Criticar al actual gobierno no significa equipararlo con el gobierno anterior.

ALBERTO, XUXA Y LA DIREITA

Por Dante Augusto Palma

No acuerdo con la idea de que diferir con un conjunto de políticas y prácticas del gobierno de Alberto Fernández sea hacerle el juego a la derecha tal como advierten muchos usuarios de redes devenidos estrategas políticos. Dejemos, entonces, la razonable responsabilidad del silencio para los funcionarios y tratemos de pensar juntos. Que la autocensura, abundante y naturalizada en tiempos de escraches, trolls y cancelaciones a la carta, no nos gane la partida.

 

 

 

Por Dante Augusto Palma

 

Dado que estos son tiempos donde todo hay que aclararlo digamos lo obvio: criticar al actual gobierno no significa equipararlo con el gobierno anterior. Es que la administración Macri, junto a los dos años de Fernando de la Rúa, han sido, sin dudas, los peores gobiernos desde el regreso de la democracia con el agravante de que el primero recibió un país con dificultades pero infinitamente mejor que el que recibiera De la Rúa. Dicho esto no acuerdo con la idea de que diferir con un conjunto de políticas y prácticas del gobierno de Alberto Fernández sea hacerle el juego a la derecha tal como advierten muchos usuarios de redes devenidos estrategas políticos. Dejemos, entonces, la razonable responsabilidad del silencio para los funcionarios y tratemos de pensar juntos. Que la autocensura, abundante y naturalizada en tiempos de escraches, trolls y cancelaciones a la carta, no nos gane la partida.

El desempeño del gobierno en estos casi 14 meses no cumplió con las expectativas de los votantes del FDT. Pero pongamos aquí dos asteriscos: el primero, naturalmente, está vinculado a que cualquier análisis deberá ser matizado por la situación de la pandemia; el segundo, futurología mediante, afirmará temerariamente que, aun con los propios votantes disconformes y una sociedad que al no poder enojarse con un virus se va a enojar con el gobierno de turno, es probable que las elecciones de este año sean ganadas por el oficialismo. En este sentido la lógica de la grieta ayuda pues persiste en el votante de Alberto la idea de que “antes que a Macri lo voto a Alberto”. Insisto, salvo algún cisne negro, esa lógica prevalecerá y la dispersión natural de votos de las elecciones de medio término no alcanzará para que el oficialismo pierda, máxime cuando es probable que más dispersa esté la oposición.

Y sin embargo, no hay ninguna medida económica estructural que haya favorecido a las grandes mayorías de modo que esa porción volátil del electorado que puede votar a Macri y a Alberto de una elección a otra, en algún momento pasará la factura como se la pasó a Macri mientras esperaba los brotes verdes. Quizás un milagro evite un colapso sanitario en el primer semestre y los pronósticos de rebote de la economía traigan algo de alivio. Eso sí: estará en el gobierno lograr que ese rebote sea redistribuido y no sea capitalizado por el grupo de siempre a través de la inflación.

Dejando de lado discusiones no menores acerca de socialdemocracia, peronismo, etc., quizás lo más saliente sea la forma que tiene el gobierno de entender el poder, y que reproduce a nivel país la lógica de la necesidad de estabilidad del Frente. Dicho más fácil, Alberto y el Frente parecen haber entendido que si el espacio no se quiebra será posible sostenerse en el gobierno. Para que eso suceda se intenta mantener a todos los componentes satisfechos con cargos, presupuestos y, por qué no decirlo, en algunos casos, kioskos. Para ser justos, es lo que ha sucedido siempre con distintos gobiernos. Pero el elenco estable parece intocable. Los funcionarios que no funcionan permanecen en el poder y cuando finalmente se van se “les paga” con muy buenas alternativas que hasta pueden incluir embajadas, etc. Esta lógica, trasladada a nivel país, supone intentar que nadie se enoje demasiado y en la práctica esto lleva a un gobierno de Xuxa, “un pasito para adelante y un pasito para atrás”: se impulsa un acuerdo porcino y nos sacamos una foto diciendo “No al acuerdo porcino” mientras esperamos que Paul McCartney proponga, al país de la carne, un lunes vegano; aborto sí pero con ley de los 1000 días; Vicentín sí pero al final no; controlamos el maíz porque la mesa de los…. Pero al final tampoco; del “somos el gobierno de la vida, métanse todos adentro” a mirar para otro lado porque hay que impulsar la economía e ir a la escuela por más que haya más muertos que antes. Los decretos son solo sugerencias, la necesidad es contingente y la urgencia relativa. A las restricciones horarias no se las debe llamar “toque de queda” porque suena a viejos tiempos y nuestra concepción del poder nos dice que ya nada se puede imponer. Porque en el modo progresista de entender el poder los gobiernos acaban siendo gobiernos de la impotencia cuando no de la incompetencia.  Comunicacionalmente los errores abundan, lo cual no quiere decir que todo se reduzca a un problema de comunicación. A veces fallan las políticas y encima se comunican mal. Estigmatizamos a 678 y a la ley de medios para, a cambio de ello, llevar a Robertito a la TV Pública y continuar con el esquema de distribución de pauta a medios que, como pocas veces, militaron la zozobra, el terror y la desinformación jugando con la vida de la gente.

