Felipe Pigna devela aspectos polémicos del movimiento político fundado por Juan Domingo Perón

LOS MITOS (4) – LA ARGENTINA PERONISTA (1943 – 1955)

Por Felipe Pigna

Pocos procesos de la historia argentina despiertan tanto interés, local e internacional, como el que marca los orígenes, consolidación y perdurabilidad del peronismo. Es seguramente uno de los fenómenos históricos de características más particulares en América latina y el mundo

NAC&POP

05/03/2021

Por Felipe Pigna

A Federico Peña, Víctor Sokolowicz, Fredy Grunberg,

Guillermo Giambiagi, Ricardo Cárcova, Graciela Ocampo

y Gilda Belatti, amigos de

la vida, por orden de aparición.

Introducción

El peronismo es, sin dudas, uno de los temas más apasionantes de la historia argentina.

Y en este caso, el adjetivo se aplica de manera literal, porque sigue despertando pasiones, en un país cada vez menos apasionado por la política.

Trabajar el tema históricamente, desde la perspectiva y con la metodología con que lo vengo haciendo en esta colección, implica ser políticamente incorrecto, porque lo que me mueve, como en los tres tomos anteriores, es ayudar a pensar y a pensarnos históricamente, sin la pretensión de ser complaciente con nadie, ni con unos ni con otros.

Pero, además, el peronismo en sí es incorrecto por definición.

Llegó para poner un antes y un después en la historia argentina.

Recorrer su historia es un viaje vertiginoso en el que vale la pena embarcarse —y sé que esto es muy difícil— con la menor cantidad de prejuicios posibles.

En esto los lectores más jóvenes correrán con cierta ventaja.

Juan Domingo Perón fue y sigue siendo el único argentino que llegó tres veces a la presidencia.

Surgido a la política en un momento clave de la historia nacional y mundial, construyó su plataforma de lanzamiento ubicando en un rol protagónico a un actor social postergado históricamente a papeles más que secundarios: el movimiento obrero argentino.

Planteó una alianza de clases, imaginando que la burguesía argentina estaría dispuesta a renunciar a parte de sus privilegios para garantizar la paz social y el progreso nacional.

Intentó seducirla pero fue inútil.

La gran burguesía argentina, todavía mucho más terrateniente y financiera que industrial, profundamente conservadora y elitista, desconfió de las intenciones de Perón y dejó manca la alianza planteada.

Perón debió reemplazar a la burguesía por el Estado, con todas las consecuencias positivas y negativas del caso.

El Estado peronista, impulsado por Perón y Evita, significó el momento de la historia argentina de mayor transferencia de ingresos hacia los sectores populares, que accedieron a niveles inéditos de participación en la política, la salud, la educación, el consumo y la inclusión social.

Este crecimiento geométrico del rol de un Estado que se transformó en benefactor y empresario, ampliando y dinamizando los servicios públicos —como los transportes, el gas, la electricidad y el agua corriente—, tuvo también su aspecto negativo en la imposición

de la censura, la persecución a los opositores y el culto a la personalidad de la pareja gobernante.

Son cuestiones que analizaremos detenidamente a lo largo de este trabajo, sin dejar de llamar la atención sobre la autoridad moral de ciertos críticos de los rasgos autoritarios del modelo peronista que, cuando lo desplazaron del poder, ejercieron en nombre de la «libertad» un despotismo casi sin precedentes en la historia argentina, encarcelando y torturando a miles y fusilando a decenas de argentinos.

Quiero terminar agradeciendo a mis lectores, oyentes y televidentes — categorías no excluyentes sino afortunadamente complementarias— por el afecto permanente que me brindan en cada charla, en cada firma de ejemplares, cuando me los cruzo por alguna calle de nuestra amada Argentina que tengo la suerte de recorrer por ustedes y para ustedes, y me acercan desde un dibujito hasta una carta o un libro.

Conversamos sobre el pasado y el presente, sobre sus logros, problemas y posibles soluciones, y me brindan un «no aflojes», un «aguante», un «muchas gracias».

Este libro pretende ser, entre otras cosas, un reconocimiento a todo lo que recibo de ustedes, el fin primero y último de mi trabajo.

Buenos Aires, octubre de 2008.

Los primeros octubres de Perón

Todo lo que hagas, hazlo a propósito, o adecuadamente, para alcanzar el objetivo; hazlo acabadamente, no de manera superficial. Ve hasta el fondo de las cosas. Todo lo hecho a medias o conocido a medias no es, en mi opinión, ni hecho ni conocido en absoluto.

Carta de LORD CHESTERFIELD a su hijo [1]

En 1895 el Estado argentino levantaba el segundo Censo de nuestra historia.

La población total alcanzaba casi los cuatro millones de habitantes.

En Buenos Aires vivían unas 700.000 personas, de las cuales más de la mitad eran extranjeras.

La Argentina se debatía en una nueva crisis económica que encendía todos los reflejos aprendidos en sus antecesoras de 1873 y 1890.

El presidente José Evaristo Uriburu estaba gravemente enfermo y el general Julio Argentino Roca, «héroe del desierto», presidente del Senado y número uno en la línea sucesoria, estaba de vacaciones en una de sus estancias en Córdoba.

Mientras esto ocurría, seguramente ajena a todos estos avatares, y según la versión canónica, el 8 de octubre de aquel año, doña Juana Sosa Toledo (1875-1953) daba a luz a un niño al que llamó Juan Domingo, en homenaje a sus dos abuelos: Juan Irineo Sosa y Dominga Dutey.

El General recordaría, muchos años después, que en realidad había nacido el 7 de octubre de 1893 y que su padre, Mario Tomás Perón, lo anotó como «hijo natural del declarante» con una demora de dos años.

Lo de «hijo natural» no pasará desapercibido por la vida de Perón y así pensaba al respecto:

Ese hijo no tenía padre y la ley argentina prohibía hasta investigar la paternidad del recién nacido.

Pero sí se castigaba el adulterio de la mujer y ese hijo pasaba a ser un bastardo.

Al padre se lo eximía de toda culpa y al hijo se le cerraban las puertas del futuro.

¿Eso era justo?

Nosotros hicimos una ley que daba al hijo natural los mismos derechos que al hijo legítimo. […]

Las leyes estarán siempre hechas por adúlteros que ignoran que no hay hijos ilegítimos sino padres ilegítimos[2].

Don Mario era hijo de Tomás Liberato Perón, senador mitrista y médico destacado durante la Guerra del Paraguay.

Habría sido el primero en aplicar la vacuna antirrábica en el país y llegó a presidir el Consejo Nacional de Higiene.

Mario Perón había decidido seguir los pasos de su padre; pero abandonó los estudios de medicina por razones de salud y se radicó en Lobos, provincia de Buenos Aires, para dedicarse a una pequeña producción agrícola-ganadera.

Tenía 23 años cuando conoció a Juana, una muchacha de 17, «criolla con todas las de la ley», al decir de Perón, que como muchos paisanos aunaba sangre indígena y española. En 1891 nació Mario Avelino, el primer hijo de la pareja que, «no estaba legalmente constituida».

En los últimos años creció la polémica sobre el lugar de nacimiento de Perón.

A la versión tradicional, que ubica su casa natal en la calle Buenos Aires 1380 de Lobos, se le opuso la afirmación impulsada fundamentalmente por el doctor Hipólito Barreiro —uno de los médicos del General en el exilio—, quien en su libro Juancito Sosa, el Indio que cambió la Historia, sostiene que Juan Domingo nació en Roque Pérez.

Al trabajo de Barreiro se ha sumado últimamente el libro Perón ¿cuándo y dónde nació?, de Oscar Domínguez Soler y Alberto Gómez Farías, publicado por la Universidad de La Matanza, que aporta un valioso material documental en apoyo de esta hipótesis.

El acta de bautismo de Perón data del 14 de enero de 1898. En la ceremonia celebrada en la parroquia de Lobos, en la que no estuvo presente su padre, fue bautizado como Juan Domingo Sosa, hijo natural de Juana Sosa.

Nuestros paisanos, los indios

El futuro líder de los trabajadores pasó su infancia como miles de chicos del campo, montando a caballo y compartiendo el mate, las anécdotas y las fascinantes historias de aparecidos y luces malas con los peones.

Su abuelo había recibido de su amigo, el doctor Eulogio del Mármol, el cráneo del famoso gaucho Juan Moreira[3], ultimado por el soldado Andrés Chirino el 30 de abril de 1874 contra los tapiales del boliche«La Estrella» en Lobos[4].

Cuentan que Juancito asustaba a una de las mucamas corriéndola por la casa portando la célebre calavera que sería donada finalmente al Museo de Luján.

Su primer amigo fue el domador Sixto «el Chino» Magallanes, quien lo inició en el arte de montar y en la pasión por los caballos y los perros, que lo acompañaría para siempre.

Para fines de siglo, la situación económica de los Perón se volvió difícil y don Mario decidió probar suerte en la Patagonia.

Firmó un contrato con la empresa Maupas Hermanos, una administradora de estancias ovejeras, y hacia allí marchó en avanzada con sus peones; él, en barco y sus empleados, en arreo a caballo, recorrieron 2000 kilómetros hasta llegar a la tierra prometida: una estancia al noroeste de Río Gallegos, Santa Cruz.

Doña Juana y los chicos se quedaron en Lobos esperando la llamada de Mario, que llegaría un año más tarde.

La estancia patagónica implicó un mundo lleno de aventuras para los hermanos Perón.

Allí Juancito, cuando tenía ocho años, recibió el primer regalo de su padre: una carabina 22 con la que el pequeño aprendió a cazar.

Aquellas expediciones en compañía de su padre y su hermano fueron el primer contacto con un paisaje que años después describiría minuciosamente en su libro Toponimia patagónica de etimología araucana.

Muchos años más tarde, convertido ya por la vida y la historia en un anciano y exiliado general, rememorará:

Siempre recuerdo un caso que quedó grabado en mi pobre imaginación infantil: se trataba de un indio, de los que aún quedaban dispersos y abandonados en la inmensa Patagonia.

Un día llegó a mi casa y pidió hablar con mi padre; él lo atendió como a un gran señor.

Le habló en su propio idioma y lo recibió con el usual «Marí-marí».

Enseguida entraron en confianza.

El indio se llamaba Nikol-man, que significa Cóndor Volador.

No tenía el indio más que unas pocas pilchas y su caballito tordillo.

Presencié la entrevista porque mi padre me hizo quedar, tal vez para darme una lección de humanismo sincero.

En esa oportunidad mi padre le dijo que podía instalarse en el campo, y le asignó un potrero donde le construyó una pequeña vivienda como las que usaban entonces los indios, media casa y medio toldo.

Le regaló también una puntita de chivas.

Cuando le pregunté a qué venía tanta consideración con un indio, me respondió: «¿No has visto la dignidad de este hombre?

Es la única herencia que ha recibido de sus mayores.

Nosotros los llamamos ahora indios ladrones y nos olvidamos que somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos»[5].

Según Pavón Pereyra, don Mario daría a sus hijos lúcidas lecciones de historia, no exentas de cierta poesía:

«¿Saben por qué en el campo la soledad es más grande que el horizonte?

Porque el general Roca asesinó a los únicos seres humanos de esta llanura.

Tanto es así que entregaron la vida luchando por su tierra.

Los indios pampas, los tehuelches, los pehuenches, fueron masacrados en nombre de la civilización.

Ahora sus hijos son parias del destino.

Roca les robó la tierra y la repartió entre sus lugartenientes.

Algunos se quedaron con ella, pero la mayoría la vendió a acaudalados porteños.

Así nació la oligarquía terrateniente, que sumergió al descendiente del aborigen aún más con el transcurso del tiempo y que limitó posteriormente, el acceso político de la inmigración europea a la propiedad de la tierra.

Éste es el origen de la pobreza de la gente», nos decía. «Los pobres de hoy son tratados como extraños, en la tierra que fue de sus antepasados»[6].

 

El frío y el viento eran dos hermanos.

Si en Lobos la economía familiar no andaba muy bien, en el sur las cosas no mejoraron, con el agravante de que la vida cotidiana se volvía más complicada por un clima hostil y fríos extremos que perjudicaban la salud de los chicos.

Todo esto llevó al matrimonio Perón a tomar la decisión de mudarse al clima un tanto más benévolo de Chubut. La imagen y el espacio que ocupaba Doña Juana crece proporcionalmente a las dificultades que tiene que afrontar la familia: «Veíamos en ella al jefe de la casa, pero también al médico, al consejero y al amigo de todos los que tenían alguna necesidad»[7], recordará años más tarde el único argentino que llegó tres veces a la presidencia de la República. Doña Juana tenía un especial don para las curaciones domésticas, que la llevaría a ejercer de comadrona, con el pequeño Juan Domingo como asistente. También le gustaba acompañar a sus hijos y a su compañero,

 

montada a caballo, cuando salían de cacería. Mario era un hombre duro, al que no le temblaba la mano si había que «disciplinar» a los chicos y no le hacía asco al rebenque.

 

 

Para servir a la patria

Juancito se trasladó a Buenos Aires y se instaló en la casa de la abuela paterna, Dominga Dutey, para estudiar en la escuela ubicada en la calle San Martín 548 y luego en el Colegio Internacional Politécnico de Olivos. No era lo que se dice un buen alumno, pero sí un gran apasionado por todos los deportes.

Perón recordaba...a los diez años yo no pensaba como un niño sino casi como un hombre.

En Buenos Aires me manejé solo y las faldas de mi madre o de mi abuela no me atraían como a otros chicos de mi edad.

Pretendía ser un hombre y procedía como tal.

Es lógico que a más de dos mil kilómetros de mi casa tenía muchas oportunidades de probarme[8].

Cuando cumplió los 15, comenzó a estudiar las materias para ingresar en la Facultad de Medicina.

Parecía dispuesto a seguir la tradición familiar y los deseos de su padre.

Pero muy pronto, influido por varios compañeros de la secundaria, rindió y aprobó el examen de ingreso al Colegio Militar. Por ser quinto en el orden de mérito, consiguió una beca de apoyo económico.

Para 1911 el muchacho ya era un flamante cadete que iniciaba una carrera que nadie podía imaginar hasta dónde llegaría.

La vida militar no le trajo al joven Perón mayores dificultades.

Era un muchacho saludable, curtido, que había enfrentado los climas patagónicos y había sobrellevado sin problemas el estar lejos de su familia.

Era buen jinete y estaba acostumbrado al uso de las armas, el esfuerzo físico y las incomodidades de la vida al «aire libre».

La eterna hipótesis de un potencial conflicto armado con Chile había dotado al Ejército Argentino de cierto dogma ofensivo, acorde al que impulsaba la escuela prusiana que formaría en diversas materias a aquellas camadas de cadetes.

Uno de los oficiales más influyentes en la formación de Perón fue el general Colmar von der Goltz, autor de La Nación en armas (1883), que difundía la teoría del general y teórico prusiano Karl von Clausewitz (1780-1831).

A los tres tomos de su obra De la guerra, Clausewitz sostenía que los enfrentamientos entre seres humanos eran inevitables, por lo cual las naciones debían permanecer en pie de guerra, ya que, según entendía,«la guerra no es otra cosa que una prolongación de la política».

La biblioteca del oficial

Perón se recibió de subteniente de infantería el 13 de diciembre de 1913.

Su padre le regaló como tributo de graduación tres libros que lo marcarían para siempre: Vidas paralelas, de Plutarco; Martín Fierro, de José Hernández y Cartas de Lord Chesterfield a su hijo Philip Stanhope.

En Vidas paralelas, Plutarco (46-125 de nuestra era) recorre con un innegable afán didáctico y ejemplar la vida de los más célebres personajes de la cultura y la política de Grecia y Roma.

Se trata de una serie de biografías comparadas, como las de Teseo y Rómulo, los míticos fundadores de Atenas y Roma; los generales conquistadores Alejandro y César y los oradores Demóstenes y Cicerón, entre otros.

El libro influyó notablemente en el pensamiento occidental, le sirvió de base a Shakespeare para escribir sus célebres Julio César y Antonio y Cleopatra, y era uno de los preferidos de Napoleón y San Martín.

La influencia del Martín Fierro en Perón será enorme. Fuente permanente de citas para sus escritos y discursos, le gustaba recitar frente a sus visitantes varios de sus octosílabos de memoria. Dirá en una ocasión:

 

José Hernández cantó las necesidades del pueblo que vive adherido a la tierra. Todavía no se ha cumplido para el pueblo argentino la invocación de grandeza y de justicia que el Martín Fierro enseña. Nosotros hemos de tomar de él ese ideal ya cantado para llevarlo paulatinamente a la ejecución[9]

 

Pero de los tres libros recibidos de su padre, Perón destacaba siempre el de Philip Dormer Stanhope (1694-1773). Más conocido como Lord Chesterfield, había sido educado en francés y en inglés, fue camarero del  Príncipe  de  Gales  (el  futuro Jorge II), estudió en Cambridge y viajó por gran parte Europa. Con sólo 21 años llegó a ser miembro de la Cámara de los Comunes y en 1728 fue designado embajador en La Haya. Allí tuvo un cálido e «incorrecto» romance con Elizabeth Du Bouchet, fruto del cual nació su hijo Philip, a quien Lord Chesterfield destinará a partir de 1737 más de 400 cartas. El libro se ubica en las antípodas del Emilio de Rousseau[10], que reivindicaba la espontaneidad en la educación del «buen salvaje». Lord Chesterfield confía en los valores tradicionales y propicia una educación dirigida hasta en los más mínimos detalles. Es un libro absolutamente pragmático, en el que el autor se ocupa obsesivamente de que su hijo vea al mundo y a los hombres como son y no como deberían ser. He aquí algunos de los consejos de Lord Chesterfield que, según el propio Perón, tanto influirán en su formación política:

 

Solamente los locos intentan lo imposible; pero si algo es posible, siempre existe una manera de conseguirlo. Si un método fracasa, prueba otro. La gente odia a quien le hace sentir su propia inferioridad. Nunca parezcas más sabio que la gente que está contigo. Guarda tu conocimiento como un reloj de bolsillo y mantenlo escondido. No lo saques para contar las horas, pero da la hora cuando te la pregunten. La cultura se adquiere leyendo libros; pero el conocimiento del mundo, que es mucho más necesario, sólo se alcanza leyendo a los hombres y estudiando las diversas ediciones que de ellos existen. La ciencia es para nosotros en la vejez un cómodo refugio; pero si no la plantamos de jóvenes, no nos dará sombra cuando seamos viejos. Lo único que deseo para mi entierro es no ser enterrado vivo. Si te propones mandar algún día con dignidad, debes aprender a servir con diligencia. La profundidad de los políticos rara vez pasa de la superficie. Habla con tus inferiores sin insolencia. Pese a que estés seguro, muéstrate dudoso[11].

 

Atravesado por la realidad

El flamante oficial Perón cumplió sus primeros cinco años de servicio en el Regimiento 12 de Infantería de Línea, con asiento en Paraná. Los informes sobre su aptitud física lo califican de «muy bueno» y como un «oficial de porvenir». En 1914, su pasión por el boxeo lo llevó a fundar el Boxing Club de Paraná, De aquellos años formativos contará Perón:

 

Fue mi primer contacto con una realidad humana que contemplé con preocupación no exenta de emoción. Allí vi por primera vez, ya a conciencia, las miserias fisiológicas y sociales. En un país con 50 millones de vacas, más del 30% de los conscriptos era rechazado del servicio por debilidad constitucional, y los que se incorporaban venían semidesnudos, como provenientes de la mayor miseria[12].

 

El 2 de abril de 1916, en las primeras elecciones sin fraude de la historia argentina, Perón estrenó su libreta de enrolamiento votando, como muchos compatriotas, por Hipólito Yrigoyen. Dos años más tarde integró varias comisiones militares enviadas a reprimir las huelgas y conflictos sociales en la zona de La Forestal[13]. Allí pudo ver la miseria y la explotación en su punto más alto y la rapiña de la compañía británica que deforestaba impunemente amplias zonas de nuestro territorio, derribando miles y miles de monumentales y añosos quebrachos sin plantar un solo árbol. La Forestal, que monopolizaba la extracción y comercialización del tanino —muy demandado entonces por las industrias químicas y del cuero— llegaba a cortarles el agua y el suministro de comida a las familias obreras. Seguramente con otra visión de los hechos que la que tenía mientras transcurrían, dirá Perón años más tarde:

 

Si yo hubiera sido uno de esos obreros y me cortan el agua, los víveres y cuanto resulta indispensable para la subsistencia de mi familia y de mis compañeros, no hubiera aguantado tanto tiempo como los trabajadores de Villa Guillermina. Hubiese asaltado el almacén y hecho funcionar el agua por mi cuenta. Yo sabía perfectamente cuál era la misión del ejército en ese trance y la cumplí cabalmente. Más aún: tenía en cuenta las utilidades escalofriantes que estos monopolios británicos se llevaban del país todos los años, a costa de las privaciones y sufrimientos de sus obreros ¡y nosotros no podíamos estar de parte de los monopolios que saqueaban al país[14]!

 

Pero en otro texto Perón completa el panorama. Cuenta que un ejecutivo de La Forestal

 

insinuó que la empresa podía mostrarse más generosa si no hubiera tantos anarquistas infiltrados entre los peones. Les pregunté si tenían pruebas… y me mostraron unas fichas de la policía de la provincia. Les ofrecí un trato. Ellos aceptaban todas las demandas de los obreros, que me parecían legítimas, y el ejército se ocupaba de los ácratas […]. Empeñaron su palabra de honor en respetar el arreglo, por lo menos en Tartagal[15]

 

En noviembre de 1918, mientras se produce el desenlace de la Primera Guerra Mundial, escribe a sus padres una curiosa carta. En ella recoge la visión revisionista de la historia argentina, que estaba en las antípodas de la recibida en el Colegio Militar, donde había tenido como profesor nada menos que a Ricardo Levene, el pope de la historia liberal argentina:

 

Mis queridos padres: Hoy he recibido carta y me alegra mucho que estén buenos y contentos con el triunfo de las ideas aliadas; pero debo hacer presente que no está bien eso de la lista negra, por cuanto es un atropello a la libertad de comercio y yo la critico desde el punto de vista puramente neutral y argentino. Por la única que sentí siempre ser germanófilo fue porque Francia ha dado ejemplos de guerrera, pero también ha pecado grandemente de ingenua y se ha dejado arrastrar a la ruina casi, por oír los necios consejos de conquista comercial de la Pérfida Albión. No olvides papá, que este espíritu de patriotismo que vos mismo supiste inculcarme brama hoy un odio tremendo a Inglaterra, que se rebeló en 1806 y 1807 y con las tristemente argentinas Islas Malvinas, donde hasta hoy hay gobierno inglés; por eso fui contrario siempre a lo que fuera británico, y después del Brasil a nadie ni a nada tengo tanta repulsión. Francia e Inglaterra siempre conspiraron contra nuestro comercio y nuestro adelanto… Rosas con ser tirano, fue el más grande argentino de esos años y el mejor diplomático de su época… Rosas antes que todo fue patriota. Imaginas que habiendo seguido de cerca la historia nuestra y la inglesa pudiera tener simpatías por la Entente; al contrario; en Francia es disculpable porque en realidad siempre se dejó arrastrar por Inglaterra, tuvo esa mala debilidad. Y todavía ahora hay quien cree que en esta guerra se luchó por la justicia y la igualdad y al cabo de esta quimera los ingleses imponen al mundo su supremacía naval y tiranizan los mares; 50.000 veces peor que el militarismo y 100.000 más sectario que el kaiserismo imperial, porque obstaculizan al comercio universal; pero nos da un aliciente: Norte-América, que será la terrible enemiga de la Pérfida Albión, a pesar de que hoy se tiran con confites. Tiene que venir porque las dos son crápulas y harán un conflicto por rivalidades de oficio[16].

 

Perón fue trasladado al Arsenal Esteban de Luca en Buenos Aires y en enero de 1919 le tocó participar en la represión de la gran huelga obrera que pasará a la historia como la Semana Trágica[17]. Mientras algunos autores, como Milcíades Peña[18], sostienen que el joven oficial actuó decididamente del lado de las fuerzas represivas, su biógrafo oficial, Enrique Pavón Pereyra, pone en boca de Perón estas palabras:

 

Cuando los obreros se declaran en huelga, reclamando salarios, como en la Semana Trágica, se dijo que eran comunistas, que eran rusos; me inclino a pensar que eran solamente pobres argentinos azotados por las miserias fisiológicas y sociales[19].

 

En 1920 fue transferido a la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral en Campo de Mayo, donde sobresalió como instructor de tropas. Ya entonces se distinguía entre otros colegas por su especial interés y trato para con sus hombres, lo que prontamente lo convirtió en un militar carismático. Por aquellos años publica sus primeros trabajos en forma de contribuciones gráficas a la traducción del alemán de un libro de ejercicios para soldados y algunos capítulos de un manual destinado a aspirantes a suboficial.

En 1924, mientras el radicalismo se escindía entre los partidarios de Yrigoyen, llamados «personalistas», y los seguidores de Alvear, los «antipersonalistas», Perón

 

fue ascendido a capitán. Por entonces se destacaba en varios deportes, como la esgrima, disciplina en la que llegó a ser el campeón del Ejército. Su pasión por los deportes lo impulsó a promoverlos como una práctica habitual entre sus hombres e incorporó institucionalmente la práctica del básquet.

 

 

Gardel y Perón…

El joven oficial tenía su barra de amigos, con la que transitaba la noche porteña. Se los conocía como el «clan de las cuatro P»: Peluffo, Pirovano, Pedernera y Perón. Uno de los lugares preferidos de los muchachos era el mítico Palais de Glace de la Recoleta. Una de aquellas noches, pudieron disfrutar, desde la mesa más cercana al escenario, de la magia de Carlos Gardel. El Zorzal, que jamás podría imaginarse que estaba viendo de cerca al personaje con el que compartiría el lugar más alto del panteón nacional y popular, a poco de terminar su primera canción sorprendió a los miembros del clan con un «araca muchachos, con esa pinta, ¿sacaron la grande? ¿Me invitan un faso?». Se fueron del Palais agrandados por el privilegio de haber sido los elegidos por Gardel y decidieron volver a la semana siguiente y reservar la misma mesa. Pero esta vez Carlitos eligió otra mesa para lucir su mágica sonrisa y halagar a sus ocupantes con aquella frase «araca muchachos, con esa pinta…».

A principios de 1926, tendrá un nuevo destino: la Escuela Superior de Guerra. Durante tres años recibirá una intensa formación en cursillos y conferencias que influirán decisivamente en definir su interés por la estrategia militar, que tan útil le sería en su futura e impensada vida política.

 

 

Un militar en la «década infame»

Por esos días conoció a Aurelia «Potota» Tizón, una bella maestra de 17 años, concertista de piano y guitarra, que hacía trabajos solidarios para ayudar a niños con capacidades diferentes. El 5 de enero de 1929, se convirtió en la primera esposa de Perón.

A los 34 años, Perón era un capitán de muy buena formación profesional, casado con una digna representante de la respetada clase media. Se aprestaba a afrontar una nueva década que encerraría algunos de los acontecimientos más importantes del siglo, y estaba preparado para ser un testigo inteligente.

La vida política nacional se cruzó en su camino. Durante los meses previos al golpe de Estado que derrocó al presidente radical Hipólito Yrigoye, Perón trabajó a favor del movimiento. Sus líderes visibles eran los generales José Félix Uriburu[20] y Agustín Pedro Justo, que si bien coincidían en la metodología golpista para deponer a Yrigoyen, mantenían importantes diferencias sobre las formas políticas a aplicar a la

 

hora de ejercer el poder. Mientras Uriburu pretendía hacer una profunda reforma constitucional que terminara con el régimen democrático y el sistema de partidos para implantar un régimen de representación corporativa, Justo planteaba un modelo de gobierno provisional que convocara a elecciones en un tiempo prudencial y restableciera el clásico sistema de partidos con las restricciones que los dueños del poder creyeran convenientes, o sea, una democracia de ficción y fraudulenta. Esto llevó a que Justo permaneciera en un segundo plano durante los preparativos del golpe de Estado programado para el 6 de septiembre de 1930, pero no dejó de presionar a Uriburu a través de sus oficiales para introducir sus puntos de vista. No pocos oficiales y suboficiales se sumaron al golpe sin medir las consecuencias, sin tomar conciencia cabal del error gravísimo que estaban cometiendo. Uno de ellos, Perón, comentaba al respecto:

 

Yo recuerdo que el presidente Yrigoyen fue el primer presidente argentino que defendió al pueblo, el primero que enfrentó a las fuerzas extranjeras y nacionales de la oligarquía para defender a su pueblo. Y lo he visto caer ignominiosamente por la calumnia y los rumores. Yo, en esa época, era un joven y estaba contra Yrigoyen, porque hasta mí habían llegado los rumores, porque no había nadie que los desmintiera y dijera la verdad[21].

 

Perón advierte a la distancia la trascendencia del hecho y su influencia en el futuro político argentino:

 

Nosotros sobrellevamos el peso de un error tremendo. Nosotros contribuimos a reabrir, en 1930, en el país, la era de los cuartelazos victoriosos. El año 1930, para salvar al país del desorden y del desgobierno no necesitamos sacar las tropas de los cuarteles y enseñar al ejército el peligroso camino de los golpes de Estado. Pudimos, dentro de la ley, resolver la crisis. No lo hicimos, apartándonos de las grandes enseñanzas de los próceres conservadores, por precipitación, por incontinencia partidaria, por olvido de la experiencia histórica, por sensualidad de poder. Y ahora está sufriendo el país las consecuencias de aquel precedente funesto[22].

 

Finalmente, en su autobiografía recopilada por Enrique Pavón Pereyra, Perón concluye:

 

El 6 de setiembre terminó bruscamente la experiencia radical que había sido promovida por la ley del sufragio universal y por la intención participativa. Ese día histórico es el comienzo de una nueva etapa en la cual el gobierno será dirigido por las huestes de la oligarquía conservadora donde muchos de los que participaron y contribuyeron al éxito del golpe lo hicieron sin saber exactamente quién se movía detrás de ellos. La proclamación de la ley marcial desde el 8 de setiembre de 1930 hasta junio del ’31 puso en evidencia que había triunfado la línea del nacionalismo oligárquico[23].

 

Por lo pronto, el capitán halló un nuevo e inmediato destino: secretario privado del ministro de Guerra, aunque por sus inclinaciones justistas al poco tiempo fue removido por Uriburu, junto con todos los sospechados de la misma tendencia, y designado para patrullar la frontera con Bolivia. A su regreso, en noviembre de 1930, fue nombrado profesor de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra. Ya con

 

el general Justo en la presidencia y junto con su ascenso a mayor, en 1932 fue designado ayudante de campo del nuevo ministro de Guerra. Sus años en la Escuela Superior de Guerra le permitieron profundizar en la investigación de la historia militar, una pasión que lo llevaría a publicar El frente oriental de la guerra mundial en 1914, Apuntes de historia militar y un estudio detallado sobre la guerra rusojaponesa.

En 1936 fue destinado a Chile como agregado militar argentino y a fin de ese año ascendió a teniente coronel. Cumpliendo órdenes superiores, organizó una pequeña red de espionaje para obtener información de las fuerzas armadas chilenas. La información llegó a conocimiento de las autoridades, pero no intentaron detenerlo, probablemente porque el gobierno trasandino no deseaba dar un motivo a sus propios militares para demandar más presupuesto. Sin embargo, el escándalo estalló después de que Perón había dejado la agregaduría, y las acusaciones cayeron sobre su sucesor: el mayor Eduardo Lonardi. La inteligencia militar chilena, aprovechando que Lonardi era un recién llegado, le tendió una «cama»: a través de un contacto le ofreció ciertos datos secretos, nada menos que los planes ofensivos y defensivos que el Ministerio de Guerra chileno tenía previstos en caso de acciones bélicas contra la Argentina. Todo eso por sólo 75.000 pesos chilenos. Oficiales trasandinos simularon dejarse reclutar por un agente que venía operando para Perón y que siguió trabajando para Lonardi. El 2 de abril de 1938 entregaron los documentos falsos en el departamento de un matrimonio que formaba parte de la red de agentes argentinos. Lonardi estaba fotografiando los documentos y tenía consigo el maletín con el dinero cuando un grupo de integrantes de los servicios chilenos irrumpió en el departamento para arrestarlo por conspirador. Fue declarado persona non grata y debió abandonar Chile. La vida y la política se encargarían de volver a cruzar a Lonardi y Perón.

Para el matrimonio Perón, el regreso a Buenos Aires fue muy duro: a Aurelia le detectaron un cáncer de útero. Fue internada y operada de urgencia en julio de 1938; pero todo fue inútil y murió el 10 de septiembre de aquel año.

Mientras tanto, en Munich, el primer ministro inglés Arthur Neville Chamberlain, su colega francés Edouard Daladier, Adolf Hitler y Benito Mussolini firmaban el 29 de septiembre un pacto por el cual las potencias occidentales aceptaban la cesión de la región checoslovaca de los Sudetes a Alemania. El pacto, que se demostraría suicida para Francia y Gran Bretaña, legitimaba a Hitler como gendarme de Occidente frente a la posible expansión soviética.

Tras la muerte de su mujer, Perón trató de distraerse ayudando a su amigo, el padre Antonio D’Alessio, en la organización de competencias atléticas para los niños del vecindario. Poco después emprendió un viaje hacia la Patagonia. Recorrió miles de kilómetros en auto y regresó a principios de 1939. Fruto de aquel viaje y de prolongadas charlas con los caciques mapuches Manuel Llauquín y Pedro

 

Curruhuinca, fue su Toponimia patagónica de etimología araucana.

 

 

Europa, Europa

Perón vivirá intensamente la crisis política que atravesaba la Europa de preguerra en los mismos escenarios del viejo continente, lo que influiría decisivamente en su pensamiento. Según Perón, el ministro de Guerra, general Carlos Márquez, lo llamó a su despacho y le dijo:

 

Lo considero uno de los oficiales más capacitados. Quiero que se vaya usted inmediatamente para Europa. Le daremos credenciales como agregado militar, pero su verdadero trabajo será estudiar la situación. Queremos saber quién va a ganar la guerra y cuál cree usted que será la actitud de Argentina. Estudie usted el ejército italiano, especialmente sus escuelas de alpinismo; visite Alemania, hable con sus amigos de las fuerzas armadas —sus antiguos profesores alemanes—, y cuando haya formado una opinión, regrese para hacerme un informe exhaustivo[24].

 

Partió el 17 de febrero de 1939, a bordo del transatlántico italiano Conte Grande; iba en una misión de perfeccionamiento. Entre el 1.° de julio de 1939 y el 31 de mayo de 1940, sirvió en unidades alpinas del ejército italiano y asistió a una escuela de infantería de montaña. Los informes de sus instructores hablan de sus magníficas aptitudes. Durante este tiempo, Perón trató de que lo destinaran a Roma, pero el Servizio di Informazioni Militari de Italia, sospechando que en verdad quería dedicarse al espionaje, interceptó su correspondencia para analizar sus motivos. Descartadas las dudas, desde junio hasta diciembre de 1940 se desempeñó como asistente del agregado militar en la embajada argentina en Roma. Viajó a Budapest, Berlín, Albania y la frontera rusoalemana e ingresó brevemente en la URSS, cuando todavía regía el pacto entre Rusia y Alemania[25]. En Roma escuchó en Piazza Venezia a Benito Mussolini anunciar el ingreso de Italia a la guerra como aliada de Alemania. Aunque Perón comenta con entusiasmo su encuentro con Mussolini, es muy poco probable que éste se haya concretado. A fines de 1940, la Cancillería argentina ordenó el regreso al país de todo el personal militar que permanecía en el exterior.

 

 

Las ideas de Perón

Perón volvió fascinado de su viaje, y entusiasmado con las movilizaciones populares y multitudinarias de Hitler y Mussolini, que, pensaba, derivarían en una democracia social. Comprendió por primera vez, según sus propias palabras, la importancia de los sindicatos en la construcción del Estado. Dará numerosas conferencias sobre la situación europea, en las que dirá algunas de las cosas que años más tarde repetiría a sus biógrafos:

 

El fascismo italiano llevó a las organizaciones populares a una participación efectiva en la vida nacional, de la cual había estado siempre apartado el pueblo. Hasta la ascensión de Mussolini al poder, la nación iba por un lado y el trabajador por otro, y este último no tenía ninguna participación en aquélla. […] En Alemania ocurría exactamente el mismo fenómeno, o sea, un Estado organizado para una comunidad perfectamente ordenada, para un pueblo perfectamente ordenado también; una comunidad donde el Estado era el instrumento de ese pueblo, cuya representación era, a mi juicio, efectiva. Pensé que tal debería ser la forma política del futuro, es decir, la verdadera democracia popular, la verdadera democracia social[26].

 

Textos como el precedente son los que dan lugar a los enemigos de Perón a acusarlo de fascista. Lo curioso es que de este escrito, ya célebre, los oficiales de inteligencia de entonces, de aquel gobierno que lo había enviado a Europa, destacaron no la supuesta admiración por el fascismo y el nazismo, sino su destacado interés por la movilización de masas, por lo que «decretaron» que el oficial Perón podía ser un comunista potencialmente peligroso y lo destinaron al Regimiento de Montaña en Mendoza.

Ninguno de los autores que seriamente han estudiado la ideología de Perón lo califican como fascista. No confunden aquellas observaciones, hechas bajo cierto deslumbramiento, con una adhesión clara al fascismo que terminara por aplicarse en sus políticas de gobierno. Creemos que lo que primó en la ideología de Perón fue un notable pragmatismo que tomaba eclécticamente lo que podía serle útil de los diferentes modelos. Entre las teorías y experiencias políticas que influyeron en el pensamiento del fundador del peronismo se destacan las teorías keynesianas en las que se había basado Franklin D. Roosevelt en los Estados Unidos para llevar adelante su política de ampliación del mercado interno y fomento del empleo y el consumo, conocido como New Deal. También deben incluirse los ensayos políticos y sociales del fascismo, por ejemplo en el concepto de conciliación de clases frente a la lucha de clases planteado por el marxismo. Pero de manera similar incidieron la reivindicación del principio de «defensa nacional» como valor político esencial de primer orden, la Doctrina Social de la Iglesia e incluso algunos principios socialistas.

Tulio Halperín Donghi habla de un «desapego por la ideología». Señala:

 

Hay razones que van más allá de sus inclinaciones personales para su desapego por la ideología. La Europa que conoció, en que la etapa en que las democracias en retirada habían venido dejando creciente espacio para la polarización entre dos soluciones extremas, identificadas con ideologías antitéticas que ambicionaban imponer su sello en futuro, acababa de cerrarse con la cuasi alianza entre la Rusia socialista y la Alemania fascista, invitaba en efecto a dejar de lado cualquier intento de entender en clave ideológica el drama que así parecía acercarse a su culminación. Y esa lección europea se tornaba aún más persuasiva en cuanto el espectáculo que ofrecía la Argentina sugería conclusiones parecidas. […] Sin duda su acción política estuvo guiada por convicciones muy firmes mantenidas sin cambios sustanciales a lo largo de su carrera pública, pese a los frecuentes zigzagueos con que supo adaptarse con agilidad en ocasiones deslumbradora a las cambiantes circunstancias, pero esas convicciones no reflejaban adhesión a ninguna corriente ideológica definida […]; aun su admiración por la Italia fascista, que nunca creyó necesario ocultar […] no logró tampoco inspirarle una curiosidad demasiado viva[27].

 

Refiriéndose al mismo tema, afirma Arturo Jauretche:

 

Es muy posible que Perón estuviese influenciado por algunas cosas del fascismo italiano, no del nazismo, pero tuvo la habilidad de darse cuenta de que eso no andaba acá y se adaptó al país […]. Se puso a la cabeza de un hecho, que era el surgimiento de una nueva masa obrera, el cambio de relaciones económicas internacionales, la distinta situación del mercado interno con respecto al mercado mundial. Todo eso Perón lo vio… y vio la cosa, precisamente porque Perón no era fascista ni antifascista, era realista. […] Él percibió que la guerra había transformado totalmente al país y el mundo, y que la presencia de las masas obreras era ya definitiva en los países y especialmente en la Argentina […] que el poder de decisión estaba esencialmente en esas masas. Eso lo percibió enseguida, tanto es así que pidió la Secretaría de Trabajo[28].

 

Resulta también interesante el comentario que el exembajador inglés David Kelly escribió sobre el asunto en sus memorias:

 

Desde mi primera entrevista con Perón llegué a la conclusión de que era brillante improvisador, con un fuerte sentido político y gran encanto personal, pero sin interés alguno por la ideología nazi ni por ninguna otra. Sentía instintivamente, y estaba en lo cierto, que la masa desheredada del pueblo argentino ansiaba inconscientemente tener un caudillo[29].

 

 

 

En las filas del GOU

El 8 de enero de 1941, Perón fue destinado a una unidad en la provincia de Mendoza, como señalamos, para alejarlo de los focos conspirativos porteños, que estaban demasiado activos desde el comienzo de la guerra y habían acelerado sus actividades al conocerse el carácter terminal de la enfermedad del presidente Roberto M. Ortiz[30]. En Mendoza, Perón fue ascendido a coronel. Allí se fue consolidando una muy cercana relación con el general Edelmiro Farrell y con el teniente coronel Domingo Mercante. Farell fue designado al mando de la Inspección de Tropas de Montaña con sede en Buenos Aires, y el 18 de mayo de 1942 dispuso los traslados de Perón y Mercante a la Capital.

La Argentina de 1943 se preparaba para ver el entierro de aquella nefasta restauración conservadora, de aquella «década infame» empalagada de miseria, represión, negociados y fraude electoral que se había iniciado trece años atrás con el golpe fundacional del general Uriburu. Roberto M. Ortiz había renunciado por enfermedad a31la presidencia en junio de 1942. Lo sucedió su vicepresidente, el conservador Ramón S. Castillo[31], quien retomó las prácticas fraudulentas y trabajó para asegurar el triunfo de Robustiano Patrón Costas, un terrateniente y prominente conservador salteño simpatizante de los aliados, en las futuras elecciones presidenciales. La oposición había conformado la Unión Democrática, una alianza política conformada por la Unión Cívica Radical y los partidos Demócrata Progresista, Socialista y Comunista. En su plataforma anunciaba su propósito de garantizar «la libertad de pensamiento y de reunión» y el «respeto por los derechos sindicales», junto con «la solidaridad activa con los pueblos en lucha contra la

 

agresión nazifascista». Parecía seguro que, de no mediar el fraude, la Unión Democrática se impondría en los comicios. A los nacionalistas de derecha les preocupaban tres posibles efectos de este triunfo: el alineamiento de la Argentina con los aliados, la continuación de las políticas liberales de subordinación económica y la presencia de socialistas y comunistas en el Parlamento nacional.

Al conservador Castillo le tocó enfrentar una situación política muy complicada.

La neutralidad argentina frente a la Segunda Guerra Mundial sufría el permanente torpedeo de los Estados Unidos que, desde su tardío ingreso en la contienda, buscaban alinear a todo el continente en el bando de los aliados. Esa presión tuvo efecto en algunos sectores de la sociedad civil y militar, y contribuyó a que se asociara la neutralidad con ciertas simpatías hacia el Eje nazifascista. A importantes sectores del Ejército les comenzó a preocupar la idea de que Castillo terminara cediendo a la ofensiva de los Estados Unidos. Como trasfondo, la sociedad argentina se transformaba aceleradamente, en un proceso social que pasó casi desapercibido para la mayoría de los dirigentes políticos de la época, demasiado inmersos en sus cuestiones de comité: el proceso de migraciones internas que llevó a casi un millón de personas a trasladarse del campo a la ciudad de Buenos Aires y sus alrededores, con todo lo que ello implicaba política y culturalmente en el nuevo mapa electoral del país.

Para 1943 el bando militar estaba dividido entre los que apoyaban a los aliados, los que estaban a favor de la neutralidad y los que simpatizaban con el Eje. En Campo de Mayo surgió una logia militar que sería conocida por sus siglas: el GOU. Su organización fue tan secreta que no se conoce a ciencia cierta qué significaban esas iniciales: para algunos, «Gobierno, Orden, Unidad»; otros la traducen como

«Grupo Obra de Unificación» y otros como «Grupo de Oficiales Unidos». Los temas más convocantes para el grupo eran el repudio al fraude electoral de la década infame; la necesidad de resistir las presiones para salir de la neutralidad y el miedo a la toma del gobierno por un «frente popular» dominado por los comunistas. Pero el GOU tenía una debilidad: la mayoría de sus miembros ocupaban cargos administrativos y no tenían comando de tropa. Esta situación mejoró cuando el general Pedro Pablo Ramírez fue nombrado ministro de Guerra de Castillo; con él los muchachos del GOU se aseguraban puestos en el poder y el control de toda la estructura castrense. Como se esperaba, Ramírez nombró a miembros del grupo en áreas clave. En enero de 1943 murió el general Justo. La muerte del viejo caudillo militar dejó huérfanos y debilitados a los sectores aliadófilos de las Fuerzas Armadas. Por otro lado, la candidatura a presidente de Robustiano Patrón Costas implicó la adhesión de numerosos oficiales a las ideas del GOU. Mientras tanto, el gobierno naufragaba y su ministro de Guerra participaba en reuniones secretas, pero no tanto, con la oposición. El 3 de junio, el presidente Castillo firmaba, junto con el decreto de

 

destitución de Ramírez, su partida de defunción política.

El GOU pensaba velar las armas hasta las elecciones, pero el descabezamiento de Ramírez aceleró sus planes. Salieron a buscar un general para encabezar el golpe, lo que siguiendo el curso de nuestra historia parece fácil, pero no fue tan así: Ramírez se negó a participar y Farrell se disculpó diciendo que se estaba divorciando. Ese mismo día, el GOU destacó a su principal «operador» militar, el teniente coronel Enrique P. González (alias «Gonzalito»), para que consiguiese el general que necesitaban como inquilino de la Rosada. González tomó contacto con el único que estaba en oferta: don Arturo Rawson, que ostentaba el mando de las unidades de caballería de Campo de Mayo.

Esa noche se volvieron a reunir Rawson, González y otros oficiales que no pertenecían al GOU, y acordaron derrocar a Castillo. El 4 de junio, Rawson, al frente de 10.000 hombres, salió de Campo de Mayo rumbo a la Casa Rosada. El presidente Castillo se embarcó en el rastreador Drummond e intentó resistir con el apoyo del ministro de Marina. Pero ante la falta de respaldo de la Armada, al día siguiente, desembarcó en La Plata y presentó su renuncia. Rawson llegó a la Rosada, apareció en el balcón y anunció que el Ejército actuaba en defensa de la Constitución y para preservar la ley y el orden. Farrell fue nombrado comandante del Primer Cuerpo del Ejército y Perón quedó bajo su sombra, como su principal ayudante.

Pero Rawson seguía vinculado a la vieja política y sus vicios. Armó su gabinete en una de las tradicionales reuniones de los viernes en el Jockey Club, conformando la lista con viejos figurones de la oligarquía como el exministro de Hacienda del segundo gobierno de Roca. Al comprobar que el general-presidente venía a hacer lo mismo que ellos habían repudiado en su comunicado de presentación en sociedad, los oficiales del GOU decidieron desalojar a Rawson de inmediato, sin darle tiempo ni para hacer el juramento de prática. Cuando Ramírez llegó a la Casa Rosada, le comunicaron que él era el nuevo presidente[32].

 

 

 

 

 

 

 

 

El Premier trabajador[33]

 

Ya los timoratos que llegan hasta mí, me han dicho sibilinamente al oído: «Tenga cuidado; usted hace un juego peligroso con las masas obreras». Yo les he contestado: «Tengo fe en los hombres que trabajan, porque no he sido jamás engañado ni defraudado por los humildes. En cambio, no puedo decir lo mismo de los poderosos».

JUAN DOMINGO PERÓN, julio de 1944[34]

 

 

Como señalamos en el tomo anterior de Los mitos de la historia argentina[35],. La brutal crisis del capitalismo mundial desatada a fines de 1929 en los Estados Unidos exportó sus efectos más negativos hacia los países dependientes. Nuestra metrópoli comercial de entonces, Gran Bretaña, decidió que una buena parte de la crisis la pagáramos los argentinos, al reducir unilateralmente los precios de nuestras exportaciones (esencialmente granos, lanas y carnes) y subir el precio de los productos manufacturados que nos vendía, muchos de los cuales estaban elaborados con nuestras materias primas. De esta forma comenzó a darse en nuestro país un desordenado proceso de sustitución de importaciones: había que fabricar aquí lo que antes comprábamos en el exterior porque nuestra balanza comercial deficitaria hacía imposible disponer de divisas para importar. Este proceso industrializador no sólo sirvió para abastecer nuestro mercado interno, sino que convirtió a la Argentina en exportador de bienes manufacturados hacia el mercado latinoamericano. Para 1940 el 39,3% del total de nuestras exportaciones era de origen industrial, mientras que en 1944 esa proporción se había elevado al 68,4 por ciento.

Este proceso aparejó profundas consecuencias económicas, sociales y finalmente políticas. La brutal rebaja del valor de nuestros productos agropecuarios —que en algunos casos llegó al 40%— arruinó a los pequeños y medianos productores, que se habían endeudado para sembrar con la esperanza de levantar las hipotecas sobre sus campos con la nueva cosecha. Miles de hectáreas fueron rematadas por los bancos y compradas a precio vil por los grandes terratenientes y las compañías ferroviarias y frigoríficas británicas que aumentaron la extensión de sus ya enormes latifundios. Miles de chacareros pasaron de pronto de propietarios a proletarios, quedándose literalmente «en Pampa y la vía»; junto con ellos, miles de peones veían escurrirse

 

sus históricas fuentes de trabajo. Comenzó así un triste peregrinar, un verdadero éxodo del campo a las ciudades donde crecía la demanda de mano de obra para las nacientes industrias. Allí iban dejando atrás los campos adquiridos con tanto sacrificio nuestros paisanos, los hijos de la Pampa gringa, los hijos y nietos de los que habían dado el «Grito de Alcorta»[36]. Familias enteras migraban con lo puesto, cargadas sobre todo de miedos a los fantasmas de la gran ciudad. Uno de esos paisanos, que llegaría a ser un notable dirigente sindical, recordaba:

 

Muchos de nosotros hemos llegado desde nuestras provincias corridos por la miseria y la desocupación, obligados a desparramarnos por otros campos, por otras estancias, y por cuanta empresa industrial fuera posible, en procura de una vida digna. Llegamos con mapas de cicatrices producidas por nuestras labores en el campo; así venimos desde las chacras y los montes de Entre Ríos, desde los quebrachales y algodonales del Chaco, desde las selvas de Misiones, las estancias de Corrientes, desde las sedientas tierras de Santiago del Estero, y así desde todos los rincones de nuestro inmenso territorio patrio, trayendo en nuestras venas sangre de charrúa, de araucano, de guaraní, sangre de gringos campesinos y trabajadores, para mezclarla en los frigoríficos y así acrisolar la unidad proletaria para lograr una vida mejor[37].

 

 

 

Los descamisados antes de Perón

Los trabajadores recién llegados del campo a las grandes ciudades se fueron insertando lentamente en el sistema productivo. Traían consigo su inexperiencia política y sindical, ya que la vida política en el campo estaba muy limitada y se centraba en las peleas entre conservadores y radicales. Ni unos ni otros incluían en sus discursos y sus prácticas políticas el tema sindical. En general, en aquellos territorios predominaba una mentalidad conservadora, en la que la religión católica cumplía un rol fundamental para el mantenimiento de la obediencia y el mantenimiento de los llamados «valores tradicionales»[38].

Perón señalaba al respecto:

 

Ciertamente que todos los ciudadanos tenían derechos electorales; pero es igualmente cierto que las clases trabajadoras humildes no los podían ejercer porque su falta de independencia económica los sometía a la voluntad patronal, con lo cual venía a resultar que el patrono, para defender sus intereses frente a los del proletario, contaba con su voto duplicado, triplicado, cuadruplicado o centuplicado, según el número de asalariados que tuviese a su servicio[39].

 

El movimiento obrero argentino no nació con el peronismo pero alcanzará con éste una etapa de enorme desarrollo y, a cambio de perder su histórica autonomía, accederá a ciertos niveles de poder estatal y paraestatal inéditos en la historia argentina. Como señalamos en el tomo 2 de esta serie[40], la organización sindical en nuestro país se remonta al último cuarto del siglo XIX, cuando las crecientes oleadas inmigratorias trajeron consigo las ideas anarquistas y socialistas de lucha por la dignidad de los trabajadores y la construcción de una nueva sociedad sin explotadores

 

ni explotados. Las décadas siguientes estuvieron jalonadas por históricas y prolongadas huelgas generales, protagonizadas por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), y por la acción moderada de las centrales socialistas, primero la Unión General de Trabajadores (UGT) y luego la Confederación Obrera Argentina (COA). A ellas, a partir de 1922, se sumó el planteo más negociador de los sindicalistas organizados en la Unión Sindical Argentina (USA).

El golpe del ’30 aglutinó a los distintos nucleamientos obreros para formar la Confederación General del Trabajo (CGT), de la que se autoexcluyeron los anarquistas que siguieron respondiendo a la histórica FORA. Los primeros años de la década fueron muy duros para el accionar sindical. A las feroces persecuciones que incluían la cárcel y la tortura, se sumaba un altísimo índice de desocupación, que reducía notablemente los márgenes de influencia del movimiento obrero organizado en la sociedad. Pero la combatividad estaba latente y estalló en 1935 —cuando se insinuaba la salida de la crisis—, en una gran huelga general contra la política antinacional y antipopular del régimen de Justo. A partir de entonces, el sindicalismo argentino, claramente izquierdista, aumentó su protagonismo vinculado al notable crecimiento de la actividad industrial. Al momento de producirse el movimiento militar del 4 de junio de 1943, la FORA seguía en su histórica intransigencia y la USA se había reconstituido, en disidencia con la línea que entendía demasiado politizada de la CGT. El comienzo de la Segunda Guerra Mundial introdujo un factor de división en el sindicalismo argentino. En marzo de 1943, la principal central obrera se dividió entre las llamadas CGT N.° 1 y CGT N.° 2. La primera estaba dirigida por el ferroviario y afiliado socialista José Domenech, que proponía adoptar una actitud independiente de los partidos políticos. Pretendía diferenciar la acción política de la gremial y se mostraba dispuesta a negociar con el nuevo gobierno. En la CGT N.° 2, comandada por el municipal y también socialista Francisco Pérez Leirós, se nucleaban los sindicatos más cercanos a los socialistas y comunistas, claramente opositores al gobierno militar. Planteaban abiertamente el fin de la neutralidad argentina y la ruptura de relaciones con el Eje.

Las estadísticas muestran que a las cuatro centrales sindicales en su conjunto sólo estaba afiliado el 20% de los trabajadores en actividad.

Era natural que los trabajadores recién llegados[41]; no se sintieran del todo representados por las dirigencias sindicales de izquierda que predominaban en el movimiento obrero, por el choque cultural que implicaba el tomar contacto con ideas y prácticas políticas en las que, por ejemplo, la religión católica era denostada y los conceptos de patria y nacionalidad eran puestos en duda como estrategias burguesas para garantizar la dominación de la clase trabajadora. También los alejaba de la conducción sindical la prioridad que particularmente los comunistas, siguiendo las directivas de Moscú le daban a la política internacional[42], muchas veces poniéndola

 

por encima de las reivindicaciones cotidianas. Sin embargo, estas diferencias entre los trabajadores «nuevos» y «viejos» no deben confundirse con un enfrentamiento entre los miembro de la clase obrera, que estaba unida de hecho por sufrir en su conjunto la explotación patronal[43].

Los gobiernos conservadores que se sucedieron desde el ’30, por lo general, adoptaron políticas contrarias a los sectores asalariados. A pesar de las múltiples iniciativas de las bancadas socialistas en el Congreso, prácticamente no se sancionaron leyes favorables a los sectores populares en aquel lamentable período[44]. Esto contrastaba notoriamente con la catarata legislativa y la creación de organismos estatales destinados a la conservación y aun el aumento de la renta de los sectores más concentrados de la economía, como fueron de hecho las juntas reguladoras. Esta interpretación oligárquica del papel del Estado y de su intervención en la economía llevó a que las demandas irresueltas de la clase trabajadora se acumularan a lo largo de la década infame.

 

 

¿Un solo corazón?

Los miembros de las Fuerzas Armadas que tomaron el poder en 1943 eran conscientes de la situación de los sectores populares. Pero de ambos lados había reticencias. A los integrantes del movimiento obrero les costaba, con justa razón, pensar en los militares como aliados. Los habían visto siempre desde la vereda de enfrente, encabezando todas las represiones contra sus movilizaciones y huelgas. Todavía estaban muy frescas las masacres de la Semana Trágica, la Patagonia[45], los quebrachales santafesinos[46] y las permanentes intervenciones como «fuerza pretoriana» del poder económico, como para confiar de pronto en la sensibilidad social de los uniformados.

Del  lado  de  los  militares  también  había  marcados  recelos.  Su  formación

derechista   los   hacía   desconfiar   de   la   organización   sindical                   internacionalista,

«apátrida» en su lenguaje, y sobre todo, «atea». Sin embargo, en las filas del Ejército se venía dando un proceso de discusión, que si bien no salía de ciertos marcos conservadores, comenzaba a contemplar el fenómeno social como un tema ineludible. Más que una cuestión de solidaridad social, se lo consideraba, ante todo, un tema estratégico para evitar que la Argentina cayera «en manos del comunismo».

Un texto muy revelador en este sentido es la carta abierta que el general Fasola Castaño le escribiera al presidente, el también general Justo, en 1938:

 

No se le podrá perdonar a Ud. que no haya comprendido y ni aprendido nada sobre los movimientos ideológicos que, en estos momentos, embargan a las multitudes del mundo entero y haya sido un Presidente de corte antiguo y capitalista […] y haya ignorado, durante toda su Presidencia, que existe un pueblo argentino que se debate en la miseria, en la enfermedad y en el desamparo moral, social y

 

legislativo más absoluto […]. No se le podrá perdonar que haya dejado al pueblo argentino bajo un gobierno de derecha, porque poseído de esa doctrina seguirá cerrando los ojos a los problemas de la masa del pueblo y abriéndolos grandemente ante los de la oligarquía que lo sostiene; no se le podrá perdonar que Ud. haya sido y sea un enemigo mortal del nacionalismo argentino creyendo que nacionalismo es una legión que saluda a la fascista […]. Compenetrado de esa doctrina nacionalista, Ud. habría virado totalmente de bordo en su acción de gobierno y en vez de continuar las huellas de sus antecesores, la Argentina es actualmente para los extranjeros, Ud. habría procedido en forma de dejarnos una Argentina para los argentinos[47]

 

Los oficiales con tropa a cargo, destinados a distintas partes del país, a lo largo de su carrera habían podido comprobar personalmente las terribles condiciones de miseria de sus compatriotas. Anualmente, en la revisación médica para el servicio militar obligatorio, podían comprobar que a muchos convocados no podían sellarles la libreta de enrolamiento con el «apto todo servicio», por estar desnutridos, no dar la talla y el peso mínimos requeridos o padecer enfermedades sociales —es decir, evitables— cuyo agente transmisor era la miseria que incubaba en las políticas de exclusión y corrupción imperantes. Un notable documento que describe minuciosamente la situación social del país y recuerda las crónicas de Alfredo Palacios que publicamos en el volumen anterior[48], fue redactado por un oficial médico del Ejército en 1943:

 

En la Argentina, país del trigo y de la carne, cuya riqueza agropecuaria lo hace considerar el mejor granero y uno de los mejores mercados de carne del mundo, una gran masa de su población vive permanentemente racionada. El hambre es un problema nacional […]. Puede ser incluida en nuestros cuadros nosográficos una enfermedad que hace estragos en las provincias del Norte y que el doctor Escudero llama sabiamente

«el hambre crónico» […]. Diversos factores contribuyen poderosamente a mantener tal situación: la vivienda, el salario, el costo de la vida, son influidos por condiciones climáticas adversas que doblegan al espíritu más batallador […]. A estas condiciones ambientales se agrega la acción constante y destructiva de enfermedades crónicas como el paludismo, la enfermedad de Chagas, la tuberculosis, anquilostomiasis, etc. […]. El estado de desnutrición de nuestros niños del Norte sigue siendo deplorable. La sed hace más angustioso el problema[49].

 

El mismo informe calificaba de «aterradoras» las cifras de mortalidad infantil:

 

En Jujuy fue, en el año 1941, del 205 por mil; en Salta, de 141 por mil; en Tucumán, de 133 por mil; en San Juan, de 111 por mil; en Mendoza, de 100 por mil; de 75 por mil en Santiago del Estero […]. Es interesante recalcar que estas cifras constituyen la mortalidad infantil registrada. Es de imaginar que las cifras reales serán mucho más altas, si tenemos en cuenta que el número de nacimientos ilegítimos registrados en Corrientes es de 56,1% en Jujuy de 46,3%, de 44,9% en Salta, de 45,4% en Tucumán, de 42,1% en Santiago del Estero, de 40,2 por ciento en Catamarca, etc. […]. El control minucioso de anuarios estadísticos establece que sobre 100 nacidos mueren, antes de los 20 años de edad, un 20% de los mismos. Anualmente y eso se reproduce en forma periódica y cada vez con índices más altos, en el momento del reconocimiento médico del 80% restante, no son incorporados por presentar defectos físicos el 45% de los ciudadanos, lo que hace, sobre e18total de la clase, sean declarados aptos para todo servicio e incorporados sólo un 35 por ciento[50].

 

Y el médico militar remataba su documento con un diagnóstico llamativo:

 

A toda la gama de enfermedades sociales, de taras humanas, las rige el hecho capital de que gran parte de los salarios de la masa obrera de nuestro país está por debajo de un mínimo aceptable […]. Cuando tengamos un código sanitario humano, así como tenemos un código sanitario animal; cuando la natalidad sea la expresión de un holgado bienestar económico; cuando los índices de ineptitud en el reconocimiento médico sean mínimos; cuando la vivienda y el salario hagan factible una vida más humana y mejor, recién se podrá hablar de que en nuestro país, desde el punto de vista alimenticio, la población ha dejado de estar racionada[51].

 

Hasta los más insensibles comenzaron a entender que había dos Argentinas: la que se mostraba, el «granero del mundo», y la real, la de los constructores de la riqueza que vivían, diríamos hoy, bajo los niveles de pobreza, sin acceder a servicios básicos, como el agua potable, la vivienda digna, la salud y la educación. Y hasta ellos, aunque fuera por el temor a que la miseria estallase en rebelión, tuvieron que prestar atención al problema social sobre el que un joven coronel del GOU venía poniendo el acento desde las primeras reuniones de la logia militar.

En su primer mes de gobierno, junto con sus medidas derechistas en el campo de la educación y la cultura, los militares tomaron algunas decisiones que no dejaban de llamar la atención, como la rebaja de los alquileres en todo el territorio nacional y las bonificaciones salariales a los empleados públicos que percibían sueldos lindantes con la miseria.

 

 

La columna vertebral

Inicialmente, el gobierno del general Ramírez, imbuido de sus prejuicios anticomunistas, adoptó una política de enfrentamiento con el movimiento obrero. Dictó un Decreto-Ley de Asociaciones Profesionales que prohibía la intervención de los gremios en política y los sujetaba al control del gobierno. El documento marca la profunda desconfianza y los prejuicios típicos de la derecha para con la organización sindical. Establecía, por ejemplo, que para ser reconocidos jurídicamente, en las actas constitutivas de los gremios debía quedar explicitado que quedaba excluido «todo postulado o ideología contrarios a los fundamentos de nuestra nación y al régimen jurídicosocial que establece la Constitución nacional». Ordenaba que sus afiliados «se abstengan en absoluto de participar en la acción política». Además le daba al Departamento Nacional del Trabajo el derecho a fiscalizar las elecciones, el manejo de los fondos y los asuntos internos que creyera conveniente[52].

El gobierno clausuró la CGT N.° 2, con el pretexto de la «infiltración comunista». En contraposición a estas medidas, Perón daba señales distintas desde el Ministerio de Guerra. La pieza clave en la construcción de su relación con los obreros fue Domingo Mercante, quien tenía amistad con muchos gremialistas. Su padre militaba en el histórico sindicato ferroviario La Fraternidad y su hermano estaba afiliado a la Unión Ferroviaria. Mercante se encargó de establecer lazos entre los dirigentes y el

 

inquieto secretario de Guerra. Así recordaba el estrecho colaborador de Perón aquellos días:

 

Día tras día, noche tras noche, el Ministerio de Guerra se habría de convertir en un hervidero de sindicalistas. Allí se fueron creando las bases de la revolución social. Mientras tanto, el Departamento Nacional de Trabajo seguía inerte, en manos del coronel Carlos M. Gianni, quien había asumido sus funciones en él, como presidente, el 2 de julio de 1943[53].

 

La gran oportunidad de «presentarse en sociedad» se le dio a Perón durante la huelga de los frigoríficos de 1943, que fue duramente reprimida. Sus dirigentes fueron detenidos y llevados a penales de la Patagonia. Perón pidió que el Ministerio de Guerra interviniera en el conflicto y logró el primer contrato colectivo de la industria de la carne, por el cual los obreros recibieron un pequeño aumento. También logró la liberación de los detenidos, entre ellos, José Peter, un carismático dirigente comunista que fue traído en avión desde el penal de Neuquén. El operativo culminó el 3 de octubre en el estadio Sportivo Dock Sud, el ámbito propicio para celebrar el triunfo con la presencia de Mercante y de Peter, que fue paseado en andas por sus compañeros por toda la cancha, en medio de una lluvia de flores rojas. El 27 de octubre de 1943, paralelamente a su ascenso en el ámbito castrense, el presidente Ramírez designó a Perón jefe del Departamento Nacional de Trabajo (DNT), una dependencia del Ministerio del Interior. Desde la década infame, los sindicalistas conocían al DNT como «el cementerio de elefantes», por su inutilidad y absoluta inoperancia, que era coherente con el desprecio que sentían por el tema social los sucesivos gobiernos fraudulentos. Perón recordará:

 

Yo me di cuenta que la manija, la gran palanca, estaba en ese momento del mundo y del país en un departamento olvidado que se llamaba Departamento Nacional de Trabajo. Cuando lo dije, comentaron:

«¡Éste está loco! ¿Para qué querrá eso?». Y allí empecé[54].

 

Un empleado de la dependencia cuenta que, al hacerse cargo, Perón dio un breve discurso a los funcionarios presentes. En esa oportunidad sacó a relucir su estilo desacartonado e irónico que, en poco tiempo, se haría famoso. Les contó que viajando por Europa había encontrado un reloj frente a la plaza de un viejo pueblito que cambiaba sus figuras cada seis horas. Primero aparecía un maestro con la leyenda

«soy el artífice de vuestra inteligencia»; después, un abogado, «soy el defensor de vuestros intereses»; luego, un cura, «cuido vuestras almas» y finalmente, una figura con la moraleja «soy un obrero y con mi trabajo mantengo a los otros tres»[55].

Un mes después, el «Departamento» se convirtió, por el decreto 15.074, en la Secretaría de Trabajo y Previsión, que funcionaría en el edificio del Concejo Deliberante, en Perú y la actual Hipólito Yrigoyen, a dos cuadras de la Casa Rosada. Al adquirir el rango superior de Secretaría de Estado, el organismo dejaba de estar en la órbita del Ministerio del Interior y pasaba a depender directamente del presidente.

 

La Secretaría absorbió el viejo departamento laboral, la Comisión Nacional de Casas Baratas y la Dirección Nacional de Inmigración.

Si bien Perón sabía que la base de construcción de su apoyo político pasaba por la Secretaría, no quiso abandonar su cargo en el Ministerio de Guerra, que le permitía manejar los ascensos, destinos y retiros en el Ejército. De esta forma, tenía cerca a sus leales y lejos y sin fuerza a sus enemigos, como se lo comentaba a un periodista del diario chileno El Mercurio:

 

El Ejército Argentino cuenta con más o menos 3600 oficiales combatientes. Pues bien, todos, con excepción de unos 300 que no nos interesan, estamos unidos y juramentados: todos tenemos firmadas ante el Ministerio de Guerra las respectivas solicitudes de retiro. En mi fichero las tengo a todas. Los oficiales que no pertenecen a nuestra unión no nos interesan porque no son elementos que necesitamos para la obra en que estamos empeñados[56].

 

En el mismo reportaje, Perón hablaba de la ideología de la revolución en marcha:

 

Nuestro movimiento es esencialmente espiritualista. Yo personalmente soy sindicalista por antonomasia, y como tal, anticomunista, pero creo que debe organizarse el trabajo en forma sindical, de modo que el trabajador, y no los dirigentes agitadores, sean los que realmente aprovechen los mayores beneficios del esfuerzo que hace. […] He impartido al Departamento una organización que responde a las finalidades mismas que se persiguen para mejorar la condición de vida de los trabajadores, sin que se tolere que prospere ningún conflicto de orden social. Así, en los pocos días que estoy allí he podido dar término a conflictos del trabajo que se arrastraban por algunos años. No voy a aceptar que se mantengan dificultades en el orden del trabajo, y mediante soluciones transaccionales con los patrones y por medio de comisiones paritarias mixtas, estoy dispuesto a terminar con toda posible dificultad en el desenvolvimiento del trabajo en el país[57].

 

Pero el periodista quería saber más y le preguntó si no temía la reacción de los capitalistas frente al avance de las políticas adoptadas en beneficio de los trabajadores:

 

Es natural que así sea. Usted sabe lo celoso y miedoso que es el dinero. A nosotros, los oficiales argentinos, nos interesa el progreso de nuestra Patria y en esta labor no permitiremos la interferencia de la acción capitalista. En el gabinete anterior había un ministro que representaba genuinamente los grandes intereses económicos[58], muchos de los cuales son extranjeros. Personalmente, creo que ese caballero era una correctísima persona, pero debió limitarse a ser ministro de Hacienda, y no pretender desviar la línea internacional de nuestro gobierno. No crea, por lo que digo, que somos anticapitalistas. Por ningún motivo, pero tampoco permitiremos que el capital, que el dinero, que no nos interesa, nos venga a dominar. A la Argentina no debe dominarla ningún interés, y el capitalismo internacional está equivocado si cree que puede dominar el espíritu nacional de la Argentina que el Gobierno encarna[59].

 

 

 

Mejor que prometer…

En su discurso de asunción como secretario de Trabajo y Previsión, Perón señaló que los objetivos del área a su cargo eran los altos principios de la colaboración social,

 

con el objeto de robustecer los vínculos de solidaridad humana, incrementar el progreso de la economía nacional, fomentar el acceso a la propiedad privada, acrecer la producción en todas sus manifestaciones y defender al trabajador, mejorando sus condiciones de trabajo y vida[60].

Pocos días después, Perón refuerza su teoría de la colaboración de clases y alerta sobre los peligros de la inacción en la cuestión social:

 

Se ha hecho urgente la inteligente intervención del Estado en las relaciones del trabajo, a fin de lograr la colaboración, sin rozamientos, injusticias ni prevalencias inadmisibles, de todos los que contribuyen con su músculo, su inteligencia o su capital, a la vida económica de la Nación. El supremo interés de la Patria exige al Estado moderno una función rectora y reguladora que nuestra Revolución ha localizado, en lo relativo al trabajo, en la Secretaría que estamos organizando[61].

 

Esa referencia a los trabajadores hoy puede parecer formal y escasa, pero ubiquémonos en el tiempo y el espacio: hasta entonces, en la conservadora historia de los funcionarios argentinos, nunca un miembro del Poder Ejecutivo había hablado en esos términos. Los «liberales» argentinos, aunque se declaraban opuestos a la intervención del Estado, siempre habían recurrido a ella en beneficio propio, a través de créditos, exenciones impositivas, subsidios y todo tipo de prebendas. Ahora, Perón les estaba diciendo que el Estado iba a intervenir en un terreno que los patrones tradicionales consideraban un feudo: las relaciones laborales en sus fábricas, campos y empresas.

Perón puso al frente del área de Previsión Social a Mercante. También contó con técnicos como el catalán José Figuerola y Tresols, antiguo colaborador del dictador español Miguel Primo de Rivera y experto en legislación laboral. Instalado en la Secretaria, Perón convocará a los dirigentes gremiales, en buena medida de extracción socialista, sindicalista, comunista y anarquista. Les pedirá obediencia a cambio de garantizarles una acción en favor de las clases más desposeídas, que en pocos meses se develará tan cierta como efectiva.

En el movimiento obrero seguían los recelos contra el coronel, como lo demuestra la resolución del Congreso General Ordinario de la CGT reunido en la sede de la Unión Tranviarios. En él fue electo secretario general, por casi 118.000 votos, el socialista Ángel Borlenghi. El texto resolvía «condenar la intromisión de personas extrañas al movimiento obrero para la solución de los conflictos entre el capital y el trabajo», a la vez que proponía «intensificar la campaña contra la carestía de la vida, a fin de interesar a los poderes públicos de ese grave azote para la economía del pueblo trabajador»[62].

Perón decidió seguir a la ofensiva: obtuvo la revocación de la irritante Ley de Asociaciones Profesionales y redactó estatutos para reglamentar la previsión social, la vivienda, las vacaciones y el trabajo rural, que fueron aprobados por el presidente. La Secretaría tomó parte activa en los conflictos laborales y estimuló la agremiación por

 

oficio e industrias. Esto permitió el acercamiento con la CGT N.° 1 comandada por el dirigente de la Unión Ferroviaria, José Domenech.

Para efectivizar los beneficios impulsados por la Secretaría, los trabajadores debían constituir sus organizaciones gremiales; como dependían del gobierno para fortalecer su posición, estos nuevos sindicatos nacieron ligados a Perón. Con los ya existentes, adoptó distintas tácticas. Algunos dirigentes fueron cooptados, como el socialista Juan Bramuglia de la Unión Ferroviaria. Cuando se resistieron, como en los casos de las industrias textil y frigorífica, alentó a las segundas filas de dirigentes a romper con sus líderes y crear sindicatos paralelos que gozaran de los beneficios que les prometía la Secretaría.

El 9 de diciembre de 1943, Perón participa en Rosario de una asamblea de la Unión Ferroviaria en la que el dirigente José Domenech afirma:

 

El gobierno acaba de tener el acierto de crear la Secretaría de Trabajo y Previsión. Un militar, el coronel Perón, tiene el honor de ser El Primer Trabajador Argentino[63].

 

Esto daba cuenta de la importancia creciente de Perón, pero también reflejaba la certeza de que los beneficios conseguidos corrían peligro si el coronel desaparecía de la escena política.

Meses más tarde, Perón lanzaría una de sus frases destinadas a quedar en la historia:

 

Creo que las reivindicaciones, como las revoluciones, no se proclaman, se cumplen sencillamente. Y ese cumplimiento que nos llevó siempre a preferir los realizadores a los teorizantes, fue la consigna rígida a que ajustamos nuestra acción estatal. He sido fiel a ella porque entiendo que mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar[64].

 

 

 

El sacudón de la historia

A las 20.45 del 15 de enero de 1944, el país se sacudió literalmente: un gravísimo terremoto destrozó la capital sanjuanina. Murieron 7000 personas, 12.000 estaban heridas, muchas de gravedad, y el 90% de las edificaciones del la ciudad cuyana quedaron en ruinas. Las pérdidas se calculaban en más de cien millones de dólares. La Secretaría de Trabajo y Previsión se puso al frente de coordinación nacional de la ayuda a los sobrevivientes. La tragedia sensibilizó al país entero, que pudo ver a través de las fotografías de los diarios, y más crudamente a través de los noticieros cinematográficos, los terribles padecimientos de los compatriotas que lo habían perdido todo. Se realizaron centenares de colectas y, como siempre, la solidaridad fue directamente proporcional a la pobreza de los donantes: daban más los que menos tenían. Fue en aquellas particulares circunstancias cuando Perón y Evita se

 

encontraron para siempre. El General recordaba décadas después:

 

Entre los tantos que pasaron en esos días por mi despacho, había una mujer joven de aspecto frágil pero de voz resuelta, de cabellos rubios y de ojos afiebrados. Decía llamarse Eva Duarte, era actriz de teatro y radio y quería concurrir de cualquier manera a las obras de socorro por la desgraciada población de San Juan. Hablaba vivamente, tenía ideas claras y precisas e insistía para que le asignara una misión. —Una misión cualquiera— decía. —Deseo hacer cualquier cosa por esa pobre gente que en este momento es más desgraciada que yo. Yo la miraba y sentía sus palabras que me conquistaban: estaba casi subyugado por el calor de su voz y de su mirada. Eva era pálida pero mientras hablaba su rostro se encendía como una llama. Discutimos largamente. […] Vi en Evita a una mujer excepcional. Una auténtica apasionada, animada de una voluntad y de una fe que se podía parangonar con aquella de los primeros cristianos. Eva debía hacer algo más que ayudar a la gente de San Juan; debía trabajar por los desheredados argentinos, porque en aquel tiempo, en el plano social, la mayoría de los argentinos podía equipararse a los sin techo de la ciudad de la cordillera sacudida por el terremoto[65].

 

Eva Duarte, como muchas artistas y personalidades de la época, prestó su apoyo y recorrió las calles con las alcancías que recaudaban fondos para aquella gran colecta nacional en pro de San Juan. Según Radiolandia, Evita recolectó 633,10 pesos, muy lejos del récord de Libertad Lamarque que sumó 3802,90.

El encuentro oficial con Perón, que marcaría la vida de Eva para siempre, se produjo la noche del 22 de enero de 1944 en el Luna Park, cuando se realizó un festival artístico a beneficio de las víctimas del terremoto.

Aquella noche, Eva actuó junto a su compañía de radioteatro. Después se sentó al lado de Perón y, terminada la función, se fueron juntos. En La razón de mi vida, ella dice que fue su «día maravilloso». Por entonces, Perón vivía en un departamento de Arenales y Coronel Díaz con una joven mendocina de veinte años, llamada María Cecilia Yurbel, a la que él había apodado «la Piraña». Evita la echó y la despachó de regreso a Mendoza. A los pocos días, Perón logró alquilar un departamento contiguo al de su nueva novia en la calle Posadas. Ya vivían juntos y los enemigos de la pareja lanzaban uno de los primeros chistes sarcásticos, que reproducía un imaginario diálogo en el que Evita le preguntaba a Perón: «¿A qué santo le debo tanta felicidad?

—A San Juan, Negrita, a San Juan».

 

 

Mejor que decir…

En menos de un año se había avanzado mucho en el campo laboral, como nunca en nuestra historia, muy modesta en realizaciones en favor de la clase trabajadora. Tenía razón, muchos años después, el General al afirmar: «no es que nosotros hayamos sido muy buenos, los otros fueron muy malos». Esto no debe quitarle mérito a lo hecho en tan poco tiempo por la Secretaría, como lo reconocían los sindicalistas de la época:

En nuestro trabajo sindical advertimos a partir de 1944 cosas increíbles: que se hacían cumplir leyes sociales incumplidas hasta entonces; que no había necesidad de recurrir a la justicia para el otorgamiento de vacaciones; otras disposiciones laborales,

 

tales como el reconocimiento de los delegados en las fábricas, garantías de que no serían despedidos, etc., tenían una vigencia inmediata y rigurosa[66].

Entre los múltiples logros impulsados por la Secretaría hay que destacar:

 

Ley de indemnización por despidos.

El seguro social y la jubilación se fueron extendiendo a todos los trabajadores. La creación de los Tribunales de Trabajo, que le daban un marco legal a las relaciones laborales y sacaban los litigios de los tribunales civiles y comerciales, que estaban muy vinculados al poder económico y generalmente fallaban en contra de los trabajadores.

Creación de las Escuelas de Orientación y Capacitación Profesional.

Cierre de las agencias de colocaciones y creación del Registro Nacional de Colocaciones de la Nación.

Construcción del Policlínico Ferroviario, un verdadero modelo de asistencia médica sindical.

Mejoras salariales sustanciales y, más tarde, la imposición del sueldo anual complementario —el aguinaldo— para todos los trabajadores.

Cumplimiento efectivo de la legislación protectora de los derechos del trabajador a través de una red de inspectores de la Secretaría que abarcaba todo el país.

 

En octubre de 1944, la Secretaría impulsó la firma del decreto 28 169, que pasará a la historia como el «Estatuto del Peón de Campo». Muchos años después, en 1973, el General recordará los conflictos desatados por el Estatuto, incluso uno de índole familiar:

 

Cuando se hizo el Estatuto del Peón y obligamos a todo el mundo a poner un salario —porque diez pesos no era un salario—, se produjo gran alboroto en nuestro campo. La primera carta que recibí fue de mi madre, que tenía una estancia en la Patagonia, diciéndome: «Si vos crees que les puedo pagar ciento cincuenta pesos a los peones, te has vuelto loco». Naturalmente que, reglón seguido, le contesté: «Si no podés pagar, tenés que dejarlos que vayan a otra parte, donde les paguen; en vez de tener veinte, tené diez peones, pero por lo menos pagales». Y lo pagó y, además, quedó conforme[67].

 

El Estatuto beneficiaba a uno de los sectores más postergados: los trabajadores rurales que no gozaban de la más mínima protección legal. Hasta ese momento, debían regirse por los horarios y salarios fijados por el patrón, que no incluían descanso ni vacaciones pagas. Toda esta ignominia estaba justificada, según la Sociedad Rural porque

 

el trabajo en el campo, trabajo en extensión, por lo general y la intemperie, por su propia índole, fue y es de acción personal del patrón. Éste actúa, con frecuencia, con los peones en la labor común, la que acerca a las personas y establece una camaradería de trato que algunos pueden confundir con el que da el amo al esclavo, cuando en realidad, se parece más bien al de un padre con sus hijos[68].

 

También se sancionaron por decreto numerosas leyes sociales que los diputados socialistas habían infructuosamente intentado imponer en un Congreso que, dominado por conservadores y radicales, invariablemente habían sido vetadas una y otra vez. Lenta pero inexorablemente, la desconfianza de no pocos dirigentes obreros se fue convirtiendo en un reconocimiento pleno de la obra del «coronel del pueblo». Las conversaciones y el trato informal que les daba Perón, la escucha que hacía de los planteamientos obreros y el cumplimiento de las promesas fueron haciendo el resto.

Por supuesto que no todas eran flores en el jardín del coronel. Los dirigentes sindicales que se oponían a su obra por considerarla demagógica o corporativista eran duramente perseguidos y encarcelados. Sus organizaciones gremiales no gozaban del reconocimiento legal de la Secretaría, lo que las dejaba en una situación muy difícil, en la que prácticamente no podían operar.

 

 

Convocando al capital

Para concretar su plan de «colaboración de clases», Perón buscó el apoyo del sector empresario. El 28 de julio de 1944 creó la Secretaría de Industria y Comercio para promover la actividad industrial. Tal como se aprecia en el discurso dado en la Bolsa de Comercio el 25 de agosto de 1944, frente a la lucha de clases planteada por la izquierda, la postura de Perón era conciliatoria. Pretendía que los empresarios ganaran un poco menos y que los obreros incrementaran sus salarios como estímulo para aumentar la producción con el apoyo del Estado. Se proponía transformar a los proletarios en propietarios y, en ese sentido, hacía hincapié en la importancia de las políticas sociales de previsión y créditos para la vivienda y en el consumo.

Decía Perón, siguiendo el concepto de la «rueda virtuosa producción-consumo- producción» elaborado por el economista británico Keynes[69], que los patrones terminarían por aceptar un nivel de sueldos más alto que, en definitiva, recuperarían a través del aumento del consumo. Así formalizarían finalmente un pacto entre capital y trabajo para evitar que los obreros proletarizados cayeran en la «tentación comunista».

 

Señores capitalistas: no se asusten de mi sindicalismo, nunca mejor que ahora estará seguro el capitalismo, ya que yo también lo soy, porque tengo estancia, y en ella hay operarios. Lo que quiero es organizar estatalmente a los trabajadores para que el Estado los dirija y les marque sus rumbos y de esta manera se neutralizarán en su seno las corrientes ideológicas y revolucionarias que puedan poner en peligro nuestra sociedad capitalista de posguerra. La experiencia moderna demuestra que las masas obreras mejor organizadas son, sin duda, las que pueden ser dirigidas y mejor conducidas en todos los órdenes. Las masas por sí no cuentan, cuentan por sus dirigentes, y yo llamo a la reflexión a los señores que piensen en manos de quiénes estaban las masas obreras argentinas y cuál podía ser el porvenir de esa masa que, en un crecido porcentaje, se encontraba en manos de dirigentes comunistas, que no tenían ni siquiera la virtud de ser comunistas argentinos, sino que eran comunistas importados, sostenidos y pagados desde el exterior.

Hay una sola forma de resolver el problema de la agitación de las masas, y ella es la verdadera justicia

 

social en la medida de todo aquello que sea posible a la riqueza del país y a su propia economía […]. Ir más allá, es marchar hacia el cataclismo económico; quedarse muy acá es marchar hacia un cataclismo social […] es mejor dar un 30% a tiempo que no perder todo a posteriori. La organización de las masas será el seguro y el Estado organizará el reaseguro, que es la autoridad necesaria para que, cuando esté en su lugar, nadie pueda salirse de él. Se ha dicho, señores, que soy un enemigo de los capitales, y si observan lo que les acabo de decir, no encontrarán ningún defensor, diríamos, más decidido que yo, porque sé que la defensa de los intereses de los hombres de negocio, de los industriales, de los comerciantes, es la defensa misma del Estado[70].

 

El debut

El 4 de diciembre de 1944, Perón se dirigió por primera vez a una multitud compuesta por trabajadores que se movilizaron para apoyar su obra. La ocasión la dio el festejo por la sanción del régimen jubilatorio para los empleados de comercio. Dijo desde los balcones de la Secretaría:

 

La jubilación no puede ser un privilegio, sino un derecho de todos los que trabajan. Y al sostenimiento de ese seguro social deben concurrir el Estado, las empresas y el individuo, porque, mientras las primeras prosperan, el hombre que entregó todas sus energías para que se engrandecieran declina, falto de una legislación previsora y humana. Esto es irritante y debe terminar[71].

 

Desde la oposición de izquierda e incluso de las propias filas de la derecha

«liberal» argentina comenzaron a calificar a Perón y al gobierno de fascistas. El coronel decidió responderles, a fines de 1944, a través de un documento destinado a la prensa:

 

¿Por qué el gobierno argentino no es fascista? Tal ideario político, u otro de igual naturaleza, comporta necesariamente el propósito de crear un Estado absoluto en lo político, moral, racial o económico. Es decir,

«un Estado absoluto frente al cual el individuo sería relativo». El Gobierno Argentino, por el contrario, tiene fe en las instituciones democráticas del país porque ellas son la resultante de su proceso histórico, y porque nacen y se apoyan en la participación de todos los ciudadanos «en la soberanía del Estado». La gestación, el estallido y el desarrollo revolucionario que forja el gobierno actual, se enciende en ideales puros y renovadores de índole popularísima. El país vivía un régimen democrático aparencial. El gobierno se lograba mediante elecciones torpemente viciadas. […] El gobierno revolucionario terminó con una época nefasta para el país y desea: en lo político, la aplicación pura y simple de las disposiciones de su Carta Fundamental; en lo económico, un régimen de libertad constitucional que concluye, como se sabe, donde empieza la libertad de los demás, y que exige el control del Estado; y en lo social, la creación del Derecho del Trabajo que permita al ser humano «por el hecho de nacer, el derecho de vivir con dignidad». Aspira, en suma, al restablecimiento de la aplicación clara y leal de la ley. Por eso, el ordenamiento jurídico que se busca rápidamente en el juego normal de sus instituciones, o lo que es lo mismo, la normalidad constitucional, no importará jamás volver al engaño de las masas, porque el fundamento del Estado es la felicidad del conjunto, vale decir, la realización integral de la Justicia[72].

 

Perón expuso sus ideas decenas de veces ante militares y empresarios, insistiendo en que después de la guerra la Argentina debería aumentar el consumo interno porque lo más probable era que disminuyese nuestro comercio exterior. Por un lado, los

 

países europeos —nuestros principales compradores— deberían dedicarse a reconstruir sus economías, lo que les dejaría poco margen para proveer los productos elaborados que importaba la Argentina y menos divisas para adquirir nuestras exportaciones. Esto afectaría nuestra balanza comercial y dejaría como principal proveedor de bienes industrializados a los Estados Unidos, que no era comprador de nuestros productos agropecuarios. Para evitar que la economía argentina se ahogase era necesario aumentar la producción impulsando el consumo interno y profundizando el proceso de sustitución de importaciones iniciado con la crisis de los años 30. Para esto resultaba imprescindible ayudar a los empresarios nacionales y aumentar los sueldos de los trabajadores. En este plan, el rol del Estado era fundamental. Cumpliría un papel de árbitro supuestamente imparcial, invertiría en obras de infraestructura y se haría cargo de los servicios públicos para abaratar los costos.

La invitación de Perón a los capitalistas a sumarse a su proyecto nacional no fue aceptada por los verdaderos dueños de la Argentina, que comenzaron a sospechar de los planes del coronel. No sabían muy bien dónde ubicarlo ideológicamente. Para algunos se trataba de un nazi; otros consideraban que era un fascista que le hacía el juego al comunismo. El conservadurismo de nuestra clase dirigente, formalmente abroquelada en un liberalismo político que decía representar y que nunca respetó, se irá convirtiendo en el escudo más fuerte contra la alianza de clases soñada por el coronel. Perón tendrá que ir pensando en cómo reemplazar, a través de un Estado fuertemente interventor, la deserción de una burguesía que nunca había sido nacional, apenas había nacido aquí.

