De la «escasez» como principio terrible de la vida. Una reflexión a propósito de la guerra de las vacunas

DE LA ESCASEZ

Por Mario Casalla

Las obvias razones de este presente “pandémico”, nos han hecho poner casi todas las esperanzas de vida en uno de los productos más exquisitos y deseados de la ciencia y la tecnología modernas: las vacunas. Y cuando hablamos aquí de Vida, lo hacemos en su sentido más elemental, la que compartimos con los animales y las plantas.

Por Mario Casalla*

Redacción Zoom

02 /03/2021

Las obvias razones de este presente “pandémico”, nos han hecho poner casi todas las esperanzas de vida en uno de los productos más exquisitos y deseados de la ciencia y la tecnología modernas: las vacunas.

Y cuando hablamos aquí de Vida, lo hacemos en su sentido más elemental, la que compartimos con los animales y las plantas, a partir de la cual toda otra forma de vida (la vida humana, por caso) es posible.

Compartimos con ellos esa unidad elemental de la vida sobre la Tierra.

Hay que encontrar la vacuna contra del COVID 19 pronto, rápido y para todos.

El viejo dicho popular “primo vivere, dopo filosofare” se ha hecho presente en toda su crudeza, pero la vieja Filosofía todavía tiene algo para decirnos.

Ya los griegos distinguían en el lenguaje esas dos formas tan distintas (pero complementarias) de vida: la zoe (la que compartimos con el resto de los animales) y la bios (la vida en sentido propiamente humano), de allí derivan nuestros respectivos términos zoología y biología.

Podemos entonces decir que hoy nuestra vida zoológica está amenazada y sin esa vida asegurada, la otra, la tan extrañada “normalidad” a la que deseamos lógicamente volver (nuestra vida biológica) será un imposible.

¡Tan atrás hemos regresado y en tanto peligro estamos, aun cuando nos empeñemos a veces en hacernos los tontos!.

No es la primera vez por cierto que a la vida humana le pasa esto, pero cuando sucede todo cambia, o va a cambiar.

En todo los casos hubo una tabla de salvación a la cual nos aferramos para pasar al otro lado: al principio fue la bondad de los dioses, más tarde la segregación drástica (o la matanza lisa y llana) de los apestados y desde que descubrimos la noción de “contagio” (que no es anterior al siglo XVI, o sea hace de esto apenas quinientos años) el relevo de la tabla de salvación lo tomó la Ciencia quien –tanteando valientemente al monstruo de “las fiebres”- terminó por descubrir las ya imprescindibles: vacunas.

Tan imprescindible son para salvar nuestras vidas (al menos la “zoológica”) que nuestro calendario cuenta ya con diecinueve vacunas obligatorias.

La número veinte seguramente será la que nos inmunice contra el COVID. Aunque no creo que la suma se detenga allí.

LA BOLSA O LA VIDA

Pero claro el siglo XVI es también el de crecimiento (firme y a pasos agigantados) de otro fenómeno típicamente moderno: el capitalismo.

Un “virus” eminentemente cultural (por tanto mucho más amplio que un sistema económico) ese que hoy por hoy nos tiene tan a maltraer como el COVID 19 con la diferencia que –al ser precisamente cultural- enferma algo más que nuestra existencia como especie, sino también aquello que apunta el viejo sustantivo “alma”.

En tal contexto nuestra actual tabla de salvación (las vacunas) son un producto, una mercancía, y en consecuencia esa salvación no está ya en los rituales mágicos, ni en los altares de las iglesias (como en las épocas antigua o medieval) sino en los escaparates industriales de los estados productores.

Su valor se llama precio y como toda mercancía están sometidas al juego del mercado. Hoy la vida cotiza en Bolsa y sin bolsa no hay vida.

Así de sencillo y para el capitalismo, el sacrosanto juego del mercado es un juego de oferta y demanda, detrás de lo cual reina un principio ordenador fundamental: la escasez.

Elevada por la Modernidad a la categoría de principio ontológico, la escasez tiene también su propio “imperativo categórico”.

Mucho más cruel que el kantiano, en caso de hablar diría más o menos esto: “No hay para todos y cuanto menos haya más cuesta”.

Pero la escasez no habla, más bien actúa y ahora la encontramos en plena acción: en la guerra de (y por) las vacunas, su discurso es esplendorosamente real.

Por eso mismo es importante que –tomando distancia al menos un minuto de los discursos encubridores y abstractos- pensemos en el uso político de la escasez (la vieja ananke) que hace el capitalismo como terrible principio disciplinador de la actual vida en comunidad (nacional, regional y planetaria).

EL DIOS TERRIBLE DEL MERCADO

Marx y Freud fueron pioneros en denunciarlo. Uno en el campo de la Economía, el otro en el de la Subjetividad.

Y si la sociedad capitalista ha podido convertir todo en «mercado» (regido por la supuesta «ley natural” de la oferta y la demanda) es precisamente por promover y alimentar cada día ese principio de la «escasez originaria».

Así, arrinconados a luchar en última instancia por la vida misma, emerge lo peor de nosotros.

Si la novela La Peste de Albert Camus, escrita en 1947, se ha vuelto uno de los libros más leídos en este último (y pandémico) año, que no se nos pase por alto ese párrafo donde podemos leer: “Lo peor de las pestes no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda a las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”.

Y en el discurso capitalista, vaya si lo es.

Nada de «primero los más débiles», a codazos y patadas, o «conversando amigablemente» (según los casos y el tipo de poder que se tenga) ¡primero yo!

Nuestro pequeño y terrible “yo”, ese que el neoliberalismo vigente llevó a su máximo esplendor.

Y acaso por eso mismo, a su posible ocaso.

Creo que fue pensando en contra de la absolutización de la escasez (y volviendo a colocarla en los justos términos de «necesidad humana”) que el Peronismo (y otros pensamientos políticos del denominado Tercer Mundo) en tanto filosofías que nacen a mediados del siglo XX a la luz del paradigma de la Liberación (ya no del Progreso, ni del Desarrollo), planteó el ideal ético de una «comunidad organizada» y la necesidad consecuente de contar con un proyecto político que lo vuelva «realidad efectiva» (aquélla que Hegel pregonara como meta necesaria para su dialéctica trinitaria).

Sino todo quedará en bonitas palabras y allí sí que la fuerza (bruta si es necesario!) tornará ilusorio el paradigma de «un pueblo feliz en una nación grande».

¿Podremos todavía reconocernos en esto, o ya se ha vuelto un traje que nos queda definitivamente grande?

Honestamente no lo sé, porque sólo el tiempo y las circunstancias pueden contestar (en serio) esta pregunta.

Vacunas mediante, claro.

MC/

 

*Filósofo, actualmente preside la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales (ASOFIL).