Se habló de un gobierno de científicos cuando la gente votó un gobierno de políticos. Claro que es bueno que los políticos se rodeen de los que saben. Pero que gobierne la política. Los técnicos, sean de Bunge y Born o sean de la Facu de Sociales, son técnicos. Y la pobreza no se soluciona, sigue aumentando, por más que la performatividad del lenguaje nos quiera hacer creer voluntaristamente que todo se reduce a un problema del decir.

Justamente, conectando estos últimos puntos, hay una escuela de asesores que trasciende a este gobierno, claro, pero que ha instalado que siempre hay que dar “buenas notis”, un decirle que sí a todo. ¿Los medios te instalaron que hay que abrir las escuelas, más allá de si es sensato o no y más allá de por qué las razones que se esgrimían antes no sirven para este momento? No importa, deciles que sí. Después vemos. Antes que nos gane Larreta con su blindaje, decí todo que sí. “Vamos a vacunar 10 millones de personas entre enero y febrero”. No hace falta ser médico ni funcionario para darse cuenta que Argentina, aun si las vacunas hubieran llegado en tiempo y forma, no hubiera tenido la capacidad de hacer eso. Si esas 10 millones de personas recibieran las dos dosis habría que vacunar más de 300.000 por día. No pudieron ni vacunar 300.000 en un mes. Pero no importa: vos decí que sí. ¿Y si vacunamos a 10 millones con una dosis? Tampoco se va a poder pero vos decí que sí. Es siempre una suerte de gobierno feliz en un mundo feliz. Si rinde, ponete al frente. Pero cuando solo queda dar malas noticias, borrate. Alberto y su dificultad para delegar no suelen hacer caso. Pero finalmente el presidente pareció entender. Nótese, si no, la comunicación de la pandemia lo que ha sido. Quizás tengan razón esos asesores, por supuesto. Pero no deja de sorprender el modo en que el ejercicio del poder dinamita las popularidades a la misma velocidad con la que se vive. Cuatro años de un gobierno son casi anacrónicos para la lógica del apuro, el vértigo y la ansiedad. Los tiempos de las democracias republicanas no son los del capitalismo financiero ni los de la cultura del descarte.

En 2020, la tibieza del gobierno le quitó la posibilidad de hacer lo que hacen los gobiernos liberales: una política de shock en momentos de zozobra. No modificó sustancialmente ni el mapa de medios, ni la concentración económica, ni el sistema de salud, ni el comercio exterior, ni el sistema energético, ni la estructura tributaria, etc. y especialmente, en lo que respecta a la justicia, probablemente lo va a pagar de manera directa. De hecho intuyo que por allí intentará la oposición fracturar al gobierno. Porque fracturar la coalición no es condición necesaria pero sí suficiente para volver al poder. Y lo hará, probablemente, llevando al gobierno contra la pared avanzando contra CFK. ¿Y cuando quieran meter presa a CFK qué va a hacer el gobierno?

Lo más curioso es que esa moderación no le ha sido útil al gobierno para evadirse de las críticas. De hecho, le achacan lo mismo que le achacaban al de CFK: Venezuela, populismo (ahora en modo de Formosa e infectaduras), putinismo, Irán y un montón de otros delirios más.

Por último, sin caer en purismos y asumiendo cuáles son los tiempos que corren, ideológicamente hay confusión en el gobierno y por momentos pareciera que éste asume la caricatura que de él ha hecho la oposición: de repente el Frente que incluye a muchísimos peronistas parece tener como columna a cualquier tipo de identidad excepto los trabajadores. Por supuesto que 70 años después de Perón algunas cositas han cambiado pero hoy el Frente parece ser un espacio del pobrismo y las nuevas agendas identitarias sin un plan de desarrollo; apenas una mera administración pretendidamente redistributiva de la escasez; redistribución que no va de arriba hacia abajo sino que saquea siempre a los del medio, los grandes perdedores de la época y los que en los tiempos de Perón fueron enormemente beneficiados porque el peronismo fue un gran creador de clase media. Sin embargo, ahora los pocos grandes cada vez tienen más, los millones de pobres reciben alguna migaja extra pero quien paga la fiesta es una clase media cada vez más empobrecida que de media solo le queda la pretensión, la cultura y la nostalgia. La base electoral del gobierno es gente cagada de hambre a la que hay que repartirle guita para que no explote, jóvenes posmodernos sobre y desideologizados con agendas veganas de grandes urbes y un grupo de gente que ve esto y critica por lo bajo por responsabilidad y por temor a lo que hay en frente.

¿Y cabe alguna duda de que lo que hay enfrente es peor? ¿Cabe alguna duda de cómo estaríamos ahora si los que saquearon al país en cuatro años, armaron listas negras e hicieron persecución ideológica al tiempo de mostrar ser enormemente incapaces de estar al frente del Estado, nos estuvieran gobernando? No hay dudas al respecto y es eso lo que le da unidad al Frente, lo que hace que las críticas se hagan en privado y lo que probablemente le vuelva a dar el triunfo al oficialismo en 2021. Pero el gobierno tiene una deuda con sus votantes y con el país. Desconocer eso y ocultarlo es hacerle el verdadero juego a la derecha.