 

Ni yanguis, ni marxistas

 

Uno no puede eludir la sensación de que el fascismo del coronel Perón es sólo un pretexto para las actuales políticas del Sr. Braden y sus partidarios en el Departamento de Estado. Su verdadero objetivo es humillar al único país latinoamericano que ha osado enfrentar sus truenos. Si la Argentina puede ser sometida efectivamente, el control del Departamento de Estado sobre el hemisferio occidental será absoluto. Esto contribuirá simultáneamente a mitigar los posibles peligros de la influencia rusa y europea sobre América latina, y apartará a la Argentina de lo que se supone es nuestra órbita.

Informe de VÍCTOR PEROWNE, funcionario del Foreign Office, 4 de julio de 1945[73]

 

 

Para entender el complejo y fundamental tema del conflicto entre la Argentina y los Estados Unidos durante el ascenso de Perón al primer plano de la política nacional, es necesario retroceder unos meses, hasta finales de 1943. El secretario de Estado norteamericano, Cordell Hull, había dicho que después del ataque japonés a Pearl Harbour la Argentina se había convertido en un «mal vecino» y en un factor de discordia entre los Estados Unidos y Gran Bretaña[74]. Las relaciones entre Argentina y la potencia del Norte tenían una larga historia de roces y entredichos, por la tradicional  resistencia  argentina  a  aceptar  la  hegemonía  norteamericana  en  el

«sistema panamericano» que se pretendía construir desde Washington. Pero con el trasfondo de la neutralidad de nuestro país en la Segunda Guerra Mundial, la tensión fue creciendo ante las acusaciones de «pronazi-fascistas» lanzadas desde el Departamento de Estado contra los gobiernos argentinos desde Castillo en adelante.

Ante todo, carece de racionalidad darle a la política exterior norteamericana la categoría moral para juzgar el carácter democrático o autoritario de tal o cual gobierno. Con una continuidad apabullante, los ocupantes de la Casa Blanca condujeron permanentes atropellos a las libertades de nuestros pueblos hermanos, instalando a sangrientos dictadores a costa de la vida de miles de latinoamericanos. Durante la Segunda Guerra Mundial, el presidente de Estados Unidos era Franklin Delano Roosevelt, quien el 26 de diciembre de 1933 había firmado, durante la Séptima Conferencia Panamericana, la siguiente declaración: «Ningún Estado tiene derecho a intervenir en los asuntos internos o externos de otro». Al estampar su firma, el mandatario norteamericano declaró:

 

Me permito decir con toda tranquilidad que se ha sugerido el principio general de nointervención con nuestro apoyo, y que ningún gobierno puede temer ninguna clase de intervención de parte de los Estados Unidos durante la administración Roosevelt[75].

 

Sobre las relaciones de los Estados Unidos con el Tercer Reich de Hitler durante la presidencia Roosevelt, el investigador norteamericano Charles Higham señala que

 

empresas como Ford, General Motors, Standard Oil, ITT, el Chase National Bank y el National City Bank practicaron la ideología del Business as Usual [negocios como de costumbre]. Unidos además por ideas reaccionarias, los miembros de La Fraternidad[76] veían con agrado un sistema fascista mundial que los tuviera a ellos como los únicos y excluyentes hombres de negocios. El vuelco del curso de la guerra los tornó más patriotas, pero no evitó que continuaran comerciando con el enemigo[77].

 

Cuando en 1974 comenzó una serie de demandas contra las empresas norteamericanas que se sirvieron del trabajo esclavo de los campos de concentración instalados por los nazis,

 

el vocero de la Ford, John Spellich, defendió la decisión de la empresa de mantener los lazos económicos con los nazis, alegando que el gobierno estadounidense había continuado, indefinidamente, sus relaciones diplomáticas con Berlín hasta el bombardeo de Pearl Harbour, en diciembre de 1941[78].

 

El fundador de la empresa, el mítico Henry Ford, había escrito un conocido libro antisemita, El judío universal. El propio Hitler reconoció la notable influencia de aquel texto en la escritura de su Mein Kampf[79]. En 1938 —cuando las persecuciones del régimen de Hitler contra judíos y alemanes opositores ya eran vox pópuli—, en su cumpleaños número 75, el empresario más emblemático de los Estados Unidos recibió un regalo muy especial: la Gran Cruz de la Orden Suprema del Águila Alemana. Obviamente, la condecoración no era una bijouterie que se le otorgaba a cualquiera. Había que hacer méritos con el Führer y ser una persona que gozara de indiscutible admiración y respeto por parte del dictador y su séquito. Meses antes, la había recibido Mussolini. Fue el cónsul nazi en Detroit, Karl Kapp, quien estampó en el pecho de Ford la condecoración, mientras le entregaba un cariñoso telegrama de Hitler deseándole un muy feliz cumpleaños[80].

En el período que nos ocupa y hasta bien entrada la década de 1960, millones de negros en los Estados Unidos debían dar el asiento a los blancos en los transportes públicos; no podían concurrir a los mismos colegios, les estaba prohibido acceder a los estudios universitarios y eran discriminados en todas las formas pensadas e impensadas. ¿Desde qué moral los funcionarios de aquel país podían erigirse en los campeones mundiales de los derechos civiles y del antifascismo?

Por todo lo dicho, las críticas al gobierno argentino de entonces provenientes del Departamento de Estado no deberían tener el carácter de indiscutibles, ni mucho menos de desinteresadas. La primera pregunta que surge, y quizás la más obvia, es

 

por qué el gobierno argentino resumía, según Washington, todos los males del fascismo y el autoritarismo, mientras que el brasileño encarnado por Getúlio Vargas

—que había proclamado, según el lenguaje específico del fascismo, su «Estado Novo» y que permaneció en el poder durante quince años, muchos de ellos con la actividad política opositora completamente prohibida— no parecía cuestionable. El gobierno brasileño accedió inmediatamente a la calificación de «democrático» en el diccionario del Departamento de Estado al declarar la guerra al Eje, lo que bastó para dejar en el olvido su pasado muy poco afecto a las libertades públicas que los

«hermanos del norte» siempre dijeron defender.

Por si hace falta aclararlo, lo precedente no opera de ninguna manera como justificativo para las actitudes autoritarias del gobierno argentino de la época, sino que intenta poner el análisis por fuera de la clásica aceptación explícita o tácita de una parte de nuestra intelectualidad de la probidad del gobierno estadounidense para emitir juicios en materias en las que un mínimo de pudor debió haberlos inhibido. Intentaremos demostrar que la actitud hostil del gobierno norteamericano tuvo poco que ver con la declamada intención de combatir al nazifascismo y mucho con aprovechar la coyuntura para desplazar a la Argentina de su lugar preponderante en América Latina, para eliminarla de la competencia por un mercado mundial que Estados Unidos quería monopólico, y para hacerse cargo del papel de potencia hegemónica de nuestro país que venía ocupando Gran Bretaña.

 

 

El tiro por la culata

Hacia fines de 1943, el curso de la guerra comenzó a favorecer a los aliados y, desde entonces, al gobierno argentino se le hizo más difícil sostener su posición de neutralidad. Aumentaban exponencialmente las presiones estadounidenses para que la Argentina rompiese relaciones con el Eje y se integrase al «sistema panamericano», alineado con Washington.

El almirante Segundo Storni, ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Ramírez, era un conocido partidario de los aliados, que había vivido en los Estados Unidos durante la construcción del acorazado Rivadavia. El 5 de agosto de 1943, Storni le envió, a través del embajador norteamericano Armour, una carta personal y confidencial al secretario de Estado, Cordell Hull, diciéndole:

 

Puedo afirmar, señor secretario, que los países del Eje nada tienen que esperar de nuestro gobierno y que la opinión pública es cada día más desfavorable. Pero esta evolución podría ser más rápida y eficaz para la americana si el presidente Roosevelt tuviera un gesto de franca amistad hacia nuestro pueblo; tal podría ser el suministro urgente de aviones, repuestos, armamentos y maquinarias para restituir a la Argentina en la posición de equilibrio que le corresponde con respecto a otros países americanos[81].

 

También le pedía paciencia a Hull porque, según Storni, le parecía inoportuno y

 

de poca caballerosidad declarar la guerra al Eje cuando la derrota era irreversible. El que tenía poco de caballero era mister Hull, que lejos de mantener en secreto la carta y darle tiempo a Storni para negociar con el frente interno, decidió darla a conocer al mundo, dejando muy mal parado al almirante. Además, el Departamento de Estado emitió un durísimo comunicado oficial en el que le quitaba, literalmente de un plumazo, todas las ingenuas ilusiones de que los Estados Unidos proveyera de armas y repuestos a nuestro país.

Bajo el influjo de Hull, Washington pasó a la ofensiva: suspendió los permisos de exportación para casi 16 000 embarques que estaban acordados con anterioridad al 1.° de mayo. La medida privaba a la Argentina de maquinarias, materias primas y artículos manufacturados imprescindibles. En particular, se veían afectados los insumos industriales, lo que alejaba cada vez más la competitividad argentina de la brasileña en este rubro. La decisión cumplía fielmente el plan estratégico de los Estados Unidos para la región: debilitar al máximo a la Argentina e impulsar el desarrollo industrial y militar de su ahora incondicional aliado, Brasil.

Decía Hull a fines de 1944:

 

Argentina es el cuartel del fascismo en el hemisferio occidental. Y un foco potencial de infección. […] El movimiento nazifascista atrincherado en la Argentina requiere una acción económica diseñada para ejercer el máximo de presión sobre la economía argentina y, de tal modo, privar al presente régimen del apoyo económico y financiero que hace posible su existencia[82].

 

Pero la opinión de Hull y de los halcones de la Casa Blanca no era la única. Los analistas norteamericanos más inteligentes ya venían advirtiendo sobre los riesgos de la campaña yanqui:

 

Bien puede imaginarse la risotada popular con que el argentino común recibe la noticia de que se le va a

«proteger» de Hitler con el establecimiento de bases de los Estados Unidos en su territorio o en el vecino […]. Aquí es una broma del peor gusto, porque el argentino dice: «Los norteamericanos nos protegerán contra Hitler en el mar, pero ¿entonces, quién va a protegernos contra el yanqui en el umbral?». Con razón o sin ella, el argentino entiende que las bases están apuntando no contra Alemania sino contra la Argentina. Porque sabe —y es su lección cotidiana— que la economía argentina no es complementaria sino que está en competencia con la economía de los Estados Unidos, que mientras las economías de algunos países sudamericanos pueden combinarse con la de los Estados Unidos con provecho mutuo, toda fusión permanente entre las economías argentina y estadounidense sería solamente una desventaja para la más débil. La oposición a las bases, en el pueblo argentino, es universal y unánime[83].

 

Hull quería presionar al gobierno de Ramírez; pero en lo inmediato, con su carta y sus draconianas medidas, debilitó a los sectores más moderados y fortaleció a los más duros. Storni debió renunciar y los nacionalistas más retrógrados ocuparon espacios clave.

 

 

Que Dios y la Patria se los demanden

 

En octubre de 1943 hubo un cambio de gabinete: asumió como ministro de Justicia e Instrucción Pública el ultraconservador y confeso antisemita Gustavo Martínez Zuviría, que como novelista usaba el seudónimo de Hugo Wast. El ministro había escrito cosas como: «El judaísmo es algo indeleble como el color de la piel de uno. No es una religión, es una raza». En aquel contexto, nuestros autodenominados

«nacionalistas» dieron rienda suelta a su culto al hispanismo recalcitrante. Hubo que escuchar discursos como el pronunciado por el interventor en la Escuela Superior del Magisterio, Jordán Bruno Genta, ante miles de maestras que no podían huir despavoridas porque fueron obligadas a concurrir:

 

es urgente la rehabilitación de la inteligencia en el maestro normal por la disciplina metafísica y teológica que la restituya al hábito de Dios y de las esencias. Se trata de que el maestro asuma conciencia lúcida y fervorosa de todo lo que concierne a la defensa de nuestra soberanía y de que enseñe a sus niños que la escuela argentina, antes prepara para saber morir en la hora precisa, que para asegurar una vida tranquila y confortable y que el arado pueda abrir el surco porque la espada vigila[84].

 

Acto seguido, se dirigió a la concurrencia el interventor en el Consejo Nacional de Educación, Ignacio B. Olmedo, quien espetó:

 

Mujeres para procrear héroes, no madres de renegados. La mujer argentina debe cumplir celosamente con sus obligaciones naturales. La dignificación de la mujer consiste en no substraerla de su menester específico. La Nueva Argentina quiere mujeres sanas, fuertes y limpias. Debemos mantener nuestra personalidad diferenciada, dentro del tronco hispánico, católico y romano[85].

 

Contrariando la histórica Ley 1420 de educación laica, gratuita y obligatoria, el gobierno decretó la obligatoriedad de la enseñanza de la religión católica en las escuelas del Estado.

Entre los nuevos ministros figuraba el del Interior, general Luis César Perlinger, un confeso admirador del nazismo. Bajo su impulso se suspendió la publicación de periódicos judíos, se reprimió a comunistas y a liberales. Por un decreto del 31 de diciembre de 1943, todos los partidos políticos fueron proscriptos, mientras se agudizaba el control sobre los medios de comunicación.

Pero, según la Iglesia, no había por qué preocuparse: «nada hay que tenga sabor a totalitarismo en el actual gobierno»[86], escribía monseñor Gustavo Franceschi en la revista Criterio.

 

Los mareados

El fanatismo, como suele ocurrir, dio paso a la ridiculez y se formó una comisión de defensa de la pureza del lenguaje español, presidida por el mismo monseñor Franceschi, que prohibió la difusión radial de tangos con letras lunfardas. El insólito hecho inspiró inmediatamente al forjista Homero Manzi[87], que imaginó un

 

programa de radio en el que nada menos que la «Negra» Sofía Bozán, la más popular intérprete de tangos reos en los teatros de revistas, cantaba:

 

—No quiere tangos reos el director del correo[88] […]. Dame un consejo concreto, ¿cómo tengo que cantar?

—Cambia, altera, disimula. En vez de gil di pelmazo. Y di asno en vez de mula, y en vez de matón,

¡hombrazo! En cambio de mina, niña. En lugar de araca, eureka. En cambio de broma, riña. Ya ves que sin gran dolor, todo se arregla, Sofía.

—Bueno. ¡Basta!, conectad, que ya tengo lleno el carro, radiólogos escuchad, un tango rudo y bizarro, se llama riñas de barro, lo canta Lily Bozán[89].

 

El genial Homero lo ponía en tono de broma, pero la «comisión de notables» se tomó tan en serio su ridícula labor que propusieron cambiarle el nombre a varios tangos. La lista, incompleta y reducida para no aburrirnos, incluía joyitas como: El ciruja pasaría a ser El recolector; La maleva, La mala; Quevachaché, Qué hemos de hacerle y Shusheta sería El aristócrata. Las letras también sufrirían el afán hispanista. El comienzo de Mi noche triste, en lugar del célebre «Percanta que me amuraste», diría «Señorita que me hiciste daño». El humor popular le sugería a la comisión cambiarle el nombre a la calle «Guardia Vieja» por «Cuidado, madre» y al genial «Yira-yira» por «Dad vueltas, dad vueltas».

 

 

Perón se despega

Tanta exaltación greco-romano-hispánico-católica hizo estallar la paciencia de los jóvenes de FORJA[90], que emitieron un comunicado firmado por Arturo Jauretche[91], que decía:

 

Que la cultura grecoromana salve a Europa y vengan después sus portavoces a proclamar su vigencia y excelencia […]. Y aquí, terreno más familiar para nosotros y menos conocido para los intelectuales grecoromanos, ¿no es la inteligencia la que ha brillado en el régimen con sus católicos cultísimos, en sus judíos cultísimos, en sus ateos cultísimos, sus mercaderes y gobernantes cultísimos? ¿Y qué han significado? Por sus frutos los conoceréis. En la acción del Estado, ahí están sus leyes, decretos, sentencias, tratados, en que toda justicia fue subordinada a los intereses más abyectos. Nadie que no sea meramente un grecoromano podrá dejar de comprender que el General San Martín, al conciliar a los pueblos, para organizar sus libertades, formar sus ejércitos, conducirlos a la victoria, proclamar y establecer sucesivamente la independencia de repúblicas hermanas, realice un proceso histórico que no cabe en tradiciones ajenas a la nuestra, argentina, americana[92].

 

En aquellas circunstancias, Perón fue prudente y sólo se dedicó a apuntalar a Farrell para la vicepresidencia, que había quedado vacante. Perón era consciente de que aquellos «nacionalistas» eran absolutamente piantavotos y que si quería profundizar su relación con el movimiento obrero era imprescindible despegarse de estos personajes que estaban en la vereda de enfrente de cualquier delegado gremial. Su primera reacción fue sondear a los partidos políticos. Pudo comprobar que, entre

 

los radicales de primera línea, su figura no entusiasmaba; pero logró sumar a su círculo íntimo a los intelectuales de línea nacionalista popular y antiimperialista del grupo FORJA y a algunos hombres provenientes del radicalismo alvearista como Hortensio Quijano y Juan Ignacio Cooke.

 

 

El presidente que renunció tres veces

Dos episodios derrumbaron al débil presidente de facto Pedro Pablo Ramírez. Por un lado, ante el fracaso de las tratativas para reequipar a las Fuerzas Armadas en Estados Unidos, el coronel Enrique González, secretario general de la Presidencia, decidió enviar a un oficial argentino a Berlín para comprar armamento. Luego se sabría que el enviado era, además, un espía nazi. En un episodio digno de una novela de Graham Green, fue detenido en el Caribe por autoridades británicas, lo que generó un escándalo internacional de grandes proporciones. También pesó el contacto de Perón con el general Gualberto Villarroel y Víctor Paz Estensoro, la cabeza visible del Movimiento Nacionalista Revolucionario que acababa de protagonizar un golpe de Estado en Bolivia contra el presidente Enrique Peñaranda Castillo. Washington dedujo que hubo participación de Buenos Aires en el levantamiento boliviano y alertó a los otros países sobre el «expansionismo argentino».

En ese complicado contexto, el canciller Alberto Gilbert confirmó que el país declararía la guerra al Eje y el GOU se reunió especialmente para tratar el tema. El coronel González y el general Eduardo Ávalos apoyaron al gobierno, frente a una nutrida oposición. Perón sacó provecho, al no alinearse con ninguno de los dos bandos. El 26 de enero de 1944, el gobierno argentino rompía las relaciones diplomáticas con Alemania y Japón (Italia ocupada por los aliados, ya no integraba el Eje). Tres semanas después de esa ruptura, los miembros del GOU, muy probablemente alentados por Perón, exigieron la renuncia de González y Gilbert. Eliminados ambos, Ramírez quedaba solo a merced de Perón, quien agitó el fantasma de que el gobierno se aprestaba a enviar tropas al Asia contra Japón. Ramírez no supo convencer a los principales oficiales del Ejército de la falsedad de los rumores. En los días siguientes, Ramírez lograría un récord difícil de batir: tendría que presentar tres veces su renuncia a la presidencia.

El punto crítico se produjo el 23 de febrero, cuando por las amenazas de Ramírez, el GOU se disolvió con el juramento de sostener al régimen. Al día siguiente, en un intento desesperado, el presidente ordenó la destitución de Farrell. Inmediatamente y convocados por Perón, se reunieron oficiales del ex GOU y le bajaron el pulgar a Ramírez. Una delegación militar se trasladó hasta la residencia presidencial y le comunicó a Ramírez su destitución, quien a regañadientes presentó su primera renuncia «por la imposición de la fuerza». El texto claramente sugería que se había

 

producido un golpe de Estado. Alertados por un civil sobre la posibilidad de que eso impidiese el reconocimiento del nuevo gobierno por otros países, los militares resolvieron que Farrell visitase a Ramírez para convencerlo de que redactase una segunda nota. En ella, renunciaba «fatigado por las intensas tareas de gobierno».

El 29 de febrero, que marcaba el carácter de bisiesto y, para muchos, de funesto de aquel año que había comenzado con el terremoto de San Juan, el teniente coronel Tomás Adolfo Ducó encabezó una sublevación que reclamaba la vuelta de Ramírez, el nombramiento de civiles en el gabinete y elecciones generales. Pero no tuvo el menor eco y acabó por rendirse[93]. En medio de la crisis, el presidente Ramírez presentó su tercera renuncia, esta vez ante la Corte Suprema de Justicia. Al día siguiente asumía la presidencia el general Edelmiro J. Farrell.

Perón, nombrado ministro de Guerra, decidió enviar de gira a los principales cuarteles del interior al general Orlando Peluffo, con el objetivo de obtener bajo juramento el respaldo a Farrell como nuevo jefe de la revolución y a Perón como ministro, por parte de los más altos oficiales con mando de tropa. Sólo restaba sacarse de encima a Perlinger y la facción pro Eje que lo apoyaba. En ese momento circulaban por Buenos Aires los peores comentarios sobre Farrell: que estaba dominado por Perón y que el cargo le quitaba tiempo para sus grandes pasiones: los clubes nocturnos y las peleas.

En el mes de julio de 1944 se discutió quién debía ocupar la vicepresidencia vacante y en una asamblea de oficiales fue electo Perón por un estrecho margen de seis votos. Con la ayuda del almirante Alberto Teissaire, nuevo secretario de Marina y aliado de Perón, exigió la renuncia de Perlinger. Fue reemplazado interinamente por el propio Teissaire y, con ello, el control de Perón sobre sus camaradas de armas llegaba a su apogeo. Durante los últimos tres meses del ’44, Perón promovió reformas internas en el cuerpo militar que le permitieron mantener su autoridad y, a la vez, como vimos en el capítulo anterior, comenzar a conquistar el apoyo del movimiento obrero.

 

 

Cuando casi bombardean Buenos Aires

La campaña contra nuestro país por parte de los halcones de la Casa Blanca alcanzó tal punto que funcionarios del Pentágono llegaron a evaluar muy seriamente, a fines de 1944, el bombardeo de Buenos Aires a través de la Fuerza Aérea Brasileña. El alucinado proyecto consta en una carta fechada el 29 de diciembre de 1944, dirigida por el consejero de la embajada de Gran Bretaña en Washington, R. H. Hadow, a Victor Perowne, del Departamento Sudamericano del Foreign Office[94]. El documento, rescatado por el investigador argentino Carlos Escudé, señala:

 

En primer lugar, el embajador brasileño en Washington fue quien me dijo en confianza que un relevamiento de la situación llevado a cabo por las Fuerzas Armadas norteamericanas en Washington (al cual evidentemente había tenido acceso) da por descontado que Buenos Aires puede ser totalmente destruida por la Fuerza Aérea Brasileña. En segundo lugar, un oficial norteamericano, altamente ubicado, de mi amistad, insinuó que habían sido sostenidas conversaciones con respecto a una acción ofensiva contra Buenos Aires, por el Agregado Militar de Estados Unidos y/o el General Brett (o posiblemente por orden del último) en Río de Janeiro, y que la conclusión había sido que Buenos Aires podría ser destruida y la Argentina sometida, sin la intervención abierta del gobierno norteamericano. Pregunté si esto significaba usar la técnica usada por los alemanes durante la guerra española: la respuesta fue precisamente. Siempre hay en los Estados Unidos —explicó mi amigo— cierto número de jóvenes aventureros listos a enrolarse bajo una bandera extranjera, como lo han hecho en China, España y otros lugares; entre ellos hay numerosos pilotos de cazas y bombarderos, de primera categoría. No les faltarían aviones ni bombas, como no les faltaron a los alemanes en España, ya que Brasil estaría ejecutando la tarea de Estados Unidos: destruyendo al fascismo. La opinión pública estaría, por consiguiente, del lado del Brasil. Más aun: la información norteamericana era suficientemente exacta como para poder afirmar con confianza que existirían muy pocas probabilidades de revelaciones inconvenientes en caso de derribamiento de aviones, ya que las baterías antiaéreas y hasta los cazas argentinos y sus pilotos son pocos, están desconcentrados y muy por debajo de sus necesidades mínimas[95].

 

Lo que los norteamericanos no podían imaginarse por aquellos días, era que Buenos Aires sería bombardeada diez años y medio después, el 16 de junio de 1955, pero por las propias fuerzas armadas argentinas, más precisamente por la aviación naval.

 

 

La tregua

No sabemos si por culpa de la mala onda que le venía de la Argentina, pero lo cierto es que Cordell Hull sufrió una «indisposición» —como se decía entonces— y debió ser reemplazado interinamente en el cargo por Edward Stettinius, quien se mostró más comprensivo con la Argentina. A poco de asumir, le informaba al presidente Roosevelt:

 

He revisado cuidadosamente con el FBI nuestras acusaciones contra la Argentina y puedo concluir con seguridad que si bien es cierto que hasta hace un año hubo indicios sustantivos de ligazones con el Eje, tal situación ya no existe. Nuestro antagonismo actual se basa más bien en un sentimiento emocional, presente en nuestro pueblo y gobierno. Nos guste o no, Perón permanecerá en el poder […][96]

 

Summer Welles, un alto funcionario norteamericano, traducía en un informe la preocupación por las consecuencias que había provocado en la opinión pública latinoamericana la ofensiva lanzada contra la Argentina por Washington:

 

Cuando la bandera argentina aparecía en las pantallas cinematográficas de los países hispanoamericanos era saludada con vivos aplausos, mientras que se acogía con silbatinas todavía más fuertes las imágenes de las personas consideradas responsables de la política de los Estados Unidos[97].

 

Esta inquietud ya había sido expresada por un artículo titulado «El Fracaso»,

 

publicado en la influyente revista Time:

 

El entredicho con la Argentina es uno de los más tristes fracasos de la diplomacia de los Estados Unidos. […] la tendencia de la diplomacia estadounidense a sojuzgar a las naciones latinoamericanas y a tratarlas como a chicos rebeldes, que deben ser atraídos con dinero almibarado o gobernados con mano de hierro […] da resultados con algunos de los más pequeños y débiles, aunque nunca en forma completamente satisfactoria, transformándose casi siempre en un enorme perjuicio para el Gran Vecino. Con la Argentina no ha dado ningún resultado. La Argentina espera ser tratada como par. Perdidas las esperanzas de recibir ese tratamiento, sus ciudadanos se han convertido en nuestros enemigos. Su orgullo nacional herido se convierte en desafiante nacionalismo. […] es un producto nacional, no es mera copia inspirada en el nazismo sobre la base de los modelos europeos. Los Estados Unidos pueden suspender todo comercio con la Argentina, pero los ingleses no están en la misma situación[98].

 

Mientras todo esto ocurría, el 4 de febrero de 1945 se reunían en Yalta[99] los nuevos amos del mundo. Allí estaban Roosevelt, Churchill y Stalin. El tema de la Argentina estuvo presente en las conversaciones entre los tres «grandes». Según cuenta Stettinius en sus memorias:

 

Stalin declaró que la Argentina debía ser castigada y que si se hallara en este continente, él mismo se encargaría de que así fuera. Roosevelt agregó que el pueblo argentino era bueno, pero que de momento había hombres equivocados en el poder. Después de un brindis de Churchill por las masas proletarias del mundo[100], hubo una gran discusión sobre el derecho de los pueblos a gobernarse a sí mismos. […] Stalin preguntó a Roosevelt sobre la situación argentina. El presidente contestó que estábamos en tratos sobre la celebración de una Conferencia de Naciones Unidas y Asociadas que habían ayudado en el esfuerzo de guerra. La Argentina, claro, no era una nación unida ni una nación asociada. El secretario Hull había lanzado sus invectivas más duras contra la Argentina por haber persistido esta nación en prestar una ayuda abierta y notoria el Eje. Gran Bretaña, sin embargo, por depender de los suministros de carne que recibía de la Argentina y tener grandes inversiones hechas en aquel país, no deseaba unirse a los Estados Unidos y participar en una acción enérgica contra la República Argentina. Stalin dijo al presidente que no sentía ningún afecto hacia la Argentina y añadió que existía una contradicción en la lógica que regía el sistema de admitir naciones[101].

 

Como se ve, la actitud para nada desinteresada de Gran Bretaña fue decisiva para no excluir a la Argentina del sistema internacional.

El 21 de febrero de 1945 se reunió en el Palacio de Chapultepec, en la ciudad de México, la «Conferencia Interamericana Especial sobre Problemas de Guerra y Paz», promovida por Washington para asegurar su predominio en lo que ellos mismos denominaban despectivamente «el patio trasero». La Argentina no asistió pero fue claramente protagónica en ausencia, ya que tres artículos de la declaración final hacían clara referencia a nuestro país, invitándolo a firmar las resoluciones e incorporarse al «concierto de las naciones americanas». Para no desafinar, el presidente Farrell decidió, el 27 de marzo de aquel año clave de la historia argentina, dictar el decreto-ley 6945 que decía: «El gobierno de la Nación acepta la invitación que le ha sido formulada por las veinte repúblicas americanas participantes de la Conferencia y adhiere al Acta final de la misma». La redacción del artículo 2 del decreto no deja de sorprender: «Declárase el estado de guerra entre la República

 

Argentina y el Imperio del Japón», y recién en el artículo 3 se le declaraba la guerra a Alemania por carácter transitivo: «Declárase igualmente el estado de guerra entre la República Argentina y Alemania, atento al carácter de esta última aliada del Japón».

El Acta de Chapultepec fue firmada por nuestro embajador en México el 4 de abril. Una semana después, los Estados Unidos y las demás naciones latinoamericanas normalizaron las relaciones con la Argentina.

En retribución, el gobierno argentino tomó medidas tendientes a mejorar su imagen: cese total del intercambio comercial con los países del Eje, cierre de publicaciones pronazis, intervención de empresas alemanas, arresto de un número importante de espías nazis o sospechosos de serlo y promesa de una pronta convocatoria a elecciones nacionales.

Perón le confesaría años más tarde a Félix Luna:

 

Indudablemente, a fines de febrero de 1945, la guerra ya estaba decidida. Nosotros habíamos mantenido la neutralidad pero ya no podíamos mantenerla más. Recuerdo que reuní a algunos amigos alemanes que tenía, que eran los que dirigían la colectividad, y les dije: —Vean, no tenemos más remedio que ir a la guerra, porque si no, nosotros y también ustedes vamos a ir a Nüremberg. Y de acuerdo con el consenso y la aprobación de ellos, declaramos la guerra a Alemania pero ¡claro!, fue una cosa puramente formal[102].

 

 

 

Bienvenido Mister Braden

El 18 de abril del ’45, una flotilla aérea norteamericana sobrevoló Buenos Aires y aterrizó en la base de El Palomar. Pero venían en son de paz, trayendo abordo a Avra Warren, jefe de la división Asuntos Americanos del Departamento de Estado. Como suele ocurrir en estos casos, el hombre venía acompañado por militares de alto rango y economistas. La «Misión Warren» venía con la idea de estrechar contactos con el gobierno argentino. Perón puso especial cuidado en recibirlos cordialmente porque esperaba concretar la tan ansiada compra de armamentos.

Todo venía bien, pero la «luna de miel» duró poco. La muerte del presidente Roosevelt —el 12 de abril de 1945— y la asunción de Harry Truman trajeron aparejados cambios en el gabinete y en el equipo de funcionarios. El conciliador Stettenius fue reemplazado por un enemigo de la Argentina, James Byrnes, quien a instancias de Nelson Rockefeller —coordinador de la Oficina de Asuntos Interamericanos y secretario de Estado adjunto para la región— designaría al nuevo embajador en nuestro país. El funcionario llegó el 19 de mayo de 1945 a Buenos Aires procedente de Chile, donde su familia era propietaria de la Braden Copper Mines, una de las más importantes empresas mineras del país vecino. Se llamaba Spruille Braden y seguramente nadie sospechaba hasta qué punto protagonizaría la política argentina de los meses siguientes.

 

El americano más famoso

¿Quién era este mister Braden? Había nacido en Elkhorn, Montana, hacía cincuenta y un años. Era hijo de un rico empresario minero vinculado a los Rockefeller. A la hora de estudiar, el joven Spruille no tuvo muchas opciones y se recibió de ingeniero en minas. En 1920, gracias a los contactos familiares, ganó la licitación para la electrificación de los ferrocarriles chilenos. Poco después organizó la Corporación Boliviano-Argentina de Exportación, y se fue convirtiendo en consejero, o sea lobbysta, de varios gobiernos latinoamericanos en negociaciones de empréstitos. En la Casa Blanca fue ganando fama de hombre conocedor de América Latina y en 1933 acompañó al representante norteamericano Cordell Hull a la Séptima Conferencia Panamericana de Montevideo. Pero sus escarceos diplomáticos no iban en desmedro de sus actividades empresariales; por el contrario, las complementaban perfectamente. En uno de sus múltiples viajes por la región, Braden consiguió una concesión que negoció como testaferro para sus amigos los Rockefeller y su Standard Oil Company en la cuenca petrolera en la zona del Chaco boreal, disputada por los gobiernos de Paraguay y Bolivia. Durante la guerra que desangró a los países hermanos entre 1932 y 1935, Braden movió los hilos en defensa de los intereses de la Standard Oil y participó de la firma del acuerdo de paz que puso fin al dramático conflicto.

En 1939 fue designado embajador en Colombia y en 1941 fue trasladado a Cuba, donde entabló estrechos vínculos con Fulgencio Batista[103]. Con esos antecedentes, llegó en 1945 a la Argentina.

La revista más influyente de los Estados Unidos, la famosísima Time, hacía una curiosa referencia a Braden que incluía una deliciosa confesión de parte:

 

En viaje a Buenos Aires se encuentra el astuto, alegre y rudo Spruille Braden, designado embajador de los Estados Unidos en la Argentina. Braden es un diplomático inusitadamente democrático[104].

 

Se ve que lo «inusitado» era que los representantes del imperio no tuviesen nada de democráticos. Pero la revista se podía quedar muy tranquila. Braden no sería la excepción a la regla.

Así recibía La Nación al nuevo embajador:

 

Hombre de ciencia al mismo tiempo que hombre de ley, hombre de acción ante todo, mister Spruille Braden es un prototipo de los estadistas de su país, eminentemente práctico. Su vida es un ejemplo de fe apasionada en la energía que la Democracia encierra como fuerza propulsora de progreso. Desde que comenzó a señalarse en el desempeño de misiones en el exterior, ha afirmado el ideal de la confraternidad basado en la soberanía individual, como la única forma de alcanzar la victoria del espíritu sobre las pasiones obscuras[105].

 

El «enviado» fue presentado en sociedad el 29 de mayo en el Club Americano. Allí Braden se dirigió a la «distinguida» concurrencia con estas palabras, que serían contrariadas inmediatamente por sus actos. Decía que su misión tenía por objetivo:

 

proteger y promover todos los legítimos intereses norteamericanos. Habréis observado que empleo la palabra legítimo. Lo hago porque si nuestros intereses llegaran alguna vez a ser ilegítimos se opondrían directamente a las normas y principios que inspiran nuestra política, no podrán esperar de nuestra misión diplomática sino la más obstinada oposición […]. Estoy seguro de interpretar bien vuestro pensamiento cuando digo que si una minoría de malintencionados intentara llegar a estas costas, la colectividad norteamericana y su embajada la rechazarían con más indignación que los propios argentinos[106]

 

Se ve que entre los presentes no hubo nadie que tuviera ganas de recordarle que los Estados Unidos no habían hecho otra cosa en América Latina que impulsar sus

«legítimos intereses», que eran a todas luces absolutamente ilegítimos para los verdaderos intereses de nuestros pueblos.

A los pocos días de aquel discurso, Braden enviaba uno de sus primeros informes a Washington en estos «bienintencionados» términos:

 

Si bien la eliminación de Perón y los militares sería un gran paso adelante, la seguridad de Estados Unidos y consecuentemente la de Gran Bretaña no quedará asegurada hasta que [los] últimos vestigios de los malignos principios y métodos que [el] existente gobierno representa y practica hayan sido extirpados y una democracia razonablemente efectiva reine en la Argentina[107].

 

No nos queda claro si «una democracia razonablemente efectiva» era para Braden algo parecido a la dictadura cubana, a la que el embajador impulsó tan fervientemente desde su sede diplomática en La Habana.

Es curioso, pero todos coincidían en calificar zoológicamente al corpulento embajador: mientras para algunos era un noble búfalo de las praderas, para otros era un bulldog y para otros, simplemente un cerdo. Lo concreto es que el hombre llegaba a la Argentina como un conquistador, dispuesto a hacer cualquier cosa para garantizar la hegemonía norteamericana en nuestro país y asegurarse el control sobre todos los negocios que traería la posguerra. Desde Londres las cosas se veían así:

 

La mayor dificultad enfrentada por el gobierno de Su Majestad [respecto de la Argentina] es la actitud del gobierno norteamericano, el cual es fundamentalmente hostil hacia la Argentina por considerar a ese país un foco de oposición hacia la hegemonía de Estados Unidos en América del Sur. Esta actitud persistirá independientemente del gobierno que invista el poder en la Argentina, a no ser que el tal gobierno se subordine totalmente a Estados Unidos[108].

 

El gobierno de «Su Graciosa Majestad», insospechable de nazi, advertía claramente el carácter de la misión de Braden y no daba el más mínimo crédito a las virtudes «democráticas» del embajador. Para el Foreign Office se trataba de una intervención directa del gobierno de los Estados Unidos en los asuntos internos del país, violatoria del Acta de Chapultepec, cuyo celoso cumplimiento reclamaba sin

 

ruborizarse el corpulento diplomático.

 

 

Enemigos íntimos

No pasaron muchos días hasta que finalmente Braden se vio cara a cara con su archienemigo, el coronel Perón. Fue una entrevista relativamente cordial. El vicepresidente le reclamó el cumplimiento de lo acordado por la Misión Warren, o sea el envío de equipamiento militar. Braden retó al coronel diciéndole: «Ustedes tienen una prensa y una opinión pública extremadamente malas en el exterior y van a tener que hacer algo en ese sentido primero»[109]. Perón le aseguró que no habría ningún problema. Pero a la segunda reunión el embajador fue, no quisiéramos decir con cara de perro para no agregar otro animal a la lista, pero algo así. Le comunicó oficialmente a Perón que el Departamento de Estado había decidido no enviar nada a la Argentina a causa de lo que Washington entendía como incumplimiento de las obligaciones acordadas en la Conferencia de Chapultepec. Según el historiador Robert Potash, la cancelación de los embarques prometidos por la Misión Warren fue obra de Braden[110].

Hubo un encuentro posterior, el 5 de julio de 1945. En él, Braden intentó extorsionar a Perón. Le dijo que si transfería la propiedad de las empresas alemanas y japonesas (incautadas tras la declaración de guerra) a firmas norteamericanas y si abría los cielos a las compañías aerocomerciales estadounidenses, él intercedería ante la Casa Blanca para que revieran su política frente a la Argentina y para convertirlo en alguien muy popular y con muy buena imagen en el exterior. Perón le contestó:

 

A ese precio prefiero ser el más oscuro y desconocido de los argentinos, porque no quiero llegar a ser popular en ninguna parte por haber sido un hijo de puta en mi país[111].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Octubre, mes de cambios

 

Durante 25 años, desde la «Semana Trágica» de enero de 1919, el país ha vivido una casi perfecta tranquilidad.

Solicitada de las autodenominadas «fuerzas vivas». La Nación, 16 de junio de 1945[112]

 

 

El «búfalo» Braden, como le gustaba que lo llamaran, trabajó incansablemente para aislar internacionalmente al gobierno argentino y se dedicó a hacer lobby con todo el arco opositor. En ese tren, dejó de lado todo lo que podría recordar a la ética. Se instaló en sus oficinas de los altos del Banco de Boston, a dos cuadras de la Plaza de Mayo. Junto con su estrecho colaborador Gustavo Durán —un exestalinista que había luchado en la Guerra Civil Española enrolado en el Quinto Regimiento y terminó como funcionario del Departamento de Estado—, el embajador comenzó una intensa rueda de entrevistas con los principales líderes de la oposición. Encontró un terreno fértil para su cruzada en el rechazo que habían despertado la figura de Perón, su innovadora política social y su estrecha alianza con los sindicatos obreros, en el establishment, como siempre vinculado a los sectores más reaccionarios de las Fuerzas Armadas, en los partidos políticos y en una opinión pública hegemonizada por las clases medias y altas. Braden fue el más dinámico y eficiente promotor de la unificación de las fuerzas opositoras en un gran movimiento antiperonista. Este frente, unido por «el espanto» más que por el amor, incluyó a los partidos Comunista, Socialista, Unión Cívica Radical, Demócrata Progresista y Conservador; la Federación Universitaria Argentina, la Sociedad Rural, la Unión Industrial, la Bolsa de Comercio y los sindicatos opositores. De manera insólita, un diplomático extranjero, y nada menos que de los Estados Unidos, se convertiría rápidamente en el líder más visible e indiscutible de aquel amplio espectro opositor que se fue nucleando en torno a lo que terminaría por llamarse, meses más tarde, «Unión Democrática».

 

 

Yanquis y marxistas

La estrecha alianza que se daría entre la embajada norteamericana y el Partido

 

Comunista se explica por el período histórico que se vivía a escala mundial. En 1945, todavía las dos superpotencias emergentes de la guerra aún no concluida, los Estados Unidos y la Unión Soviética, se veían mutuamente como aliados, recelosos pero con un enemigo en común: el nazifascismo. La coincidencia en la caracterización de Perón como «nazifascista» movilizó la alianza que hubiera resultado imposible un año después, con la «guerra fría[113]» desatada entre los dos imperios. Esa caracterización desviaba con cierta eficacia la discusión sobre la política social de Perón y su creciente popularidad: minimizaba sus logros, cubría al coronel de sospechas y lo emparentaba con una experiencia nefasta de la que cada día se conocían más detalles al difundirse los testimonios de los sobrevivientes de los campos de exterminio nazis. Plantear la discusión en esos términos permitía disimular las diferencias otrora irreconciliables entre, por ejemplo, el Partido Socialista y la Sociedad Rural. Ahora, como por arte de magia, los dos aparecían embanderados en una causa superadora y humanitaria. Estaba claro que se trataba de una militancia «anti» y que a ningún componente de la alianza le convenía pensar seriamente en la toma del poder y en cómo sería el primer día de gobierno, cuando cualquier medida que se tomase perjudicaría a alguno de los sectores representados en la excesivamente heterogénea agrupación.

 

 

¡Un médico, ahí, a la izquierda!

Antes de analizar las conductas de las izquierdas argentinas frente al emergente fenómeno peronista, se hace necesario precisar dos cuestiones básicas que apuntan a comprender ciertas actitudes de la militancia y que no justifican la lamentable conducta que tendrán las conducciones de los partidos Socialista y Comunista. La primera tiene que ver con el protagonismo discursivo que la batalla mundial contra el fascismo había adquirido en nuestras izquierdas desde los luchadores antifascistas de la década del 20, pasando por la enorme marca dejada en nuestro país por la Guerra Civil Española y la terrible derrota de las fuerzas progresistas a manos del franquismo. La expansión del nazifascismo y el comienzo de la Segunda Guerra acentuaron el sentimiento de que la prioridad de todo militante de izquierda de cualquier parte del mundo era la derrota total de aquel espantoso sistema.

El otro punto era la permanente persecución sufrida por la militancia de izquierda por parte de la «revolución» iniciada en 1943, tanto en el ámbito gremial como en el universitario. El elenco policial, heredado sin cambios de la década infame, hacía uso de los mismos métodos que había implantado el comisario Leopoldo Lugones (hijo) a comienzos de los 30 y la actividad gremial estaba controlada y cercenada por el Estado. Era comprensible entonces que aquella militancia, que estaba lejos de ser minoritaria, desconfiara profundamente del proceso que comenzaba a vivirse en la

 

Argentina.

Pero esto no exculpa a las dirigencias, particularmente a aquellas que deberían saber que su papel consiste, entre otros aspectos, en estar un paso adelante y, siguiendo a Marx, cambiar la realidad, no sólo interpretarla. El cuestionamiento apunta a esas dirigencias que no estuvieron a la altura de la historia y que muchos años después terminaron autocriticándose por su error fatal de 1945, cuando perdieron para siempre su liderazgo del movimiento obrero argentino.

El desvío de todas las líbidos hacia la derrota total de Perón y de lo que él representaba hizo posibles cosas insólitas; por ejemplo, que el sindicato de los terratenientes, más conocido como la Sociedad Rural, aceptara la inclusión de planteos cercanos a la reforma agraria en la plataforma de la Unión Democrática. Sabía, por supuesto, que si triunfaba la insólita alianza, la promesa electoral quedaría en la nada. En esta verdadera «cruzada» antiperonista, el entusiasmo por el apoyo tan contundente que brindaba, a través de su embajador, la gran vencedora de la guerra, hizo perder de vista a los componentes de aquel frente —particularmente, a los partidos de izquierda— los costos que tendrían que pagar, tarde o temprano, por dejar el manejo estratégico de la campaña contra Perón en manos del Departamento de Estado de los Estados Unidos y de un histriónico e inescrupuloso personaje como Braden. El Partido Comunista, discursiva e históricamente el más antiyanqui de los partidos argentinos, pareció olvidarse de sus caracterizaciones previas para proclamar en el Luna Park, por boca de uno de sus máximos dirigentes, Rodolfo Ghioldi: «Un ilustre embajador aliado acaba de ratificar que los Estados Unidos están dispuestos a ayudar a una Argentina democrática». El mismo Ghioldi proponía:

La conservación de la amistad con Gran Bretaña, sin detrimento para el desarrollo nacional; mejorarla radicalmente con los Estados Unidos, partiendo de la línea de la

«buena vecindad», retomada ahora por el secretario Byrnes y ratificada con tanto calor por mister Braden[114].

Era el mismo Rodolfo Ghioldi que había escrito, el 17 de abril de 1941, cuando la URSS aún no era aliada de Estados Unidos:

 

en los planes norteamericanos, América Latina no saldría de su actual degradación económica, continuaría siendo el abastecedor de materias primas y alimenticias. Con esta diferencia, sin embargo: que pasaría a ser exclusivamente fiscalizada por el imperialismo yanqui. El plan económico panamericano no es otra cosa que el espacio vital exigido por los Estados Unidos. No se trata ya de coparticipación en la explotación colonial, sino del monopolio norteamericano sobre América Latina. […] Nadie deja de ver, en la guerra desatada por el imperialismo, la salida revolucionaria. Nunca como hoy el fantasma de la revolución atormenta a los dirigentes del capitalismo mundial. La combinación de las insurrecciones proletarias en los países avanzados con los levantamientos nacionales antiimperialistas en los países coloniales y semicoloniales preséntase como uno de los más probables caminos. Precisamente por ello, los socialistas argentinos, que siempre negaron la existencia del imperialismo, surgen ahora como sus abanderados, los socialistas chilenos como sus instrumentos y el aprismo como su puntal. Hay que frenar y evitar el movimiento antiimperialista de masas, y ello puede obtenerse únicamente al precio de pasar franca y directamente al campo del imperialismo yanqui. Cuando las cuestiones de la liberación nacional

 

se colocan agudamente y con carácter de inminencia, hay que despojarse hasta de la hipocresía antiimperialista y exhibirse como heraldos del imperialismo norteamericano. Ese camino es el mismo recorrido por el señor Haya de la Torre desde su consigna «contra el imperialismo yanqui» a su slogan actual: «Por la alianza con los Estados Unidos». Las posiciones activas contra el movimiento de liberación nacional conducen inevitablemente, como ocurre en Argentina y Chile, a la alianza con la oligarquía[115].

 

Volviendo al acto del Luna Park, y para el desconcierto de varios de los presentes, al referirse a sus históricos enemigos, con los que se habían tiroteado durante gran parte de la década infame, los que habían llevado el fraude y la corrupción al poder, el dirigente del PC argentino dijo:

 

Saludamos la reorganización del Partido Conservador, operada en oposición a la dictadura, que sin desmedro de sus tradiciones sociales, se apresta al abrazo de la unidad nacional, y que en las horas sombrías del terror carcelario mantuvo, en la persona de Don Antonio Santamarina, una envidiable conducta de dignidad civil[116].

 

No sabemos si entre las cosas que le envidiaba Ghioldi a la conducta de Santamarina estaba la de haber sido uno de los señalados como instigador del atentado contra Lisandro de la Torre que le costó la vida al senador Enzo Bordabehere[117] y de haber aportado a uno de sus estrechos colaboradores, Ramón Valdez Cora, para que ejecutara uno de los crímenes políticos más miserables de la década infame. Tampoco quedaba muy claro si la «dignidad civil» incluía el haber apoyado explícitamente el golpe del dictador Uriburu, en cuyo gabinete su hermano Enrique ocupó el Ministerio de Hacienda. El intelectual y militante comunista Ernesto Giudici comentará décadas después:

 

El Partido realizó su primer gran acto público en el Luna Park y en él Rodolfo Ghioldi tuvo el mal gusto e imprudencia —aparte del error político— de exaltar la figura del embajador norteamericano Braden. Fue una definición suicida. Y a destiempo, además. Internacionalmente, según el esquema de los bloques, el enemigo había pasado a ser Inglaterra y Estados Unidos[118]. Esto lo advirtió Prestes[119], reprochando la postura comunista en la Argentina. Pero aquí no se aceptaban consejos. Prestes tuvo razón. El contacto que yo tuve con numerosos peronistas, al tiempo que el PC los rehusaba, me permitió comprobar que esa imagen de un Perón dictatorial y despótico no era verdadera. En el PC la incomprensión del peronismo es una especie de culpa que no se quiere reconocer[120].

 

Palabras como las de Ghioldi evidenciaban por qué la oposición, al tener como blanco de sus ataques al coronel Perón y en segundo lugar a Farrell, era vista por el movimiento obrero como enemiga de las mejoras económicas y sociales, promovidas por Perón, más que como opositora al gobierno. Es interesante conocer el testimonio de un hombre del socialismo que marca el error que comenzaba a cometerse:

 

Los partidos políticos democráticos no se equivocaron respecto del carácter fascista que tuvo durante su primera etapa el gobierno revolucionario, y sobre los propósitos manifiestos de la política social de Perón. Pero no comprendieron ni adaptaron su táctica al cambio de frente del gobierno revolucionario a partir de 1945. Este error fue trágico cuando, en conjunción de fuerzas, aparecieron, ante los ojos de la mayoría de los trabajadores, aliados con las fuerzas de la tradicional oligarquía argentina y los intereses de las fuerzas

 

patronales[121].

 

El sociólogo Horacio Tarcus amplía el concepto:

 

Las izquierdas argentinas de los años 20, de los años 30 y principios de los años 40 se pensaron a sí mismas como a la izquierda del modelo oligárquico liberal. Instalados en ese escenario y aceptando una parte de este paradigma, intentaron cuestionar este régimen desde la izquierda, funcionando muchas veces como el lado izquierdo del propio régimen. Las izquierdas van a pagar muy caro políticamente por esta incomprensión, porque van a perder sus posiciones de liderazgo dentro del campo gremial y dentro del campo de la clase trabajadora. Se va a dar entre 1943 y 1946 un cambio en la lealtad de masas, un corte en la historia de las clases trabajadoras que marca un hito[122].

 

El cambio operado por el coronel sí fue percibido, en cambio, por las fuerzas más retrógradas de la derecha que al principio habían acompañado a la «revolución» con la intención de cooptarla y ahora huían despavoridas para demostrar que no apoyaban la política social de Perón. Lo deja en claro un manual de contrainsurgencia, muy usado en los 60 y los 70 por nuestros represores, que fue redactado por Jordán Bruno Genta:

 

En cuanto al sindicalismo oficial de la década peronista, corresponde señalar que la vasta obra social y la movilización del proletariado argentino revistieron un carácter netamente marxista, clasista y subversivo. Despilfarro, inflación, nivelación improductiva, como consecuencia necesaria de la aplicación de las consignas marxistas en la lucha de clases: «trabajar cada vez menos, ganar cada vez más»[123].

 

Hay pocos casos en la Historia Universal en los que un líder de la dimensión de Perón fuera acusado de nazi y de marxista al mismo tiempo. Quedan dos alternativas para el debate: o su mensaje era de una ambigüedad sobrenatural o la oposición estaba realmente muy desorientada.

Así, la izquierda fue perdiendo de vista elementos clave como el histórico sentimiento antiyanqui argentino, que venía desde el fondo de los tiempos. Resultó un factor definitivo y fatal para ellos a la hora de la alternativa de hierro que la propia oposición al coronel fue ayudando a construir con una gran inconsciencia y que no podía dejar de ser aprovechada por su enemigo declarado y que acabaría por constituirse en el mejor eslogan, el que necesitaba Perón para marcar definitivamente la cancha para jugar como él quería. Todo llevaba hacia «Braden o Perón».

 

 

Nostalgias de la Semana Trágica

Más allá del embelesamiento que provocaba en la oposición el «enviado» norteamericano, sus torpezas fueron rápidamente advertidas por el embajador inglés David Kelly que recordará en sus memorias:

 

Las dificultades empezaron con la llegada del nuevo embajador norteamericano, Spruille Braden, cuya

 

breve estada en Buenos Aires fue uno de los más curiosos episodios de mi carrera diplomática. El señor Braden llegó a Buenos Aires con la idea fija de que la Providencia lo había elegido para derrocar al régimen Farrell-Perón. Alentado y agasajado por la oposición, en especial por los miembros más ricos de la «sociedad», emprendió una serie de violentos discursos contra el régimen. Poseía un cierto don magnético; yo lo apreciaba a él personalmente y traté de advertirle que su campaña acabaría por frustrar sus objetivos pues reuniría alrededor del coronel Perón las fuerzas del nacionalismo y el sentimiento antinorteamericano[124].

 

Pero la ofensiva de Braden, o sea el apoyo incondicional de los Estados Unidos, no fue leída por la oposición en el mismo sentido en que lo hacía el embajador británico. La patronal creyó apropiado publicar el 16 de junio de 1945 en todos los diarios, en forma de solicitada, un «Manifiesto del Comercio y la Industria», firmado por unas 300 entidades. En ella, los empresarios advertían que se les hacía muy difícil cumplir con las nuevas disposiciones legales favorables a los trabajadores y que esas medidas abrirían fatalmente la puerta a la inflación.

Tres días después, la Sociedad Rural hacía público un comunicado similar, en el que defendía activamente la «libertad económica». Era lo que Perón necesitaba: identificar claramente a la oposición con las organizaciones patronales. Sin perder tiempo, les contestó:

 

Esas fuerzas que firman el manifiesto han representado dentro del país la eterna economía que ha manejado a la oligarquía política, que era su instrumento y que verdaderamente no gobernaba al país, de acuerdo a lo que nosotros entendemos por democracia que asegura la justicia igual y distributiva para todos. […] Parecerían reclamar una nueva Semana Trágica para asegurarles otros 25 años de tranquilidad. Este gobierno no lo hará. No asegurará ni 25 años ni 25 días de tranquilidad a los capitalistas siguiendo el ejemplo doloso de la Semana Trágica de enero de 1919, pues la sangre de los trabajadores sacrificados entonces no debe refrescarse con nuevos actos de injustificada violencia oficial. […] Imponer el aumento de salarios, aunque pueda considerarse una solución circunstancial para «satisfacer conveniencias del momento», es un acto de estricta justicia que habla muy alto de la tarea de la Secretaría de Trabajo y Previsión[125].

 

 

 

La guerra privada de mister Braden

La Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin. El saldo en vidas humanas fue tremendo, cerca de 50 millones de muertos. El mapa político europeo volvió a cambiar. Alemania quedó dividida en dos Estados: Alemania Occidental (bajo la influencia norteamericana) y Alemania Oriental (bajo la influencia soviética). La Unión Soviética compensó con creces sus pérdidas de 1917 y aumentó su territorio. En las conferencias de paz de Yalta y Potsdam[126], los dos grandes vencedores del conflicto acordaron combatir el fascismo y evitar su rebrote. Pero, fundamentalmente, se repartieron las áreas de poder e influencia en todo el mundo.

El panorama mundial repercutía notablemente en el local. La oposición vivía como propias las victorias de los aliados y salió a la calle a festejar la derrota del

 

nazifascismo en Europa. Su intención era enviar una señal indisimulable al gobierno, que reaccionó de la manera más torpe y autoritaria, reprimiendo las manifestaciones y prohibiendo los festejos. Pero, como señala Tulio Halperín Donghi:

 

El gobierno […] debe ahora emprender en la humildad el camino que antes se había rehusado altivamente a seguir; le es urgente salir del aislamiento diplomático, incorporarse de cualquier manera a las victoriosas Naciones Unidas. […] En el interior, la salida constitucional se hace cada vez más inevitable. Si la mayor parte de los coroneles encuentran a estas novedades escasamente gratas, y no encaran sin reticencias el indispensable cambio de rumbo, el coronel Perón se revela por lo contrario dispuesto a seguir participando con su anterior entusiasmo en un juego político hondamente transformado[127].

 

Lentamente el gobierno fue entrando en razón y se decidió a ir ordenando las cosas para la tan anhelada y necesaria salida democrática. El primer paso fue dado el 31 de mayo, cuando sancionó el Estatuto de los Partidos Políticos, redactado por los doctores Benjamín Villegas Basavilbaso, Rodolfo Medina, José M. Astigueta y Segundo V. Linares Quintana, todos reconocidos juristas. En las semanas siguientes los partidos recuperaron sus locales y, después de quince años de proscripción, fue legalizado el Partido Comunista. La mayoría de los presos políticos fueron liberados. Pese a que Farrell ofrecía una imagen de apertura hacia la democracia, el embajador Braden, fiel a su estrategia de trasladar el conflicto internacional a la Argentina, negó toda importancia a estos cambios y al giro que comenzaba a dar el gobierno militar. El búfalo seguía buscando nazis y se ofrecía, en nombre de su «generoso» país, a encabezar la «cruzada libertadora»:

 

Debemos estar constantemente alertas para revelar y destruir la propaganda de falsedades y mentiras que aquí, allí y en todas partes difunden como la cosa más natural nuestros enemigos comunes, sus agentes, sus descarriados discípulos y las víctimas de sus funestas predicaciones. Mientras quede alguno de ellos en cualquier parte del mundo con la posibilidad de proseguir sus viles campañas, tenemos que seguir luchando hasta disuadirlos. Debemos actuar sin desmayo. Cuando sea necesario debemos ser implacables. Hay que eliminarlos de toda actividad. Su traición y locas ambiciones de poder deben desaparecer. A sus brutales secuaces hay que reeducarlos y hacerlos inofensivos […]. La Gran Bretaña y los Estados Unidos son por obra de las circunstancias que todos conocemos, los dos países mejor equipados para ofrecer a la Argentina la ayuda más eficaz para esa tarea de eliminar las nefastas actividades de nuestros enemigos comunes[128].

 

En un cable reservado, dirigido a su gobierno el 27 de junio, el embajador inglés Kelly reportaba:

 

El corresponsal de Times me dice que todos los corresponsales norteamericanos creen que el embajador está obstinado en derrocar al gobierno a cualquier costo, y que el Sr. Cortesi[129] dice que siempre lo incitan desde la Embajada de Estados Unidos a enviar historias aún más sensacionalistas de las que él quisiera escribir[130].

 

Mientras tanto, el 6 de julio de 1945, durante la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas, el presidente Farrell anunció la convocatoria a elecciones generales

 

en estos términos:

 

No estamos fabricando sucesiones […]. He de hacer todo cuanto esté a mi alcance para asegurar elecciones completamente libres, y que ocupe la primera magistratura el que el pueblo elija. Repito: el que el pueblo elija. Y anticipo que no expondré a las Fuerzas Armadas a la crítica de haber participado en fraude alguno[131].

 

 

 

Éramos pocos y llegaron los submarinos

Como si todo esto fuera poco, el 10 de julio emergió de las aguas marplatenses el submarino alemán U-530. El capitán Otto Wermoutt, comandante de aquella mole de 700 toneladas, con sus juveniles 25 años y sus 53 hombres, venía inoportunamente a rendirse. Lo hicieron ante un joven oficial submarinista argentino, Francisco Manrique. El futuro inventor del Prode fue el encargado de interrogar al capitán de nombre de aperitivo y a su segundo, el teniente Kurt Félix Schüller. Manrique reportó a su superior, el capitán de navío Isaac Francisco Rojas, por entonces secretario interino del ministro de Marina, que la nave tenía como destino final la Antártida y que ni Hitler ni ningún funcionario del Reich estuvieron abordo en ningún momento[132].

No hizo falta mucho para que a lo largo de la extensa costa argentina comenzaran a denunciarse avistajes de naves similares. La mayoría de las denuncias eran falsas. Pero el episodio no podía pasar inadvertido para Braden, que exigió la inmediata entrega de los prisioneros alemanes al gobierno de Estados Unidos. Un mes más tarde llegaría a nuestras costas el U-977, al mando del capitán Heinz Schaffer. Según la leyenda, el submarino traía pasajeros demasiado ilustres: nada menos que Adolf Hitler y Eva Braun. Y, para completarla, se afirmaba que con ellos venía lo que habían podido rescatar del fabuloso tesoro del Tercer Reich. Todo indicaba que, en realidad, el genocida y su compañera estaban bien muertos desde el 30 de abril. Ese día se suicidaron en la Cancillería de Berlín, ante la inminente llegada de las tropas soviéticas que no pensaban perdonarles sus 22 millones de muertos y les preparaban un final peor del que habían tenido, dos días antes, su colega Mussolini y su amante, capturados por la resistencia italiana[133].

El historiador norteamericano Page sostiene:

 

Un artículo reciente […] informa que las historias de que los altos jefes nazis convirtieron sus fortunas en oro y se fugaron de Europa en submarinos en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial tendría origen en una campaña británica de desinformación o «propaganda negra», destinada a convencer a los soldados y civiles alemanes de que sus líderes los estaban abandonando[134].

 

De todas maneras, parece muy posible que en aquellos submarinos arribaran a nuestras costas algunos de los miles de nazis que llegarán a la Argentina a partir de

 

  1. Nos ocuparemos del tema en otro capítulo.

 

 

Los muchachos peronistas.

En los días siguientes, una catarata de solicitadas colmaba los diarios. Las firmaban sindicatos y organizaciones gremiales que defendían la política de la Secretaría de Trabajo y acusaban a las patronales de querer volver los almanaques para atrás. Preparaban el clima para la convocatoria a un gran acto de apoyo al «coronel de los trabajadores». El 12 de julio se concentraron frente al despacho de Perón entre ochenta mil y doscientos mil trabajadores, según las fuentes, bajo las consignas: «Por la participación activa y directa de los trabajadores en la solución de los problemas sociales, económicos y políticos del país; contra la reacción capitalista; contra la especulación y el alza de precios».

En medio de consignas como «Muera el chancho Braden», «Ni nazis, ni fascistas, peronistas» y la novedosa «Perón Presidente», Manuel Piche, en representación de la CGT, abrió el acto: «No basta hablar de democracia. Una democracia defendida por los capitalistas reaccionarios no la queremos; una democracia que sea un retorno a la oligarquía, no la auspiciamos.»[135]

Frente a la demostración de fuerzas, la oposición, estimulada en más de un sentido por el embajador yanqui, cerró filas y comenzó a preparar una marcha. Convocaban bajo la amplia consigna «Por la Constitución y la libertad».

 

La era de la política social

Perón creyó necesario hacer algunas precisiones ante sus camaradas sobre el momento que se vivía. Sus palabras demuestran que pensaba seriamente en su futuro político:

 

La Revolución Rusa es un hecho consumado en el mundo. Hay que aceptar esa evolución. Si la Revolución Francesa terminó con el gobierno de las aristocracias, la Revolución Rusa termina con el gobierno de las burguesías. Empieza el gobierno de las masas populares. Es un hecho que el Ejército debe aceptar y colocarse dentro de la evolución. Esto es fatal. Si nosotros no hacemos la revolución pacífica, el pueblo hará la revolución violenta[136].

 

A continuación, describía la coyuntura, marcada por la ofensiva de la oposición encabezada por Braden y las alternativas que se le presentaban al gobierno y a la Argentina:

 

Si yo entregara el país, me dijo un señor, en una semana sería el hombre más popular en ciertos países extranjeros. […] Ésta es la cruda realidad que se nos presenta. Podemos solucionar todos los problemas, no tendríamos ningún problema más, pero tendríamos que entregar el país. […] Por eso luchamos y seguiremos luchando contra el diablo si fuera necesario. Ésta es la famosa reacción en la que verán ustedes

 

que están los señores que han entregado siempre el país. Están los grandes capitalistas que han hecho sus negocios vendiendo al país, están los abogados que han servido a empresas extranjeras para escarnecer y vender al país; están algunos señores detrás de ciertos embajadores haciendo causa común con ellos para combatirnos a nosotros que somos los que estamos defendiendo al país; están los diarios pagados, en los que aparecen artículos de fondo, con las mismas palabras enviadas desde una embajada extranjera y frente a una página pagada por la misma embajada. Éstos son los diarios que nos combaten[137].

 

Y destinaba un párrafo fundamental al frente interno:

 

Afortunadamente [antes] no había entrado todavía en las Fuerzas Armadas, pero ya ha entrado en las Fuerzas Armadas y tenemos ahora la contrarrevolución en marcha, a la que debemos parar haciendo lo que sea necesario hacer[138].

 

Años después, comentando este discurso, Perón señalaría:

 

Ese día expliqué que el centro de gravedad de las actividades de la revolución había tenido tres etapas. Las dos primeras habían sido la etapa económica y luego la social intensa; ahora le tocaba el turno a la política, porque me daba la impresión de luego de otorgadas todas las conquistas sociales, éstas no se mantendrían en el tiempo si los trabajadores no tenían una herramienta idónea que las pudiese contener, como puede ser un partido político popular. Según mis cálculos, 1945 era el tiempo en que las condiciones objetivas para un afianzamiento de la revolución estaban dadas, si quien se piensa conductor de la masa no lo advertía, estaba perdido[139].

 

Quedaban claras varias cosas. En primer lugar que el coronel se corría definitivamente de la visión que la «revolución» había adoptado como propia en los primeros tiempos, y que su discurso se radicalizaba notablemente. A la vez, invitaba a sumarse a su causa a los oficiales allí reunidos. Les advertía que estaba al tanto de los conciliábulos que, promovidos por Braden, se venían produciendo entre empresarios, dirigentes políticos y jefes del Ejército y la Marina para desplazarlo de todos sus cargos. El planteo era concreto y no dejaba lugar para los neutrales. La guerra estaba declarada.

 

 

Braden go home

El 6 de agosto de 1945, el mundo se enteró que los Estados Unidos poseían el arma más mortífera que jamás hubiera inventado el hombre y de algo peor: que la acababan de usar contra la población civil del Japón. Los diarios anunciaban que los norteamericanos habían borrado del mapa a la ciudad de Hiroshima, donde murieron según las cifras proporcionadas por los asesinos, 129 558 personas y se destruyeron las viviendas de 176 987 habitantes. La explosión destrozó absolutamente todo en 10 kilómetros cuadrados. Pero eso no fue todo: tres días después, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, bajo orden expresa del presidente Truman[140], destruía la ciudad de Nagasaki, donde perdieron la vida 66 000 personas.

Cuando había pasado poco más de una semana de estos terribles hechos, el

 

representante del gobierno que acababa de aniquilar en dos ataques a más de 200 000 seres humanos se atrevía a decir en Buenos Aires:

 

Cualquier ataque, por pequeño que sea, a los derechos del hombre, debe ser inmediatamente rechazado […]. Dondequiera y cuando quiera que los derechos y libertades sean amenazados, habremos de salir a defenderlos […]. Un mundo que respete y defienda los derechos del hombre bajo la democracia no puede seguir tolerando que exista un gobierno cuya norma es la violencia y que humillen al hombre bajo la dictadura. Para asegurar la paz en el mundo, nosotros, las democracias victoriosas, debemos establecer ¡y estableceremos la única soberanía legítima!: ¡la inviolable soberanía del pueblo[141]!

 

Pero la alucinante realidad política argentina tenía preparada otra sorpresa: por sus notables servicios a la causa, Braden había sido ascendido a secretario de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado y debía abandonarnos. La reacción de sus amigos no se hizo esperar y estalló en un selecto banquete. Dejemos el relato a la inefable crónica del diario La Prensa, dirigido por un íntimo de Braden:

 

Una elocuente y significativa demostración de simpatía y adhesión a la labor que ha venido desarrollando en nuestro país el embajador de la Unión, el señor Spruille Braden, constituyó el almuerzo que se sirvió ayer en su honor, en los salones del Plaza Hotel. […] Concurrieron en total más de 800 personas, entre las cuales se contaban representantes calificados de todos los círculos culturales, diplomáticos y sociales[142].

 

Entre aclamaciones del público, Braden comenzó su discurso haciendo referencia a una manifestación de militantes nacionalistas frente a la embajada británica en Buenos Aires, en reclamo de la soberanía argentina en Malvinas, para regocijo de los

«representantes calificados» de los círculos que acompañaban su cruzada contra el

«nazifascismo»:

 

Hace algún tiempo, cuando el éxito parecía acompañar de modo fulminante a los ejércitos nazis, el canciller de uno de los gobiernos satélites del Eje se creyó en el caso de hacer méritos ante sus jefes extranjeros y, de pasada, hacer leña de un árbol caído… A tal objeto organiza una «espontánea» manifestación (grandes expresiones del público, risas) en contra de las Naciones Unidas. Seleccionó de entre sus huestes dos o tres centenares de «nacionalistas» (risas) ya probados con anterioridad en análogas aventuras (risas), y les dio orden expresa de exigir con gritos, con insultos y con piedras (risas), la inmediata reintegración a la soberanía patria de cierto famoso territorio (risas). Inútil es decir que la policía limitó su actuación a observar complacientemente los desmanes de los que se hacían pasar por patrióticos defensores de la soberanía nacional.

 

La anécdota anterior le servía al «búfalo» para arremeter con su caballito de batalla:

 

El hecho que acabo de relatar presenta las características típicas de lo que podríamos definir como los modos y modas del mal vivir de los regímenes fascistas (¡muy bien! Aplausos). Uno por uno, en él aparecen casi todos los elementos de que el fascismo se ha servido en sus torpes ardides desde los días de la llamada «Marcha sobre Roma[143]»: la subversión y el desorden organizado por el propio gobierno, sirviéndose para ello de sicarios a sueldo, encubiertos bajo un disfraz honorable; (¡muy bien!, ¡bravo! Ovación) la utilización de los medios coercitivos del Estado, no para reprimir, sino para amparar la subversión; la fanfarronería del cobarde (aplausos) que ataca al que cree caído y se humilla ante el

 

poderoso; el uso de la intimidación y la amenaza precisamente contra una persona que ese gobierno estaba en la obligación de proteger y respetar… Creo que lo dicho basta para comprender por qué he relatado este suceso y por qué lo propongo como término de comparación.

 

Y remataba con una amenaza:

 

Que nadie imagine, pues, que mi traslado a Washington significará el abandono de la tarea que estoy desempeñando (ovación). La voz de la libertad se hace oír en esta tierra y no creo que nadie consiga acallarla. La oiré yo desde Washington con la misma claridad con que la oigo aquí, en Buenos Aires (aplausos). Sé que es la voz del pueblo argentino, su auténtica voz. […] Si durante mi permanencia entre vosotros he reflejado fielmente el sentir del pueblo de los Estados Unidos —que no es otro que el de su gobierno— espero poder interpretar con igual fidelidad, cuando me encuentre en Washington, el sentir del pueblo de la República Argentina[144].

 

Al leer este discurso, uno se queda pensando en qué fácil sería, según el diccionario del propio Braden, calificar de fascista al gobierno de los Estados Unidos, que tantas veces antes de Braden, durante y hasta hoy, sigue usando aquellos métodos descriptos por el embajador como claramente fascistas.

Lo habían despedido cálidamente, pero Braden todavía no se iba. No se quería perder la «Marcha de la Constitución y la Libertad» que con tanto empeño había ayudado a preparar.

 

 

Silbidos en la Rural

Durante la segunda semana de agosto, los diarios, particularmente alguno de ellos, se ocupaban del «desaire» sufrido por la Sociedad Rural. Era la primera vez en la historia del sindicato de los patrones del campo que no asistía a la ceremonia inaugural de la muestra ninguna autoridad nacional. El presidente Farrell estaba en Paraguay, el ministro de Agricultura sufrió una «indisposición» y al vicepresidente Perón ni se le pasaba por la cabeza asistir a un acto que le sería claramente hostil, con aquel público selecto que nunca le perdonaría el Estatuto del Peón de Campo. No se equivocaba. Cuando se avisó por los altoparlantes su ausencia «sin excusas», se escuchó una terrible silbatina, eso sí afinada, como corresponde a gente tan educada que seguidamente entonó un campestre cantito que decía:

 

Los caballos al cuartel, me refiero al coronel.

Y las mulas al corral, me refiero al general

(con perdón del animal)[145].

 

 

 

La «libertad» en marcha

 

A pesar del paro decretado por la mayoría de los gremios del transporte, que respondían a Perón, aquel 19 de septiembre de 1945 marchó, según como se mire, el otro país o el mismo de siempre. Del brazo y por la calle iban los carcamanes de la vieja concordancia fraudulenta junto a dirigentes socialistas, comunistas y señoras y señores de la «alta suciedad», todos cantando La Marsellesa como si festejaran la liberación de París de los nazis, bajo carteles que representaban en un complejo panteón a los próceres de la Argentina, juntando para la ocasión a declarados enemigos en vida como San Martín y Rivadavia. Estaban allí muchos jóvenes de clase media con buenas intenciones, que repudiaban las actitudes autoritarias del gobierno militar y gritaban consignas como: «Con tranvía o sin tranvía se quedaron en la vía»; «A Farrelll y Perón hoy le hicimos el cajón»; «Juancito, yo te decía, que sin tranvía igual se hacía»; «Desde el cabo al coronel, que se vayan al cuartel»;

«Votos sí, botas no»[146].

Probablemente no advertían que si el gobierno dejaba muchísimo que desear en materia de libertades civiles, no pocos de los convocantes eran los peor calificados para juzgar en la materia y eran los artífices históricos de la dependencia y la miseria nacional. La construcción de la democracia real era imposible de la mano de la corrupta clase política de la década infame, la Sociedad Rural y la embajada de los Estados Unidos. Seguramente, muchos de los que estaban allí no sentían simpatía por no pocos de los personajes que encabezaban la marcha, pero querían sobre todo expresar su descontento con aquel gobierno en el que veían elementos que les recordaban a los regímenes que acababan de ser depuestos en Europa.

Muchos estudiantes, profesores e intelectuales no olvidaban la fascistoide política cultural y educativa de la primera etapa de «la revolución de junio», que no terminaba de ser corregida, a pesar de ser definida por Perón como «intransigentemente medieval». Repudiaban a un gobierno que cada tanto daba una muestra clara de su enemistad con aquel sector, cometiendo un gravísimo error que será oportunamente señalado por Arturo Jauretche. Sería una torpeza histórica suponer que todos los participantes en la manifestación eran oligarcas, proyanquis y antiobreros, como también lo sería no decir que los había muy entusiastas. La marcha marcó algo inexorable: la sociedad argentina estaba claramente dividida en una nueva antinomia: peronistas y antiperonistas.

 

 

Maniobras en Campo de Mayo

La marcha del 19 de septiembre reunió, según las diversas fuentes, entre cien mil y trescientas mil personas. Su magnitud animó a los enemigos civiles y militares de Perón a intentar un golpe palaciego, con centro en la influyente guarnición de Campo de Mayo. Para algunos integrantes de las Fuerzas Armadas, Perón había avanzado

 

«demasiado». Pensaban que no era necesario otorgar tantos derechos e intentaban por todos los medios que la obtención de las conquistas sociales y laborales no se transformara en una real toma de conciencia por parte de sus principales beneficiarios.

A todo esto hay que sumar el hecho, nada menor, del rechazo por parte de un sector importante de la oficialidad del noviazgo de Perón con Eva Duarte. Uno de esos militares confesaba años más tarde:

 

Con las actitudes de Perón la Revolución perdía su jerarquía y nosotros no podíamos permitir que en las resoluciones del gobierno gravitara una familia como la de los Duarte. Estábamos convencidos de que nuestro deber era impedir que la Nación cayera, sobre todo, en manos de esa mujer, como sucedió[147].

 

Esta inquietud le fue transmitida por distintos camaradas en más de una oportunidad, a lo que el coronel respondía:

 

Yo nunca pensé que un hombre que busque a una mujer cometa un delito. Solamente a un gobierno de maricones puede parecerle un defecto que al hombre le gusten las mujeres […]. Los conmilitones de la guarnición de Campo de Mayo encomendaron al general Virgilio Zucal que me apretara en nombre del Ejército, pues la institución rechazaba a mi pareja, advirtiendo las graves consecuencias de la desobediencia. ¡Había que haber visto la cara del pobre Zucal, cuando le repliqué!: «¡Vos me querés persuadir de que elija, en vez de una señora actriz, a un señor actor!»[148]

 

El 24 de septiembre por la noche, el general Rawson, con el apoyo de varios dirigentes opositores, entre ellos Alfredo Palacios, intentó un golpe de Estado que nació muerto. No tuvo mayores repercusiones, con excepción de darle al gobierno la excusa para restablecer el estado de sitio, detener a varios dirigentes y ocupar policialmente varias universidades. En ese contexto, militantes de la Alianza Libertadora Nacionalista asesinaron al estudiante Aarón Salmún Feijóo por negarse a gritar «viva Perón». Su entierro fue multitudinario.

Los historiadores radicales coinciden en que fueron sus hombres, que tenían buen diálogo con el general Ávalos, los que animaron al sector descontento con Perón a lanzarse a la acción. Particularmente, señalan a una de sus figuras más prestigiosas, el doctor Amadeo Sabattini[149], como uno de los ideólogos del putsch. La idea era destituir a Perón de todos sus cargos, formar un nuevo gabinete armado por el caudillo cordobés, mantener a Farrell en la presidencia y convocara elecciones generales lo más rápido que lo permitieran las necesidades organizativas. Ávalos creyó suficientes estas primeras conversaciones con Sabattini, sin esperar un respaldo oficial de la UCR, y puso en marcha el plan.

 

 

Éstas son las mañanitas

La gota que colmó el vaso fue, como suele ocurrir en los grandes procesos históricos,

 

un hecho menor: el 1.° de octubre Perón designó a Oscar Nicolini, un amigo de la familia Duarte, como director de Correos y Telégrafos de la Nación[150]. El día 5 se dio a conocer la designación en el Boletín Oficial y los muchachos de Campo de Mayo estallaron: ahora «la señorita Duarte» también nombraba funcionarios, era el colmo. Llenos de furia, creyeron encontrar en el episodio la excusa para hacerle al coronel todos los planteos que venían acumulando. Le encargaron a su jefe la difícil misión de entrevistarse con Perón en su departamento del cuarto piso de la calle Posadas 1567. Como primera respuesta a aquel planteo y en perfecto conocimiento del pliego de Campo de Mayo, Perón recibió a Ávalos con Evita a su lado la hizo partícipe del cónclave. El general le transmitió el profundo desagrado de sus colegas. Evita lo interrumpió y mirando fijamente a su compañero le dijo: «No aflojés, Juan».

Juan no aflojó y Ávalos le pidió una reunión con el resto de los oficiales para tratar, entre otros, el asunto Nicolini. Perón le dijo que no había ningún problema: los esperaba el lunes 8 en el Ministerio de Guerra y estaban invitados a la celebración de su cumpleaños que harían allí sus compañeros.

El 8 de octubre de 1945, el coronel cumplía 50 años. Sus servicios de inteligencia lo mantenían informado sobre las maniobras de Campo de Mayo; sabía que sus enemigos le tenían reservado un regalito sorpresa y se decidió a esperarlos junto a 40 invitados en el Ministerio, en medio de saladitos y sandwiches.

A eso de las once llegó el convidado de piedra, el general Ávalos, acompañado por un grupo de oficiales superiores de Campo de Mayo. Ávalos reiteró la lista de planteos de sus camaradas, que volvían a expresar su «preocupación» por la designación de Oscar Nicolini. Perón, lejos de amilanarse, pasó a la ofensiva: les reprochó que si él había acumulado cargos y asumido tantas responsabilidades era porque ninguno de ellos había tenido el coraje, la voluntad ni la capacidad política para hacerlo, y que en cada paso que dio había contado con el aval del conjunto de las Fuerzas Armadas. También les dijo que pensaran bien en lo que estaban haciendo, que él no tenía ningún problema en renunciar a todos sus cargos, irse a su casa y dejarles la papa caliente a ellos.

La misión volvió enfurecida a Campo de Mayo, donde ya no se reclamaba la renuncia de Nicolini sino la de Perón. Por la tarde se comunicaron con el presidente Farrell y le pidieron que fuera a la guarnición para palpar personalmente el «clima».

Entre tanto, la agenda de Perón contemplaba, para la mañana del 9 de octubre, una visita a la Escuela Superior de Guerra; pero la canceló, sin saber que en el lugar lo estaba esperando un grupo de militares armados hasta los dientes para asesinarlo. La conspiración había sido planeada por el teniente coronel Manuel Mora, profesor de Logística.

Farrell aceptó el convite de Campo de Mayo y el 9 de octubre por la tarde llegó al cuartel, juntocon el ministro Hortensio Quijano. Ávalos fue claro y terminante: le

 

pidió la renuncia de Perón. El presidente preguntó con molestia: «¿A todos sus cargos?». «A todos» fue la seca respuesta de su colega en el generalato. Farrell aceptó el planteo pero trasmitió una preocupación: cómo se lo iba a informar a Perón. Los rebeldes le sacaron ese peso de encima. Le ofrecieron enviar una delegación encabezada por Juan Pistarini para comunicarle al «coronel del pueblo» que debía cesar en todos sus cargos.

Entre tanto, según cuenta Perón:

 

En previsión que el Presidente lo dispusiera, se había preparado la orden de represión. Disponíamos de tropas leales suficientes para liquidar pronto la situación y las medidas preparatorias estaban tomadas, sin contar que la Tercera División del Ejército podía concurrir en horas desde Paraná, donde estaba reunida. La aviación había abandonado El Palomar por la proximidad de Campo de Mayo y se había reunido en el aeródromo de emergencia en Morón. Disponíamos de 24 Glenn Martin de bombardeo con bombas hasta de 500 kilos, además de otras diez máquinas del mismo tipo de la Armada, que concurrían de Punta Indio. Con ello, en caso de represión, podíamos reducir Campo de Mayo en poco tiempo. Todo dependía de la decisión del Presidente[151].

 

 

 

Volveré y seré millones

Pero ni Farrell ni el hasta entonces ministro de Guerra pensaron seriamente en reprimir. Los hechos siguieron su curso, como lo relata Perón:

 

Hacia las 17 y 30 llegaron al Ministerio, provenientes de Campo de Mayo, el general Von der Becke y los ministros del Interior [Hortensio Quijano] y de Obras Públicas, general Pistarini. Pasó primero el señor general Von der Becke y comenzó a decirme cuál había sido su actividad, con el evidente propósito de evidenciar su preocupación y para preparar lo que me diría después el general Pistarini. Yo le interrumpí:

—¿Cuál es la decisión del general?

—Eso le transmitirá el general Pistarini —me contestó. Se paró y salió del despacho entrando aquél. El general Pistarini también pretendió entrar en circunloquios y le espeté a boca de jarro

—¿Cuál es la decisión del general?

—Él cree que conviene su renuncia —me contestó. Llamé a mi ayudante de campo y le dije:

—Dígale al jefe de operaciones que detenga todo movimiento de tropas y que retornen a sus cuarteles; tráigame papel para escribir mi renuncia[152].

 

Mientras el ayudante salía a cumplir esas órdenes, Pistarini le propuso a Perón que en la renuncia dijese que lo hacía para actuar desde fuera del gobierno, por el llamado a elecciones ya anunciado. Perón no estaba dispuesto a que le dijeran qué firmar y le contestó:

 

—Mi general, no interesa la causa.

Y escribí: «Excelentísimo señor presidente de la Nación: Renuncio a los cargos de vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión con que Vuestra Excelencia se ha servido honrarme», y firmé. La entregué al general Pistarini y le dije:

—Se la entrego manuscrita para que vean que no me ha temblado el pulso al escribirla.

Se había cerrado un capítulo de mi vida. Di gracias a Dios por haberme permitido hacerlo sin sacrificar una sola vida en el holocausto de la irreflexión o el apasionamiento[153].

 

La noche anterior les había dicho a sus íntimos, en términos mucho menos literarios: «Todo esto viene del tanito de Villa María, que lo ha catequizado a este boludo de Ávalos, ahora me han hecho la revolución»[154].

 

A las barricadas

Lo único que le pidió Perón a Farell fue que lo dejara despedirse de los trabajadores. El presidente no tuvo inconveniente e incluso le dijo que vendría bien para calmar la inquietud obrera que se venía observando desde que había estallado la crisis. Perón cuenta que pensó hacerlo a través de un mensaje radial, pero para las siete de la tarde la esquina de la Secretaría ardía. No menos de setenta mil obreros estaban allí aclamando al coronel. Perón ya tenía un balcón y la cadena nacional de radio para contestarles a todos sus opositores y no pensaba desaprovechar la oportunidad. Saludó y dijo:

 

Si la Revolución se conformara con dar comicios libres, no habría realizado sino una gestión a favor de un partido político. Esto no pudo, no puede ni podrá ser la finalidad exclusiva de la Revolución. Eso es lo que querían algunos políticos para poder volver; pero la Revolución encarna en sí las reformas fundamentales que se ha propuesto realizar en lo económico, en lo político y en lo social. Esa trilogía representa las conquistas de esta Revolución que está en marcha, y que cualesquiera sean los acontecimientos no podrá ser desvirtuada en su contenido fundamental. La obra social cumplida es de una consistencia tan firme que no cederá ante nada, y la aprecian no los que la denigran, sino los obreros que la sienten. Esta obra social, que sólo los trabajadores valoran en su verdadero alcance, debe ser también defendida por ellos en todos los terrenos. Calma, trabajadores, calma y tranquilidad. No entremos en el laberinto de la conspiración, porque poseemos la fuerza invencible de la verdad y de la razón. Estamos empeñados en una batalla que ganaremos porque es el mundo el que marcha en esa dirección. Hay que tener fe en esa lucha y en ese futuro. Venceremos en un año o venceremos en diez, pero venceremos[155].

 

Y concluía con un anuncio de gran interés: «Dejo firmado un decreto de aumento de sueldos y salarios, que implanta, además, el salario móvil, vital y básico».

El discurso tenía un objetivo preciso: dejarle en claro a su auditorio —los trabajadores de todo el país— que sin él en el gobierno, todas las conquistas sociales de las que estaban comenzando a disfrutar corrían un serio peligro y que debían prepararse para luchas por su retorno, la única garantía de que la obra de la Secretaría no quedase en la nada.

Perón sabía que le había puesto una bomba de tiempo al general Ávalos, que se consideraba el nuevo hombre fuerte del gobierno. Ávalos se había hecho cargo del Ministerio de Guerra e hizo nombrar al almirante Héctor Vernengo Lima, un declarado opositor a Perón como ministro de Marina.

El coronel renunciante sabía que los enemigos que había mencionado en el discurso del 7 de agosto no se iban a quedar tranquilos y prefirió tomar precauciones. Lo primero que hizo fue pedirle a su estrecho colaborador en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el coronel Domingo Mercante, que armara una reunión urgente

 

con los sindicatos autónomos y todos los dirigentes gremiales con los que tenía un contacto directo, para ir pensando en una gran movilización y en cómo responder frente a los hechos que se iban a producir. En poco tiempo Mercante reunió a representantes de 80 gremios clave que le brindaron su incondicional apoyo para lo que fuera necesario. Allí estuvieron, entre otros, el telefónico Luis Gay y el dirigente de la carne Cipriano Reyes, que le garantizaron a Mercante que si algo pasaba, independientemente de lo que resolviera la vacilante CGT, los gremios autónomos pondrían a toda su gente en la calle para defender a Perón.

Al día siguiente, Perón salió con rumbo a San Nicolás, a la estancia de su amigo Román Subiza; pero paró a pasar la noche en Florida, en la casa del mayor Arrieta, esposo de Elisa Duarte, la hermana de Evita.

En Campo de Mayo seguían las reuniones para conformar un nuevo gabinete. Ávalos se soñaba como el nuevo conductor de la Argentina, con el apoyo de todos los partidos políticos constituidos, del poder económico, de los Estados Unidos y del mundo. En los cálculos del general y de sus asesores civiles faltó algo. De tanto ignorarla, de tanto ningunearla, de tanto negociar en su nombre, se olvidaron de la Argentina profunda, que lógicamente no se olvidaría de ellos y pronto les demostraría contundentemente su existencia.

 

 

Un picnic democrático

Mientras tanto, muchos hombres de armas iban perdiendo su compostura y se autoconvocaron en la noche del 11 de octubre a una especie de asamblea en el Círculo Militar. Todos expresaban su indignación con el discurso de «despedida» del coronel. Uno de ellos, el mayor Desiderio Fernández Suárez[156], propuso lisa y llanamente matar a Perón. Obtuvo algunas adhesiones, pero primó cierta cordura. En medio del bullicio militar se hizo un silencio: había llegado el líder socialista Alfredo Palacios, que reiteró la propuesta de su partido de entregar el gobierno a la Corte Suprema de Justicia. La mayoría de los presentes se opuso. Lo veían como una derrota, ya que impedía asumir el poder a uno de los suyos que garantizara la efectiva detención y el procesamiento de Perón y la convocatoria a elecciones. Les parecía indigno haber dado un golpe interno para que los laureles se los llevara una clase política de la que desconfiaban no mucho menos que en junio de 1943.

