entre las cuales brilla la explosión del 2008 y del fortalecimiento de las zonas que apostaron al desarrollo productivo y la generación de empleo, es también el tanteador obtenido por el desquicio destructivo de los norteamericanos y la OTAN en sus incursiones sobre territorios ajenos.

La fragmentación nacional impuesta a Irak y a Libia, los crímenes por diversión de las tropas democráticas, las torturas colectivas a pobladores civiles, la risa de esa comandanta embarazada mientras llevaba con una correa a un detenido de guerra, el linchamiento en Libia de Muammar Kadhafy por parte de una horda de fascinerosos, las ejecuciones y mutilaciones perpetradas por Al Qaeda, el Daesh y hoy el Estado “Islámico”, dejaron su huella.

En vez de promover un rastro de temor, forjaron la determinación de pueblos que señalaron Nunca Más y de dirigencias que, al contar con los recursos adecuados, estimaron que la brutal irresponsabilidad de los gobiernos de los Estados Unidos y sus adláteres europeos debía ser controlada.

Esto es, quedaron a la luz aquellas enseñanzas de José de San Martín y Napoleón Bonaparte –al lado de los cuales Lloyd Austin es un pobre hombrecito- acerca de la trascendencia concreta que reviste el comportamiento adecuado, justo, de los vencedores.

Lo habían apuntado, por vías separadas aunque luego pasaran a formar parte del mismo río, Sun Tzu (generosidad) y Confucio (respeto).

Por estos pagos semejantes legados fueron reducidos al toma y daca de la estrategia traducida a lenguaje empresarial, erradicando por baladí el fuerte de la idea: el éxito militar necesita estar acompañado de grandeza y la misma, entonces, se encauza como triunfo político.

Volvemos al arranque de esta reflexión.

¿Quién gana las guerras?

El que produce más acero.

Pero también el que establece, desde la conducción, un nexo firme con el interés geoeconómico de su pueblo.

Ahora y en proyección, las realidades económicas de los protagonistas brindan la posibilidad de limitar avances y hasta imponer condiciones, al menos, sobre las zonas de influencia.

De allí que la reunión entre Bergoglio y Al-Sistani reflejara una multiplicidad de factores enlazados que dan cuenta de la nueva realidad.

El antes y después puntual –nunca un Papa había llegado hasta ahí- y la plataforma para el relanzamiento de un camino de largo alcance cuyo amanecer apenas logramos atisbar.

EL NORTE, Y EURASIA.

Irak, gigantesco productor de petróleo, fue saqueado entre el 2001 y el 2011.

Eso generó un problema apreciable para China pero también una solución táctica con derivación estratégica, pues la absorbente industria del coloso fue rápidamente abastecida por Irán y Rusia.

Es sabido que los amigos se cotizan, en las buenas y en las malas.

Al mismo tiempo, permitió una revelación de fondo: los Estados Unidos gastaron más dinero en la década de ocupación, financiando a las empresas de Defensa, que los beneficios que obtuvieron por el robo del crudo.

El fisco norteamericano se deterioró, su PBI empezó a descender y el paliativo no fue otro que la emisión de una moneda mundial sin respaldo; el dólar.

La transferencia de recursos que por décadas empobreció la periferia, se aplicó puertas adentro del imperio, a niveles colosales.

Entre el salvataje de bancos deficitarios que dejó de lado la filosofía de los mejores ganan y quien decae merece quebrar y el fabuloso caudal de recursos públicos destinado a sostener ejércitos con sueldos y pertrechos en regiones lejanas, la economía de la locomotora se fue desvaneciendo mientras Eurasia se ponía de pie con fórmulas sencillas: control estatal, esquema mixto con firme carga impositiva, presencia de los bancos públicos en el sistema financiero, inclusión de grandes franjas poblacionales al consumo, exportaciones con creciente valor agregado.

Eso que llaman populismo.

El proceder del gran capital financiero desde la victoria de Ronald Reagan en los Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña con el Consenso de Washington como programa resultó equivalente a la barbarie antes descripta al referirnos a la invasión sobre Irak.

Todo lo existente pasó a ser absorbido por ese agujero negro que, a cambio, sólo ofreció papeles en primera instancia y luego compras y ventas de sus sucedáneos a través de internet.

La gran nación del Norte, que otrora se desplegó merced a políticas productivas y luchas sindicales, demonizó a sus referentes acusándolos de improductivos. Y así fue dejando de elaborar bienes de producción y consumo.

Mientras por estas horas insiste en el camino de la perdición, una parte de Europa, también opacada, está comprendiendo la trampa y despegándose -tarde, pero tarde- del hundimiento.