En los alrededores del Círculo Militar, en la Plaza San Martín, se fue dando cita lo más granado de la sociedad porteña a la espera de novedades. Según el diario La Prensa «era un público selecto formado por señoras y niñas de nuestra sociedad y caballeros de figuración social, política y universitaria». Las damas y los caballeros lucían sus mejores galas, aunque no sus mejores modales. Protagonizaban episodios como los que recordaba Ernesto Giudici, en aquel momento un enconado enemigo de

 

Perón:

 

Ahí, frente al Círculo Militar, estaba la crema del elitismo reaccionario. En un momento se acercó un guarda de tranvía. Varias decenas de hombres y mujeres se abalanzaron sobre él para golpearlo, cosa que no sucedió porque nos opusimos unos pocos. Le gritaban, volcando un profundo odio de clases: «Esto es lo que les va a pasar a todos los obreros que están con Perón»[157].

 

Un pobre pibe, un canillita que vendía el diario peronista La Época, también recibió las «atenciones» de la «mejor gente de Buenos Aires». Fue salvajemente golpeado y todos sus diarios fueron quemados. Las damas y los caballeros también se la tomaron con algunos militares que llegaban al Círculo, como el coronel Juan E. Molinuevo que fue agredido a patadas, golpes y carterazos y debió ser hospitalizado. Este episodio, que no fue el único, molestó particularmente los uniformados, que comenzaron a replantearse qué estaban haciendo. Algunos comentaron que para frenar al pueblo le habían abierto las compuertas al elitismo autodenominado liberal que los despreciaba profundamente y los consideraba, como siempre, sus mucamos, un simple instrumento para lograr sus fines. No pocos comenzaron a mirar con simpatía al coronel que hacía horas habían derrocado.

 

 

El almirante no tiene quien lo escuche

A las 13.30 del 12 de octubre, amenizó la jornada la aparición de un uniformado por la ventana del Círculo Militar. La primera reacción de la concurrencia fue silbar e insultar: «No queremos más botas». Pero el hombre tuvo paciencia e insistió hasta que pudo hacerse oír. Se produjo el siguiente diálogo con el selecto auditorio:

 

Yo soy el almirante Vernengo Lima. Por primera vez en mi vida, tengo el honor de improvisar unas palabras ante gente que tiene el corazón en el mismo sitio que lo tengo yo. Comprendo, señoras y señores, la inquietud de todos. Sin embargo, es necesario que tengan calma. El pueblo sabe muchas cosas, pero yo sé más, ya que me hallo en una situación que me permite estar mejor informado.

 

«Es que el pueblo también debe estarlo», gritó una señora y, como en las óperas italianas, su frase fue coreada por la multitud. Pero no había problemas, estaban entre amigos:

 

Recibo como es debido estas manifestaciones. La señora que me ha interrumpido, por otra parte, es una amiga mía, cuyo entusiasmo y patriotismo me place. Estando con el presidente…

 

«¡No hay presidente! ¡No hay presidente!», gritaba afinadamente el coro, mientras el almirante trataba de hacerse oír:

 

Nuestro país tiene una postrera tabla de salvación en la Corte Suprema de Justicia. Pero también tiene

 

instituciones armadas, y el pueblo tiene obligación de respetarlas, puesto que son suyas. Antes de recurrir a la última tabla de salvación, el país debe confiar en que el Ejército y la Armada, honestamente, le propicien un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo…

 

Alguien que no era tan amigo de Vernengo profirió un insulto y señaló que ya no se podía confiar en las Fuerzas Armadas.

 

Usted no tiene derecho a dudar de la palabra del almirante Vernengo Lima. En 1930 el pueblo llevó a la Casa de Gobierno a un general…

 

«¡Muera! ¡Muera!», gritaban algunos ingratos, deseándole una muerte, que ya se había producido hacía varios años, al general que había instaurado un régimen que se había portado muy mal con el pueblo, pero muy bien con algunos de los participantes del picnic.

 

… quien a su vez llevó al país a una situación de falsificación de la democracia, y las Fuerzas Armadas han salido ahora a poner remedio a tantos males. La Marina y el Ejército han resuelto devolver la Nación a su cauce normal.

 

—¡Habla como Perón!

 

«¡Yo no soy Perón, señora!», aclaró, por si hacía falta, Vernengo, y tras esperar que se acallaran las risas y los insultos a quien el almirante no era, prosiguió: «Todo el gabinete ha renunciado».

«¡Farrell también!», pedía el coro.

 

Tengo la palabra del general Farrell. Puedo afirmar que todos los culpables de este estado de cosas serán castigados, comenzando por Perón… (Aplausos) El gabinete estará integrado por los mejores hombres del país…

—¡Civiles!

—… por los mejores hombres civiles del país.

—¡El gabinete! ¡Que diga el gabinete!

—Solamente puedo adelantarles en este instante que yo seré ministro de Marina[158]

 

Por supuesto, este último dato no le interesaba a nadie. Pero el viejo lobo de mar siguió:

 

Yo, que soy el almirante más antiguo de la Armada, con estos galones que he honrado toda mi vida, les digo a ustedes que garantizo lo que he dicho con mi nombre y con mis galones de oficial de Marina[159].

 

Su voz se fue apagando lentamente. Era la primera y la última vez que improvisaba.

 

El gobierno a la carta

La consigna unificadora de toda la elegante concurrencia era «Gobierno a la Corte». El humor popular satirizaba la consigna diciendo que los «pitucos» querían un

«gobierno a la carta», o sea a su medida.

Ya desde principios del ’45 los socialistas pidieron la entrega del gobierno a la Corte Suprema de Justicia. A ellos se sumaron los radicales y el resto de la oposición. Resultaba difícil de entender que un partido como el socialista propusiera ese traspaso del poder, como si la Corte fuera la tan mentada «reserva moral de la Nación». Por cierto que estaba a años luz de serlo. Sus miembros eran los sobrevivientes de la acordada del 10 de septiembre de 1930 que sentó el nefasto precedente del aval jurídico a un golpe de Estado; eran los que rechazaron todas las demandas que pudieran afectar los intereses de los dueños de todo; los que habían amparado y defendido desde la «Justicia» el histórico régimen de injusticia que imperaba en la Argentina. Para ponerle la cereza a la torta, se aprestaban a desconocer la obra emprendida por la Secretaría de Trabajo y Previsión y a negarse a aprobar los nombramientos de los jueces laborales de los flamantes tribunales de trabajo, que empezaban a darle la razón a los ninguneados de la historia y la

«justicia».

La llamada Junta de Coordinación Democrática, que reunía a todos los partidos de la oposición, sereunió con Ávalos. En un alarde de torpeza política y de falta de conocimiento sobre el clima que se vivía entre los militares, dio por descontado que el general y sus compañeros avalarían laentrega del gobierno a la Corte. El diálogo concluyó con estas palabras de Ávalos que dejan en claro su ingenuidad:

 

Eso no puede ser. No es decoroso para el Ejército. A mí se me dijo que a Perón no lo volteaba nadie. Lo volteé. Además no puede entregarse el gobierno a la Corte, pues esto no sería constitucional. Recuerden que hay un Presidente. Los argentinos tienen un gobierno y éste puede devolver la normalidad por medio de elecciones[160].

 

El general había hablado, como antes el almirante al que sólo habían escuchado su amiga yalgunos más. La improvisación de Vernengo y la respuesta de Ávalos, lejos de calmar las aguas, las embravecieron y el picnic terminó mal. Cuando la cosa les pareció incontrolable a los oficiales reunidos en el Círculo Militar y temieron no poder salir de los elegantes salones del Palacio Paz, pidieron a la policía que lanzara la represión sobre la Plaza San Martín. El saldo fue gravísimo y dio cuenta de que no pocos manifestantes estaban armados: hubo 34 heridos de bala, de los cuales 18 eran civiles y 16, policías. En el césped quedó el cuerpo del doctor Eugenio Ottolenghi, un médico de 40 años. La Asociación de Médicos Democráticos declaró una huelga

 

general por 48 horas en homenaje al colega asesinado.

 

 

Adelante, radicales

Ávalos tenía todas sus esperanzas puestas en una salida electoral hegemonizada por lo que él entendía como un nuevo sector de la oficialidad, en alianza con el radicalismo. Le propuso aAmadeo Sabattini encabezar una fórmula presidencial, en la que Ávalos soñaba figurar como vice.

Al enterarse de la oferta, el dirigente forjista Arturo Jauretche fue a visitar al caudillo radical al departamento de su yerno, Barón Biza, para tratar de convencerlo. Cuando don Amadeo estaba entrando en duda, llegaron a la casa dos altos miembros del Comité Nacional de la UCR. Sabattini se disculpó con Jauretche y los atendió reservadamente en otro salón. Al término del cónclave, le contó que venían a comunicarle la oposición orgánica del partido a su candidatura y planteaban insistir con la entrega del gobierno a la Corte. Jauretche levantó sus tupidas cejas y sentenció: «Sepa, doctor, que la historia ha pasado al lado suyo y usted la ha dejado escapar. Nunca más tendrá esta oportunidad. Usted ha terminado políticamente»[161].

El hecho demostró hasta dónde llegaba la escasa autonomía de Sabattini respecto de su partido, cuya cúpula ya estaba comprometida con el arco opositor que terminaría conformando la Unión Democrática. De todos modos, Sabattini mantuvo el contacto con Ávalos y le sugirió la formación de un gabinete de «notables», para no seguir dando esa triste y sospechosa imagen de un gobierno sin vicepresidente y con sólo dos ministros: él en Guerra y Vernengo Lima en Marina, dos carteras que no eran justamente las más simpáticas para aquella heterogénea oposición a Perón que se proponían hegemonizar y que se mostraba francamente antimilitarista. El dirigente radical cordobés le propuso al general el nombre del procurador Juan Álvarez para esa tarea. Ávalos aceptó y Álvarez comenzó a armar, a su ritmo, demasiado parsimonioso para los tiempos que corrían, un gabinete que jamás llegaría a asumir[162].

La propuesta de Sabattini dejaba a las claras la desorientación y la impotencia de la oposición, que ni siquiera podía ponerse de acuerdo en armar un equipo de gobierno. Tenía que encargarle la tarea a un personaje vinculado estrechamente a la Corte Suprema y los sectores más recalcitrantes del conservadurismo, atrasando los relojes al 3 de junio de 1943. Días después, en declaraciones para un diario rosarino, Sabattini dejaba en claro el ninguneo que había sufrido por parte de los capitostes del radicalismo:

 

Ahora tengo la satisfacción de mi vida, pues mientras creían que yo no hacía nada por el radicalismo, han culminado los trabajos con haberlo sacado a Perón, en compañía de mi amigo Ávalos[163].

 

Lost

Uno de los problemas del gobierno hegemonizado por Ávalos era qué hacer con Perón. El reclamo de la oposición era que se lo detuviera y procesara. Pero a Farrell y los generales les preocupaba la seguridad del coronel, teniendo en cuenta que se habían planeado varios atentados contra su vida. Era obvio que si a Perón le llegaba a pasar algo, estallaría de manera imparable la violencia social contenida. Fue sobre todo por esto, más que por cumplir con los reclamos de una oposición inoperante y muy poco peligrosa en términos reales, que se decidió detenerlo y trasladarlo a alguna de las unidades de las Fuerzas Armadas. En principio se lo localizó en el Tigre y se le comunicó que quedaría detenido en un centro de la Marina. Perón sabía del odio que le profesaban muchos hombres de esa fuerza y redactó el siguiente comunicado:

 

Me niego a ser sacado de la jurisdicción del Ejército y trasladado a jurisdicción de la Marina […]. Estoy dispuesto a ser trasladado hasta mi domicilio, en la calle Posadas, y esperar allí la decisión presidencial. […] Si he cometido algún delito como funcionario, prefiero que se me traslade a Villa Devoto[164].

 

Pero Farrell no accedió. Instruyó que, una vez detenido, Perón fuese llevado a la isla que estaba bajo la jurisdicción de la Armada y debía su nombre al despensero de la expedición de Juan Díaz de Solis, Martín García, cuyo mérito para tal honor fue morirse justo frente a sus costas y ser enterrado allí[165]. La detención la concretó a las dos y media de la madrugada el subjefe de Policía, mayor Héctor D’Andrea. Así cuenta Perón aquellos momentos:

 

En el departamento de la calle Posadas, estuvimos en vigilia esperando un posible ataque militar con el fin de arrestarme. Armados con metralletas, custodiando puertas y ventanas, pasamos la noche dispuestos a resistir. Al otro día, aprovechando la falta de decisión de mis enemigos, escapamos a un paraje denominado «Tres Bocas», en el delta del Tigre, refugio que nos ofreció el industrial Ludovico Freude. Cuando las autoridades advirtieron que habíamos dejado el domicilio, resolvieron nuestra captura. El hijo de Freude y Juan Duarte fueron interrogados, al igual que Mercante que prefirió confiar al coronel Mittelbach el lugar donde estábamos, responsable de la policía. Me fueron a buscar en compañía de Duarte, Mercante y Freude. Cuando Evita se enteró de la actitud inflexible del presidente y que yo sería trasladado a dependencias de la Marina, lloró y me rogó que no me fuera, pero debía abandonar el lugar en compañía de Mercante y el jefe de la policía. Ella permanecía sujeta a mi brazo llorando y un policía debió apartarla[166].

 

En otras versiones, el propio Perón señala que fue detenido en su departamento de la calle Posadas.

Lo cierto es que D’Andrea entregó el detenido a Caillet-Bois, comandante de la cañonera Independencia, poco después de las tres de la madrugada del sábado 13 de octubre de 1945. Por la mañana llegó a la prisión militar de la isla Martín García.

 

El coronel Mercante fue detenido pocas horas después del arresto de Perón. Pero a esa altura los seguidores del «coronel del pueblo» eran muchos y las gestiones comenzadas por Mercante y ordenadas por Perón siguieron ininterrumpidamente su curso a cargo de Hugo Mercante (sobrino del coronel) y de Isabel Ernst, que con el tiempo se convertiría en una de las más notables colaboradoras de Evita en la Fundación[167].

 

Una Mazza, el doctor

Al día siguiente, su médico personal, el capitán Miguel Ángel Mazza, obtuvo permiso de la Marina para visitarlo en la isla. Mazza se había entrevistado previamente con Mercante y el coronel Franklin Lucero. Juntos habían elaborado un plan para traer a Perón de regreso a Buenos Aires. El médico presentaría unas viejas placas radiográficas de Perón que daban un diagnóstico de «elevación cupuliforme del hemidiafragma derecho, cuyo probable origen tumoral debe ser imprescindible e impostergablemente dilucidado por el examen clínico y de laboratorio en un ambiente hospitalario». Mazza agregaba que «efectivamente, el clima húmedo de su actual alojamiento le puede resultar sumamente desfavorable»[168], por lo cual se hacía urgente el traslado a la Capital.

A poco de llegar, Mazza le dio un efusivo abrazo al coronel y le advirtió al oído que no se dejara tocar por ningún médico. El doctor era portador de informaciones clave; el frente militar estaba francamente dividido, ninguna guarnición del interior apoyaba a Ávalos, había tres generales sobre los que se estaba trabajando con buen pronóstico: Sosa Molina, Solari y Urdapilleta; y el movimiento obrero preparaba un paro y una gran movilización para pedir por su libertad.

 

 

El coronel tiene a quién escribirle

La isla Martín García tiene algo especial que inspira a sus involuntarios ocupantes a escribir. Allí don Hipólito Yrigoyen, confinado a pesar de su edad y su estado de salud por la miserable dictadura de Uriburu, escribirá gran parte de su defensa ante la Corte Suprema de Justicia, la misma la que en aquellos días del ‘45 sus correligionarios le querían entregar el gobierno[169]. En esos mismos días de octubre, Perón escribió varias cartas y comenzó a redactar lo que se convertiría en un folleto que venimos citando y citaremos, al que llamó ¿Dónde estuvo?, firmado bajo el seudónimo Bill de Caledonia, en memoria de uno de sus perritos.

Perón le entregó cinco de aquellas cartas a su médico. Una, para Ávalos, donde le pedía el traslado a Buenos Aires por razones médicas. Otra, para su operador en Buenos Aires, que contenía una advertencia a quienes pudiesen leer el texto «de

 

contrabando»:

 

Mi querido Mercante: Desde que me «encanaron» no hago sino pensar en lo que puede producirse si los obreros se proponen parar, en contra de lo que les pedí […] Con todo, estoy contento de no haber hecho matar un solo hombre por mí, de haber evitado toda violencia Ahora he perdido toda posibilidad de seguir evitándolo y tengo mis grandes temores que se produzca allí algo grave. De cualquier modo, mi conciencia no cargará con culpa alguna, mientras pude actuar lo evité, hoy anulado no puedo hacer nada[170].

 

Una tercera carta era para Evita y se convertiría en la más famosa al cabo de los años. En ella decía:

 

Mi tesoro adorado: Sólo cuando nos alejamos de las personas queridas podemos medir el cariño. Desde el día que te dejé allí con el dolor más grande que puedas imaginar no he podido tranquilizar mi triste corazón. Hoy sé cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos. Esta inmensa soledad está llena de tu recuerdo. Hoy he escrito a Farrell pidiéndole que me acelere el retiro. En cuanto salga nos casamos y nos iremos a cualquier parte a vivir tranquilos. Por correo te escribo y te mando una carta para entregar a Mercante. Ésta te la mando con un muchacho porque es probable que me intercepten la correspondencia. De casa me trasladaron a Martín García y aquí estoy no sé por qué y sin que me hayan dicho nada. ¿Qué me decís de Farrell y de Ávalos? Dos sinvergüenzas con el amigo. Así es la vida.

Te encargo que le digas a Mercante que hable con Farrell para ver si me dejan tranquilo y nos vamos al Chubut los dos. […] Debes estar tranquila y cuidar tu salud mientras yo esté lejos para cuando vuelva. Yo estaría tranquilo si supiese que vos no estás en ningún peligro y te encuentras bien. […] Si sale el retiro, nos casamos al día siguiente, y si no sale, yo arreglaré las cosas de otro modo, pero liquidaremos esta situación de desamparo que tú tienes ahora. Viejita de mi alma, tengo tus retratitos en mi pieza y los miro todo el día, con lágrimas en los ojos. Que no te vaya a pasar nada porque entonces habrá terminado mi vida. Cuídate mucho y no te preocupes por mí; pero quiéreme mucho que hoy lo necesito más que nunca. Tesoro mío, tené calma y aprende a esperar. Esto terminará y la vida será nuestra. Con lo que yo he hecho estoy justificado ante la historia y sé que el tiempo me dará la razón. Empezaré a escribir un libro sobre esto y lo publicaré cuanto antes; veremos quién tiene razón. El mal de este tiempo y especialmente de este país son los brutos y tú sabes que es peor un bruto que un malo. Bueno, mi alma, querría seguir escribiendo todo el día, pero hoy Mazza te contará más que yo. Falta media hora para que llegue el vapor. Mis últimas palabras de esta carta quiero que sean para recomendarte calma y tranquilidad. Muchos, pero muchos besos y recuerdos para mi chinita querida. Perón[171].

 

La otra carta era para el presidente Farrell. En ella insistía sobre su situación jurídica y la ausencia de acusaciones concretas contra su persona y, dramatizando, le decía:

 

Hubiera preferido ser fusilado por cuatro viejos montañeses y no pasar por lo que estoy pasando. Si aún tengo derecho de gozar de alguna gracia, le ruego quiera acelerar mi retiro del ejército, que solicité el mismo día de mi renuncia.

 

Y deslizaba, como quien no quiere la cosa: «No sé si represento algo para los trabajadores, para el ejército y la aviación; los años lo dirán»[172].

Como suponía Perón, varias de las cartas, entre ellas la dirigida a su mujer, fueron interceptadas. La estrategia de despistar a sus enemigos, con su retiro de la vida pública y su inminente mudanza a la Patagonia, no dio mucho resultado.

 

Aquellos días de Evita

Evita hizo lo poco que estuvo a su alcance para lograr la libertad de su compañero. Estuvo muy lejos de tener un papel protagónico en aquellas jornadas que culminarían el 17 de octubre. No era una figura conocida en el ámbito gremial y faltaban un par de años de intensa labor para que su palabra adquiriera el valor de una orden entre los descamisados. Pero nadie podrá negarle su tesón ni hacer lo que estuvo a su alcance por lograr la libertad de su compañero. Recordaba Perón:

 

En aquellas jornadas previas al 17, entre otras gestiones, ella deambuló entrevistando a varios letrados, instándolos a prestar un hábeas corpus con suerte diversa. No es ocioso recordar que entre sus consultados estuvieron el doctor Bramuglia y Román Subiza, dirigente este último de San Nicolás[173].

 

La actitud de colaboradores muy cercanos a Perón, como la de Juan Atilio Bramuglia, de negarse a presentar un hábeas corpus, habla de que todavía Evita no se había ganado su plena confianza. Bramuglia le explicó duramente por qué no presentaría el recurso:

 

A usted lo único que le interesa es irse a vivir con el coronel a otra parte y para eso apela a los hombres del movimiento, cuando lo que hay que hacer es retener a Perón y juntar a la gente para defenderlo, antes de dar esta batalla por perdida[174].

 

Evita le respondió con un saludo poco afectuoso para toda su familia, en especial para su madre. Años más tarde le haría pagar caro al futuro canciller de Perón aquella negativa.

Evita define así su participación en aquellas jornadas:

 

Poco tendría que decir de mí misma, y sí mucho, en cambio, de aquellos de los que hablo siempre, de los que fueron protagonistas del 17 de octubre, es decir, del pueblo y de Perón. A ellos va mi homenaje, y el homenaje diario de todos los peronistas, en todos los momentos de nuestra diaria existencia[175].

 

 

 

A mí no me toque

De acuerdo a lo prometido a Perón, al llegar a Buenos Aires, Mazza se entrevistó con Farrell y le planteó la necesidad de sacar al coronel de Martín García por problemas de salud. El médico se sorprendió al ver la buena disposición de Farrell para con Perón. Pudo advertir que el presidente estaba rodeado, que tenía ganas de decirle muchas más cosas pero temía ser escuchado por lagente de Ávalos y Vernengo Lima. El doctor también cumplió con la misión encomendada por Perón de transmitir directivas precisas a sus hombres en Buenos Aires, que venían concretando febriles

 

reuniones en contacto permanente con los gremios. Los sindicalistas les transmitían el clima de efervescencia que se vivía en todo el ámbito laboral por la detención de Perón.

El 15 de octubre, Farrell le comunicó a Vernengo Lima que era necesario traer a Perón porque se encontraba enfermo. El marino desconfió y sugirió que se enviara una junta de médicos para guardar las formas. Farrell aceptó, pero pidió que, de todos modos, trajesen a Perón a Buenos Aires.

Vernengo Lima envió a los doctores José Tobías y Nicolás Romano y al capitán de corbeta Andrés Tropea. Perón siguió los consejos de Mazza para evitar que se descubriera su verdadero estado de salud. Como él mismo lo cuenta:

 

Me habían mandado una junta médica a la isla para ver si era indispensable mi traslado. ¡Eso sí que hubiera estado bueno! No me dejé tocar. ¡Si se avivaban, me dejaban de por vida en la isla[176]!

 

 

 

Se viene el estallido

Ya en la tarde del 15 de octubre, las radios —entre avisos de yerba Salus, fijador Glostora y «entre pecho y espalda, pastillas Valda»— informaban que en el ingenio La Florida de Tucumán, los cañeros se habían declarado en huelga para pedir la libertad del coronel y que en varias fábricas del «Jardín de la República» estaba pasando lo mismo. En los surcos viñateros de San Juan y Mendoza, en los ingenios madereros de Santa Fe y el Chaco, en las minas y canteras del Norte en el cordón industrial y en el puerto de Rosario, en Córdoba, en las estancias de la Pampa húmeda y la Patagonia, en todo el país la huelga se iba generalizando.

En la sede de la Unión Tranviarios, en Moreno 2969 de la Capital, el Comité Central Confederal de la CGT estaba trenzado en un acalorado debate que duró más de diez horas. Recién a la una de la madrugada se votó declarar una huelga general a partir de la hora cero del 18 de octubre, «como medida defensiva de las conquistas sociales amenazadas por la reacción de la oligarquía y el capitalismo»[177]. La discusión fue durísima hasta que el delegado de ATE y hombre de FORJA, Libertario Ferrari, inclinó la votación final hacia el paro. Los gremios que votaron en contra, los socialistas y los comunistas llamaron a «unificarse para terminar de una vez por todas con las maniobras del nazifascismo que atentan contra la libertad, la democracia y el progreso del país»[178].

Pero la iniciativa sindical fue ampliamente desbordada por las bases, y ya en la

tarde del 16 de octubre los obreros comenzaron a abandonar sus lugares de trabajo para dirigirse hacia la Plaza de Mayo, para liberar a Perón.

En las primeras horas de aquel 17, en algunos casos de manera espontánea y en otros organizadamente, respondiendo a los novísimos dirigentes peronistas como el

 

del gremio de la carne Cipriano Reyes, las columnas obreras partieron desde diversas zonas del conurbano y la Capital Federal hacia la Plaza de Mayo. Reyes recordaría años más tarde:

 

Salimos de Berisso muy temprano. En La Plata nos reunimos con los de Ensenada. Las columnas iban por los caminos General Belgrano y Centenario. Desde varias empresas del Gran Buenos Aires los obreros iniciaron la marcha. En el puente de Barracas, la gente de los frigoríficos de Avellaneda se concentraba. Desde el norte, los trabajadores entraban en la Capital por los puentes Saavedra y Liniers, y por la rotonda de avenida Libertador. Ya en el Riachuelo, como levantaron los puentes, la gente tomó maderas y troncos de la orilla y se tiró al agua. Fue impresionante ver cómo la plaza se llenaba con el pueblo. Todos gritaban Perón presidente[179].

 

Los trabajadores se fueron acercando a la Capital y alguien, efectivamente, había dado la orden de levantar los puentes que comunicaban con la provincia para impedir que continuaran avanzando y se concretara una manifestación política de insospechadas consecuencias.

Algunos uniformados se fueron indignando al comprobar no sólo la pasividad sino la franca simpatía de las fuerzas policiales para con los manifestantes peronistas. El almirante Vernengo Lima propuso reprimir a las columnas obreras que convergían desde el Gran Buenos Aires hacia la Plaza de Mayo. Lo mismo hizo el teniente coronel Gerardo Gemetro, jefe del Regimiento 10 de Caballería, el mismo cuerpo que dirigido por el teniente coronel Héctor Varela había protagonizado las matanzas patagónicas a comienzos de los años 20. Pero por orden de Farrell, Ávalos, en su carácter de ministro de Guerra, emitió el siguiente comunicado:

 

Por encargo del Excmo. Señor Presidente de la Nación, el Ministro de Guerra reitera que el Ejército no intervendrá contra el pueblo en ninguna circunstancia. Solamente procederá para guardar el orden, cuando la gravedad de los hechos así lo imponga[180].

 

Al mediodía, mientras las columnas iban colmando la Plaza, en la Casa Rosada, Farrell y Ávalos se entrevistaban con la cúpula cegetista. Los dirigentes gremiales les llevaban un petitorio y la resolución del Comité Central Confederal convocando a la huelga para el día siguiente. El documento, en el que no se nombra a Perón en ningún momento, estaba refrendado por los 300 gremios adheridos y las delegaciones regionales. Se pronunciaba:

 

  1. contra la entrega del Gobierno a la Corte Suprema y contra todo gabinete de la oligarquía;
  2. formación de un Gobierno que sea una garantía de democracia y libertad para el país y que consulte la opinión de las organizaciones sindicales de trabajadores;
  3. realización de elecciones libres en la fecha fijada;
  4. levantamiento del estado de sitio; por la libertad de todos los presos civiles y militares que se hayan distinguido por sus claras y firmes convicciones

 

democráticas y por su identificación con la causa obrera;

  1. mantenimiento de las conquistas sociales y ampliación de las mismas; aplicación de la reglamentación de las asociaciones profesionales;
  2. que se termine de firmar de inmediato el decreto-ley sobre aumento de sueldos y jornales, salario mínimo básico y móvil y participación en las ganancias, y que se resuelva el problema agrario mediante el reparto de la tierra al que la trabaje y el cumplimiento integral del Estatuto del Peón[181].

Mientras tanto, aquel «aluvión zoológico» —como lo llamaría años más tarde el espantado dirigente radical Ernesto Sanmartino— colmó la Plaza de Mayo. Podían contarse por decenas de miles aquellos hombres, mujeres y niños que venían desde su postergación histórica, desde los arrabales de la vida, a defender sus conquistas. Eran la imagen de la Argentina profunda, aquella que no transitaba por la Plaza del poder. Era un espectáculo jamás visto en el país y que sumió a las clases acomodadas en una sensación que oscilaba entre la repulsión y el pánico. Era «un horror» ver a esos

«cabecitas negras» meter sus pies en aquellas fuentes de inspiración francesa. Desde el otro lado de la política y la vida, Raúl Scalabrini Ortiz[182] escribía:

 

Venían de las usinas de Puerto Nuevo, de los talleres de Chacarita y de Villa Crespo, de las fundiciones del Riachuelo, hermanados en el mismo grito y la misma fe. Era el subsuelo de la patria sublevado, era el cimiento básico de la nación que asomaba[183].

 

Desde el mismo lado, diría Leopoldo Marechal[184]:

 

Me uní a la multitud que avanzaba rumbo a la Plaza de Mayo. Vi, reconocí y amé los miles de rostros que la integraban: no había rencor en ellos, sino la alegría de salir a la visibilidad en reclamo de su líder. Era la Argentina invisible que algunos habían anunciado literariamente, sin conocer ni amar sus millones de caras concretas, y que no bien las conocieron les dieron la espalda[185].

 

Un diario católico, al día siguiente, comentará asombrado que los trabajadores movilizados respetaron el orden establecido y que hasta se santiguaron al pasar por la Catedral, a diferencia de los ateos anarquistas y socialistas que acostumbraban

«insultar y agraviar» cuando pasaban por la «casa de Dios». La mayoría de los presentes llegaban por primera vez a la histórica Plaza. Miraban asombrados el Cabildo, la Casa Rosada y la Catedral. Los habían visto en los libros de historia, esa historia que ahora ellos estaban protagonizando. Mientras tanto, el diario Crítica adelantaba su edición de la tarde para titular: «Grupos aislados que no representan al auténtico proletariado argentino tratan de intimidar a la población», y bajo una fotografía en la que no se veía a más de diez personas afirmaba:

 

He aquí una de las columnas que desde esta mañana se pasean por la ciudad en actitud «revolucionaria». Aparte de otros pequeños desmanes, sólo cometieron atentados contra el buen gusto y contra la estética ciudadana afeada por su presencia en nuestras calles. El pueblo los vio pasar, primero un poco sorprendido

 

y luego con glacial indiferencia[186].

 

Pero la realidad era bien distinta. Allí estaban los invisibles, haciéndose ruidosamente visibles, ocupando la Plaza, decididos a no moverse hasta que su nuevo líder apareciera en los balcones que estaban esperando dueño.

Dentro de la Rosada, ni Ávalos ni Farrell sabían qué hacer, rodeados por una multitud que no paraba de crecer y que según los cálculos más serios llegaba a unas 300 000 personas[187].

 

El día de Perón

En la madrugada del 17 de octubre se había recibido la orden que permitía a Perón embarcarse hacia Buenos Aires. A las 6.33 había arribado al muelle y, tras un breve rodeo, llegó al Hospital Militar en la avenida Luis María Campos. Así lo cuenta el entonces coronel:

 

A las 3 y 30 horas del día 17 de octubre, por orden expresa del presidente de la Nación, en contra de la decisión del ministro de Marina, fui trasladado al Hospital Militar Central, desde donde asistí al magnífico movimiento popular que dio por tierra con los hombres que por un golpe de audacia quisieron copar un movimiento que se había enraizado en la historia argentina y que, por lo tanto, no podía ser explotado por audaces superficiales, incapaces de penetrarlo y menos aún de llevarlo adelante. El repudio popular los aplastó en germen y tuvieron la culminación que merecían[188].

 

Instalado en el piso 11 del Hospital Militar, en el departamento del capellán estableció su cuartel general y se preparó para la gran batalla. Perón y sus allegados seguían los acontecimientos por radio y a través de permanentes llamadas telefónicas. Tenían muy claro que los que estaban desesperados y no sabían cómo manejar la situación eran los del otro bando. Sí eran un motivo serio de preocupación las informaciones que llegaban desde Campo de Mayo, que daban cuenta de que había

10 000 hombres armados hasta los dientes esperando directivas para lanzar la represión sobre la Plaza.

Entre tanto, en la Casa Rosada se vivían momentos tragicómicos. El ministro de Guerra mandó liberar a Mercante y traerlo con urgencia desde Campo de Mayo. El coronel liberado se reunió con Ávalos y Farrell y se dio cuenta de que la partida estaba ganada, pero que había que manejarse con cautela. Si bien la expresión de Farrell era de agobio, cansancio y ganas de que todo terminara cuanto antes, Mercante no alcanzaba a leer claramente si el gesto de preocupación de Ávalos terminaría en rendición incondicional o en orden de represión. Mercante pensó que lo mejor sería hablar con Perón y marchó hacia el Hospital Militar. Tras reunirse con su jefe, regresó a la Casa Rosada. Pudo percibir que el clima en la Plaza era peligroso. Al ingresar al despacho de Farrell le informaron que algunos manifestantes habían

 

roto vidrios e intentado forzar una puerta.

Serían las seis de la tarde cuando Ávalos no tuvo mejor idea que pedirle a Mercante que saliera al balcón y calmara a la multitud. Mercante hizo trampa y dijo

«El general Ávalos…»; cuando iba a decir «me ha pedido…», fue interrumpido con una ensordecedora silbatina y un grito unívoco: «¡Perón sí, otro no!» Pícaramente y para ratificarle al «otro», al general que estaba perdido, insistió: «El general Ávalos…»; los silbidos y abucheos fueron todavía peores. Fue entonces cuando Mercante y la realidad convencieron a Ávalos de que se trasladara al Hospital Militar a hablar con Perón. El coronel lo recibió fríamente, haciéndole sentir su bronca. Ávalos le pidió que calmara a los trabajadores; lo urgió a ir a la Casa Rosada y dirigirse a la multitud. Perón se negó: dijo que necesitaba garantías y que antes que nada debía hablar con el presidente.

 

 

Anochecer de un día agitado

Poco después de las nueve de la noche, el coronel se trasladó en un auto conducido por el doctor Mazza hasta la residencia presidencial de Agüero y la avenida Alvear (actual Avenida del Libertador) para entrevistarse con Farrell. A las diez menos cuarto comenzó la reunión. El presidente le ofreció que volviese a ocupar todos sus cargos o, si lo prefería, que ocupase la presidencia. Perón rechazó ambas ofertas y planteó sus condiciones: 1) poder hablar desde el balcón de la Casa Rosada y que el discurso fuese transmitido por la cadena nacional; 2) las renuncias de Ávalos y Vernengo Lima; 3) que se cubrieran los cargos del gabinete con aliados a su persona, y 4) apoyo para su candidatura a la presidencia.

Farrell aceptó todas las condiciones y le transmitió todo su afecto y apoyo. Le dejó muy en claro que había actuado bajo presión y que quería tener el honor de presentarlo ante la multitud reunida en la Plaza.

Ávalos, al enterarse de lo decidido en la residencia, se comunicó con los hombres de Campo de Mayo. Cuando sonó el teléfono, algunos sonrieron; debía ser la orden que habían esperado todo el día. En minutos estarían marchando como en 1930, a contramano de la historia. Pero lo que Ávalos les dijo los dejó helados: que no había nada que hacer, que vinieran a la Plaza pero no en son de golpe de Estado sino a participar del acto, a escuchar al vencedor, el coronel Juan Domingo Perón.

 

 

El gabinete del doctor Álvarez

Más que recordarnos a la extraordinaria película expresionista de Robert Wiener filmada en 1919, El gabinete del doctor Coligan, lo ocurrido con el procurador general de la Nación remite más al surrealismo de Buñuel y Dalí en Un perro

 

andaluz, estrenada en París en 1929. Cuando ya nadiese acordaba de aquel encargo hecho entre gallos y medianoche, el doctor Juan Álvarez y un grupo de distinguidos señores se presentaron a las ocho y media de la noche en la Casa Rosada con una voluminosa carpeta que contenía los currículos o prontuarios, según como se mire, de aquelgabinete de «notables». Álvarez se había nombrado a sí mismo ministro del Interior; al doctor José Figueroa Alcorta como ministro de Justicia e Instrucción Pública, el mismo que, además de firmar la acordada de la Corte que avalaba el golpe del ’30, fue acusado por un escándalo con unos cadetes en el Colegio Militar; Isidoro Ruiz Moreno, en Relaciones Exteriores y Culto. En Hacienda, nombró a Alberto Hueyo, que había ocupado la misma cartera durante el gobierno fraudulento del general Justo y en «cumplimiento de sus funciones» les había rebajado sustancialmente el sueldo a los empleados públicos; también había sido director de la CHADE en pleno escándalo por las coimas para la extensión de la concesión[189], por lo que fue acusado por la comisión investigadora del delito de cohecho. En Agricultura, a Tomás Amadeo, uno de los integrantes del círculo íntimo de Braden, organizador de más de una cena en su honor. En Obras Públicas, a Antonio Vaquer, el mismo que integró durante la presidencia de Ortiz el directorio de la «Coordinación de Transportes», el símbolo viviente del odiado Pacto Roca-Runciman, que llevó a los manifestantes que apoyaban la «revolución» del 4 de junio a quemar varios tranvías de la empresa en cuestión, en señal de repudio al régimen depuesto[190].

Farrell se enteró de la insólita «novedad» mientras terminaba su crucial reunión con Perón en la residencia presidencial. Un funcionario de la Casa Rosada lo llamó por teléfono y entre risotadas pidió instrucciones sobre qué hacer con los distinguidos visitantes que lo estaban aguardando desde hacía rato. Farrell le contestó que los despidiera cortésmente y cuidase de que no les pasara nada a sus personas.

Terminado el episodio surrealista, para sellar el acuerdo, Farrell y Perón se estrecharon en un abrazo y subieron al auto oficial. No había tiempo que perder; al coronel lo estaba esperando la historia.

 

 

Vernengo Lima en el planeta de los simios

En medio de la alegría y el desborde popular, había varios que la pasaban mal. Entre ellos, el inefable Vernengo Lima. Según Perón, el almirante fue obligado por el pueblo a

 

vestirse precipitadamente en el comedor de la Presidencia y a abandonar la Casa de Gobierno vestido de burgués y buscar refugio en un buque, mientras era perseguido por la multitud al grito de «la cabeza de Vernengo Lima», después de intentar infructuosamente que se hiciera fuego sobre la muchedumbre de obreros. Evidentemente él no era el coronel Perón, y quizá los dos estemos contentos con la suerte[191].

 

Como si estuviera en otro planeta y suponiendo vanamente que Ávalos y todo Campo de Mayo lo acompañarían, se sublevó contra la realidad e intentó un último golpe contra Perón. Lo hizo desde el famoso rastreador Drummond, el mismo que había trasladado a Yrigoyen a La Plata el 6 de septiembre de 1930 para presentar su renuncia y al presidente Castillo el 4 de junio de 1943, con el mismo destino, en los dos sentidos.

Sintiéndose un héroe, quizás pensando en su amiga de la Plaza San Martín, el almirante emitió un radiograma «a todas las unidades» para que se plegaran al golpe. Como suele ocurrir, siempre hay alguien dispuesto a plegarse y ese alguien fue el contralmirante Ernesto Basílico, comandante de la Escuadra de Río.

El coronel Juan N. Giordano cuenta:

 

Se hizo saber a los jefes contrarios que si la marina de río, que estaba anclada frente a Buenos Aires, disparaba sobre la Capital, se tomarían medidas extremas con sus familiares y con ellos mismos; lo mismo sucedería —se les advirtió— si algo le pasaba al coronel Perón. Algunos oficiales y suboficiales se entrevistaron con los jefes obreros, haciéndoles saber que las armas estaban de su parte[192].

 

El patético dueto Basílico-Vernengo Lima terminó por rendirse ante la realidad. Esperarían pacientemente diez años para tomarse revancha y ver cómo su sublevación de juguete se convertía en la autodenominada «Revolución Libertadora».

 

 

La maravillosa música

Perón partió junto a Farrell desde la residencia y llegó a la Casa Rosada a eso de las diez y media de la noche. En el despacho presidencial se escuchaban nítidamente los cantitos de la multitud:

 

¡La Patria sin Perón es un barco sin timón!

Perón no es un comunista, Perón no es un dictador, Perón es hijo del pueblo, del pueblo trabajador

[Con la música de La mar estaba serena]

Salite de la esquina, oligarca loco,

tu madre no te quiere, Perón tampoco.

Con Perón y con Mercante, la Argentina va adelante.

Aunque caiga un chaparrón, todos, todos con Perón.

¡Aquí están, éstos son,

 

los muchachos de Perón!

¡Vea, vea, vea,

qué cosa más bonita, vinimos a la plaza

a lavarnos las patitas!

Yo te daré,

te daré, patria hermosa, te daré una cosa,

una cosa que empieza con P…

¡Perón!

Que nadie lo discuta, Braden hijo de puta.

 

Los «descamisados», que todavía no tenían ese apodo, habían hecho antorchas con papel de diario y la Plaza tomaba un color y un calor inusitados. La Nación comentaba, enojada, que habían «acampado durante un día en la plaza principal, en la cual, a la noche improvisaban antorchas sin ningún objeto, por el mero placer que les causaba este procedimiento». Los lectores convendrán que no hay nada más placentero que improvisar antorchas. Pero como siempre, la historia oficial estaba mirando para otro lado y no registró estas crónicas. La luz dejaba ver rostros cansados, marcados por el sufrimiento y el trabajo, con una alegría inédita, con una esperanza incontenida. Todo ese pueblo, ajeno a los tejes y manejes y a las especulaciones que se habían urdido de uno y otro lado, estaba allí para dar testimonio de su definitiva existencia y de que ya nadie podría decidir nada sin tenerlo en cuenta. Había aparecido exasperando a todos los que lo querían desaparecer.

Unos minutos después de las once de aquella noche destinada a entrar en la historia, el nuevo líder de los trabajadores apareció acompañado por el presidente en los balcones que desde entonces serían suyos para siempre. La multitud estalló en un solo grito: «Perón». Como lo había prometido, el presidente se dirigió a la multitud:

 

Trabajadores, les hablo otra vez con la profunda emoción que puede sentir el presidente de la Nación ante una multitud de trabajo como es ésta que se ha congregado hoy en la plaza. De acuerdo con el pedido que han formulado, quiero comunicarles que el Gabinete actual ha renunciado. El señor teniente coronel Mercante será designado secretario de Trabajo y Previsión (aplausos). Atención, señores: de acuerdo con la voluntad de ustedes, el Gobierno no será entregado a la Corte Suprema de Justicia Nacional (aplausos). Se han estudiado y se considerarán en la forma más ventajosa posible para los trabajadores las últimas peticiones presentadas. El Gobierno necesita tranquilidad[193]

 

Y para anunciar al ya indiscutible líder de los trabajadores, Farrell recurrió al estilo de los presentadores de los cantantes de las orquestas típicas: «Otra vez junto a ustedes, el hombre que ha sabido ganar el corazón de todos, el coronel Perón». El coronel se tomó un rato para mirar el panorama, para absorber toda esa energía y les pidió a los miles y miles que cantaran el Himno. Era una manera de ganar unos

 

minutos para ordenar sus ideas. En medio de los aplausos finales del Himno, comenzó a escucharse su voz:

 

Hace casi dos años, desde estos mismos balcones, dije que tenía tres honras en mi vida: la de ser soldado, la de ser un patriota y la de ser el primer trabajador argentino. Hoy, a la tarde, el Poder Ejecutivo ha firmado mi solicitud de retiro del servicio activo del Ejército. Con ello he renunciado voluntariamente al más insigne honor a que puede aspirar un soldado: llevar las palmas y laureles de general de la Nación. Ello lo he hecho porque quiero seguir siendo el coronel Perón, y ponerme con este nombre al servicio integral del auténtico pueblo argentino. Dejo el honroso y sagrado uniforme que me entregó la Patria, para vestir la casaca de civil y mezclarme en esa masa sufriente y sudorosa que elabora el trabajo y la grandeza de la Patria, e invito a todos los argentinos a sumarse para lograr la ansiada unidad. Esta verdadera fiesta de la democracia, representada por un pueblo que marcha ahora también para pedir a sus funcionarios que cumplan con su deber para llegar al derecho del verdadero pueblo. Muchas veces he asistido a reuniones de trabajadores. Siempre he sentido una enorme satisfacción; pero desde hoy sentiré un verdadero orgullo de argentino porque interpreto este movimiento colectivo como el renacimiento de una conciencia de los trabajadores, que es lo único que puede hacer grande e inmortal a la patria[194].

 

Pero antes de terminar se quiso dar un gusto personal y se lo pidió a su gente:

 

Pido a todos que nos quedemos por lo menos quince minutos más reunidos, porque quiero estar desde este sitio contemplando este espectáculo que me saca de la tristeza que he vivido en estos días[195].

 

Fue un discurso pacífico y tranquilizador que bregaba por la conciliación social. Terminada la histórica jornada, la multitud se retiró feliz tras haber logrado su objetivo, dispuesta de todos modos a cumplir la huelga convocada para el día 18 que ya estaba por empezar. El paro ahora tenía aire de celebración del triunfo.

Perón fue a encontrarse con Eva y no era un secreto para nadie, ni siquiera para Vernengo Lima, que comenzaba un nuevo ciclo histórico en la Argentina.

La pareja vivió su momento de gloria y casi como un festejo, como una ratificación de una confianza que había pasado una prueba de fuego, decidieron casarse. El 22 se concretó la ceremonia civil en Junín y el 10 de diciembre lo hicieron por iglesia en La Plata. Evita recordaría:

 

Nos casamos porque nos quisimos y nos quisimos porque queríamos la misma cosa. De distinta manera los dos habíamos deseado hacer lo mismo: él sabiendo bien lo que quería hacer, yo, por sólo presentirlo; él, con la inteligencia; yo, con el corazón; él, preparado para la lucha; yo, dispuesta a todo sin saber nada; él culto y yo sencilla; él, enorme, y yo, pequeña; él, maestro, y yo, alumna. Él, la figura y yo la sombra. ¡Él, seguro de sí mismo, y yo, únicamente segura de él[196]!

 

La luna de miel la pasaron en la quinta del amigo de la pareja, Ramón Subiza, en San Nicolás. Así la recordaba Evita, en un diálogo con Vera Pichel:

 

Fue una etapa lindísima aunque para nosotros no fue novedad estar juntos, ya que lo estuvimos desde el primer momento. Nos levantábamos temprano, tomábamos el desayuno y salíamos a caminar por la quinta. Nunca me maquillé en esos días, andaba a pura cara lavada, el pelo suelto, una camisa de él y un par de pantalones. Era mi atuendo preferido y a él le gustaba que estuviéramos así Algunas veces, de pura mandaparte, me metía en la cocina y preparaba una ensalada para acompañar a un buen bife que

 

preferíamos los dos. Lo que sí hacía era cebar mate por las tardes. Interminables ruedas que matizaban nuestras charlas. Mejor dicho, las de él. Porque él pensaba en voz alta, hablaba y yo escuchaba, aprendía… Por la noche, algo de música y a la cama temprano. Fueron realmente días preciosos[197].

 

Seguramente, Perón y Evita intuían que aquellos días plácidos difícilmente volverían a repetirse.

 

 

 

 

 

 

 

 

Evita[198]

 

Yo nunca quise que Evita se transformara alguna vez en una mujer «de la política». Ella era mi mujer y como tal «hacía» política. Su tarea era realizar y estaba abocada a emprendimientos que dignificaban al hombre. Evita terminó de una vez y para siempre con la imagen pasiva de la mujer en la historia argentina, y lo hizo desde el sitio más encumbrado al que puede aspirar una mujer, que es el de primera dama, porque demostró no sólo que la pasividad no es sinónimo de virtud sino que ese puesto de primera dama debe ser una extensión de la obra política del gobierno. En esto quizás Evita fue más allá de lo previsto e incomodó a hombres que no podían tolerar que una mujer consolidara su imagen por mérito propio y a la vez porque consideraban que la política social era sinónimo de dádiva y quienes la otorgaban eran los únicos dignos y demostraban serlo mediante la beneficencia.

JUAN PERÓN, en Enrique Pavón Pereyra, Yo, Perón

 

 

La actriz que había flechado al coronel y que era tapa de todas las revistas del corazón, que molestaba tanto al generalato y a las damas y damitas tan pendientes de la «moral», que a falta de vidas propias se ocupaban de las vidas ajenas, aquella mujer de «dudoso origen» como les gustaba decir a las señoras y los señores enemigos del coronel, había nacido en la pequeña localidad bonaerense de Los Toldos, en el partido de General Viamonte, el 7 de mayo de 1919. El pueblo, ubicado a unos 200 kilómetros de la Capital, debía su nombre a la proximidad con la toldería del cacique Ignacio Coliqueo, instalado en la zona gracias al apoyo que había brindado a las tropas del general Bartolomé Mitre que enfrentaron a las de Justo José de Urquiza en la batalla de Pavón en 1861[199].

El acta de matrimonio con Juan Domingo Perón indica que Evita nació en Junín, el 7 de mayo de 1922, «hija legítima de doña Juana Ibarguren de Duarte y de su esposo, Juan Duarte». Pero por investigaciones posteriores pudo saberse que la partida de nacimiento que consignaba esa fecha era falsa y que la original, inscripta en el Registro Civil de General Viamonte, había sido arrancada y destruida. Esta adulteración pretendía reparar su condición de «hija natural», producto de la negativa de su padre a reconocerla. Fue inscripta por su madre como María Eva Ibarguren. El cambio de la condición civil de sus padres, de concubinos a casados, debía ir necesariamente acompañado de la modificación de la fecha de nacimiento de María

 

Eva, porque Duarte estaba casado, no precisamente con doña Juana, y recién en 1922 cambió su estado civil por el de viudo. Se eliminaba así la condición de «hija adulterina» de Evita. La modificación se produjo en 1945, en los días previos a la boda con Perón, cuando Eva fue anotada, con los datos cambiados, en el acta número 728, que originariamente correspondía a un bebé muerto a los dos meses de vida y llamado Juan José Uzqueda.

 

De la naturaleza de los hijos

En aquel pueblo agrícola-ganadero de Los Toldos vivieron doña Juana Ibarguren y sus cinco hijos: Blanca, Elisa, Juan Ramón, Erminda Luján y María Eva. Su padre, Juan Duarte, era hijo de una familia acomodada de Chivilcoy. Había llegado a General Viamonte para administrar la estancia «La Unión», propiedad de los Malcolm, punteros locales del caudillo conservador Marcelino Ugarte, que había sido gobernador de Buenos Aires hasta que el presidente Hipólito Yrigoyen decidió intervenir la provincia en 1917.

Don Juan, como muchos hombres de su clase y de su tiempo, creía ejercer plenamente su masculinidad manteniendo las formas que exigían la «moral y las buenas costumbres». En su pueblo natal, había formado una familia «legal, respetable y bien constituida» junto a una prima suya, Adela D’Uhart[200], con la que había tenido hijos que gozaban del estatus de legítimos; y una segunda familia «paralela», junto a doña Juana —a la que había conocido en «La Unión» en 1908—, con la que tuvo sus «otros» hijos, los «naturales». Estaban siempre cercanos a aquel mote de bastardos, terriblemente insultante en aquellas épocas en las que la condición de

«natural» era un pasaporte a la discriminación social y jurídica. Aquella doble moral, obscena y machista, aceptaba y hasta festejaba en secreto estas dobles vidas, entendiendo como «necesidades masculinas» el mantenimiento de dos relaciones paralelas. Pero para «la segunda» y sus hijos no había piedad. María Eva era una hija natural. Lo natural no era bueno por entonces y los «hijos naturales» quedaban fuera de aquella peculiar naturaleza humana. Desde chiquita, Eva tuvo que ubicarse por ahí, en los suburbios de la vida.

En 1920, cuando su hija menor «no reconocida» estaba por cumplir un año, Juan Duarte decidió abandonar definitivamente a su «segunda» familia y regresar a Chivilcoy. Su partida le complicó la vida a Juana Ibarguren, que quedó sin recursos y con cinco bocas que alimentar. Pero no era mujer de rendirse: se mudó a una casa más modesta en las afueras, cerca de las vías del ferrocarril, y trabajó en lo que pudo para dar de comer a su prole.

 

El derecho de llorar

La infancia de «Cholita», como sus hermanas llamaban a Eva, no fue muy distinta de la de millones de chicos argentinos, atravesada por las privaciones y las ilusiones de salir de esa situación, de soñar con el imposible juguete o el viaje a la gran ciudad. El Estado de entonces estaba muy lejos de ser benefactor y para todos regían las leyes del mercado, con sus pocas ofertas y todas las demandas. La pobreza en toda su dimensión fue una marca indeleble para Evita. A ella nadie se la contó, aprendió muy a su pesar a convivir con las necesidades, a sobrevivirlas:

 

Para ver la pobreza y la miseria no basta con asomarse y mirarla. La pobreza y la miseria no se dejan ver así tan fácilmente en toda la magnitud de su dolor porque aun en la más triste situación de necesidad el hombre y más todavía la mujer saben imaginárselas para disimular, un poco al menos, su propio espectáculo. […] Allí donde cuando hay cama no suele haber colchones, o viceversa; o ¡dónde simplemente hay una sola cama para todos…! ¡Y todos suelen ser siete u ocho o más personas: padres, hijos, abuelos…! Los pisos de los ranchos, casillas y conventillos suelen ser de tierra limpia. ¡Por los techos suelen filtrarse la lluvia y el frío…! ¡No solamente la luz de las estrellas, que esto sería lo poético y lo romántico! Allí nacen los hijos y con ellos se agrega a la familia un problema que empieza a crecer. Los ricos todavía creen que cada hijo trae, según un viejo proverbio, su pan debajo del brazo; y que donde comen tres bocas hay también para cuatro. ¡Cómo se ve que nunca han visto de cerca la pobreza! Yo también los he visto volver a casa con el hijo muerto entre los brazos para dejarlo allí sobre una mesa y salir luego a buscar un ataúd como antes buscaron médico y remedios desesperadamente. Los ricos suelen decir: —No tienen sensibilidad, ¿no ve que ni siquiera lloran cuando se les muere un hijo? Y no se dan cuenta que tal vez ellos, los ricos, los que todo lo tienen, les han quitado a los pobres hasta el derecho de llorar[201].

 

 

 

Un velorio de película

El 8 de enero de 1926, Juan Duarte murió en un accidente automovilístico. Apenas se enteró del hecho a través de una llamada de un pariente cercano del muerto, Juana partió hacia Chivilcoy con sus cinco hijos en un auto de alquiler y se presentó en el velorio a darle el consabido último adiós.

Todas las miradas se clavaron en Juana y su prole. Las señoras y los señores

«respetables» no podían creer lo que veían. «Cómo se atreve», era en aquella tórrida mañana de verano la frase menos original, que competía con «qué coraje» y «qué descaro».

La familia «legítima» —y no, como se ha dicho erróneamente, su esposa, que había fallecido hacía cuatro años[202]— no se opuso a tolerar la presencia de la familia de Los Toldos. Los testimonios coinciden en un pequeño episodio con una de las hijas, que fue superado; los otros Duarte y la pequeña Ibarguren pudieron besar a su padre antes de que cerraran el féretro y acompañar el cortejo fúnebre. Esto le quita

 

al episodio el carácter de fundamental y predestinante que le da, por ejemplo, la película Evita de Alan Parker, que quiere ver en el enojo de esa pequeña rebelde, que contra todos consigue irrumpir en la sala mortuoria para besar a su padre, un anticipo de la futura imparable Evita.

 

 

La ñata contra el vidrio

Evita tuvo que entender pronto asuntos que lleva su tiempo aprender. No iba a tener nunca un papá, una familia «legítima», un auto, los elementos que parecían normales y constitutivos de la felicidad en las familias que ella veía en el cine y escuchaba en los radioteatros. Conoció la humillación, los zapatos apretados y rotos heredados de sus hermanas y la mirada para abajo que indefectiblemente lleva a mirar de reojo para arriba. Soportó en varias fiestas patrias la dádiva de las señoras de la «beneficencia» que le acariciaban la cabeza con cierta prevención mientras le donaban, a la vista de toda la escuela, unos guardapolvos usados o el vestidito pasado de moda que alguna de sus hijas había abandonado. Ahí empezó a odiarlas prolijamente:

 

Desde que yo me acuerdo, cada injusticia me hace doler el alma como si se me clavase algo en ella. De cada edad guardo un recuerdo de alguna injusticia que me sublevó desgarrándome íntimamente. La limosna para mí fue siempre un placer de los ricos; el placer desalmado de excitar el deseo de los pobres sin dejarlo nunca satisfecho. Y para eso, para que la limosna fuera aún más miserable y más cruel, inventaron la beneficencia y así añadieron al placer perverso de la limosna el placer de divertirse alegremente con el pretexto del hambre de los pobres. La limosna y la beneficencia son, para mí, ostentación de riqueza y de poder para humillar a los humildes[203].

 

 

 

Las luces de la pequeña ciudad

La Argentina vivía la terrible crisis iniciada en octubre de 1929 en los Estados Unidos y extendida como una peste por todo el mundo.

A los Ibarguren-Duarte no les alcanzaba para mudarse a la gran ciudad. Con gran esfuerzo lograron, a comienzos de 1930, asentarse en Junín en busca de una vida mejor.

Junín ya era una ciudad importante de la provincia de Buenos Aires, con dos líneas de trenes —el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico y el Central Argentino— y un inmenso taller ferroviario que daba trabajo a miles de obreros.

La vida de los Ibarguren-Duarte siguió marcada por las privaciones. Juana «cosía para afuera», como se decía por entonces, en su nueva casa de la calle Winter 90, y recibía la ayuda de Blanca que ya ejercía como maestra. Elisa había logrado el traslado a la oficina de Correos de Junín y Juancito trabajaba de mandadero en una farmacia. Las más chicas, Chicha (Erminda) de catorce y Cholita de once,

 

estudiaban. En la única escuela de General Viamonte habían realizado sus primeros años escolares. El pase de Evita a la Escuela N.° 1 «Catalina Larralt de Estrugamou» de Junín, le permitió completar su tercer grado. No era una buena alumna y sus boletines dejan ver muchas inasistencias. Sus compañeras destacan que por entonces era callada y tímida. Una de sus maestras recordaba:

 

Tuve por alumna a Eva Perón, que por aquel entonces se llamaba Eva Ibarguren. Pero no me acuerdo bien de ella. Era una chica común, una alumna más. No se destacaba por nada especial. Repitió segundo grado. Era buena en labores y canto, pero era muy faltadora[204].

 

Otra de sus docentes va un poco más allá:

 

Recuerdo perfectamente a varios de sus compañeros, pero la figura de esta alumna, por momentos, se me desdibuja, posiblemente porque no terminó su escuela primaria en el pueblo. Sin embargo, recuerdo nítidamente la expresión de sus ojos: igual a la que exhibió durante todo el resto de su vida. Era más bien callada y no tenía muchos amigos. Me parece recordar que las madres aconsejaban a sus hijos no acercarse mucho a ella y a sus hermanas[205].

 

No son pocos los testimonios que coinciden en que algunas de sus amiguitas eran reprendidas duramente por sus madres si se juntaban con «esa bastarda».

Aquellas señoras de doble moral justificaban su actitud cruel y discriminadora en la defensa de las «buenas familias» que incluían a sus maridos que, como ellas bien sabían, embarazaban a sus amantes fuera de sus hogares «bien constituidos», generando aquellos niños en los que estas nobles damas ejercían su venganza.

Por la tarde, Evita jugaba con sus hermanos. Le encantaba pintarse la cara con algún maquillaje de su madre o con barro, vestirse de payaso y hacer acrobacias y malabarismos. La platea familiar asistía a sus funciones que incluían escenas teatrales. También se divertía coleccionando fotografías de sus actrices preferidas, que atesoraba en un álbum. Al recorrer las páginas de aquellas revistas como El Hogar, se asomaba a un mundo lejano, soñado, al que difícilmente accedería: el mundo de las reinas, las divas, las estrellas de Holywood, aquellas mujeres hermosas, brillantes, independientes, que marcaban un estilo.

Tenía pocos juguetes y les pidió a los Reyes Magos una muñeca de «tamaño natural». En la mañana de un 6 de enero miró sobre sus zapatos, sin muchas ilusiones para no sufrir una nueva decepción; pero allí estaba una enorme muñeca. Cuando la abrazó notó que le faltaba una pierna. Era lo que había podido comprar doña Juana, una muñeca de descarte. A Evita el regalo le llegó con un relato que daba cuenta de que la pierna se había roto al caerse del camello del rey Baltasar. Cholita estaba aprendiendo a dudar de las versiones de los adultos y de la bondad de los reyes.

 

 

Tardes de radio

 

A María Eva le encantaba recitar poesía y participó, el 20 de octubre de 1933, en la obra Arriba Estudiantes, gracias a que Erminda pertenecía a un grupo escolar que organizaba representaciones teatrales. Poco después hizo su debut artístico recitando el poema «Una nube», de Gabriel y Galán, frente a un micrófono de la casa de música de Primo Arini que transmitía por altoparlantes el programa La Hora Selecta, que alteraba el silencio de Junín todas las tardes a las siete.

 

Recuerdo que, siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Era como si quisiera decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo más hondo de mi corazón[206].

 

La radio la hacía soñar. Se imaginaba triunfando en algún teatro de Buenos Aires, se iba de la miseria del día a día, hasta que la realidad la volvía a dejar en su casa.

Había en ella una mezcla interesante de optimismo y rebeldía:

 

En el lugar donde pasé mi infancia los pobres eran muchos más que los ricos. Yo sabía que había pobres y que había ricos; y sabía que los pobres eran más que los ricos y estaban en todas partes. Me faltaba conocer todavía la tercera dimensión en la injusticia. Hasta los once años creí que había pobres como había pasto y que había ricos como había árboles. Un día oí por primera vez de labios de un hombre de trabajo que había pobres porque los ricos eran demasiado ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte. Alguna vez, en una de esas reacciones mías, recuerdo haber dicho: —Algún día todo esto cambiará…— y no sé si eso era ruego o maldición o las dos cosas juntas. Aunque la frase es común en toda rebeldía, yo me reconfortaba en ella como si creyese firmemente en lo que decía. Tal vez ya entonces creía de verdad que algún día todo sería distinto; pero lógicamente no sabía cómo ni cuándo[207].

 

En 1933 surgió la posibilidad de una prueba nada menos que en Radio Belgrano, una de las emisoras más importantes de Buenos Aires. Juntó unos pesos, estudió tres poemas y partió cargada de ilusiones, acompañada por doña Juana, hacia la gran ciudad. Era su primera vez en la Capital y todo la asombraba.

 

 

Mi Buenos Aires querido

En la calle y en los cafés porteños se comentaba el vergonzoso tratado firmado por el vicepresidente argentino, Julio A. Roca hijo, con el ministro de Comercio británico, sir Walter Runciman. El Pacto Roca-Runciman establecía que a cambio de que el gobierno de Su Majestad mantuviera su cuota de compra de carne enfriada, la Argentina se comprometía a gastar el total de sus exportaciones en Inglaterra o a través de ella. Les daba a los ingleses el monopolio de los transportes y una notable influencia en un organismo por crearse: el Banco Central de la República Argentina, destinado a controlar la emisión monetaria y a regular la tasa de interés. El pacto sería denunciado por el senador demócrata progresista por Santa Fe, Lisandro de la Torre, y por el grupo FORJA. Uno de sus fundadores, Arturo Jauretche, no dudó en calificarlo de «estatuto legal del coloniaje».

 

Pero Eva todavía estaba ajena a aquellas cuestiones. Sus pocas horas en Buenos Aires las dedicó a calmar sus nervios y ensayar una vez más sus poemas favoritos. La prueba se la tomó alguien con quien años más tarde llegaría a trabar una sincera amistad, el dueño de la radio, don Jaime Yankelevich, quien concluyó la audición con lo que para él era un trámite: el consabido «te vamos a llamar». Evita regresó a Junín a esperar un llamado que tardaría varios años en llegar.

 

 

Vida de pueblo

Las ciudades agrícola-ganaderas como Junín sufrían los efectos de la crisis que afectaba todos los rubros de la economía. En la casa de Evita, los sueldos de Elisa, Blanca y Juancito no alcanzaban, y doña Juana decidió abrir un comedor. La mitología antiperonista imaginó y trató de imponer la idea de que aquel comedor era en realidad un prostíbulo donde la madre explotaba a sus hijas. No hay un solo testimonio serio que pueda avalar esta teoría elaborada por los «partidarios de la moral y las buenas costumbres».

Quiso la vida que dos de los comensales habituales de doña Juana se convirtieran en sus futuros yernos: el mayor Arrieta se casó con Elisa y el abogado y profesor del Colegio Nacional, Justo Álvarez Rodríguez, con Blanca.

Justo frecuentaba los círculos intelectuales socialistas y anarquistas que confrontaron con el cura Raspuela por la orientación del monumento a San Martín. El párroco quería que apuntara a la iglesia y no hacia el oeste, o sea hacia la cordillera de los Andes. Los muchachos decían que el caballo no podía dar las ancas hacia la cadena montañosa y le dedicaron al cura el siguiente versito: «Si el culo tuviera nombre / y el nombre tuviera fin / el culo del mundo sería Junín».

Evita, que había terminado el ciclo primario en 1934, ya estaba lista para buscar nuevos horizontes.

Ya se había asomado al amor con un noviecito llamado Ricardo, un amigo de Juancito algo mayor que ella. Todavía era muy inocente y junto a una amiga aceptó la propuesta de dos muchachos «bien», hijos de estancieros de la zona, que las invitaron a Mar del Plata en auto. Las chicas notaron con preocupación que el vehículo se desviaba de la ruta. Cuando pudieron reaccionar ya tenían encima a dos violadores, que no pudieron concretar sus intenciones y las abandonaron desnudas a la vera de la ruta. Se dice que cuando Evita tuvo poder, los muchachos pagaron muy caro su

«travesura»[208].

 

Adiós, Pampa mía

La leyenda dice que Evita partió de Junín hacia Buenos Aires a principios de 1935

 

acompañada de Agustín Magaldi. Pero lo cierto es que el cantor, que había actuado en la ciudad en 1929, sólo volvió a hacerlo en diciembre de 1936, cuando Eva llevaba más de un año de radicación en Buenos Aires. La vida artística de Magaldi como solista comienza en enero de 1936, cuando disuelve su dúo con Pedro Noda y se presenta acompañado por los guitarristas Centeno, Ortiz, Francini, Carré y el arpista Félix Pérez Cardoso.

La partida de Evita poco tuvo que ver con los mitos que después se tejieron y las versiones cinematográficas que los pusieron en pantalla: viajó junto a su madre desde la estación del tren de Junín y llegó a Buenos Aires, donde la esperaba su hermano Juancito, que estaba cumpliendo el servicio militar. No era una fuga, sino un viaje para buscar oportunidades que, en esos años de crisis, los pueblos como Junín no ofrecían:

 

Yo traté de convencerme de que debía de haber otros lugares de mi país y del mundo en que las cosas ocurriesen de otra manera y fuesen más bien al revés. Me figuraba por ejemplo que las grandes ciudades eran lugares maravillosos donde no se daba otra cosa que la riqueza; y todo lo que oía yo decir a la gente confirmaba esa creencia mía. Hablaban de la gran ciudad como un paraíso maravilloso donde todo era lindo y era extraordinario […]. Un día —habría cumplido ya los siete años— visité la ciudad por vez primera. Llegando a ella descubrí que no era cuanto yo había imaginado. De entrada vi sus «barrios» de miseria y por sus calles y sus casas supe que en la ciudad también había pobres y había ricos. Aquella comprobación debió dolerme hondamente porque cada vez que de regreso de mis viajes al interior del país llego a la ciudad me acuerdo de aquel primer encuentro con sus grandezas y miserias, y vuelvo a experimentar la sensación íntima de tristeza que tuve entonces[209].

 

El 3 de enero de 1935, Eva llegó a Buenos Aires con una pequeña valija y enormes sueños de triunfar, de ser actriz, de ser ella la que apareciera en las tapas de Sintonía y las revistas que alimentaban su fantasía desde que tenía uso de ilusión. Tenía quince años y una vida por estrenar. Era flaquita, de un pelo negro muy corto que enmarcaba unos bellos ojos negros de mirada triste y curiosa a la vez. Llegaba dispuesta a conquistar la gran ciudad, su fértil imaginación no le alcanzaba para percibir hasta dónde llegaría aquella conquista.

 

 

En las entrañas del monstruo

Evita era una migrante más en Buenos Aires. Era parte de un proceso histórico que no la tuvo como protagonista sino como víctima. Una entre millones que habían dejado su tierra empobrecida buscando un horizonte en la gran ciudad que iba diversificando su economía. Gobernaba el país, gracias a un escandaloso y persistente fraude electoral, la más rancia oligarquía ganadera que se desentendía de los dramas sociales de la mayoría de la población y se dedicaba prolijamente a aprovechar los beneficios colaterales de la crisis: comprar por monedas campos que antes valían millones; monopolizar para sí los créditos que los bancos oficiales les negaban a los

 

chacareros, peones y trabajadores; rebajar los sueldos de sus asalariados y aumentar notablemente sus márgenes de ganancia predicando el sacrificio ajeno «para salir de la crisis» y practicando el despilfarro gracias a aquel sacrificio.

Durante los primeros meses de su residencia en Buenos Aires, Eva vivía en una humilde pensión de la zona de Congreso. Como millones de argentinos que sobrevivían aquella década infame, su trabajo era buscar trabajo.

 

 

Entre bambalinas

No tenía demasiados contactos, así que debía recorrer los cafés donde paraba la gente del ambiente, ir a los teatros, en fin, el recorrido de los que deben pagar su derecho de piso. No quería trabajar en otra cosa, quería ser actriz y su persistencia rindió sus frutos. Pudo ingresar en la Compañía Argentina de Comedias, que encabezaba Eva Franco y dirigía Joaquín de Vedia.

Evita había soñado muchas veces con aquella noche, la de su debut en un teatro porteño. Fue el 28 de marzo de 1935 en el Teatro Comedia, de Carlos Pellegrini 248. La obra era La señora de Pérez, de Ernesto Marsili. Eva hacía el papel de una mucama y mereció el comentario de Edmundo «Pucho» Guibourg en el legendario diario Crítica, donde señaló: «muy correcta en su breve intervención Eva Duarte»[210].

En Junín ya se hablaba de ella en el periódico local:

 

Nosotros, por nuestra parte, contentos de ver los exquisitos valores artísticos que surgen de nuestro ambiente, auguramos a esta señorita el más florido triunfo, y esperamos que su elogiosa labor y sus excelentes dotes personales se vean prontamente coronadas del meritorio éxito al que se hace acreedora[211].

 

Evita estudiaba arte dramático en el Consejo de Mujeres y estrenaba Cada hogar es un mundo, de Goicochea y Cordone. Trabajó con Eva Franco hasta enero de 1936, aunque no la convocaron para todas las obras que representó la compañía. Tuvo dos pequeños papeles en Madame Sans Gene, de Victorien Sardou y Émile Moreau, y en La dama, el caballero y el ladrón, una comedia de Mateos Vidal estrenada en el Teatro Cómico. Cuenta Eva Franco que Evita recibía la mayor cantidad de flores al terminar las funciones:

 

La confusión provocó las bromas de todos los compañeros, que la apabullaron con chanzas de todo tipo. El incidente trascendió a la prensa y se dijo que yo me enojé y que quise despedirla de la compañía. No fue cierto pero debo confesar que no salía de mi asombro al ver cómo una jovencita recién iniciada en el teatro tenía ya tantos admiradores[212].

 

Todos los teatros de Buenos Aires suspendieron sus funciones el 6 de febrero de 1936, cuando finalmente llegaron a Buenos Aires los restos de Carlos Gardel y dio

 

comienzo su velatorio en el Luna Park. Al día siguiente, el cortejo fúnebre más sentido y multitudinario visto hasta entonces, acompañó a contramano por la avenida Corrientes, que empezaba a dejar de ser angosta, los restos del Zorzal Criollo hasta la Chacarita.

Eva no quería acostumbrarse a los papeles intrascendentes, aspiraba a más, a ser primera actriz, cabeza de compañía; pero sus pequeñas intervenciones le permitían pagar su pensión, comer salteado y hacer lo que más le gustaba en la vida: actuar.

En mayo de 1936, con sus diecisiete años recién cumplidos, se incorporó a la Compañía de Comedias de Pepita Muñoz, José Franco y Eloy Alfaro, para una gira por el interior del país, que culminó en septiembre. Evita actuó en casi todas las obras, aunque la mayoría de las críticas la ignoraron. Su vida era la de una actriz de reparto: mal paga, no cobraba si la recaudación era mala, se hospedaba en miserables pensiones, comía mal y poco, ensayaba mucho y actuaba en varias funciones por día.

En diciembre de 1936 se incorporó a la Compañía de Pablo Suero, que puso en escena Los inocentes, de Lilian Hellman. Viajaron a Montevideo y regresaron en enero del ’37. Tras un nuevo período de inactividad, volvió a trabajar en marzo, dirigida por el notable Armando Discépolo[213], en La nueva colonia, de Luigi Pirandello, en el Politeama de Corrientes 1478. Era un homenaje a Pirandello en el primer año de su fallecimiento; Evita interpretaba a Nela, una campesina que decía unas pocas frases en el tercer acto. Pese al prestigio de su director, la obra no tuvo éxito y Eva volvió a ser una desempleada.

El teatro fue la actividad cultural que más se resintió con la crisis económica: las compañías duraban una temporada y sólo estrenaban comedias ligeras y sainetes con bajos costos de producción. El teatro de revista mantenía su éxito en Buenos Aires, pero según los productores, Eva no reunía las condiciones exigidas por el género. Vivía con lo justo y se alimentaba a mate cocido y bizcochos y algún que otro café con leche con medialunas. El cine y la radio soportaron mejor la crisis y Evita consiguió un pequeño papel en la película ¡Segundos afuera!, dirigida por Chas de Cruz y Alberto Echebehere y protagonizada por Pedro Quartucci, Pablo Palitos y Amanda Varela. Ese mismo mes de marzo de 1937 se incorporó a la compañía

«Remembranzas» de radioteatro en Radio Belgrano, en la obra Oro Blanco, de Luis Solá y adaptada por Manuel Ferradas Campos. Su tema era la colonización del Chaco y la lucha de los inmigrantes por la subsistencia contra los atropellos de los terratenientes de la zona.

Mientras Aníbal Troilo «Pichuco[214]» debutaba con su orquesta en el Marabú estrenando Mi tango triste, Evita ingresaba en la compañía de Comedias y Sainetes de Leonor Rinaldi y Francisco Chiarmello, que puso en escena No hay suegra como la mía, de Marcos Bronenberg, todo un éxito de público: permaneció en cartel hasta marzo de 1938. Fue entonces cuando, gracias a su amiga Pierina Dealessi, Eva pudo

 

incorporarse al elenco de La gruta de la fortuna, comedia de Ricardo Hicken que se estrenó, en el teatro Liceo, de Rivadavia y Paraná. Pierina recordaba así a la Eva Duarte de aquellos años:

 

Evita era una cosita transparente, delgadita, finita, cabello negro, carita alargada. Tenía un busto divino, como de mármol, pero le caía muy llovido, por su flacura; una vez me sacó las medias para abultarse un poco, ¡la pobrecita! Yo siempre le decía: «Aliméntate… No te vayas a acostar tarde. No estás en condiciones de trasnochar». […] Le pregunté si había trabajado alguna vez y me dijo que venía de una gira con Pepita Muñoz. La contratamos con un sueldo mísero: $ 180 por mes. […] En el teatro no se descansaba ningún día y los domingos hacíamos cuatro funciones. Eso era lo común en esa época. A la tarde tomábamos algo en el camarín. Evita tomaba mate, pero como era muy delicadita de salud yo le ponía leche en el mate. Era tan flaquita que no se sabía si iba o venía… Entre el hambre, la miseria y el descuido, tenía siempre las manos frías y transpiradas. Como actriz era muy floja. Muy fría. Un témpano. No era de esas muchachas que despiertan pasiones. Era muy sumisa y daba la sensación de timidez. Lo llevaba adentro. Evita era una triste[215].

 

El crítico Edmundo Guibourg la conoció por aquellos años:

 

Evita era una muchacha muy linda, simpática, enfermiza, de piel muy blanca, y ya por entonces había anuncios de leucemia en su físico. Teníamos una inmensa amistad porque ella se sentía protegida en un ambiente que no solamente la rehuía sino que también la ofendía porque había tenido una vida bastante complicada y no se lo perdonaban[216].

 

Todos los que la conocieron elogiaban su cutis, ignorando seguramente la anécdota que cuenta su hermana Erminda, referida a un grave accidente. A los cuatro años, Evita se quemó la cara con aceite hirviendo al volcársele accidentalmente una sartén. Al curarse, la piel de su rostro se tornó notablemente suave y blanca.

Evita pasó a la compañía de Camila Quiroga y debutó en Mercado de amor en Argelia, donde interpretaba a una odalisca.

 

 

Nace una estrella

En aquellos días la revista Sintonía convocó un concurso radial al que Evita se presentó con su habitual entusiasmo. Allí conoció al director de la publicación, el chileno Emilio Kartulowicz, con quien viviría un complicado romance.

En 1939, finalmente su suerte comenzó a cambiar: encabezó junto a Pascual Pelliciotta la Compañía de Teatro del Aire. Debutaron el 1.° de mayo en Radio Mitre, con libretos de Héctor Pedro Blomberg (el célebre autor de La pulpera de Santa Lucía, La mazorquera de Monserrat y otras canciones muy populares entonces), en Los jazmines del ochenta. Por primera vez, la revista Antena publicó su foto: se la veía muy flaca, tenía el rostro pálido pero mantenía su sonrisa entradora. Tras el éxito de Los jazmines del ochenta, Evita pasó con su compañía a Radio Prieto, donde realizó dos ciclos de radioteatro.

Mientras tanto, a comienzos de septiembre de aquel año ’39, Hitler invadía

 

Polonia haciendo estallar la Segunda Guerra Mundial. El presidente Ortiz declaraba la neutralidad de la Argentina. Por aquellos días Evita incursionó nuevamente en el cine con un papelito en La carga de los valientes, dirigida por Adelqui Millar. Volvió al teatro en agosto de 1940, con la compañía cómica de Leopoldo y Tomás Simari que estrenaba Corazón de manteca, de Hicken, y en la que sería su última actuación en un teatro: ¡La plata hay que repartirla!

En marzo de 1999 se conoció una noticia que, casi sesenta años después, se refería a la vida de Eva de aquellos días en que comenzaba a hacerse conocer como actriz. Nilda Quartucci —hija del actor Pedro Quartucci— presentó una demanda de filiación ante el Juzgado 38 de la jueza Mirta Ilundai, donde señalaba haberse enterado a los veintiocho años que Eva Duarte era su verdadera madre. En el escrito, Nilda, nacida en 1940, solicitaba un estudio de ADN que permitiera confirmar el vínculo y acceder entonces a sus posibles derechos hereditarios.

El asunto terminó el 15 de febrero de 2006 con la resolución de los camaristas Galmarini, Posse, Saguier y Zannoni, que dictaminaron:

Descartado cualquier vínculo biológico entre el Sr. Quartucci y la peticionante, se desvirtúa la verosimilitud de la demanda incoada, fundada en la aparente relación sentimental del primero con la Sra. Duarte. […] tras reconocer eficacia probatoria a los resultados de la prueba genética y en virtud de los fundamentos doctrinarios y jurisprudenciales que invoca, la sentenciante concluyó en la inexistencia del vínculo biológico alegado entre la actora y la Sra. María Eva Duarte[217].

Mientras que su carrera cinematográfica continuaba sin éxito, a pesar de su noviazgo con Olegario Ferrando, el dueño de Pampa Film, en los radioteatros su ascenso fue notable. A mediados de 1941 consiguió un contrato por cinco años para sus programas radiales con el auspicio de la empresa Guereño que producía el jabón Radical. El repertorio incluía novelas de Blomberg como Una promesa de amor, Infortunio y Mi amor nace en ti.

En mayo del ’42, Eva es cabeza de la Compañía Candilejas, junto con Pablo Racioppi, en Radio El Mundo. Gracias a estos primeros logros, Evita había mejorado sensiblemente su situación económica; mandaba más plata a su madre y se mudó a una digna habitación en el Hotel Savoy de la calle Callao.

 

Un encuentro de novela

En su libro Mano de obra, el poeta, guionista de cine y periodista César Tiempo narra la siguiente anécdota:

 

Yo era cronista teatral de un diario de la tarde. Me encontré con [Roberto] Arlt[218], que venía por la calle Corrientes, sonriendo y hablando solo. Era pasada la medianoche. Entramos a tomar un café en «La Terraza» y allí nos encontramos con dos actrices muy jóvenes, muy pálidas y muy delgadas… Una se

 

llamaba Helena Zucotti y la otra, María Eva Duarte. Nos invitaron a sentarnos a su mesa. Arlt no las conocía, yo sí, pues habían venido a la redacción del diario más de una vez en procura de un poco de publicidad… Ya instalados, entre café y café, Arlt se puso a hablar… De pronto, sin quererlo, manoteó bruscamente y volcó la taza de café con leche que estaba tomando la Zucotti sobre el vestido de su compañera. Arlt exageró su consternación y en un gesto teatral se arrodilló ante la anónima actriz pidiéndole perdón. Ésta, sin escucharlo, se puso de pie y corrió hasta el baño a recomponerse. Cuando volvió tuvo un acceso de tos, como una de esas tiernas y dolorosas heroínas de Mürger. Pero sonreía, indulgente.

—Me voy a morir pronto —dijo sin dejar de sonreír. Y de toser.

—No te aflijas, pebeta —intervino Arlt, que tuteaba a todo el mundo—. Yo, que parezco un caballo, me voy a morir antes que vos.

—¿Te parece? —preguntó la actricilla con una inocencia que no excluía cierta malignidad.

— ¿Cuánto querés apostar?

No apostaron nada. Pero quiero anotar este dato curioso: Roberto Arlt falleció el 26 de julio de 1942. Y Eva Perón, la hermosa actricilla del episodio, diez años después, exactamente el 26 de julio de 1952[219].

 

 

 

43, modelo para armar

Al comenzar 1943, pasada la euforia informativa por el nacimiento de los quintillizos Diligenti, las revistas Sintonía, Antena y Radiolandia ya se ocupaban de Evita. Y como suele ocurrir, se le atribuían romances con distintos actores. Mientras el mundo intelectual se sacudía con la publicación de El ser y la nada de Jean-Paul Sartre, en el país se había ido creando un clima tenso, no justamente por la influencia del existencialismo naciente sino por la proximidad de las elecciones y sus posibles consecuencias.

Pero la población, desencantada absolutamente con la política y consciente del escandaloso fraude que hacía inútil su participación en las elecciones, prefería dedicarse según su género a los entretelones narrados por las revistas del corazón o a las habilidades futbolísticas de Pedernera y el chueco García y a recordar la goleada de la selección argentina frente a Ecuador 12 a 0, con cinco goles de José Manuel Moreno y 4 de Herminio Masantonio, ocurrida un año atrás.

A dos meses de producida la «revolución» del 4 de junio, Evita participó en la fundación de la Asociación Radial Argentina, una entidad gremial que defendía los derechos de los trabajadores de la radiofonía. Cuando el nuevo gobierno intervino las emisoras, Eva estaba inactiva en busca de un libreto para su categoría. El coronel Aníbal Imbert, interventor de Correos y Telecomunicaciones, imbuido del espíritu hispanista y católico de los postulados de la «revolución», intentó prohibir la difusión de los tangos y radioteatros que incluyeran temas «inmorales»[220]. La directiva era tan ambigua que obligaba a los perjudicados reales o potenciales a presentarse ante la Secretaría para pedir la autorización correspondiente. En esas interminables colas del edificio del Correo para que se aprobara su repertorio, Eva divisó a Oscar Nicolini, un conocido de Junín, quien para su suerte era el secretario de Imbert. El interventor

 

terminó dando su visto bueno para que pudiese firmar un nuevo contrato con Radio Belgrano que marcaría su vida profesional y política. Comentaba la revista Antena:

 

La celebrada primera actriz Evita Duarte, artista que ha adquirido amplio y justificado renombre a través de una larga y brillante actuación en emisoras importantes, iniciaría un ciclo diario de biografías de mujeres ilustres[221].

 

El ciclo comenzó el 16 de octubre de 1943 y se prolongó, con algunas largas interrupciones, hasta septiembre de 1945. Por primera vez, Evita trabajaba con libretos escritos exclusivamente para ella por Alberto Insúa y Francisco Muñoz Azpiri. Su voz daría vida a Madame Lynch, la heroica mujer del mariscal paraguayo Francisco Solano López; Isabel I de Inglaterra; la actriz Sarah Bernhardt; la primera dama de Taiwán, Madame Chiang Kai-Shek; Lady Hamilton; la bailarina Isadora Duncan; la actriz italiana Eleonora Duse; la sobrina y esposa del general Paz, Margarita Weil de Paz; Ana de Austria; Carlota de México, la esposa de Maximiliano, y a la zarina Catalina la Grande, entre muchas otras mujeres notables de la historia.

El programa fue un éxito y pasó al horario de las 22.30, lo que hoy los medios llamarían prime time.

Sin dudas, el conocimiento de estas vidas marcadas por la política tendría una influencia notable en un futuro que por entonces Eva no imaginaba. Mientras tanto, logró mudarse a un confortable departamento en el cuarto piso de Posadas 1567, entre Callao y Ayacucho, corazón del exclusivo barrio de la Recoleta.

 

 

Un futuro mejor

Para junio de 1944 Eva, ya compañera de Perón y jugada por su causa, comenzó un programa radial llamado Hacia un futuro mejor, dedicado a exaltar la obra del gobierno en general y del coronel Perón en particular. Con libretos de Francisco Muñoz Azpiri (en ese momento, director de la Sección Propaganda de la Subsecretaría de Informaciones) y Antonio Jiménez, el ciclo estaba dirigido al pueblo argentino y bajaba línea en un lenguaje sencillo, directo y apasionado.

En una de aquellas emisiones decía Evita:

 

Soy una mujer de vosotras, madres, esposas, novias o hermanas… De mí salió el hijo que está en los cuarteles (clarines) o el obrero que forja una Argentina nueva, en tierra, mar y aire (ruido de trabajo). Veo las gentes moverse y esa gran ciudad de sangre y carne, que es un pueblo, echarse a un camino, bajo la conducción de los nuevos y vigorosos líderes de la Revolución que ha llegado al recinto inviolable del alma… Marchan ya… ¡Sí… marchan hacia un futuro mejor!… ¡Trabajo y fe hablan ahora! Un pueblo fuerte… recio… lleno de las virtudes cardinales de todos los pueblos fuertes de la tierra[222]

 

Los textos interpretados por Eva en ese ciclo radial anunciaban frases que en poco

 

tiempo tendrían otra resonancia:

 

La Revolución no vino porque sí. La Revolución vino por algo, por algo angustioso y duro que germinaba adentro, en la raíz de las vÍsceras… allá donde está el odio y donde está la pasión y donde está el sentido de la injusticia, que hace fluir la sangre a las manos… La Revolución de Junio, se hizo por los trabajadores explotados… y por la iniquidad comercial, y la iniquidad electoral, y la iniquidad patriótica de un pueblo y de una nación, próximos al suicidio… Un hombre, el que iba a traer al trabajo la noción de la redención, un soldado del pueblo, que sintió dentro la llama de la justicia social, fue el que ayudó decisivamente a la estallante revolución del pueblo mismo… Aquí está su voz y su confesión (se intercala un discurso de Perón pronunciado en Berisso). Pero la Revolución redentora vino por muchas causas más, vino por el hambre… y vino por el alma… vino por la tierra madre, olvidada y sedienta y vino por la injusticia y la explotación de los trabajadores[223].

 

Antes de conocer a Perón, Eva no se sentía muy atraída por la política. Todo comenzó a cambiar cuando junto a su pareja participaba callada pero atentamente de las reuniones que Perón mantenía en su casa con dirigentes y militares. Allí pudo familiarizarse con conceptos y términos políticos, aunque su principal preocupación por el momento seguía siendo disfrutar del mejor momento de su carrera artística.

 

 

La mejor compañera

En una carta a sus oyentes, así se definía Eva Duarte, la protagonista de las vidas de mujeres ilustres, que aún no se había convertido en Evita:

 

Desdeño la frivolidad y me enternezco al notar piedad en los hombres y en las cosas. La máxima satisfacción mía —como mujer y como actriz— sería la de tender mi mano a todos aquellos que llevan dentro de sí la llama de una fe en algo o en alguien y en aquellos que alientan una esperanza. Mis heroínas son así, en todo momento, documentos vivos de la realidad. Sobre la faz un poco absurda de la novela radial, prefiero la biografía donde está el testimonio de algo que se llamó «mujer» y que amó, sufrió y vivió, no importa el lugar, ni el tiempo, ni la distancia. Amigas, he cerrado otro capítulo de mis confidencias, y espero que en todas ustedes no habrá caído en vano, sabiendo que en Evita Duarte está la mejor compañera de todas ustedes[224].

 

 

 

La cachetada del circo

A fines de marzo del ’45, los Estudios San Miguel la contrataron para filmar La cabalgata del circo. Uno de los protagonistas de la película, Hugo del Carril[225], recordaba así a su compañera:

 

Yo la conocí cuando ella iniciaba su actuación cinematográfica y un día estábamos solos y de repente me preguntó: —¿Usted recibe muchas cartas?; le digo—: Sí, algunas y tal es así que a veces no tenía tiempo de contestarlas. Me dijo: —Me interesa saber qué le dicen en las cartas—. Las cosas más inesperadas. —

¿Y pedidos le hacen?—. ¿Y a qué artista no le hacen pedidos? —¿Y usted los cumple?—. En la medida de lo posible sí, pero también pueden pedir una casa-departamento de 20 pisos. —Yo le pido una cosa, en la medida de lo posible, usted atienda a la gente[226].

 

Durante la filmación, Evita cambió el color de su pelo. Quien sería de ahí en adelante su peluquero, Julio Alcaraz, la dejaría rubia para siempre.

En aquella película trabajó con Libertad Lamarque y surgieron roces entre ambas. Dice la leyenda que Libertad le dio un cachetazo por «insolente» y por sus permanentes impuntualidades, que la «estrellita de reparto» justificaba diciendo que era una colaboradora del coronel Perón. La excesiva tolerancia con Evita estaba garantizada por el interés que tenía la familia Marchinandiarena, dueña de Argentina Sono Film y productora de la película, en retener la concesión del Casino de Mar del Plata que, suponían, podían conservar consintiendo a la novia del poderoso militar. Libertad Lamarque recuerda en su autobiografía que, harta de las impuntualidades de Eva,

La empresa decidió dar fin a tantos inconvenientes, cambiando el horario de filmación. Los llamados ya no fueron a las diez de la mañana, sino a las dos de la tarde. Esto me perjudicó en mis trabajos de la radio y en presentaciones personales de varieté, que ya no pude hacer. Llegaba a mi casa por la noche cuando el resto de mi familia dormía. […] No sé cómo era su carácter. No mantuve jamás una conversación con ella; solamente al pasar una vez, oí que le comentaba a alguien: «Tengo la pancita inflamada, pero no hay que preocuparse, aquí hay un peroncito». Yo novolví a violentarme por nada, dejé que las cosas siguieran su curso. Éstos fueron los únicos incidentes que he tenido con Eva Duarte, auténticos, reales, los que no fueron creados por mentes enfermas… ¡Y tendrán que creerme! Si estoy confesando con total sinceridad pasajes de mi vida y deficiencias de mi personalidad que no me favorecen en nada, tendrán que creerme también si digo que no hubo tal cachetada, que las causas que se inventaron para desprestigiarme fueron además de ineficaces, falsas, fútiles y vulgares[227].

El director Mario Sofficci recordaba así aquella filmación:

 

La cabalgata del circo es una de las dos películas que hice con Eva Perón; ella no tenía muchas condiciones como actriz, pero lo bueno era que tenía un entusiasmo increíble por el cine. Y era muy profesional en ese aspecto. En ese momento hubo algo, que no sé si fue ciento por ciento culpa de Libertad, que era una diva, o ciento por ciento culpa de Evita. […] Fue aquél un roce que no llegó a mayores (hasta se habló de cachetadas). La realidad es que Libertad Lamarque siempre tuvo propiedades aquí, entraba y salía del país; trabajando afuera se hizo millonaria en dólares. No hubo impedimentos[228].

 

 

 

La Pródiga

En septiembre de 1945, nuevamente dirigida por Mario Soffici, Evita logró su primer y único papel protagónico en el cine con La pródiga, una adaptación de Alejandro Casona de la novela de Pedro Antonio Alarcón. Eva interpretaba a una mujer pecadora que, arrepentida, se dedica a las obras de caridad. Cuenta su director:

 

La Pródiga nunca la terminé del todo […]. Se le pasó en privado a Evita y Perón. Entre paréntesis, ella me reprochó que la había sacado gorda. «Señora —le dije—, entonces estaba gorda, y ahora está delgada». Ella se reía, muy amable. Ese film nunca se estrenó. Creo que los motivos reales fueron que, como en esos momentos asumía el poder como presidente el general Perón, no creyeron oportuno estrenarlo[229].

 

A partir de aquel momento, se dedicó a enterrar su pasado, tan denostado por los

«intachables»

 

 

Esa mujer

No eran pocos los que por entonces afirmaban que la relación de Evita con Perón era claramente oportunista, un escalón más de su carrera. Pero pronto tendrían ocasión de demostrar y demostrarse que la cosa iba en serio. Contaba Evita:

 

La mayoría de los hombres que rodeaban entonces a Perón creyeron que yo no era más que una simple aventurera. Mediocres al fin… ellos no habían sabido sentir como yo, quemando mi alma, el fuego de Perón, de su grandeza y de su bondad, de sus sueños y de sus ideales. Ellos creyeron que yo «calculaba» con Perón, porque medían mi vida con la vara pequeña de sus almas. Yo los conocí de cerca, uno por uno. Después casi todos ellos lo traicionaron a Perón. Algunos en octubre de 1945; otros, más tarde… y me di el gusto de insultarlos de frente, gritándoles en la cara, la deslealtad y el deshonor con que procedían o combatiéndolos hasta probar la falta de sus procedimientos y de sus intenciones[230].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Perón al poder

 

Las elecciones argentinas constituyen la mayor derrota diplomática que ha sufrido Estados Unidos en los últimos tiempos, y le ha sido infligida por los electores argentinos.

South American Journal, 13 de abril de 1946

 

 

Mientras el matrimonio Perón disfrutaba de su luna de miel, los oficiales de confianza del coronel concretaron una verdadera purga en las tres Fuerzas Armadas. Destinaron a tareas burocráticas y sin mando de tropas a los jefes uniformados que se habían demostrado enemigos del exvicepresidente[231].

Con el panorama despejado, Perón y Evita regresaron a Buenos Aires y se instalaron en la casa de la calle Teodoro García 2106 en Belgrano, que tanto orgullo le daba a la ahora «señora de Perón». La había comprado con su trabajo y la podían disfrutar juntos, aunque ninguno de los dos disimulaba las ganas de mudarse a una casa más amplia: el Palacio Unzué, la residencia presidencial de la avenida Alvear[232] y Austria.

Pero para eso había que trabajar mucho.

 

 

En la línea de partida

Por aquellos días primaverales de 1945 eran intensas las reuniones entre Perón y dos hombres clave: el empresario Miguel Miranda y el estadígrafo y estrecho colaborador del coronel en la Secretaría, el catalán José Figuerola. Eran el tipo de hombres que le agradaban, de los que no le molestaba aprender. Lo impresionaba particularmente el pragmatismo de Miranda, un empresario de la hojalata que se había hecho a sí mismo empezando como empleado. Años después, durante su exilio, a Perón le gustaba contar anécdotas sobre «Don Miguel». Recordaba que, con orgullo, le presentó a los equipos técnicos de gobierno que lo ayudaban a preparar sus planes antes de asumir. Tras conversar un rato con ellos y analizar sus propuestas, Miranda le regaló a Perón uno de esos comentarios que lo fascinaban: «Éstos no son técnicos, ni son nada.

¿Usted cree que si supieran algo de economía se contentarían con un sueldo? ¡Serían

 

multimillonarios! Éstos han estudiado un poco de Economía, se les ha embarullado en la cabeza y ahora no les sirve para nada.» Y frente a una pregunta de Perón, acerca de dónde sacarían el dinero para financiar todos los proyectos que le proponía, espetó: «Los negocios, sólo los tontos los hacen con dinero propio. Los buenos negocios se hacen con dinero ajeno o sin dinero». Era uno de esos dichos al estilo Vizcacha[233]; que podían usarse en más de un sentido.

También admiraba Perón la memoria y la capacidad de Figuerola. Recordaba, por

ejemplo, una extensa charla que comenzó como tantas otras con generalidades y en la que el coronel aprendería a cuidar sus palabras con aquel técnico de las estadísticas. Le había dicho al pasar que necesitaba saber lo más certeramente posible el estado ocupacional y sanitario de la población. A las pocas horas, Figuerola lo llenó de carpetas donde se detallaban incluso los déficit vitamínicos por edades y regiones de la Argentina, no sin aclararle que esas cifras eran poco confiables y que sugería realizar unas 15.000 encuestas para tener un panorama medianamente valedero[234].

Estos dos hombres, que no venían de «la política», serían fundamentales en la elaboración del primer plan sistemático de gobierno de Perón, que pasaría a la historia como Plan Quinquenal.

 

 

Entre laboristas y renovadores

Nadie dudaba de la popularidad de Perón entre los trabajadores y los sectores más postergados de todo el país. Pero era evidente que ese apoyo era políticamente inorgánico. Se hacía imprescindible construir una fuerza propia para enfrentar al enorme aparato partidario y los fenomenales recursos económicos que los dueños de la Argentina pondrían a disposición de la fórmula opositora al «coronel de los trabajadores».

El primer paso se dio el 24 de octubre de 1945, cuando unos 50 sindicatos que habían apoyado decididamente a Perón fundaron el Partido Laborista (PL), inspirado en su homónimo inglés que por aquellos años gobernaba Gran Bretaña[235]. La conducción del PL quedó constituida con el dirigente telefónico Luis Gay como presidente y Cipriano Reyes como vice. En uno de los primeros comunicados públicos, el partido dio a conocer su apoyo a la candidatura de Perón y esbozó un programa de gobierno que incluía la economía planificada, el voto femenino, el pleno empleo, la reforma agraria, la distribución equitativa de la riqueza, el fomento activo a la industrialización, la nacionalización de los servicios públicos y las riquezas naturales[236]. La pretensión era clara: apoyar al Coronel pero, al mismo tiempo, como gremios «autónomos», intentar marcarle la cancha. Este recurso se demostraría bastante ineficaz desde los inicios y a lo largo de toda la historia de las relaciones entre los distintos sectores del movimiento y el líder, particularmente cuando esas

 

pretensiones venían desde los sectores de lo que podría definirse como «izquierda».

Perón buscó desmarcarse y no quedar pegado a un discurso y una plataforma obrerista, que decía en su declaración de principios:

 

En ningún caso se aceptará el ingreso como afiliado al Partido Laborista de personas de ideas reaccionarias o totalitarias, ni de integrantes de la oligarquía[237].

 

Conociendo la potencialidad del apoyo sindical, pero también comprendiendo que era insuficiente, porque la mayoría de los cuadros del nuevo partido eran dirigentes gremiales sin experiencia en la política partidaria, Perón decidió entregarle el segundo término de la fórmula presidencial al viejo militante radical y exministro del Interior de Farrell, Hortensio Quijano. Su agrupación, la UCR (Junta Renovadora), logró el reconocimiento de la justicia el 7 de diciembre y recibió el apoyo de la mayoría de los militantes de FORJA, que decidieron disolver la agrupación para sumarse a la campaña a favor del Coronel.

 

 

«No nos une el amor sino el espanto»

Prácticamente toda la oposición partidaria, desde la izquierda, representada por el PC y el PS, a la derecha expresada por el Partido Conservador, pasando por el centro ocupado por radicales y demócratas progresistas, se nucleó en una alianza, que se formalizó el 8 de diciembre bajo el nombre de Unión Democrática (UD)[238]. Comenzaba la campaña electoral para los comicios del 24 de febrero de 1946, bajo el lema «por la libertad, contra el nazismo», en el marco de un multitudinario acto en Plaza Congreso. La elección de la fórmula presidencial, en la que los afiliados de los diferentes partidos habían tenido el mismo nulo protagonismo que en la elección de la fórmula de Perón, demostraba el convencimiento de que para ellos el Coronel era

«invotable» y que no importaba quién encabezara el binomio. Fueron designados José Tamborini (médico, exsenador, ministro de Alvear y candidato a presidente en 1937) y su correligionario radical y exgobernador de Santa Fe en tiempos de la represión de las huelgas del quebracho en La Forestal, Enrique Mosca.

Esta displicencia a la hora de elegir la fórmula era la expresión de un pensamiento peligrosamente optimista, que se basaba en la lectura política que los opositores hacían de Perón. Los hombres de la UD sostenían que el Coronel era producto de un gobierno de facto, que su obra sindical y social era fruto de la coerción y que, en cuanto el pueblo pudiera expresarse libremente, se demostraría que carecía de real consenso popular.

Algunas acciones de sectores afines al candidato oficialista no ayudaban mucho para ensayar un pensamiento lateral. En la proclamación de la fórmula de la UD, la multitud sufrió los ataques de provocadores de la Alianza Libertadora Nacionalista, al

 

grito de «Viva Rosas, mueran los judíos» y «Viva Perón», que causaron cuatro muertos (dos radicales, un socialista y un comunista) y más de treinta heridos. Esto aumentaba la convicción opositora de que estaban por la senda correcta, dejando de lado aspectos muy importantes de aquella coyuntura tan particular y decisiva para el futuro del país.

Perón tuvo que salir a despegarse de los hechos, calificando a los militantes nacionalistas de «sujetos irresponsables» que no contaban con su beneplácito.

 

 

Una ayudita para mis amigos

El presidente Farrell, de acuerdo con lo conversado en la agitada tarde del 17 de octubre, comenzó a jugar activamente a favor de la candidatura del Coronel. Dio vía libre al estrecho colaborador político de Perón y su heredero en la Secretaría de Trabajo y Previsión, el coronel Mercante, para reactivar el último decreto que su antecesor había dejado firmado antes de su forzada renuncia en octubre y que ahora llevaría el número 33.302. Instauraba el salario mínimo ajustable según el costo de vida y el sueldo anual complementario, más conocido como aguinaldo. El decreto fue firmado por Farrell el 20 de diciembre y establecía que las mejoras debían hacerse efectivas al finalizar el mes en curso.

Las medidas le complicaron la vida a la oposición, particularmente al ala izquierda de la Unión Democrática que demoró unos días en reaccionar para medir sus palabras y no volver a quedar ante los trabajadores como propatronal. Los que no tuvieron ninguna duda en oponerse fueron los dos mil empresarios asistentes a la asamblea convocada en la Bolsa de Comercio el 27 de diciembre. Allí, las «fuerzas vivas» decidieron lanzar un lock out patronal, negarse a pagar el aguinaldo, aconsejar la misma medida a los empleadores grandes, medianos y pequeños de todo el país y denunciar el decreto por «anticonstitucional».

Los dirigentes sindicales afines a Perón tampoco tuvieron ninguna duda a la hora de defender la medida oficial. Tras el cierre de fábricas y comercios por varios días, al retomarse las tareas por motivos tan racionalmente capitalistas como que no podían seguir perdiendo ingresos, las patronales debieron, a regañadientes, negociar con los sindicatos respectivos la aceptación de las medidas de clara inspiración peronista. El Coronel había ganado otra batalla.

 

 

Enero caliente

Enero generalmente es un mes tranquilo en Buenos Aires. El intenso calor desalienta las acciones políticas y conspirativas. Antes de 1946, sólo se recordaban algunos pocos eneros activos, como el de 1905, por la revolución radical contra el fraude, el

 

de 1912, por los debates de la Ley Sáenz Peña y el de 1919, por la sangrienta Semana Trágica.

A ellos había que sumarle ahora el de 1946, que pasaría a integrar la escueta lista de los eneros agitados. Mientras tanto, el mundo se conmovía con la cotidiana publicación de las sesiones del juicio de Nüremberg, que arrojaba cada día más luz sobre los horrores del nazismo. Como contrapartida vital, comenzaba a sonar La vie en rose que la incomparable Edith Piaf grabaría por aquellos días en un estudio de París.

El mes político argentino quedaba inaugurado, luego de los tradicionales brindis de año nuevo y las resacas correspondientes, con un bautismo: el jueves 3, el vespertino La Época, uno de los pocos medios de prensa que apoyaba al Coronel, titulaba: «El movimiento nacional en marcha ha sido bautizado por el pueblo: Peronismo».

Comenzaba la campaña electoral en la que había que poner en juego todos los recursos. De un lado, a falta de carisma, contaban con millones de personas, el apoyo de prácticamente toda la prensa, todos los partidos políticos, la embajada norteamericana, la mayoría de la intelectualidad, la Sociedad Rural, la Unión Industrial, la Bolsa de Comercio y la banca privada. Del otro, mucho carisma, pocos recursos y el para nada desdeñable apoyo de los sindicatos autónomos, la mayoría de los cuadros superiores, medios y bajos del Ejército, importantes sectores eclesiásticos, unos pocos empresarios y millones de trabajadores.

 

 

Amistades peligrosas

Ambos frentes eran heterogéneos. En uno parecía imposible conciliar el apoyo simultáneo del PC y de la embajada norteamericana y se vislumbraba, como dijimos, la dificultad de llevar adelante una obra de gobierno que no beneficiase a un sector de la Unión Democrática afectando a otro.

Del lado del peronismo, si bien la cosa parecía un poco más coherente, el frente conformado esencialmente por trabajadores, Iglesia y Ejército no estaba exento de contradicciones difíciles de superar y que aparecerían tarde o temprano, en un país con una Iglesia tan conservadora y constituida históricamente en ideóloga y reserva moral de las Fuerzas Armadas y los factores de poder. Más allá del lugar destacado que el peronismo le dio a la corporación eclesiástica en su modelo de Estado, en la práctica cotidiana se hizo difícil mantener la preeminencia de la ideología católica reaccionaria como rectora de la política estatal. Llegará un momento en el que a Perón le resultará imposible combinar las exigencias de la corporación espiritual con las justas aspiraciones terrestres de los sectores populares. Por convicción o por necesidades electorales, el gobierno se verá llevado a adoptar medidas políticas,

 

económicas y culturales alejadas de las máximas históricas de la jerarquía católica argentina, que incluían la sumisión incondicional al patrón, la negación de la igualdad legal entre los hijos matrimoniales y los «bastardos», la oposición a la igualdad jurídica entre el hombre y la mujer y la tradicional desconfianza que le despertaban la organización y la movilización obrera.

Muchos de estos puntos de vista eran compartidos por los sectores militares más conservadores. Coincidían con los obispos en ver a Perón en todo caso como el mal menor, el hombre que garantizaba que la bandera roja no flameara en la Plaza de Mayo y el único capaz de vencer a los ateos de la Unión Democrática.

 

 

Bienvenidos al tren

La campaña electoral de Perón fue breve pero muy intensa. Primero visitó junto a Evita la mayoría de las capitales de provincias, no las de los territorios nacionales, en los que sus más de un millón de habitantes aún no tenían derecho al voto[239]. La pareja recorrió el país a bordo de un tren a cuya locomotora llamaron «La Descamisada». Era la primera vez que la esposa de un candidato lo acompañaba en sus giras por el interior. El tren peronista estuvo a punto de volar por el aire el 27 de enero. No fue así gracias a la intervención del obrero ferroviario Ramón Baigorria, quien pudo retirar de las vías, justo a tiempo, un paquete con más de 500 cartuchos de gelinita destinados a Perón y su esposa.

El diario La Prensa daba rienda suelta a su clasismo visceral en la crónica dedicada al retorno del tren peronista y el público que fue a recibirlo. El cronista se horrorizaba por la falta de «cultura» de aquellos descamisados que no conocían la estación Retiro y exclamaban: «¡Mira cuánta pared!»; pero el «colmo» era que, ante el agobiante calor,

 

Hicieron funcionar los ventiladores y «para estar cómodos» muchos se sacaron los sacos y aun los pantalones. Varios llegaron al extremo de quitarse toda la ropa e imitar bailes populares de origen exótico. Todos estos actos fueron recibidos con aplausos. En los pequeños intervalos que se producían, otros se dedicaban a pronunciar discursos, cuyos conceptos no es posible transcribir[240].

 

Por su parte, la fórmula opositora recorrió el país en el llamado «Tren de la Libertad», convencida que el triunfo sobre el «candidato imposible», como llamaban a Perón, estaba muy cerca. El tren sufrió en su recorrido numerosos ataques y algún que otro descarrilamiento, para nada accidental. A su regreso a la estación de Once, los candidatos fueron recibidos por una imponente muchedumbre y se produjo un hecho gravísimo: un sector de la manifestación fue atacado a balazos, quedando sobre el andén tres militantes muertos y seis heridos.

 

Aprestos bélicos

Mientras tanto, y por las dudas, otros integrantes de la Unión Democrática preparaban acciones militares contra Perón y sus aliados. Un memorándum del Departamento de Estado, procedente de Uruguay, informaba sobre un «Movimiento Argentino de Resistencia». La rama civil de su comité central incluía a Tamborini y otros representantes de partidos políticos de la UD. El comité militar estaba integrado por tres generales. Los brasileños los abastecerían de armas —rifles, ametralladoras, granadas, revólveres— que permanecerían en depósito en el sur del Brasil. Una flota de yates estaba alerta, lista para transportar estas armas a la Argentina. El levantamiento se produciría antes de las elecciones. El 21 de enero, Cabot, el encargado de negocios estadounidense, informaba al secretario de Estado Byrnes en un cable ultrasecreto que la «revolución» empezaría el 22 o el 29 de enero[241]. Cuatro días más tarde, le aseguraba que «la posibilidad de [un] temprano movimiento revolucionario parece ir aumentando constantemente»[242].

El historiador Joseph Page concluye que estos aprestos militares no pasaron de eso por las propias desinteligencias en las filas de la oposición y que Perón estaba perfectamente al tanto de los preparativos, como lo señaló en una entrevista al New York Times del 31 de enero.

 

 

Libros para colorear

A nuestros grandes escritores, Lugones, Borges, Arlt, no se les había ocurrido nombrar a sus obras por el color de su tapa. Lo más cerca quizás fue el maravilloso Cuaderno San Martín de Borges.

Era muy popular sí el Álbum de oro de Patoruzú[243], que los chicos esperaban ansiosos cada diciembre. Más o menos en esa línea, y con la misma seriedad, a un

«autor» norteamericano se le ocurrió bautizar a su obra como Blue Book on Argentina que pasaría a la historia —no precisamente por su calidad literaria— como el Libro Azul. Era nada menos que Braden, quien desde su puesto de secretario adjunto de Asuntos Latinoamericanos del Departamento de Estado en Washington y con el absoluto beneplácito oficial de su gobierno, nos deleitaba en plena campaña electoral con una aguda denuncia sobre la colaboración de Perón con los nazis. El informe Braden se titulaba oficialmente Consulta entre las repúblicas americanas respecto de la situación argentina y afirmaba que miembros del gobierno militar argentino habían sido espías del Eje y seguían colaborando con la causa nazi con el objetivo de convertir al país en un Estado nazi-fascista.

El libro de Braden brindaba una muy original interpretación de la jornada del 17

 

de octubre:

 

El ejemplo más espectacular de los métodos de fuerza (empleados por la Secretaría de Trabajo y Previsión) se produjo el 17 de octubre de 1945 cuando la Confederación General del Trabajo, con ayuda de la policía, impuso en toda la Nación la huelga de apoyo a Perón. Los trabajadores se hallaron aterrorizados y se cerraron los negocios por la intimidación a mano armada. Las fábricas fueron asaltadas mientras la policía protegía a los manifestantes. Los testimonios sobre este asunto son abrumadores[244].

 

Todo esto se daba en el contexto de la llamada pomposamente «doctrina Rodríguez Larreta», en honor a su autor, el canciller uruguayo que proponía que allí donde se violaran los derechos humanos, las repúblicas americanas deberían intervenir incluso por las armas. Claro que la «doctrina», impulsada fervorosamente por Braden y el Departamento de Estado, no se aplicaba a regímenes salvajemente dictatoriales y probadamente asesinos como el de Somoza[245] en Nicaragua o al de Trujillo en Dominicana, porque eran violadores de los derechos humanos amigos, tan amigos que se habían perfeccionado en violarlos bajo la atenta supervisión de los Estados Unidos.

La campaña había comenzado el 15 de enero, cuando la National Broadcasting Company (NBC) organizó una audición radial sobre la política «panamericana» para ser difundida en toda América Latina. En ella participaron parlamentarios norteamericanos y el secretario adjunto, Mr. Braden, quien señaló:

 

Cuando el secretario de Estado, Mr. Byrnes, prestó al mensaje del canciller uruguayo su más decidida aprobación, estableció con toda claridad que la «violación de los derechos elementales del hombre» por un gobierno de fuerza y el no cumplimiento de sus obligaciones por el mismo gobierno es problema de preocupación común para todas las repúblicas. Como tal se justifica una acción colectiva, multilateral, después de consultas formales entre las repúblicas, de acuerdo con los procedimientos establecidos. Estamos convencidos de que la propuesta uruguaya es atinada y, además, en pleno acuerdo con el desarrollo del sistema panamericano[246].

 

El Libro Azul concluía con una graciosa declaración de humildad y una invocación a las repúblicas americanas, poniéndolas en un muy poco creíble pie de igualdad con Washington, en la búsqueda de compartir responsabilidades ante una posible acción militar contra la Argentina:

 

El gobierno de Estados Unidos espera recibir de los gobiernos de las demás repúblicas americanas sus opiniones basadas en estas premisas.

 

Los diarios más influyentes de la Capital, Crítica, La Nación y La Prensa, reprodujeron en sucesivas ediciones la versión completa del Libro Azul. La oposición cometió el error táctico de tomarlo como uno de sus caballitos de batalla. Así le facilitó las cosas a Perón, quien contraatacó en el acto de proclamación de la fórmula presidencial:

 

He dicho que el contubernio oligárquico-comunista no quiere elecciones; he dicho y lo repito, que el contubernio trae armas de contrabando. Rechazo que en mis declaraciones exista imputación alguna de contrabando a la embajada de Estados Unidos. Reitero, en cambio, con toda energía, que esa representación diplomática, o más exactamente el señor Braden, se halla complicado en el contubernio. Y más aun denuncio al pueblo de mi Patria que el señor Spruille Braden es el inspirador, creador, organizador y jefe verdadero de la Unión Democrática. […] sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que con este acto entregan el voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendente es ésta: ¡Braden o Perón[247]!

 

Perón le siguió contestando a Braden, ahora por escrito, desde el Libro Azul y Blanco. Allí aclaraba:

 

Cualquiera que lea con cuidado el Libro Azul podrá advertir: 1.°) que la mayor parte de sus denuncias se refieren a la época en que gobernaba el país el Dr. Castillo, último representante de la oligarquía fraudulenta; 2.°) que las personalidades civiles mencionadas pertenecían al elenco que rodeaba al Dr.  Castillo, y 3.°) que, en resumen, dichas denuncias sólo probarían que algunos allegados al Dr. Castillo tenían simpatías por el Eje y que el Gobierno argentino, antes de romper relaciones con Alemania, mantenía con ella, como es obvio, relaciones amistosas y de comercio, tan legítimas como las que mantuvieron los EE. UU. con el Japón hasta el ataque a Pearl Harbour, cuando ya hacía tiempo que ese país estaba en guerra con sus aliados de hecho[248].

 

El Foreign Office británico concluyó, a su vez, sobre el librito de Braden y el Departamento de Estado:

 

El documento no hace intento alguno, naturalmente, por presentar un cuadro balanceado, y omite la mención de hecho tan importante como que, a pesar de los criminales flirteos de varios argentinos prominentes con los alemanes, nunca se pusieron obstáculos a la corriente hacia Europa de productos argentinos esenciales para el esfuerzo de guerra; que ningún acto de sabotaje contra los frigoríficos o contra el puerto fue perpetrado jamás; y que no hay ninguna prueba decisiva que demuestre que alguna información enviada por agentes alemanes desde la Argentina haya conducido al hundimiento de un solo buque aliado. Tampoco menciona el documento que el gabinete original de Ramírez, en junio de 1943, estaba dividido en partes iguales entre los moderados y los extremistas, y que los moderados fueron eliminados como resultado de torpes políticas norteamericanas adoptadas sin consultarnos. Ni se menciona que el gobierno de Ramírez intentó obtener armas de Estados Unidos antes de solicitarlas a Alemania y ni siquiera le fue permitido enviar una misión militar a Washington; ni se admite que, en general, los argentinos estaban movidos por el deseo de proteger lo que ellos estiman aunque equivocadamente, sus propios intereses, y no los de Alemania. Finalmente, no se menciona el hecho de que la Argentina tiene un récord mucho mejor que la mayoría de los países americanos con respecto al control de intereses y ciudadanos alemanes sin excluir el notoriamente proaliado y prodemocrático Uruguay ni el igualmente

«prodemocrático» Chile, el cual nunca le declaró la guerra a Alemania ni realizó intento alguno de encarcelar a japoneses y alemanes peligrosos, lo cual tuvo como consecuencia la perpetración de dañosos actos de sabotaje[249].

 

 

 

Vox Dei

La jerarquía católica argentina emitió un documento en relación a las próximas elecciones, donde les dejaba muy claro a sus feligreses que no debían votar por candidatos que incluyeran el divorcio y la separación de la Iglesia y el Estado en su

 

plataforma electoral y que no ratificaran la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas estatales, establecida por el gobierno en curso. Decían los obispos en aquella Pastoral:

 

Apenas precisa recordar que, según las enseñanzas de la Iglesia no está prohibido preferir con moderación, las formas populares de gobierno, sin perjuicio, empero, de la enseñanza católica sobre el origen y uso de la autoridad. [La Iglesia] no desaprueba ninguna de las formas de gobierno, siempre que éstas sean conducentes al bien común de los ciudadanos. […] Cuando todos los candidatos o listas que se presenten sean inaceptables desde el punto de vista católico, se ha de votar por los menos inaceptables, de cuya actuación se puedan temer menores perjuicios para la religión y para la patria. […] Ningún católico puede afiliarse a partidos o votar a candidatos que inscriban en sus programas los principios siguientes:

 

  1. La separación de la Iglesia y el Estado;
  2. la supresión de las disposiciones legales que reconocen los derechos de la religión y particularmente del juramento religioso y de las palabras en que nuestra Constitución invoca «la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia», porque tal supresión equivale a una profesión pública y positiva de ateísmo nacional;
  3. el laicismo escolar;
  4. el divorcio legal[250].

 

Era otro asunto caliente para la izquierda, lógicamente atea, de la Unión Democrática que se preparaba a tragarse otro sapo, esta vez eclesiástico.

Mientras la UD debatía si le importaba o no el voto católico, Perón, que sabía que su electorado lo era mayoritariamente, se apuró a ratificar la religiosidad de la enseñanza y negó toda posibilidad de separar la Iglesia del Estado o de sancionar la ley de divorcio, al declarar: «Estamos más cerca de Dios que nuestros opositores».

 

 

La derrota de Braden

El 22 de febrero terminaba la campaña electoral. Tamborini dijo desde el estrado, en su idioma de clase media:

 

Cerraremos definitivamente el paso a las hordas que agravian la cultura convertidos en agentes de una dictadura imposible. […] A la clase trabajadora le profeso tanto respeto que me avergonzaría de mí mismo si me acercara a ella para adularla en un plan de conquista o de soborno[251].

 

Entre tanto, en su acto de cierre, en el que la multitud coreaba «Sube la papa, sube el carbón y el 24 sube Perón», el Coronel no hablaba de respeto y elegía dirigirse a los trabajadores como uno de ellos, en un lenguaje directo y práctico:

 

Todos deben ir a votar. Rompan, si es preciso, cerraduras y candados, salten tranqueras. No tomen bebidas alcohólicas de ninguna clase. Si el patrón los lleva a votar, acepten y luego hagan su voluntad en el cuarto oscuro. […] Si por un designio fatal del destino triunfaran las fuerzas regresivas de la oposición, organizadas, alentadas y dirigidas por Spruille Braden, será una realidad terrible para los trabajadores argentinos la situación de angustia, miseria y oprobio que el mencionado exembajador pretendió imponer sin éxito al pueblo cubano. Pasado mañana se juega el porvenir de los trabajadores de la Patria: se vota por

 

Braden o Perón[252].

 

En los últimos minutos de la campaña, Perón hizo declaraciones a un diario brasileño: «Le agradezco a Braden los votos que me ha cedido. Si llego a obtener las dos terceras partes del electorado, un tercio se lo deberé a la propaganda que me ha hecho Braden»[253].

El embajador inglés Kelly coincidía con el análisis de Perón:

 

El odio histérico de los ricos […] y la mal aconsejada campaña del embajador Braden fortalecieron de tal manera su dominio sobre las masas que pudo prescindir de cualquier otra clase de apoyo. Aún cuando su carta de triunfo más fuerte era su propia popularidad con las masas, sacó inmensa ventaja del hecho de poder empapelar las paredes con carteles murales cuyo slogan era «Braden o Perón», haciendo reaccionar de esta manera la desconfianza profundamente arraigada de los argentinos hacia los norteamericanos[254].

 

El 24 de febrero hacía un calor terrible en Buenos Aires; era una jornada

«bochornosa» como les gustaba decir a los speakers de las radios y escribir a los redactores de los diarios. Pero lo sería en más de un sentido para la oposición que descontaba su triunfo. El escrutinio sería lento, dando márgenes de error y tiempo para declaraciones de las que no se vuelve, como la del candidato a presidente de la Unión Democrática, José Tamborini:

 

La intervención de la Armada, el Ejército y la Aviación en el desarrollo de los comicios ha determinado, indiscutiblemente, la corrección de estas elecciones. Señalo con viva complacencia la simpatía con que los ciudadanos han acogido ese resguardo[255].

 

Por su parte, Alfredo Palacios declaró:

 

Sobre el resultado, nadie debe tener dudas; ha sido un triunfo rotundo, aplastante, de la democracia. Resultaría absurdo pensar aún en la victoria del candidato del continuismo[256].

 

El vespertino Crítica tituló sin titubear: «Anticípase un aplastante triunfo de la democracia. En todo el territorio nacional se impuso la fórmula de la libertad»[257].

La oposición en su conjunto coincidió en que los comicios podían calificarse como los más limpios e intachables de la historia.

Finalmente, el 8 de abril se difundieron los resultados oficiales: había votado el 88% del padrón; Perón había triunfado contra todos los pronósticos y con todos los medios de comunicación en contra. Su fórmula había obtenido 1.527.231 votos y los candidatos Tamborini-Mosca, 1.207.155. La diferencia no era muy grande en términos numéricos, sólo 280.806 sufragios, pero siguiendo los postulados de la vigente Ley Sáenz Peña, Perón obtuvo 304 votos en el Colegio Electoral, y la UD sólo 72[258].

La fórmula peronista había obtenido todas las gobernaciones menos la de Corrientes, casi todas las bancas del Senado, excepto las dos de esa provincia

 

mesopotámica[259], y 109 diputados. En el bloque peronista se destacarán John William Cooke, Raúl Bustos Fierro, Eduardo Colom. La oposición obtuvo 49 diputados. De ellos, 44 pertenecían al radicalismo y pasarán a la historia como el

«bloque de los 44»; entre ellos se destacarían Arturo Frondizi[260], Ricardo Balbín[261] y Ernesto Sanmartino.

 

Disparen sobre Braden

Al conocerse los resultados, la prensa norteamericana reaccionó furibundamente contra el otrora noble y valiente embajador Braden. Su excesivo protagonismo lo había convertido en el padre de la derrota. La influyente revista Life, en una extensa nota sobre las elecciones argentinas, decía, entre otras cosas:

 

La Argentina siempre ha sido nuestro rival por el liderazgo en América Latina. […] Braden parece haberse equivocado hacia Perón en por lo menos dos aspectos. Uno de ellos es que Perón se ha apartado bruscamente de la norma fascista al celebrar elecciones limpias y libres fuera de toda cuestión. El otro aspecto es que Perón es mucho más apreciado en la Argentina que lo que Braden o la prensa de los    EE. UU. estaban dispuestos a admitir en el otoño pasado. Sus reformas económicas, no muy distintas de las de la primera época del «New Deal», le aseguraron una enorme masa adicta rural y urbana[262].

 

En el Senado norteamericano no le iría mejor al locuaz embajador. El senador Kenneth Wherry pidió la formación de una comisión para realizar

 

una investigación completa en torno a la intervención de algunos funcionarios del Departamento de Estado en las repúblicas latinoamericanas, especialmente en la política interna de las mismas, así como toda acción de los citados funcionarios que haya tendido a destruir o militar en contra de la política del Buen Vecino en el hemisferio occidental. […] Es hora de que la política peligrosa de los señores Acheson y Braden termine. La política bradenista de la intervención por el insulto, ha sido contra la nación más rica y poderosa de Sudamérica: la Argentina. No soy abogado de ese país. Cualquier excusa que haya habido para seguir una política determinada con la Argentina en la guerra no tiene validez ahora.

 

El senador Wherry terminaba su discurso con un contundente juicio sobre don Spruille y su socio:

 

El curso seguido por los señores Acheson y Braden en los pasados dos años es positivamente la aventura más estúpida y escandalosa que se pueda encontrar en toda la historia de nuestra diplomacia[263].

 

Es muy importante señalar que los sectores más lúcidos de la inteligencia y la opinión pública de los Estados Unidos ya estaban visualizando como potencial e inmediato enemigo a la Unión Soviética y el grupo de países satélites que se estaba conformando en su órbita. Adelantándose a la inminente guerra fría, tenían en claro que era hora de ganar aliados en el hemisferio occidental y no de expulsarlos de la órbita norteamericana con impensables consecuencias.

 

Antes de asumir

De acuerdo con los deseos de Perón de ir preparando el terreno y evitar difíciles trámites parlamentarios, Farrell firmó una serie de decretos de vital importancia para el modelo que se iba a poner en marcha el 4 de junio, cuando asumieran las nuevas autoridades. El primero fue el de nacionalización del Banco Central. Desde la época de su creación, en el marco del Pacto Roca-Runciman, estaba dirigido por banqueros británicos o nativos vinculados a los intereses de la City londinense y cumplía funciones tan determinantes como la regulación de la tasa de interés, el control del tipo de cambio y la emisión monetaria. También se redactaron nuevos regímenes tanto para el Banco Central, como para el Nación, el Hipotecario y el de Crédito Industrial, tendientes a darle un perfil de financiadores del consumo, la construcción de viviendas y de la actividad productiva, tanto en el ámbito urbano como en el rural. También se creó, por el decreto 15.253, el Instituto Argentino de Promoción e Intercambio, el IAPI, un organismo estatal que le compraba la cosecha a los productores, separaba la parte correspondiente al consumo interno y vendía el excedente al exterior. Destinaba las ganancias obtenidas al financiamiento de la industria y al consumo urbano, produciendo una importante transferencia de ingresos proveniente de la renta agraria. El IAPI también cumplía la función de subsidiar el mantenimiento de precios bajos en consumos como la carne, el azúcar, la harina, el aceite, las papas y el carbón y kerosene, combustibles muy usados por los sectores

populares de entonces.

 

 

Perón al gobierno

Finalmente había llegado el día. El 4 de junio de 1946, en el tercer aniversario de la

«revolución» del ’43, Perón asumía la presidencia de la Nación estrenando su uniforme y su grado de general, acordado con retroactividad a diciembre de 1945 por el Congreso electo, que había comenzado a sesionar el 29 de abril.

La oposición, en un gesto que no presagiaba un futuro muy alentador, faltó a la cita y Perón juró ante una asamblea legislativa compuesta casi exclusivamente por sus diputados y senadores.

El gabinete estaba integrado por el sindicalista del gremio de Comercio, Ángel Borlenghi, en Interior; el abogado laboralista Juan Atilio Bramuglia, en Relaciones Exteriores; el doctor en Ciencias Económicas Ramón J. Cereijo[264], en Hacienda; el exjuez federal Belisario Gaché Pirán, en Justicia e Instrucción Pública; el general José Humberto Sosa Molina, en Guerra; el capitán de navío Fidel Anadón, en Marina; el empresario agropecuario Juan C. Picazo Elordy, en Agricultura; el

 

exvicepresidente interino, general Juan Pistarini, en Obras Públicas y el sindicalista del Vidrio, José María Freyre, en la Secretaría de Trabajo y Previsión. También fueron designados Oscar Nicolini como administrador general de Correos y Telégrafos; el hermano de Evita, Juan Duarte, como secretario privado de la Presidencia; Rodolfo Freude, como miembro de la Secretaría de la Presidencia y el cerebro planificador del peronismo, José Figuerola, como secretario de Asuntos Técnicos.

Uno de los primeros actos de gobierno de Perón fue establecer relaciones diplomáticas con la Unión Soviética y lanzar una campaña contra el aumento del costo de vida.

 

 

Pasos perdidos

Si bien la diferencia numérica a favor del oficialismo era abrumadora en el Congreso, la ventaja cualitativa estaba en la experiencia política y parlamentaria de los hombres de la oposición y la inexperiencia de la mayoría de los legisladores peronistas. Así lo reconocía años después el presidente del bloque de diputados peronistas, el riojano de origen radical Oscar Albrieu:

 

La diferente extracción de los legisladores hacía al bloque indisciplinado y difícil de manejar. Había de todo. Por el Partido Laborista se había congregado una mezcla de sindicalistas y hombres de izquierda de todos los matices: desde socialistas moderados hasta anarquistas, y alguno que otro conservador. Por parte de los exradicales, los había también de todos los matices: yrigoyenistas, antipersonalistas, forjistas de la Junta Renovadora y otras yerbas. Esto no agota el espectro: hay que contar también a los nacionalistas y clericales. En fin: durante los primeros momentos, el acuerdo parecía realmente milagroso, pero la figura de Perón nos unía a todos[265].

 

Perón recordaría años más tarde, con su célebre pragmatismo y su lenguaje de profesor militar:

 

No estábamos intelectualmente preparados para afrontar las exigencias que posee la democracia burguesa parlamentaria, pero conocíamos desde un principio «la verdad de la milanesa», entonces la verdad democrática era la nuestra y no la de la partidocracia liberal. Cuando Napoleón era criticado por los generales austríacos, ellos decían que ¡cómo podía ser que saliese a dar batalla desconociendo las leyes fundamentales de la guerra! Pero no se dieron cuenta de que era gracias a la violación de esas leyes que Napoleón los venció durante treinta años, una y otra vez. El Gran Corso decía al respecto: «Estos generales saben demasiado, demasiadas cosas para vencerme a mí». Yo digo lo mismo de los políticos,

¡saben demasiadas cosas para vencernos a nosotros[266]!

 

El bloque opositor en general y los radicales en particular, sabían muchas cosas efectivamente, pero parecían olvidarse de lo que le habían hecho padecer a don Hipólito Yrigoyen los conservadores. Como aquéllos, los radicales se dedicarían a practicar un claro obstruccionismo a la labor parlamentaria. El bloque planteaba frecuentemente cuestiones de privilegio tan «importantes» como el desacuerdo con su

 

ubicación en el recinto que, como a los girondinos franceses, los dejaba a la derecha del presidente de la Cámara[267]. También llovieron los pedidos de homenajes, entre ellos al presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y al conservador y fraudulento Ramón Castillo.

Las cuestiones de privilegio también incluían quejas porque los diputados de extracción obrera no se expresaban bien, usaban mal los verbos u omitían alguna

«ese». El diputado radical Ernesto Sanmartino fue suspendido por tres sesiones a comienzos de agosto de 1946 cuando dijo que en la bancada peronista había «émulos de Gil Blas de Santillana y de Panurgo[268], el personaje que conocía 40 formas de hurto». En protesta y en solidaridad por la sanción a Sanmartino, el bloque radical entero faltó a esas sesiones, que fueron utilizadas por el bloque oficialista para aprobar la intervención federal a Corrientes, la única provincia que no tenía un gobernador peronista. Casi un año después, en la sesión del 26 de junio de 1947, el legislador radical señaló: «El aluvión zoológico del 24 de febrero arrojó a algunos diputados para que maullaran a los astros por 2500 pesos por mes»[269], lo que le valió por parte del bloque mayoritario la aplicación de una nueva suspensión por tres sesiones.

La respuesta del oficialismo a las chicanas radicales no fue precisamente

democrática. Las cosas se complicaron cuando a instancias del bloque oficialista se aprobó la ley de desacato, que condenaba hasta a tres años de prisión efectiva a toda persona que tuviera conceptos agraviantes hacia cualquier funcionario del gobierno. La primera víctima fue el locuaz Sanmartino. Fue definitivamente separado de la Cámara en 1948 y tuvo que marchar al exilio, como el socialista Alfredo Palacios y el conservador Vicente Solano Lima. El radical Ricardo Balbín fue desaforado y encarcelado. Tras cumplir nueve meses de prisión en la cárcel de Olmos, fue indultado por Perón. Las vueltas de la política hicieron que Solano Lima fuera escogido por Perón para secundar a Héctor Cámpora en la fórmula justicialista que triunfaría en las elecciones de marzo de 1973 y que Ricardo Balbín fuera el encargado, en julio de 1974, de despedir los restos mortales de Perón en nombre de la oposición con su histórica frase: «un viejo adversario despide a un amigo».

No fue precisamente el Congreso Nacional un lugar notable y destacado de producción política en la Argentina de aquel período. La mayoría absoluta del oficialismo en ambas cámaras y el liderazgo personal que imponía Perón a su gestión, le quitaron protagonismo, a pesar de la calidad de algunos legisladores de la oposición y del oficialismo.

 

 

La disolución del Partido Laborista

Ya durante la campaña electoral, más precisamente en un discurso pronunciado en

 

Rosario el 10 de febrero, Perón había advertido, en un tono que a no pocos lectores les sonará «familiar»:

 

Sabemos que en el movimiento peronista se han infiltrado algunas fuerzas extrañas que tratan de producir disociación entre sus filas. Cuando ello suceda, no hay que ser sensible en esta tarea de disociación; es menester que los hombres de este movimiento sepan discernir por sí y por su propia voluntad y no por influencia ajena. El movimiento nuestro ha de precaverse de cuerpos extraños[270].

 

Había llegado el momento de la depuración. Las diferencias entre los diputados de los distintos sectores que conformaban el bloque oficialista le dieron al líder la ocasión de disolver todos los partidos que habían apoyado su campaña y de formar una nueva entidad, a la que daría el nombrede Partido Único de la Revolución Nacional. Los radicales renovadores acataron la orden sin chistar, pero los laboristas en general y Cipriano Reyes en particular resistieron la medida. Luis Gay renunció a la presidencia del partido, se sumó al peronismo y poco tiempo después fue proclamado secretario general de la CGT. La mayoría de los diputados del PL fueron cooptados por el peronismo puro por diferentes medios. Cipriano Reyes, junto con unos muy pocos laboristas, resistió y decidió enfrentar a Perón. Sufrió seis atentados; uno de ellos le causó graves heridas y, tras ser acusado de participar en un complot para matar a Perón, fue detenido el 22 de septiembre de 1948 y salvajemente torturado. El hombre que se adjudicaba la paternidad del 17 de Octubre recién sería liberado tras la caída de Perón en septiembre de 1955.

 

 

Pe-ro-nis-tas

Perón había dicho a La Nación, poco antes de asumir la presidencia, algo que sabía que no iba a cumplir:

 

Si acepto el peronismo no es porque lo considere fatal. Es porque deseo que las masas se aglutinen en una fuerza orgánica […]. Tirar a Perón por la ventana antes de haber creado la organización es estúpido. Pero cuando este organismo sea constituido tiraré yo mismo a Perón por la ventana[271].

 

Los dirigentes más cercanos le hicieron notar lo inapropiado del término «Partido Único», que remitía al «unicato» de Juárez Celman[272], a los regímenes nazi- fascistas y al estalinismo.

Finalmente, el 14 de enero de 1947, Perón y los miembros de la Junta Nacional y del Consejo Superior del Partido Único de la Revolución decidieron crear una nueva organización oficial, que se llamaría Partido Peronista. Esto no implicaba un mero cambio de nombre sino también un rasgo personalista que se acentuaría cada vez más.

En la carta orgánica, el verticalismo quedaba plasmado en varios artículos que

 

estipulaban que el Partido Peronista constituía una unidad doctrinaria, que actuaría dispuesto a sacrificar todo a fin de ser útil al general Perón y que en su seno no serían admitidas posiciones o banderas atentatorias a esa unidad. Además, se señalaba que Perón, en su carácter de jefe supremo del peronismo, podía modificar o anular decisiones de las autoridades partidarias, como así también inspeccionarlas, intervenirlas o sustituirlas.

 

 

La autocrítica de los radicales más lúcidos

El Movimiento de Intransigencia y Renovación Radical, expresión de quienes dentro de la UCR se oponían a la vieja dirección alvearista, se reunió en Avellaneda los días 11 y 12 de agosto de 1946. En esa oportunidad realizó una interesante autocrítica y elaboró una propuesta política, económica y social altamente progresista, colocándose claramente a la izquierda de la conducción partidaria y del gobierno peronista. El documento decía:

 

El advenimiento de este régimen fue posible por la crisis del radicalismo, que trajo la crisis de nuestra democracia. Sus direcciones accidentales habíanse apartado de su deber histórico. Soslayaron la lucha contra las expresiones nacionales e internacionales del privilegio y favorecieron de este modo su predominio en la vida argentina. La infiltración de tendencias conservadoras pospuso la defensa combativa de los derechos vitales del hombre del pueblo y de las exigencias del desarrollo nacional, a las conveniencias particulares de un sistema de intereses creados adueñados de los resortes de la producción. […]. Este sistema jamás reflejó el pensamiento del radicalismo. Pudo mantenerse bloqueando la voluntad de los afiliados, a quienes excluyó de las resoluciones fundamentales […], alejó a la juventud, creó el clima de decepción popular, desarmó el espíritu del hombre del común y precipitó a la situación actual.

 

Su «diagnóstico» sobre el partido era contundente:

 

La UCR enfrenta la última etapa de su crisis […]. Sólo un radicalismo […] renovado y reestructurado con ideas y nuevos procedimientos, que recoja el aliento de la época […] podrá realizar el país del mañana, forjar el progreso nacional y el bienestar social y edificar un régimen de verdadera libertad y de verdadera justicia.

 

Y, yendo más lejos que los postulados del yrigoyenismo que reivindicaba, proponía para el país:

 

Organización de una democracia económica. Control de la economía en base a un planteamiento fijado por los órganos representativos de la voluntad popular, que coloque la riqueza natural, la producción, el crédito, las industrias, el consumo y el intercambio internacional al servicio del pueblo y no de grupos o minorías, para construir un régimen que subordine la economía a los fines y derechos del hombre de los poseedores, sino del desarrollo nacional y el bienestar social. […]

Nacionalización de los servicios públicos, energía, transporte, combustible de aquellas concentraciones capitalistas que constituyen «cárteles» o monopolios, resguardando en tal forma al ámbito de la iniciativa privada en su realidad creadora. Administración de los sectores nacionalizados por entes autárquicos nacionales, provinciales, comunales o cooperativos, con la participación de usuarios, productores, técnicos y obreros […]

 

Reforma agraria inmediata y profunda, que coloque a la tierra, que no debe ser una mercancía, al servicio de la sociedad y el trabajo.[…]

Reforma social que garantice a los habitantes: trabajo regido y remunerado con dignidad, como deber esencial del Estado; nivel de vida decoroso; vivienda higiénica, protección de la salud, como función social; acceso a la cultura. Régimen de seguridad social que comprenda a toda la población durante el transcurso de la existencia humana: subsidios para la niñez, de educación, enfermedad, invalidez, desocupación y nupcialidad; seguro social[273].

 

Ante la debacle sufrida por la Unión Democrática, el Movimiento de Intransigencia y Renovación Radical en poco tiempo pasó a conducir la UCR, convirtiendo a Frondizi y a Balbín en los dirigentes más reconocidos del radicalismo.

 

 

El primer Plan Quinquenal

Al asumir la presidencia, Perón encargó a Miranda y Figuerola la elaboración de un plan de gobierno para desarrollar en cinco años. El primer Plan Quinquenal se fijaba como metas: lograr una economía autosuficiente para 1951, repatriar la deuda externa, reducir la propiedad extranjera de los servicios públicos y aumentar el consumo.

El peronismo se proponía cambiar el perfil de la Argentina, pasando de una economía agroexportadora a otra productiva de base industrial, apoyada en la expansión del mercado interno y la incorporación al consumo de los sectores históricamente postergados y marginados. Durante los años del primer peronismo se produjo un notable aumento de la participación de los asalariados en la renta nacional y un cambio radical en las prioridades del presupuesto nacional, históricamente destinado a garantizar y aumentar la tasa de ganancia de los sectores económicos más concentrados. El incremento de la inversión en rubros como salud, educación, vivienda y previsión social, conformaban un salario indirecto que evitaba que los trabajadores tuvieran que invertir una buena parte de sus ingresos en rubros que el Estado debió haber garantizado siempre. Estos cambios posibilitaron un real mejoramiento de las condiciones de vida, liberando recursos familiares para la adquisición de bienes durables como cocinas, heladeras, estufas, máquinas de coser, motonetas y bicicletas, y bienes inmuebles.

 

 

Eramos tan ricos

Se concretaron grandes obras como la del gasoducto más grande de América Latina y uno de los más extensos del mundo, que a través de más de 1700 kilómetros unió Comodoro Rivadavia con Buenos Aires y permitió que los usuarios del servicio de gas pasaran de los 216.000 que había en 1943 a los 400.000 de 1949. También se nacionalizaron los principales puertos del país, lo que incluyó muelles, embarcaderos,

 

depósitos, elevadores, silos, grúas, locomotoras portuarias, vagones, pontones, vías férreas y guinches[274].

El gobierno peronista logró que la Flota Mercante Argentina fuera una de las diez estatales más importantes del mundo y se creó la empresa Aerolíneas Argentinas. Se inauguró el aeropuerto de Ezeiza, uno de los más modernos de su tiempo, y se impulsó la construcción de automotores y aviones. La Argentina fue el tercer país después de los Estados Unidos y la Unión Soviética en producir un avión a reacción, el Pulqui II, capaz de desarrollar una velocidad de 900 kilómetros por hora, y comenzaba a desarrollar conjuntamente con la empresa brasileña Embraer el proyecto de producción de aviones de pasajeros. En 1955 todos los proyectos aéreos de la Argentina fueron abandonados por las nuevas autoridades «libertadoras», por orden de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que ofreció a cambio la provisión gratuita de 185 aviones caza, de los que sólo llegarían 25 en pésimo estado dos años después. Brasil pudo seguir adelante con el proyecto y hoy exporta aquellos aviones que se soñaron en Córdoba.

El gobierno peronista llevó adelante una importante inversión en el sector energético, creando la empresa Gas del Estado y ampliando enormemente la presencia de YPF en el mercado nacional.

 

 

Asado al parquet

Desde 1943 se aplicaron medidas de control de alquileres y quedaron suspendidos los desalojos, lo que provocó que ese mercado perdiera atracción para los inversores. También perjudicó seriamente a una importante franja de propietarios de clase media que vivían de la renta que les proporcionaba el alquiler de una segunda vivienda y dio pie para que se produjeran no pocos abusos por parte de los inquilinos frente a la imposibilidad de concretar desalojos. Esto hizo que fuera prácticamente imposible alquilar una vivienda en aquellas condiciones, por el temor de los propietarios a no poder actualizar el valor de los alquileres, lograr que efectivamente se les pagara y que no se deterioraran sus propiedades.

Frente a esta realidad y negándose a modificar la ley de alquileres, el gobierno peronista aprobó en 1948 la Ley de Propiedad Horizontal, para estimular la construcción de edificios de departamentos. En poco tiempo provocó un cambio radical en la proporción entre propietarios e inquilinos, al ampliarse significativamente el número de familias que tuvieron su propia casa.

A través de créditos hipotecarios blandos y de los planes de vivienda, el gobierno comenzó a encarar la solución al problema endémico del déficit habitacional argentino. El Estado construyó más de 300.000 unidades habitacionales dignas, que eran pagadas por los trabajadores en cuotas mensuales descontadas de sus salarios

 

según el ingreso familiar.

Los nuevos barrios fueron diseñados con sentido ecológico, con espacios verdes y con sentido social, con su respectiva sala de atención primaria de la salud, guardería, escuela primaria y, muchas veces, secundaria.

Desde la oposición se echaron a correr versiones que pasaron a engrosar las leyendas urbanas, compuestas por esas cosas que nadie vio pero que muchos aseguran y ratifican. La más famosa era la que decía que los «cabecitas negras», favorecidos con la adjudicación de las nuevas viviendas, levantaban el parquet de los pisos para hacer asados. Por supuesto que no hay el menor registro de que esto haya ocurrido, pero lo interesante es qué se quería decir con esto. Claramente se expresaba que era un «gasto» inútil, que «esa gente» no estaba acostumbrada a «esos lujos», que no valía la pena, propiciando obviamente que todo siguiera igual, que así estaba muy bien.

 

 

Educando al soberano

El gobierno peronista dio un fuerte impulso a la educación pública construyendo miles de edificios escolares destinados a la educación primaria y secundaria. Esto, acompañado por el notable incremento en la calidad de vida de las familias, llevó al aumento de la matrícula primaria en el 34% y de la secundaria el 134%. Fue notable el crecimiento de la cantidad de estudiantes de las escuelas industriales, que llegó al 220 por ciento.

En el ámbito universitario se estableció la gratuidad de la enseñanza, lo que permitió el ingreso de jóvenes de las clases media y obrera a la Universidad. Se promovió el estudio y la investigación de las ciencias relacionadas con el desarrollo industrial, a través de la Universidad Obrera Nacional, hoy UTN, creada en 1949, que contaba con sedes regionales como la de San Juan, donde se formaban ingenieros de construcciones antisísmicas; la de Córdoba, de aeronáutica y la de Tafí Viejo (Tucumán), especializada en construcciones ferroviarias. Decía Perón: «Hemos de llevar la Universidad Obrera a nuestros muchachos pobres, porque entre ellos hay más inteligencia y más corazón».

También se creó el Consejo Nacional de Investigaciones Técnicas y Científicas (Conityc), antecedente inmediato del actual Conicet.

Los déficit de la política educativa peronista estaban en sus contenidos personalistas y autoritarios.

Uno de los primeros actos en este sentido fue el «traslado» sufrido por Jorge Luis Borges de bibliotecario a inspector de aves de corral. El propio Borges narraba así el episodio:

 

Hace pocos días me mandaron llamar para comunicarme que había sido trasladado de mi puesto de

 

bibliotecario al de inspector de aves —léase gallináceas— a un mercado de la calle Córdoba. Aduje que yo sabía mucho menos de gallinas que de libros y que si bien me deleitaba leyendo La serpiente emplumada, de Lawrence, de ello no debe sacarse la conclusión que sepa de otras plumas o diferenciar la gallina de los huevos de oro de un gallo de riña. Se me respondió que no se trataba de idoneidad sino de una sanción por andarme haciendo el democrático ostentando mi firma en toda cuanta declaración salía por ahí. Comprendí, entonces, que se trataba de molestarme o de humillarme simplemente. Naturalmente que si, como ustedes dicen, me hubieran trasladado a las funciones de agente de tránsito, a lo mejor me da por calzarme el uniforme, y ya me hubieran visto allá arriba en la garita armando un verdadero despatarro[275].

 

El ministro de Cultura y Educación de entonces (que lamentablemente volvería a serlo tras el desplazamiento del doctor Jorge Taiana por la derecha peronista en 1974), Oscar Ivanissevich, decía al dejar inaugurado el XXXIX Salón Nacional de Artes Plásticas, el 21 de septiembre de 1949:

 

Nada de explicaciones retorcidas para justificar las observaciones de los ojos, del cerebro y del corazón. […] El arte morboso, el arte abstracto, no cabe entre nosotros. […] Entre los peronistas no caben los fauvistas, y menos los cubistas abstractos, surrealistas. […] Estas manifestaciones anormales de la expresión humana tienen cabida en los libros de patología […]. El arte abstracto, última expresión de los desorbitados anormales […]

 

El rígido control de las opiniones expresadas por docentes y alumnos, y el uso obligatorio de manuales que exaltaban las personalidades de Perón y Evita, deslucían los extraordinarios logros cuantitativos del peronismo y no pueden ser pasados por alto al revisar aquella historia por el estúpido temor a ser estigmatizados como gorilas. Flaco favor le hacen al peronismo, que dicen defender, los que pretenden negar estos aspectos que existieron y dejaron una huella profunda en una generación de padres de clase media educada en manuales tendenciosos que defendían descaradamente los valores y el statu quo de la Argentina previa al ’46 y ejercían también la propaganda, claro que en forma menos explícita que los manuales peronistas. En uno de estos últimos podían leerse cuentos como el siguiente:

 

Había en cierto país una madre muy buena, que tenía una hija. Vivían modestamente, y eran dichosos porque se querían mucho.

Una tarde acertó a pasar la carroza dorada de la reina, quien paseaba con la menor de sus hijas. La niña, que las vio desde la puerta, dijo suspirando:

—¡Qué feliz ha de ser la princesita con una madre tan linda y elegante! ¿Por qué no serás tú así, mamá? Ésta se sintió entonces muy triste, pues pensó que su hijita la querría menos en adelante, porque no tenía hermosura, ni trajes lujosos.

Cierta vez, estando sola, se le presentó el hada del Justicialismo y le dijo:

—Sé por qué sufres. Tu hija necesita una lección. Adórnate y vístete con este traje de oro y perlas. Lava tu rostro en el agua de esta fuente encantada y se volverá bello como el de la reina.

Así lo hizo, y quedó convertida en una señora de figura deslumbrante. Fue en busca de su hijita, a la que le dijo:

—¡Nena querida! ¡Fíjate en la madre que tienes ahora!

Pero la niña la rechazó llorando, y mientras se lamentaba, contestó:

—No, señora, no: usted no es mi mamá. Dígame, por favor, si la ha visto en el bosque. Desde el mediodía no ha vuelto. ¿Qué haré sin ella?

En vano la madre insistía, para que su hija la reconociese. La chica no cesaba de llorar. En tanto, se hacía

 

de noche.

Junto con las estrellas, apareció el hada, y después de tocar a la señora con su varita, para devolverle su figura anterior, miró a la niña con dulce severidad, preguntándole:

—¿Estás contenta, ahora? La pequeña se inclinó y besó las manos del hada.

—Sí, sí, gracias; gracias por haberme devuelto a mi mamá querida.

—Bueno, bueno —dijo el hada—. Ya ves cómo no debes compararla con nadie. El encanto de las madres no está en los trajes o en el rostro, sino en el corazón, con que aman a sus hijos[276].

 

Más de 700 profesores fueron cesanteados por no comulgar con la ideología oficial o por no ser lo suficientemente obsecuentes según el gusto de los alcahuetes de turno.

En las universidades se vivía un clima opresivo y de absoluta falta de libertad. Eran frecuentes las invasiones de las facultades por miembros de las fuerzas policiales. La víctima más notable de esta persecución fue el estudiante de Medicina y militante comunista Ernesto Mario Bravo, secuestrado en junio de 1951 y liberado tras una intensa campaña nacional de denuncia. Llegó a dárselo por muerto, hasta que el doctor Alberto Julián Caride denunció desde Montevideo que Bravo estaba vivo, pero que había sido horriblemente torturado por las huestes del «célebre» comisario Cipriano Lombilla[277]. Caride lo había atendido en una de las cámaras de tortura. El gobierno optó por liberar a Bravo en una callejuela de Villa Devoto, donde apareció con evidentes signos de tortura, argumentando que había participado de un tiroteo.

 

 

Un Estado empresario

Perón profundizó y completó un proceso que había comenzado en 1932, cuando los gobiernos conservadores estatizaron ramales ferroviarios, crearon juntas reguladoras y otorgaron a las Fuerzas Armadas un papel protagónico en la actividad industrial.

La diferencia fundamental estuvo en que el Estado peronista intervino para garantizar la inclusión social y aumentar la participación de los asalariados en la renta nacional. Su meta era integrar a los trabajadores al sistema como productores y consumidores, intentando convertirlos —según los postulados fordistas[278] y keynesianos anunciados tantas veces por Perón cuando propiciaba su hipotética alianza de clases— de proletarios en propietarios, para aumentar su conciencia de pertenencia al sistema y alejarlos de una posible influencia revolucionaria clasista.

El Estado peronista emprendió una importante política de estatizaciones, acorde con una corriente mundial en ese sentido. La mayoría de los Estados europeos que encaraban sus reconstrucciones de posguerra y los latinoamericanos que iniciaban la segunda etapa de su industrialización, creaban o consolidaban empresas estatales de servicios públicos. La idea general y común era que no pocas de ellas, particularmente las de transporte y servicios, debían cumplir ante todo una función social, por sobre la rentabilidad, por lo que debían estar en manos del Estado. A lo

 

que se agregaba, en esa etapa, la concepción de que estos servicios eran estratégicos, particularmente los de transporte y comunicaciones.

El caso más famoso de estatizaciones fue el de los ferrocarriles. Hacía tiempo que

los británicos, principales deudores de la Argentina, querían deshacerse de la red ferroviaria argentina, poco rentable. Le habían encargado al conservador Federico Pinedo, previo pago de 10.000 libras esterlinas, un proyecto para vendérsela al Estado.

Uno de nuestros habituales lugares comunes, tan transitados, recuerda que

«cuando los ferrocarriles eran ingleses eran una maravilla y cumplían puntualmente sus servicios». Pero eso, en 1947, no era más que un buen recuerdo. Hacía décadas que los ingleses no invertían una libra en una de las redes más extensas del mundo. Para entonces, el estado de las vías y de los materiales rodantes era lamentable y hasta peligroso. Además, históricamente, el manejo discrecional del precio de los fletes había contribuido como pocos elementos a distorsionar la economía argentina. Los ferrocarriles británicos aplicaban fletes relativamente bajos a la mercadería que se dirigía de los puntos de producción hacia el puerto con destino a Londres, fundamentalmente la carne enfriada. Pero cobraban tarifas antieconómicas a las destinadas al mercado interno argentino, lo que aumentaba artificialmente los precios e incluso desalentaba algunas producciones regionales por la inviabilidad del costo de traslado a los centros de consumo. Esto había sido magistralmente denunciado por Raúl Scalabrini Ortiz desde la década de 1930, quien señalaba:

 

El ferrocarril extranjero es el instrumento del antiprogreso. Pueden aislar zonas enteras, como las aislaron. Pueden crear regiones de preferencia como las crearon. Pueden aislar puertos como los aislaron. Pueden ahogar ciertos cultivos, como los ahogaron. Pueden elegir gobernadores, como los eligieron. Detener la industrialización de un país es una antigua política imperial británica de previsión. El ferrocarril es su arma primordial, pues para eso, ante todo, fueron construidos. Las entradas brutas de los ferrocarriles argentinos, en conjunto, son iguales a las entradas brutas o rentas generales del gobierno nacional. Es decir que los ferrocarriles disponen de iguales medios financieros que los poderes públicos. Hay años en que los ingresos brutos ferroviarios superan a las rentas generales de la Nación[279].

 

En un modelo estatal que pretendía manejar los resortes fundamentales de la economía, la estatización de los ferrocarriles y el rediseño de su política de fletes aparecían como imprescindibles.

Pero la cosa no era tan sencilla. La Argentina tenía depositados en el Banco de Inglaterra 130 millones de libras. A poco de terminada la guerra, Estados Unidos pudo imponerle a su aliado británico la convertibilidad de la libra para que los terceros países, como la Argentina, pudieran cambiarlas por dólares y aplicarlas a las urgentes compras de insumos industriales que por entonces sólo proveía Norteamérica. Pero la rápida fuga de capitales y la debilidad de la economía inglesa llevaron a que el gobierno de su graciosa majestad, por más laborista que fuera, decretara nuevamente la inconvertibilidad de sus divisas, es decir, la imposibilidad de

 

cambiarlas a dólares y casi la obligación de gastarlas en el mercado de la libra (el Reino Unido y sus colonias), que por entonces no producía prácticamente nada de lo que la Argentina necesitaba.

Ante ese panorama y frente a una nueva oferta de los ingleses para deshacerse de sus ferrocarriles, Perón y Miranda avanzaron en la estatización. El precio fue fijado en 150 millones de libras. Se llegó a un acuerdo por el cual Inglaterra recibiría 100 millones de libras en exportaciones de carne argentina, 40 provendrían de los 130 millones bloqueados en Londres y 10 millones que el gobierno inglés acreditó por diferencias en la balanza comercial. Quedó acordado que los 90 millones restantes depositados en Londres pasarían a ser convertibles.

Estaba muy lejos de ser un gran negocio. La oposición criticó duramente el convenio, arrojando incluso sospechas de corrupción sobre las negociaciones. Una de las críticas era que el excesivo precio pagado dejaba al Estado sin recursos para encarar seriamente la renovación y puesta a punto de los ferrocarriles.

El 1.° de marzo de 1948, en una masiva concentración popular a la que Perón no pudo asistir por padecer una repentina apendicitis, los ferrocarriles británicos pasaron a ser argentinos.

La empresa telefónica norteamericana ITT también buscaba transferir al Estado su filial argentina, la River Plate Telephone Company. El traspaso se concretó por 95 millones de dólares y significó un muy buen negocio para la ITT, que siguió siendo la única proveedora de repuestos y personal técnico a la nueva compañía telefónica estatal, con lo que aumentaba sus ganancias y eliminaba sus riesgos.

 

 

Al gran pueblo argentino, salud

Según decía Perón, al hacerse cargo del gobierno

 

Existía un Ministerio de Agricultura que tenía una dirección de sanidad vegetal y animal. Interesaba más la salud de los animales porque éstos tenían buen precio, en cambio el hombre no se cotizaba ni en feria ni en mercados. […] Se combatía la garrapata y la langosta en el norte, pero el paludismo que diezmaba su población no había llamado la atención de los poderes públicos. La lepra en el Litoral era un problema serio. La tuberculosis y la sífilis eran verdaderos flagelos nacionales, ayudados por la incuria de las autoridades[280].

 

Entre los logros más destacados del primer peronismo está sin dudas su política de salud pública, impulsada por el doctor Ramón Carrillo.

Este notable sanitarista santiagueño planteaba la necesidad de invertir en la previsión y la atención primaria de la salud:

 

Es propósito del gobierno responder ampliamente a su origen, dedicando sus preocupaciones a la protección del pueblo y planificando la acción médica preventiva y la asistencia social, de manera que el problema colectivo de la salud pueda definirse con el viejo aforismo de que más vale prevenir que curar, lo

 

cual es, además, sabía política económica, porque el capital humano es lo que más interesa al Estado.

 

Hacía hincapié en la necesidad de practicar una medicina claramente social:

 

De qué sirve a la medicina resolver problemas de un individuo enfermo, si simultáneamente se producen centenares de casos similares por falta de alimentos, por viviendas antihigiénicas —que a veces son cuevas

— o por salarios insuficientes que no permiten subvenir debidamente las necesidades. Los médicos debemos pensar socialmente, debemos pensar que el enfermo es un hombre, que es también un padre de familia, un individuo que trabaja y que sufre, y que todas esas circunstancias influyen a veces mucho más que una determinada cantidad de glucosa en sangre. Así humanizaremos la medicina[281].

 

Carrillo había fundado en 1944 el Instituto Nacional de Neurocirugía y fue el primer presidente de la Escuela de Posgraduados de la Facultad de Medicina con una fuerte orientación a la medicina social y preventiva.

La obra de Carrillo, actuando en combinación con la Fundación Eva Perón, fue enorme. Entre 1946 y 1951 se construyeron 21 hospitales con una capacidad de unas

22.000 camas. La Fundación construyó policlínicos en Avellaneda, Lanús, San Martín, Ezeiza, Catamarca, Salta, Mendoza, Jujuy, Santiago del Estero, San Juan, Corrientes, Entre Ríos y Rosario. La atención de los pacientes, los estudios, los tratamientos y la provisión de medicamentos eran absolutamente gratuitos. Un novedoso tren sanitario recorría el país durante cuatro meses al año, haciendo análisis clínicos y radiografías y ofreciendo asistencia médica y odontológica hasta en los lugares más remotos del país, a muchos de los cuales nunca había llegado un médico. Se lanzaron planes masivos de educación sanitaria y campañas intensivas de vacunación, con lo que en pocos años se logró la erradicación de enfermedades sociales endémicas. La fama de la calidad de la salud pública argentina trascendió las fronteras y eran frecuentes los viajes desde los principales países europeos y de muchos de Latinoamérica para operarse en los excelentes hospitales públicos

argentinos.

 

 

De la beneficencia de las damas

Los promotores del modelo peronista sabían que las mejoras sustanciales tardarían en llegar a los sectores más postergados. Seguía habiendo millones de excluidos, desocupados crónicos en regiones abandonadas por «inviables» por el modelo agroexportador, ancianos a los que no cubría ningún tipo de pensión ni jubilación, mujeres y niños en situación de riesgo.

La acción social atendió la redistribución del ingreso por medio del salario indirecto, es decir, las prestaciones gratuitas brindadas en salud y educación y subsidios a productos y servicios de gran consumo, la extensión de la red de seguridad social y la educación y la atención materno-infantil Estos principios

 

estaban en íntima relación con los objetivos económicos de aumentar el consumo y ampliar el mercado interno. Sin duda, dentro del peronismo la figura más vinculada a la acción social fue Eva Perón.

Tradicionalmente  la  Primera  Dama  era  designada  presidenta  honoraria  de la

Sociedad de Beneficencia. Pero las damas, bastante mayores y bastante oligarcas, argumentaron que «la señora de Perón era demasiado joven para asumir esa responsabilidad». Sin duda, estaban mintiendo descaradamente. No la querían y no serían ellas las que le «rindieran pleitesía». La Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires había sido fundada en 1823, por un decreto del ministro Bernardino Rivadavia durante  la  gobernación  de  Martín  Rodríguez[282].  Por  su  directorio  pasó  lo más

«granado» de la rama femenina de la sociedad argentina. Allí se las oía nombrar; eran las Mitre, las Paz, las Santamarina, las Alvear de Bosch, las Sáenz Peña de Saavedra Lamas y las Bunge de Moreno.

La imagen histórica que se tiene de la institución es que ésta era el vehículo eficaz para que los millonarios de la Argentina volcaran una ínfima parte de sus incalculables ingresos, que los colocaban por entonces en la cima de los afortunados del mundo. Pero en realidad no fue así; los fondos de la Sociedad provenían mayoritariamente  de  las  arcas  estatales:  del  presupuesto  de  1935,  que totalizaba

12.018.094 pesos, 8.715.750 provenían directamente del Tesoro fiscal y 2.917.000 de la Lotería Nacional —lo que totaliza 11.632.759 de pesos de aportes estatales—. Sólo

384.344 pesos provenían de donaciones privadas de particulares e instituciones como el Jockey Club y el Círculo de Armas, que reunían entre sus socios a las fortunas más grandes de la Argentina. Además, un porcentaje importante de esta última cifra provenía de las colectas anuales en las que los humildes trabajadores y miembros de las clases medias depositaban sus monedas en las alcancías de la institución, llevadas por las calles del centro y de los barrios porteños por las rapadas niñas huérfanas, vestidas con humillantes uniformes. Según una crónica del diario La Nación, recibían

«los estímulos del aplauso y la ayuda del óbolo posible las beneméritas que han probado saber luchar con heroísmo y sobrellevar con resignación y fe los rigores del destino»[283].

En 1946, por iniciativa del senador Diego Luis Molinari, el gobierno peronista decidió intervenir la entidad. En sus considerandos, Molinari decía que

 

la dirección de la Sociedad de Beneficencia se reduce a un estrecho círculo de damas que se consideran de alcurnia, con exclusión total del coeficiente democrático en todo lo que se refiere a su gobierno y administración[284].

 

En 1945, de su presupuesto de 22.232.280 pesos, 21.889.906 se destinaban a

«sueldos y gastos administrativos»; sólo quedaban para las tareas de «beneficencia»

342.374. El lector podrá pensar que las enfermeras, médicos, mucamas y asistentes

 

de la Sociedad cobraban muy buenos sueldos porque a ellos también los alcanzaba la

«beneficencia»; pero ésta no fue la excepción a la regla que dice que el hilo se corta por lo más delgado: en junio de 1946, el personal de la Sociedad se declaró en huelga para reclamar aumentos en sus magros ingresos. Por jornadas de trabajo que iban de 10 a 15 horas diarias, cobraban entre 45 y 75 pesos al mes, cuando el salario mínimo rondaba los 120.

La historia oficial, que ha sido tan «piadosa» y «distraída» con la Sociedad de Beneficencia, reservará toda su «agudeza» y «perspicacia» para cuestionar hasta en sus mínimos detalles la monumental obra social de Eva Perón.

 

 

Evita se asoma a la política

Evita decidió cortar por lo sano e iniciar la tarea, no de «beneficencia» sino de solidaridad y ayuda social, por su cuenta. Instalada primero en una oficina en el Correo Central y después en el Ministerio de Trabajo, creó la «Cruzada de Ayuda Social María Eva Duarte de Perón». Su tarea comenzaba muy temprano, recibiendo delegaciones obreras. No sólo participaba en la firma de convenios entre obreros y patrones, sino que era parte activa en las negociaciones cuando las circunstancias lo requerían.

Evita aprendía aceleradamente y seguía el camino marcado por Perón:

 

Yo no auspicio la lucha de clases, pero el dilema nuestro es muy claro. La oligarquía que nos explotó miles de años en el mundo tratará siempre de vencernos. Con ellos no nos entenderemos nunca porque lo único que ellos quieren es lo único que nosotros no podremos darle jamás: nuestra libertad. Lo fundamental es que los hombres del pueblo, los de la clase que trabaja, no se entreguen a la raza oligarca de los explotadores. Todo explotador es enemigo del pueblo. ¡La justicia exige que sea derrotado[285]!

 

Evita continuó con su febril actividad, que sólo sería interrumpida a mediados de 1947 por su viaje a Europa, que cambiaría definitivamente su vida.

 

 

Gira mágica y misteriosa

El gobierno del dictador Francisco Franco sufría el aislamiento al que lo sometían los vencedores de la Segunda Guerra Mundial por su excesiva cercanía con sus colegas de ideas Hitler y Mussolini. En las Naciones Unidas, la mayoría de los países votaron a fines de 1946 retirar sus representaciones diplomáticas de Madrid. Recordaba Perón:

 

Ya se habían aplicado las sanciones diplomáticas y mi temor era que se aplicaran también a continuación las sanciones económicas, porque habíamos sido muy pocos los que nos pusimos al lado de España. La Argentina mandó medio millón de toneladas de trigo porque en España la penuria era dramática, no había pan, se habían perdido dos cosechas, el momento era angustioso. Creo sin hipérbole que nosotros salvamos

 

a España en aquella ocasión crítica[286].

Hoy se habla mucho del Plan Marshall […], pero creo que se puede decir que el primer Plan Marshall, lo pusimos en práctica nosotros, los argentinos, socorriendo a los hambrientos, sin pedirles nada, sin pretender de ellos ninguna compensación de carácter político[287].

 

Durante la crisis de 2001, el pueblo argentino esperó una actitud de reciprocidad histórica por parte del gobierno español que por entonces estaba en manos del derechista José María Aznar. Pero el amigo hispánico de Bush y defensor de las empresas españolas que habían saqueado la Argentina en los 90, se encogió de hombros y fue el pueblo español y no su gobierno el que transformó el recuerdo en solidaridad.

La España franquista pronto invitaría al presidente Perón a visitar la península. Perón decidió enviar en representación de la «Nueva Argentina» a la Primera Dama. Eva sería recibida en España con los honores correspondientes a un jefe de Estado. A esta invitación se sumarían las de Portugal, Francia e Italia.

El viaje de tres meses fue planeado con la ayuda del padre Hernán Benítez, el confesor de Evita, a quien se le pidió que gestionara una audiencia con el papa Pío XII[288] en el Vaticano.

En Buenos Aires, las mujeres socialistas, enteradas de la gira, publicaron en La Vanguardia la siguiente declaración:

 

1.-Que las mujeres socialistas no se sienten representadas por esa señora. 2.-Que deploran y repudian el título Honoris Causa conferido por la Universidad de La Plata. 3.-Que lamentan que el gobierno de Francia, donde se hallan representados tan gran número de compañeros socialistas, la haya invitado oficialmente a visitar Francia[289].

 

El 6 de junio de 1947, Evita partió a Europa con una comitiva integrada, entre otras personas, por su dama de compañía, Lillian Lagomarsino de Guardo, esposa del presidente de la Cámara de Diputados; el hermano de Evita, Juan Duarte, el coiffeur Julio Alcaraz, las modistas Juanita y Asunta, el empresario Julio Dodero, el periodista Valentín Thiebaud y el autor de los discursos de Evita, Francisco Muñoz Azpiri.

Una vez en el avión, la Primera Dama juntó a la heterogénea comitiva y dijo:

«Voy a pedirles que se porten bien. En todo el mundo nos están mirando y algunos esperan que metamos la pata… No vayan a hacer macanas»[290]. Más tarde se retiró a su cuarto y escribió una carta, una especie de testamento, que expresaba el temor de sufrir un accidente y morir durante el viaje. En ella le aconsejaba a Perón:

 

Cuídate, el gobierno es ingrato, tienes razón. […] Juan, si yo muriera, a mamá cuídala por favor, está sola y sufrió mucho. Juan, tené siempre de amigo a Mercante porque te adora y que siempre sea colaborador por lo fiel que es. De Rudi [Freude], cuidado: le gustan los negocios[291].

 

Unas 300.000 personas esperaban en Barajas el 8 de junio la llegada de Evita, la

 

«dama de la esperanza». Fue recibida por el dictador y su esposa, Carmen Polo de Franco, con una música de fondo que decía «Franco y Perón, un solo corazón».

Toda la prensa internacional se hizo eco de la visita. El New York Times tituló en

primera página «Madrid perteneció a Evita», y la influyente revista Time del 23 de junio decía:

 

Desde la bienvenida de Himmler[292] en 1940, el régimen franquista no había organizado una recepción tan estruendosa como la que ofreció a la vistosa y rubia esposa del presidente argentino Juan Perón. […] El entusiasmo de Madrid fue real y no el espectáculo sintético que los madrileños están acostumbrados a dar a Franco[293].

 

El día de gloria llegó en la jornada siguiente. El gobierno había decretado feriado en la Capital para que toda Madrid pudiera concurrir a la Plaza de Oriente a recibir a Evita. La multitud irrumpió en vítores cuando salió con Franco a los balcones del Palacio Real.

Curiosamente, el representante de las ideas más retrogradas y reaccionarias, el heredero ideológico de los conquistadores y genocidas de América, lucía en su pecho la condecoración que le otorgó el gobierno argentino: la Orden del Libertador de América José de San Martín, el hombre que liberó medio continente del dominio absolutista español. El «generalísimo» la condecoró con la Orden de Isabel la Católica.

 

 

Malas compañías

Terminado el acto, y con un calor insoportable, Evita salió a recorrer los barrios pobres de Madrid junto a Carmen Polo de Franco. Doña Carmen pensó que se trataba de un paseo en automóvil, pero Evita quiso recorrer a pie las callejuelas y entrar a decenas de casas donde se interiorizó de los problemas de sus habitantes y les dejó miles de pesetas en donaciones.

Evita recordará así el episodio:

 

Una vez casi nos peleamos con la mujer de Franco. No le gustaba ir a los barrios obreros, y cada vez que podía los tildaba de «rojos» porque habían participado en la guerra civil. Yo me aguanté un par de veces hasta que […] le respondí que su marido no era un gobernante por los votos del pueblo, sino por imposición de una victoria. […] Le comenté cómo ganaba Perón las elecciones, porque la mayoría del pueblo así lo había determinado. A la gorda no le gustó para nada, y yo seguí alegremente contando todo lo bueno que habíamos logrado. […] Desde ese día, cada vez que podía eludir un compromiso de acompañarme, lo hacía. Claro que yo, cada vez que pasábamos frente a un palacio comentaba: «Qué hermoso hospital se podría hacer aquí para el pueblo»[294].

 

Los agasajos continuaron. Evita asistió a una recepción en el Prado, a una representación de danzas folclóricas españolas en la Plaza Mayor de Madrid y a una corrida de toros.

 

La gira era un éxito y pronto sería bautizada por la propia Evita: «Se ha dicho que vine a formar el eje Buenos Aires-Madrid. Es mentira, vine a tender un arco iris de paz».

Visitó Madrid, Sevilla, Granada, Barcelona y Vigo. Recuerda Lillian Guardo:

 

La parte de Granada fue extraordinaria, porque fuimos de noche y no había luna, pero ellos fabricaron la luna. Había lugares iluminados por la supuesta luna. Y en rincones oscuros, había una orquesta con violines y una con cantores. […] Era un sueño[295].

 

En cada lugar se reunía con obreros españoles, entregaba donaciones y recibía obsequios y homenajes. Eva logró que el «Caudillo» le perdonara la vida a la militante comunista Juana Doña, condenada a muerte por arrojar un petardo a la embajada argentina. Durante la visita al palacio de El Escorial, le sugirió al dictador transformarlo en un enorme y cómodo asilo para niños huérfanos.

La embajada norteamericana reconocía muy a su pesar: «La señora ha tenido un triunfo. […] Ha cumplido una tarea difícil con equilibrio e inteligencia»[296]. Mientras que la revista estadounidense World Report señalaba:

 

Es inevitable que la comparemos a la señora Roosevelt. Rompió la tradición de pasividad de las mujeres argentinas; impulsa al movimiento feminista que, seguramente, ha de facilitar la consecución del voto para la mujer. Lleva un ritmo de trabajo tan intenso como el de Perón y su obra ha de crecer en importancia, extendiendo la influencia de su esposo y del país[297].

 

Tras dieciocho días agotadores en España, la comitiva partió hacia Roma. Es probable que la visita al resto de países europeos haya sido pactada para contrarrestar el efecto negativo que provocaría su adhesión a la España de Franco. Europa, en plena reconstrucción de posguerra, la recibió con comentarios adversos. En Roma, militantes comunistas gritaron consignas que catalogaban como fascista al gobierno de Perón. Pero con el correr de los días, su naturalidad y su carisma lograron doblegar las opiniones contrarias.

 

 

¿Qué dirá el Santo Padre?

En la mañana del 27 de junio, Eva concurrió al Vaticano para asistir a una entrevista con el Papa. En una conversación con la marquesa pontificia argentina Adelia María Arríalo de Olmos, Evita había preguntado cómo había que «estimular» la voluntad del Estado Vaticano para conseguir una distinción papal:

 

Me contestó que todo el bien que se había hecho en la vida era como un antecedente. Que después, si uno quería que le asignaran un título, debía entregar una fuerte suma de dinero para caridad. […] Me dijo que para el título de marquesa pontificia, el donativo no puede ser menor de ciento cincuenta mil pesos. Para la Rosa de Oro, se calcula que no debe ser menor a los cien mil. Pero si es un rosario, el donativo es mínimo. […] La idea de un título me rondó por la cabeza; la Rosa de Oro me parecía que era posible. Me la tenía

 

bien ganada[298].

 

Pero el Papa no pensaba lo mismo. Evita lo sospechaba y combinó con Dodero que la donación la harían a la salida de la entrevista y que ella le haría una seña por cada condecoración y un gesto negativo si sólo recibía el rosario. Terminada la reunión, Dodero entendió por el rostro de Evita que tenía que hacer una donación simbólica; y la Primera Dama entendió que las damas acostumbradas a ser primeras en su país habían hecho su trabajo. Su odio hacia ellas cotizó en alza. Durante la reunión, el Papa elogió al gobierno de Perón y, según Jorge Camarasa, «Su Santidad» Pío XII le pidió que la Argentina siguiera refugiando a criminales nazis[299].

Según el oficial de inteligencia de los Estados Unidos, William Gowen, Evita se reunió en Roma con el arzobispo croata Draganovich, donde se acordó el refugio en la Argentina de centenares de croatas buscados por crímenes de lesa humanidad. El primero en llegar, con una visa expedida el 5 de julio de 1947, fue Ante Pavelic, acusado por la muerte de unos 800.000 croatas en diversos campos de concentración. También ingresaron Vjekoslav Vrancic, Petar Pejacevic, Ivan Herencia y Branco Benzó, que llegó a ser médico personal de Perón y consejero de la Dirección Nacional de Migraciones[300].

Los homenajes continuaron en Italia. El 28 de julio dijo en la Asociación Nacional Italiana de Mujeres.

 

Las mujeres tenemos los mismos deberes que los hombres y por tanto… también… los mismos derechos… En la Argentina, la justicia social es ya un hecho evidente y el programa del general Perón consiste en llevar a las masas a una evolución material y moral, en especial a las mujeres. ¡Viva Italia[301]!

 

Tuvo un encuentro con el presidente Enrico De Nicola, pero por consejo de su médico, Eva se trasladó a descansar a una villa en Rapallo.

La comitiva oficial partió luego rumbo a Lisboa y Francia. El presidente galo Vincent Auriol le ofreció un almuerzo en el castillo de Rambouillet, el canciller Bidault la condecoró con la Legión de Honor, y el Palacio de Versailles —cerrado desde el comienzo de la guerra— fue abierto especialmente para ella. Evita pasó con sobresaliente el difícil examen de sus modos, vestuarios y estilos en la capital mundial de la elegancia. Christian Dior sucumbió al deseo de vestirla y declaró más tarde: «A la única reina que vestí fue a Eva Perón». Pero no faltaron las visitas a hospitales y centros comunitarios. Se interesó especialmente por la Federación de Deportados, que trabajaba con los sobrevivientes de los campos de Auschwitz y Dachau[302], a la que donó 100.000 francos.

Visitó Notre Dame, donde monseñor Angelo Roncalli, el futuro papa Juan XXIII, le comentó: «Señora, siga en su lucha por los pobres, pero no se olvide que esa lucha, cuando se emprende de veras, termina en la cruz».

 

Tras un breve paso por Biarritz, Niza y Monaco, Evita partió hacia Ginebra. Esta escala dio lugar al rumor de que su visita obedecía a la apertura de una cuenta cifrada en la que habría depositado una importante suma de dinero. La versión nunca pudo ser confirmada.

En Suiza sufrió dos incidentes: le arrojaron tomates y una piedra rompió el parabrisas de su auto.

 

 

Evita no estaba en los planes de Marshall

Aún le faltaba asistir a la Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz y la Seguridad del Continente, celebrada en Río de Janeiro. Llegó el 17 de agosto. La Cámara de Diputados brasileña realizó una sesión en su honor y el canciller Raúl Fernández la condecoró con la Orden de Cruzeiro do Sul. Al día siguiente, se reunió con el presidente Erico Gaspar Dutra y concurrió a la Conferencia de Cancilleres Americanos. Para desgracia del secretario de Estado de los Estados Unidos, George Marshall, mientras lanzaba un discurso furibundamente anticomunista, llegó Evita acaparando todas las cámaras, todos los micrófonos, todas las miradas.

Así lo refleja el semanario Newsweek del 1.° de septiembre:

 

La aparición de Marshall se transformó casi en un doble sentido cuando la señora Eva de Perón, esposa del presidente argentino, llegó a la conferencia a escucharlo. […] Cuando Marshall terminó su discurso, el presidente de la conferencia, el ministro de Relaciones Exteriores Raúl Fernández […] pidió un cuarto intermedio para que los jefes de las delegaciones pudieran tomar champagne con la señora de Perón. La Primera Dama de la Argentina graciosamente aceptó los brindis de los jefes de delegación y chocó con la de Marshall. Luego se reanudó la sesión[303].

 

Tras una breve estadía en Montevideo, en la mañana del 23 de agosto llegó a Dársena Norte, donde la esperaban el presidente Perón y decenas de miles de personas.

Después de aquella gira mágica y misteriosa, Evita ya no sería la misma.

 

 

Has recorrido un largo camino, muchacha

Desde fines del siglo XIX, las mujeres argentinas venían luchando por la obtención de sus derechos cívicos. Cecilia Grierson participó en 1889, en Londres, del Segundo Congreso Internacional de Mujeres y en septiembre de 1900 fundó el Consejo de Mujeres. En 1907 Alicia Moreau (que aún no era «de Justo») creó el Comité Pro Sufragio Femenino. En mayo de 1910, Buenos Aires fue la sede del Primer Congreso Femenino Internacional, con la participación de delegadas chilenas, uruguayas y paraguayas y donde se reclamó enérgicamente el derecho de las mujeres a votar.

 

Otra de las pioneras fue Julieta Lanteri, quien tras un sonado juicio logró la carta de ciudadanía y que se la inscribiera en el padrón municipal de la ciudad de Buenos Aires en 1911. Fue la primera mujer de toda Sudamérica en ejercer el derecho al voto en las elecciones municipales celebradas el 26 de noviembre de aquel año. En marzo de 1919 lanzó su candidatura a diputada nacional por la Unión Feminista Nacional; contó con el apoyo de Alicia Moreau y Elvira Rawson y obtuvo 1730 votos.

En 1911 el diputado socialista Alfredo Palacios había presentado el primer proyecto de ley de voto femenino en el Congreso Nacional; faltaba aún un año para que se sancionara la reforma electoral conocida como Ley Sáenz Peña, de voto secreto, universal (es decir, masculino) y obligatorio. El proyecto de Palacios ni siquiera fue tratado sobre tablas. Las mujeres eran consideradas incapaces por el Código Civil de 1871. Recién en 1926, por la ley 11.357, alcanzaron la igualdad legal con los varones, aunque esa igualdad, que estaba muy lejos de ser respetada en los hechos, era tan relativa que no incluía al derecho al voto. En 1929, el socialista Mario Bravo presentó un nuevo proyecto que dormiría el sueño de los justos en los cajones de la Cámara por tres años, hasta que pudo ser debatido a comienzos de septiembre de 1932. En apoyo a la ley llegaron al Congreso 95.000 boletas electorales firmadas por otras tantas mujeres de todo el país, con la siguiente consigna: «Creo en la conveniencia del voto consciente de la mujer, mayor de edad y argentina. Me comprometo a propender a su mayor cultura». Pocos días después, el 17 de septiembre, la Cámara Baja le daba media sanción a la ley propuesta por el diputado socialista. Durante el debate, el diputado derechista Bustillo pidió el voto calificado para la mujer, en medio del abucheo generalizado de cientos de señoras y señoritas que colmaban los palcos, mientras que el socialista Ruggieri celebraba, en medio del aplauso de las damas presentes, «la coincidencia de todos los sectores en el deseo de libertar a la mitad del pueblo argentino, la parte más delicada y sufrida, y la más oprimida, dándole participación directa en nuestras luchas cívicas»[304].

El legislador ultraconservador Francisco Uriburu se opuso en estos cavernícolas términos al proyecto:

 

Cuando veamos a la mujer parada sobre una mesa o en la murga ruidosa de las manifestaciones, habrá perdido todo su encanto. El día que la señora sea conservadora; la cocinera, socialista, y la mucama, socialista independiente, habremos creado el caos en el hogar[305].

 

La ley no pudo pasar esa defensa infranqueable del pensamiento retrógrado que era el Senado argentino de los años 30. Pero la bancada socialista, la que más hizo por la concreción del voto femenino a lo largo de nuestra historia, acompañada por el impulso de la mujer del fundador del partido, Alicia Moreau de Justo, insistió sin éxito con proyectos presentados por el diputado Palacios en 1935 y 1938. Este último fue apoyado por una declaración de la Unión de Mujeres Argentinas, firmada por

 

Susana Larguía y Victoria Ocampo[306].

Desde aquel proyecto de Palacios de 1911 se presentaron otras 22 iniciativas legislativas, hasta que el 9 de septiembre de 1947 pudo sancionarse finalmente la ley

  • que establecía en su primer artículo: «Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos».

El 23 de septiembre, Evita debutó en el balcón de la Casa Rosada, al hablar ante una multitud convocada por la CGT para celebrar el voto femenino. Comenzaba a sonar, estridente y metalizada por los altavoces, una voz enérgica que quedaría para siempre en el recuerdo de todos los argentinos, los que la amaban y los que la odiaban. Aquella voz inconfundible dijo:

 

Mujeres de mi patria: recibo en este instante, de manos del gobierno de la Nación, la ley que consagra nuestros derechos cívicos.

 

Y remarcó que se trataba de una

 

victoria de la mujer sobre las incomprensiones, las negaciones y los intereses creados de las castas repudiadas por nuestro despertar nacional[307].

 

Lejos de alegrarse, las dirigentes opositoras que venían luchando por lograr el voto femenino y la total integración de la mujer a la política, sintieron que Evita les arrebataba una reivindicación histórica y una anhelada conquista.

 

 

La Fundación

De regreso de su viaje, Evita se dedicó de lleno a lo que ella llamaba justicia social en contraposición a tanta «beneficencia».

Conocedora de la burocracia y de las urgencias del pueblo, organizó la Fundación Eva Perón porque entendió que los trabajadores podían conseguir sus avances sociales a través de la CGT, pero el resto del pueblo, los que estaban fuera del circuito regular del trabajo debían tener otro ámbito para canalizar sus pedidos y exigir sus derechos, que ya no podían esperar más.

La Fundación nació el 8 de julio de 1948, a través del decreto 20.564 firmado por Perón, que le otorgaba personería jurídica a la «Fundación Ayuda Social María Eva Duarte de Perón», que dos años después pasaría a llamarse simplemente «Fundación Eva Perón».

La magnitud de la obra a realizar, en una Argentina donde las injusticias sociales eran crónicas, requería que la Fundación tuviera una estructura sólida. Su financiamiento inicial provino de un fondo instituido por el ministro de Hacienda, Ramón Cereijo, quien abrió una cuenta especial en el Banco Central. Su primer

 

depósito fue un donativo de 10.000 pesos de la propia Evita. Poco después, el gobierno decretó que iría directamente a la cuenta de la Fundación el aporte obligatorio proveniente de los descuentos efectuados a todos los trabajadores del país por los feriados del 1.° de Mayo y el 17 de Octubre. A esto se sumaban los aportes, a veces voluntarios y otras no tanto, de industriales y empresarios que eran «invitados» a colaborar.

La Fundación contó con expertos en el área sanitaria, como el prestigioso cirujano Ricardo Finochietto, y una Escuela de Enfermeras regenteada por Teresa Fiora. La Escuela formó un excelente cuerpo de profesionales que cumplió funciones en todos los hospitales del país.

La obra de la Fundación fue monumental: hogares de ancianos, pensiones a la vejez, barrios, la «Ciudad Infantil Amanda Alien» y la Ciudad Estudiantil en Capital, la República de los Niños de Gonnet, hogares para madres solteras, colonias de vacaciones, campañas intensivas de vacunación, campeonatos deportivos que permitieron elaborar cientos de miles de fichas médicas de niños de todo el país y atenderlos adecuadamente; reparto de ropa, alimentos, juguetes, becas y subsidios. Los hospitales y los barrios como Ciudad Evita fueron construidos con materiales de primera calidad, basándose en una moderna concepción arquitectónica.

Para acceder a la ayuda que brindaba la Fundación, el trámite era muy sencillo; bastaba con pedir una audiencia o enviar una carta para ser recibido personalmente por Evita. Ella atendía por largas horas a todos; incluso se preocupaba por si tenían el dinero suficiente para regresar a sus casas. Eva estaba orgullosa de su obra, pero insistía en que la Fundación era un paliativo, que su función terminaría cuando en la Argentina hubiera justicia social para todos.

En las sesiones del Primer Congreso Americano de Medicina del Trabajo, realizado en el país el 5 de diciembre de 1949, Eva Perón dejó en claro cuál era su concepto de ayuda social:

 

Queremos hacer una diferencia entre lo que juzgamos limosna y ayuda. La limosna humilla y la ayuda social estimula. La limosna no debe organizarse, la ayuda sí. La limosna debe desaparecer como fundamento de la asistencia social. La ayuda es un deber y el deber es fundamento de la asistencia. La limosna prolonga la situación de angustia, la ayuda la resuelve integralmente. La limosna deja al hombre donde está, la ayuda lo recupera para la sociedad como elemento digno y no como resentido social. Por eso, la Fundación encamina toda su obra no como limosna sino como acción de justicia, de justicia bien ganada por el pueblo, y que durante tanto tiempo se le negó[308].

 

A poco de lanzar su Fundación, las Damas de Beneficencia pidieron una reunión con Evita para que las investigaciones en marcha sobre el manejo de los fondos de la

«Sociedad» no mancharan «su buen nombre y honor». Le ofrecieron a Evita hacer un

«té-bridge» en el Hotel Plaza, «en beneficio de los pobres». Evita rechazó de plano la oferta y les dijo: «En la nueva Argentina se acabó la diversión de los ricos a costa del

 

hambre de los pobres».

 

 

Atención «excesiva»

Sus enemigos se indignaban cuando veían la magnitud de su obra y decían que era

«excesiva». Partían del primitivo y mezquino concepto de que todo aquello era demasiado para «esa gente acostumbrada a conformarse con poco», por la que sentían un indisimulable desprecio, que se iba tornando cada vez más recíproco.

Esta mentalidad egoísta y clasista se expresó claramente en el informe hecho por la comisión que investigó a la Fundación después del derrocamiento de Perón en 1955. Allí se decía:

 

Desde el punto de vista material la atención de los menores era múltiple y casi suntuosa. Puede decirse, incluso, que era excesiva, y nada ajustada a las normas de la sobriedad republicana que convenía, precisamente, para la formación austera de los niños. Aves y pescado se incluían en los variados menús diarios. Y en cuanto al vestuario, los equipos mudables, renovados cada seis meses, se destruían[309].

 

Evita, que los conocía bien, tenía muy claro lo que estaba haciendo y por qué lo hacía:

 

Yo no tengo ningún escrúpulo en hacer las obras que construye la Fundación, incluso con lujo. Tal vez podría cumplir igualmente su misión con menos arte y menos mármoles, pero yo pienso que para reparar en el alma de los niños, de los ancianos y de los humildes el siglo de humillaciones vividas, sometidos por un sistema sórdido y frío, es necesario tener algo de mármoles y de lujo. Es decir, pasarse si se quiere un poquito al otro extremo en beneficio del pueblo y de los humildes[310].

 

Una colaboradora suya recordaba:

 

Ella pensaba hacer un hogar escuela en Santiago del Estero y nos mandaron, a otra maestra más y a mí, a que trajéramos a la Capital a doscientos chicos de Santiago, hasta que estuviera listo el hogar escuela en la provincia. ¡Si usted supiera la miseria que yo he visto en el Barrio Cárcel! Una cola de chicos con un tarrito que esperaban las sobras de la comida de la cárcel. Vivían en unos ranchitos que no se podían concebir que viviera gente allí. Los trajimos. Les compramos zapatillas porque estaban descalzos; todos tenían conjuntivitis. Me acuerdo que el doctor Bagnati los curaba como podía… Los tuvimos que traer con la ropita que tenían. En Constitución nos esperaba Evita. Fue la primera vez que la vi. Tuvieron que traerle una silla para que se sentara porque casi se desmaya. Lloraba Evita. «¿Cómo puede ser que haya tanta miseria?», dijo. Y enseguida los mandó a uno de los hogares de menores para que los bañaran, los pusieran en condiciones y los llevaran después a Harrod’s para vestirlos con lo que los chicos quisieran. Así era Evita: de una sensibilidad exquisita, de mucho carácter, muy temperamental. Y de una belleza extraordinaria. Allí la tiene, en esa foto. Era coqueta, pero para estar linda delante de los pobres[311].

 

Se inauguraron 170 proveedurías de la Fundación en todo el país, que vendían artículos de primera necesidad a precios muy bajos.

Evita monitoreaba personalmente todas las obras y atendía como se ha dicho a centenares de personas por día. Las anécdotas que se recuerdan sobre su trabajo en la

 

Fundación son innumerables. Su amiga Vera Pichel contaba:

 

Había ido al Chaco para presidir una inauguración y en su comitiva estaba el embajador Raúl Margueirat, a cargo de la oficina de ceremonial de la Nación. Eva se había adelantado un poco hacia el público que pugnaba por acercarse y, en ese momento, una mujer muy humilde se le acercó y la besó en la mejilla. Margueirat pegó un salto, sacó su pañuelo e intentó pasarlo por la mejilla besada.

—No me toques, hijo de puta —le dijo Eva con vehemencia—. ¿Encima querés humillarla a esa pobre mujer? La había besado una mujer con visibles signos de lepra, pero Eva lo aceptó con la entereza y la simpatía que sólo ella sembraba a su alrededor. Contrito, Margueirat guardó su pañuelo, dio un paso atrás y se perdió entre los integrantes atónitos de la comitiva[312].

 

La acción de la Fundación se extendió a Ecuador, Bolivia, Chile, Turquía, Italia, Checoslovaquia y los Estados Unidos, entre otros 80 países de América, Europa, Asia y África que recibieron su ayuda ante catástrofes y emergencias sanitarias.

 

 

Evita ayuda a los pobres de Estados Unidos

En 1949, el reverendo Ralph Faywatters, presidente de la Children’s Aid Society de Washington, le solicitó ayuda a la Fundación para los niños pobres de su país. Evita respondió rápidamente enviando ropa de abrigo y calzado para 600 indigentes, habitantes del país más rico del mundo. La ayuda pegó fuerte en la soberbia y aparentemente opulenta sociedad norteamericana que se sintió, más que agradecida, ofendida. El gobierno yanqui llegó al absurdo de pedirle explicaciones a la embajada argentina. En una carta, inédita hasta que la publicara recientemente Rogelio García Lupo, Evita explicaba.

 

Sirva de ejemplo este acto y esta ayuda que lo hacemos con todo respeto y todo el cariño por el gran pueblo de los Estados Unidos y humildemente le hacemos llegar nuestro granito de arena de ayuda […] este avión argentino que pronto llegará a Estados Unidos representa la bondad de nuestro conductor y lo que somos capaces de hacer por el desposeído, esté donde esté y se encuentre donde se encuentre[313].

 

 

 

Evita y la CGT

La presencia de Evita ya no era silenciosa y Perón la dejó que se convirtiera en su delegada e intérprete ante los trabajadores representados en la CGT.

Éste fue el segundo y fundamental papel de Evita en el esquema de división de tareas diseñado por Perón. Terminada su jornada en la Fundación se trasladaba a la CGT, donde se interiorizaba de la marcha de actividad sindical. Todos los miércoles por la tarde se reunía en la Casa Rosada con Perón y diferentes delegaciones gremiales de todo el país.

Un tercer papel fue la conducción indiscutida de la rama femenina del movimiento. En julio de 1949, en un acto que colmó la capacidad del Teatro Nacional

 

Cervantes, creó el Partido Peronista Femenino que, a través de sus delegaciones en todo el territorio nacional, funcionó rápidamente como centro de adoctrinamiento y difusión cultural y, por intermedio de sus delegadas y subdelegadas, recabó información que luego transmitía a la Fundación Eva Perón. Evita controlaba con mano férrea las actividades y no dejó que la rama masculina interfiriera en sus propósitos.

La presencia de Evita en la vida política argentina, su poder e influencia provocaron reacciones negativas en el conjunto de la oposición política — ciertamente censurada y limitada en su accionar por la política del gobierno— y de dos corporaciones que habían dado su apoyo incondicional a Perón para su llegada al poder y durante la primera etapa de su gobierno: la Iglesia y el Ejército.

 

 

La Constitución peronista

En general, aun entre los liberales, había acuerdo para producir una reforma de la Constitución, ya que los principios liberales clásicos de 1853 habían comenzado a ser cuestionados a partir de la crisis de 1929 y el avance del intervencionismo estatal. Los peronistas planteaban que la Constitución del 53 había sido pensada para abrir el país a las empresas extranjeras y que el contenido liberal de sus normas chocaba con los preceptos de justicia social que se pensaba incorporar.

Fue así que a fines de 1948, promediando su primera presidencia, Perón convocó a elecciones para una Asamblea Constituyente.

El 5 de diciembre, los argentinos volvieron a votar, esta vez para elegir 158 convencionales que estudiarían la reforma. El 21 se conocieron los cómputos finales que hablaban de un notable triunfo del oficialismo con 1.590.634 votos; 834.436 para los radicales; 85.355 para los comunistas; 2109 para los nacionalistas y 180.000 en blanco.

Mientras se desarrollaban las sesiones, Perón comentó:

 

Está reunida una convención que va a modificar la Carta Fundamental que tiene el país. Más del cincuenta por ciento de quienes la componen son trabajadores. Eso, para la oligarquía, resulta una verdadera afrenta al país, que un hombre «de ésos» —según ellos— se pueda sentar en la Convención Constituyente. Lo que más ha mortificado a cierta gente es que hayamos metido allí a hombres que, según ellos, no son

«decentes». En este país, antes, para ser decente había que usar cuello duro, bastón, tener cuatro o cinco apellidos y no haber trabajado nunca[314].

 

El 11 de marzo, la Convención Nacional Constituyente, presidida por el coronel Mercante y sin la presencia de los constituyentes radicales, aprobó y juró la reforma.

La Constitución Nacional de 1949 no modificó en líneas generales la tradicional estructura del texto aprobado en 1853. Conservó su parte dogmática de declaraciones, derechos y garantías individuales. Mantuvo el Preámbulo, aunque incorporándole la

 

síntesis doctrinaria del peronismo, al ratificar «la irrevocable decisión de constituir una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana».

Perón se había opuesto en estos términos a la reforma del artículo 77 y a la consecuente posibilidad de habilitar la reelección inmediata del presidente:

 

Un punto que resulta indudablemente crítico que el ambiente público ha comenzado a comentar es el referido a la modificación del artículo 77, a fin de que el Presidente pueda ser reelecto sin período intermedio. Mi opinión es contraria a tal reforma y creo que la prescripción existente es una de las más sabias y prudentes de cuantas establece nuestra Carta Magna. Restaría observar lo que sucede en los países en que tal inmediata reelección es constitucional. No hay recurso al que no se acuda, lícito o ilícito, es escuela de fraude e incitación a la violencia, como asimismo una tentación a la acción política por el gobierno y los funcionarios. Y si bien todo depende de los hombres, la historia demuestra que éstos no han sido siempre honrados ni ecuánimes para juzgar sus propios méritos y contemplar la conveniencias generales, subordinando a ellas las personales o de círculo. En mi concepto tal reelección sería un enorme peligro para el futuro político de la República y una amenaza de graves males que tratamos de eliminar desde que actuamos en la función política.

 

Sin embargo, un año después, sus partidarios impulsaron y lograron la modificación del artículo 77, habilitándolo para ser electo para un nuevo mandato. También fueron incorporados en el nuevo texto constitucional, en su artículo 37, los derechos sociales del trabajador, de la familia, de los ancianos, a la educación popular, de la función social de la propiedad. Se propició el intervencionismo del Estado en la economía y se convirtieron en bienes de la Nación todas las fuentes de energía, estableciéndose la prestación directa por parte del Estado de todos los servicios públicos como los transportes, la salud y las comunicaciones, según lo decía su famoso artículo 40:

 

La organización de la riqueza y su explotación tienen por fin el bienestar del pueblo, dentro de un orden económico conforme a los principios de la justicia social. El Estado, mediante una ley, podrá intervenir en la economía y monopolizar determinada actividad, en salvaguardia de los intereses generales y dentro de los límites fijados por los derechos fundamentales asegurados en esta Constitución. Salvo la importación y exportación, que estarán a cargo del Estado, de acuerdo con las limitaciones y el régimen que se determine por ley, toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios. Los servicios públicos pertenecen originariamente al Estado, y bajo ningún concepto podrán ser enajenados o concedidos para su explotación. Los que se hallaran en poder de particulares serán transferidos al Estado, mediante compra o expropiación con indemnización previa, cuando una ley nacional lo determine. El precio por la expropiación de empresas concesionarias de servicios públicos será el del costo de origen de los bienes afectados a la explotación, menos las sumas que se hubieren amortizado durante el lapso cumplido desde el otorgamiento de la concesión y los excedentes sobre una ganancia razonable que serán considerados también como reintegración del capital invertido[315].

 

 

 

Tiempos difíciles

Cuando ese mismo año ’49 comenzaron a verse los primeros síntomas de la crisis,

 

Perón endureció aún más su política hacia la oposición y sus publicaciones, en especial hacia La Prensa y La Vanguardia. El diario conservador La Prensa fue cerrado y transferido a la CGT. El socialista La Vanguardia fue clausurado infinidad de veces por motivos que iban desde la censura lisa y llana hasta los «ruidos molestos».

A su vez, el accionar propagandístico de la Secretaría de Prensa y Difusión en manos del inefable Apold, el culto excesivo a la pareja presidencial en monumentos y nombres de calles, y la exclusión absoluta de la oposición de los medios radiales de difusión completaban un panorama que se iba tornando sombrío para las libertades públicas. Paulatinamente, todos los ámbitos de poder fueron cooptados por el peronismo.

Perón destituyó, gracias a la mayoría parlamentaria, a los miembros de la Corte Suprema de Justicia y al procurador general de la Nación. La decisión tenía que ver con la oposición permanente del máximo tribunal a aceptar la legislación social impulsada por Perón desde los tiempos de la Secretaría.

Pero además de los opositores honestos, sinceros demócratas con una tradición intachable de defensa de la libertad, aparecieron otros.

Y es que el peronismo planteó una fractura en la sociedad argentina. Ciertos sectores de las clases medias y altas no toleraban el ascenso de miembros de la clase trabajadora hacia posiciones de poder que creían reservadas para ellos. Algunos personajes que nunca se habían preocupado por la democracia, los derechos humanos y las libertades públicas, que habían apoyado las represiones conservadoras complacientemente, aparecían ahora como paladines de la libertad, denunciando los atropellos del peronismo. Lamentablemente, este ímpetu libertario les desaparecerá con la caída de Perón y no verán como antidemocráticos ni los fusilamientos ni las detenciones de la llamada «Revolución Libertadora».

 

 

La crisis del modelo

Los avances alcanzados en materia económica y social no tardarían en hallar un límite que puso freno a la tendencia distributiva de los primeros años. Perón había apostado a una Tercera Guerra Mundial que nunca se produjo pero como posibilidad estaba en el análisis político de figuras tan alejadas del General y entre sí como Winston Churchill, los principales asesores militares de la segunda presidencia de Truman (1949-1953) y los grupos trotskistas de Michel Pablo, Ernst Mandel y Abel Posadas. El General imaginaba a la Argentina como gran proveedor del mundo en aquella hipotética posguerra. A pesar de su notable industrialización, la Argentina seguía dependiendo de las divisas que el sector agroexportador aportaba a través del IAPI.

 

A comienzos de 1948, para estimular la venta de sus materias primas, los Estados Unidos decidieron que los dólares que prestaba a través del Plan Marshall a los países europeos destruidos por la guerra, no podrían ser utilizados para comprar productos de su principal competidor en el rubro alimentos: la Argentina. A esto se sumó la decisión del gobierno norteamericano de aumentar la producción de cereales, dando subsidios a sus agricultores, y de financiar su venta a Europa que, por su parte, estaba retomando lenta pero sostenidamente sus niveles históricos de producción agrícola.

La situación económica se estaba complicando. A una mala cosecha, producto de una fuerte sequía, y al boicot económico de los Estados Unidos contra nuestro país, se sumaba un hecho altamente positivo que traía consecuencias que evidenciaban lo mucho que quedaba por hacer. El mejoramiento notable de los niveles salariales de los sectores populares había provocado un sensible aumento del consumo de bienes de todo tipo, a un ritmo que no alcanzaba a ser satisfecho por una industria en expansión pero insuficiente para abastecer aquel creciente mercado interno.

Consumos soñados y postergados comenzaron a concretarse masivamente, generando una demanda inédita que desembocó en inflación y desabastecimiento de ciertos productos. El país se había pensado durante más de un siglo para pocos y de pronto eran muchos, millones los que accedían a bienes y servicios anteriormente reservados a las clases altas y medias altas. Los trabajadores podían ahora comprar estufas, cocinas y motonetas y por ende demandaban combustible en cantidades inusuales. Se incrementó significativamente el consumo de alimentos, lo que bajó el volumen de los saldos exportables. Cada vez eran más las toneladas de carne y trigo, históricamente destinadas a los mercados europeos, que se quedaban en la Argentina. La producción total de cereales y carnes entre 1930 y 1950 permaneció casi constante, pero el consumo interno de alimentos aumentó más del 30% y los volúmenes de exportación disminuyeron en el 60 por ciento.

Todavía en 1948, con un sueldo de 480 pesos un obrero argentino podía comprar por año 850 kilos de papas, 270 de carne vacuna, 425 kilos de azúcar, 936 litros de leche, 1560 kilos de pan y 269 docenas de huevos[316].

Pero el inicio de la crisis llevó a aumentar la exportación de productos primarios, a importar más petróleo y a no demorar más el traslado del aumento de los costos al consumidor, lo que le puso un freno al modelo distribucionista y a la expansión del consumo. El gobierno hizo lo posible por mantener, a pesar de la coyuntura hostil, la alta tasa de participación de los trabajadores en la renta nacional, que se mantendrá hasta 1955 por encima del 49%. Asimismo, es importante señalar que se dio un desfase entre el nivel de ingresos de los sectores medios asalariados y los obreros industriales, en detrimento de los primeros. Por ejemplo, entre 1945 y 1951, mientras el salario docente se duplicó, el sueldo del peón industrial se multiplicó por cinco.

Esto trajo algunas consecuencias que deben señalarse. En primer lugar, la

 

dificultad para la compra de maquinaria industrial (impuesta sobre todo por la negativa norteamericana a favorecer la modernización de la producción local, en beneficio de su aliado estratégico en la región, Brasil) llevó al uso intensivo de la capacidad instalada, exigida al máximo por el aumento de la demanda y, paralelamente, al empleo de una abundante mano de obra con altos niveles salariales, los más justos de América Latina, para realizar muchas tareas que en otras economías competitivas ya se realizaban mecánicamente y a mucho menor costo. Esto volvía a la producción industrial argentina poco competitiva a nivel internacional y la volcaba necesariamente a un mercado interno que sufría en aquellos momentos los primeros síntomas de una crisis de impredecibles consecuencias. Esta limitación siguió colocando a la producción primaria prácticamente como el único rubro que aportaba divisas externas. La economía siguió dependiendo de un sector agrario que, políticamente hostil al peronismo, redujo el área sembrada y la venta de vacunos y comenzó a hacer valer su peso específico. Aunque no impidió, limitó el avance de las políticas sociales del gobierno. Al respecto, dirá Hernández Arregui:

 

El caballo de batalla de la oposición a Perón se centró en la cuestión agraria. El gobierno no resolvió este problema. Y en esta imprevisión habría de encontrar su derrota[317].

 

La crisis se llevaría puesto al hasta entonces todo poderoso Miguel Miranda y daría paso a la llegada del mucho más ortodoxo economista de carrera Alfredo Gómez Morales.

Perón y su equipo económico ya tenían, para fines de 1950, el borrador de lo que sería el segundo Plan Quinquenal, mucho más austero y conservador que el primero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si Evita viviera

 

Yo veo no sólo el panorama de mi propia tierra. Veo el panorama del mundo y en todas partes pueblos sometidos por gobiernos que explotan a sus pueblos en beneficio propio o de lejanos intereses… y detrás de cada gobierno impopular he aprendido a ver ya la presencia militar, solapada y encubierta o descarada y prepotente. […] Es necesario que los pueblos destruyan los altos círculos de sus fuerzas militares gobernando a las naciones.

¿Cómo? Abriendo al pueblo sus cuadros dirigentes. Los ejércitos deben ser del pueblo y servirlo… deben servir a la causa de la justicia y de la libertad.

EVA PERÓN, Mi mensaje

 

 

La actividad de Evita era cada vez más intensa. No paraba. A sus interminables jornadas en la Fundación, en las que recibía personalmente a cientos de personas por día, se sumaba su agenda de Primera Dama, acompañando a Perón en los actos oficiales, los encuentros con sus compañeras del Partido Peronista Femenino y sus reuniones diarias con sus «muchachos» de la CGT y de los diversos gremios. De nada servían las advertencias ni los consejos de sus colaboradores ni del propio Perón para que descansara. La respuesta era siempre la misma: «No tengo tiempo. Mis grasitas no pueden esperar más, ya esperaron demasiado».

Pero un día, el 9 de enero de 1950, mientras inauguraba el nuevo local del Sindicato de Conductores de Taxis, cerca del puerto, el calor se había ensañado con Buenos Aires —el termómetro marcaba 38 grados— y sufrió un desmayo. El diagnóstico para el público fue apendicitis; para Perón y sus allegados, cáncer de útero. Fue el ministro de Educación, doctor Oscar Ivanissevich, quien la atendió y quien aconsejó la histerectomía. Pero Evita, cometiendo un error que sería fatal, decía

«operaciones, no», repitiéndolo a quien quisiera escucharla. Su salud fue empeorando mientras se obstinaba en negarse a aceptar lo inevitable: encarar seriamente el tratamiento de su gravísima enfermedad.

Evita estaba enferma y enojada. Le parecía absolutamente injusto que lo que no habían podido lograr los «contreras», lo consiguiera su precaria salud. No podía ser que perdiera esta guerra a muerte por culpa de un mal que surgía de ella misma, de algo que la atacaba desde adentro, cuando se sentía tan fuerte e invencible para enfrentar y derrotar a todo lo que quisiera destruirla desde afuera.

 

Ajustando el Plan Quinquenal

Mientras la salud de Eva Perón comenzaba, silenciosamente, a deteriorarse, la economía argentina mostraba también síntomas preocupantes. La Argentina había sido diseñada para pocos, para que sólo una selecta minoría accediera a los bienes y al consumo. El «conservadurismo liberal» —aquel engendro esquizofrénico que sinceraba algo que en la no menos hipócrita política del resto del mundo occidental y cristiano parecía antagónico: o se era conservador o se era liberal— había tenido durante décadas a inmensas masas de población bajo la línea de la pobreza.

La clave del «éxito» de aquel modelo perverso era la superproducción de alimentos destinados en su casi totalidad a la exportación, para lo cual la contención salarial y la permanente expulsión de las mayorías populares del consumo estaban lejos de ser una contingencia: constituían uno de los pilares de aquella política. Bajísimo costo salarial, altísimos volúmenes exportables, escasísima inversión estatal en servicios destinados al bienestar general y, por ende, un alto porcentaje del presupuesto nacional destinado a garantizar la renta de los sectores económicos más concentrados a través de subsidios directos e indirectos y la adjudicación de licitaciones de compras y de obras públicas. A lo que hay que sumar un Estado atendido por sus dueños, que ponía en hipoteca a la Argentina en su conjunto para tomar deuda innecesaria que se volcaba al circuito especulativo y financiero y se pagaba con el sacrificio de los que nunca verían una libra de aquellos históricos empréstitos. Como señalamos en el tomo 2 de esta serie, muchas de las monumentales mansiones porteñas y muchas estancias se construyeron a través de créditos otorgados por los bancos oficiales a una bajísima tasa de interés.

Los niveles de marginación y miseria fueron descriptos por decenas de trabajos desde el inaugural y notable relevamiento de Bialet Massé[318] a principios de siglo, hasta los informes médicos de los primeros años cuarenta que publicamos en páginas precedentes.

Las políticas sociales y económicas implementadas por el peronismo abrieron la compuerta al consumo popular y modificaron radicalmente el patrón de inversión estatal en beneficio de las mayorías populares. A los que ponen el acento en este punto como la causa de la «decadencia argentina» ya los conocemos de memoria, sabemos quiénes son y para qué intereses trabajan: son los amigos de enfriar la economía, de contener los salarios, de bajar el consumo para aumentar los saldos exportables, de aumentar las tarifas y la carga impositiva al consumo del pueblo pero no a la renta financiera o agropecuaria.

Es imprescindible recordar lo precedente para entender que la crisis desatada a comienzos de los cincuenta y que marcará al segundo gobierno peronista es original.

 

Difiere de las otras particularmente en que por primera vez entre sus causas podemos destacar el incremento inédito de los ingresos populares vía salario directo e indirecto y el subsiguiente aumento del consumo a niveles absolutamente desconocidos en nuestra historia.

Al analizar esta crisis, no hay que apresurarse a suscribir la moraleja que conduce a asegurar que «no hay que aumentar salarios ni fomentar el consumo popular», porque a esta historia le faltan elementos y protagonistas.

Las sociedades capitalistas modernas no sólo han «soportado» la presión del aumento de la demanda como consecuencia del rápido y sostenido mejoramiento del nivel de vida de la segunda posguerra, sino que, siguiendo el modelo keynesiano y

«aggiornándolo», basaron durante décadas en ese esquema de producción, consumo, ahorro interno y crecimiento, la clave de su éxito económico. ¿Qué fue diferente en la Argentina? Cuando hablamos del discurso de Perón en la Bolsa de Comercio invitando a la burguesía industrial, financiera y comercial a sumarse a su proyecto y del claro rechazo de este sector a conformar la alianza de clases propuesta por el entonces coronel, señalamos la importancia de aquel desacuerdo. La burguesía argentina más concentrada desconfió de Perón y su proyecto; mientras muchos lo veían fascista, ellos lo percibían como demasiado obrerista.

Eso no fue un obstáculo para que aprovecharan todas las ventajas que les ofrecía el nuevo modelo y tomaran todos los créditos «blandos» que había disponibles para destinarlos, en no pocos casos, a fines productivos… para ellos.

La desconfianza manifiesta de esta burguesía prebendaria se materializó en una baja tasa de inversión industrial, en el incremento poco significativo de las áreas sembradas y de la tecnificación del campo y en un lento ritmo de producción que llevó a que la demanda superara claramente a la oferta, generando inflación. El otro elemento objetivo fue la dificultad cierta de reequipamiento de maquinaria industrial. Esto complicó la competitividad internacional de la Argentina frente al geométrico crecimiento del Brasil, al que los Estados Unidos por razones estratégicas dieron todo su apoyo crediticio y técnico.

A esto se sumaban las dificultades derivadas del abastecimiento energético que, a pesar del enorme esfuerzo hecho por YPF e YCF, no alcanzaba a cubrir las necesidades industriales y domiciliarias, que habían crecido exponencialmente.

Parecían acabarse los tiempos de la economía expansiva y se abría una etapa que Perón definía de la siguiente manera:

 

El primer gobierno fue el del primer Plan Quinquenal, que era un plan de inversiones. Nosotros teníamos que invertir, que promover. Entonces ahí se hizo una gran tarea revolucionaria. Porque había que invertir, había que modificar, reestructurar. Y estuvo todo a cargo de Miranda, lo llevó bien porque era un hombre de la práctica. No lo podía hacer un burócrata porque no tenía coraje. El segundo Plan Quinquenal no podía ser otro plan de inversión. Tuvo que ser un plan de recuperación para empezar a obtener los beneficios del primer plan y plantar un poco los frenos. No se podía seguir invirtiendo porque hubiéramos

 

desatado desenfrenadamente una inflación mucho mayor. Había que aplicar los frenos. Los que vinieron dieron la sensación de ser de mentalidad conservadora y burócrata, porque empezaron a actuar como auditores, a mirar[319].

 

El elegido por Perón para aplicar los frenos, lo que en lenguaje actual se diría

«enfriar la economía», fue Alfredo Gómez Morales. El nuevo ministro encaró medidas de ajuste del gasto público y de endeudamiento e intentó diversificar la explotación petrolífera con compañías norteamericanas.

Las severas sequías ocurridas entre 1951 y 1952 complicaron aún más las cosas, obligando a la formulación de un plan económico de emergencia. Diría Perón en un discurso:

 

La economía justicialista establece que con la producción del país se satisface primero la necesidad de sus habitantes y solamente se vende lo que sobra; lo que sobra nada más. Claro que aquí los muchachos con esa teoría cada día comen más y consumen más y, como consecuencia, cada día sobra menos. Pero han estado sumergidos, pobrecitos, durante cincuenta años; por eso yo los he dejado que gastaran y que comieran y que derrocharan durante cinco años todo lo que quisieran; se hicieran el guardarropas que no tenían, se compraran las cositas que les gustaban y se divirtieran también; que tomaran una botella cuando tuvieran ganas. […] pero, indudablemente, ahora empezamos a reordenar para no derrochar más… El justicialismo sólo puede asegurar una justicia distributiva en relación con el esfuerzo y la producción. Las comunidades más ricas y felices no son las que ostentan el más elevado consumo. Son las que producen más y ahorran sobre la diferencia[320].

 

Parte del déficit se enfrentó con emisión monetaria, recurso muy usado por las economías centrales. Como lo admitía Perón, «para pagar nuestras reformas hicimos, en parte, buenos negocios; pero en parte, la pagamos con la desvalorización de la moneda, lo mismo que hizo el mundo para pagar la guerra, suspendimos el patrón oro»[321].

Comenzaron a escasear algunos artículos de primera necesidad y a sobrar las quejas de la oposición. El genial Discepolín[322], polemizando con su personaje Mordisquito, satirizaba así la situación:

 

Resulta que antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Sobre todo lo chiquito. Pasaste de náufrago a financista sin bajarte del bote. Vos, sí vos, que ya estabas acostumbrado a saber que tu patria era la factoría de alguien y te encontraste con el regalo de una patria nueva, y entonces, en vez de dar las gracias por el sobretodo de vicuña, dijiste que había una pelusa en la manga y que vos no lo querías derecho sino cruzado. ¡Pero con el sobretodo te quedaste! Entonces, ¿qué me vas a contar a mí? ¿A quién le llevás la contra? Antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Y protestás. ¿Y por qué protestás?

¡Ah, no hay té de Ceylán! Eso es tremendo. Mira qué problema. Leche hay, leche sobra; tus hijos, que alguna vez miraban la nata por turno, ahora pueden irse a la escuela con la vaca puesta. ¡Pero no hay té de Ceylán! Y según vos, no se puede vivir sin té de Ceylán. Te pasaste la vida tomando mate cocido, pero ahora me planteás un problema de Estado porque no hay té de Ceylán. Claro, ahora la flota es tuya, ahora los teléfonos son tuyos, ahora los ferrocarriles son tuyos, ahora el gas es tuyo, pero… ¡no hay té de Ceylán!…[323]

 

De los Apeninos a los Andes

Es un hecho a estas alturas más que comprobado que entre 1945 y 1950 arribaron al país criminales de guerra nazis, fascistas y ustashas[324]. Según las fuentes, se habla de 6000 a 8000 «refugiados». Más allá del número, que no es un detalle menor, lo cierto es que se trata de un tema incómodo, «incorrecto», pero que de ninguna manera puede ser pasado por alto ni minimizado por el hecho de que la presencia de estos detestables personajes no influyera decisivamente en la política peronista.

Se trató de un largo proceso de impunidad que se inició antes del gobierno de Perón y perduró durante los gobiernos subsiguientes, hasta por lo menos el de Menem, cuando fue detectada la presencia del criminal croata Dinko Satic y del jerarca nazi Eric Priebke, cuyo defensor declaró en el juicio que se le inició en Roma tras su extradición:

 

En 1945 el gobierno nacional negoció con Alemania la entrega de documentación que permitió el ingreso de nazis… Se distribuyeron unos 2000 pasaportes y 8000 cédulas en blanco… Con esta modalidad sólo ingresaron en la Argentina unos 2000 nazis, muchos recibieron la cédula argentina pero se radicaron en otros países, como Bolivia, Brasil y Paraguay[325].

 

El tema debe ser encarado con la seriedad que merece y como primer elemento evidente hay que señalar que aquel denostable proceso inmigratorio tuvo responsabilidades compartidas que suelen omitirse. Se habla de la responsabilidad de Perón, lo que resulta a estas alturas evidente, pero se omite que la generadora de este particular «movimiento de población» fue ni más ni menos que la Iglesia Católica en su más alta jerarquía internacional y nacional. No es un dato menor y, por supuesto, no nos extraña que la historia oficial se haya encargado de silenciar estas gravísimas responsabilidades. También jugaron un papel clave en estas «fugas consentidas» los Estados Unidos y Gran Bretaña que, ya lanzados a la guerra fría contra el bloque comunista, estrecharon filas con el Vaticano y atendieron sus razones de salvaguardar a miles de criminales de guerra porque habían sido, y podían volver a serlo cuando se los necesitase, «combatientes contra el comunismo ateo».

Señala Horacio Verbitsky:

 

El mismo número de 8000 alemanes fue mencionado en una Nota Verbal y un Pro Memoria que el Vaticano hizo llegar al embajador argentino, general Nicolás Accame. El Papa había concedido una audiencia personal al jefe de la Delegación Argentina de Migraciones en Europa, Juan Napoleón Lucero Schmidt, a quien interesó por lo que la Nota Verbal menciona como «algunas categorías de personas» que, por sus «especiales condiciones, difícilmente encuentren ayuda», lo cual las deja «expuestas a graves peligros». Luego dispuso que la Secretaría de Estado le hiciera llegar a Lucero Schmidt una copia de la Nota Verbal y del Pro Memoria. Ese último texto dice en forma explícita que se trata de personas «de raza alemana» (sic), que están «recluidos en campos de concentración» por «causas políticas». Agrega que «En octubre de 1947, el señor general Perón, con un gesto altamente humanitario y queriendo tributar con ello

 

un homenaje a Su Santidad, permitió que entraran en la República 8000 prófugos, dándoles toda clase de facilidades».

El Vaticano pedía la repetición de este «generoso y caritativo acto» en 1949 y que se les proporcionara los

medios para los que el embajador Accame era un interlocutor bien dispuesto. En una conferencia pronunciada en su sede pocos días después hizo una descripción idílica de la riqueza argentina y como principal problema señaló que antes del golpe de 1943 se apoderaban de esos bienes con avidez «grandes consorcios extranjeros, principalmente judíos»[326].

 

Las recientes investigaciones permiten concluir que hubo una verdadera red organizada por los nazis derrotados, con la activa participación de la Cruz Roja, de la Iglesia Católica en su más alta jerarquía y los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Italia, España, Portugal y Argentina. La «red de los cardenales» o «de los conventos», como se la llamó, permitió la fuga de criminales de guerra responsables de uno de los horrores más grandes que viviera la humanidad.

El cardenal Antonio Caggiano, ordenado oportunamente en enero de 1946, fue uno de los hombres clave en la Argentina para la introducción de colaboracionistas franceses de los nazis.

Verbitsky señala como ejemplo que, a su regreso de Roma, el cardenal trajo a uno de ellos en su lujoso camarote y que la Cancillería argentina ordenó al cónsul en Roma extender visados de turistas a tres criminales de guerra franceses, sin exigirles el certificado de buena salud y otros documentos requeridos dada «la especial recomendación de S. E. el cardenal Antonio Caggiano»[327].

El jefe de la red de los conventos era el obispo austríaco y miembro del partido nazi Alois Hudal quien en 1939 había escrito:

 

La Iglesia siempre ha considerado que vivir junto a los judíos, mientras sigan siéndolo, es algo peligroso para la fe y la tranquilidad del pueblo cristiano. Ésta es la razón por la que se puede encontrar una larga tradición de leyes y normas eclesiásticas cuyo fin es frenar y limitar la actuación y la influencia de los judíos en medio de los cristianos, así como el contacto de los segundos con los primeros, aislando a los judíos sin permitirles ocupar los cargos y profesiones en los que podrían dominar el espíritu, la educación y las costumbres cristianas o influir en ellos[328].

 

El mismo Hudal decía:

 

Doy gracias a Dios de que me abriera los ojos y me concediera la gracia inmerecida de poder visitar y consolar a muchas víctimas en sus cárceles y campos de concentración en el período de posguerra, y de haber podido arrebatar a no pocos de ellos de las manos de sus torturadores, ayudándoles a escapar a países más felices con documentos falsos. A partir de 1945 me sentí obligado a dedicar todo mi trabajo benéfico principalmente a antiguos nacionalsocialistas y fascistas, especialmente a los llamados

«criminales de guerra»[329].

 

El condecorado aviador nazi Hans-Ulrich Rudel, quien llegó a la Argentina con un pasaporte falso extendido por el Vaticano, declaró públicamente su gratitud a Hudal:

 

A través de él, Roma se convirtió para mucha gente perseguida después de la «liberación» en un refugio y en la salvación… Cualquiera sea la posición de uno frente al catolicismo, hay que reconocer que gracias a la Iglesia, y sobre todo a algunas personalidades que se destacaron dentro de ella por su humanitarismo, se pudo salvar una importante substancia de nuestro pueblo, a menudo de una muerte segura. Lo menos que podemos hacer es no olvidarlo jamás[330].

 

Señala el investigador alemán Holger Meding que la financiación del trabajo de Hudal provenía en parte de los Estados Unidos, más precisamente de la National Catholic Welfare Conference (NCWC) que apoyaba a las organizaciones católicas europeas desde el final de la guerra. La filial italiana de la NCWC transfería los fondos a la Pontifica Commissione Assistenza. «Para Hudal —señala— se abría una valiosa fuente de dinero, de la que podía sacar las sumas necesarias para pasajes marítimos, viajes en tren y manutención de sus clientes, por entonces sin recursos.»[331] Un estrecho colaborador de Hudal, monseñor Karl Bayer, admitiría que el financiamiento de la red venía también de la más alta autoridad de la Iglesia:

«El Papa (Pío XII) proporcionaba el dinero para ello; a veces con cuentagotas, pero llegaba»[332].

Las «fugas» de criminales de guerra croatas hacia la Argentina se hacían con el visto bueno de los Estados Unidos. El embajador norteamericano en Yugoslavia, John Moores Cabot —que lo había sido en la Argentina—, se quejó a Washington porque

«Se ha planteado algún tipo de acuerdo con el Vaticano y Argentina. Nos hemos confabulado con el Vaticano y Argentina para dar refugio a personas culpables en este  último  país»[333].  El  Departamento  de  Estado  le  respondió  lacónicamente:

«Argentina, al acoger a algunos grises[334], acoge a personas que a Yugoslavia le gustaría tener, pero lo hace con la aprobación de las autoridades estadounidenses»[335]. Y finalmente cita un documento secreto inglés que señala: «El gobierno de Su Majestad ha pedido al Vaticano que ayude a llevar a los grises a Sudamérica, aunque ciertamente los buscara el gobierno yugoslavo»[336].

Un informe del agente secreto estadounidense Vincent Lavista concluye:

 

El Vaticano es la más vasta organización comprometida en la reexpedición ilegal de emigrantes. […] El Vaticano fundamenta su participación en el tráfico ilegal de personas con su deseo de infiltrar personas no sólo a los países europeos sino también a los latinoamericanos, con independencia de su orientación política y siempre que sean anticomunistas y pro Iglesia Católica[337].

 

Como se ve, la cosa es mucho más compleja de como se la suele plantear y también mucho más sucia. En plena guerra fría, las potencias occidentales estaban sembrando de fascistas Sudamérica y les «arrebataban» a los países del Este los genocidas que tanto daño habían causado en aquella parte del mundo, evitando así su juicio y castigo.

El caso del «carnicero de Lyon», nombre dado por sus víctimas al jefe de la

 

Gestapo[338] Klaus Barbie, habla a las claras de la actitud de los Estados Unidos sobre el tema. En 1947 Barbie fue incorporado a los servicios secretos norteamericanos y se le asignaron tareas en Sudamérica, sustrayéndolo de la justicia francesa. Al descubrirse su paradero en Bolivia y al concretarse su extradición y juicio, Estados Unidos tuvo que pedir públicamente disculpas al gobierno y al pueblo francés e intentó dar la imagen de que se trataba de un caso único.

¿Cómo funcionaba la red de los cardenales? Los nazis, fascistas y ustashas

tomaban contacto con la Iglesia o la Cruz Roja, que les suministraban documentos falsos y los «resguardaban» en conventos, preferentemente italianos pero también españoles y portugueses, hasta que estuvieran en condiciones de viajar hacia destinos sudamericanos. Uno de los puertos de embarque preferidos era el de Genova (por entonces bajo estricto control norteamericano). En Buenos Aires eran recibidos amistosamente por la gente de la Sociedad Argentina de Recepción de Europeos (SARE), fundada entre otros por el criminal de guerra belga Pierre Daye, que logró huir de Bruselas justo antes de que se cumpliera su condena a muerte. La SARE tenía su sede en una casa de propiedad del Arzobispado de Buenos Aires, en la actual Scalabrini Ortiz 1358, donde hoy funciona el templo Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Un elemento clave era el funcionario de inmigraciones germano-argentino Carlos Fuldner, excapitán de las SS y agente secreto del servicio secreto alemán.

 

 

La banalidad del mal

Uno de los más importantes criminales de guerra nazis, Adolf Eichmann, llegó a la Argentina en 1950 luego de pasar por Génova y recibir de un sacerdote franciscano italiano un pasaporte que lo habilitó para viajar a Buenos Aires.

Eichmann no olvidará el gesto de la Iglesia de Roma hacia él: se convertirá al catolicismo, bautizará a uno de sus hijos con el nombre de Francisco en honor a la orden que lo ayudó y dejará estas palabras imborrables:

 

Recuerdo con profunda gratitud la ayuda que me prestaron sacerdotes de la Iglesia Católica en mi huida de Europa y decidí honrar a la fe católica convirtiéndome en miembro honorario[339].

 

Lo que la mayoría de las crónicas omite, y que afortunadamente remarca la notable filósofa y ensayista alemana Hannah Arendt, es que el primer refugio del criminal Eichmann tras la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial no fue un

«poco confiable país sudamericano» sino la propia Alemania bajo control de los aliados, donde permaneció oculto por nada menos que cuatro años, muy cerca de la ciudad de Hamburgo. También suele omitirse que Eichmann fue detenido por las fuerzas norteamericanas y encerrado en un campo de concentración, del que pudo fugarse antes de ser identificado. Éste es relato de Arendt:

 

Eichmann fue apresado por los soldados norteamericanos y confinado en un campo de concentración destinado a los miembros de las SS, donde, pese a los numerosos interrogatorios a que fue sometido y a que algunos de sus compañeros de campo lo conocían, no se descubrió su identidad. Eichmann fue muy cauteloso, se abstuvo de escribir a sus familiares, y dejó que lo creyeran muerto. […] La esposa de Eichmann quedó sin un céntimo, pero la familia de Eichmann en Linz se encargó de mantenerla, así como a sus tres hijos. En noviembre de 1945 se iniciaron, en Nüremberg, los juicios de los principales criminales de guerra, y el nombre de Eichmann comenzó a sonar con inquietante regularidad. En enero de 1946, Wisliceny compareció ante el tribunal de Nüremberg, como testigo de cargo e hizo su acusadora declaración, ante lo cual Eichmann decidió que más le valdría desaparecer. Con la ayuda de otros internados, escapó del campo de concentración, y fue a Lüneburger Heide, lugar en un bosque, unas cincuenta millas al sur de Hamburgo, donde el hermano de uno de sus compañeros de internamiento le proporcionó trabajo como leñador. Allí permaneció durante cuatro años, oculto bajo el nombre de Otto Heninger, y es de suponer que se aburrió mortalmente. A principios de 1950, logró establecer contacto con la ODESSA, organización clandestina de exmiembros de las SS, y pasó, a través de Austria, a Italia, donde un franciscano, plenamente conocedor de su identidad, le dio pasaporte de refugiado, en el que constaba el nombre de Richard Klement, y lo embarcó con rumbo a Buenos Aires. Llegó allá a mediados de julio, y obtuvo, sin dificultades, los precisos documentos de identidad y el correspondiente permiso de trabajo a nombre de Ricardo Klement, católico, soltero, apátrida, y de treinta y seis años de edad, siete menos de los que en realidad contaba[340].

 

El jerarca permaneció entre nosotros sin ser molestado hasta 1960, atravesando los gobiernos de Perón, Lonardi, Aramburu[341] y Frondizi, hasta que fue secuestrado por un comando israelí para ser juzgado en Jerusalén, donde fue condenado a muerte. Sus últimas palabras fueron: «Dentro de muy poco, caballeros, volveremos a encontrarnos. Tal es el destino de todos los hombres. ¡Viva Alemania! ¡Viva la Argentina! ¡Viva Austria! Nunca las olvidaré»[342].

El entonces cardenal primado, Antonio Caggiano, expresó que el jerarca nazi había llegado «a nuestra patria en busca de perdón y olvido, y no importa cómo se llame, Ricardo Clement o Adolf Eichmann: nuestra obligación de cristianos es perdonar lo que hizo»[343].

Lo escalofriante es la continuidad en la pretensión de mantener la impunidad de estos genocidas que se expresa, por ejemplo, en declaraciones como las del efímero canciller de la llamada «Revolución Libertadora», Mario Amadeo:

 

La Argentina siempre acogió generosamente a los refugiados que vienen de todas partes: eso permitió a Adolfo Eichmann ingresar por medios fraudulentos, así como también lo hicieron numerosos refugiados judíos[344].

 

Consultado sobre el tema, el estrecho colaborador de Perón, Jorge Antonio, nos dijo:

 

Perón no tenía relación con los nazis. Él tenía relación con el embajador alemán y con los alemanes. Tenía una gran relación con Freude[345]. Y Freude defendía mucho a los alemanes, en un principio defendía a los nazis que venían o que pretendían venir, o que incluso habían llegado ya a hacer contacto con la Argentina porque esto había empezado mucho antes de que terminara la guerra. Entró a trabajar en mi organización un montón de gente, entre ellos Adolf Eichmann. Todo el mundo sabía perfectamente que era Adolf Eichmann y figuraba en la Mercedes Benz como Eichmann desde 1950 hasta que lo detuvieron en 1960. A

 

nadie le molestaba, nadie se ocupó de él. Pero no estaba él solo; había 36 alemanes, casi todos ingenieros o contadores, principalmente ingenieros. Era una de las condiciones que los alemanes me ponían: que tomara el personal que ellos me proponían. Todos tenían pasaportes españoles o portugueses[346].

 

Otro notable criminal de guerra que ingresó al país fue el tristemente célebre

«ángel de la muerte», Josef Mengele, el médico que realizó experimentos horrorosos con seres humanos en el campo de exterminio de Auschwitz. Llegó en 1949 con un pasaporte emitido por la Cruz Roja a nombre de Helmut Gregor. Según cuenta Tomás Eloy Martínez:

 

Perón me habló con entusiasmo de un especialista en genética que solía visitarlo en la residencia presidencial, entreteniéndolo con el relato de sus maravillosos descubrimientos. «Un día», dijo Perón, «el hombre vino a despedirse porque un cabañero paraguayo lo había contratado para que le mejorara el ganado. Le iban a pagar una fortuna. Me mostró las fotos de un establo que tenía por allí, cerca de Olivos, donde todas las vacas le parían mellizos». Pregunté cómo se llamaba el taumaturgo. «Quién sabe», meneó la cabeza Perón. «Era uno de esos bávaros bien plantados, cultos, orgullosos de su tierra. Espere… Si no me equivoco, se llama Gregor. Eso es. Doctor Gregor»[347].

Helmut Gregor fue el nombre con que Joseph Mengele buscó asilo en la Argentina, a mediados de 1949[348].

 

Este documento aportado por Tomás Eloy Martínez es uno de los pocos testimonios que nos han quedado de contactos personales de Perón con jerarcas nazis. No fue así, en cambio, con los ustashas, con quienes el General mantuvo un trato más fluido, particularmente con el más destacado de ellos, Ante Pavelic.

 

Richter o el ícaro[349] de Huemul

 

Los técnicos argentinos trabajaron sobre la base de reacciones termonucleares que son idénticas a aquellas por medio de las cuales se libera energía atómica en el Sol. Los resultados de estos y otros muchos ensayos previos condujeron a que el 16 de febrero del corriente año se efectuaran con pleno éxito los primeros ensayos que llevaron a la liberación controlada de la energía atómica. Será interesante que los técnicos de los países extranjeros sepan que en el transcurso de nuestros trabajos en el reactor termonuclear, los problemas de la llamada bomba de hidrógeno han podido ser estudiados intensamente. Con sorpresa, pudimos comprobar que las publicaciones de los más autorizados científicos extranjeros están enormemente lejos de la realidad[350].

 

Con estas palabras, el 24 de marzo de 1951, un Perón exultante anunciaba con bombos y platillos que, tras los experimentos realizados en la isla Huemul, cerca de Bariloche, se había logrado el control de las reacciones termonucleares a escala técnica. A su lado se encontraba Ronald Richter, el científico austríaco[351] responsable de llevar adelante tan espectacular logro.

Después de las palabras de Perón se lo pudo escuchar a Richter en un tono que intentó ser didáctico:

 

Cuando en el Universo las llamadas estrellas novas explotan, aparecen explosiones de miles de kilómetros

 

por segundo y éstas pueden fotografiarse con un espectógrafo normal. En el reactor hemos fotografiado estas explosiones también con un espectógrafo normal, sin emplear interferómetros. Eso quiere decir que en estos reactores se producen explosiones de la misma índole que las que ocurren en las estrellas novas, con la misma velocidad de gas. Con esto sólo se quiere dar un ejemplo de que se está recorriendo un nuevo camino y en publicaciones posteriores se irán probando estos asuntos. No diremos cómo se efectúan los procesos pero comprobaremos que los llevamos a cabo. […] Sé que este cuadro es incompleto y casi incomprensible debido a los secretos que hay que mantener por razones de seguridad. Por otra parte, no se pueden romper convenciones usuales divulgando nuestros secretos. Por eso creo preferible que ustedes formulen preguntas. Yo responderé en la medida de lo posible[352].

 

Un   periodista   de   Clarín   quiso   conocer   más   detalles   sobre              el                «colosal descubrimiento» y mantuvo la siguiente entrevista con Richter:

 

PERIODISTA: Doctor ¿Puede darnos usted […] una explicación de lo que ocurrió el 16 de febrero en la isla?

RICHTER: Durante un tiempo se buscaron las reacciones nucleares en las zonas de altas temperaturas así como también hubo otro en el que sólo se buscó producir temperaturas altas sin reacciones nucleares. El

16 de febrero se reunieron todas las investigaciones parciales en un gran experimento y, por rara coincidencia, éste no falló.

PERIODISTA: ¿Hubo explosión? RICHTER: Sí […]

PERIODISTA: ¿Hubo un ruido grande? RICHTER: SÍ; hubo un ruido inmenso.

PERIODISTA: ¿Se pudo haber oído fuera de la isla? RICHTER: Eso depende de si hay tormenta.

PERIODISTA: Me refiero a si lo pudieron haber oído los pobladores de Bariloche. RICHTER: No lo oyeron. Están a una distancia de seis millas y media.

PERIODISTA: Yo deseo preguntarle qué relación existe entre nuestro método y el de la bomba de hidrógeno.

RICHTER: En la bomba de hidrógeno trata de hacerse explosivo lo que nosotros controlamos. PERIODISTA: ¿Cuál es la relación entre los costos del proceso extranjero y el nuestro?

RICHTER: Aun cuando todavía no se puede definir exactamente, esta relación de costos es infinitamente inferior en nuestro procedimiento, en razón de que nosotros no utilizamos uranio ni fábricas de uranio, ni se necesitan pilas de uranio o plantas de separación, como tampoco fábricas de plutonio. También renunciamos a la obtención de tritón.

PERIODISTA: ¿Qué tiempo demandaría la aplicación de lo que se ha logrado el 16 de febrero? RICHTER: […] Lo seguro es que la reacción termonuclear se ha producido y que la evolución necesaria para su aplicación posterior es ya conocida por nosotros. Pero hay que recalcar la suerte que hemos tenido. Efectivamente se necesita mucha suerte para resolver esta cuestión exitosamente en el plazo relativamente corto de tres años.

PERIODISTA: En nuestro país, ¿se pueden producir bombas atómicas?

RICHTER: Posible es pero, de acuerdo con lo que yo sé, el señor presidente se opone a eso. Si quisiéramos hacer bombas de hidrógeno tendríamos que invertir la misma cantidad de capitales como se ha hecho en otros países pero queremos evitar eso.

PERIODISTA: Para tener una idea de los trabajos, ¿es muy grande el lugar dónde se realiza la reacción? RICHTER: No deseo comentarlo, pero dentro de breve plazo creo que se podrán dar a publicidad fotografías que muestran las instalaciones donde se ha trabajado.

PERIODISTA: En la proximidad de las instalaciones, ¿existe peligro de radiactividad, como existe en las instalaciones de otros países?

RICHTER: No, pero en cambio hay peligro de explosiones[353].

 

El anuncio catapultaba al país a una posición de vanguardia científica, ya que la

 

Argentina se convertía de pronto en el primer país en el mundo en obtener energía nuclear en forma controlada mediante el sistema de fusión —la unión de átomos—, similar a la forma en que produce energía el Sol. Sin embargo, todo el asunto no tardaría en convertirse en un verdadero papelón histórico. Para apreciar la magnitud de tal anuncio basta con decir que la generación de energía en forma útil mediante la fusión controlada no ha podido conseguirse aún en nuestros días.

La obtención de energía nuclear por medio de la fisión —la división del átomo—

ya había sido conseguida en 1942 por el científico italiano Enrico Fermi, y en 1945 el mundo fue testigo de la liberación de este tipo de energía en forma no controlada, tras las explosiones de las bombas en Hiroshima y Nagasaki[354].

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, los países vencedores se lanzaron a una encarnizada disputa por atraer a los afamados cerebros alemanes, ante la indiscutible maestría técnica germana en aerodinámica, teledirección, desarrollo submarino y física nuclear. Perón procuró no permanecer ajeno a esta carrera tecnológica y armamentista, y no escatimó esfuerzos para lograr nuevos avances científicos.

Sin embargo, al llegar al campo de la física nuclear, el asunto cobró cariz de papelón mundial, además de costar al país una enorme cantidad de dinero. El portador de los atómicos cantos de sirena fue Ronald Richter, un científico austríaco que se había desempeñado en la Luftwaffe[355] durante la Segunda Guerra Mundial. Con una recomendación del ingeniero aeronáutico Kurt Tank bajo el brazo, Richter llegó al país en agosto de 1948 y poco después se entrevistó con el líder justicialista. No fue difícil endulzar los oídos del General, quien de inmediato se entusiasmó con la idea de generar energía equivalente a la del Sol, pero aquí en la Argentina.

En julio de 1949, Richter consiguió que se creara el Centro Huemul, un laboratorio montado sobre la isla del mismo nombre, en el lago Nahuel Huapi, cerca de Bariloche. En febrero de 1951, el científico austríaco realizó el grandilocuente anuncio, pero muy pronto la imposibilidad de comprobar sus resultados desencadenaría el bochorno. A lo largo de 1952, dos comisiones evaluaron los experimentos de Richter. Una de ellas, integrada por el doctor José Balseiro, especialmente llamado de Inglaterra para investigar el asunto, presentó conclusiones lapidarias.

El informe decía que no había elementos que pudieran «justificar en modo alguno afirmaciones […], tales como el haber logrado reacciones termonucleares, poder mantenerlas y controlarlas»[356]. Más aún, la comisión sostenía que Richter había demostrado  «no  poseer  suficiente  criterio  crítico  experimental»  y  que  no  podía

«confiarse en las consecuencias que deduce de sus experimentos». Para que no quedaran dudas, el informe establecía que el científico había incurrido «en errores respecto de conocimientos elementales de física que no serían excusables en un

 

alumno universitario»[357].

Uno de los más destacados investigadores del tema, el doctor Mario Mariscotti, devela el misterio atómico de Huemul a través de una entrevista con Heinz Jaffke, amigo y asistente de Richter:

 

En aquel tiempo, Richter tenía instalado su primer reactor, un cilindro de tres metros de altura y dos de diámetro y un espectógrafo con una placa fotográfica sobre la que se registraba el espectro —una secuencia irregular de líneas delgadas verticales— de los átomos «quemados» en el arco voltaico situado en el centro del cilindro. A medida que se producía la descarga en el arco, la placa fotográfica se movía hacia arriba, registrando el espectro emitido en los distintos instantes de la experiencia. En estas condiciones, en el supuesto de alcanzarse altas temperaturas, la placa registraría un ensanchamiento de esas delgadas líneas del espectro. «El mecanismo de deslizamiento no era bueno —me hizo notar Jaffke al describir las características del instrumento—, a veces se trababa y la placa al avanzar quedaba inclinada». La placa fotográfica obtenida el 16 de febrero de 1951 […] fue examinada por Jaffke mientras cruzaba el lago para llevársela a Richter. Se sorprendió; las líneas no aparecían rectas como era habitual sino que en una zona de la placa mostraban una cierta ondulación. «Al ver este extraño efecto, Richter se entusiasmó y dijo que eso era la señal del éxito —recuerda Jaffke—. Aunque no soy físico y no podía juzgar enteramente lo que Richter hacía, me pareció que la desviación de las líneas podría deberse al mecanismo defectuoso de deslizamiento de la placa del espectógrafo. Así que le sugerí repetir el experimento, pero Richter se negó». Esta descripción de Jaffke me dejó perplejo. Richter —actuando contrariamente a las normas elementales de la investigación científica— se negó a repetir la medición cuando todo indicaba que, efectivamente, había habido un error instrumental, y el secreto atómico de Huemul quedaba reducido a una falla en el mecanismo de deslizamiento de la placa del espectógrafo[358].

 

Hacia fines de 1952, el gobierno decidió cerrar las instalaciones de Huemul y dar por concluida la aventura de la fusión nuclear. Como las alas de Ícaro en su viaje al Sol, las pretensiones del científico que ambicionó crear un pequeño sol en el sur argentino no tardaron en desmoronarse. El lamentable fiasco, sin embargo, le valdría al país una sólida plataforma para el futuro desarrollo de la energía atómica, ya que en plena embriaguez nuclear, el gobierno fundó, el 31 de mayo de 1950, mediante decreto 10.936, la Comisión Nacional de Energía Atómica, una institución que posicionaría al país en un lugar prominente en la investigación de la energía nuclear.

 

 

La huelga ferroviaria de 1950-1951

Con el trasfondo de los problemas económicos, algunos reclamos sindicales que desbordaron a las direcciones encuadradas en la CGT trajeron un clima de tensión en el frente menos esperado por el gobierno de Perón: el movimiento obrero.

Los ferroviarios de la línea Roca se declararon en huelga a fines de 1950. No era el primer conflicto gremial que debía afrontar el peronismo en el poder ni sería el último, pero resultaría el de mayor repercusión política durante el primer gobierno del General. A Evita le sonaba a traición y recordaba las conclusiones del congreso de la CGT del año anterior, donde se decía que «la doctrina peronista, magistralmente expuesta por el general Juan Perón, define y sintetiza las aspiraciones fundamentales

 

de los trabajadores argentinos» y recomendaba, a las organizaciones afiliadas y a los trabajadores en general «la eliminación de los elementos comunistas, francos y encubiertos, y a todos aquellos que se solidaricen con su acción»[359].

La bronca de Evita tenía que ver con la idealización de aquella «nueva Argentina» —en la que ella misma admitía que faltaba tanto por hacer— y con su manejo personal de las cuestiones sindicales, que la hacían pensar que los justos reclamos reivindicativos, por condiciones de trabajo, o por aumentos salariales, iban dirigidos contra ella y Perón e implicaban un desconocimiento de la obra del peronismo y, por lo tanto, una traición.

Pero no era así. El peronismo estaba operando una extraordinaria transformación de la Argentina en un sentido progresivo. Pero todo proceso de transformación puede sufrir momentos dinámicos, de estancamiento o aún de retroceso, sobre todo cuando la iniciativa queda limitada a la conducción y se teme o se desalienta, por métodos a veces disuasivos y otras veces violentos, la participación activa de las masas en las decisiones y en la orientación del proceso de cambio. La certeza de Evita de que ella interpretaba exactamente el sentir y las aspiraciones de «todos» los trabajadores no podía sino contrastar con la dinámica de concientización de las masas y de la asunción de los derechos laborales como inherentes y naturales a la simple condición de trabajador. Esta conciencia venía de una larga tradición combativa del movimiento obrero argentino y se había popularizado y extendido incluso a los trabajadores no sindicalizados de todo el país gracias a la propia propaganda peronista.

La huelga se extendió a casi todas las líneas férreas. La reacción del gobierno fue violenta y se concretó en la intervención del gremio y el despido de delegados y activistas. La consecuencia fue la generalización de las medidas de fuerza, que abarcaron a todos los ramales, el desconocimiento de la intervención de la Unión Ferroviaria y la creación de una Junta Consultiva de Emergencia que decretó un paro general ferroviario por tiempo indeterminado a partir del 7 de enero de 1951.

El gobierno, apoyado por la oficialista CGT, declaró ilegal la medida de fuerza.

Evita sintió que su papel de nexo entre Perón y los gremios estaba en juego y decidió pasar a la acción. Recorrió personalmente algunas de las más importantes terminales ferroviarias para hablar con los trabajadores en huelga.

Cuando llegó a la estación de Banfield, se encontró con una asamblea de huelguistas a los que les espetó: «Ustedes le están haciendo el juego a los contreras. Vuelvan al trabajo»[360].

Los obreros trataron de explicarle que la huelga no era contra ella y le expusieron su lista de reivindicaciones.

El 19 de enero, el diario La Razón daba cuenta de la intención de Evita de poner paños fríos. El vespertino titulaba: «Al personal de Ferrocarriles del Estado habló la señora Eva Perón». La nota señala que

 

en una ceremonia realizada en el Ministerio de Trabajo fue firmada el acta por la cual se conceden apreciables mejoras al personal de la institución Cooperativa del Personal de los Ferrocarriles del Estado Limitada. El acto se vio prestigiado con la presencia de la señora Eva Perón y revistió el carácter de homenaje y agradecimiento por su intervención en la concreción de dichas mejoras[361].

 

Pero la huelga siguió y se llevó puesto al ministro de Transporte, Juan José Castro.

Perón decidió dejar de lado a Evita en este asunto y ocuparse personalmente del tema. Declaró ilegal el paro y a través de un decreto habilitó al personal militar para hacer funcionar los trenes. Centenares de trabajadores ferroviarios fueron despedidos y, muchos de ellos, encarcelados y puestos a disposición del Poder Ejecutivo.

Era el primer fracaso político de Evita y una prueba más de que no podía hacer política por su cuenta, que su guía, pero también su límite, seguía siendo Perón.

 

 

La Eva

Si bien la mayoría de los militares nunca vieron con buenos ojos la relación de Perón con Eva, su amplio consenso popular les tornó imposible oponerse abiertamente a ella. La situación cambió tras la crisis económica de 1949, cuando los factores de poder creyeron ver una grieta por donde introducir sus planes desestabilizadores. A partir de allí el propio ministro de Guerra, Humberto Sosa Molina, fue el portavoz del descontento de los oficiales jerárquicos hacia la obra de la esposa del presidente. Para ellos, Perón debía forzar un imposible: el retiro de Evita a la vida privada. Obviamente, Perón no aceptó; en cierta medida, subestimaron la lealtad de Perón hacia su esposa y su sentido de la realidad política. Evita era a esta altura un elemento estratégico clave en su relación con las masas y la pulseada la ganó Eva: el general Franklin Lucero reemplazó a Sosa Molina, que fue designado ministro de Defensa, un cargo sin mando efectivo de unidades militares, y ella continuó con sus funciones habituales.

 

 

La cruz y la espada

Mientras tanto, la guerra fría lucía sus peores galas y el «héroe del Pacífico», aquel general McArthur que había supervisado la ocupación del Japón después de los miles de muertos de Hiroshima y Nagasaki, se peleaba con el presidente Truman por la estrategia a seguir en la guerra de Corea. McArthur, emulando al perro de Pavlov[362], pidió que arrojasen la bomba atómica sobre la recientemente proclamada República Popular China. Truman no estuvo de acuerdo y McArthur se tuvo que ir con su

«heroísmo» a otra parte.

El mundo volvía a estar en guerra y crecía el protagonismo de los círculos

 

castrenses. Los camaradas militares de Perón fueron los primeros en expresar su enojo y preocupación por un rumor que ya ganaba la calle: la candidatura de Evita a la vicepresidencia.

Bajo sus gorras bien calzadas, aquellas mentes machistas no querían siquiera

imaginarse a una mujer y mucho menos a «esa mujer» presidiendo una ceremonia militar y dando órdenes a los uniformados; ni mucho menos la hipótesis de máxima, la muerte violenta de Perón, accidental o natural, y la asunción de «la Eva» a la primera magistratura y, por lo tanto, al cargo inherente de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas de aire, mar y tierra.

También la Iglesia puso, según su costumbre, el grito en el cielo. La cúpula católica practicaba en silencio una fuerte enemistad con Evita. Unía al desprecio de clase, ya que en su casi totalidad la alta jerarquía del episcopado argentino estaba compuesta por miembros de la más rancia oligarquía, su histórica discriminación, tan anticristiana, por los hijos llamados «naturales» y por las mujeres calificadas como

«de la vida», es decir, las prostitutas; incluían a Evita en aquel rubro sin ningún fundamento y olvidaban a la primera mujer «de la vida» que rescata el Nuevo Testamento como la más fiel seguidora de Jesús, María Magdalena, últimamente señalada hipotéticamente como su compañera sentimental. Pero además de estas añejas y reaccionarias consideraciones «morales», la Iglesia argentina estaba muy dolida porque Evita había ocupado un espacio público, por ende político, que antes era un monopolio indiscutido suyo y de sus «damas de beneficencia». Para colmo de males, cada día la obra de Evita —que ella definía como «ayuda social», caracterizándola como un derecho y no como una dádiva— demostraba su rapidez, eficacia y eficiencia y denunciaba la ineficiencia, la lentitud, la oscuridad administrativa y la selectividad de más de un siglo de «caridad» católica en la Argentina. Esta operación política de Perón y Evita le quitaba protagonismo social a la Iglesia. La relegaba al papel menor y antipático de señalar las fallas morales de la sociedad y a predicar su histórico discurso de resignación ante todas las injusticias. Todo esto se daba de patadas con lo que proponía y practicaba Evita: la dignificación de los deseos de superación y la didáctica de los derechos adquiridos frente a la prepotencia oligárquica.

 

No soy antimilitarista ni anticlerical [decía Evita] en el sentido en que quieren hacerme aparecer mis enemigos. Lo saben los humildes sacerdotes del pueblo que también me comprenden a despecho de algunos altos dignatarios del clero rodeados y cegados por la oligarquía. También lo saben los hombres honrados que en las fuerzas armadas no han perdido contacto con el pueblo. Los que no quieren comprenderme son los enemigos del pueblo metidos a militares. Éstos no. Ellos desprecian al pueblo y por eso lo desprecian a Perón que siendo militar abrazó la causa del pueblo… aún a costa de abandonar en cierto momento su carrera militar[363].

 

Finalmente, la Sociedad Rural, las corporaciones económicas y todo el arco

 

partidario opositor se mostraron decididamente contrarios a la candidatura de «la Perona», como la llamaban.

 

 

Perón-Perón

Para fines de febrero de 1951 ya eran muchos los gremios de todo el país movilizados para solicitarle a la CGT que lanzara la candidatura de Evita a la vicepresidencia de la Nación. El diario oficialista Democracia daba cuenta de que el pedido formal a Perón se concretó el 24 de febrero, cuando le plantearon «el vehemente anhelo de todos los trabajadores en el sentido de que la señora Eva Perón sea consagrada vicepresidenta de la Nación»[364]. A este pedido se sumó el esperado del Partido Peronista Femenino y de centenares de agrupaciones políticas y sindicales de todo el país.

Era evidente que la idea de la candidatura de Evita les resultó más que atractiva a todos los peronistas, y comenzó una campaña no oficial para impulsar la formula Perón-Perón para las elecciones del 11 de noviembre de 1951. El 6 de agosto, el radicalismo designó en un congreso partidario la fórmula Ricardo Balbín-Arturo Frondizi para esos comicios.

 

 

El renunciamiento

Después de muchas idas y vueltas, la CGT decidió que el 22 de agosto de 1951 sería el gran día de la proclamación de la fórmula Juan Domingo Perón-Eva Perón frente al Ministerio de Obras Públicas, en la intersección de las avenidas 9 de Julio y Belgrano. Cada gremio mediría su poder a través de su capacidad de movilización. No se podía fallarle a Evita. El gobierno puso toda su infraestructura a disposición del acto. Los trenes y los ómnibus desde todos los puntos del país fueron gratuitos. A los manifestantes llegados de todas partes se los alojó, se los proveyó de viandas y se los agasajó con asados, bailes, funciones de cine y teatro.

Un camarógrafo de la Fox norteamericana viajó especialmente a Buenos Aires para cubrir en colores la concentración. El palco era monumental y estaba coronado con un enorme cartel que decía: «Juan Domingo Perón-Eva Perón – 1952-1958, la fórmula de la patria».

Se habló de una concurrencia de dos millones de personas. La Policía Federal y las agencias internacionales coincidieron en bajar la cifra a 250.000 presentes. Habían venido de todos lados. Eran familias enteras que pugnaban por ver a Evita. No eran pocas las mujeres y los niños que contaban que la habían conocido en persona en la Fundación o en alguna de sus giras por el interior, que los había saludado, que los había besado y que les había solucionado algún problema. Allí estaban, con sus mejores ropas o con las únicas decentes, como se decía entonces, con toda su

 

dignidad y su orgullo peronista para ver a la Eva en su día de gloria, en su merecida proclamación.

Pero las cosas iban a ser diferentes a lo imaginado por la «masa sudorosa» y muy probablemente lo serían con el conocimiento previo de sus protagonistas, que sabían perfectamente el final de lo que la oposición no dudó en llamar «aquella puesta en escena». No sería la última vez que el pueblo peronista se llevaría una decepción, que se juntaría de a cientos de miles con un objetivo y una certeza y se volvería a su casa, por lo menos, desconcertado.

La multitud cantaba la marcha peronista y en las pausas que daban los altoparlantes coreaba insistentemente el nombre de Evita.

Sólo hubo silencio cuando Evita subió al palco y se acercó al micrófono para decir: «Es para mí una gran emoción encontrarme otra vez con los descamisados, como el 17 de octubre y como en todas las fechas en que el pueblo estuvo presente»[365]. Hizo un balance de la obra del gobierno peronista y fustigó a los oligarcas y a los contreras. Hasta que comenzó a referirse al tema que había llevado allí a toda esa gente, su gente, su pueblo:

 

Yo les pido a la Confederación General del Trabajo y a ustedes por el cariño que nos profesamos mutuamente, para una decisión tan trascendental en la vida de esta humilde mujer, me den por lo menos cuatro días[366].

 

Y allí se escuchó claramente la palabra que nadie quería escuchar: «Compañeros. Compañeros…, compañeros. Compañeros: yo no renuncio a mi puesto de lucha, yo renuncio a los honores…». Y agregó: «Yo haré, finalmente, lo que decida el pueblo.

¿Ustedes creen que si el puesto de vicepresidenta fuera un cargo y si yo hubiera sido una solución no habría contestado ya que sí?». Pero la gente no quería más evasivas y gritaba: «Contestación, contestación». Y Evita respondió:

 

Compañeros: por el cariño que nos une, les pido por favor no me hagan hacer lo que no quiero hacer. Se lo pido a ustedes como amiga, como compañera. Les pido que se desconcentren.

 

Nada parecía calmar a la multitud y Evita probó:

 

Compañeros: ¿Cuándo Evita los ha defraudado? ¿Cuándo Evita no ha hecho lo que ustedes desean? Yo les pido una cosa: esperen a mañana[367].

 

José Espejo[368] no tuvo una muy buena idea cuando dijo por el micrófono:

«Compañeros: La compañera Evita nos pide dos horas de espera. Nos vamos a quedar aquí. No nos moveremos hasta que nos dé la respuesta favorable». Se ganó una mirada fulminante de Perón que empezó a repetir insistentemente: «Levanten este acto, ¡basta ya!»[369]

Pero la voz de Evita no se escucharía hasta nueve días después, nueve largos días

 

cargados de especulaciones políticas y expectativas. Recién a las 20.30 del 31 de agosto de 1951 anunció por la cadena nacional de radiodifusión su «irrevocable decisión de renunciar al honor que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron conferirme en el histórico Cabildo Abierto del 22 de agosto». Y concluyó pidiendo:

 

que de mí se diga, cuando se escriba el capítulo maravilloso que la historia dedicará seguramente a Perón, que hubo al lado de Perón una mujer que se dedicó a llevar al Presidente las esperanzas del pueblo y que, a esa mujer, el pueblo la llamaba cariñosamente Evita[370].

 

La idea de promover la fórmula Perón-Eva Perón, sabiendo que no llegaría a concretarse, le servía a Perón para obturar el segundo término del binomio, un lugar conflictivo que parecía ocupado indiscutiblemente por su mujer y que le permitiría, tras el «renunciamiento», presentar el hecho consumado de la postulación del veterano e inofensivo Hortensio Quijano. La inclusión del viejo radical antipersonalista y vicepresidente decorativo en ejercicio, desmentía a quien quisiera verlo la versión de que Evita no sería candidata por razones de salud, ya que don Hortensio padecía un cáncer tan fulminante que no lo dejaría llegar vivo a asumir su cargo. Murió el 3 de abril de 1952, dos meses antes de que Perón asumiera, sin vice, la presidencia.

 

 

Para golpistas, los Menéndez

La confirmación de la renuncia de Evita a la candidatura no logró frenar la inercia de un movimiento militar contra Perón, que se había puesto en marcha a partir de la postulación de su esposa y que ahora encontraba un norte en impedir la reelección del

«tirano». Perón fue informado por sus servicios de inteligencia que el complot estaba encabezado por el general retirado del servicio activo desde 1942, Benjamín Menéndez[371], acompañado por los oficiales Julio Alsogaray, Tomás Sánchez de Bustamante, Alejandro Agustín Lanusse[372], Larcher, Guglialmelli, Álzaga y el capitán de navío Vicente Baroja que proponía «darle muerte al tirano en su guarida».

En medio de los aprestos militares, el general Menéndez convocó a una reunión secreta para transmitirles a importantes referentes de la oposición los pasos a seguir. Asistieron Arturo Frondizi de la UCR, Américo Ghioldi por el PS, Reynaldo Pastor por los Demócratas Nacionales o sea los conservadores, y Horacio Thedy en representación de los Demócratas Progresistas. El jefe golpista les dijo a sus atentos contertulios que su objetivo era derrocar a Perón antes de los comicios de noviembre, reimplantar la vigencia de la Constitución de 1853 y anular la de 1949[373].

Según declaraciones de Menéndez al diario La Prensa[374], los políticos comprometieron su apoyo al golpe. Con ese respaldo, el general decidió reunirse con su colega Lonardi. Pero allí aparecieron las diferencias que se mantendrían cuatro

 

años más tarde, cuando le tocase a Lonardi el turno de encabezar el golpe triunfante contra Perón: mientras Menéndez quería desarmar por completo el Estado peronista y quitarles todas las conquistas sociales a los trabajadores, retrotrayéndolos al régimen de semiesclavitud que regía antes de 1943, Lonardi sostenía que debía mantenerse la legislación social vigente y garantizar los derechos y mejoras alcanzadas por los asalariados. Cuando todavía no habían llegado a un acuerdo y temiendo que Lonardi le arrebatara la conducción del golpe, Menéndez se lanzó a la ofensiva.

El movimiento estalló en las primeras horas del 28 de septiembre. Como corresponde a todo golpista que se precie, Menéndez redactó su proclama, que decía:

 

He resuelto asumir hoy ante el pueblo de mi Patria la extraordinaria responsabilidad de encabezar un movimiento cívico-militar, que por sintetizar un sentimiento casi unánime deberá conducirnos, indefectiblemente, a dar término a una situación que no puede ya ser sostenida ni defendida. Cuento para ello con el apoyo de las fuerzas de tierra, mar y aire, y el respaldo de la ciudadanía representada por figuras prominentes de los partidos comprometidos a una tregua política que asegure la más amplia obra de conciliación nacional y el retorno a una vida digna, libre y de verdadera democracia[375].

 

El intento de golpe tuvo su tímido epicentro en Campo de Mayo, donde los

«revolucionarios» sólo alcanzaron a poner en marcha dos o tres tanques. El presidente declaró el estado de guerra interno. La CGT dispuso una huelga general y el estado de alerta y llamó a una concentración en Plaza de Mayo.

A las tres de la tarde todo había terminado y Perón pudo dirigirse a una Plaza de Mayo colmada de simpatizantes. Fiel a su «tercera posición», Perón culpó a «las oscuras fuerzas del capitalismo y del comunismo» y agregó:

 

Un grupo de malos argentinos ha deshonrado el uniforme de la patria […]. Cuando comenzaron a sonar los primeros disparos, levantaron la bandera blanca para darse por vencidos. Son unos cobardes porque no tuvieron el coraje de morir en el momento en que debían haber sacrificado sus vidas por salvaguardar su honor. Por esto sufrirán la pena que se debe imponer a los cobardes. El oprobio de ser ejecutados[376].

 

La gente gritaba «leña» y «a la horca», y Perón respondió:

 

Esto es exactamente lo que haré. Y servirá como ejemplo. Todo el mundo debe saber que los que en el futuro se arriesguen a enfrentársenos tendrán que matarnos, porque de otra forma nosotros seremos los que los mataremos a ellos[377].

 

Pero en este caso, como le recordaría Evita días más tarde, primó más su pertenencia a la corporación militar y su temor a las consecuencias del anunciado ajusticiamiento de los golpistas, que su fidelidad a la consigna «Perón cumple».

 

 

Evita y las milicias

Evita estuvo al margen de los hechos. Su salud se iba apagando. En su habitación del

 

primer piso de la residencia presidencial —el Palacio Unzué, ubicado donde hoy funciona la Biblioteca Nacional, en Libertador y Austria— se montó una clínica con todo lo necesario para atenderla, a cargo del doctor Jorge Albertelli, quien debió instalarse en la residencia.

Postrada, recibió aquel día una de las tantas aplicaciones de rayos. Recién al final de la tarde, cuando emergió de los efectos de la anestesia que le había aplicado el doctor Roberto Goyenechea, fue informada por Perón de lo ocurrido y pidió que un equipo de radio se trasladara a la residencia para hablarle al país. Su voz se escuchaba firme pero apagada y dolida.

Sin embargo, no había perdido su capacidad de iniciativa. No habían pasado 24 horas del intento golpista cuando Evita, tras insistirle sin éxito a Perón con la pena de muerte para los complotados, convocó a la cúpula de la CGT y les encargó la compra de cinco mil pistolas automáticas y mil quinientas ametralladoras con sus municiones correspondientes, para formar milicias obreras de autodefensa. Todos los gastos correrían por cuenta de la Fundación. Un grupo selecto de oficiales y suboficiales de comprobada lealtad estaría a cargo del entrenamiento militar. La operación se concretó a través del príncipe Bernardo de Holanda, que había visitado el país hacía pocos meses y había probado el Pulqui, el primer avión militar a reacción producido íntegramente en el país. Lo que pocos saben o mencionan es que las milicias se formaron y comenzaron a entrenar. Una de sus integrantes recuerda:

 

En el diario La Prensa, controlado por aquel entonces por la central obrera, se creó una comisión de milicias obreras, entre cuyos integrantes figuraba quien esto escribe. Algunos sectores de las milicias efectuaron trabajos de adiestramiento con armas, impartidos por suboficiales del Ejército. Esto llegó a conocimiento de Perón, que no ocultó su descontento. Él no era adicto a una movilización armada del pueblo. Las cosas siguieron lentamente y sin estridencias, debido a que la enfermedad de Evita se agravaba día a día. La única corazonada de esta gran luchadora, que intentó que el pueblo tuviera protagonismo real de la forma que fuera, quedó frustrada. Esas armas llegaron al país, pero el mismo Perón ordenó, después de su muerte, que se archivaran en el Arsenal Esteban de Luca y se destinaran más tarde para reequipar la Gendarmería Nacional[378].

 

 

 

Santa Evita

El 15 de octubre de 1951, la editorial Peuser publicó la primera edición de La razón de mi vida, el libro que Evita le había dictado a Manuel Penella de Silva, un periodista español que cobró 50.000 pesos (unos 4000 dólares a la cotización de entonces). La primera tirada fue de 300.000 ejemplares, divididos en tres subediciones: una económica de 9 pesos (unos 60 centavos de dólar), otra de 16 pesos (1,20 dólar) con tapa dura y una edición de lujo destinada a ser obsequiada a visitantes ilustres y miembros del cuerpo diplomático. Su pésimo estado de salud no le permitió a Evita estar presente en la editorial el día del lanzamiento. Prefirió

 

guardar sus fuerzas para hablar en la Plaza de Mayo en el acto por el sexto aniversario del 17 de octubre.

Éste sería su último 17. Eva seguramente lo presentía y por eso su discurso tuvo tanto sabor a despedida. Su estado era extremadamente delicado y había discutido fuertemente con sus médicos y enfermeras, que le recordaban lo imprescindible que era su reposo absoluto. Llegó con dificultad al balcón y tuvo que hacer enormes esfuerzos para mantenerse de pie durante el acto. Antes de que ella comenzara a hablar a sus descamisados, lo hizo Perón, que la sostuvo durante gran parte de la ceremonia desde la cintura, le impuso la gran Medalla Justicialista en Grado Extraordinario y dijo:

 

Ella, durante estos seis años, me ha mantenido informado al día de las inquietudes del pueblo argentino. Ese maravilloso contacto de todos los días en la Secretaría de Trabajo y Previsión, donde ha dejado jirones de su vida y de su salud, ha sido un holocausto a nuestro pueblo, porque ha permitido que, a pesar de mis duras tareas de gobierno, haya podido vivir todos los días un largo rato en presencia y contacto con el pueblo mismo[379].

 

Cuando Perón terminó de hablar, Evita lo abrazó llorando, como puede verse en las filmaciones de la época y en una foto que ha quedado para la historia. La gente cantaba «mañana es San Perón», reclamando el feriado del día siguiente, a lo que Perón respondió: «Como este 17 de octubre fue dedicado a mi esposa, en vez de San Perón, hagamos Santa Evita»[380].

Ese día nacía la televisión en la Argentina. LS82 TV Canal 7 inauguraba sus emisiones con la transmisión, para los escasísimos televidentes del país, del aniversario del «Día de la Lealtad». Evita comenzó diciendo:

 

Yo les aseguro que nada ni nadie hubiera podido impedirme que viniera, porque yo tengo con Perón y con ustedes, con los trabajadores, con los muchachos de la CGT, una deuda sagrada: a mí no me importa si para saldarla tengo que dejar jirones de mi vida en el camino. Si este pueblo me pidiese la vida se la daría cantando, porque la felicidad de un solo descamisado vale más que toda mi vida. Tenía que venir para decirles que es necesario mantener, como dijo el General, bien alerta la guardia de todos los puestos de nuestra lucha. No ha pasado el peligro. Los enemigos del pueblo, de Perón y de la Patria, saben también desde hace mucho tiempo que Perón y Eva Perón están dispuestos a morir por este pueblo. Ahora también saben que el pueblo está dispuesto a morir por Perón. Yo les pido hoy, compañeros, una sola cosa: que juremos todos, públicamente, defender a Perón y luchar por él hasta la muerte. Que vengan ahora los enemigos del pueblo, de Perón y de la Patria. Nunca les tuve miedo porque siempre creí en el pueblo. Yo les agradezco, por fin, compañeros, todo lo que ustedes han rogado por mi salud. Se los agradezco con el corazón. Espero que Dios oiga a los humildes de mi Patria, para volver pronto a la lucha y poder seguir peleando con Perón, por ustedes y con ustedes, por Perón hasta la muerte. Yo no quise ni quiero nada más para mí. Mi gloria es y será siempre el escudo de Perón y la bandera de mi pueblo y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria. Mis descamisados: yo quisiera decirles muchas cosas, pero los médicos me han prohibido hablar. Yo les dejo mi corazón y les digo que estoy segura, como es mi deseo, que pronto estaré en la lucha, con más fuerza y con más amor, para luchar por este pueblo, al que tanto amo, como lo amo a Perón. Yo les pido una sola cosa: estoy segura que pronto estaré con ustedes, pero si no llegara a estar por mi salud, cuiden al General, sigan fieles a Perón como hasta ahora, porque eso es estar con la Patria y con ustedes mismos. Y a todos los descamisados del interior, yo los estrecho muy cerca de mi corazón y deseo que se

 

den cuenta de cuánto los amo[381].

 

Evita se fue directamente a la cama. Se aprovechó la presencia en Buenos Aires del cancerólogo norteamericano George Pack para pedirle una opinión. Pack se trasladó a la residencia y, previo pago de 10.000 dólares, revisó a Evita —a la que se la había anestesiado totalmente— junto con los doctores Albertelli y Dionisi. El diagnóstico fue contundente: tumor maligno avanzado en cuello uterino[382].

El 3 de noviembre, Evita fue internada en el Policlínico Presidente Perón ubicado en Avellaneda, que dirigía el doctor Finochietto. Desde antes de su llegada las calles adyacentes habían comenzado a llenarse de gente. Eran mujeres, hombres y niños que portaban carteles que decían «Dios te salve Evita» e improvisaban cadenas de oraciones que durarían varias semanas. A la mañana siguiente grabó un mensaje proselitista para apoyar la candidatura de Perón. Dos días después fue sometida a una intervención quirúrgica por los doctores Pack, Albertelli y su ayudante, el doctor Horacio Mónaco. El quirófano tenía un mirador desde el que observaban la operación los doctores Finochietto, Méndez y Dionisi. El diario Democracia contaba que, antes de caer bajo los efectos de la anestesia, Evita alcanzó a decir «Viva Perón».

El doctor Albertelli criticó la metodología usada por Pack en la intervención:

 

El Dr. Pack se situó a la derecha de la enferma, los ginecólogos diestros lo hacen a la izquierda para poder utilizar la mano hábil en dirección a la pelvis. […] Utilizó un separador costal, mamotreto gigante que no es apto para una operación abdominal; ciertamente incomodó bastante. Se extirparon algunos ganglios de apariencia inflamatoria[383].

 

Albertelli señala que Pack también se equivocó en la elección de los hilos de sutura, cosiendo con material no reabsorbible, lo que le provocó a Evita una molesta inflamación que derivó en una infección.

El comunicado de la Secretaría de Informaciones decía:

 

Los médicos que asisten desde hace más de un mes a la señora Eva Perón han resuelto someterla a un tratamiento quirúrgico. Por tal motivo, la señora Eva Perón fue internada en el Policlínico Presidente Perón de Avellaneda, que dirige el profesor doctor Ricardo Finochietto. El estado general de la enferma es actualmente bueno y permite esperar que sobrellevará satisfactoriamente el riesgo quirúrgico[384].

 

Durante la operación, que duró varias horas, los médicos pudieron comprobar cuán avanzado estaba el cáncer y el estado de extrema vulnerabilidad de la paciente, que no tenía esperanzas de sobrevida más allá de marzo de 1952.

El doctor Albertelli le envió a su amigo y colega, el patólogo Grato Bur, los elementos extirpados en la operación para que los analizara. La conclusión fue terminante. Los tejidos adyacentes a los ganglios determinaban la existencia de una metástasis a nivel hilo ovárico. Albertelli anotó: «Pronóstico sumamente sombrío. Plazo: corto. Tratamiento: utópico»[385].

 

Evita estaba convaleciente pero no dejaba de pensar en las elecciones del domingo. Confiaba plenamente en el voto de las mujeres.

 

 

Las elecciones del 51

El 11 de noviembre la iba a encontrar en su lecho del Policlínico que llevaba el nombre de uno de los candidatos a presidente. Evita quería votar, para lo cual debía conseguir dos cosas de la Junta Electoral: que le autorizaran hacerlo en Avellaneda, a pesar de tener domicilio en la calle Teodoro García 2106 del barrio de Belgrano en la Capital, y que le permitieran hacerlo desde su cama en el sanatorio. Los radicales y los socialistas se opusieron, pero los comunistas estuvieron de acuerdo porque habían hecho igual solicitud para que su candidato a presidente, Rodolfo Ghioldi, votase desde la clínica en que se encontraba internado en Rosario. La Junta aprobó ambos pedidos y Evita pudo, como millones de mujeres argentinas, votar por primera vez en su vida. El triunfo de Perón fue contundente: obtuvo el 63,9% de los sufragios, seguido de lejos por la fórmula Balbín-Frondizi de la Unión Cívica Radical con el 30,8 por ciento.

En total habían votado 4.225.467 mujeres, que representaban el 48% del padrón. El entusiasmo de la primera vez se hizo sentir y la concurrencia femenina llegó al 90,32%, mientras que la de los varones fue del 86,08%. Las mujeres no sólo habían votado sino que por primera vez ingresaban en la actividad parlamentaria 23 diputadas y 6 senadoras nacionales y 58 diputadas y 19 senadoras provinciales.

 

 

Los últimos adioses

El 14 de noviembre, Evita fue trasladada desde el Policlínico Presidente Perón a la residencia presidencial. La ambulancia de la Fundación que la transportaba fue escoltada por miles de personas que la acompañaron durante todo su trayecto en camiones, autobuses y automóviles vivando su nombre.

Dos días después, la CGT organizó una enorme manifestación popular para festejar el resultado de las elecciones. El acto culminó con una enorme procesión de antorchas que marchó a la residencia para acompañar a Evita y expresarle su afecto incondicional.

Evita lo necesitaba. Se reiniciaban las interminables y desesperanzadas sesiones de rayos, aumentaba su deterioro físico, crecían los dolores insoportables que le hacían formular la retórica y estremecedora pregunta «¿cómo puede caber tanto dolor en un cuerpo tan chiquito?». Crecía en ella la ansiedad, que se iba convirtiendo en desesperación por todo lo que le quedaba por hacer. También sentía bronca por la certeza del inmenso alivio, de la perversa alegría que provocaban su sufrimiento y su

 

inevitable final en sus enemigos.

El domingo 2 de diciembre de 1951 amaneció soleado en Buenos Aires. Eran los últimos días de una primavera que Evita no había podido ver más que desde los ventanales de su habitación. Quería respirar el aire de aquella ciudad a la que había llegado para triunfar hacía casi 16 años. Quería recibir sobre su piel otros rayos menos lacerantes y más vitales. Le pidió a Perón que la llevara a pasear en auto. Los médicos acordaron en que le haría bien la salida, con los permisos que otorga la duda de que aquélla podría ser la última. Tomaron por la Avenida del Libertador y Evita miraba todo intensamente, con la misma duda de los médicos: ¿sería ésta la última vez que vería la Plaza Francia, el Palais de Glace, aquellos árboles que le gustaban tanto y los elegantes edificios en cuyos lujosos departamentos ya se estaban aprovisionando de champagne para festejar su muerte? ¿Sería ésta la última vez que les vería las caras a sus queridos descamisados, que al enterarse de su presencia en las calles comenzaron a salir a su paso a saludarla? ¿Qué sería de ellos cuando «la flaca», como le gustaba llamarse, se fuera para siempre? ¿Tendría Perón la paciencia, la constancia para escucharlos y para solucionarles sus problemas? Siguieron por la Avenida 9 de Julio y recorrieron algunas librerías de Corrientes y de Avenida de Mayo para ver en los anaqueles y en las mesas los ejemplares nuevitos de La razón de mi vida.

Días más tarde Evita grabó un mensaje radial: su último mensaje de Navidad.

 

Que haya una sola clase de hombres, los que trabajan; que sean todos para uno y uno para todos; que no exista ningún otro privilegio que el de los niños; que nadie se sienta más de lo que es ni menos de lo que puede ser; que los gobiernos de las naciones hagan lo que los pueblos quieran; que cada día los hombres sean menos pobres y que todos seamos artífices del destino común[386].

 

En aquella Navidad, como en las anteriores, la Fundación repartió dos millones de cajas de pan dulce y de botellas de sidra y cuatro millones de juguetes que llegaban hasta los últimos rincones del país.

El 4 de enero, volvió a salir de la residencia para estar presente en un homenaje que le brindaba la CGT al doctor Finochietto, al que se distinguió con una medalla de oro «por la intervención que realizó para la curación de la más grande de las mujeres de nuestra época y de la historia: Eva Perón»[387]. En el homenaje se cometían dos errores: el doctor Finochietto no había operado a Evita, y «la más grande mujer» no estaba curada, iba camino a la muerte.

 

Los nostálgicos de Caseros

El estrepitoso fracaso golpista de Menéndez no amilanó a su colega en la materia, el coronel retirado José Francisco Suárez, quien planificó su golpe para el 3 de febrero

 

de 1952, en homenaje al centenario de la batalla de Caseros que había derribado a la

«primera tiranía», la de Rosas. Suárez no se andaba con chiquitas y se proponía atacar simultáneamente la Casa Rosada, el Correo Central y el Departamento Central de Policía. La cereza de la torta era un asalto a la residencia presidencial con camiones pesados que abrirían el paso a las tropas que asesinarían a Perón en su escritorio y, dando muestras de su coraje, valentía y entrega, terminarían a balazos con la vida de Evita postrada en su lecho de muerte.

El plan fue descubierto a tiempo y todos los complotados detenidos. El episodio desató también una ola de detenciones de políticos opositores, muchos de ellos ajenos a la conspiración criminal de Suárez.

 

 

Quien quiera oír que oiga

El 3 de abril, Eva asistió al velorio de su reemplazante en el segundo término de la fórmula presidencial, el viejo Hortensio Quijano. Todos trataban de disimular el dolor y de mantener la ilusión de su pronta sanación. Pero Eva sabía y sentía que su final se acercaba. Ya no la distraían de sus dolores ni los bocetos que le alcanzaba Paco Jamandreu de los modelos que nunca estrenaría ni la visita cotidiana de su manicura Sara Gatti y su peinador Julio Alcaraz. Tuvo que pelearse con todos para asistir al que sería su último contacto directo con sus descamisados, la conmemoración del Primero de Mayo de 1952.

El acto estaba enteramente dedicado a Evita. La Plaza estaba colmada como en los mejores días, los días peronistas, y la concurrencia era absolutamente consciente de que podía ser la última vez que viera y escuchara a su abanderada. Tras una cerrada ovación se escuchó un ensordecedor «Evita, Evita…» y por los parlantes resonó otra vez aquella voz inconfundible:

 

Quienes quieran oír que oigan; quienes quieran seguir que sigan. Aquí está la respuesta, mi General, es el pueblo, es el pueblo trabajador, es el pueblo humilde de la Patria, que aquí y en todo el país está de pie y lo seguirá a Perón, el líder del pueblo y el líder de la humanidad, porque ha levantado la bandera de la redención y de justicia de las masas trabajadoras. Lo seguirá contra la presión de los traidores de adentro y de afuera, que en la oscuridad de la noche quieren dejar el veneno de sus víboras en el alma y en el cuerpo de Perón. Y yo le pido a Dios que no les permita a esos insensatos levantar la mano contra Perón porque

¡guay de ese día!, ¡guay de ese día! Ese día, mi General, yo saldré con las mujeres de mi pueblo, yo saldré con los descamisados de la Patria, muerta o viva, para no dejar en pie ningún ladrillo que no sea peronista. Porque nosotros no nos vamos a dejar aplastar jamás por la bota oligárquica y traidora de los vendepatrias que han explotado a la clase trabajadora. […] Que sepan los traidores que ya no vendremos aquí a decirle

¡Presente!, a Perón, como el 28 de septiembre, sino que iremos a hacernos justicia por nuestras propias manos[388].

 

Durante gran parte del discurso, Perón la sostuvo de la cintura y, al finalizarlo, ella tenía 40 grados de fiebre.

Seis días después, el 7 de mayo, cumplía 33 años. Pesaba 37 kilos y le pesaba

 

horriblemente ese saberse morir, esa maldita sensación de irse con tantas cosas por hacer, con tantos hospitales, hogares y escuelas por inaugurar. Se preguntaba y preguntaba: «¿Por qué me tengo que morir yo? ¿Por qué me estoy muriendo y no se mueren tantos hijos de puta que no hacen otra cosa que pensar en sí mismos y en cómo joder a los demás?». Evita sabía que no habría más cumpleaños, que aquél sería el último, el número 33, «como Jesús», se atrevió a pensar. Hubo un austero festejo en la residencia presidencial y quiso tomarse algunas fotos donde puede verse la huella que había ido dejando en ella su enemigo interno, aquel «bendito cangrejo» como lo llamaban algunos y algunas exaltados «contreras».

Ese día recibió del Parlamento un título que terminaría de enardecer a la Iglesia Católica: el de «Jefa Espiritual de la Nación». La iniciativa había sido del presidente de la Cámara de Diputados, Héctor Cámpora.

 

 

Segundas partes…

Nadie se explicó nunca muy bien de dónde sacó fuerzas Evita para asistir a la asunción de su marido a su segundo mandato presidencial en aquella gélida mañana del 4 de junio de 1952. Inundada de calmantes, cubierta por un grueso abrigo de piel y sostenida por una estructura metálica, Evita recorría en el auto presidencial descapotable, por última vez, las calles de Buenos Aires. No quería fallarle a Perón y a su gente, aunque su cuerpo le fallara a ella. Ahora sí no quedaban dudas: sus intensas miradas eran definitivas, eran las últimas.

Juraban con Perón los integrantes del nuevo gabinete, que quedó conformado por: Ángel Borlenghi, en Interior; Jerónimo Remorino, en Relaciones Exteriores; José María Freyre, en Trabajo y Previsión; José Humberto Sosa Molina, en Defensa; Oscar Nicolini, en Comunicaciones; Román Subiza, en Asuntos Políticos; Franklin Lucero, en Ejército; Aníbal Olivieri, en Marina; Juan de San Martín, en Aeronáutica; Raúl Mendé, en Asuntos Técnicos; Juan Maggi, en Transportes; Alfredo Gómez Morales, en Asuntos Económicos; Miguel Revestido, en Finanzas; Pedro Bonani, en Hacienda; Antonio Cañero[389], en Comercio Exterior; Rafael Amundanarain, en Industria y Comercio Interior; Carlos Hoggan, en Agricultura y Ganadería; Roberto Dupeyron, en Obras Públicas; Ramón Carrillo, en Asistencia Social y Salud Pública; Natalio Carvajal Palacios, en Justicia, y Armando Méndez San Martín, en Educación.

Se habían multiplicado los ministerios. Para la oposición era una evidencia más de la elefantiasis burocrática; para el gobierno, una necesidad generada por las funciones asumidas por el Estado en la «Nueva Argentina».

 

 

El testamento

 

La segunda asunción de Perón fue la última vez que Evita apareció en público. Semanas después, el 29 de junio de 1952, redactó su testamento. Allí establecía:

 

El dinero de La razón de mi vida y de Mi mensaje, lo mismo que la venta o el producido de mis propiedades, deberá ser destinado a mis descamisados. Quisiera que se constituya con todos esos bienes un fondo permanente de ayuda social para los casos de desgracias colectivas que afecten a los pobres y quisiera que ellos lo acepten como una prueba más de mi cariño. Deseo que en estos casos, por ejemplo, se entregase a cada familia un subsidio equivalente a los sueldos y salarios de un año, por lo menos. También deseo que, con ese fondo permanente de Evita, se instituyan becas para que estudien los hijos de los trabajadores y sean así los defensores de la doctrina de Perón por cuya causa gustosa daría mi vida. Mis joyas no me pertenecen. La mayor parte fueron regalos de mi pueblo. Pero aún las que recibí de mis amigos o de países extranjeros, o del General, quiero que vuelvan al pueblo. No quiero que caigan jamás en manos de la oligarquía y por eso deseo que constituyan, en el museo del peronismo, un valor permanente que sólo podrá ser utilizado en beneficio directo del pueblo. Que así como el oro respalda la moneda de algunos países, mis joyas sean el respaldo de un crédito permanente que abrirán los bancos del país en beneficio del pueblo, a fin de que se construyan viviendas para los trabajadores de mi Patria[390].

 

En todo el país se multiplicaban los altares, las capillitas para rezar por su salud. Un ambiente de desolación y tristeza comenzaba a invadir los barrios populares mientras manos anónimas pintaban sobre una pared «Viva el cáncer». Eran manos que venían de otros barrios, donde le deseaban larga vida al cáncer y corta vida a su odiada enemiga. Y el cáncer vivió y Evita empezó a morirse aquella fría mañana del 26 de julio de 1952, cuando le dijo a su mucama Hilda Cabrera de Ferrari: «Me voy, la flaca se va, Evita se va a descansar». A las cinco de la tarde entró en coma y a las ocho y veinticinco, rodeada de su madre y sus cuatro hermanos, Perón, Orlando Bertolini, Carlos Aloé, Raúl Mendé, Armando Méndez San Martín, Oscar Nicolini, Héctor Cámpora, Jerónimo Remorino, Atilio Renzi, su mucama y sus enfermeras, y del cardiólogo Alberto Taquini y del doctor Ricardo Finochietto, Evita se fue de este mundo. A las 21.36, una voz destinada a pasar a la historia, la del locutor oficial Jorge Furnot, le confirmaba al mundo la noticia a través de la Cadena Nacional:

 

Cumple la Subsecretaría de Informaciones de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación[391].

 

Una semana antes de su muerte, los colaboradores más cercanos de Perón tomaron contacto con el médico aragonés Pedro Ara, uno de los mayores expertos mundiales en embalsamamiento. Llegó a la residencia poco después de las nueve de la noche de aquel 26 de julio, arregló con Perón sus honorarios en 100.000 dólares, pagaderos en diez cuotas, y se encerró en un cuarto a comenzar su tarea, que duraría toda la noche. Ara recordará:

 

En junio había rumores de que su muerte era inminente y que me llamarían para conservarla como una estatua. Ante nosotros yacía la mujer más odiada y más amada de su tiempo, había luchado fieramente contra los grandes y había caído derrotada por lo infinitamente pequeño. Amaneció; el cadáver ya era

 

incorruptible, pero faltaban muchos meses de trabajo para conservarlo intacto[392].

 

Ara había reemplazado toda la sangre de Evita por alcoholes, para luego inyectarle glicerina a través de dos cortes que había realizado en el talón y detrás de una oreja, a una temperatura promedio de 60 grados centígrados.

 

No fue abierta ninguna cavidad del cuerpo. Conserva por tanto todos sus órganos internos sanos o enfermos, excepto los que le fueran extirpados en vida en actos quirúrgicos. De todos ellos podría hacerse en cualquier tiempo un análisis microscópico con técnica adecuada al caso. No le ha sido extirpada la menor partícula de piel ni de ningún tejido orgánico; todo se hizo sin más mutilación que dos pequeñas incisiones superficiales ahora ocultas por las sustancias de impregnación[393].

 

Terminada la tarea de Ara, entraron al salón el peinador Julio Alcaraz y la manicura Sara Gatti. Evita ya estaba lista para ser velada. Se la colocó en un sólido ataúd de la casa Lázaro Costa, que fue cubierto con una tapa que tenía un vidrio blindado en su parte superior para que pudiera verse su rostro.

El país quedó paralizado. El gobierno decretó duelo nacional por diez días. La CGT dispuso un paro general por 72 horas. Aquel sábado 26 de julio, la ciudad se vistió de negro. Los faroles fueron encrespados y enlutados, las calles quedaron casi desiertas y recién comenzaron a llenarse cuando se decidió el lugar donde se la velaría y hacia allí, hacia la «Secretaría»[394], fueron enfilando las multitudes.

Comenzaba el velatorio más imponente de la historia argentina y uno de los más notables de la universal. Las colas para acceder a la capilla ardiente se contaban por kilómetros y estaban pobladas por hombres, mujeres y niños, abuelos y abuelas. Lloraban como sólo se llora ante la muerte de un familiar muy cercano. No había consuelo. Las zonas aledañas al velatorio se fueron inundando de flores y las flores comenzaron a escasear hasta acabarse. No había más flores en la Argentina y hubo que traerlas de Uruguay y de Chile. No había espectáculos públicos ni restaurantes. Las radios sólo emitían música sacra. Frente al ataúd de Evita se sucedían los desmayos, la gente caía entre sollozos y era atendida por las enfermeras de la Fundación y la Cruz Roja. Murieron unas 20 personas por aplastamientos, avalanchas e infartos.

 

 

Noticias del mundo

La prensa de todo el mundo le dedicó sus portadas y editoriales a la muerte de Evita. Decía la revista Paris-Match, el 2 de agosto de 1952:

 

La desaparición de esta hermosa mujer es una verdadera catástrofe política. Todos los hombres llevan brazaletes y corbatas negras. Las mujeres con mantillas llevan un ramito de violetas, que depositan sobre el ataúd. «Hubiera dado con gusto mi vida por la de ella», dice una. La fila interminable se mantiene a lo largo de varios kilómetros. Es una fila silenciosa. […] Lo que es extraño y paradojal, en este excepcional

 

destino de mujer, es quizá que Evita Perón ha sabido conciliar sus gustos de lujo y ostentación, nacidos en el curso de una juventud desdichada, con un irrebatible apostolado.

 

Para el Diario de Nueva York, del 10 de agosto, era «Una mujer que jamás se olvidará: Eva Perón. Acaba de caer en los brazos de la muerte una de las mujeres más importantes del mundo». Y así seguían informando los medios internacionales:

 

No ha habido, ni habrá muchas mujeres iguales a ella en el mundo y la Argentina, por todo lo que le debe, no la olvidará jamás. (A Gaceta, Río de Janeiro, 29 de julio de 1952).

Eva Perón ha sido y seguirá siendo la abanderada de la escuela de la auténtica socialización, sin utopías y sin revueltas (El Futuro del Mediodía, Nápóles, 9 de agosto de 1952).

Todo un pueblo ha llorado su muerte y ningún sofista nos podrá hacer creer que esas gentes que se han apretujado para verla una única vez en su féretro, hayan venido por orden o cortesía. Vienen porque la quieren, para manifestar el amor y el reconocimiento que experimentaban para aquella que, en pocos años, había sabido sacarlos del espantoso abismo donde los había sumergido y mantenido el reino de los

«caciques» apellidados injustamente liberales (Liége Magazine, Lieja, Bélgica, septiembre de 1952).

Eva Duarte de Perón, sin dejar de ser argentina, pasa a la posteridad como una figura continental, ingresa al mundo de los inmortales como Eva de América (Economía, La Paz, Bolivia, 5 de septiembre de 1952). Obtuvo la igualdad jurídica y legal de la mujer argentina, y a pesar de la oposición de la alta burguesía, logró dar a su país una legislación social femenina, de la cual se inspiran no solamente la América Latina sino muchos otros países del mundo (La Patria, Montreal, Canadá, 28 de julio de 1952).

Eva de América, tus legiones mundiales de descamisados están en pie, listos para librar las batallas por la supervivencia del espíritu, por el reinado de la justicia social, seguras del triunfo porque llevan a Cristo y a ti por bandera (Claridad, Bogotá, Colombia, 31 de octubre de 1952).

Eva Perón era luz que todo lo ilumina, el fuego que todo lo purifica, la bondad que todo lo suaviza y la humildad que todo lo dignifica; todo eso era Eva Perón, la mujer más buena de este siglo, y por eso su recuerdo día a día se agranda como aquel que amanece siempre en la cruz («Eva Perón», por Luis Munita Cáceres; La Batalla, Chile, 9 de agosto de 1952).

El país hermano se ha puesto de luto y todos los pueblos del mundo se asocian en el duelo de la Argentina, porque el mundo sabe que ha perdido a una mujer extraordinaria, a la mujer que quizá, cuando, pasados unos años, la historia de esta década madure, califiquen como la mujer del siglo. […] Renunció a ser una mujer de sociedad para entregarse por entero a mejorar la sociedad de su país. Y en su corazón inmenso hallaron acogida todas las pequeñas y grandes tragedias de los descamisados. («Una mujer extraordinaria»,

¡Hola!, Barcelona, España, 2 de agosto de 1952).

Se dice que donde entra la política todo se corrompe, pero Eva Perón demostró que donde entra el amor la política se subyuga. Aseguramos que su obra y su amor por el pueblo quebrarán todas las normas existentes en esa materia y su obra quedará grabada para siempre en todos los corazones sin distinción de credos, razas o ambiciones. («Eva Perón», Al Amal, Beirut, Líbano, 29 de agosto de 1952)[395].

 

Hasta la tradicional enemiga del peronismo, la revista norteamericana Life, tuvo que admitir que el dolor de los argentinos no podía ser el producto

 

de las exigencias de ningún dictador, como lo es su marido Juan Perón. Fue genuino y profundo y reveló que Evita, que contribuyó poderosamente a llevar a su pueblo hacia el totalitarismo y la bancarrota había ganado también su amor[396].

 

El ataúd fue trasladado al Congreso Nacional el 9 de agosto y de allí partió al día siguiente hacia el edificio de la CGT. La cureña que transportaba los restos estaba custodiada por 17.000 soldados y era traccionada por 35 hombres y 10 mujeres que, a pesar del frío de agosto, vestían sólo una camisa blanca y pantalones negros. Eran

 

secretarios generales de los sindicatos más importantes y dirigentes del Partido Peronista Femenino.

Los descamisados que transportaban a Evita llevaban sobre sus pechos crespones

negros, que se convirtieron en obligatorios para todos los empleados de la administración pública y los alumnos, maestros y profesores de escuelas y colegios de todo el país. No usar el luto les trajo a los distraídos u opositores consecuencias que iban de la sanción grave al despido.

Tras un lento recorrido filmado íntegramente en colores por el camarógrafo de la Fox, Edgard Cronjagar, el cortejo llegó a su destino y el cuerpo de Evita fue depositado en el edificio de la CGT en Azopardo e Independencia a la espera de la finalización de la construcción del monumento funerario que se haría en su honor.

 

 

El monumento

Pocos meses después de la muerte de Eva Perón se inició una gran colecta nacional para reunir los fondos necesarios para construir un mausoleo donde descansarían sus restos. Se ubicaría frente a los jardines de la Facultad de Derecho, en el corazón de uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires. El proyecto le fue confiado al artista italiano Leone Tommasi, quien diseñó un monumento de 143 metros de altura. El mausoleo demandaría 42.000 toneladas de material. La obra estaría coronada con una estatua de 61 metros, esculpida en el mejor mármol de Carrara, que representaba a un descamisado. En su parte inferior estaría la tumba-altar de Evita, que descansaría junto al sepulcro de un descamisado anónimo, en representación de todos los caídos en la lucha popular, y junto a los restos de Perón, que deberían ser depositados allí cuando «pasara a la inmortalidad». Toda su base estaría cubierta de frisos conmemorativos de los grandes momentos de la historia peronista y de monumentales bustos de Evita y Perón. El proyecto fue presentado en público en una exposición. En ella pudieron verse las maquetas y se le dedicó una edición especial del noticiero cinematográfico «Sucesos Argentinos», en el que se lo describía como el monumento más alto del mundo, superando ampliamente los 91 metros de la Estatua de la Libertad de Nueva York y a los «humildes» 38 metros del Cristo del Corcovado de Río de Janeiro.

Al producirse la llamada «Revolución Libertadora», el proyecto estaba en plena ejecución. En diciembre de 1955, el escultor Tommasi recibió una visita inesperada: un comando de la «Libertadora» llegaba hasta su atelier del pequeño pueblo de Pietrasanta, en los Apeninos, para destruir su obra, emprendiéndola a pico y martillo contra los bustos monumentales de Evita y Perón, que quedaron seriamente dañados. Pero no llegaron a ubicar los frisos que habían sido colocados en las paredes del comedor de los obreros de la cantera donde trabajaba el escultor. Hoy, los obreros

 

piamonteses de la Henraux almuerzan todos los días bajo la mirada protectora de Evita.

 

 

Maggi de Magistratis: maestra de maestros

Como se sabe, la «vida» de Evita no terminó con su muerte. No sólo por la notable persistencia de la memoria sino porque su cuerpo embalsamado fue secuestrado en el primer piso de la CGT por un comando de la llamada «Revolución Libertadora».

En la noche del 23 de noviembre de 1955, el teniente coronel Carlos Eugenio Moori Koenig —su apellido significa «rey de la ciénaga»—, jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), y su lugarteniente el mayor Eduardo Antonio Arandía ordenaron a los capitanes Lupano, Alemán y Gotten que abandonaran sus puestos de guardia en la CGT sobre la puerta que separaba al cadáver de Eva Perón del mundo exterior. El coronel, el mayor y la patota que los acompañaba traían la orden emanada de las más altas autoridades de la llamada «Revolución Libertadora» de secuestrar el cadáver de la mujer más amada y más odiada —aunque no en las mismas proporciones— de la Argentina. Y así, por aquellas cosas de la «obediencia debida» y del propio odio de clase, cumplieron acabadamente con su misión ante la mirada atónita del doctor Pedro Ara, que veía cómo se llevaban junto con Evita a su obra más perfecta.

Las órdenes dadas por los jefes golpistas, curiosamente denominados

«libertadores», al teniente coronel y su grupo eran muy precisas: había que darle al cuerpo «cristiana sepultura». Lo cual no podía significar otra cosa que un entierro clandestino. Pero el «rey de la ciénaga» no era sólo el jefe de aquel servicio de inteligencia, era un fanático antiperonista que sentía un particular odio por Evita. Ese odio se fue convirtiendo en una necrófila obsesión que lo llevó a desobedecer al propio presidente Aramburu y a someter el cuerpo a insólitos paseos por la ciudad de Buenos Aires en una furgoneta de florería. Intentó depositarlo en una unidad de la Marina y finalmente lo dejó en el altillo de la casa de su compañero y confidente, el mayor Arandía. A pesar del hermetismo de la operación, la resistencia peronista parecía seguir la pista del cadáver y por donde pasaba, a las pocas horas aparecían velas y flores. La paranoia no dejaba dormir al mayor Arandía. Una noche, escuchó ruidos en su casa de la Avenida General Paz al 500 y, creyendo que se trataba de un comando peronista que venía a rescatar a su abanderada, tomó su 9 milímetros y vació el cargador sobre un bulto que se movía en la oscuridad: era su mujer embarazada, quien cayó muerta en el acto.

Moori Koenig tenía una pasión enfermiza por el cadáver. Los testimonios coinciden en afirmar que colocaba el cuerpo —guardado dentro de una caja de madera que originariamente contenía material para radiotransmisiones— en posición

 

vertical en su despacho del SIE; que manoseaba y vejaba el cadáver y que exhibía el cuerpo de Evita a sus amigos como un trofeo. Una de sus desprevenidas visitantes, la futura cineasta María Luisa Bemberg, no pudo creer lo que vio; azorada por el desparpajo de Moori Koenig, corrió espantada a comentarle el hecho al amigo de la familia y jefe de la Casa Militar, el capitán de navío Francisco Manrique.

Enterado Aramburu del asunto, dispuso el relevo de Moori Koenig, su traslado a Comodoro Rivadavia y su reemplazo por el coronel Héctor Cabanillas, quien propuso sacar el cuerpo del país y organizar un «Operativo Traslado». Allí entró en la historia el futuro presidente de facto y entonces jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, teniente coronel Alejandro Lanusse, quien pidió ayuda a su amigo, el capellán Francisco «Paco» Rotger. El plan consistía en trasladar el cuerpo a Italia y enterrarlo en un cementerio de Milán con nombre falso. La clave era la participación de la Compañía de San Pablo, comunidad religiosa de Rotger, que se encargaría de custodiar la tumba. El desafío para Rotger era comprometer la ayuda del superior general de los paulinos, el padre Giovanni Penco, y del propio papa Pío XII.

Rotger viajó a Italia y finalmente logró su cometido. A su regreso, Cabanillas puso en práctica el Operativo Traslado. Embarcaron el féretro en el buque Conté Biancamano con destino a Génova; acompañaban la misión el oficial Hamilton Díaz y el suboficial Manuel Sorolla. En Génova los esperaba el propio Penco. El cuerpo de Evita fue sacado del país bajo el sugestivo nombre de «María Maggi de Magistris».

 

 

El pánico de los «libertadores»

Evita fue inhumada en el Cementerio Mayor de Milán en presencia de Hamilton Díaz y Sorolla y Sorolla, quien hizo las veces de Cario Maggi, hermano de la fallecida. Una laica consagrada de la orden de San Pablo, llamada Giuseppina Airoldi, conocida como la «Tía Pina», fue la encargada de llevarle flores durante los 14 años que el cuerpo permaneció sepultado en Milán. Pina nunca supo que le estaba llevando flores a Eva Perón.

La operación eclesiástico-militar fue un éxito y uno de los secretos de la historia argentina mejor guardados.

El asunto volvió a los primeros planos cuando en 1970 Montoneros secuestró a Pedro Aramburu y exigió el cuerpo de Evita. En los interrogatorios se le preguntó insistentemente por el destino del cadáver de Evita. Según declaraciones de Mario Firmenich[397]: «Después de dar muchas vueltas, dijo que él no se acordaba bien, pero que de lo que se acordaba era de que el cadáver de Evita tenía cristiana sepultura y de que toda la documentación del caso estaba en manos del coronel Cabanillas[398]». Aramburu agregó que el cuerpo se encontraba en Italia.

El Comunicado Número 3 de Montoneros, fechado el 31 de mayo de 1970, dice

 

que Aramburu se declaró responsable «de la profanación del lugar donde descansaban los restos de la compañera Evita y la posterior desaparición de los mismos para quitarle al pueblo hasta el último resto material de quien fuera su abanderada».

En 1971, durante su presidencia y en plena formación del Gran Acuerdo Nacional[399], Lanusse devolvió el cuerpo de Evita a Perón. Rotger viajó a Milán y obtuvo el cadáver. Cabanillas y Sorolla viajaron a Italia para cumplir con el Operativo Devolución. El cuerpo fue exhumado el 1.° de septiembre de 1971, llevado a España y entregado a Perón en Puerta de Hierro, dos días después, por el embajador Rojas Silveyra. Recordaba Jorge Antonio:

 

Un día viene Perón a mi oficina y me dice: «Nos han metido en un lío, Jorge. Me ha venido a ver el embajador para decirme que me entregan el cadáver de Eva Perón. ¿Qué vamos a hacer ahora con el cadáver de Eva Perón? Estos cretinos se acordaron tarde de entregarlo. De todas maneras lo vamos a recibir. Por supuesto, me ha emocionado la noticia y me ha preocupado. Vamos a ver cómo hacemos para tenerlo y dónde lo vamos a depositar. En principio lo vamos a tener en casa[400]».

 

Por pedido de Perón, Pedro Ara revisó el cadáver y lo encontró intacto; pero para las hermanas de Eva y el doctor Tellechea, que lo restauró en 1974, estaba muy deteriorado. Perón regresó al país con Isabel[401] y el «brujo» José López Rega[402], pero sin los restos de Evita. Ya muerto Perón, la organización Montoneros secuestró el 15 de octubre de 1974 el cadáver de Aramburu para exigir la repatriación del de Eva. Isabel accedió al canje y dispuso el traslado, que se concretó el 17 de noviembre (día del militante peronista). El cuerpo de Evita fue depositado junto al de Perón en una cripta diseñada especialmente en la Quinta de Olivos para que el público pudiera visitarla.

Tras el golpe de marzo de 1976, los jerarcas de la dictadura tuvieron largos conciliábulos sobre qué hacer al respecto. Según contaría años después una nota publicada en el diario Clarín, el almirante Massera[403], siguiendo su costumbre, propuso arrojar el cuerpo de Evita al mar, sumándolo a los de tantos detenidos- desaparecidos[404]. Finalmente, los dictadores decidieron acceder al pedido de las hermanas de Eva y trasladar los restos a la bóveda de la familia Duarte en la Recoleta. En la nota mencionada, María Seoane y Silvana Boschi le preguntaron a un alto jefe de la represión ilegal, muy cercano a Videla[405], testigo de aquellos conciliábulos: «¿Por qué urgía más a la Junta trasladar el cadáver de Evita que el de Perón?». La respuesta del militar no se hizo esperar: «Tal vez porque a ella es a la única que siempre, aún después de muerta, le tuvimos miedo[406]».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El General en su laberinto

 

Si cada funcionario público hubiese cumplido leal y honestamente con su deber, poniendo por encima de su comodidad los superiores intereses de la patria, jamás habría sido posible que la antipatria formase aquí un clima artificial de desasosiego y un ambiente propicio para que los malos comerciantes robasen al pueblo. […] De nada sirve que usted grite ser peronista todo el día si usted es un ladrón o un coimero, o un perro con la gente, o si se escuda en su peronismo para llegar tarde o salir más temprano, con el cuento o el pretexto de que tiene que ir a la Unidad Básica […]. Usted no concibe que un funcionario pueda trabajar en cualquier lugar y sin automóvil. Usted tampoco concibe que un funcionario pueda trabajar sin café, sin una secretaria buena moza y sin atender a sus amigo.

Mundo Peronista, N.° 41, 1.° de mayo de 1953

 

 

¿Cómo sería la Argentina sin Evita? La pregunta se la hacían todos, particularmente los más humildes, los grasitas, los que tanto habían llorado en esos lluviosos días de fines de julio. Evita se había muerto cuando comenzaban a hacerse indisimulables los signos de la crisis, cuando el Segundo Plan Quinquenal comenzaba a ejecutarse.

Los pobres temían. Tenían demasiado fresco el recuerdo de la soledad de siempre, de aquella invisibilidad, de esa inexistencia reflejada en las estadísticas mentirosas, en los planes económicos que nunca los incluían, en el ninguneo. Hacía muy poco que habían empezado a existir, a ser «alguienes», como le había dicho una abuela emocionada a Evita. ¿Qué sería de ellos? ¿Por qué el destino les jugaba esta mala pasada; por qué nada bueno podía ser perdurable para ellos?

Las dudas eran válidas. Ya nada sería igual, en más de un sentido; todos lo sabían, empezando por Perón que perdía a su mujer y su «mejor compañera», un cuadro fundamental e irremplazable. La peor crisis económica que le tocó enfrentar al peronismo coincidió con la muerte de Evita y la prosperidad parecía irse con la abanderada de los humildes.

Ahora había que enfrentar una realidad dura, sin la presencia vital de Evita, sin su carisma, sin su llegada a las masas y sin su palabra decidida y sin eufemismos.

Ese mismo año, 1952, el gobierno lanzó el Plan de Emergencia Económica, que privilegiaba al campo sobre la actividad urbana. Se intentaba corregir una situación que se había descuidado un poco en el primer Plan Quinquenal, de fuerte corte

 

industrialista. La crisis del ’30 desató, como ya señalamos, un verdadero éxodo del campo a la ciudad. Esta pérdida de brazos en el sector agrícola no fue reemplazada oportunamente por la necesaria tecnificación del sector y la incorporación de maquinaria agrícola.

Esta necesidad de impulsar el sector agropecuario se hizo más evidente con el

incremento exponencial del consumo interno de productos primarios. Frente a la crisis, el gobierno se propuso impulsar enérgicamente la producción rural, el sector que más rápidamente le permitiría disponer de divisas. Se encontró entonces con dos problemas: la hostilidad de los más grandes propietarios, que no le perdonaban todavía la sanción del Estatuto del Peón, y las dificultades materiales provenientes de la falta de elementos imprescindibles, como tractores, cosechadoras y silos, en cantidad suficiente. El gobierno puso manos a la obra y ordenó que se privilegiaran los préstamos destinados al sector rural. Hasta el Banco Industrial abrió líneas de crédito para la compra de maquinarias, silos y medios de transporte destinados al campo.

El cambio de política fue reconocido por la Sociedad Rural: «se aumentaron los precios oficiales de los productos de la cosecha; se dio libertad de precio para la carne; se facilitó y fomentó la compra e importación de maquinaria agrícola; se dieron normas sobre trabajo rural[407]». Este reconocimiento se completó con la donación de cien caballos para la escolta presidencial. La vuelta del «campo» a primera fila tendría implicancias políticas. Los líderes del sector aprovecharían la situación para transmitirle al gobierno su propuesta de aprovechar la crisis para adoptar una orientación más conservadora y dejar de lado paulatinamente la política que calificaban de «obrerista».

La crisis empezaba a hacerse sentir con fuerza y animaba a la oposición a actuar más decididamente, pese a las duras limitaciones impuestas. El peronismo en el poder cometió el grave error de cerrar o dificultar los canales de comunicación entre los partidos no peronistas y la sociedad, negándoles el uso de los medios masivos, censurando sus órganos de prensa. De esta manera, les dio espacio a los más extremistas, que venían trabajando intensamente en favor de un golpe que será visto como una salida válida por sectores cada vez más amplios de la oposición.

 

 

El Segundo Plan Quinquenal

Para noviembre de 1952, el equipo económico compuesto por Alfredo Gómez Morales, Antonio Cafiero y Pedro José Bonanni, tenía listo el Segundo Plan Quinquenal que sería presentado oficialmente por Perón el 1.° de diciembre. Significaba un brusco cambio de rumbo económico, que favoreció el desarrollo agrícola sobre el urbano, al capital y los beneficios sobre el trabajo y los salarios, la

 

industria pesada sobre la ligera y las exportaciones sobre el consumo interno. De este modo, se destinaron más recursos a la agricultura para aumentar las ganancias por exportaciones y se planificó un aumento de la superficie de tierras sembradas. Para superar la escasez de mano de obra agrícola se propuso que trabajaran los reclutas del Ejército. El Instituto Argentino para la Promoción del Intercambio (IAPI) comenzó a comprar productos a precios superiores a los del mercado mundial y a hacer campañas para diversificar la economía rural. Perón acordó con los sindicatos y con la dirección de las empresas el control de precios y el aumento de la productividad.

Se preveía una inversión de 33.500 millones de pesos, de los cuales el 42% sería destinado a obras y servicios públicos y el 33% a diferentes estímulos a la actividad económica pública y privada. Sólo se asignaba el 4% al rubro acción social y el 9% para los gobiernos provinciales, mientras que las fuerzas armadas se llevaban el 12% del total. Se invertirían 5000 millones en transporte, 4600 en combustibles, 3500 en caminos y 2500 en la producción de energía eléctrica[408].

Uno de los logros más importantes fue la puesta en marcha de la Sociedad Mixta Siderurgia Argentina (SOMISA), que permitía por primera vez producir acero en nuestro país, complementando la notable tarea de producción de hierro de los Altos Hornos Zapla.

Estos proyectos se encaminaban a sentar las bases para una segunda etapa de industrialización, destinada a crear una industria pesada en Argentina.

Resultaba difícil, por no decir imposible, el financiamiento local y la implantación de tecnología de punta si no se facilitaba la instalación de plantas industriales de capital foráneo. El plan preveía el incremento paulatino de la inversión extranjera en la economía incluso en los rubros «vedados» por la Constitución justicialista de 1949, como el de la energía y los combustibles.

El plan de ajuste cumplió inicialmente los objetivos propuestos y logró contener la inflación. Mientras que en el trienio 1949-1951 el nivel de precios minoristas había aumentado en un 40%, en el trienio siguiente llegó sólo al 19%, a un promedio del 6% anual con tendencia a la baja: en 1953, el 4% y en 1954, el 3,8% anual. También disminuyó la deuda pública, que en 1946 comprometía al 63% de la renta nacional y en 1954 era del 57%.[409]

 

De carnes, hacendados y matarifes

Uno de los problemas que tuvo que enfrentar el gobierno fue el del alto nivel de consumo de carne alcanzado por la población argentina a comienzos de los años 50. Los ganaderos destinaban porciones cada vez más importantes a la mucho más redituable exportación y esto llevó a una fuerte suba de precios, al desabastecimiento del mercado local y a la furia de Perón:

 

Los precios han subido y el cincuenta por ciento del poder adquisitivo es la alimentación y de ese valor, el veinticinco por ciento lo constituye la carne […]. Y la carne se va a regularizar en el término de una semana por los medios ordinarios y si no, la semana que viene yo, por medios extraordinarios, la voy a regularizar… Le hemos pedido a los ganaderos que traigan su hacienda, pero pedirle a esa gente es como pedirle a la pared. Como no han obedecido al primer pedido, veremos si obedecen a la segunda intimación; a la tercera, los voy a traer a ellos junto con las vacas… Vamos a alcanzar una solución justa y rápida. Y de los sectores que incidan en el no abastecimiento, de esos me encargo yo, porque ya he dicho que aunque sea voy a carnear en la avenida General Paz y voy a repartir carne gratis, si es necesario. La pagarán, los que no han sabido cumplir con su deber de abastecedores […]. Cuando en este país uno deja de cumplir con su deber, debe cargar con las consecuencias. Y yo, las consecuencias, se las voy a hacer cargar en forma muy pesada, porque se la merecen[410].

 

Más allá de la especulación de los ganaderos, el gobierno pudo detectar la existencia de redes de operadores urbanos que lucraban con la carne a través de mataderos clandestinos y la entrada de vacunos en Liniers, incidiendo notablemente sobre la faena en los frigoríficos y, por lo tanto, en el precio al consumidor.

 

 

Ay, Juancito

Lo que Perón no podía imaginar era que entre aquellos especuladores podría estar su cuñado, Juan Duarte.

Las sospechas devinieron en certezas cuando una noche de principios de abril de 1953 el General salía de una función teatral. Entre la gente que habitualmente se acercaba a saludarlo, notó una cara que lo miraba distinto, con una mezcla de bronca y necesidad de ser escuchada. La muchacha, que se llamaba Malisa Zini y era una conocida actriz, no le dejó mucho tiempo para la duda. Se le acercó y en un tono no muy discreto le dijo que se cuidara mucho porque estaba rodeado de ladrones, coimeros y corruptos. Perón trató de calmarla, mientras que con su rapidez habitual recorría mentalmente los posibles orígenes del enojo de la mujer, evidentemente despechada. Se acordó, respiró hondo y la citó en la residencia de Olivos.

Allí la Zini se despachó a gusto sobre los aspectos más oscuros de la vida y la obra de su expareja, Juan Duarte. Obviamente, no era la primera vez que Perón escuchaba cosas parecidas sobre su «Juancito». Recordaba con una sonrisa lo que le había contado Evita sobre la conducta de su hermano durante la «gira del arco iris». Al enterarse de las interminables caravanas nocturnas de Juan y de ciertos «excesos» que tomaban estado público en aquella España franquista de tan doble moral, Evita tuvo que levantar el teléfono y amenazarlo: «Una puta más y te volvés a Buenos Aires». También recordaba aquella vez que el ministro Ivanissevich lo había alertado sobre los «peajes» que, según él, cobraba a hombres de negocios, desde su despacho en la secretaría privada, para otorgarles entrevistas express con el presidente. En esa ocasión, Perón lo miró sentenciante y le disparó una de las suyas:

 

Mira, Iván, el imperio británico se levantó con hombres buenos y con piratas, y yo voy a levantar un

 

imperio en Argentina, también con hombres buenos y con piratas[411].

 

Pero la denuncia de la actriz despechada, que hablaba concretamente de la participación de Juancito en el negociado de la carne que ocupaba por entonces todos los titulares de los diarios, ponía en evidencia que había llegado el momento de hacer algo. El General creó un grupo de investigadores compuesto por el teniente coronel Jorge García Altabe, el mayor Ignacio Cialzetta y el general León Justo Bengoa, subjefe del Estado Mayor de Coordinación. Preventivamente, Juan Duarte fue suspendido en su cargo y su despacho fue precintado para ser revisado meticulosamente. Juancito decidió abreviar el trámite y renunciar, a través de una extensa carta dirigida a su jefe:

 

Señor Presidente, largos años en que he tenido el insigne honor de haber servido a su lado, han desvirtuado el viejo adagio que dice: No hay hombre grande para su valet. Yo he sido un poco de eso a su lado, mi querido general, y puedo asegurar que fui un mentís rotundo a ese popularizado decir, pues lo sabía patriota, puro y grande, y hoy, después de casi ocho años, lo admiro aún más y lo veo más inmensamente grande que cuando me acerqué a usted. También es cierto que esos largos años han minado mi salud y esta batalla gigante y patriótica en que usted está empeñado permanentemente por su pueblo y por la patria exige un esfuerzo sin retaceos que yo ya no estoy en condiciones de ofrecerle, e inspirado en el ejemplo de renunciamiento y desinterés que mi ilustre y querida hermana dio al peronismo me dirijo a usted elevándole la indeclinable renuncia al cargo de secretario privado con que usted me distinguiera en oportunidad de ocupar el excepcional gobierno que preside. No necesitaría decirle que usted, mi general, habrá de contar con mi más sincera y profunda gratitud, pero quiero dejar constancia de ello, como también de mi inquebrantable lealtad y de mi inconmovible adhesión, que no hará variar nunca ni la distancia ni el tiempo, ni circunstancia alguna que lo intentara. Ruégole tener presente mi cariñoso saludo que le transmito, con su respeto, en un estrecho abrazo. Juan Duarte[412].

 

La carta tomó estado público a través de los diarios, y los rumores inundaron la ciudad. En los mentideros políticos y periodísticos no se hablaba de otra cosa. La oposición se frotaba las manos ante semejante escándalo que vinculaba a alguien tan cercano a Perón, al hermano de «esa mujer». Durante la segunda semana de abril los investigadores le hicieron llegar a Perón sus primeras conclusiones, basadas en los elementos encontrados en la caja fuerte de Duarte. Allí, entre perfumes franceses, joyas de Ricciardi, papeles de compra y venta de caballos de carrera, títulos de propiedad, zapatos de lujo y notas de empresarios pidiendo o agradeciendo favores, estaba lo que buscaban: documentos que lo incriminaban con el mercado negro de la carne[413].

Pero un dato revelado por Bengoa agotó la paciencia de Perón. Entre los papeles secuestrados estaba el diagnóstico médico de la enfermedad venérea padecida por Juancito que guardaba Perón en su propia caja fuerte de la residencia. Tras analizar la situación, llegó a la conclusión de que Juan había obtenido la llave que abría la puerta a los papeles secretos de Perón a través de Evita. Quedaba la duda de cómo había sido aquel trámite, pero esa violación de la intimidad del presidente resultó inadmisible para todos y particularmente para Perón, que decidió ordenarle a Juan

 

que se presentara ante Bengoa. En la tarde del 8 de abril Perón se dirigió al país señalando:

 

He de terminar también con todo aquel que esté coimeando o esté robando en el gobierno. He ordenado una investigación en la Presidencia de la República para establecer la responsabilidad de cada uno, empezando por mí… ¡Ni a mi padre dejaría sin castigo[414]!

 

Estaba claro que el problema no lo tenía precisamente con su padre.

Juan Duarte, el alma de la noche porteña, el hombre al que todos querían acompañar aunque fuese para quedarse con lo que desechaba, el cuñado que decidía quién filmaba o no en aquella Argentina de película, el que se jactaba de tener como amantes simultáneas a dos de las más bellas actrices del momento: Fanny Navarro y Elina Colomer, el que decía «déjalo en mis manos», el que todo lo podía, estaba acorralado por la sífilis y por algunas verdades que ya no podía mentir. Quería volver atrás los relojes y no haberse metido en ciertas cosas, pero ya era tarde. Entró en uno de esos estados donde la desesperación le pide pista a la depresión y el suicidio va dejando de ser algo que le pasa a los otros. En ese estado le escribió a Fanny Navarro:

 

Vidita: Le ruego que me perdone, me voy solo al campo. Esta semana me han pasado cosas tan terribles que le doy las gracias a Dios por estar todavía en mi sano juicio. Por eso quisiera estar solo y si pudiera me iría tan, tan lejos como tan amargado estoy. Mañana cumple años mi madre en Mar del Plata. Le había prometido ir y tampoco iré. […] sólo quiero que sepa que usted nada tiene que ver en todo esto y que ésta no es pena de amor, es desencanto, es terrible desazón, es asco a casi todo, que es mucho más y mucho peor. […] Por momentos, pienso que ya mi cabeza no coordina más, que mis piernas aflojan porque también aflojan mis fuerzas y me quedo hasta sin alma. En una palabra, me muero, pero no termino de morirme. Juan[415].

 

Hay dos versiones sobre lo que hizo Juan Duarte la noche del 8 de abril de 1953. La de su cuñado y colaborador, Orlando Oscar Bertolini, quien le contó a Hugo Gambini:

 

Esa noche bebimos unos tragos de whisky, no muchos, y cuando nos despedimos, a eso de las doce y media, me tomó los hombros y me clavó la mirada. «Ándate derecho a tu casa», me dijo. Yo no entendía muy bien el sentido de esas palabras. Pero al día siguiente comprendí todo. Juancito estaba muerto de un tiro en la sien. ¡Qué espantoso[416]!

 

La otra versión es la de Perón, que cuenta:

 

La vida de Juan ya se encaminaba por entonces hacia una pendiente que no podía remontar. Una enfermedad prohibida, innombrable para la sociedad de aquel tiempo, lo llevaba hacia una parálisis progresiva. […] Era conocida su particular actitud frente a determinadas mujeres con las cuales tuvo contacto, y a las que les propinó golpizas que no tenían una explicación racional, más bien propias de un demente. Aun sin ser investigado, sus perspectivas eran sombrías. Para decirlo de una vez, estaba ante un callejón sin salida. […] Todo esto y las calumnias y la enorme impresión de la muerte de Evita, fue combinándose hasta producir una depresión insostenible. La noche anterior cenó conmigo. Luego, en su departamento, se tomó un somnífero, se le anuló el subconsciente, y se mató[417].

 

La   mañana   en   que   Juan   Duarte   debía   comparecer   ante   el   jefe   de los investigadores, el mucamo Inajuro Tashiro entró a la habitación de su patrón como todos los días, con el desayuno, y lo encontró arrodillado, rodeado de sangre, con las manos sobre la cama, como elevando una plegaria vaya a saber a quién. Completaban la escena un Smith & Wesson calibre 38 y una carta manuscrita que ocupaba prolijamente el borde de la mesita de noche. No había desorden sino un orden mortal. Juan Duarte, que nunca había escrito tanto en tan poco tiempo dejaba al General  sus disculpas póstumas. Sabía que era la última vez que empuñaría una lapicera, la

última vez de todo.

 

Mi querido general Perón: La maldad de algunos traidores de Perón, del pueblo trabajador, que es el que lo ama a usted con sinceridad, y los enemigos de la Patria, me han querido separar de usted; enconados por saber lo mucho que me quiere y lo leal que le soy. Para ello recurren a difamarme y lo consiguieron; me llenaron de vergüenza, pero no pudieron separarme de usted: desde mi renuncia, usted fue tan amigo como siempre, y esta aflicción suya de estos días por mí me pagó con creces el mal que ellos me causaron. He sido honesto y nadie podrá probar lo contrario. Lo quiero con el alma y digo una vez más que el hombre más grande que yo conocí es Perón. Sé de su amor por su pueblo y la patria, sé como nadie de su honestidad, y me alejo de este mundo asqueado por la canalla, pero feliz y seguro que su pueblo nunca dejará de quererlo y de haber sido su leal amigo. Cumplí con Eva Perón hasta donde me dieron las fuerzas. Le pido cuide de mi amada madre y de los míos, que me disculpe con ellos que bien lo quieren. Vine con Eva, me voy con ella, gritando viva Perón, viva la Patria, y que Dios y su pueblo lo acompañen por siempre. Mi último abrazo para mi madre y para usted.

 

 

  1. D.: Perdón por la letra, perdón por todo[418].

Juan Ramón Duarte

 

 

A partir de ese momento comenzó un debate inconcluso sobre si realmente se trató de un suicidio o de un asesinato. Abundan los argumentos en uno y otro sentido, las teorías conspirativas, las falsas denuncias y, obviamente, las sospechas de muchos y la incomodidad de otros tantos. Los procedimientos del primer juez de la causa, Raúl Pizarro Miguens, abrieron la puerta a las dudas: no se realizó una autopsia, no se le dio importancia al tema de que la bala que mató a Duarte era de calibre 45 mientras que el revólver que se encontró junto a su cadáver era un 38, ni a que él mismo apareciera del lado contrario del que se efectuó el disparo.

Era evidente que Juan tenía motivos para suicidarse. Pero el contexto político, el discurso de Perón y las denuncias anónimas, nunca confirmadas, de que había sido asesinado por orden de Apold y trasladado luego a su departamento, complicaban el panorama. El único que no tuvo dudas fue el juez Pizarro Miguens, que cerró la causa y abrió todos los interrogantes. Para él y para la Justicia que él representaba, se había tratado de un suicidio.

 

 

Sí Gandhi lo viera

El tema se convirtió en un asunto de Estado cuando la autodenominada «Revolución

 

Libertadora» creó la Comisión Investigadora 58. Estaba a cargo del capitán de fragata Aldo Luis Molinari y de un personaje digno de una truculenta novela policial: Próspero Germán Fernández Alvariño, que usaba irónicamente el nombre de guerra de «Capitán Gandhi», aunque durante los interrogatorios le gustaba que lo llamaran

«leoncito de Dios». La seriedad de la Comisión 58, integrada por estos personajes y creada para instalar definitivamente la hipótesis del homicidio de Duarte, puede evaluarse a partir de las actitudes de «Gandhi». El sujeto participó de la autopsia del cadáver exhumado y se quedó con dos «souvenirs»: el cráneo y un dedo pulgar. La cabeza de Juancito era esgrimida en los interrogatorios por este siniestro antecesor de sus colegas de los años 70. Una de las víctimas de esta «gracia» del autotitulado capitán fue Fanny Navarro, quien cayó desmayada tras ser obligada a ver aquellos despojos mortales. Decía el siniestro «Capitán» en uno de sus soliloquios, refiriéndose a sí mismo:

 

Pero este hombre que sabe algo de física, de química, de medicina legal, de laboratorio, de scopometría, de investigación científica y tiene a veces métodos propios y científicos para buscar la verdad o encontrar la mentira que parece oculta y triunfante, este leoncito de Dios que pasó horas enteras leyendo el sumario ante la vista misma del señor Secretario del Juzgado, Dr. Carlos Enrique Malbrán, reemplazando scopómetros con aparatitos de su confección e invención y sacó dibujo teniendo poca luz y ningún aparato de precisión y reprodujo por sus medios la imagen para que mañana la confronten con las macrofotografías que el gabinete tomará… Ya habrá advertido el Sr. Comisario que mi cráneo tiene cerebrósidos en cantidad, y que el metabolismo del fósforo es normal. Por algo dediqué la especialización de mi vocación al conocimiento de la dietética. Cuando los forenses sepan que dormía dos horas por día y tomaba dos litros de leche, dos yemas de huevo, mucho pan y mucho mate cocido, dirán que la dieta era dieta para esfuerzo cerebral[419].

 

Así pensaba y escribía el «Gandhi» de la «Libertadora». Habrá que esperar a la aparición del «brujo» López Rega, que escribía sus delirios esotéricos bajo el seudónimo de «Hermano Daniel», para que en la prosa política argentina aparezca una pluma de similares cualidades. En estas manos estaba la Comisión 58.

La causa fue cerrada en 1958, cuando el juez Jorge Franklin Kent revisó el expediente y avaló lo actuado por el primer juez de la causa, determinando que se trató de un suicidio. Pero la duda ha logrado eludir todos los expedientes judiciales.

 

 

Primeras bombas en la Plaza de Mayo

Para contrarrestar la ofensiva opositora, que encontraba en la carestía, el desabastecimiento y el caso Juan Duarte un interesante caldo de cultivo, la CGT convocó para el 15 de abril a una movilización. La Plaza de Mayo volvió a llenarse y estaba todo listo para otro «día peronista». El General dedicó su discurso a vincular la complicada situación económica con el accionar de la oposición:

 

He repetido hasta el cansancio que en esta etapa de la economía argentina es indispensable que

 

establezcamos un control de los precios, no sólo por el gobierno y los inspectores, sino por cada uno de los que compran, que es el mejor inspector que defiende su bolsillo. Y para los comerciantes que quieren precios libres, he explicado hasta el cansancio que tal libertad de precios por el momento no puede establecerse.

 

No había terminado aquella frase cuando una ensordecedora explosión hizo volar a todas las palomas de la Plaza. Estaba claro que no era un petardo, sino una bomba de alto poder. Perón intentó continuar:

 

Compañeros, éstos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba.

 

Otro explosivo estalló en ese momento y el General, con el rostro severo, continuó:

 

Ustedes ven que cuando yo, desde aquí, anuncié que se trataba de un plan preparado, no me faltaban razones para anunciarlo. Compañeros: podrán tirar muchas bombas y hacer circular muchos rumores pero lo que nos interesa a nosotros es que no se salgan con la suya, y de esto, compañeros, yo les aseguro que no se saldrán con la suya.

 

La multitud lo interrumpió y se oyeron repetidas claramente dos palabras:

«¡Perón! ¡Perón!» y «¡Leña! ¡Leña!». El líder no dejó pasar la oportunidad y sin medir demasiado sus palabras dijo:

 

Eso de leña que ustedes me reclaman, ¿por qué no empiezan ustedes a darla? Compañeros: estamos en un momento en que todos debemos de preocuparnos seriamente, porque la canalla no descansa porque están apoyados desde el exterior. […] Decía que es menester velar en cada puesto con el fusil al brazo. Es menester que cada ciudadano se convierta en un observador minucioso y permanente, porque hoy la lucha es subrepticia. Todo esto nos está demostrando que se trata de una guerra psicológica organizada y dirigida desde el exterior, con agentes en lo interno. Hay que buscar a esos agentes, que se pueden encontrar si uno está atento, y donde se los encuentre, colgarlos en un árbol. […] Con referencia a los especuladores, ellos son elementos coadyuvantes y cooperantes en esta acción. El gobierno está decidido a hacer cumplir los precios aunque tenga que colgarlos a todos. Y ustedes ven que tan pronto se ha comenzado, y el pueblo ha comenzado a cooperar, los precios han bajado un 25 por ciento. Eso quiere decir que, por lo menos, estaban robando el 25 por ciento. Han de bajar al precio oficial calculado, porque eso les da los beneficios que ellos merecen por su trabajo. No queremos nosotros ser injustos con nadie. Ellos tienen derecho a ganar pero no tienen derecho a robar. […] Si para terminar con los malos de adentro y con los malos de afuera, si para terminar con los deshonestos y con los malvados, es menester que cargue ante la historia con el título de tirano, lo haré con mucho gusto. Hasta ahora he empleado la persuasión; en adelante emplearé la represión. Y quiera Dios que las circunstancias no me lleven a tener que emplear las penas más terribles[420].

 

En la Plaza quedó el saldo humano de las explosiones: cinco muertos y más de cien heridos de consideración.

Perón no había terminado su discurso como solía hacerlo, con pedidos de tranquilidad y la tradicional invitación de ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Los había convocado, en cambio, a hacer justicia por mano propia. Algunos grupos, sintiéndose intérpretes de aquellas palabras, se dirigieron a distintos lugares de la

 

ciudad para destruir sedes partidarias y locales sociales. Así cayó bajo las llamas la

«Casa del Pueblo», la histórica sede del socialismo ubicada en Rivadavia 2150. Entre las brasas quedó hecha cenizas la Biblioteca Obrera Juan B. Justo[421], uno de los archivos más completos de la historia del movimiento obrero argentino, que se perdió para siempre. También fueron quemadas la Casa Radical, de Tucumán 1660; el comité central del Partido Demócrata, en Rodríguez Peña 525, y la sede social del Jockey Club, de Florida 559. Los bomberos llegaron sospechosamente tarde y con sus autobombas sin agua.

Todo parece indicar que los autores de los incendios pertenecían a las huestes de la Alianza Libertadora Nacionalista lideradas por Juan Queraltó, juntamente con hombres que operaban al mando de Teissaire y el por entonces mayor Jorge Osinde. El futuro le tenía reservado a Osinde el triste privilegio de pasar a la historia como uno de los responsables de la masacre de Ezeiza aquel inolvidable 20 de junio de 1973[422].

En cuanto a los autores de los atentados con bombas en la Plaza de Mayo, algunos de los responsables señalados por Félix Luna son

 

los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse y Roque Carranza eran algo así como coordinadores del grupo. Tenían un feble contacto con militares de baja graduación, el capitán Eduardo Tholke el más importante, que a veces les proveían de explosivos y los alentaban a continuar creándole dificultades a Perón[423].

 

Los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse eran miembros de una familia vinculada a la oligarquía ganadera, a la que también pertenecía Alejandro Agustín, entonces preso en el Sur por participar del intento golpista de Menéndez. Roque Carranza llegaría a ser un destacado dirigente radical. Fue ministro de Obras y Servicios Públicos durante la presidencia del doctor Arturo Illia y de Defensa en la administración de Alfonsín. Una estación de subte de la línea D lleva su nombre.

 

 

No es bueno que el hombre esté solo

El General haría una autocrítica de estos gravísimos e injustificables hechos, años más tarde, en Madrid:

 

Mi gobierno no mandó a realizar estas acciones imprudentes, pero es indudable que se realizaron a favor del gobierno y como respuesta a la acción canallesca de la oligarquía. Pero yo no quise que eso pasara, por la sencilla razón de que con eso contribuíamos a echar más leña al fuego. Después de todo había un dato que era indiscutible, los funcionarios públicos dejaban bastante que desear, la corrupción fue una realidad que nosotros debimos atacar antes que nada, para después sí llenarnos la boca contra nuestros detractores. Pero con que una sola de sus críticas fuese verdadera, nosotros no teníamos argumentación moral para discutir[424].

 

El texto deja entrever algunos de los problemas más graves que se planteaban en

 

el movimiento en aquellos momentos cruciales. La burocratización, con su carga casi obvia y mortal de obsecuencia, alejaba a los mejores hombres y encumbraba a los otros, a los que no les importaban ni Perón ni el movimiento y que, como Teissaire o Bengoa, tendrían ocasión de demostrar sus verdaderas intenciones apenas caído el peronismo, pasándose inmediatamente a las filas de los «libertadores».

Hubo alejamientos de hombres honestos que se iban callados porque no querían tocar la música que tanto le gustaba oír a la oposición. Hombres como Mercante, Jauretche, Carrillo y Scalabrini Ortiz se alejaron sin irse del todo, porque sabían muy bien que los otros, los que tomarían el poder tras la caída de Perón, venían a atrasar los relojes. Estas ausencias debieron haber encendido una alarma que lamentablemente no se activó. Jauretche intentó, a través de una sonora metáfora, llamar la atención del líder sobre aquel personalismo desbordante que hacía que todo se llamara Perón o Eva Perón, que en las radios sólo se escuchara lo que el gobierno quería. Dijo entonces, con su histórica claridad: «Cuidado, que cuando todo suena a Perón, es que suena Perón[425]».

Scalabrini escribió:

 

Me apena pensar todo lo que yo pude hacer en la formación de la conciencia nacional en el transcurso de esos diez años. Con seguridad, la oposición radical hubiera cambiado de tono. Es claro que mi obra tenía un precio: la absoluta libertad para escribir, y el gobierno de Perón hubiera sido constantemente hostigado por mí, para bien de Perón y del país. No le critico siquiera haberse rodeado de adulones. El hombre de gobierno necesita esa corte de lisonja para sostenerse, para confortarse, para continuar esa tremenda tarea de conducir al país entre las tremendas dificultades internas y externas. Pero debió haber dejado un resquicio, una trinchera, algo desde donde hubiéramos podido continuar adoctrinando y enseñando[426]

 

Del otro lado de todo, el gobernador bonaerense Carlos Aloé, a quien sus detractores solían caricaturizar como un caballo, declaraba:

 

En el gobierno argentino no hay nadie, ni gobernadores, ni diputados, ni jueces, ni nadie; hay un solo gobierno que es Perón[427].

 

 

 

Se va la tercera

El mundo «civilizado» había inventado una nueva guerra a la que habían llamado

«fría» porque le faltaba la calentura de los combates directos. En criollo, las dos grandes potencias se preparaban para hacer pelear a los otros en su nombre o por sus intereses. En este contexto, la política de bloques y «áreas de influencia» se tornó fundamental e implicó un necesario cambio de estrategia por parte de los Estados Unidos hacia los países latinoamericanos en general y hacia la Argentina en particular. La preocupación por los nazis, si es que alguna vez existió sinceramente, había quedado atrás. La nueva prioridad de Washington era prevenir el «avance

 

comunista» en el hemisferio[428].

 

Estados Unidos nos enseña «democracia»

Suele olvidarse, y no inocentemente, que mientras la prensa del sistema y el gobierno de los Estados Unidos se escandalizaban por la censura ejercida por el gobierno peronista, en aquel país se vivía un proceso de persecución ideológica sin precedentes, que pasó a la historia como el macarthismo. Volvemos a poner seriamente en duda la autoridad moral de algunos medios de prensa y de la clase política de la «mayor democracia del mundo» para levantar tribunales acusatorios contra otros países, sobre todo cuando una parte importante de esa prensa y de esa clase política norteamericana, tan sensible a «la falta de libertades en la Argentina», calló, fue cómplice o en muchos casos alentó aquella «cruzada» de graves consecuencias para todos los que compartían ideas de cooperación social, de protección a los sectores más necesitados de la sociedad, o quienes habían militado o mantenido algún grado de relación con el partido comunista norteamericano.

Desde el final de la guerra comenzó una verdadera obsesión por exaltar los valores nacionales estadounidenses, sintetizada en el espíritu individualista y aventurero del cowboy del Far West, difundida a través de innumerables películas y series de televisión.

En este contexto comenzó a desarrollarse la llamada caza de brujas. Lo de brujas respondía al recuerdo de un episodio ocurrido en el poblado de Salem, cuando un grupo de mujeres fueron acusadas de brujería por oponerse a las autoridades locales, a fines del siglo XVII. Este episodio fue magistralmente llevado al teatro por el dramaturgo Arthur Miller en su obra Crisol, conocida en el mundo como Las brujas de Salem, que se transformó en un duro alegato contra el autoritarismo y las arbitrariedades de los gobiernos.

En marzo de 1947, el presidente Truman aprobó el «Programa de Lealtad de Empleados Federales», destinado a expulsar de sus cargos a los funcionarios sospechosos de deslealtad política. Todos los empleados estatales que no pensaran como el gobierno perdieron sus puestos de trabajo. En esta tarea actuó intensamente el Comité de Actividades Antinorteamericanas, conformado el 26 de mayo de 1948 por dos comisiones parlamentarias, una en la Cámara de Representantes (diputados) y otra en el Senado. A partir de 1950, el Comité del Senado, presidido por el senador republicano por Wisconsin, Joe McCarthy, comenzó a interrogar a gente que desempeñaba actividades relacionadas con la cinematografía. McCarthy era un político conocido en su distrito por su bajo nivel intelectual y sus maneras vulgares, y por haber recibido un «préstamo personal» de un directivo de la Pepsi-Cola para hacer campaña contra los controles de precios después de la guerra.

 

El «Pepsi-Cola Kid», como lo llamaba la prensa estadounidense, además había tomado el tema del anticomunismo como caballito de batalla para hacerse popular. Las causas de la elección de la industria del cine como blanco de la campaña anticomunista fueron, básicamente, tres: en primer lugar, muchos profesionales (directores, guionistas, actores) provenían de la inmigración antifascista de la primera posguerra; por otra parte, había que poner un cuidado especial en el contenido de las películas, por la obvia influencia ideológica que ejerce el cine sobre las masas; y finalmente, por el efecto «ejemplificador» que tendría en el público ver a algunas de sus estrellas declarando ante el Comité.

Se creó una psicosis colectiva, basada en el aparato de propaganda. Personas, revistas, radios y canales de televisión competían en denunciar el pasado dudoso de tal o cual actriz, actor, escritor o director. Así surgieron las listas negras que impedían a quienes figuraban en ellas trabajar en los Estados Unidos.

Uno de los interrogatorios de McCarthy se recordará siempre. Ante la absurda pregunta del senador: «Si usted estuviera gastando, como nosotros, más de 100 millones de dólares al año en una campaña contra el comunismo a través de la publicación de libros, ¿adquiriría las obras de unos 75 autores comunistas y las distribuiría?». El más importante autor norteamericano de novelas policiales, Dashiell Hammett, respondió: «Creo que si luchara contra el comunismo, como ustedes dicen, no le daría a la gente ninguna clase de libros, ni comunistas ni anticomunistas, porque yo fui acusado de comunista por escribir y leer libros». Hammett fue condenado a seis meses de prisión, y sus libros fueron retirados de las bibliotecas.

 

 

Mirando al patio trasero

Perón había firmado con cierta reticencia el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) en 1947 y había logrado su radicación por el Congreso en 1950, aunque con fuerte oposición en sus propias filas y en los sectores nacionalistas que hasta entonces apoyaban críticamente al gobierno.

El TIAR significó, en su conjunto, un triunfo de la diplomacia norteamericana, que imponía a través de este mecanismo, hecho a la medida de sus estrategias, su criterio en temas decisivos como la utilización de la fuerza en caso de conflictos interhemisféricos[429]. Una de las motivaciones de Perón para estampar su firma fue que en aquel contexto internacional, donde no parecía descabellada la posibilidad de una Tercera Guerra Mundial, se hacía necesario asegurar los mercados externos para la Argentina.

Frente a la guerra fría, Perón propuso su tesis de la «Tercera Posición», poniendo en el terreno de la filosofía política y económica un rechazo tanto del sistema estatal absoluto soviético como del liberalismo clásico, y en el campo internacional, una

 

toma de distancia de los bloques conducidos por los Estados Unidos y la Unión Soviética. Decía Perón:

 

El mundo entero se halla dividido en dos partes: una responde al individualismo en forma capitalista, otra responde al colectivismo de forma comunista. El individualista, cuya filosofía de la acción es netamente liberal, entiende que en su acción el gobierno debe prescindir de toda intervención en las actividades sociales, económicas y políticas del pueblo. Las consecuencias han sido desastrosas: la anarquía política en lo político, el capitalismo nacional o internacional en lo económico y la explotación del hombre por el hombre en lo social. El colectivismo, cuya filosofía de la acción es netamente antiliberal, entiende que en su acción el gobierno puede y aun debe asumir la dirección total de las actividades políticas, económicas y sociales del pueblo. Las consecuencias no han sido menos desastrosas que el individualismo. Dictadura en lo político, intervencionismo en lo económico, explotación del hombre por el Estado en lo social. La doctrina justicialista trae al mundo su propia solución[430].

 

El gobierno norteamericano descreyó de esta postura de Perón. En un documento desclasificado puede leerse:

 

la tercera posición no es una posición de neutralidad pasiva, ya que Perón busca agresivamente alinear a la América Latina bajo su liderazgo […] Dada la limitada influencia que tiene la URSS en la región, esta política es la que atenta directamente contra los intereses norteamericanos[431].

 

Cuando en 1950 comenzó la guerra de Corea, a pocos meses de la instalación de la República Popular China, los Estados Unidos presionaron a sus países satélites de América Latina, durante la IV Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores, para formar una fuerza «internacional» de defensa hemisférica. La delegación argentina, actuando en conjunto con la mexicana y la guatemalteca, hizo fracasar la propuesta.

La idea de la Tercera Posición hizo que Perón virase hacia los países vecinos en busca de acuerdos bilaterales e incentivos comerciales, Su estrategia, que se demostraría correcta con el tiempo, fue aumentar los lazos con los países de la región. Impulsó la instalación de embajadas donde sólo había consulados; se difundió bibliografía argentina y justicialista por toda Latinoamérica; el gobierno peronista compró medios de prensa en algunos países y creó la Agencia Latina de Prensa, con sede en México, para contrarrestar el monopolio informativo de las agencias norteamericanas. Para ella trabajó un médico rosarino desocupado que hacía sus primeras armas en la fotografía. Se llamaba Ernesto Guevara; después sería para siempre el «Che».

 

 

Unidos o dominados

La Argentina firmó acuerdos con Chile, Paraguay, Ecuador, Nicaragua y Bolivia. Pero el General soñaba sobre todo con una sólida alianza con Brasil y Chile, el famoso ABC. Sin embargo, como él mismo decía,

 

el ABC sucumbió abatido por los trabajos subterráneos del imperialismo, empeñado en dividir e impedir toda unión propiciada o realizada por los «nativos» de estos países «poco desarrollados» que anhela gobernar y anexar, pero con factorías de «negros y mestizos» […]. Ni la Argentina, ni Brasil, ni Chile aisladas pueden soñar con la unidad económica indispensable para enfrentar un destino de grandeza. Unidos forman, sin embargo, la más formidable unidad a caballo sobre los dos océanos de la civilización moderna. […] podría construirse hacia el norte la Confederación Sudamericana, unificando en esa unión a todos los pueblos de raíz latina. […] Sabemos que estas ideas no harán felices a los imperialistas que

«dividen para reinar» […]. Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles[432].

 

Estados Unidos jugó su pieza clave para hacer fracasar el ABC: su enorme influencia sobre el gigante por entonces naciente, el Brasil. Sin el apoyo decidido del socio potencial más importante, cualquier intento de alianza regional estaba condenado al fracaso.

Perón viajó personalmente al Paraguay para devolver los trofeos de guerra capturados durante la guerra de la «Triple Infamia[433]», como la llamaba Juan Bautista Alberdi; entre ellos, un reloj que perteneció al mariscal Francisco Solano López[434], lo que fue aprovechado por el General para decir: «quiera Dios que este reloj marque las horas felices a que tiene derecho el pueblo paraguayo por sus sacrificios[435]».

El General no se cansaba de hablar de la necesaria unidad latinoamericana. Disertando sobre el tema en la Escuela Superior de Guerra, Perón lanzó una frase destinada a pasar a la historia:

 

Pienso yo que el año 2000 nos va a sorprender unidos o dominados; pienso también que es de gente inteligente no esperar que el año 2000 llegue a nosotros, sino hacer un poquito de esfuerzo para llegar un poco antes al 2000, y llegar un poco en mejores condiciones que aquélla, que nos podrá deparar el destino mientras nosotros seamos yunque que aguantamos los golpes y no seamos alguna vez martillo, que también demos algún golpe por nuestra cuenta[436].

 

Por otro lado, durante los gobiernos peronistas, las relaciones con el resto de las naciones fueron buenas. La Argentina fue uno de los primeros países que reconoció oficialmente al Estado de Israel y se activaron las relaciones comerciales con la Unión Soviética y los países del Este. El 5 de agosto de 1953 se firmó el primer acuerdo comercial entre la URSS y un Estado latinoamericano.

 

 

Tras su manto de neblina

Por aquellos años se produjo la agresión inglesa a una base argentina en la Antártida, que fue repelido por las fuerzas argentinas. Así lo cuenta Perón:

 

Inglaterra envió una fragata y destruyó uno de nuestros refugios. La guarnición nuestra era más bien pequeña, pero amenazando con las ametralladoras dieron a los ingleses cinco minutos para que abandonaran aquella tierra. Los ingleses se marcharon pero dejaron su bandera izada en el refugio que habían destruido y un cabo nuestro la arrancó y se la arrojó al bote que empleaban los ingleses para huir.

 

Vino a verme el embajador británico y tuve con él una pequeña conversación más bien amistosa, en el curso de la cual me preguntó «¿Cómo van a arreglar ustedes ese asunto de la Antártida?». Le contesté:

«¿Qué derecho tienen ustedes a la Antártida?» y me replicó: «La Antártida es una prolongación de las islas Malvinas». Y fue entonces cuando yo le dije: «Sí. Eso me recuerda a un tipo que me robó un perro y al día siguiente vino a buscar el collar[437]».

 

En 1953, en ocasión de la coronación de su graciosa majestad la reina Isabel II, en representación del gobierno argentino viajó el presidente del Senado, almirante Alberto Teissaire, con una misión imposible: comprarle las Malvinas a Gran Bretaña. Como había ocurrido durante el gobierno de Rosas con la oferta presentada por el enviado Manuel Moreno (el hermano de Mariano), el gobierno inglés ni siquiera consideró la oferta porque haberlo hecho hubiera significado reconocer explícitamente nuestros derechos.

 

 

El amigo americano

Pero para 1953 la Tercera Posición fue cediendo el lugar a una política de acercamiento a los Estados Unidos, que se evidenció durante la visita del hermano del presidente Eisenhower a la Argentina.

La visita, como todas las de su especie, no era precisamente turística. Mr. Milton, el hermano presidencial, venía a explorar las oportunidades de negocios en el país y a sondear las posibilidades para concretar acuerdos petroleros con la Argentina. Un año después, Perón reconocería este cambio de orientación:

 

En el orden internacional, doy gracias a Dios de que nos haya permitido en este año estrechar nuestras relaciones con todos los pueblos de la tierra. Un pequeño diferendo, más de forma que de fondo, que existía con los Estados Unidos, ha sido total y absolutamente solucionado. Y en ello, haciendo la justicia a que tengo el deber, debo exaltar la ilustre personalidad del presidente Eisenhower, quien con un gesto que lo honra y lo enaltece, mandó a su propio hermano para zanjar todas las dificultades que pudieran existir con la Argentina. Yo soy el más feliz de los hombres al haber podido realizar este acto que nos une sin reservas mentales a los pueblos hermanos de América[438].

 

La materialización más concreta de este cambio fue el impulso y la aprobación de la Ley de Inversiones Extranjeras en agosto de 1953. A partir de entonces se concretaron importantes inversiones productivas como la instalación de la FIAT en Ferreyra y de las Industrias Kaiser Argentina (IKA) en Santa Isabel, ambas muy cerca de la capital cordobesa. Allí se fue conformando un notable polo industrial que incluía la Fábrica Militar de Aviones y las Industrias Mecánicas del Estado, productoras del legendario Rastrojero y de la noble motocicleta Puma, la famosa Pumita.

 

 

El Congreso de la Productividad

 

Las reorientaciones económicas, sociales y políticas del Segundo Plan Quinquenal y la recomposición de relaciones con el capital extranjero generaron resquebrajamientos en el frente gubernamental. Una de las señales fue la dificultad en ponerse de acuerdo entre la central obrera y la flamante central empresaria, la Confederación General Económica (CGE), durante las sesiones del «Congreso de la Productividad», realizado en Buenos Aires entre el 21 y el 31 de marzo de 1955. Uno de los objetivos del gobierno y de la CGE era imponer la idea de que para aumentar la productividad era imprescindible un mayor esfuerzo por parte de los trabajadores y la concreción formal de la alianza entre los trabajadores y la soñada burguesía nacional.

Los empresarios se quejaban por los altos índices de ausentismo y lo que ellos llamaban «abusos» por parte de los trabajadores.

No podemos dejar pasar por alto esta referencia a los «abusos» cometidos por los obreros por un brevísimo espacio de tiempo en proporción al desarrollo de la injusta historia de la relación capital-trabajo en la Argentina. Es notable el espacio que ocupa en los textos de los historiadores autodenominados «liberales» este tipo de menciones, mientras brilla por su ausencia más de un siglo de explotación inhumana, que se mantiene hasta el presente. Una realidad donde los abusos vienen siempre del mismo lado, no precisamente de los trabajadores, sobre los que se cargan las tintas por aquellos casi diez años durante los cuales se modificó parcialmente la relación de fuerzas.

Perón recibía las quejas de los industriales, pero sabía que el movimiento obrero era la base de sustentación de su movimiento. Esto limitaba claramente su menú de decisiones políticas.

Cuando le tocó hablar en las sesiones de ese Congreso, el secretario de la CGT, Juan Vuletich, apuntó directo a las falencias del sector empresarial y su falta de compromiso con el momento histórico que se estaba viviendo. Señaló que ni siquiera se ocupaban de cumplir con las leyes laborales y previsionales y que, en vez de reinvertir sus ganancias en el sector productivo, lo hacían en bienes suntuarios para marcar su status. El diagnóstico coincidía con el de Arturo Jauretche:

 

Esta nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la construcción de propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el sindicato era a su vez la garantía del mercado que su industria estaba abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba era el que le permitía generar los bienes de que estaba disponiendo. Pero ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra los nuevos de la política o del gremio eran también dirigidos contra su propia existencia? Así asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los terratenientes que eran enemigos naturales, sin comprender que los chismes, las injurias y los dicterios también eran válidos para ella[439].

 

A su turno, José Gelbard[440] reseñó los que para él constituían los principales

 

problemas que dificultaban el aumento de la productividad: el ausentismo, la indisciplina, la interrupción frecuente de las tareas en las fábricas por las convocatorias a asambleas por parte de las comisiones internas. No omitió referirse a una cuestión técnica que señalamos en páginas anteriores: las dificultades para modernizar las maquinarias obligaban a un uso más intensivo de las mismas pero también a una mayor cantidad de horas-hombre si se quería aumentar la productividad. Propuso un sistema de incentivos por producción que se contradecía con la mayoría de los convenios colectivos de trabajo de los gremios afiliados a la CGT, que habían desterrado el trabajo a destajo[441].

 

La California Argentina

Los cambios de orientación también se expresaron en un sector tan sensible como el energético. Para 1953, la Argentina importaba la mitad del petróleo que consumía y el 25% de lo invertido en importaciones correspondía a los combustibles. Perón, refiriéndose a potenciales convenios con empresas extranjeras, declaró:

 

Y bueno, si trabajan para YPF, no perderemos absolutamente nada, porque hasta les pagamos con el mismo petróleo que sacan. En buena hora, entonces, que vengan para que nos den todo el petróleo que necesitamos. Antes no venía ninguna compañía si no le entregaban el subsuelo y todo el petróleo que producía. Ahora, para que vengan a trabajar, ¡cómo no va a ser negocio, un gran negocio, si nosotros estamos gastando anualmente en el exterior arriba de 350 millones de dólares para comprar el petróleo que necesitamos, que lo tenemos bajo tierra y que no nos cuesta un centavo! ¡Cómo vamos a seguir pagando eso!… ¿Que ellos sacan beneficios? Por supuesto que no van a venir a trabajar por amor al arte. Ellos sacan su ganancia y nosotros la nuestra; es lo justo[442].

 

Tras estudiar los proyectos de explotación petrolera presentados por empresas inglesas y norteamericanas, el gobierno se decidió por una subsidiaria de la Standard Oil, la empresa California Argentina de Petróleo S. A.

El contrato fue firmado el 25 de abril de 1955 por el doctor Orlando Santos como titular del Ministerio de Industrias y en nombre del gobierno, y por Owen James Haynes en representación de la petrolera, en cuyo directorio figuraba un viejo

«amigo» de la Argentina y un añejo empleado de los Rockefeller: Spruille Braden. El convenio comercial establecía:

 

  1. La California invertiría 13.500.000 dólares en cuatro años para explorar y explotar un área aproximada a los 000 km2 en la provincia de Santa Cruz.
  2. La concesión se otorgaba por cuarenta años, prorrogables por cinco más.
  3. La empresa se comprometía a producir 200 barriles diarios y entregarle al Estado el 50% de sus utilidades, y le vendería a YPF la producción al precio de
  4. El gobierno le otorgaba a la California exenciones impositivas y el derecho de

 

importar libremente todos los bienes que considerara necesarios. La empresa nacional YPF se comprometía a realizar las costosas tareas de exploración y a aportar a la California toda la información que tuviese sobre las áreas concesionadas. El contrato no decía cuál sería la retribución de nuestra petrolera por estos servicios.

  1. La empresa norteamericana podía rescindir el contrato cuando quisiera, sin que eso implicara ningún costo; pero si el que rescindía era el Estado argentino, tenía que pagar una millonaria indemnización[443].

Perón, un mes antes de la firma del contrato y conociendo obviamente su contenido, se atajó: «Sé que ahora los que han vendido el país cuando estaban en el poder, van a decir que somos nosotros los vendidos y que ellos son los libertadores[444]». Decidió enviar el contrato al Congreso para que se debatiera, dejando la responsabilidad de la aprobación en el Poder Legislativo.

El contrato fue recibido con entusiasmo por The New York Times:

 

El Presidente Perón opina que el porvenir de su país está estrechamente vinculado con la aceleración del desarrollo de sus recursos de petróleo y que la experiencia de los últimos veinte años demuestra que no puede ser explotado sólo por YPF […]. El Departamento de Estado ha seguido atentamente las negociaciones petroleras y entiende que está alentado por la decisión del Presidente Perón. Esta decisión puede ser el retorno del capital extranjero para explotación de otras empresas en la Argentina […]. Si el nuevo plan petrolero tiene éxito, y por consiguiente se necesitan menos divisas para petróleo extranjero, es posible que se supriman en pocos años las restricciones al envío de utilidades. El acuerdo petrolero de la Argentina con el capital extranjero es el primer paso importante de esta clase que da un gran país en la América Latina desde hace varios años[445].

 

Los primeros en cuestionar el contrato fueron los diputados peronistas Raúl Bustos Fierro, Joaquín Díaz de Vivar, Alonso y Picerno, que recordaban además que el convenio iba en sentido contrario al artículo 40 de la Constitución de 1949.

Los principales cuestionamientos tenían que ver con la extensión de la concesión, tanto en el sentido geográfico como en el temporal; la obligación de pagar el petróleo extraído de nuestro territorio en dólares, lo que implicaba una innecesaria salida de divisas; la desigualdad jurídica impuesta a la hora de rescindir el contrato, las excesivas concesiones hechas a la empresa en materia impositiva y la liberalidad para ingresar material importado y para remitir ganancias. Los legisladores sabían de las presiones de la empresa yanqui por derogar el artículo 40; pero era más que evidente que en aquel complejo contexto político Perón no podía convocar a una asamblea reformadora para adecuar la Constitución a la voluntad de una empresa extranjera.

Algunos sectores de la oposición señalaron entonces que Perón fogoneó el conflicto con la Iglesia —del que nos ocuparemos en al capítulo siguiente— para promover una reforma constitucional que modificara el artículo 2o, que establece que la Nación Argentina sostiene el culto católico apostólico y romano, concretar la

 

separación de la Iglesia y el Estado y, como quien no quiere la cosa, modificar el artículo 40 de la Constitución peronista. Un panfleto arrojado por aquellos días por la oposición decía:

 

Podemos afirmar ante el juicio público que la cuestión religiosa, tan sorpresivamente promovida desde la Presidencia de la República, no es sino la cortina de humo con que se quiere ocultar el verdadero objetivo de la reforma constitucional, exigida por la plutocracia yanqui[446].

 

Y otro, en forma de verso, decía:

 

Ahijuna a los peronistas Qué mal les salió la cuenta Y lo que ahora se intenta Con la nueva convención Es suprimir de un renglón El Artículo Cuarenta.

 

Se trata de enajenar

Los bienes de la Nación Y con la separación

De la Iglesia y el Estado Zorramente han pretendido Cambiar la Constitución[447].

 

Es evidente que el conflicto con la Iglesia comenzó mucho antes y que tuvo, como se verá, una dinámica propia.

El gobierno nombró defensor oficial del proyecto al ministro Santos, quien no resultó muy convincente, más allá de sus habilidades oratorias, por lo cuestionable del acuerdo.

El radicalismo, en la persona de uno de sus principales referentes, el presidente del Comité Nacional, Arturo Frondizi, atacó duramente el contrato como un acto de traición y de entrega al imperialismo. Años más tarde, ya siendo presidente de la República, se arrepentiría de estas consideraciones y firmaría los famosos contratos petroleros tan cuestionados por propios y extraños. Frondizi admitió que el radicalismo había cometido un error al rechazar el contrato con la California y

 

en una carta privada al exministro Santos, reconoció que en esa actitud había participado la influencia inglesa, que se oponía a que avanzaran en nuestro país los esfuerzos norteamericanos para extraer petróleo argentino. En su libro Del poder al exilio, publicado en 1973, Perón manifestó que él fue víctima del petróleo y agregó: «El consejero comercial inglés en Buenos Aires declaró un día, con desusada franqueza, que cualquier esfuerzo realizado por quienquiera para asegurarse la producción petrolífera argentina, sería considerado en Londres como un atentado a los intereses británicos»[448].

 

El polémico convenio no llegaría a concretarse. Otros problemas mucho más graves ocuparían la atención del gobierno y de todos los argentinos en aquellos meses de 1955.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vencedores y vencidos

 

La caída del tirano Perón en Argentina es la mejor reparación al orgullo del Imperio y tiene para mí tanta importancia como la victoria de la Segunda Guerra Mundial, y las fuerzas del Imperio Inglés no le darán tregua, cuartel ni descanso en vida, ni tampoco después de muerto.

WINSTON CHURCHILL, discurso en la Cámara de los Comunes, octubre de 1955

 

 

En aquellos días de 1955 podía percibirse un clima raro. La situación política se había ido complicando más de lo deseable. La oposición no lograba amalgamarse como en 1945, cuando había formado la famosa Unión Democrática.

Curiosamente uno de los más poderosos factores de unidad era el padecer por igual la censura oficial, la dificultad para comunicarse con la sociedad y la persecución sufrida por sus militantes. El gobierno parecía no tomar debida cuenta de hasta qué punto estaba propiciando una alianza opositora.

Sólo faltaba el factor aglutinante que estuviera en condiciones de ponerse al frente de aquella alianza con serias probabilidades de llevarla a la victoria. La Iglesia Católica surgirá nítidamente como la alternativa perfecta, por varias razones. Era una de las pocas corporaciones que no había sido copiada por el peronismo; su imagen de

«neutralidad» la ponía «por encima de las pasiones», a lo que sumaba su carácter de fuente ideológica y reserva moral de las fuerzas armadas y su enorme influencia sobre la población civil, que por aquellos años era muy importante. El gobierno estaba a punto de embarcarse en un grave conflicto sin medir seriamente la relación de fuerzas, que ya no era la de 1946.

 

 

A Dios rogando y con el mazo dando

Si bien en un principio las relaciones entre el gobierno y la Iglesia parecían marcadas por el reconocimiento y el diálogo, estaba muy claro que los apoyos recíprocos no tenían que ver precisamente con la común admiración y el respeto sino con la mutua conveniencia. Perón tenía una base social mayoritariamente católica y obraba en consecuencia, otorgándole notables privilegios políticos y económicos a la

 

corporación eclesiástica.

Cumpliendo sus promesas electorales —que llevaron a la jerarquía católica a recomendar a sus feligreses votar por Perón, en la famosa Pastoral de 1945—, el presidente hizo que el Congreso convirtiera en ley el decreto que introducía la enseñanza religiosa en las escuelas, declarada optativa y extracurricular por la Ley 1420 sancionada por iniciativa de Sarmiento en 1884.

En 1947, en ocasión del debate parlamentario, el diputado radical Luis Dellepiane había dicho, refiriéndose a la Iglesia Católica y sus cuadros políticos:

 

Quienes ahora están a favor de la ley de enseñanza religiosa, terminarán buscando refugio y amparo en las filas radicales, pues el gobierno totalitario, en el curso del tiempo, terminará por perseguir a la Iglesia que hoy arranca una ley, más que por la discusión, por imposición de una mayoría regimentada[449].

 

El padre Hernán Benítez recordaba que en una entrevista con el papa Pío XII, el Sumo Pontífice había sido muy generoso con Perón en sus expresiones:

 

En audiencia a solas, de una hora, Su Santidad, después de leer el extenso documento del General Perón que dejé en sus manos, abundó en expresiones de gratitud hacia nuestro Presidente y lo elogió sin reservas: por haber cortado la racha de sesenta años de laicismo y ateísmo escolar; por haber mantenido en las leyes la indisolubilidad del matrimonio, contra lo que acaece en la mayoría de los países del mundo católico; por la eficacia de su acción obrerista, que conjuró el peligro del comunismo en la Argentina, señalada para cabecera de puente del comunismo americano […]; por los recursos distribuidos con mano larga con que subsidió a los países europeos pauperizados por la guerra, incluido el mismo Vaticano[450].

 

Pero habían pasado los años y aquel romance inicial estaba resquebrajado. A la jerarquía católica la venía incomodando el marcado tinte político y personalista que el peronismo les daba a sus actividades. La acción arrolladora de Evita en pocos años era una denuncia muy evidente de la inacción social de siglos de la Iglesia, y las donaciones y las limosnas se depositaban cada vez menos en los templos y más en las cuentas de la Fundación. La molestia eclesiástica con «esa mujer» era indisimulable; si hasta había reemplazado a las tradicionales monjas por enfermeras profesionales en los hospitales. Un hecho simbólico no menor que indignaba a la Iglesia, lo constituía la ocupación del espacio mítico nunca antes disputado. Los sacerdotes señalaban la inconveniencia de que convivieran en las mismas paredes y con la misma jerarquías los retratos de Evita, Perón y Jesús. Esta lucha se potenció al morir Evita. La abanderada de los humildes se convirtió automáticamente en santa para el culto popular, que le levantó altares en todo el país sin esperar la aprobación de la Santa Madre Iglesia, porque sabía muy bien que eso no pasaría nunca.

Todos estos elementos hacían pensar a la corporación eclesiástica que pronto se vería en la obligación de cumplir un rol más cercano al sometimiento que a la alianza táctica, y que ese papel incluiría el renunciamiento a sus tradicionales apoyos a las clases dominantes. Para que nadie se confunda, por entonces no había nada siquiera

 

parecido a lo que cobraría fuerza unos trece años más tarde bajo el nombre de Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo[451], y faltaban ocho años para que en el Concilio Vaticano II[452] el papa Juan XXIII[453] intentara hacer optar a la Iglesia, que alguna vez había sido de Cristo, por los pobres. Por aquellos días la Iglesia argentina, que ostentaba el dudoso récord de ser una de las más reaccionarias del mundo, optaba sin culpas por los ricos y poderosos y militaba fervorosamente — más allá de honrosas excepciones personales— por el mantenimiento o, en el caso de la Argentina anterior a septiembre de 1955, por el retorno del orden establecido del privilegio y la exclusión y contra todo cambio tendiente ala justicia social. Ésa fue la Iglesia que se constituiría, con todo lo que ello implicaba, en el más lúcido, consecuente y consciente punto de referencia del frente opositor a Perón. Un pionero en la materia fue el sacerdote ultraderechista Julio Meinvielle, quien en 1949 escribió un artículo en el periódico Presencia, titulado «Hacia un nacionalismo marxista». En él decía que

 

al carecer de una concepción unitaria de valores, el General Perón ha ido cayendo en un planteo puramente económico y materialista. Por la fuerza de las cosas, su justicialismo habría de convertirse en un verdadero marxismo[454].

 

Perón detallaría en un discurso algunos hitos de aquel distanciamiento:

 

Recuerdo, por ejemplo, la lucha sistemática contra la persona y contra la obra social de la señora Eva Perón y de su benemérita Fundación; la campaña de calumnias y difamaciones de que fueran objeto las mujeres del Partido Peronista Femenino, campaña carente de todo espíritu cristiano y totalmente injusta; las actitudes de numerosos miembros del clero que se negaron a satisfacer los deseos del Pueblo cuando éste trató de realizar oficios religiosos por la salud o en memoria de la señora Eva Perón; el desprecio por la organización obrera que se agrupa en la Confederación General del Trabajo; las campañas organizadas contra la posición ideológica del Movimiento Peronista, posición de paz para la reconciliación del mundo; la prédica de rumores destinados a lograr el desprestigio de los hombres de gobierno mediante las más dispares acusaciones; las campañas tendientes a crear el descrédito del Gobierno en el exterior de la República; los ataques injustificados contra las organizaciones juveniles y las más infames calumnias contra las actividades que ellas realizan a puertas abiertas[455].

 

El General ahora se lamentaba de haber impulsado un generoso subsidio del 75% de los sueldos de los docentes de escuelas privadas, de las cuales el 90% eran propiedad de la Iglesia Católica. Mientras se enteraba por los diarios de las diatribas de los obispos contra su gobierno y las calumnias contra su persona, el presidente les recordaba a sus colaboradores los abusos a que dio lugar aquel subsidio y declaraba:

 

El peronismo quizás a veces no respeta las formas, pero trata de asimilar y de cumplir el fondo. Es una manera efectiva, real y honrada de hacer el cristianismo, por el que todos nosotros sentimos una inmensa admiración[456].

 

Los argentinos somos demócratas y cristianos

Pero lo que más irritó al General fue la creación, en julio de 1954, de un Partido Demócrata Cristiano, con el aval de la Iglesia. El líder consideraba que su movimiento era democrático y cristiano y que en la Argentina no era necesario otro partido para frenar el avance del comunismo, principal objetivo de la democracia cristiana impulsada por el Vaticano y el Departamento de Estado norteamericano.

La vieja alianza ideológica entre los militares y la Curia tornaba más peligroso el protagonismo de la Iglesia, que contaba ahora con una expresión política partidaria propia y excelentes contactos con oficiales superiores de las tres armas que parecían dispuestos a salir en defensa de Cristo Rey. Perón no se quedó callado ante la iniciativa y lanzó la piedra; aunque no podría precisarse, como es de bíblico conocimiento, si fue la primera:

 

¿Qué es el clero? Es una organización como cualquier otra, donde hay hombres buenos, malos y malísimos. […] La Iglesia no tiene nada que ver en este asunto… Yo me he reunido con altos dignatarios de la Iglesia, con obispos y arzobispos… y les dije: «Aquí hay una gran inquietud […] por la intromisión de algunos hombres del clero en las organizaciones profesionales». Ellos nos dieron toda la razón del mundo y declararon […] que eran los primeros en condenar a esos sacerdotes que no sabían cumplir con su deber. Dijeron que no sólo los condenaban, sino que los señalaban como hombres que estaban levantados contra el Gobierno y también contra la dignidad eclesiástica. Si los responsables de la Iglesia argentina […] declaran que condenan a esos curas o a esos otros católicos que están en una acción de perturbación, nosotros tenemos que hacer honor a esa palabra[457].

 

Y, casi a renglón seguido, Perón formulaba una advertencia:

 

No hay ninguna ley de la República que impida que se tomen medidas contra cualquier ciudadano, sea éste de una profesión o de otra, que delinque contra las buenas costumbres o contra las leyes de la República. […] De manera que todas esas asociaciones que funcionen con una finalidad y realicen otra, deben ser intervenidas inmediatamente por la ley, clausuradas de acuerdo con la ley y procesadas por asociación ilícita, pues esa es la asociación ilícita: la que se organiza con un fin y luego realiza otro. […] En Córdoba es donde suceden las cosas más raras. Este señor, padre Bordagaray, asesor del Ateneo Universitario de Córdoba, que es quien dice que debe elegirse entre Cristo o Perón. […] Para nosotros esto no pasa de estos individuos. Aquí hay como dieciséis mil integrantes del clero. Cómo vamos a hacer una cuestión porque haya 20 o 30 que sean opositores. […] Pero detrás de estas maniobras está lo grave… Aquí no hay conflictos con la Iglesia. […] Lo que hay aquí es la preparación de un clima para la alteración del orden público… A todo el que no quiera vivir tranquilo y en orden, hay que sacarlo de circulación y ponerlo en un lugar donde no pueda alterar el orden. […] Para eso, tenemos la ley y tenemos la policía. No hemos de hacer nada fuera de la ley. […] No vamos a estar molestando y perturbando al país por culpa de los que no nos quieren dejar trabajar tranquilos[458].

 

Pero la cosa no quedó en palabras. El promotor de la fórmula «Cristo o Perón», que ponía a Jesús en el lugar que había ocupado Braden, el padre Eladio Bordagaray, y varios colegas de su diócesis fueron detenidos a horas de pronunciado el discurso de Perón.

 

La jerarquía católica respondió con una pastoral que debía ser leída desde el púlpito de todos los templos:

 

La Iglesia es […] una realidad sobrenatural que tiene un aspecto trascendente, pero también un aspecto temporal. […] A nadie debe sorprender que, como madre de una gran familia, tenga en su seno justos y pecadores. […] Ningún sacerdote puede ni debe tomar parte en las luchas de partidos políticos sin comprometer su investidura y a la misma Iglesia. […] Frente al comunismo ateo y materialista, frente al divorcio absoluto, frente a la escuela laica y obligatoria, como a otras cuestiones esenciales de doctrina, ningún sacerdote podría permanecer indiferente, sino que debería asumir la defensa serena y firme de los valores eternos. […] La misión de la Iglesia no puede circunscribirse al ámbito de sus templos; Ella debe practicar el Evangelio en todas partes, según el mandato de su Divino Fundador. […] Si nosotros, obispos y sacerdotes, que en gran parte somos hijos de trabajadores, hemos tenido relaciones, por razones de nuestro ministerio sacerdotal, con los trabajadores de nuestro pueblo, ello ha sido porque respondimos a su deseo expreso y formal […]. Hemos cumplido nuestros deberes sagrados ante Dios y nuestro pueblo[459].

 

El conflicto estaba lanzado y parecía imparable. El 25 de noviembre, el Partido Peronista y los sindicatos convocaron a un acto en el Luna Park bajo la nada metafórica consigna: «¡Perón sí, curas no!». Se sucedieron los oradores, entre ellos Delia Parodi, quien dijo: «Compañeros: sabemos que muchos caminos conducen a Roma, pero todos, todos los caminos, conducen a Perón»[460]. A su turno, el secretario general de la CGT, Vuletich, advirtió:

 

Ahora dicen que vamos a quemar los templos y son mentiras, y nos llaman turbas infernales […]. Lo que sí, les advertimos que pongan frenos a la lengua, porque cuando fallan los frenos de la lengua, por lógica consecuencia del otro lado fallan los frenos de los manilargas. Entonces sí sabrán quiénes somos, si se lesiona a nuestros seres queridos, se quiere acabar con nuestra tranquilidad y romper las filas aglutinadas de nuestro movimiento […]. Si tratan de romper la unidad de los obreros argentinos, entonces sí que voluntariamente abandonaremos nuestra labor de paz para ser los primeros en los menesteres de la guerra[461].

 

La ofensiva gubernamental siguió con la anulación de la personería jurídica de la Acción Católica y continuó por la vía parlamentaria con el envío de tres proyectos históricamente postergados: la ley de divorcio, la ley de hijos naturales y el proyecto para separar la Iglesia del Estado. Este último requería la convocatoria a una Constituyente que posibilitase modificar nada menos que el artículo segundo de nuestra Constitución. El gobierno también prohibió el uso de símbolos religiosos en público durante las fiestas navideñas.

La ley de hijos naturales fue defendida por Perón en estos términos:

 

El número de hijos naturales […] era muy grande en la Argentina. La ley prohibía investigar la paternidad de un hijo en estas condiciones. Oficialmente, no tenían padre, carecían de todo derecho: eran muertos civiles. Todavía peor: sus documentos decían: «hijo natural», escrito con tinta colorada, es decir: hijo de madre soltera que es casi como decir «hijo de puta» […]. ¿Quién podía oponerse a una ley semejante? No creo que se haya hecho una ley más justa. A pesar de ello, muchos sacerdotes se lanzaron a una abierta campaña opositora[462].

 

La separación de la Iglesia del Estado implicaba para la corporación eclesiástica un problema político y económico, porque el artículo segundo de nuestra Constitución, que se proponía anular, establece que «el Estado argentino sostiene el culto católico, apostólico y romano», es decir la adopta como religión oficial de Estado y la financia con sus recursos. La reforma constitucional echaría por tierra con la preeminencia política de la religión católica sobre las demás y eliminaría su financiamiento por parte del Estado.

También fue enviado el proyecto de ley de profilaxis, que legalizaba los prostíbulos, cuya actividad había sido prohibida en 1936 durante el gobierno del general Justo. La Iglesia volvió a poner el grito en el cielo y pidió una reunión con Perón. A ella asistió el ministro de Salud, Ramón Carrillo, quien le señaló a monseñor Antonio Caggiano: «Pero Eminencia, ¿usted olvida que [esas casas] existían hasta en los Estados Pontificios?»[463] El obispo guardó un breve silencio y le pidió a Perón que cajoneara el proyecto.

 

 

La manifestación de Corpus Christi

En mayo de 1955 se suprimió la obligatoriedad de la enseñanza religiosa. Para la Iglesia fue la gota que colmó el vaso de lo que entendía como una campaña en su contra. De inmediato convocó a una gran concentración en conmemoración del Corpus Christi[464], a través de todos sus medios disponibles: colegios, púlpitos, publicaciones y 500.000 volantes repartidos en Capital y Gran Buenos Aires.

La Iglesia prefirió trocar el jueves, que es cuando corresponde celebrar la festividad según la liturgia, por el sábado 11 de junio, para garantizar una mayor concurrencia a las inmediaciones de la Catedral metropolitana. El gobierno autorizó la ceremonia del jueves pero prohibió la marcha del sábado.

La procesión se transformó en una enorme manifestación opositora. Ateos confesos marcharon de a miles junto a los católicos, enfurecidos por la sanción de las leyes de «hijos naturales» y de divorcio, que arriaron la bandera argentina del mástil del Congreso e izaron la insignia papal. Era una multitud calculada en unas cien mil personas que miraban atentas las ventanas de la Curia, desde donde los sacerdotes Manuel Tato y Ramón Novoa los saludaban y alentaban. Según Perón,

 

en forma de un verdadero alzamiento contra la autoridad policial, se reunieron en la Plaza de Mayo, donde los arengó el cura Tato y luego por la Avenida de Mayo se dirigieron hacia el Congreso con la intención de quemarlo, por las leyes que poco antes se habían votado allí[465]

 

En esas circunstancias se produjo el confuso episodio de la quema de una bandera argentina, que como en otras circunstancias de nuestra historia dio lugar a encendidas discusiones sobre lo accesorio y eludió el debate ideológico. Toda la semana del 11 al

 

16 de junio se fue en dimes y diretes sobre quién había quemado la bandera, símbolo sagrado e inmaculado para católicos y peronistas, tan católicos como los otros.

Hay varias versiones sobre el hecho. La que recoge Fermín Chávez, da cuenta de que un grupo de católicos intentó apagar la lámpara votiva que recordaba a Eva Perón en el frente del Congreso con el asta de una bandera y que ésta se prendió fuego; es decir que no hubo intencionalidad de quemarla. Otra versión le atribuye directamente al ministro del Interior, Ángel Borlenghi, la autoría del hecho y da el detalle de que la bandera se habría quemado en una comisaría. La tercera, que deslinda las responsabilidades tanto de Perón como de los opositores, es la del diputado y luego ministro peronista Oscar Albrieu, que les contó a los investigadores de la Universidad de Columbia:

 

alguien, por error, transmitió al Ministerio del Interior la información de que se había quemado una bandera y todo el mundo dio por seguro que se trataba de la que había flameado en el mástil del Congreso. Perón al escuchar el informe llamó por teléfono al jefe de la policía, quien le prometió investigar. El presidente le dijo que quería la bandera quemada. El jefe no pudo encontrar ningún resto porque los manifestantes se habían llevado consigo los trapos quemados. Como Perón estaba en camino y daba la impresión de querer ver la enseña patria incinerada, el policía ordenó a sus hombres que quemaran algo que se pareciera a una bandera. Prendieron fuego a una camisa y se la presentaron a Perón y a Borlenghi[466].

 

Perón pidió investigar el tema y el subinspector Liborio Juan Laperchia declaró ante su interrogador, el teniente coronel Jorge Osinde, quien respondía ante el general Lucero:

 

el día de la concentración a las 23 hs el subinspector Giliberti le había comunicado que de parte de la jefatura, o sea el comisario inspector Racana, tenía que salir conjuntamente con el inspector Ferrari para quemar la bandera que estaba en el Senado. Que un fotógrafo estaría a una cuadra aproximadamente del lugar para que una vez consumado el hecho de quemar la bandera sacara fotos, etc. […] Cuando iban a cometer esta barbaridad fueron llamados al despacho del comisario Racana y le dijeron al subinspector Giliberti que no había que hacerlo pues ya la habían quemado[467]

 

En su libro de memorias, redactado por el periodista Jorge González Crespo, el almirante Isaac Rojas admite:

 

evidentemente, y a la luz de los documentos de Lucero correspondientes a los interrogatorios de funcionarios policiales, Perón no había sabido nada sobre las indicaciones de Borlenghi. En este aspecto, como en otros, había sido «rodeado» por su propio entorno[468].

 

Lo cierto es que la sociedad argentina fue sometida a campañas oficiales y extraoficiales de contrainformación y no a un debate, largamente postergado sobre el rol de la Iglesia en nuestra sociedad.

Leyes imprescindibles para un país que se preciaba de moderno, como la de hijos naturales y el divorcio, aparecen sancionadas como provocaciones del gobierno

 

peronista más que como avances de la civilización.

 

 

Condenar es divino

El domingo 12 se produjeron incidentes en la Catedral cuando grupos de peronistas rodearon el templo y chocaron con jóvenes católicos que se habían citado allí para custodiarlo. Entre ellos estaba Mariano Grondona, quien varios años después le contaría así el episodio a Hugo Gambini:

 

En esos días ya se hablaba de incendiar las iglesias y por eso, cuando se corrió la voz por teléfono de que iban a atacar la Catedral, fuimos todos a defenderla. Estábamos parados en hileras y al empezar los cascotazos, nos metimos adentro. La verdad es que la Catedral la rompimos nosotros, porque en el afán de tener un palo cada uno no dejamos un banco sano. Hasta los candelabros servían de armas de defensa. Cuando vino la redada policial, algunos ya habían huido por un pasadizo secreto que comunicaba la Catedral con la Curia y ésta con la calle: eran los más comprometidos, porque estaban haciendo la conscripción[469].

 

Ante el cariz que iban tomando los acontecimientos, Perón decidió dirigirse a la población el lunes 13 de junio:

 

Éstos son, señores, algunos de los hechos que la oligarquía clerical, el clero político y los dirigentes de las organizaciones clericales de naturaleza civil produjeron para reconocer con tanta ingratitud toda nuestra acción positiva de gobierno a favor del desarrollo espiritual de nuestro pueblo. […] Si algunas leyes sancionadas por el Congreso de la Nación no satisfacen a las minorías, no creemos que el camino de rectificarlas sea precisamente el de provocar desórdenes y alterar la paz. Desconocer el derecho del Pueblo de decidir su propia legislación a través de sus representantes legales es un alzamiento contra la Constitución y la ley que no puede conducir ni a la paz ni a la tranquilidad[470].

 

El 14 de junio fueron exonerados el vicario general, obispo auxiliar y canónigo Manuel Tato, y el canónigo diácono Ramón Novoa, que habían oficiado la misa de Corpus Christi. Al día siguiente partieron desde Ezeiza hacia Roma. Así lo contó monseñor Tato:

 

El lunes y el martes siguientes [a la procesión de Corpus Christi] los partidarios del gobierno organizaron violentas manifestaciones anticlericales en el curso de las cuales fueron quemados maniquíes vestidos con sotanas, con la inscripción: «Un enemigo». Eso tendía a vengar la supuesta «ofensa hecha a la patria» y a pedir reparación por «la bandera entregada a las llamas por elementos católicos». El martes 14 el jefe de la policía de la sección política nos hizo un proceso verbal de los sucesos del sábado y del domingo. Monseñor Novoa y yo fuimos llevados al Departamento de Policía a fin de confirmar las declaraciones hechas al juez de instrucción. Eran las 17.15 horas cuando llegamos al Departamento de Policía. No nos imaginábamos que a partir de ese instante seríamos prisioneros, sin posibilidad de comunicarnos con el exterior durante más de 12 horas.

Hacia las 22 horas un empleado nos informó que «por orden superior» debíamos dejar el país y que podíamos elegir entre Chile y el Uruguay.

El miércoles, hacia las 5 horas de la madrugada, tras una insólita agitación de personal y de coches, se nos hizo subir en dos camiones de la policía, guardados por agentes armados, unos en uniforme, otros de particular. Nuestros camiones iban escoltados por ocho automóviles y motocicletas de la policía. Nos

 

dimos cuenta entonces que nos llevaban al aeropuerto de Ezeiza. Allí esperaban numerosos fotógrafos y reporteros de la Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia, que nos sometieron a un incesante bombardeo de flashes. A las 9 horas se nos acompañó a un aparato de Aerolíneas Argentinas, y recién entonces supimos que nuestro destino era Roma[471].

 

La Curia local pidió la excomunión del presidente. La solicitud fue atendida en forma favorable e inmediata a través de un decreto de la Congregación Consistorial, que excomulgaba a todos los responsables de haber ordenado y llevado a cabo la expulsión del obispo Tato. El texto es el siguiente:

 

Dado que en esta última temporada han sido conculcados de muchas maneras en la República Argentina los derechos de la Iglesia y se ha usado violencia hasta contra personas eclesiásticas; además, últimamente algunos no sólo han osado poner las manos violentamente en la persona del Excmo. Sr. D. Manuel Tato, Obispo Titular de Aulón, Auxiliar y Vicario General de la Arquidiócesis de Buenos Aires y además también le han impedido el ejercicio de su jurisdicción y le han expulsado del territorio argentino, la Sagrada Congregación Consistorial declara y advierte que todos aquellos que han cometido tales delitos, a saber: los mandatarios de todo género y grado, los cómplices necesarios que hicieron que se cometiesen dichos delitos, aquellos que han inducido a la realización de los mismos, en el caso de que tales delitos no hubiesen sido cometidos sin su participación, han incurrido en la Excomunión latae sententiae reservada de un modo especial a la Santa Sede, a tenor de los canónicos, y han contraído las demás penas según los respectivos delitos a tenor de los Sagrados Cánones.

Dado en Roma, en la Sede de la Congregación Consistorial, el 16 de junio de 1955. Firmado: Cardenal Píazza, secretario; José Ferreto, Asesor[472].

 

Es muy importante subrayar la fecha del documento de excomunión, el día 16 de junio, previo al episodio de la quema de las iglesias ocurrido esa noche y del que nos ocuparemos en las páginas siguientes. La medida se tomó por la expulsión de los sacerdotes, considerando al hecho como un daño grave.

Los fundamentos de la resolución se encuentran en artículos del derecho canónico que regían hasta 1983, como el inciso 3 del canon 2334, que establecía: «Aquellos que pongan manos violentas en la persona de un Patriarca, Arzobispo, Obispo, también si es titular, incurren en la excomunión latae sententiae»[473]. También en el inciso 2 del canon 2334, que rezaba: «Aquellos que impidan directa o indirectamente el ejercicio de la jurisdicción eclesiástica, apelando, con tal propósito, a cualquier poder laico, incurren en excomunión latae sententiae especialmente reservada a la sede apostólica». El canon 2209, párrafo 2, se refería a los principales cómplices y otras personas involucradas en una ofensa.

 

 

Por sus obras los conoceréis

Pero estos artículos del Código no volverían a ser aplicados con tanta dureza ni tenidos siquiera en cuenta con quienes no sólo efectivamente pusieron manos violentas sobre sus víctimas, sino que directamente torturaron y asesinaron en un plan sistemático llevado a cabo desde el Estado a partir de 1976. Ninguno de los miembros

 

de la dictadura cívico-militar autodenominada «Proceso» ha sufrido hasta el presente la excomunión.

Lejos de ello, como se sabe, su máximo exponente, el general Videla, hasta su

condena a reclusión domiciliaria recibía la comunión diaria, sin que mediara ninguna

«ex». Por nombrar sólo a algunas de las víctimas que la Iglesia no consideró de igual

«categoría» que Tato y Novoa, recordemos a los padres y seminaristas palotinos[474] asesinados por un grupo de tareas en la iglesia de San Patricio; a las monjas francesas Léonie Duquet y Alice Domon[475], torturadas y asesinadas en la ESMA; a los sacerdotes de La Rioja, Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murías[476], y si eso no alcanzare, a dos obispos: monseñor Enrique Angelelli[477], de la diócesis de La Rioja, y monseñor Carlos Ponce de León[478], de San Nicolás de los Arroyos.

 

No bombardeen Buenos Aires

Aquel 16 de junio, Perón llegó como todos los días muy temprano a la Casa Rosada. Comenzó su jornada recibiendo al director de la SIDE, general de brigada Carlos Benito Jáuregui. Las noticias que traía el jefe de los espías eran preocupantes pero no estaban confirmadas. Perón decidió continuar con su actividad diaria y estar alerta ante cualquier aviso. Al terminar la reunión y mientras esperaba al embajador de los Estados Unidos, Albert Nufer, miró con cierto desgano la agenda oficial, sabiendo que según le anticipó Jáuregui todo podía cambiar de un momento a otro. Si no pasaba nada anormal, tendría que decidir a dónde iría a las 10.30, cuando se superponían dos actividades que no lo entusiasmaban demasiado: si a la Dirección de Sanidad Militar que conmemoraba su día con un vino de honor ofrecido por su jefe, el general Pedro Eugenio Aramburu, o a la disertación que daría el vicepresidente, contraalmirante Alberto Teissaire, sobre doctrina nacional en la Escuela de Comando y Estado Mayor de Aeronáutica[479].

Dudaba todavía cuando llegó el embajador y comenzó una cordial entrevista. A eso de las nueve de la mañana, fueron interrumpidos, un poco intempestivamente, por el general Lucero, quien ingresó pidiendo disculpas con un marcado gesto de preocupación. Perón sabía que estaba programado un desfile aéreo en desagravio a la bandera nacional y a la memoria del Libertador por los destrozos producidos en la Catedral donde descansan sus restos. Pero Lucero estaba en condiciones de confirmar las sospechas del director de la SIDE: ese desfile podía ser aprovechado para bombardear la Casa de Gobierno y a su principal ocupante. Convenció al presidente de que se trasladara a su despacho en el Ministerio de Guerra, cruzando la avenida Paseo Colón.

Desde su nueva ubicación, a las 12.40 en punto, Perón pudo escuchar el sonido inconfundible de aviones de combate. Luego supo que eran los Avro Lincoln y

 

Catalinas de la escuadrilla de patrulleros Espora de la Aviación Naval, coordinados por el almirante Samuel Toranzo Calderón y comandados por el capitán de navío Enrique Noriega. Era un ruido inesperado, nuevo en Buenos Aires que se estrenaba como la primera capital de Sudamérica en ser bombardeada desde el aire por sus propias fuerzas armadas, curiosamente por la Marina.

El plan de los golpistas era exhaustivo:

 

  1. El bombardeo de la Casa de Gobierno, donde se presumía estaría el
  2. El copamiento por parte de civiles de edificios públicos y emisoras
  3. El alzamiento de las unidades de Entre Ríos a las órdenes del general León Bengoa.
  4. La movilización de las unidades de la Escuela de Artillería y de Aviación de Córdoba.
  5. El bloqueo del Río de la Plata y bombardeo de los puntos principales del gobierno, por parte de la escuadra de guerra de la nación.
  6. El alzamiento de la base naval de Puerto Belgrano; y
  7. El despliegue de unidades de Infantería de Marina que atacarían por tierra posesionándose de edificios públicos y otras unidades de Ejército[480].

Los aviones atacantes llevaban pintadas en sus colas una «V» y una cruz, que señalaban «Cristo Vence». Curiosamente, los golpistas tomaban la «V» de la victoria, usada como símbolo de la resistencia antinazi durante la Segunda Guerra Mundial. En la Plaza, además de los apurados transeúntes, había algunas familias que se disponían a presenciar el desfile aéreo. Nunca imaginaron que la parada militar tuviera un carácter tan realista. Las primeras bombas cayeron a pocos metros de la Pirámide. Sobre la Casa Rosada los golpistas arrojaron en total 29 bombas, de entre cincuenta y cien kilos cada una. Otra de ellas destrozó un trolebús repleto de pasajeros.

Al enterarse de los hechos, la CGT convocó a la Plaza a defender a Perón. El General trató de parar la movilización; desde su puesto de comando en el Ministerio de Guerra, le ordenó al mayor Cialcetta que le pidiera a la CGT que no movilizara a los trabajadores para evitar víctimas, pero ya era demasiado tarde. Perón tenía claro algo que los dirigentes cegetistas parecían no ver. Sabía que los atacantes, lejos de conmoverse por la barrera humana, dispararían criminalmente sobre la multitud sin la menor contemplación.

A la tarde eran cientos los descamisados reunidos para defender su gobierno en la histórica plaza, cuando una nueva oleada de aviones espantó a las desconcertadas palomas y arrojó su mortífera carga de nueve toneladas y media de explosivos sobre la multitud. Así recordaba los hechos, quince años después, Mario Verón, uno de los trabajadores que fueron a defender a Perón:

 

Yo de oficio era albañil, pero sabía ir a changuear al puerto. […] Cuando explotó la cosa corrimos todos a Plaza de Mayo, porque se comentaba que había caído una bomba en la oficina de Perón. Éramos como cien. No teníamos armas ni nada para atacar o defendernos. Después fuimos miles que empezamos a pedir armas a los gritos, frente al Ministerio de Guerra. Decían que allí estaba Perón… Cada vez que pasaban los aviones quedaba el tendal. No tuve ni una raspadura. Sólo un gran julepe. Lo que vi esa tarde, se lo juro que jamás me voy a olvidar; y ojalá que no se repita nunca[481].

 

Otro de los tantos que fueron a la Plaza a parar el golpe era un chico de 15 años que por entonces vivía en Buenos Aires y se dedicaba a repartir soda. Volvió indignado a su casa porque en la CGT se negaron a entregarle un arma. Se llamaba Agustín Tosco[482].

En la Plaza de Mayo y sus alrededores quedaron los cuerpos de 355 civiles muertos, y los hospitales colapsaron por los más de 600 heridos. Se había perpetrado el peor ataque terrorista de la historia argentina. Sus autores eran «respetables» militares y civiles que se frotaban las manos imaginándose el triunfo de un golpe militar que devolvería a la «negrada», a los «cabecitas», a los lugares de los que nunca debieron haber salido. Entre los autores intelectuales de aquel horror, había varios civiles, unidos no precisamente por el amor sino por el espanto que estaban dispuestos a provocar. Algunos de ellos eran el socialdemócrata Américo Ghioldi, el radical unionista Miguel Ángel Zavala Ortiz, el conservador Oscar Vichi y los nacionalistas católicos Mario Amadeo y Luis María de Pablo Pardo, miembros fantasmales de una hipotética junta de gobierno cívico-militar.

En el Ministerio de Marina, que había sido el cuartel general de los golpistas, uno de los líderes de aquella «revolución», el vicealmirante de infantería Benjamín Gargiulo, decidió pegarse un tiro, mientras que otro de los conspiradores, el almirante Aníbal Olivieri, observaba por las ventanas cómo avanzaban sobre el edificio columnas de trabajadores enardecidos y decididos a vengar a sus compañeros asesinados. El marino tomó el teléfono aterrado y llamó al ministro de Guerra, el general Lucero, y le dijo: «Intervenga. Mande hombres. Nos rendimos, pero evite que la muchedumbre armada y enfurecida penetre en el edificio del Ministerio»[483]. Junto a Olivieri estaban sus colaboradores más cercanos, los tenientes Emilio Eduardo Massera y Horacio Mayorga[484], de triste futuro.

Otro almirante y responsable directo de la masacre de Plaza de Mayo, Samuel

Toranzo Calderón, fue degradado y condenado a prisión por tiempo indeterminado. Al almirante Olivieri se lo destituyó y condenó a un año y seis meses de «prisión menor». Su defensor en el juicio fue el contralmirante Isaac Francisco Rojas. Otros once oficiales fueron condenados a reclusión por tiempo indeterminado. Pero el tiempo estaba determinado y todos serían liberados, junto con sus cómplices, por los

«libertadores».

La versión de los asesinos barre con toda capacidad de asombro. Un volante de la

«Marina de Guerra en operaciones», titulado increíblemente «Responsabilidad de

 

Perón y la CGT en la matanza de Plaza de Mayo», decía:

 

Comparando los acontecimientos con las declaraciones DEL PROPIO PERÓN, es fácil determinar quiénes son los culpables de la matanza de civiles, durante los bombardeos de la Marina de Guerra. La Marina de Guerra se sublevó, enviando al Gobierno un ultimátum de rendición. Al rechazar ese ultimátum y apelar al Ejército, el Gobierno se colocaba en actitud beligerante. Desde ese momento dos fuerzas militares lucharían. Perón sabía que la Marina no salía a «desfilar», sino a combatir a muerte. ¿Por qué motivo, entonces, Perón permitió que la CGT, con criminal inconsciencia, convocara al Pueblo a Plaza de Mayo…? ¿Cómo es posible que un jefe de Estado, sabiendo que su Sede sería bombardeada, no tratara inmediatamente de evacuar la población civil…?

¿Cómo es posible que los dirigentes de la CGT hayan sido tan criminales como para llevar a la gente al matadero, sabiendo que con palos no se puede hacer frente a aviones ni a ametralladoras…? Perón mismo lo ha dicho: Nosotros tuvimos conocimiento de la rebelión y de sus planes unas horas antes… ¡Y conociendo la rebelión y los planes de bombardeo, Perón hace que la CGT convoque a su querido

«pueblo» a Plaza de Mayo para ser quemado! Una sola cosa explica esta infamia: Perón creyó que a la vista del Pueblo, la Marina de Guerra desistiría de sus propósitos. Es decir, que una vez más, Perón utilizó a los trabajadores como escudo de sus designios…

 

Si hasta aquí el lector se quedó sin palabras, prepárese para lo que viene:

 

Si los radicales o «los clericales» hubieran invadido la Casa de Gobierno, Perón hubiera tenido derecho a convocar a la CGT: hubieran sido dos fuerzas civiles combatiendo en igualdad de condiciones. Pero, desarrollándose la lucha entre FUERZAS MILITARES, convocar al pueblo indefenso al teatro de las operaciones. ¡¡Es criminal, infame, cobarde y ruin!! Y la CGT que se prestó para esa carnicería es, conjuntamente con Perón, responsable de esa canallada ante la clase trabajadora. No lo olvidará jamás el Pueblo[485]

 

Perón dirá, a poco de asumir su tercera presidencia:

 

El 16 de junio la canalla cobarde mató demasiado, pero como siempre pasa con los débiles, mataron a quienes no correspondía. Dejaron vivo al perro y encendieron la rabia para siempre, y quizá por eso hubo un 1973, con retorno popular[486].

 

Tras concretar su masacre, 110 tripulantes, entre ellos varios civiles como Zavala Ortiz, llegaban a Montevideo a bordo de los 39 aviones con los cuales habían perpetrado la masacre. Estos hombres, que habían demostrado su total desprecio por la vida humana ametrallando a columnas enteras de trabajadores, recordaron repentinamente en la Banda Oriental que existían los derechos humanos, particularmente el de asilo.

Perón habló esa noche por la cadena nacional de radio y televisión. En los pocos televisores que había en la Argentina se pudo ver a un Perón desencajado, dolido, que decía:

 

lo más indignante es que hayan tirado a mansalva contra el pueblo […]. Es indudable que pasarán los tiempos, pero la Historia no perdonará jamás semejante sacrilegio. […] Nosotros, como pueblo civilizado, no podemos tomar medidas que sean aconsejadas por la pasión, sino por la reflexión […]. Para no ser criminales como ellos, les pido que estén tranquilos; que cada uno vaya a su casa […] les pido que refrenen su propia ira; que se muerdan, como me muerdo yo, en estos momentos, que no cometan ningún

 

desmán. No nos perdonaríamos nosotros que a la infamia de nuestros enemigos le agregáramos nuestra propia infamia […]. Los que tiraron contra el pueblo no son ni han sido jamás soldados argentinos, porque los soldados argentinos no son traidores ni cobardes, y los que tiraron contra el pueblo son traidores y cobardes. La ley caerá inflexiblemente sobre ellos. Yo no he de dar un paso para atemperar su culpa ni para atemperar la pena que les ha de corresponder. […]. El pueblo no es el encargado de hacer justicia: debe confiar en mi palabra de soldado […]. Sepamos cumplir como pueblo civilizado y dejar que la ley castigue[487]

 

 

 

El incendio y las vísperas

Esa misma noche del 16 de junio, grupos de peronistas, que veían detrás de la intentona el apoyo eclesiástico, quemaron las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Nicolás de Bari, San Miguel Arcángel, la Piedad, la Merced, San Ignacio y la Curia metropolitana.

Un hombre de la «Libertadora» reconoce:

 

Con todo lo arbitrario que fue el dictador, tengo y he tenido siempre para mí que el incendio de los templos históricos de Buenos Aires no fue una obra que deba considerarse típica de su idiosincrasia. El incendio de los templos, absurdo, ilógico e inexplicable en el medio argentino, aun dentro de la aberración de la dictadura, es, en cambio, un hecho común como medio de acción de los rojos españoles, incendiarios de profesión[488].

 

La comisión investigadora formada a pedido de Perón determinó que los incendios fueron provocados por tres grupos:

 

el equipo principal constituido por 65 fanáticos que salieron del edificio central del Partido Peronista y se dirigieron a la Curia para comenzar la serie de incendios cuya responsabilidad fue atribuida al vicepresidente Teissaire; el segundo grupo, organizado en el Ministerio de Salud Pública, que sacó de allí los implementos necesarios para ir a incendiar las iglesias de Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio y Nuestra Señora de la Merced; el tercer piquete proveniente del Servicio de Informaciones, preparado para prender fuego a San Nicolás y Nuestra Señora del Socorro[489].

 

Años más tarde, desde el exilio, reflexionaba el General:

 

El incendio de las iglesias que se limitó a la Capital Federal y el Gran Buenos Aires, neutralizó el efecto que la matanza de Plaza de Mayo habría tenido en la población. Sobre todo en los sectores medios, más influidos por la prédica opositora[490].

 

 

 

Médico popular, rosarino y comunista

No todos los opositores a Perón celebraron la masacre de Plaza de Mayo. Hubo muchos militantes populares que estaban lejos de simpatizar con el gobierno pero que vieron en el ataque cívico-militar un anticipo de la barbarie que vendría si derrocaban

 

a Perón. Entre ellos estaba el doctor Juan Ingalinella. Había nacido en Rosario en 1912, en el mismo año en que no muy lejos de allí se hacía oír la protesta chacarera conocida como el «Grito de Alcorta».

Estudió medicina, pensándola desde las ideas sociales que debatía semanalmente

con sus compañeros del grupo Insurrexit, que había surgido al calor de la reforma universitaria de 1918[491]. Poco después se incorporó a la Federación Juvenil Comunista. Se lo pudo escuchar en el Congreso de la Juventud Argentina reunido en Córdoba en 1941. A poco de producida la «revolución» de junio de 1943, montó una imprenta clandestina en la calle Virasoro al 2000, cerca del Parque Independencia. Los agentes de «orden social» le siguieron el rastro a los volantes y periódicos y dieron con el estudiante de Medicina. Lo detuvieron en abril de 1944, lo interrogaron, con todo lo que ello implicaba, y lo «depositaron», como decían ellos, en el Departamento de Contraventores de Rosario, donde permaneció más de un año. Junto con él fueron detenidos varios militantes comunistas; entre ellos, Luis Liborio Trella, quien murió, años después ser liberado, a consecuencia de las lesiones ocasionadas por las torturas recibidas en aquella oportunidad.

Ingalinella sintió, al salir de prisión, que era su deber denunciar el atropello y a sus responsables. Formó con las letras de molde de su imprenta las palabras Lozón, Monzón y Santos Barrera; eran los apellidos de salvajes torturadores con los que lamentablemente se volvería a cruzar.

En 1947 pudo rendir las últimas materias y obtener finalmente su título de doctor en Medicina. A partir de entonces, combinó su activa militancia política con una práctica profesional afectuosamente humana, especializada en pediatría. El doctor Ingalinella no tenía horarios; cualquier madre podía golpear a cualquier hora la puerta de su casa de la calle Saavedra 667, del barrio de Tablada. Pocas veces cobraba sus consultas y en muchas ocasiones les compraba los remedios a sus pacientes.

Aquel 16 de junio de 1955, su honestidad lo llevó otra vez a no quedarse callado. No lo dudó; imprimió unos volantes repudiando el golpe y llamando a la unidad popular y concurrió a la masiva concentración que había convocado la CGT de Rosario.

Esa misma noche, la policía rosarina por orden del comisario Gazcón, lanzó una verdadera razzia sobre los opositores más notables. Uno de los primeros de la lista era el doctor Ingalinella. Sus compañeros de partido y su esposa, Rosa Trumper, le advirtieron que no volviera a su casa; pero al otro día el médico tenía que ver a una paciente y pasó por su casa para entregarle a un colega unos análisis clínicos. Cuando llegó lo estaban esperando viejos conocidos. Frente a la desgarradora mirada de su mujer y de su hija, Ingalinella «tuvo que acompañar» a aquellos sujetos como otros setenta compañeros.

Sin perder tiempo, los abogados Alberto Jaime y Guillermo Kehoe se presentaron

 

ante los Tribunales para tramitar el hábeas corpus por los detenidos, pero fueron inmediatamente detenidos.

El doctor Kehoe era el apoderado del Partido Comunista en la provincia de Santa Fe y uno de los fundadores de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre local. Nada de eso importó —o importó mucho— a la hora de trasladarlo al despacho contiguo del comisario Lozón, donde funcionaba la sala de torturas. Según pudo narrar Kehoe, allí

 

Se encontraban unas diez personas […]. Al centro, una mesa grande, fuerte, al parecer de roble, de unos tres metros de largo por poco más de un metro de ancho. Encima, cuatro correas, revestidas en su parte interior de estopa o algodón, de las que partían cuatro sogas fuertes y gruesas. Las víctimas quedaban amarradas desnudas sobre la mesa, donde se les aplicaba picana eléctrica. […] el interrogatorio de aquella noche […] giraba en torno a dos cuestiones: el lugar donde estaba el mimeógrafo utilizado para imprimir el volante repartido en la zona sur y «el fichero» de los militantes comunistas[492].

 

Lozón lo miró fijo y le dijo: «Esto no es nada comparado con lo que le va a pasar a Ingalinella»[493].

Los detenidos fueron recuperando su libertad, todos menos el doctor Ingalinella.

 

 

Recuerdos del futuro

El calvario de Ingalinella comenzó en la madrugada del 18 de junio. Quedó en manos de torturadores profesionales: el comisario Francisco Lozón, Félix Monzón, el comisario inspector Fermín J. Lejarza, Rogelio Luis Delfín Tixe, el inspector mayor Gilbert Bermúdez, el subcomisario Fortunato Desimone y los policías Bermúdez, Lleorant, Barrera y Rey.

El médico pediatra fue víctima del salvajismo de estos policías herederos de la Sección Orden Social de la Policía de Uriburu, que nunca se había desarmado, se había ido «reciclando». Siempre había empleo en la Argentina para estos siniestros personajes. Se inició una brutal sesión de torturas y preguntas para obtener la dirección de la imprenta y la entrega del fichero de afiliados comunistas rosarinos.

Ingalinella sólo rompió el silencio para advertirles que sufría del corazón. Le respondieron:

 

«Ya no te va a hacer falta la vida. De aquí no salís; te vamos a machacar en tal forma, atorrante, que te podes despedir de la vida […] Te vamos a dar que vengas con comunismos». Según el testigo presencial, el Dr. Ingalinella les dijo a sus verdugos que si Perón supiera lo que hacían, no se los permitiría, y la respuesta fue: «Anda, contale cuando te liquidemos… A él nos lo pasamos por el… Como ves, aquí mandamos nosotros…»[494]

 

Osvaldo Soriano sintetizó magistralmente aquel martirio:

 

Era lo de siempre: el ensañamiento feroz de un grupo de psicópatas contra un hombre indefenso. Tan

 

indefenso se sintió Ingalinella esa noche que su corazón no soportó la bajeza y la convirtió en crimen. La única manera de dar al absurdo una dimensión histórica. Se sabe que en los pasillos del Departamento de Policía hubo corridas y búsqueda de un médico[495].

 

La familia y sus compañeros se movilizaron para obtener su libertad, ignorando que Ingalinella había sido asesinado. En la mañana del 18, el cuerpo de Ingalinella fue enterrado clandestinamente en un campo ubicado en Iberlucea, en las afueras de Rosario. Tiempo después los investigadores encontraron un saco de la víctima, pero concluyeron que el cuerpo había sido desenterrado de aquel paraje y trasladado a otro sitio desconocido. La familia Ingalinella no tendría nunca el mínimo consuelo de enterrarlo dignamente.

Sospechando de la versión oficial y temiendo lo peor, sus familiares y compañeros lanzaron una campaña nacional por la aparición con vida de Juan Ingalinella, que incluyó un paro nacional de médicos, actos y numerosas declaraciones públicas de dirigentes de la oposición y hombres de las ciencias y la cultura. La gravedad de los hechos llevó al gobierno a actuar: ordenó la detención preventiva de los policías implicados en la detención y en los «interrogatorios» del médico. Así cayeron Lozón, Monzón y Rogelio Luis Delfín Tixe, bajo la acusación de apremios ilegales, y el inspector mayor Gilbert Bermúdez, jefe de la División Investigaciones, y su segundo, el comisario inspector Fermín J. Lejarza. Entre otras irregularidades, los calígrafos comprobaron la falsificación de la firma de Ingalinella al pie de una declaración que había surgido de la imaginación de sus torturadores.

El 27 de julio de 1955, el capitán de fragata retirado Ricardo Anzorena, ministro de Gobierno de Santa Fe, leía el siguiente comunicado a la prensa:

 

habiendo llegado a establecerse, en el día de hoy por manifestaciones de empleados policiales complicados en el encubrimiento del delito, y que se encontraban preventivamente detenidos e incomunicados, como así también por otros indicios, que desgraciadamente el doctor Juan Ingalinella habría fallecido a consecuencia de un síncope cardíaco durante el interrogatorio en el que era violentado por empleados policiales de la Sección Orden Social y Leyes Especiales[496].

 

Al día siguiente, el doctor Oscar Alende[497], que además de diputado radical era médico, se preguntaba en el Parlamento:

 

Tengo la inquietud de saber cómo la intervención de Santa Fe ha llegado a formular el diagnóstico de síncope cardíaco con respecto al fallecimiento del doctor Ingalinella; porque una de dos: o la intervención en Santa Fe ha dado fe a las palabras de los propios delincuentes, o ha tenido el cadáver del doctor Ingalinella para realizar el correspondiente examen y diagnóstico[498].

 

Una semana antes de que estallara la autodenominada «Revolución Libertadora», la justicia se expidió a través de la sentencia firmada por el juez Rovere que condenaba a prisión preventiva a Lozón, Monzón y Tixe por apremios ilegales, defraudación, falsificación de documento y homicidio calificado, y a Desimone,

 

Lleorant y Barrera, por homicidio calificado y apremios ilegales y participación en apremios ilegales. Pero los jefes de la División Investigaciones fueron absueltos.

La causa judicial siguió su curso al ritmo de la justicia argentina y recién el 30 de

mayo de 1961, durante el gobierno de Frondizi, el juez Juan Antonio Vitullo condenó en firme a Lozón, Monzón, Tixe, Desimone, Lleonart y Barrera a prisión perpetua; a Rey y Godoy, a seis años de prisión; a Espíndola y Serrano a dos años de prisión; a Bermúdez y Gazcón, a multa e inhabilitación especial por un año.

La cosa no terminó ahí. Frente a la apelación de los condenados, dos años después, el 19 de diciembre de 1963, ya durante la presidencia de Illia, la Sala II de la Cámara Criminal de Rosario, integrada por Luis P. Laporte, Jorge A. Telleria y Carlos

  1. Carré, opinó que el asesinato de Ingalinella debía ser encuadrado como homicidio simple Los camaristas sostenían que la intención de los acusados no era matar a Ingalinella sino interrogarlo sobre el paradero de la imprenta. En un párrafo que podría constituirse en todo un preámbulo inspirador para la actuación de los jueces cómplices de la dictadura militar, los camaristas señalaron, refiriéndose al uso de la picana eléctrica por parte de los victimarios:

 

no podemos suponer que fuera normalmente peligrosa desde que ninguna de las otras víctimas sufrió consecuencias graves. Más bien, debe pensarse en una condición anormal predisponente del Dr. Ingalinella para explicar la diferencia de resultado, sin que nada pruebe que tal condición era conocida por los procesados […]. Todo lo expuesto lleva a descartar el dolo eventual y a considerar el hecho, por tanto, como homicidio preterintencional, ya que, como lo admite la sentencia en recurso y lo demuestra el hecho de que se enviase a buscar coramina para auxiliar a la víctima, la circunstancia evidente de que la muerte tomó por sorpresa a los procesados, que no estaban preparados para tal eventualidad, y el hecho de que, según lo demuestran todas las declaraciones, se busca fundamentalmente hacer decir a la víctima dónde estaba el mimeógrafo en que se imprimían volantes[499].

 

Apelando a la obediencia debida, todavía no legislada en nuestro país, el dictamen agregaba:

 

No debe olvidarse el sistema dentro del que se movían los procesados, en que prácticamente podían creerse autorizados a proceder de tal manera y aún suponer que se esperaba de ellos tal conducta[500].

 

De todo esto concluían que era justo cambiar la condena de Lozón, de perpetua a 20 años, y reducir la del resto a 15 años. En menos de dos años, el 11 de agosto de 1965, los asesinos de Ingalinella recuperaron su libertad por «buena conducta».

 

 

Una breve tregua

Después de los dramáticos hechos del 16 de junio y evaluando la relación de fuerzas, que a esa altura se mostraba desfavorable, Perón decidió bajar los decibeles y convocar a la oposición, de la que la Iglesia era un componente fundamental, al

 

diálogo. El 5 de julio volvió a usar la cadena nacional y señaló, refiriéndose al intento de golpe de Estado:

 

Las fuerzas políticas no han participado en su condición de tales, aunque algunos de sus hombres puedan haberlo hecho en carácter personal. A través de mis largos años de lucha he aprendido a apreciar y juzgar ecuánimemente aun a nuestros enemigos, y deseo reconocer lealmente que considero que los partidos políticos populares no son capaces de aceptar que se tire criminalmente sobre el pueblo indefenso. […] Para demostrar nuestra buena voluntad conjunta y nuestra disciplina partidaria, pido a todos nuestros compañeros una tregua en la lucha política. En ella esperaremos el resultado de este llamado sincero[501]

 

La crisis parecía encaminarse por un laberíntico proceso de diálogo con las fuerzas de la oposición para impedir una confrontación de impredecibles consecuencias. La censura parecía quedar atrás y los más importantes representantes del antiperonismo organizado vieron abiertos, por primera vez en años, los medios de difusión estatales para expresar sus ideas y propuestas.

Muchos argentinos le conocieron la voz al presidente del Comité Nacional del radicalismo, el doctor Arturo Frondizi, cuando finalmente pudo usar la radio para decir:

 

Al radicalismo no lo mueven el rencor, el odio ni el deseo de revancha. No viene a expresar agravios ni a exhibir culpabilidades, sino a exponer las grandes ideas en torno de las cuales será posible el reencuentro de los argentinos. La pacificación no puede ni debe ser una nueva forma de sometimientos. Queremos la paz, pero no a costa de la libertad ni de la renuncia a nuestros ideales democráticos. Desde ya afirmamos que, antes de sacrificar una sola de esas reivindicaciones, preferimos ser perseguidos por nuestra lealtad a la causa del pueblo y no gozar de la tranquilidad cómplice que pudiera obtenerse traicionándolo. Solamente en la plena vigencia de las garantías jurídicas y de las condiciones sociales que permitan ejercer

—sin temor a la represión— a todos los hombres y mujeres los derechos de pensar, de profesar su culto, de reunirse, de asociarse, de publicar y difundir ideas, y de todos aquellos derechos que la letra de la Constitución asegura y la dignidad humana exige, podrá restablecerse una convivencia civilizada[502].

 

El cambio de actitud del gobierno tenía que ver con los condicionamientos que le habían impuesto los altos mandos del Ejército tras repeler el intento golpista. Perón ofreció a la Iglesia que el Estado costeara la restauración de los templos destruidos, a la vez que hacía rodar las cabezas políticas del ministro del Interior y del de Educación, los hombres sospechados por la Iglesia de lanzar la campaña anticlerical. También debió dejar el gobierno uno de los hombres más cuestionados, el hasta entonces todopoderoso titular de la Secretaría de Prensa, Raúl Apold.

Pero la Iglesia rechazó el acercamiento con el gobierno. El perdón divino fue reemplazado por una Pastoral muy dura que se ocupaba de cada uno de los temas que habían llevado a las respectivas trincheras al gobierno y a la corporación eclesiástica.

Perón había señalado por esos días en un reportaje con France Soir.

 

Amenazados en su poder temporal y sus intereses materiales, los dignatarios de la Iglesia, ayudados por militantes de Acción Católica Argentina, han intentado emprender, sobre todo en los ambientes sindicales y con el apoyo de la oposición, una obra de subversión política y han predicado desde el púlpito el recurso

 

de la guerra civil. Estas maniobras clandestinas ilegales, promovidas por sacerdotes que son funcionarios del Estado, porque el Estado les paga, y que se valen para su propaganda de las facilidades que el Estado les acuerda, no las podemos tolerar, como ningún otro que se preocupe del orden y del respeto de los ciudadanos podría tolerar todo lo que no es la expresión legal de la opinión pública. La Iglesia habrá aceptado el régimen peronista por razones de oportunidad, pero manteniendo siempre clandestinamente sus relaciones con la oligarquía de la oposición, aprovechando cualquier pretexto en defensa de su privilegios, para transferir la lucha sobre el terreno político[503].

 

La derecha católica y la autodenominada «liberal» coincidían en que los hechos ocurridos eran demasiado graves como para establecer una línea acuerdista. Estaban indignados por la política distributiva del gobierno, que recortaba considerablemente su tasa de ganancia y cuestionaba su hasta no hacía mucho indiscutible «rol de liderazgo de la sociedad argentina». La tentación de desalojar a Perón de la Casa Rosada era, en esos momentos de debilidad, una posibilidad real. La oposición de centroizquierda, obnubilada por la encarnizada persecución sufrida y por su caracterización del gobierno como fascista, se fue incorporando a los planes golpistas. El diálogo y la salida negociada de la crisis fueron quedando en un intento frustrado y todo se encaminaba hacia un final traumático.

 

 

«La revolución peronista ha finalizado»

Perón entendió con realismo político que la negativa de la Iglesia a acercar posiciones era la señal que estaban esperando los desestabilizadores y volvió a hablar por cadena, por primera vez en un tono un tanto autocrítico:

 

Para lograr nuestros tres grandes objetivos, la independencia económica, la reforma constitucional y la reforma cultural, hemos debido indudablemente recurrir en muchas circunstancias a ciertas restricciones que nosotros no negamos. Con una absoluta licencia para que todo el mundo hiciera lo que quisiese, nosotros no hubiéramos podido cumplir nuestro objetivo, y como dije los objetivos son irrenunciables. En cambio, los medios de acción eran libres. Recurrimos por lo tanto a esos medios de acción, limitamos las libertades en cuanto fue indispensable limitarlas para la realización de nuestros objetivos. No negamos nosotros que hayamos restringido algunas libertades: lo hemos hecho siempre de la mejor manera, en la manera indispensable y no más allá de ello. […] Por eso, terminado ese período en que hemos afirmado nuestros objetivos fundamentales en la acción social, ya en amplia medida, lo que queda por hacer será obra de la legislación empíricamente paulatina y del propio desenvolvimiento del país. […] Aquí no se ventila la cuestión de si Perón es valiente, es duro o es flojo. Se ventila la necesidad de la nación de pacificarse y ponerse a trabajar por su grandeza. […] Si hubiera llegado el momento de pelear, resolveríamos lo contrario: pelearíamos en las condiciones que fuese […]. Por ahora se trata de pacificar y no de pelear. Cuando demandó la lucha, no preguntamos a nadie si había que luchar. Hoy nos demanda la paz y debemos trabajar para lograrla, porque solo así se sirve a la República. […] La revolución peronista ha finalizado, comienza ahora una nueva etapa que es de carácter constitucional, sin revoluciones, porque el estado permanente de un país no puede ser la revolución. Yo dejo de ser el jefe de una revolución para ser el presidente de todos los argentinos, amigos o adversarios[504].

 

Pero en las bases peronistas ya no existía aquel fervor de otros tiempos y el propio Perón comenzaba a manifestar sus dudas, como lo señalaba Arturo Jauretche:

 

En 1946, cada peronista se sentía un conductor de la historia, en 1955 era ya un espectador, un aburrido miembro del coro de aplaudidores, que concurría a los actos públicos no con la pasión del combatiente, sino con una mera preocupación ritual. Perón mismo lo comprendió. Su renuncia del mes de agosto obedeció a esa comprensión. La gente creyó que era una comedia más, pero él —en el círculo íntimo— había explicado el sentido de la misma: «Creo que somos mayoría, pero tenemos enfrente a una minoría combativa y decidida. Si mi renuncia no provoca la reacción de los peronistas y los lleva a una actitud paralela, me iré de la presidencia»[505].

 

Para sorpresa de muchos, el 31 de agosto por la mañana, Perón amenazó con renunciar. Sin perder tiempo, el aparato sindical y partidario convocó a una movilización en Plaza de Mayo para defender al presidente.

 

 

La peligrosa tabla del cinco

El diario La Prensa publicaba, en su edición del 31 de agosto de 1955:

 

La Confederación General del Trabajo ha convocado al pueblo a una asamblea cívica permanente. El pueblo estará reunido por la voluntad de las masas, por la decisión de los dirigentes obreros, hasta lograr que el Líder de la Nueva Argentina desista de su anunciada decisión de retirarse del gobierno. El pueblo quiere que Perón siga siendo el presidente de los argentinos y custodio de sus conquistas sociales. La Asamblea es permanente. ¡Todos a Plaza de Mayo! ¡Todos a exigir que no se vaya Perón! Porque no se debe ir[506].

 

Aquel día, frente a una multitudinaria concentración popular, Perón que se sabía debilitado, volvió a soñarse fuerte y poderoso. O acaso sospechaba que estaba pronunciando el último discurso de aquel tumultuoso período y que pasarían muchos años para que volviese a dirigirse a su pueblo en la que había sido desde siempre su Plaza:

 

Hemos vivido dos meses en una tregua que ellos han roto en actos violentos, aunque esporádicos e inoperantes. Pero ello demuestra su voluntad criminal. Han contestado los dirigentes políticos con discursos tan superficiales como insolentes […]. La contestación para nosotros es bien clara: no quieren la pacificación que les hemos ofrecido. […] quedan solamente dos caminos: para el Gobierno, una represión ajustada a los procedimientos subversivos, y para el pueblo, una acción y una lucha que condigan con la violencia a que quieren llevarlo. Por eso, yo contesto a esta presencia popular con las mismas palabras del ’45: a la violencia le hemos de contestar con una violencia mayor. Con nuestra tolerancia exagerada nos hemos ganado el derecho de reprimirlos violentamente. Y desde ya, establecemos como una conducta permanente para nuestro movimiento: aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley o de la Constitución, puede ser muerto por cualquier argentino. Esta conducta que ha de seguir todo peronista, no solamente va dirigida contra los que ejecutan, sino también contra los que conspiren o inciten. […] La consigna es contestar a una acción violenta con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de los de ellos. […] Hemos dado suficientes pruebas de nuestra prudencia. Daremos ahora suficientes pruebas de nuestra energía […]. Que sepan que hemos de defender los derechos y las conquistas del pueblo argentino […]. Una sola cosa es lo que ellos buscan: retrotraer la situación a 1943. Para que ello no suceda, estamos todos nosotros, para oponer a la infamia, a la insidia y a la traición de sus voluntades, nuestros pechos y nuestras voluntades. Hemos ofrecido paz. No la han querido. Ahora debemos ofrecerles la lucha y ellos saben que cuando nosotros nos decidimos a luchar, luchamos hasta el final. Que cada uno de ustedes recuerde que ahora la

 

palabra es la lucha y la lucha se la vamos a hacer en todas partes y en todo lugar. Y también que sepan que esta lucha que iniciaremos no ha de terminar hasta que no los hayamos aniquilado y aplastado[507]

 

Y respondiendo al pedido de que retirara su renuncia, concluyó:

 

yo he de retirar la nota que he pasado, pero he de poner al pueblo una condición: que así como antes no me cansé de reclamar prudencia y de aconsejar calma y tranquilidad, ahora le digo que cada uno se prepare de la mejor manera para luchar. […] Nuestra Nación necesita paz y tranquilidad para el trabajo… Y eso lo hemos de conseguir persuadiendo, y si no, a palos […] yo pido al pueblo que sea él también su custodio. Si cree que lo puede hacer, que tome las medidas más violentas contra los alteradores del orden. Éste es el último llamado y la última advertencia a los enemigos del pueblo. Después de hoy, han de venir acciones y no palabras[508].

 

 

 

La única verdad es la realidad

Después de este discurso, los dos bandos en que a esa altura se encontraba dividida la sociedad argentina comenzaron a velar sus armas. A principios del mes siguiente, varios mandos militares pasaron a una clandestinidad preparatoria de un golpe de Estado. El 7 de septiembre, la CGT anunciaba formalmente la creación de milicias obreras armadas para defender a su gobierno. Perón, preocupado, le dijo a sus colaboradores más cercanos: «Es fácil entregar armas a los sindicatos; lo difícil es quitárselas después»[509].

Perón creía haber sido lo suficientemente previsor al reemplazar los mandos de las principales guarniciones de Buenos Aires y Campo de Mayo, colocando en su lugar a jefes militares fieles. Sólo quedaban como posibles focos de rebelión algunas unidades del interior del país, a las que rápidamente pensaba neutralizar. Efectivamente, sería en el interior donde se iniciaría el levantamiento, pero, contrariamente a los cálculos de Perón, las neutralizadas serían las fuerzas leales.

Hacia 1955, la política nacionalista reformista del peronismo, aunque apaciguada, continuaba molestando a diversos sectores de la sociedad argentina. Afectaba los intereses de los exportadores con el IAPI y obstaculizaba las transferencias de ganancias al exterior con una política regulatoria de los envíos. Esta política nacionalista constituía una traba para estos sectores. Tanto el desarrollismo como el liberalismo ortodoxo consideraban que el concepto de «Estado de los trabajadores», al que suscribía el peronismo, era inadecuado, y destacaban la importancia de establecer claramente la diferencia entre el Estado y el movimiento obrero.

El nuevo rumbo adoptado en su segundo gobierno disgustó justamente a aquellos grupos e instituciones que lo habían acompañado en 1946: las Fuerzas Amadas, sectores del clero, intelectuales con tendencia nacionalista y la administración pública. Pero a la vez, como señalaba John William Cooke[510],

 

En 1955, el frente nacional antiimperialista que había llevado al peronismo al poder en 1945 se había roto. Su programa ya no servía a todos los sectores que en un momento habían coincidido. Nuestra burguesía aceptó al peronismo mientras cosechó beneficios. Cuando esto se hizo difícil, se volvió hacia el imperialismo. La lucha de clases se agudizó. El peronismo quería consumar su programa, pero el frente se había resquebrajado. Y no se volcaba hacia la derecha, como querían la burguesía y el imperialismo, pero tampoco a la extrema izquierda, como lo reclamaba su base, la clase trabajadora […]. En el ’55, Perón ya no podía ser el jefe de un frente policlasista y no se decidía a ser el jefe del proletariado. Además, el movimiento estaba burocratizado […]. Había perdido el peronismo, en el ’55, a los nacionalistas católicos y burgueses, más católicos y más burgueses que nacionalistas […] y después al Ejército, que coincidía con un programa de industria pesada y de autodeterminación, pero que no estaba dispuesto a seguir la política social y enfrió su entusiasmo […]. Así, el peronismo se quedó en un programa burgués y sin burguesía que lo aguantara. La suerte de la clase obrera —que ahí se jugaba— se decidió sin su presencia […]. El peronismo, en 1955, no quería comprender que era incompatible con el régimen burgués[511].

 

Los bombardeos de junio eran sólo el ensayo de un golpe de Estado que aparecía como imparable y continuó su desarrollo según los planes de sus ejecutores.

La conspiración se puso en marcha en la Marina y su principal coordinador fue el director de Institutos Navales, capitán de navío Arturo Rial, en contacto directo con el segundo jefe de la base de Puerto Belgrano, el capitán de navío Jorge Perren, quien llegaría a ser uno de los siniestros amos y señores de la ESMA a partir de 1976.

Un hombre de la Marina recuerda cómo se vivieron en la fuerza los preparativos del golpe:

 

En Puerto Belgrano, si un almirante no estaba de acuerdo con sublevarse, se lo llevaba al camarote y se lo encerraba bajo llave. Ése fue un alto precio que pagó la Marina. La Marina tiene una férrea disciplina de fondo, entonces el haber hecho eso, el haber quebrado eso en la mayor parte de los casos, produjo un daño. Va contra la cultura general. En los barcos, en los buques, después de Dios venía el comandante. Y hubo buques en donde el segundo se hizo cargo del buque, porque el comandante no quiso sublevarse. Al comandante se lo desembarcaba, en algunos casos a punta de pistola. Porque en la Marina peronistas no había, había indecisos o había gente temerosa. Peronistas creo que había tres. Con el tiempo se ve que fue un daño el que se hizo a la institución, pero no había otra opción. Los comandantes o almirantes que no participan, la mayoría pidió el retiro o si no el retiro lo dicta en la Marina la Junta de Calificaciones, pero casi la totalidad de ellos pidió el retiro. Yo era capitán de fragata, que es teniente coronel, y la mayor parte fueron capitanes de fragata para abajo. Capitanes de navío que se sublevaron fueron dos o tres, nada más. De los almirantes, Rojas fue el único. Había varios, pero los tuvieron que encerrar en una pieza. Fue una cosa de jóvenes fundamentalmente[512].

 

En el Ejército, el golpe en marcha tenía un líder casi natural, el general al que se le había adelantado Menéndez en 1951, el hombre que se la tenía jurada desde aquellos episodios de Chile de fines de la década del 30, un fervoroso militante católico al que el incendio de las iglesias le sonó a una invitación divina para ponerse en marcha: el general Eduardo Lonardi. Pero, por el momento, el nombre que más sonaba era el de Pedro Eugenio Aramburu.

Cuando la «revolución» fue tomando cuerpo, el entonces director de la Escuela Naval de Río Santiago, contraalmirante Isaac Rojas, decidió ponerse al frente del brazo naval de la conspiración. El general Perón hará este retrato de uno de sus más persistentes enemigos:

 

Rojas era un peronista furioso. Le daba recepciones a la CGT y le entregaba medallas al secretario general, a Espejo. Le regalaba alhajas a la esposa del gobernador de Buenos Aires. Siendo agregado naval en Brasil, le quería dar adoctrinamiento peronista al embajador Cooke, por lo cual los dos chocaban a menudo. Este Rojas fue un hombre que se hacía pasar por peronista. Un traidor al movimiento. Un individuo que estuvo emboscado en el movimiento. A ése le pagaron, le dieron dinero[513].

 

 

 

Sublevación precoz

Todo se estaba haciendo bien y en silencio. Los golpistas contaban con el decidido y militante apoyo de la Iglesia católica y de la mayoría de los partidos políticos, cuando el general Dalmiro Videla Balaguer, comandante de la Cuarta Región Militar, con asiento en Río Cuarto, Córdoba, sufrió un extraño cuadro de sublevación precoz y casi arruina todos los planes de los «libertadores».

Videla Balaguer, un fanático católico, que no es lo mismo que un buen cristiano, había recibido en 1951 la medalla a la Lealtad Justicialista por reprimir el intento golpista de Menéndez. El general decidió actuar por su cuenta y sublevó a su guarnición el 1.° de septiembre. Esto activó las sospechas del gobierno, que decidió investigar qué estaba pasando en la provincia mediterránea. El general Aramburu se alarmó por estos movimientos y, en reunión con los conspiradores, sugirió postergar

«el día de la liberación» hasta que las cosas mejoraran y se calmara la inquietud gubernamental.

Se sucedieron los conciliábulos y las reuniones clandestinas. Uno de estos encuentros tuvo lugar en Bella Vista, en la casa de un capitán desconocido entonces pero muy entusiasta; se llamaba Jorge Rafael Videla.

En aquellos días decisivos cobró un importante protagonismo un veterano de la conspiración frustrada de Menéndez que andaba repartiendo invitaciones para sumarse al golpe. Era el coronel retirado Arturo Ossorio Arana, quien, junto a un grupo de colegas en más de una cosa, le pidió al general Lonardi que no demorara más la sublevación y se pusiera al frente del movimiento.

Lonardi aceptó y el 11 de septiembre comenzó a planificar sus acciones en coordinación con los marinos de Rojas. La primera acción militar de los

«libertadores» sería la toma de Córdoba para expandir el movimiento hacia Cuyo y el Litoral y, en una operación de pinzas, atacar la ciudad de Buenos Aires, mientras su puerto era bloqueado por la Armada.

Perón, que sabía de conspiraciones y movimientos militares, le pidió al general Lucero que mandara a un hombre de confianza a Córdoba. El designado fue el teniente general Forcher, quien informó desde la capital cordobesa que se estaba preparando una acción en gran escala. Lucero desconfió y quiso comprobar por su cuenta los dichos de su emisario. Se ve que el fuerte del general no era la inteligencia, en todos los sentidos del término. Cuenta Perón:

 

Cuando nosotros tuvimos noticias de que en Córdoba, que era la guarnición más fuerte del país, se habían producido algunas cosas, llamé al ministro de Guerra y le dije: «Mire, váyase a Córdoba, porque la información que nos viene es grave». Era el general Lucero y esto ocurrió el 14 de septiembre de 1955. Lucero habló allí con los jefes. Y el día 15 yo recibía un telegrama que decía: «He estado en la guarnición de Córdoba. Solamente a un loco se le puede ocurrir que esta gente se levante». Lucero vino a Buenos Aires el 15 y el 16 se levantó Córdoba. Cuando uno cuenta con tipos así, ¿qué va a hacer? Está perdido[514].

 

Arturo Jauretche y John William Cooke desconfiaron sabiamente de Lucero y fueron a la Casa Rosada a advertirle al ministro del Interior, Oscar Albrieu, que tenían precisiones de que el golpe de Estado comenzaría en pocas horas. Cooke había señalado unos días antes:

 

Esas fuerzas no están aliadas contra un hombre; lo están contra el pueblo, al que niegan el derecho de elegir su propio destino y su propio conductor. Reniegan de la Argentina nueva, la de las conquistas sociales, económicas y políticas, la de los principios de justicia y de la soberanía inmaculada, para intentar retrotraernos a la vieja factoría colonial de los estancieros explotadores, de los comerciantes ávidos, de los acaparadores habilidosos, de las ganancias exorbitantes, de los salarios de hambre, de los gerentes extranjeros y de los traidores nativos[515].

 

 

 

Si los viera el General San Martín

La conspiración en marcha fue bautizada por sus organizadores como «Revolución Libertadora».

La palabra «libertador» remite inmediatamente al general San Martín, el hombre que le dio la libertad a medio continente y que vivía como pensaba, con aquella coherencia que lo acompañó hasta su muerte. El auténtico libertador escribió para que nadie en su nombre bastardeara la condición de militar:

 

La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes, ni le da armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta, cuanto es creada para conservar el orden, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas y hacerse respetar de los malvados que serían más insolentes con el mal ejemplo de los militares. La Patria no es abrigadora de crímenes[516].

 

Muy lejos de estos nobles pensamientos, el general Lonardi se había trasladado a Córdoba el 14 de septiembre y, junto con su plana mayor, había decidido que la hora cero del día «D» sería el primer minuto de aquel inolvidable 16 de septiembre. Hasta había encontrado un eslogan para su golpe, que sería usado por sus tropas como una contraseña: «Dios es justo». Sin que esto le sonara a contradicción, en la primera arenga a sus tropas antes de entrar en combate, les hizo un pedido que no sonaba muy cristiano: «Señores: vamos a llevar a cabo una empresa de gran responsabilidad. La única consigna que les doy es que procedan con la máxima brutalidad posible»[517].

 

El primer objetivo, la toma de la Escuela de Infantería de Córdoba, se logró tras una dura lucha de casi ocho horas de combate. Para las primeras horas de la tarde, los insurrectos controlaban varias radioemisoras y comenzaban a difundir por el país sus comunicados.

Al día siguiente, el comando de Lonardi emitió una proclama parecida a todas las arengas golpistas precedentes, excepto por un párrafo que ponía el dedo en la llaga sobre un tema muy espinoso para aquel amplio frente antiperonista hegemonizado por lo peor del pensamiento reaccionario de la Argentina: ¿qué pasaría con las conquistas sociales logradas por los trabajadores? Lonardi se animaba a avanzar sobre el tema, obviamente sin el apoyo decidido de los que se preparaban para ser los verdaderos vencedores de este golpe:

 

Sepan los hermanos trabajadores que comprometemos nuestro honor de soldados en la solemne promesa de que jamás consentiremos que sus derechos sean cercenados. Las legítimas conquistas que los amparan, no sólo serán mantenidas sino superadas por el espíritu de solidaridad cristiana y libertad que impregnará la legislación y porque el orden y la honradez administrativa a todos beneficiarán. La revolución no se hace en provecho de partidos, clases o tendencias, sino para restablecer el imperio del derecho[518].

 

Muy pocos meses después, Lonardi sentiría en carne propia que iba a ser usado por lo peor de la Argentina para todo lo contrario de lo que había expresado en aquella proclama.

Mientras tanto, las guarniciones cuyanas adhirieron al movimiento y otros alzamientos militares se produjeron en varias provincias. Algunas fracasaron, como la comandada en Curuzú Cuatiá por el propio Aramburu, quien fue rodeado por tropas leales pero logró huir.

En todo el país los comandos civiles, que venían funcionando desde hacía más de un año, se lanzaron a la lucha. Su tarea principal fue la toma de las radios y las plantas transmisoras.

Las fuerzas leales a Perón resistieron por cinco días, a lo largo de los cuales la Armada logró controlar el litoral marítimo, bombardeó los depósitos de petróleo de Mar del Plata y amenazó con bombardear las refinerías de La Plata y a la propia ciudad de Buenos Aires si Perón no renunciaba.

Así lo cuenta uno de los hombres de la Marina, Jorge Julio Palma:

 

bombardeos hubo en Mar del Plata, se bombardeó unos tanques que estaban sobre la costa. Fue una demostración de fuerza. Esto fue al día siguiente o a los dos días de empezada la revolución. Porque Lonardi había mandado un despacho diciendo que estaba muy comprometido y que hiciéramos un acto de fuerza. Y al crucero Nueve de Julio se le ordenó que cañoneara los tanques. Y después los buques torpederos, también en Mar del Plata, bombardearon el regimiento de Camet que estaba intentando atacar la base de Mar del Plata[519].

 

Meses más tarde, Perón escribirá:

 

Me preocupaba la amenaza del bombardeo de la población civil, en la que seguramente perderían la vida miles de inocentes que nada tenían que ver con la contienda. Ya Buenos Aires había presenciado la masacre del 16 de junio de 1955, cuando la aviación naval bombardeó la Plaza de Mayo y ametralló las calles atestadas de gente, matando e hiriendo a mansalva al pueblo indefenso […]. Me preocupaba también la destrucción de la destilería de petróleo de Eva Perón, una obra de extraordinario valor para la economía nacional […]. Influenciaba también mi espíritu la idea de una posible guerra civil de amplia destrucción y recordaba el panorama de una pobre España devastada que presencié en 1939. Muchos me aconsejaron abrir los arsenales y entregar las armas y municiones a los obreros que estaban ansiosos de empuñarlas, pero eso hubiera representado una masacre y, probablemente, la destrucción de medio Buenos Aires. Esas cosas uno sabe cómo comienzan pero no en qué terminan[520].

 

El 18 por la noche, Perón se reunió en la residencia presidencial con los jefes militares leales. Esto fue lo que sucedió según un testigo presencial de los hechos:

 

Se saludan amigablemente e inicia la conversación Sosa Molina, y le dice: «Señor presidente, le venimos a pedir que continuemos en la lucha, queremos seguir peleando…». Y el General los mira a todos y les dice:

«Señores, ustedes saben perfectamente bien que esta revolución se hace contra Juan Domingo Perón. Y Juan Domingo Perón, por defender su función personal, no va a llevar al país a la guerra civil. Vayan y hablen con los revolucionarios, a ver qué es lo que quieren, que yo sé muy bien lo que quieren. Vayan, que los espero». Nunca más volvieron[521].

 

Al salir de la reunión, los militares analizaron el panorama y lo llamaron a Renner, asistente de Perón, y le dijeron: «Tenemos un solo consejo que darle a Perón: abandonar rápidamente el país, de manera que nosotros podamos iniciar tratativas investidos de la autoridad del gobierno»[522].

Teniendo en cuenta estos elementos, el 19 de septiembre el General delegó en aquella junta de militares, que ya no eran tan leales, las negociaciones con Lonardi. Lo primero que pidieron fue que el gobierno declarara una tregua unilateral, lo que efectivamente se hizo.

Los golpistas no querían sólo la renuncia del presidente. Soñaban con una rendición de Perón como la del Japón ante los Estados Unidos y montaron un circo parecido. El buque elegido para la ceremonia fue el crucero General Belgrano[523]. Allí se reunieron el 20 de septiembre los que ya se sentían las nuevas autoridades nacionales y la delegación compuesta por el teniente general Forcher, los generales de división Manni y José Sampayo, y el auditor general de brigada Oscar Sacheri, en representación de la junta militar en la que Perón había delegado el mando.

 

 

Vencedores y vencidos

Aquella mañana del último día del invierno de 1955, el General sintió que todo había terminado, al menos por el momento. Buscó algunas cosas, algo de dinero (muchísimo menos del que sus enemigos imaginaban), un retrato de Evita y una imagen de la Virgen de Luján. Iba rumbo a la embajada del Paraguay. Se despidió del personal de la residencia y subió junto a sus asistentes Renner y Cialcetta al Cadillac

 

en el que el chofer, Isaac Gilaberte[524], lo había conducido tantas veces a mejores destinos.

El General describirá así aquellos momentos:

 

me di vuelta a mirar lo que dejaba a mis espaldas. Esa residencia no era mi casa, pero quedaban entre sus muros muchos recuerdos de años que parecían lejanos y se diría que relegados a la prehistoria. La ciudad era un desierto. La niebla llegaba hasta la parte baja de las casas como en un bosque se detiene al pie de los árboles. En aquella atmósfera borrosa de lluvia y de niebla todo parecía irreal[525].

 

Al embajador paraguayo le preocupaba muy seriamente la posibilidad de un atentado contra Perón y evaluó que la embajada no era un lugar del todo seguro. Recordó que en el dique A de Puerto Nuevo reposaba amarrada la cañonera Paraguay a la espera de reparaciones mecánicas. El viaje tuvo sus complicaciones. El motor del Cadillac se detuvo y hubo que hacerlo empujar. Los testimonios aseguran que el propio Perón bajó del auto para pedirle auxilio al chofer de un ómnibus, que no podía creer lo que estaba viendo.

Finalmente llegó a la cañonera, donde permaneció varios días en un precario camarote. Allí pudo escuchar, a través de la misma Radio del Estado por la que había hablado tantas veces, la voz de otro general que discurseaba desde los balcones de la Casa Rosada. No pudo contener la sensación de usurpación. Sentía como propios a aquellos balcones del 17 de octubre, del último discurso de Evita y de tantos «días peronistas». Ahora estaba en un barco extranjero, a la espera del destino y a que los

«libertadores» lo autorizaran a marchar al exilio, mientras Lonardi le hablaba al país desde una Plaza de Mayo repleta de otra gente, argentinos también que conformaban un paisaje completamente distinto a los que él estaba acostumbrado a ver:

 

Tanto como la de mis compañeros de armas, deseo la colaboración de los obreros y me atrevo a pedirles que acudan a mí con la misma confianza con que lo hacían con el gobierno anterior. Buscarán en vano al demagogo, pero tengan la seguridad de que siempre encontrarán un padre o un hermano. La libertad sindical, indispensable a mi juicio para la dignidad del trabajador, de ningún modo significará la destrucción de los instrumentos de derecho público o laboral, necesarios para el ordenamiento profesional. El pueblo debe aprender a buscar en mis actos más que en mis palabras el testimonio de que estoy exclusivamente a su servicio con toda mi vida, con todas las energías de mi alma[526].

 

El jefe golpista terminó su discurso haciendo suya aquella frase que Urquiza había pronunciado después de Caseros, según la cual no habría «ni vencedores, ni vencidos». Quizás el general Lonardi, intoxicado por la historia oficial, no recordaba los crímenes perpetrados por los vencedores después de la célebre batalla del 3 de febrero de 1852 y de la encarnizada y perdurable persecución emprendida contra los vencidos. Pero estaba claro que el eslogan elegido era a todas luces falso: había vencedores y vencidos.

No faltaba mucho para que todos se dieran por enterados; que quienes no querían colaborar con los trabajadores eran los «libertadores», particularmente el flamante

 

vicepresidente, Isaac Rojas, que no coincidía en absoluto con las palabras del presidente y se preparaba para derrocarlo e instalar definitivamente un gobierno antiobrero y antinacional.

Pocos días después, aquel hombre clave del golpe al que le gustaba llamarse

«Revolución Libertadora», el contralmirante Rial, le dijo a un grupo de trabajadores municipales: «recuerden que la Revolución Libertadora se hizo para que el hijo del barrendero, muera barrendero».

El General seguía en la cañonera, pegado a la radio y escribiendo sus primeras impresiones sobre lo que le estaba pasando a él y al país. Finalmente, el 3 de octubre llegó el salvoconducto que le permitía salir del país. Los «libertadores» le prohibieron hacerlo por vía fluvial porque temían que a su paso por las distintas ciudades se produjeran manifestaciones peronistas. Le tenían un particular pánico a lo que podía ocurrir en Rosario, una de las capitales del peronismo. Combinaron con el gobierno paraguayo que el traslado se haría en un hidroavión Catalina, llegado especialmente de Asunción.

Al mediodía y en compañía del embajador del Paraguay, se traslado al Murature a la espera del avión paraguayo. También estaba un diplomático perteneciente al círculo íntimo del cardenal Caggiano, que acababa de ser nombrado canciller de la

«Libertadora», Mario Amadeo. Tenía orden de asegurarse que la salida de Perón se hiciera como estaba prevista. Cuando el General subía a la máquina, perdió estabilidad y le cupo a Amadeo la curiosa misión de salvar a Perón.

A la una y diez de la tarde de aquel 3 de octubre, Perón marchaba al exilio. Sabía que las cosas no iban a quedar así, sabía que su pueblo no se iba a quedar mirando desfiles y procesiones. Confiaba profundamente en sus descamisados, aunque desconfiara de alguno de sus dirigentes. Confiaba también plenamente en sus enemigos, en aquel conglomerado de partidos y corporaciones a los que sólo los unía la voluntad de negarlo a él y a su movimiento. Sabía que muy pronto empezarían las disputas carroñeras por el poder y confiaba en que sus compañeros iban a saber aprovechar la oportunidad para comenzar la resistencia.

Al llegar a Asunción se instaló en la casa de su amigo, el comerciante argentino Ricardo Gayol. Por varios días guardó silencio hasta que, más tranquilo, decidió dar algunas notas a medios extranjeros.

En la que le brindó a un diario de Montevideo, hizo una especie de balance de su gestión y analizó el presente argentino:

 

Cuando llegué al gobierno de mi país, había gente que ganaba 20 centavos por día, peones que ganaban 15 pesos al mes. Se asesinaba a mansalva en los ingenios azucareros y los yerbatales, con regímenes de trabajo criminales. En un país que poseía 45 millones de vacas, los habitantes se morían de debilidad constitucional. La previsión social era poco menos que desconocida y las jubilaciones insignificantes cubrían sólo a los empleados públicos y a los oficiales de las Fuerzas Armadas. Instituimos jubilaciones para todos los que trabajan, incluso para los patrones. Creamos pensiones para la vejez y la invalidez,

 

desterrando del país el triste espectáculo de la miseria en medio de la abundancia. […] Cuando llegué al gobierno ni alfileres se hacían en el país. Lo dejo fabricando camiones, tractores, automóviles, locomotoras, etc. Dejo recuperados los teléfonos, los ferrocarriles y el gas, para que vuelvan a venderlos otra vez. Les dejo una marina mercante, una flota aérea […]. Esta revolución como la de 1930, también septembrina, representa la lucha de la clase parasitaria contra la clase productora. La oligarquía puso el dinero; los curas, la prédica; un sector de las Fuerzas Armadas, dominado por la ambición, y algunos jefes pusieron las armas de la República. En el otro bando están los trabajadores, el pueblo que sufre y produce. La consecuencia es una dictadura militar de corte oligárquica clerical[527].

 

Otro corresponsal le preguntó qué pensaba hacer para regresar al poder en la Argentina. El General le sonrió y le respondió. «Nada. Todo lo harán mis enemigos».

 

 

FELIPE PIGNA. (Mercedes, Buenos Aires, 29 de mayo de 1959). Es un historiador y escritor argentino especializado en la historia de Argentina. Realiza trabajos en diversos formatos, y es considerado por el programa Ver para leer como el historiador con más difusión en la Argentina después de Félix Luna.

Felipe Pigna es un profesor de historia egresado del  Instituto  Nacional  «Dr.  Joaquín V. González». Fue director del proyecto Ver la Historia de la Universidad de Buenos Aires, compuesto por trece capítulos. Es director del Centro de Difusión de la Historia Argentina de la Universidad Nacional de General San Martín y conductor del programa Historias de nuestra historia trasmitido por Radio Nacional. Además, fue profesor de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini.

Fue columnista de la radio Rock & Pop, labor que le permitió obtener el premio Eter 2006, 2007 y 2008 al mejor especialista temático. Fue conductor del programa Lo pasado pensado en radio Rock & Pop; nombre compartido con un programa televisivo de documentales históricos que se emitió por Canal 7. También en Canal 7 condujo El espejo retrovisor, programa de entrevistas e informes sobre historia argentina y Qué fue de tu vida, un ciclo de entrevistas a importantes personalidades de Argentina y el exterior, con reconocida trayectoria en el ámbito cultural, político y social, programa por el cual obtuvo el premio Martín Fierro 2013 al mejor programa cultural-educativo. Fue coguionista junto al equipo de Alejandro Turner del ciclo Algo habrán hecho por la historia argentina, que condujo en sus dos primeras temporadas junto a Mario Pergolini y junto a Juan Di Natale en la tercera. Dicho

programa fue emitido por Canal 13 y Telefe, y obtuvo el premio Martín Fierro 2006 y 2007 al mejor programa cultural y el premio Clarín al mejor programa periodístico 2006. Editó en 2009 para Editorial Planeta la colección de efemérides argentinas Historias de nuestra historia en «libro + DVD», sobre la historia de las distintas fechas patrias del calendario escolar.

Ha publicado Historia confidencial (2003), cinco tomos de Los mitos de la historia argentina (2004-2013), Lo pasado pensado (2006), Evita (2007), 1810 (2010), Libertadores de América (2010), Mujeres tenían que ser (2011) y Evita, jirones de su vida (2012), entre otros. Fue guionista, adicionalmente, de una serie de libros de historietas sobre temas históricos argentinos, como medio de difusión de la historia para niños y adolescentes, incluidos temas tales como las Invasiones inglesas, la Revolución de Mayo y las biografías de Domingo Faustino Sarmiento, Martín Miguel de Güemes, José de San Martín, Manuel Belgrano e Hipólito Bouchard. Es también director de la colección Biblioteca Emecé Bicentenario, que rescata escritos históricos de personajes de la talla de Manuel Belgrano o Mariano Moreno, entre otros.

Es director de la revista Caras y Caretas, del sitio de internet www.elhistoriador.com.ar y consultor para América Latina de The History Channel; además para este mismo canal realizó y animó, junto a Pedro Palou la serie «Unidos por la historia» en el año 2010.

Felipe Pigna describe su estilo como historiador como uno orientado a la divulgación y la desmitificación. Considera que como historiador debe aportar algo nuevo al debate histórico, y que deben emplearse todos los medios de comunicación disponibles para trasmitir el conocimiento de la historia.

 

 

 

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PUBLICACIONES OFICIALES

CONGRESO DE LA NACIÓN, Diarios de Sesiones de la H. Cámara de Diputados de la Nación.

MINISTERIO DE INDUSTRIA, Contrato con la California Argentina de Petróleo, Buenos Aires, 1955.

 

SECRETARÍA DE INFORMACIONES DE LA PRESIDENCIA DE LA NACIÓN, Mensaje de

Navidad de Eva Perón.

SUBSECRETARÍA DE INFORMACIONES DE LA PRESIDENCIA DE LA NACIÓN, Anécdotas,

recuerdos, conversaciones, citas, relatos, ejemplos de Perón, Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación, Buenos Aires, 1950.

 

COLECCIONES DE DIARIOS Y REVISTAS

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DOCUMENTALES

Testimonio de Hugo del Carril en el documental Evita, una vida, dirigido por Armando Tosin, con libro de Ramón Bolla.

Testimonio del doctor Pedro Ara en el documental Evita, una tumba sin paz, dirigido por Tristán Bauer.

 

 

NOTAS

 

 

[1] Philip Dormer Stanhope, Lord Chesterfield, Cartas de Lord Chesterfield a su hijo Felipe Stanhope, Barcelona, Acantilado, 2006. <<

[2] Enrique Pavón Pereyra, Yo Perón, Buenos Aires, Editorial MILSA, 1993. <<

[3] Juan Moreira fue un gaucho nacido en La Matanza, provincia de Buenos Aires, en el siglo XIX, acusado por varios duelos y asesinatos. Su vida fue inmortalizada por el escritor Eduardo Gutiérrez y, desde entonces, es símbolo de las injusticias sufridas por el gaucho argentino. Se enfrentó con la policía en numerosas ocasiones y fue famoso por su temeridad y su destreza en el uso del facón. Fue muerto por el sargento Víctor Chirino en 1874. <<

[4] Escena inmortalizada por la notable película Juan Moreira, de Leonardo Favio, estrenada en 1973. <<

[5] En Tomás Eloy Martínez, «Las Memorias de Juan Perón», revista Panorama, 14 de abril de 1970. <<

[6] Pavón Pereyra, op. cit. <<

[7] Tomás Eloy Martínez, op. cit. <<

[8] Ibídem. <<

[9] Discurso de Perón pronunciado el 22 de octubre de 1944, en la Municipalidad de San Isidro. En Anécdotas, recuerdos, conversaciones, citas, relatos, ejemplos de Perón, Buenos Aires, Subsecretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación, 1950. <<

[10] Jean-Jacques Rousseau, escritor y filósofo nacido en Suiza en 1712, criticó los fundamentos de la sociedad en la que vivió. Afirmaba que el hombre, en su estado
«natural», antes de organizarse en sociedad, es bueno y libre, y que es precisamente cuando se aparta de la naturaleza para vivir en comunidad, cuando aparecen el ansia de riqueza y la injusticia. En su concepción, la propiedad privada es una de las causas principales de la infelicidad humana. En uno de sus ensayos más famosos, El contrato social, establecía que todos los ciudadanos son iguales en derecho y deben participar en el ejercicio del poder. <<

[11] Lord Chesterfield, op. cit. <<

[12] Pavón Pereyra, op. cit. <<

[13] Véase Los mitos de la historia argentina 3, Buenos Aires, Planeta, 2006, capítulo
«La dignidad rebelde». <<

[14] Enrique Pavón Pereyra, Perón 1895-1942, Buenos Aires, Ediciones Espino, 1952.
<<

[15] Jorge Crespo, El Coronel. Un documento sobre la vida de Juan Perón 1895-1944, Buenos Aires, Ayer y Hoy Ediciones, 1988. <<

[16] Ibídem. <<

[17] Se conoció como Semana Trágica al conflicto obrero durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, que comenzó en diciembre de 1918 con una huelga en los talleres metalúrgicos Pedro Vasena e Hijos. La industria metalúrgica se había visto profundamente afectada por la Primera Guerra Mundial e intentaba bajar costos. Los obreros, por su parte, pretendían obtener mejoras en sus condiciones de trabajo y en sus salarios. La huelga pronto se convirtió en un conflicto sindical generalizado que terminó con 700 muertos y cerca de 4000 heridos. <<

[18] Milcíades Peña, Masas, caudillos y elites, Buenos Aires, Fichas, 1971. <<

[19] Pavón Pereyra, Perón 1895-1942 cit. <<

[20] Junto con Agustín P. Justo, Uriburu encabezó en 1930 el golpe de Estado que derrocó a Yrigoyen e inauguró la «década infame», un período que se caracterizó por la ausencia de la participación popular, la persecución a la oposición, la tortura a los detenidos políticos, la creciente dependencia de nuestro país y la proliferación de los negociados. Uriburu asumió como presidente de facto en 1930, pero pronto sus planes de instalar una dictadura corporativista fracasaron y dejó la presidencia en 1932. <<

[21] En Félix Luna, Yrigoyen, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985. <<

[22] En Roberto Etchepareborda, Yrigoyen, tomos I y II, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983. <<

[23] Pavón Pereyra, Yo Perón cit. <<

[24] En Torcuato Luca de Tena, Luis Calvo y Esteban Peicovich, Yo, Juan Domingo Perón, relato autobiográfico, Madrid, Planeta, 1976. <<

[25] Firmado el 23 de agosto de 1939, por los cancilleres Viacheslav Molótov en representación de la URSS y Joachin von Ribbentrop, por Alemania, establecía un acuerdo de no agresión entre ambas potencias. <<

[26] Luca de Tena y otros, op. cit. <<

[27] Tulio Halperín Donghi, en Clarín, jueves 26 de agosto de 1993. <<

[28] Arturo Jauretche, Escritos inéditos, Buenos Aires, Corregidor, 2002. <<

[29] David Kelly, El poder detrás del trono, Buenos Aires, Coyoacán, 1962. <<

[30] Roberto M. Ortiz, radical antipersonalista, fue ministro de Obras Públicas durante la presidencia del doctor Marcelo T. de Alvear y de Hacienda, durante el gobierno del general Agustín P. Justo. Cuando el sector antipersonalista pactó con el régimen instaurado tras el derrocamiento de Irigoyen, se tomó la «Concordancia», acuerdo mediante el cual Roberto M. Ortiz llegó a la presidencia en 1938. Intentó llevar a cabo una apertura democrática pero se vio obligado a renunciar por su delicado estado de salud. Lo sucedió el vicepresidente, doctor Ramón S. Castillo. <<

[31] Ramón S. Castillo, político conservador catamarqueño, accedió a la vicepresidencia en 1938, en el segundo término de la fórmula liderada por Roberto M
. Ortiz. Tras la renuncia de Ortiz, Castillo asumió la primera magistratura en 1942 y reimplantó las prácticas del fraude electoral. Durante la campaña electoral de 1943, Castillo proclamó la candidatura de Robustiano Patrón Costas, pero fue derrocado el 4 de junio de ese año. <<

[32] Véase Los mitos de la historia argentina 3 cit. <<

[33] En la Argentina nunca existió el cargo de Premier, es decir, el primer ministro; pero teniendo en cuenta los cargos que llegó a acumular Perón —secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra, vicepresidente de la Nación y presidente del Consejo Nacional de Posguerra—, bien le cabe el apodo comparativo. <<

[34] Anécdotas, recuerdos, conversaciones… cit. <<

[35] Véase Los mitos de la historia argentina 3 cit. <<

[36] Se conoce como «Grito de Alcorta» a la rebelión de los chacareros arrendatarios del sur de Santa Fe, sur de Córdoba y norte de la provincia de Buenos Aires iniciada en junio de 1912 en Alcorta (Santa Fe) contra los terratenientes. La protesta se debió a las pésimas condiciones de trabajo, la precariedad de los arrendamientos y el carácter leonino de los contratos de alquiler, que dejaban una ganancia tan mínima al colono que apenas le servía para pagar sus deudas de la cosecha anterior. Como consecuencia de este movimiento, que logró parcialmente sus objetivos, el 15 de agosto de 1912 se constituyó en Rosario la Federación Agraria Argentina, primera entidad defensora de los pequeños y medianos productores rurales. <<

[37] José Peter, Crónicas proletarias, Buenos Aires, Esfera, 1968. <<

[38] A algunas regiones rurales llegaba la prédica anarquista y socialista, que era perseguida implacablemente por los patrones y las «fuerzas del orden». Por eso es tan digna de elogio la labor de aquellos militantes que a riesgo de sus vidas recorrían los campos entonando sus «payadas libertarias». En ellas exponían los principios básicos del anarquismo y denunciaban con todas las letras las injusticias padecidas cotidianamente por los trabajadores rurales. Lo hacían en ritmo de milonga para que los paisanos, muchos de ellos analfabetos, pudieran escuchar aquellas proclamas sociales en un lenguaje accesible y directo. <<

[39] «Un texto del líder justicialista sobre el 4 de junio de 1943», La Opinión, 15 de junio de 1973. <<

[40] Véase Los mitos de la historia argentina 2, Buenos Aires, Planeta, 2005. <<

[41] Desde el clásico trabajo de Gino Germani, Política y sociedad en una época de transición, se los llamó trabajadores «nuevos» para diferenciarlos de los «viejos», es decir, aquellos ya asentados en los centros urbanos y con un pasado sindical sólido.
<<

[42] En un principio, de acuerdo con el pacto de no agresión entre la Alemania de Hitler y la URSS de Stalin, el Partido Comunista argentino apoyó el neutralismo frente a la guerra. Pero a partir de la invasión alemana a la URSS, en junio de 1941, lanzó una dura campaña en la que puso todos sus esfuerzos en apoyar a las tropas que luchaban contra el fascismo. Incluso no trepidó, para asombro de muchos trabajadores, en levantar huelgas en los frigoríficos para no interrumpir el envío de alimentos a las tropas aliadas. <<

[43] Para profundizar en los temas vinculados con la gestación del peronismo y su relación con la clase obrera «nueva» y «vieja», véanse el excelente trabajo de Juan Carlos Portantiero y Miguel Murmis, Estudios sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Siglo XXI, 1973, y el libro de Hugo del Campo, Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un vínculo perdurable, Buenos Aires, Siglo XXI, reedición 2007. <<

[44] Era tal la ausencia histórica de legislación obrera, convalidada desde el poder por los gobiernos de la década infame, que nuestras leyes sociales anteriores a 1943 pueden reseñarse en pocas líneas: ley de descanso dominical, ley reglamentaria del trabajo de mujeres y niños, declaración de feriados nacionales, ley de reglamentación de agencias particulares de colocación, ley de inembargabilidad de los sueldos menores de $100, ley reglamentaria del trabajo a domicilio, leyes jubilatorias sólo para algunos gremios, ley de la silla para empleados de comercio y, por último, una ley reglamentaria del trabajo nocturno. La mayoría de ellas fueron promovidas por la bancada socialista en el Parlamento. <<

[45] La masacre de la Patagonia fue la respuesta al conflicto que estalló en Santa Cruz durante la presidencia de Hipólito Yrigoyen, cuando los obreros se enfrentaron a los estancieros y a las sociedades anónimas internacionales. El gobierno de Yrigoyen decidió intervenir y envió al teniente coronel Héctor Varela, quien llevó a cabo una de las más sangrientas represiones, que dejó más de dos mil muertos. <<

[46] En los quebrachales santafesinos, el conflicto obrero surgió en 1921, durante la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen. Los obreros de la empresa inglesa La Forestal, que explotaba el quebracho colorado, iniciaron una huelga por las condiciones de miseria a las que eran sometidos. Cuando se desatoran las protestas, fueron reprimido violentamente y perseguidos con saña. <<

[47] General Francisco Fasola Castaño, «Carta abierta al Gral. Justo», 1938, en José
A. Yelpo, Ejército, politica, proyecto alternativo: 1920-1943, Buenos Aires, Editorial Guardia Nacional 1987 <<

[48] Véase Los mitos de la historia argentina 3 cit. <<

[49] Cirujano de brigada, Dr. Carlos A. Bocalandro, documento de 1943, en Yel-po, op. cit. <<

[50] Ibídem. <<

[51] Ibídem. <<

[52] Decreto-Ley de Asociaciones Profesionales, publicado en La Nación del 21 de julio de 1943; citado por Hugo del Campo, op. cit. <<

[53] Domingo Mercante, citado por Hugo Gambini, «La historia del peronismo»,
Primera Plana, 24 de agosto de 1965. <<

[54] En Esteban Peicovich, Hola, Perón, Buenos Aires, Editorial Jorge Álvarez, 1965.
<<

[55] En Enrique Pavón Pereyra, Perón, el hombre del destino, Buenos Aires, Abril Educativa y Cultural, 1973. <<

[56] Entrevista realizada por el periodista chileno Abel Valdez y publicada en El Mercurio de Santiago de Chile, el 8 de noviembre de 1943. Al ser reproducida por La Prensa de Buenos Aires en su edición del 11 de noviembre, se generó un gran revuelo. Perón salió a aclarar a través de La Nación, el 13 de noviembre, que no
«aceptaba que se nos sindique como ejerciendo funciones ocultas fuera de la órbita que nos fija nuestro jefe, el general Ramírez, por quien somos guiados y dirigidos».
<<

[57] El Mercurio, 8 de noviembre de 1943. <<

[58] Se refiere al estanciero y empresario Jorge Antonio Santamarina, ministro de Hacienda de Ramírez entre junio y octubre de 1943. <<

[59] El Mercurio, 8 de noviembre de 1943. <<

[60] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[61] En Juan Domingo Perón, Obras Completas, Fundación Pro Universidad de la Producción y del Trabajo y Fundación Universidad a Distancia «Hernandarias», 1997. <<

[62] En Rodolfo Puiggrós, Historia crítica de los partidos políticos argentinos. El peronismo, sus causas, Buenos Aires, Corregidor, 2006. <<

[63] Luis Monzalvo, Testigo de la primera hora del peronismo, Buenos Aires, Pleamar, 1974. <<

[64] Anécdotas, recuerdos, conversaciones… cit. <<

[65] Juan Domingo Perón, Obras completas cit., tomo 20. <<

[66] Ángel Perelman, Cómo hicimos el 17 de octubre, Buenos Aires, Coyoacán, 1962.
<<

[67] En Pavón Pereyra, Perón, el hombre del destino cit., tomo 1. <<

[68] Artículo contra el Estatuto del Peón publicado en los Anales de la Sociedad Rural, Buenos Aires, diciembre de 1944, citado por Ricardo Sidicaro, Los tres peronismos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2002. <<

[69] John Maynard Keynes (1883-1946) fue un economista inglés que promovió la intervención del Estado a través del gasto y la inversión pública para incrementar la producción y el consumo, como modo de salir de la crisis de los años 30. Sus ideas fundamentaron el llamado «Estado de Bienestar» e influyeron en las políticas adoptadas por el presidente estadounidense Franklin Delano Roosevelt, conocidas como el New Deal. <<

[70] Discurso de Perón en la Bolsa de Comercio, La Razón, 26 de agosto de 1944. <<

[71] Juan Domingo Perón, El pueblo quiere saber de qué se trata, Buenos Aires, Secretaría de Trabajo y Previsión de la Nación, 1944. <<

[72] Comunicado emitido el 26 de diciembre de 1944, en Juan Perón, Obras Completas cit. <<

[73] En Carlos Escudé, «Braden, Perón y la diplomacia británica», Todo es Historia, N.° 138, noviembre de 1978. <<

[74] En Mario Rapoport, Historia económica, política y social de la Argentina 1880-2000, Buenos Aires, Macchi, 2000. <<

[75] Periódico Tribuna, Buenos Aires, 17 de agosto de 1946. <<

[76] Higham llama «La Fraternidad» (The Fraternity, en inglés) al acuerdo entre diversos sectores empresarios, institucionales e ideológicos que contribuyeron financiera y políticamente al ascenso y consolidación de los regímenes fascistas y nazis en Europa. <<

[77] Charles Higham, citado por Daniel Muchnik, Negocios son negocios, Buenos Aires, Norma, 1999. <<

[78] Muchnik, op. cit. <<

[79] En español, Mi lucha, libro donde Hitler expone su pensamiento político y social ultraderechista y antisemita. <<

[80] Muchnik, op. cit. <<

[81] En Horacio Casal, La revolución de 1943, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971. <<

[82] En Carlos Escudé, La declinación argentina, Buenos Aires, Editorial de Belgrano, 1988. <<

[83] Sherry Mangan, Fortune, 7 de abril de 1941, citado por Rogelio García Lupo, La Revolución de los generales, Buenos Aires, Editorial Jamaica, 1963. <<

[84] Discurso de Jordán Bruno Genta, La Nación, 1.° de junio de 1944. <<

[85] Discurso del doctor Ignacio B. Olmedo, La Nación, 1.° de junio de 1944. <<

[86] Monseñor Gustavo Francheschi, «Un grave problema argentino imaginario»,
Criterio, N.° 830, 27 de enero de 1944. <<

[87] Homero Manzi, escritor, poeta y guionista, fue el autor de conocidas letras de tango como Sur y Discepolín. En 1935 participó de la fundación de la Fuerza Orientadora Radical de la Juventud Argentina (FORJA). <<

[88] En aquel entonces el correo y las telecomunicaciones, que incluían las radios, estaban a cargo de un mismo funcionario. <<

[89] En Horacio Salas, Homero Manzi y su tiempo, Buenos Aires, Vergara, 2001. <<

[90] En 1935, cuando la UCR decidió abandonar la abstención electoral, último bastión de resistencia para deslegitimar al régimen de la década infame, un grupo de jóvenes radicales yrigoyenistas decidió apartarse del partido y formar la Fuerza Orientadora Radical de la Juventud Argentina (FORJA). Sus más destacados impulsores fueron Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz y Gabriel del Mazo. Este movimiento ideológico intentó recuperar las ideas de Hipólito Yrigoyen y levantar las banderas de la defensa de la soberanía nacional. <<

[91] Arturo Jauretche, pensador, ensayista y político argentino, en 1935 fue uno de los fundadores de FORJA y más tarde adhirió al justicialismo. Durante el gobierno de Perón, fue nombrado presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Entre sus obras se encuentran: Los profetas del odio y la yapa, Forja y la década infame, El medio pelo en la sociedad argentina y Manual de zonceras argentinas. <<

[92] Arturo Jauretche, «La falsa opción nacionalista», en FORJA, Buenos Aires, A. Peña Lillo, 1973. <<

[93] Años más tarde, Tomás A. Ducó tendría más suerte como presidente del Club Huracán, cuyo estadio lleva su nombre. <<

[94] El Foreign Office es el Ministerio de Asuntos Exteriores británico. <<

[95] Archivos del Foreign Office, N.° AS 396/12/2, en Escudé, «Braden, Perón y la diplomacia británica» cit. <<

[96] Ibídem. <<

[97] Ibídem. <<

[98] Time, 17 enero 17 de 1944, citado por García Lupo, op. cit. <<

[99] En este balneario de Crimea (URSS) se reunieron entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 Franklin D. Roosevelt, Winston Churchill y José Stalin. Se conversó sobre las esferas de influencia que corresponderían a los vencedores cuando la guerra finalizase. Roosevelt convenció a Stalin para que éste declarara la guerra a Japón. A cambio, el jefe ruso obtuvo el consentimiento de sus aliados para la formación de gobiernos prosoviéticos en algunos países de Europa central. También se trató sobre el futuro de Alemania y la creación de la Organización de las Naciones Unidas. <<

[100] Era de una de las clásicas bromas de aquel incorregible conservador que había dicho: «El problema del capitalismo es la desigual distribución de la riqueza, mientras que la virtud del socialismo es la igual distribución de la miseria». <<

[101] Edward Stettinius, Roosevelt y los rusos, Barcelona, Plaza y Janes, 1961. <<

[102] Félix Luna, El ’45, Buenos Aires, Hyspamérica, 1985, declaración del expresidente Perón al autor en enero de 1969. <<

[103] Fulgencio Batista, político y militar cubano, presidió su país entre 1940 y 1944. En 1952 dio un golpe de Estado e instauró una dictadura, que garantizó los intereses de Estados Unidos en Cuba. Fue derrocado por Fidel Castro el 1.° de enero de 1959.
<<

[104] Time, 30 de abril de 1945, citado por García Lupo, op. cit. <<

[105] La Nación, 13 de abril de 1945. <<

[106] La Prensa, 30 de mayo de 1945. <<

[107] Braden al secretario de Estado, 711.35/7-1145, julio 11, 1945, en Joseph Page, Perón. Una biografía. Primera parte (1895-1952), Buenos Aires, Javier Vergara, 1984. <<

[108] Informe del funcionario del Foreign Office P. J. Hancock, minuta del 26 de julio (AS 3782/12/2), en Escudé, «Braden, Perón y la diplomacia británica» cit. <<

[109] Braden al secretario de Estado, 711.35/5-2345, 23 de mayo de 1945, en Page, op. cit. <<

[110] Robert A. Potash, El Ejército y la política en la Argentina 1928-1945, Buenos Aires, Sudamericana, 1971. <<

[111] En Perelman, op. cit. <<

[112] Citado en Jorge Abelardo Ramos, La era del bonapartismo, Buenos Aires, Ediciones del Mar Dulce, 1970. <<

[113] Ambas superpotencias, liderando dos grandes bloques de poder constituidos por países aliados o dependientes, iniciaron una confrontación que se extendió a los planos diplomáticos, económicos e ideológicos. Estadounidenses y soviéticos se encontraron en los más variados frentes militares, apoyando a diferentes bandos, pero evitando siempre el enfrentamiento directo. A esta especial forma de convivencia, que era paralela a la rivalidad, se la denominó guerra fría. <<

[114] Palabras pronunciadas en el Luna Park por el dirigente comunista Rodolfo Ghioldi en 1945, en Milcíades Peña, op. cit. <<

[115] Rodolfo Ghioldi, en Orientación, 17 de abril de 1941. <<

[116] En Milcíades Peña, op. cit. <<

[117] El senador Enzo Bordabehere fue asesinado en el Senado de la Nación el 23 de julio de 1935, en medio del debate de las carnes liderado por el senador Lisandro de la Torre, quien había denunciado negociados entre empresas inglesas y el gobierno.
<<

[118] Ya a mediados de 1945, tres meses antes del discurso de Ghioldi, el PC soviético, consciente de la inferioridad económica y militar de la URSS en relación con los Estados Unidos, comenzó a plantear la teoría del «cerco capitalista», según la cual, los países occidentales, bajo el liderazgo de los norteamericanos, rodearían y aislarían a la Unión Soviética hasta debilitarla y derrotarla. Este cerco, según el PC de Moscú, era consecuencia del carácter agresivo del capitalismo monopolista occidental, que nunca aceptaría la existencia de un bloque de países socialistas. <<

[119] Se refiere al dirigente comunista brasileño Luis Carlos Prestes (1898-1990). <<

[120] Ernesto Giudici, «El surgimiento de una nueva realidad social argentina (1943-45)», Todo es Historia, N.° 193, junio de 1983. <<

[121] Carlos Fayt, La naturaleza del peronismo, Buenos Aires, Viracocha, 1967. <<

[122] Horacio Tarcus, entrevista del autor. <<

[123] Jordán Bruno Genta, Guerra contrarrevolucionaria, Buenos Aires, Nuevo Orden, 1965. Por más que busquen los lectores en toda la bibliografía marxista, no encontrarán jamás una cita parecida siquiera a la entrecomillada por Genta. Quizás en su delirio fascistoide, el teórico de la represión quiso referirse al famoso texto de Marx, Crítica del Programa de Gotha, escrito entre abril y mayo de 1875, donde decía: «En la fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella, la oposición entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no sea solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués, y la sociedad podrá escribir en su bandera:
¡De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades!» <<

[124] David Kelly, El poder detrás del trono, Buenos Aires, Coyoacán, 1962. <<

[125] La Nación, 17 de junio de 1945. <<

[126] En la conferencia celebrada en Potsdam, en el nordeste de Alemania, entre el 17 de julio y el 2 de agosto de 1945, la situación era muy diferente a la vivida en Yalta: Alemania se había rendido incondicionalmente y ahora, derrotado el enemigo común, comenzaban a evidenciarse claramente las diferencias entre los aliados occidentales entre sí y entre éstos y la Unión Soviética. También habían cambiado algunos de los protagonistas: el presidente norteamericano Harry Truman reemplazaba a Roosevelt, que había muerto en abril, y el primer ministro inglés Atlee reemplazaba a Churchill, que había perdido las elecciones en su país. El único «sobreviviente» de Yalta era Stalin. <<

[127] Tulio Halperín Donghi, La democracia de masas, Buenos Aires, Paidós, 1992.
<<

[128] Discurso del embajador Braden en la Cámara de Comercio Argentino-Británica, el 19 de junio de 1945,en Miguel Ángel Scenna, «Braden y Perón», Todo es Historia, N.° 30, octubre de 1969. <<

[129] Cortesi era el corresponsal del New York Times en Buenos Aires. <<

[130] Cable AS 3354/12/2 de David Kelly al Foreign Office, en Escudé, «Braden, Perón y la diplomacia británica» cit. <<

[131] La Prensa, 7 de julio de 1945. <<

[132] Luis Salinas y Carlos De Napoli, Ultramar Sur, Buenos Aires, Norma, 2000. <<

[133] Cuentan testigos, entre ellos su secretaria Gertraudl Humps Junge y su ayudante Otto Gunsche, que Hitler quedó horrorizado ante las imágenes de los cuerpos del Duce y Claretta Petacci expuestos al escarnio público en una gasolinera de Milán y que éste fue uno de los factores que motivó el suicidio conjunto en el bunker. Tanto Gunsche como Junge han confirmado en numerosos reportajes gráficos y fílmicos haber visto los cadáveres de Hitler y su esposa. <<

[134] Véase R. Neston, «Indifferent Sanctuary: German-Speaking Refugees and Exiles in Argentina, 1933-1945», Journal of Ínter-American Studies and World Affairs, Vol. 24, noviembre de 1982, p. 395, citado por Joseph Page, Perón. Una biografía, Buenos Aires, Grijalbo, 2000. <<

[135] En Félix Luna, El 45 cit. <<

[136] Discurso pronunciado por el coronel Perón en el Colegio Militar el 7 de agosto de 1945, en Puiggrós, op. Ct. <<

[137] Ibídem. <<

[138] Ibídem. <<

[139] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[140] Harry Truman fue presidente de Estados Unidos entre 1945 y 1953. En 1945 puso fin a la Segunda Guerra Mundial al utilizar la bomba atómica contra Japón. Implementó el Plan Marshall para la reconstrucción de una Europa abatida por la guerra, creó la CIA y contribuyó a la fundación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). <<

[141] Palabras pronunciadas por el embajador Bramen en el Teatro Ópera de Buenos Aires el 17 de agosto de 1945, en «homenaje» al Libertador General San Martín. <<

[142] La Prensa, 29 de agosto de 1945 <<

[143] «Marcha sobre Roma» es el nombre con que se conoce el acto que catapultó al poder en Italia a Benito Mussolini. Mussolini marchó sobre Roma en octubre de 1922. Pocos días después, sería nombrado primer ministro de Italia e impondría un régimen fascista durante dos décadas. <<

[144] Ibídem. <<

[145] En Luna, El 45 cit. <<

[146] Ibídem. <<

[147] Testimonio del coronel Gerardo Gemetro, en «La historia del peronismo – XIX»,
Primera Plana, 19 de octubre de 1965. <<

[148] Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[149] Amadeo Sabattini, médico y político radical, fue gobernador de la provincia de Córdoba entre 1936 y 1940. Durante su gestión, promovió reformas progresistas. Al finalizar su mandato, se estableció en su casa de Villa María, en Córdoba, donde vivió austeramente. <<

[150] De esa Dirección dependían todas las radios del país. <<

[151] Bill de Caledonia (seudónimo de Perón), ¿Dónde estuvo? En Juan Domingo Perón, Obras completas cit. Tomo 7 <<

[152] Ibídem. <<

[153] Ibídem. <<

[154] Citado por Eduardo Colom en «La historia del peronismo», Primera Plana, 5 de octubre de 1965. El «tanito de Villa María» era Amadeo Sabattini. <<

[155] Discurso del coronel Perón frente a su despacho de la Secretaría de Trabajo y Previsión, 10 de octubre de 1945, La Época, 11 de octubre de 1945. <<

[156] Desiderio Fernández Suárez había nacido en Villa Mercedes, San Luis, en 1908. Fue uno de los cadetes del Colegio Militar que marchó bajo las órdenes de Uriburu hacia la Casa Rosada el 6 de septiembre de 1930, tres meses antes de graduarse. Tuvo a Perón como profesor en la Escuela de Guerra y en la de Alta Montana de Mendoza. En la reunión del Círculo Militar dijo que lo conocía bien a Perón y que era un peligro para el país. La «Revolución Libertadora» lo designó jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Cuando cumplía estas funciones fue señalado por Rodolfo Walsh en Operación Masacre como uno de los autores materiales de los fusilamientos de junio de 1956. Murió a los 92 años, en pleno estado de impunidad.
<<

[157] Giudici, op. cit. <<

[158] Citado en Armando Cascella, La traición de la oligarquía, Buenos Aires, Ediciones Mundo Peronista, 1953 <<

[159] Ibídem. <<

[160] En Félix Luna, El 45 cit. <<

[161] Testimonio de Arturo Jauretche, en Félix Luna, El 45 cit. <<

[162] Gabriel del Mazo, El radicalismo: El movimiento de intransigencia y renovación (1945-1957), Buenos Aires, Raigal, 1957. Félix Luna, en El 45, coincide con del Mazo. <<

[163] Declaraciones de Amadeo Sabattini al diario La Tribuna, de Rosario, 16 de octubre de 1945. <<

[164] En Hugo Gambini, El 17 de Octubre, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971 <<

[165] Ubicada a unos 37 kilómetros del puerto de Tigre, la isla Martín García fue desde 1975 una guarnición española. Fue también el centro de operaciones en el Plata de la escuadra francesa en la «intervención» de 1838-1840 y allí se reunió y terminó de organizar el «Ejército Libertador» de Lavalle, que, dinero y buques franceses mediante, invadió Entre Ríos. Sarmiento la soñó en Argirópolis («Ciudad del Plata») como la capital de sus «Estados Unidos del Sur»; pero durante su presidencia terminó albergando enfermos de la epidemia de fiebre amarilla y un crematorio. También fue el primer centro (no clandestino) de detención y exterminio, un verdadero «campo de concentración» de varios miles de habitantes originarios capturados en 1879-1880 por las huestes de Roca en su campaña del desierto. Desde 1886 pasó a jurisdicción de la Marina. Allí Rubén Darío escribió su «Marcha triunfal» y estuvieron detenidos Irigoyen, Alvear, Perón y Frondizi. Fue Perón quien el 19 de noviembre de 1973 firmó con su colega uruguayo, Juan María Bordaberry, el Tratado del Río de la Plata que fijó los límites fluviales entre los dos países y estableció definitivamente la jurisdicción argentina sobre Martín García, que debió ser desmilitarizada y destinada a reserva natural. En la casa donde estuvo preso Perón, hoy funciona la única escuela de la isla, que brinda enseñanza primaria y media. <<

[166] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[167] Entrevista con Domingo Mercante, Primera Plana, 12 de octubre de 1965. <<

[168] Mazza recurrió a la historia clínica e hizo constar el antecedente de una congestión pulmonar contraída en La Quiaca en el otoño de 1931, cuando Perón cumplía funciones en la Comisión de Límites. El diagnóstico consta en las memorias del doctor Mazza, reproducidas parcialmente por Enrique Pavón Pereyra en Yo, Perón cit. <<

[169] Don Hipólito fue confinado dos veces en la isla. La primera vez, llegó a Martín García el 29 de noviembre de 1930. Permaneció detenido en el polvorín conocido como la «cartuchería», un lugar húmedo, lleno de ratas, completamente insalubre. Allí estuvo hasta el 19 de febrero de 1932. La segunda vez fue en diciembre de 1932, por orden del gobierno del general Justo. En esa ocasión, fue alojado en la comandancia, un lugar más digno, donde una junta médica militar confirmó su cáncer de laringe y aconsejó su traslado a Buenos Aires, donde moriría poco después, el 3 de julio de 1933. La familia del caudillo rechazó el hipócrita duelo nacional decretado por el régimen antinacional de Justo. <<

[170] Juan Perón, Obras Completas cit. <<

[171] Ibídem. <<

[172] Ibídem. <<

[173] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[174] En Gambini, El 17 de Octubre cit. <<

[175] Eva Perón, Historia del peronismo, Buenos Aires, Freeland, 1971. <<

[176] Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[177] Santiago Senén González, «Los que hicieron el 17 de octubre», en Santiago Senén González y Gabriel D. Lerman (compiladores), El 17 de octubre de 1945. Antes, durante y después, Buenos Aires, Lumiére, 2005. <<

[178] Ibídem. <<

[179] Entrevista a Cipriano Reyes por Roberto Anselmino, Página/12, 17 de octubre de 1999. <<

[180] En Gambini, El 17 de Octubre cit. <<

[181] Ibídem. <<

[182] Raúl Scalabrini Ortiz, escritor, periodista y poeta, fue uno de los Pereyra, Perón, el hombre del integrantes de FORJA Entre sus obras figuran El hombre que está solo y espera, Política británica en el Río de la Plata e Historia de los ferrocarriles argentinos. <<

[183] Raúl Scalabrini Ortiz, Tierra sin nada, tierra de profetas, Buenos Aires, s/e, 1946. <<

[184] Leopoldo Marechal, poeta, novelista y dramaturgo, fue el autor de El centauro, Antígona Vélez y Adán Buenosayres, entre otras obras. Su abierta simpatía hacia peronismo le valió la enemistad de los círculos literarios de su tiempo. <<

[185] Alfredo Andrés, Palabras con Leopoldo Marechal, Buenos Aires, Carlos Pérez, Editor, 1968 <<

[186] Crítica, 17 de octubre de 1945. <<

[187] La cifra fue aceptada incluso, con mucho disgusto, por el corresponsal del New York Times. <<

[188] Bill de Caledonia (Juan Perón), op. cit. <<

[189] Véase Los mitos de la historia argentina 3 cit. <<

[190] En Félix Luna, El 45 cit. <<

[191] Bill de Caledonia (Juan Perón), op. cit. <<

[192] Testimonio del coronel Juan Giordano en Pavón Pereyra, Perón, el hombre del destino cit., tomo I. <<

[193] En Gambini, El 17 de Octubre cit. <<

[194] Ibídem. <<

[195] Ibídem. <<

[196] Eva Perón, La razón de mi vida, Buenos Aires, Peuser 1951. <<

[197] Vera Pichel, Evita íntima, Buenos Aires, Planeta, 1993 <<

[198] Este capítulo reproduce en parte contenidos de algunos capítulos de mi libro
Evita, Buenos Aires, Planeta, 2007. <<

[199] Esta batalla, librada el 17 de septiembre de 1861 a orillas del río Pavón cerca de la actual ciudad de Villa Constitución (provincia de Santa Fe), implicó el sometímiento del interior a Buenos Aires y dio lugar a la etapa histórica conocida como la «Organización Nacional». <<

[200] El apellido Grisolía, frecuentemente adjudicado a la mujer de Duarte, corresponde en realidad al apellido de casada de una de sus hijas, Adelina D’Uhart de Grisolía. <<

[201] Eva Perón, La razón de mi vida cit. <<

[202] El acta de defunción, que puede verse en el cementerio de Chivilcoy, dice claramente: «Juan D’Uhart Duarte, nacionalidad argentino, 66 años, estado civil viudo, agricultor, causa de fallecimiento hemorragia cerebral». <<

[203] Eva Perón, La razón de mi vida cit. <<

[204] En Vera Pichel, op. cit. <<

[205] Testimonio de Nidia de la Torre de Dilagosto, en Otelo Borroni y Roberto Vacca,
La vida de Eva Perón, Buenos Aires, Galerna, 1971. <<

[206] Eva Perón, La razón de mi vida cit. <<

[207] Ibídem. <<

[208] Véase Alicia Dujovne Ortiz, Eva Perón, la biografía, Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002. <<

[209] Eva Perón, La razón de mi vida cit. <<

[210] Crítica, 29 de marzo de 1935. <<

[211] Diario El Amigo del Pueblo, Junín, 30 de marzo de 1935. <<

[212] Eva Franco, Cien años de teatro en los ojos de una dama, Buenos Aires, El Francotirador Ediciones, 1963. <<

[213] Armando Discépolo fue el creador del «grotesco criollo» teatral y hermano de Enrique Santos Discépolo. <<

[214] Aníbal Troilo «Pichuco» bandoneonista y director, compuso, entre otros tangos y milongas, Pa’ que bailen los muchachos, Garúa, Sur, Che, bandoneón, Responso y La última curda. <<

[215] En José Capsitski, «Prehistoria de Eva Perón», Todo es Historia, N.° 14, junio de 1968. <<

[216] Edmundo Guibourg, Al pasar por el tiempo (Memorias contadas a Marcelo Bonnin), Buenos Aires, Fundación Banco Provincia, 1985 <<

[217] Sentencia del Poder Judicial, facilitada al autor por la familia Duarte. <<

[218] Roberto Arlt, novelista, cuentista, dramaturgo y periodista, fue autor de libros como Los siete locos, Los lanzallamas y El juguete rabioso, y de las Aguafuertes porteñas. <<

[219] César Tiempo, Mano de obra, citado por Gerardo Bra, «Eva Duarte actriz», Todo es Historia, N.° 231, agosto de 1986. <<

[220] Tema que tratamos más en detalle en el capítulo «Ni yanquis ni marxistas». <<

[221] Antena, 30 de septiembre de 1943. <<

[222] En Borroni y Vacca, op cit. <<

[223] Citado por Gerardo Bra, op. cit. <<

[224] En Borrón y Vacca, op. cit. <<

[225] Hugo del Carril, nombre artístico de Hugo Piero Fontana, fue cantante y director de cine. Su grabación de la marcha Los muchachos peronistas se convirtió en la emblemática para la militancia. <<

[226] Testimonio de Hugo del Carril en el documental Evita, una vida, dirigido por Armando Tosin, con libro de Ramón Bolla. <<

[227] Libertad Lamarque, Autobiografía, Buenos Aires, Javier Vergara, 1986. <<

[228] Reportaje a Mario Soffici, de Osvaldo Soriarlo, en el Suplemento Cultural de La Opinión, domingo 21 de enero de 1973. <<

[229] Ibídem. La película se estrenó treinta y nuevo años después, en 1984 <<

[230] Eva Perón, Mi mensaje, Buenos Aires, Ediciones del Mundo, 1987 <<

[231] Véase la revista Primera Plana, 26 de octubre de 1965. <<

[232] El 26 de enero de 1950, año del centenario del fallecimiento del Libertador, la avenida Alvear pasó a llamarse «del Libertador General San Martín» desde Recoleta al norte. <<

[233] Los consejos del «Viejo Vizcacha» se encuentran en La vuelta de Martín Fierro, de José Hernández. <<

[234] Véase el testimonio de José Figuerola en Hugo Gambini, La primera presidencia de Perón Testimonios y documentos, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1983. <<

[235] El Partido Laborista inglés (Labour Party, «Partido del Trabajo») fue fundado en Plymouth en 1900, en una asamblea de los principales sindicatos británicos. En mayo de 1945, los laboristas derrotaron a Churchill y llevaron al gobierno a Clement Richard Attlee, quien impulsó una política social activa, desarrollando en la cuna del liberalismo un fuerte programa de estatizaciones que incluyó al Banco de Inglaterra, los ferrocarriles, las minas de carbón y las industrias del hierro y del acero. El gobierno laborista se destacó por sus innovadores servicios de seguridad social, que incluían un revolucionario y modélico Servicio Nacional de Salud. <<

[236] En Joseph Page, Perón, Buenos Aires, Mondadori, 1999. <<

[237] En Elena Susana Pont, Partido Laborista, Estado y sindicatos, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984. <<

[238] La única excepción fue el derechista Partido Demócrata Nacional, que no se sumó a la Unión Democrática pero ordenó a sus afiliados y simpatizantes votar por la fórmula de la alianza opositora. <<

[239] En ese momento, los territorios nacionales eran Tierra del Fuego, Santa Cruz, Chubut, La Pampa, Neuquén, Formosa, Misiones y Chaco. También existía la «Zona Militar de Comodoro Rivadavia», que ocupaba todo el norte de la actual provincia de Santa Cruz hasta el límite con Chubut. <<

[240] La Prensa, 21 de febrero de 1946. <<

[241] Cabot al secretario de Estado, telegrama ultrasecreto, enero 21, 1946, en Page, op, cit. <<

[242] Cabot al secretario de Estado, telegrama ultrasecreto, enero 25, 1946, ibídem. <<

[243] Caricatura argentina creada por Dante Quinterno, que tiene como protagonista al cacique tehuelche Patoruzú. <<

[244] Citado por Luna, El 45 cit. <<

[245] Anastasio Somoza García fue presidente de Nicaragua desde 1937 hasta 1947 y entre 1950 y 1956. Fundó la dinastía Somoza que, con el apoyo de los Estados Unidos, dominó de manera dictatorial el país durante 43 años. <<

[246] Programa emitido por la NBC el 15 de enero de 1946, reproducido por Armando Cascella, La traición de la oligarquía, Buenos Aires, Ediciones Mundo Peronista, 1953. <<

[247] En La Época, 13 de febrero de 1946. <<

[248] Coronel Perón, Libro Azul y Blanco, Buenos Aires, s/e, 1946 <<

[249] Citado en Carlos Escudé, «Braden, Perón y la diplomacia británica» cit. <<

[250] En Hugo Gambini, El peronismo y la Iglesia, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina. <<

[251] En «La historia del peronismo – XX», Primera Plana, 26 dé octubre de 1965. <<

[252] En Luna, El 45 cit. <<

[253] Ibídem. <<

[254] David Kelly, op. cit. <<

[255] En Pavón Pereyra, Perón, el hombre del destino cit. <<

[256] Crítica, 25 de febrero de 1946. <<

[257] Crítica, 24 de febrero de 1946. <<

[258] La ley 8871, sancionada el 10 de febrero de 1912 y conocida por el nombre del presidente Roque Sáenz Peña que la promovió, estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio, y el sistema de lista incompleta: la primera fuerza electoral obtenía dos tercios y la segunda, un tercio de los cargos a designar. La elección presidencial (de acuerdo con la Constitución de 1853) era indirecta: el voto popular consagraba listas de electores que conformaban el Colegio que, en definitiva, elegía al presidente. Como las listas peronistas ganaron en la mayoría de las provincias, la diferencia a su favor en el Colegio Electoral fue considerablemente mayor que en la cantidad de sufragios. <<

[259] Pocos meses después, Corrientes sería intervenida por el gobierno nacional y sus dos senadores no fueron incorporados al Congreso. <<

[260] Arturo Frondizi era una de las figuras más destacadas de la renovación radical, enfrentada a la conducción alvearista de la UCR. En 1958 accedió a la presidencia de la Nación, como consecuencia de un pacto celebrado con Juan Domingo Perón. Esto produjo la división de la UCR en dos facciones: la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), liderada por Frondizi, y la UCR del Pueblo, conducida por Balbín. Derrocado en 1962, luego fue fundador del Movimiento de Integración y Desarrollo (MID). <<

[261] Ricardo Balbín, dirigente de la Unión Cívica Radical, fue uno de los principales líderes de la oposición a Perón. Cuando se produjo la escisión de la UCR, Balbín lideró la UCR del Pueblo. <<

[262] Revista Life, abril de 1946 <<

[263] En Tribuna, Buenos Aires, 17 de agosto de 1946. <<

[264] Ramón Cereijo fue funcionario de la Dirección General de Impuestos a los Réditos entre 1936 y 1943. Asesor del coronel Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión en 1944 y miembro de la Comisión Nacional de la Vivienda en 1945, fue secretario y ministro de Hacienda de la Nación y presidente del Consejo Económico Nacional. En 1949 fue designado administrador de la Fundación Eva Perón. 34 Ramón Cereijo fue funcionario de la Dirección General de Impuestos a los Réditos entre 1936 y 1943. Asesor del coronel Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión en 1944 y miembro de la Comisión Nacional de la Vivienda en 1945, fue secretario y ministro de Hacienda de la Nación y presidente del Consejo Económico Nacional. En 1949 fue designado administrador de la Fundación Eva Perón. <<

[265] En Pavón Pereyra, Perón, el hombre del destino cit. <<

[266] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. En no pocos estudios sobre el discurso peronista se ha insistido en esta característica de Perón de colocarse por fuera de la política. En el más destacado de ellos, Silvia Sigal y Eliseo Verón sostienen: «la noción de política es asociada a la etapa anterior; [para Perón] la política es sinónimo de disociación entre los argentinos, disociación hecha posible por la ausencia o la indiferencia del Estado; el proyecto de Perón, que consiste precisamente en construir un Estado capaz de definir las reglas del juego social, queda automáticamente fuera del campo de lo político: la redención no es un proyecto político, es un proyecto patriótico». En Sigal y Verón, Perón o Muerte, Buenos Aires, Eu-deba, 2008. <<

[267] Diario de Sesiones de la H. Cámara de Diputados de la Nación, 28 de junio de 1946. <<

[268] Referencia al personaje literario Panurgo, que aparece por primera vez en la novela de Frangois Rabelais, Gargantúa, publicada en 1532. <<

[269] Diario de Sesiones de la H. Cámara de Diputados de la Nación, 26 de junio de 1947. <<

[270] En Juán Domingo Perón. Obras Completas cit. <<

[271] La Nación, 1.° de junio de 1946. <<

[272] En 1886, Miguel Juárez Celman asumió la presidencia del país. El nuevo mandatario asumió también la conducción del Partido Autonomista Nacional (PAN), transformándose en jefe único. A este régimen se lo conoce como el «unicato». A través de él, Juárez Celman y sus aliados lograron controlar todos los resortes del poder. <<

[273] En Gabriel del Mazo, El radicalismo: El movimiento de intransigencia y renovación (1945-1957), Buenos Aires, Raigal, 1957. <<

[274] En Rapoport, op. cit. <<

[275] Jorge Luis Borges, Textos recobrados (1931-1955), Buenos Aires, Emecé, 2007.
<<

[276] Véase Emilio Corbiére, Mamá me mima, Evita me ama. La educación argentina en la encrucijada, Buenos Aires, Sudamericana, 1999. <<

[277] Cipriano Lombilla se había iniciado en su carrera de torturador a comienzos de los años 30, bajo las órdenes del comisario Leopoldo Lugones, el hijo del poeta y jefe de la «Sección Especial» de la Policía Federal. <<

[278] Se llama «fordismo» al sistema de producción implementado por Henry Ford en su fábrica de automóviles. Ford adoptó el sistema taylorista, que proponía que cada obrero realizara una parte de una pieza en una cadena de montaje con el objetivo de mecanizar el trabajo y aumentar la producción. Pero al taylorismo, Ford le incorporó un aspecto social. Decía que cada trabajador de su fábrica debería ganar lo suficiente como para comprarse uno de los autos que fabricaba, para garantizar así un aumento del consumo y el alejamiento de los obreros de las ideas revolucionarias. <<

[279] Raúl Scalabrini Ortiz, Política británica en el Río de la Plata, Buenos Aires, Clarín, 2001. <<

[280] Juan Domingo Perón, Obras Completas cit. <<

[281] Ramón Carrillo, Teoría del Hospital, Buenos Aires, Eudeba, 1973. <<

[282] Martín Rodríguez gobernó la provincia de Buenos Aires entre 1820 y 1824. <<

[283] La Nación, 27 de mayo de 1945. <<

[284] En Marysa Navarro, Evita, Buenos Aires, Corregidor, 1981. <<

[285] Eva Perón, Mi mensaje cit. <<

[286] En Luca de Tena y otros, op. cit. <<

[287] Juan Domingo Perón, Obras completas cit. <<

[288] Eugenio Pacelli, que como cardenal había visitado la Argentina en el Congreso Eucarístico celebrado en Buenos Aires durante la década infame, adoptó el nombre de Pío XII al ser elegido papa en 1939. Su reinado pontificio duró hasta 1958. <<

[289] La Vanguardia, Buenos Aires, 5 de junio de 1947. <<

[290] Citado por Rodolfo Tettamanti en Eva Perón, Colección «Los Hombres de la Historia», Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1968. <<

[291] Esteban Peicovich, El último Perón, Madrid, Cambio 16, 1975. <<

[292] Heinrich Himmler fue jefe de las SS de Hitler y uno de los principales creadores de los campos de exterminio nazis. Había visitado España, donde fue recibido con los máximos honores, en representación del «Führer». <<

[293] Citados por Marysa Navarro, op. cit. <<

[294] En Vera Pichel, op. cit. <<

[295] Lillian Guardo, entrevista del autor. <<

[296] En Page, op. cit. <<

[297] En Borroni y Vacca, op. cit. <<

[298] En Vera Pichel, op. cit. <<

[299] Jorge Camarasa, La Nación, sección «Enfoques», domingo 5 de abril de 1998.
<<

[300] Ibídem. <<

[301] En John Barnes, Eva Perón. La vida legendaria de una mujer —la más amada, la más odiada, Buenos Aires, Ultramar, 1987. <<

[302] Auschwitz (nombre alemán de Oswiécim, ciudad del sur de Polonia) fue el mayor campo de concentración creado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Dachau era otro campo de exterminio situado al norte de Munich, Alemania, que funcionó entre 1933 y 1945. <<

[303] Newsweek, 1.° de septiembre de 1947, citada por Borroni y Vacca, op. cit. <<

[304] Revista ¿Qué?, 29 de agosto de 1946. <<

[305] Ibídem. <<

[306] Victoria Ocampo, destacada escritora, fundó la revista Sur y el Fondo Nacional de las Artes. Entre sus obras se destacan los diez volúmenes de su serie Testimonios y su Autobiografía. <<

[307] Democracia, 24 de septiembre de 1947. <<

[308] En Vera Pichel, op. cit. <<

[309] Informe de la Comisión Investigadora de la Fundación Eva Perón, en Erminda Duarte, Mi hermana Evita, Buenos Aires, Ediciones Centro de Estudios Eva Perón, 1973. <<

[310] Vera Pichel, op. cit. <<

[311] Testimonio de Olga Vigliogiia de Torres en Siempre Evita, edición especial de
Clarín, viernes 26 de julio de 2002. <<

[312] En Vera Pichel, op. cit. <<

[313] Rogelio García Lupo, Últimas noticias de Perón y su tiempo, Buenos Aires, Ediciones B, 2006. <<

[314] Pavón Pereyra, Perón, el hombre del destino cit. <<

[315] Constitución Nacional de 1949, en Arturo Enrique Sampay, Constituciones de la Argentina (1810-1972), Buenos Aires, Eudeba, 1975. <<

[316] Carlos Russo, «La acción social del peronismo», en Historia Integral Argentina, tomo 8, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971. <<

[317] Juan José Hernández Arregui, La formación de la conciencia nacional, Buenos Aires, Plus Ultra, 2a edición, 1973. <<

[318] Informe elaborado por el abogado catalán Juan Bialet Massé sobre la clase obrera en la Argentina en 1904. <<

[319] Luca de Tena y otros, op. cit. <<

[320] Discurso de Perón a los delegados obreros del Comité de la Unidad Sindical Latinoamericana, 19 de febrero de 1952, en Juan D. Perón, Obras Completas cit. <<

[321] Juan Domingo Perón, Conducción Política, Buenos Aires, 1952. <<

[322] «Discepolín» era el apodo de Enrique Santos Discépolo, poeta, escritor, dramaturgo y actor. Fue autor de tangos como Cambalache, Yira… Yira…, Cafetín de Buenos Aires y Uno. <<

[323] Enrique Santos Discépolo, «Mosdisquito», en Liliana Caraballo, Noemí Charlier y Liliana Garulli, Documentos para la Historia Argentina, Buenos Aires, Eudeba, 1998. <<

[324] El término ustasi, en croata «insurrecto», designaba a los miembros del Partido Fascista Croata, fundado en 1929 por Ante Pavelic. que se convirtió en colaboracionista de Hitler. <<

[325] Horacio Verbitsky, Cristo Vence, Buenos Aires, Sudamericana, 2007. <<

[326] Ibídem. <<

[327] Ibídem. <<

[328] Alois Hudal, en Daniel Jonah Goldhagen, La Iglesia católica y el Holocausto, una deuda pendiente, Buenos Aires, Taurus, 2003. <<

[329] En Holger Meding, La ruta de los nazis, Buenos Aires, Emecé, 1999. <<

[330] Ibídem. <<

[331] Ibídem. <<

[332] Uki Goñi, La auténtica Odessa, Buenos Aires, Paidós, 2002. <<

[333] Ibídem. <<

[334] «Grises», en el lenguaje de los aliados, eran los colaboracionistas. <<

[335] Goñi, op. cit. <<

[336] Ibídem. <<

[337] Informe Lavista en Holger Meding, op. cit. <<

[338] Gestapo (acrónimo de Geheime Staatspolizei) era la policía secreta del régimen nazi. <<

[339] Rn Horacio Verbitsky, op. cit. <<

[340] Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén, Barcelona, Lumen, 2000. <<

[341] Pedro Eugenio Aramburu reemplazó como presidente de facto a Eduardo Lonardi el 13 de noviembre de 1955. Representaba al sector liberal del Ejército. Tras asumir la primera magistratura, abandonó la consigna «ni vencedores ni vencidos» promovida por Lonardi e impulsó firmes medidas contra el peronismo depuesto. Se intervino la CGT y se prohibió toda mención de términos, palabras o frases vinculadas al peronismo. Como represalia, fue secuestrado el 29 de mayo de 1970 y asesinado por el grupo armado Montoneros. <<

[342] Arendt, op. cit. <<

[343] La Razón, 23 de diciembre de 1960; citado por Tomás Eloy Martínez en «Perón y los nazis». (Segunda Parte), El Periodista de Buenos Aires, N.° 49, agosto de 1985.
<<

[344] Tomás Eloy Martínez, «Perón y los nazis» cit. <<

[345] Ludwig Freude era un empresario alemán vinculado a los servicios secretos alemanes. Su hijo Rodolfo fue designado por Perón como jefe de la División Informaciones de la Presidencia. <<

[346] Reportaje del autor a Jorge Antonio. <<

[347] Entrevista grabada con Perón por Tomás Eloy Martínez, 9 de septiembre de 1970. <<

[348] En Tomás Eloy Martínez, op. cit. <<

[349] En la mitología griega, Ícaro era el hijo de Dédalo, el arquitecto que construyó el laberinto de Creta. Padre e hijo fueron encarcelados en esa isla por orden del rey Minos, luego de la muerte del Minotauro. Para escapar, Dédalo logró construir unas alas de plumas que sujetó con cera y le advirtió a su hijo que no volara muy alto porque el calor del sol derretiría la estructura; exultante por la libertad recobrada, Ícaro desobedeció y voló hacia el sol, pero la cera que sujetaba sus alas se derritió y el joven cayó al mar. <<

[350] «Proyecto Huemul ¿Una gran farsa?», entrevista con Ronald Richter, por Jorge Camarasa, El Periodista de Buenos Aires, N.° 1,15 al 21 de septiembre de 1984. <<

[351] Richter había recibido la ciudadanía argentina el 22 de marzo de 1950, antes de cumplirse los dos años de residencia que exigía la ley, debido al apuro del gobierno por contarlo entre sus ciudadanos. <<

[352] Clarín, 26 de marzo de 1951. <<

[353] Ibídem. <<

[354] «El científico loco y la fusión del hidrógeno», entrevista a Mario Mariscotti, por Sandra Igelka, en suplemento Futuro, sábado 18 de diciembre de 1993. <<

[355] Fuerza aérea alemana. <<

[356] «Proyecto Huemul ¿Una gran farsa?» cit. <<

[357] Ibídem. <<

[358] Mario Mariscotti, El secreto atómico de Huemul. Crónica del origen de la energía atómica en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana-Planeta, 1985. <<

[359] Santiago Senén González, «La abanderada de los trabajadores», recuadro «La huelga ferroviaria del 51», Todo es Historia, N.° 419, junio de 2002. <<

[360] En Borroni y Vacca, op. cit. <<

[361] La Razón, 19 de enero de 1951, citado por Borroni y Vacca, op. Cit. <<

[362] Iván Petróvich Pavlov fue un científico ruso que descubrió la ley del reflejo condicionado, al observar la conducta de los perros. <<

[363] En Eva Perón Mi Mensaje cit. <<

[364] Democracia, 27 de febrero de 1951, citado por Marysa Navarro, op. cit. <<

[365] En Borroni y Vacca, op. cit. <<

[366] Ibídem. <<

[367] Ibídem. <<

[368] José Espejo fue el secretario general de la CGT entre 1947 y 1953. Integró la Convención Nacional Constituyente de 1949. Tras la expropiación del diario La Prensa y su traspaso a la CGT, fue presidente del directorio del matutino. <<

[369] En Borroni y Vacca, op. cit. <<

[370] Ibídem. <<

[371] Democracia, 1.° de septiembre de 1951. <<

[372] Numen de una estirpe golpista que nos legó a miembros tan «ilustres» como Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Estado terrorista en Córdoba y la zona del Tercer Cuerpo de Ejército entre 1976 y 1983, recientemente condenado a cadena perpetua, y el impune Mario Benjamín Menéndez, gobernador militar de Malvinas en 1982. <<

[373] Alejandro Agustín Lanusse luego fue presidente de facto de la Argentina entre el 26 de marzo de 1971 y el 25 de mayo de 1973. <<

[374] En Robert Potash, op/fcit. <<

[375] La Prensa, 28 de septiembre de 1961. <<

[376] Volante arrojado en la mañana del 28 de septiembre de 1951, archivo del autor.
<<

[377] Democracia, 29 de septiembre de 1951. <<

[378] Ibídem. <<

[379] Vera Pichel, Evita íntima cit. 62 Ibídem. <<

[380] Ibídem. <<

[381] Democracia, 18 de octubre de 1951. <<

[382] Jorge Albertelli, Los 100 días de Eva Perón, Buenos Aires, Cesarini Hnos., 1994. <<

[383] Ibídem. <<

[384] Clarín, 3 de noviembre de 1951. <<

[385] Albertelli, op. cit. <<

[386] Mensaje de Navidad de Eva Perón, Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación, Archivo del autor. <<

[387] Democracia, 5 de enero de 1952. <<

[388] En Borrón y Vacca, op. Cit. <<

[389] Antonio Caffiero fue ministro de Comercio Exterior y, luego, de Comercio hasta abril de 1955 y, posteriormente, ministro de Economía y embajador ante la Santa Sede durante^l gobierno de María Estela Martínez de Perón. Hacia finales de la dictadura formó parte de la Multipartidaria y, en la década de 1980, fue uno de los más importantes referentes de la renovación peronista. Fue legislador y gobernador de la provincia de Buenos Aires. <<

[390] Eva Perón, Mi mensaje cit. <<

[391] En Borroni y Vacca, op. cit. <<

[392] Testimonio del doctor Pedro Ara en el documental «Evita, una tumba sin paz» dirigido por Tristán Bauer. <<

[393] Pedro Ara, Eva Perón. La verdadera historia contada por el médico que preservó su cuerpo, Buenos Aires, Sudamericana, 1996. <<

[394] Aunque hacía ya tiempo que había sido elevada a la categoría de ministerio, la gente —y Evita, la primera— seguía hablando de la «Secretaría» de Trabajo y Previsión, ubicada en el edificio que había sido del Concejo Deliberante y actual Legislatura porteña. <<

[395] Citados por Fernando de Virgilio, Eva Perón, heroína y mártir de la patria, Buenos Aires, s/e, 1974. <<

.
[396] Life, Vol. 33, N.° 6, 11 de agosto de 1952, citado por Vera Pichel, op. cit. <<

[397] Mario Firmenich fue uno de los principales jefes de Montoneros. Militó en la Juventud Estudiantil Católica y en 1967 integró el «Comando Camilo Torres». Formó el grupo fundador de la organización Montoneros. Participó en el «Operativo Pindapoy», que consistió en el secuestro, enjuiciamiento y fusilamiento del expresidente dictatorial general Pedro Eugenio Aramburu. Durante el gobierno de Alfonsín, fue a prisión por cargos de «terrorismo y subversión». En 1990, fue indultado por el presidente Carlos Menem. <<

[398] Reportaje a Mario Firmenich en Felipe Pigna, Lo pasado pensado, Buenos Aires, Planeta, 2006. <<

[399] El Gran Acuerdo Nacional (GAN) fue impulsado por el presidente de facto Alejandro Lanusse en un intento por encontrar una salida para las Fuerzas Armadas, con la secreta expectativa de convertirse en el candidato acordado por las principales fuerzas políticas. Lanusse pronto anunciaría elecciones para el 11 de marzo de 1973, donde triunfaría el candidato peronista Héctor Cámpora. <<

[400] Jorge Antonio, entrevista con el autor. El empresario Jorge Antonio, hombre de confianza del general Perón, tras la autodenominada «Revolución Libertadora» fue enviado a prisión, de donde logró fugarse. Estuvo cerca de Perón en diferentes momentos a lo largo de su exilio. <<

[401] María Estela Martínez de Perón, conocida como Isabelita, fue la tercera esposa de Juan Domingo Perón. Fue elegida vicepresidenta, como compañera de fórmula de su esposo, y el 1.° de julio de 1974 asumió la presidencia de la Nación, tras la muerte de Perón. Se mantuvo en el cargo hasta el 24 de marzo de 1976, cuando fue derrocada por una junta militar. <<

[402] José López Rega fue ministro de Bienestar Social y secretario privado de Juan Domingo e Isabel Perón. Era conocido como «el Brujo» por sus conocimientos de esoterismo y ocultismo. Tuvo gran influencia sobre el matrimonio y llegó a manejar los hilos del país. Creó la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), organismo encargado de perseguir a militantes, artistas, escritores y periodistas que no gozaran de su simpatía o fueran opositores al gobierno. La Triple A funcionaba en las oficinas del Ministerio de Bienestar Social. El financiamiento de los operativos provenía de fondos estatales y las órdenes eran invariablemente decididas por López Rega y miembros de las fuerzas de seguridad. <<

[403] El almirante Emilio Eduardo Massera fue el comandante general de la Armada la Junta Militar presidida por Jorge Rafael Videla, que gobernó el país tras el golpe del 24 de marzo de 1976. El autodenominado «Proceso de Reorganización Nacional» fue una dictadura de más de siete años que se cobró la vida de 30.000 personas y desmanteló el aparato productivo del país. <<

[404] María Seoane y Silvina Boschi, «El último viaje de Evita», Clarín, 30 de julio de 1995. <<

[405] Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la Argentina entre 1976 y 1981. <<

[406] Seoane y Boschi, «El último viaje de Evita» cit. <<

[407] Anales de la Sociedad Rural, enero de 1953. <<

[408] Potash, op. cit. <<

[409] Rapoport, op. cit. <<

[410] Juan Domingo Perón, discurso del 1.° de abril de 1953, en Obras Completas cit., tomo XVII. <<

[411] En Barnes, op. cit. <<

[412] En Hugo Gambini, Historia del peronismo. La obsecuencia (1952-1955), Buenos Aires, Vergara, 2001. <<

[413] Félix Luna, «Bombas e incendios en 1953», adelanto del volumen III de Perón y su tiempo, Todo es Historia, N.° 235, diciembre de 1986. <<

[414] Félix Luna, Perón y su tiempo, Buenos Aires, Sudamericana, 1986, tomo III, p. 34. <<

[415] Carta de Juan Duarte a Fanny Navarro, en Raúl Pizarra Miguens, La Justicia Nacional resolvió «el caso Duarte», Buenos Aires, Gure, 1959. <<

[416] Gambini, Historia del peronismo. La obsecuencia… cit. <<

[417] En Pavón Pereyra, Yo Perón cit. <<

[418] En Pizarro Miguens, op. cit. <<

[419] Ibídem. <<

[420] El Líder, jueves 16 de abril de 1953. <<

[421] Destacado cirujano, Juan B. Justo fue precursor de las ideas de izquierda en la Argentina y fundador del Partido Socialista. En 1912, en el marco de la limpieza electoral impuesta por la Ley Sáenz Peña, fue electo diputado nacional. En el Congreso se destacó como orador y por la cantidad de proyectos presentados, casi todos ellos vinculados a los derechos de los trabajadores. El 23 de enero de 1927, Justo pudo ver cumplido uno de sus grandes sueños: inaugurar la Casa del Pueblo, con su gran biblioteca, su salón de conferencias y sus aulas nocturnas dedicadas a la enseñanza de los obreros. <<

[422] Luna, Perón y su tiempo cit. <<

[423] Luna, «Bombas e incendios en 1953» cit. <<

[424] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[425] Arturo Jauretche, en Norberto Galasso, Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Ediciones del Mar Dulce, 1970. <<

[426] Testimonio de Raúl Scalabrini Ortiz, en Carlos María Quinodoz, Archivo Raúl Scalabrini Ortiz; citado en Norberto Galasso, Perón. Formación, ascenso y caída (1893-1955), Buenos Aires, Colihue, 2005. <<

[427] En Page, op. cit. <<

[428] Es importante aclarar el alcance que el término«comunista» tenía para el Departamento de Estado: todo aquel que se opusiera a los intereses de los Estados Unidos y de los establishments asociados a cada uno de los países de la región. <<

[429] El TIAR demostrará toda su ineficacia y su unilateralidad pronorteamericana durante la guerra de las Malvinas en 1982. <<

[430] Informe del general Perón al Congreso sobre el Segundo Plan Quinquenal, 1952.
<<

[431] Clarín, 5 de febrero de 1984, citado por Norberto Galasso, Perón… cit. <<

[432] Juan Domingo Perón, con el seudónimo Descartes, en Democracia, 20 de diciembre de 1951. <<

[433] Alberdi llamó «guerra de la Triple Infamia» a la conocida como la de la Triple Alianza, que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay con Paraguay, entre 1865 y 1870. El conflicto respondió más a los intereses británicos de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo —que podía devenir en un «mal ejemplo» para el resto de América Latina— que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamado por sus promotores. <<

[434] El mariscal Francisco Solano López fue presidente del Paraguay desde 1862 hasta 1870; murió enfrentando a las fuerzas de la Triple Alianza. <<

[435] «Historia del Peronismo», Primera Plana, 12 de noviembre de 1968. <<

[436] Discurso de Juan Perón en la Escuela Superior de Guerra, 11 de noviembre de 1953, en Obras Completas cit. <<

[437] En Luca de Tena y otros, op. cit. <<

[438] Juan Domingo Perón, Obras Completas cit., tomo XVII. <<

[439] Arturo Jauretche, El medio pelo en la sociedad argentina, Buenos Aires, Peña Lillo, 1973. <<

[440] José Ber Gelbard fue el principal impulsor y secretario general de la Confederación General Económica. Fue ministro de Hacienda y Finanzas durante la presidencia de Héctor Cánpora y ministro de Economía del gobierno de Raúl Lastiri y de Juan Domingo Perón en su tercera presidencia. <<

[441] Rapoport, op. cit. <<

[442] La Nación, 17 de septiembre de 1953. <<

[443] Ministerio de Industria, Contrato con la California Argentina de Petróleo, Buenos Aires, 1955. <<

[444] Declaraciones de Juan Domingo Perón, del 29 de marzo de 1955, en Pedro Santos Martínez, La Nueva Argentina (1946-1955), colección «Memorial de la Patria», Buenos Aires, La Bastilla, 1976. <<

[445] The New York Times, citado por Nicolás Galano, Historia del petróleo en la Argentina, Buenos Aires, Edhasa, 2006. <<

[446] Los Panfletos, su aporte a la Revolución Libertadora, recopilación de Félix Lafiandra (h), Buenos Aires, Itinerarium, 1955. <<

[447] Ibídem. <<

[448] Pedro Santos Martínez, op. cit. <<

[449] En Hugo Gambini, El peronismo y la Iglesia, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971. <<

[450] Hernán Benítez, La aristocracia frente a la revolución, Buenos Aires, s/e, 1953.
<<

[451] El Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo intentó llevar a cabo una renovación de la Iglesia de acuerdo al Concilio Vaticano II; en la Argentina el movimiento estaba formado principalmente por sacerdotes que se desempeñaban en villas miseria y barrios populares. Su trabajo sacerdotal estaba impregnado de un fuerte contenido social, cercano a las organizaciones de la izquierda y al peronismo.
<<

[452] El 21.° Concilio celebrado por la Iglesia Católica es recordado como Concilio Vaticano II. Fue inaugurado por Juan XXIII y clausurado por su sucesor, Paublo VI. Sesionó en Roma entre el 11 de octubre de 1962 y el 8 de diciembre de 1965. Este Concilio modernizó la Iglesia, proclamó la «opción por los pobres», condenó los
«excesos del capitalismo» y promovió la celebración de la misa de frente a los fieles y en idiomas nacionales. <<

[453] Juan XXIII fue pontífice romano entre 1958 y 1963; convocó al Concilio Vaticano II y fue beatificado en 2000. <<

[454] Presencia, 23 de septiembre de 1949. <<

[455] La Prensa, 14 de junio de 1955. <<

[456] Juan Perón, «El Justicialismo y la Doctrina Social Cristiana», en Obras Completas cit. <<

[457] Declaraciones al diario La Nación, jueves 11 de noviembre de 1954. <<

[458] Ibídem. <<

[459] La Nación, miércoles 24 de noviembre de 1954. <<

[460] Citado por Page, op. cit. <<

[461] En Hugo Gambini, Historia del peronismo. La obsecuencia… cit. <<

[462] Luca de Tena y otros, op. cit. <<

[463] Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[464] En latín, Corpus Christi significa el «cuerpo de Cristo». Desde 1264, por disposición del papa Urbano IV, la Iglesia celebra ese día la presencia de Cristo en el sacramento de la eucaristía. La conmemoración debe realizarse el primer jueves siguiente al domingo de la Santísima Trinidad. Históricamente, la procesión terminaba en representaciones teatrales en las que participaban los feligreses. <<

[465] Juan Perón, La fuerza es el derecho de las bestias, Montevideo, s/e, 1958. <<

[466] Entrevista con Oscar Albrieu, Columbia Oral History Project; confirmado en entrevista con Oscar Albrieu, Buenos Aires, septiembre 20,1977, en Page, op. cit. <<

[467] En Jorge González Crespo, Memorias del almirante Isaac F. Rojas, Buenos Aires, Planeta, 1993. <<

[468] Ibídem. <<

[469] Gambini, Historia del peronismo. La obsecuencia… cit. <<

[470] La Prensa, 14 de junio de 1955. <<

[471] Lafiandra (recopilador), áp. cit. <<

[472] Ibídem. <<

[473] El Código Canónico reconoce dos formas de excomunión: la que requiere declaración de un juez eclesiástico (ferendae sententiae) y la automática (latae sententiae), en la que se incurre por el solo hecho de cometer un delito previsto con esa pena. En la actual versión del Código, la excomunión latae sententiae se reserva para pocos casos (apóstatas, herejes y cismáticos; agresión física al Papa, etc.); pero en la versión vigente hasta 1983 incluía bajo esa pena a la agresión física contra otros sacerdotes además del «romano Pontífice». <<

[474] El 4 de julio de 1976, cinco religiosos palotinos —los sacerdotes Alfredo Leaden, Pedro Duffau y Alfredo Kelly, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti— fueron asesinados, mientras dormían, por un grupo de tareas de la dictadura militar en la parroquia de San Patricio, en el barrio porteño de Belgrano. <<

[475] Léonie Duquet y Alice Domon eran dos monjas francesas que en la Argentina se dedicaban a tareas sociales en villas de emergencia y trabajaban junto a los embrionarios organismos de defensa de los derechos humanos. Fueron secuestradas el 8 de diciembre de 1977 y llevadas a la ESMA, donde fueron violadas y asesinadas en uno de los vuelos de la muerte. <<

[476] Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murías eran sacerdotes tercermundistas, secuestrados y asesinados en 1976 en El Chamical, provincia de La Rioja. <<

[477] Enrique Angelelli nació en Córdoba en 1923. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1949 y designado obispo auxiliar de Córdoba en 1961. En 1968 fue trasladado a La Rioja y nombrado obispo titular. Fue un valiente defensor de los derechos humanos y un inclaudicable denunciante de los crímenes de la Triple A y, posteriormente, de la dictadura militar, la que decidió terminar con su vida. El 4 de agosto de 1976 fue atropellado mientras viajaba en su automóvil junto al sacerdote Arturo Pinto. La coartada de la dictadura (un «accidente automovilístico»), que nadie creyó, fue desmentida formal y judicialmente en 1986, cuando la Cámara determinó que el obispo había fallecido víctima de un «homicidio fríamente premeditado». <<

[478] Monseñor Carlos Ponce de León era obispo de San Nicolás desde 1966. Fue asesinado en 1977, cuando investigaba las violaciones a los derechos humanos perpetradas en el norte de la provincia de Buenos Aires. <<

[479] Véase Pedro Olgo Ochoa, Años de furia y esperanza, Buenos Aires, Corregidor, 1988 <<

[480] Daniel Rodríguez Lamas, La Revolución Libertadora, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1985. <<

[481] Ochoa, op. cit. <<

[482] Ibídem. <<

[483] Juan Domingo Perón, Del poder al exilio, Buenos Aires, edición clandestina, 1956. <<

[484] Durante la dictadura militar iniciada en marzo de 1976, Horacio Mayorga se desempeñó como jefe de la Aviación Naval. <<

[485] Lafiandra (recopilador), op. cit. <<

[486] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[487] La Prensa, 17 de junio de 1955. <<

[488] Bonifacio del Carril, Crónica interna de la Revolución Libertadora, Buenos Aires, Emecé, 1959. <<

[489] En Primera Plana, 14 de enero de 1969, citado por Horacio Maceyra, La segunda presidencia de Perón, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1984. <<

[490] En Pavón Pereyra, Yo, Perón cit. <<

[491] La reforma universitaria fue un movimiento originado en la Universidad de Córdoba en 1918, que concluyó con la renovación de los programas de estudio, la apertura de la universidad a, un mayor número de estudiantes y la participación de éstos en la toma de decisiones dentro del ámbito universitario. Los efectos de la reforma pronto se extendieron a toda América Latina. <<

[492] En Osvaldo Aguirre, «El crimen de Ingalinella», Todo es Historia, N.° 455, junio de 2005. <<

[493] Ibídem. <<

[494] En Francisca A. De Garibotti, La odisea de la prensa libre, Gualeguay, Entre Ríos, 1964. <<

[495] Osvaldo Soriano, en La Opinión, 28 de julio de 1972. <<

[496] Aguirre, op. cit. <<

[497] Oscar Alende, doctor en Medicina, comenzó a militar en el radicalismo y en 1957 integró las huestes que optaron por Frondizi. Fue gobernador de la provincia de Buenos Aires entre 1958 y 1962. Fue candidato a presidente de la Nación en 1963, 1973 y 1983. <<

[498] Aguirre, op. cit. <<

[499] En La Nación, 20 de diciembre de 1963, citado por Alejandro Tarruela, Historias secretas del peronismo, Buenos Aires, Sudamericana, 2007. <<

[500] Ibídem. <<

[501] La Prensa, 6 de julio de 1955. <<

[502] En Rodríguez Lamas, La Revolución Libertadora cit. <<

[503] Declaraciones al periodista de France Soir, Pierre Lazareff, 18 de junio de 1955, en Juan Domingo Perón, Obras Completas cit., tomo XIX. <<

[504] Palabras de Perón en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, frente a legisladores peronistas de ambas Cámaras del Congreso, 15 de julio de 1955. <<

[505] Arturo Jauretche, en El Popular, 27 de octubre de 1960, citado por Galasso, Perón. Formación… cit. <<

[506] La Prensa, 31 de agosto de 1955. <<

[507] Juan Domingo Perón, Obras Completas cit., tomo XIX. <<

[508] Ibídem. <<

[509] Citado en Page, op. cit. <<

[510] John William Cooke, doctor en Leyes de la Universidad de La Plata, fue diputado, profesor universitario e interventor del Partido Peronista de la Capital (1955). Desde el exilio, Perón lo nombró su delegado personal y heredero en la conducción del movimiento. Vuelto al país en 1958, fue perseguido y debió exiliarse tras el fracaso de la huelga general de enero de 1959. En 1960 viajó a Cuba y desde entonces hasta su muerte en 1968 intentó una síntesis entre socialismo y peronismo.
<<

[511] John William Cooke, en El Mundo, 16 de septiembre de 1965, citado por Galasso, Perón. Formación… cit. <<

[512] Testimonio de Jorge Julio Palma, en Felipe Pigna, Lo pasado pensado cit. El contraalmirante retirado Palma es el único sobreviviente de la Marina que encabezó el golpe del ’55. Es presidente de la Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora. <<

[513] En Luca de Tena y otros, op. cit. <<

[514] Ibídem. <<

[515] Declaraciones del diputado peronista John William Cooke al diario La Prensa, 1.° de septiembre de 1955. <<

[516] José de San Martín, «Código de Honor del Ejército de los Andes», dado en el Cuartel General de Mendoza, el 4 de septiembre de 1816. <<

[517] Luis Ernesto Lonardi, «Dios es justo». Lonardi y la revolución, Buenos Aires, Editorial Francisco Colombo, 1958. <<

[518] Ibídem. <<

[519] En Pigna, Lo pasado pensado cit. <<

[520] Juan Perón, La fuerza es el derecho de las bestias cit. <<

[521] Testimonio de Andrés López, en Pigna, Lo pasado pensado cit. Andrés López era suboficial del Ejército, encargado de la seguridad de Perón en la residencia presidencial. Participó en el alzamiento del 9 de junio de 1956 y luego fue uno de los responsables de la seguridad de Perón en su exilio. Fue jefe de seguridad de Isabel Perón en su gira por lá Argentina en 1965. <<

[522] Juan Domingo Perón, Del poder al exilio cit. <<

[523] El ARA General Belgrano era un crucero que la Argentina había comprado a los Estados Unidos después de la guerra. Con su nombre anterior, USS Phoenix, fue la única nave de gran porte que no sufrió daños durante el ataque japonés a Pearl Harbour y atravesó invicta toda la contienda. Los marinos norteamericanos lo llamaban Lucky Phoenix (el «Afortunado Fénix»). El gobierno peronista lo rebautizó 17 de Octubre, y así se llamó hasta que fue una de las naves insignias del golpe en marcha y sus nuevos dueños decidieron llamarlo General Belgrano. Su vida posterior no sería tan afortunada; acabaría hundido durante la guerra de Malvinas en lo profundo de un mar indudablemente argentino, fuera de la zona de exclusión inventada por los ingleses, por torpedos disparados por orden de la «señora» Margaret Thatcher. <<

[524] Isaac Gilaberte era colaborador cercano de Perón. Junto con Andrés López, Pablo Vicente y Ramón Landajo, fue responsable de la seguridad de Perón en su exilio centroamericano. <<

[525] Juan Domingo Perón, Del poder al exilio cit. <<

[526] La Nación, 24 de septiembre de 1955. <<

[527] Declaraciones de Juan Domingo a la agencia United Press, publicadas por el diario El Día de Montevideo, el 5 de octubre de 1955; en Milcíades Peña, El Peronismo, Selección de Documentos para su historia, Buenos Aires, Fichas, 1971.

 

 

 

 

 

ePub r1.0

rafcastro 14.09.14

Título original: Los mitos de la historia argentina 4

Felipe Pigna, 2008

Diseño de cubierta: Departamento de Arte de Editorial Planeta

 

Editor digital: rafcastro ePub base r1.1

 

 

 

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