Como resultado de la ecuación, junto al emerger de los emergentes, emergió Jorge Bergoglio al frente de una institución que se negó a desaparecer tras muchos años de oficiar como alivio para las culpas de los poderosos y justificadora de los peores atropellos.

El viraje fue, ante todo, inteligente: La fluidez con la cual se despliega el discurso productivo y anti usurario del jefe vaticano se debe al ensamble natural con el mensaje histórico de un cristianismo que fomentaba la caridad, el compartir y el debatir en ecclesia, origen real del concepto de asamblea.

Durante largo tiempo resultó perceptible la incomodidad de curas y laicos que, ligados a la Iglesia por esos valores, identificados en su andar cotidiano con las clases populares, observaban la contradicción flagrante entre la realidad y el pomposo decir de la jerarquía romana.

FRANCISCO EN IRAK. Volvemos.

El mensaje del Papa en Erbil y Mosul resultó de una contundencia fascinante.

La fraternidad es más fuerte que el fratricidio, la paz es más fuerte que la guerra, Dios tiene la última palabra no el terrorismo y la muerte (junto al desarrollo de esos mismos conceptos que incluimos en la tenaz cobertura diaria de la visita), fueron frases pronunciadas en territorios que todavía sangran.

Dos días antes, apenas minutos después de iniciar la visita, había involucrado a toda la comunidad internacional en la construcción de la paz medio oriental.

Algunos oídos ardieron enseguida. No sólo los de aquellos criminales de los años 90 y la primera década del siglo, sino también los de protagonistas más recientes.

Cómo no señalarlo: Los sensores auditivos de los que acabaron con la vida de Qasam Soleimaini y de quienes bombardearon poblaciones iraquíes con la declarada intención de asesinar “militantes” de Hezbollah que cooperan con la reconstrucción vecina.

(La prédica global se despliega.

Esa acción comunicacional tan conocida por estas playas de identificar la militancia política con el Eje del Mal, está haciendo escuela y desparramándose por el mundo).

El lector sabrá disculpar a este cronista habitualmente apegado a los datos materiales.

Sucede que al habernos implicado en una temática con indudables rasgos espirituales, vamos a avanzar un poco más en reflexiones curvas que, como el sable del Libertador, al salir salen cortando.

Efectuamos  un apunte arbitrario e incomprobable que consideramos válido y genuino desde hace muchos años: la valentía física está relacionada con sus pares intelectual y política.

Es más, creemos que  buena parte de las defecciones conceptuales se asientan en la cobardía de algunas referencias con voz estentórea y realidad vital roncadora.

A ver: el Papa podría haber lanzado un mensaje intenso por la paz en Medio Oriente desde Roma, y lo habríamos valorado en profundidad.

Los mismos financistas guerreros se hubieran ofuscado y los mismos pueblos que transitan arenas y montañas se hubieran alegrado.

Podría haberlo hecho, pero resolvió adentrarse en el centro mismo del conflicto.

Emitir desde allí.

Ese coraje brindó a los contenidos un plus notable, una densidad épica y una expansión multidimensional.

La imagen de los dos viejos referentes político espirituales frente a frente en un humilde manzil contiene un vigor que supera con holgura el recto andar musculoso de tropas occidentales que necesitan demasiados artilugios para moverse sobre arenas que se les tornan movedizas.

Así las cosas, con valentía, razones materiales y filosóficas, economías en crecimiento y ejércitos poderosos detrás, el Papa Francisco, el argentino, insufló nueva dinámica a la Multipolaridad.

Elaboró un éxito político concreto y dejó contra las sogas el derrotismo impuesto sobre los pueblos por el andamiaje periodístico occidental y su contracara, el derrotismo auto determinado de quienes, con pretensiones anti imperiales, siempre se piensan perdedores.

Nada de animémonos y vayan. Bergoglio (se) dijo me animo y voy. Nada de buenos pero vencidos. Si esta causa es justa, es preciso imponerla.

Así lo expresó:

“Sabemos qué fácil es contagiarnos del virus del desaliento que a menudo parece difundirse a nuestro alrededor.

Sin embargo, el Señor nos ha dado una vacuna eficaz contra este terrible virus, que es la esperanza que nace de la oración perseverante y de la fidelidad cotidiana a nuestro apostolado.

Con esta vacuna podemos seguir adelante con energía siempre nueva, para compartir la alegría del Evangelio”.

Papa Francisco / 5 de marzo 2021 / Catedral Sayidat Al-Nejat, Nuestra Señora de la Salvación, Bagdad.

Para entender que el mundo está cambiando, es preciso admitir que el mundo ya ha cambiado.

 

*Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal