El regreso del soft power para debilitar el auge chino y minar el desarrollo ruso

LA GUERRA TIBIA

Por Jorge Elbaum

El multilateralismo declamado por Biden está condicionado por el deterioro relativo de su capacidad para construir alianzas afines a su intereses de potencia hegemónica. La autonomización de la UE, la regeneración estratégica de Moscú, y el liderazgo económico de Beijing, sumados al desorden doméstico del sistema político de Washington, auguran grandes dificultades a la administración demócrata.

 

 

Por Jorge Elbaum

El cohete a la luna

Feb 14, 2021

 

El Presidente Joe Biden y el jefe del Pentágono, Lloyd J. Austin.

 

Joe Biden se comunicó el último miércoles desde la Casa Blanca con el primer mandatario Xi Jinping, con el pretexto del inicio del Año Nuevo Lunar, una de las celebraciones más importantes del calendario chino. Durante la conversación, el Presidente de Estados Unidos manifestó su preocupación por las prácticas comerciales de Beijing mientras que el dirigente asiático advirtió que la espiral de conflicto acarreará “una catástrofe para los dos países y para el mundo”. Según los informes brindados por las departamentos de prensa de ambos mandatarios, no se abordaron los temas de fondo del conflicto geopolítico: ni la carrera tecnológica por las patentes –que lidera claramente China–, ni los recientes acuerdos liderados por Beijing con otros 14 países del sudeste asiático (la Asociación Económica Integral Regional, RCEP por sus siglas en inglés), ni la propuesta de articulación sino-europea denominada Tratado Integral de Inversión (CAI).

La Unión Europea (UE), por su parte, continúa asumiendo –en forma progresiva– un perfil de independencia respecto de Washington, adoptando la orientación que Emmanuel Macron definió como la opción de la autonomía estratégica. En junio de 2018, Donald Trump, presionado por el descomunal déficit comercial, buscó quebrar la lógica multilateral de la Organización Mundial del Comercio imponiendo aranceles al acero y al aluminio a la UE, y amenazando con aplicar tarifas a los automóviles. En esa misma lógica, se buscó quebrar el marco de regulaciones multilaterales acordadas en la Organización Mundial de Comercio (OMC), medidas que produjeron altos niveles de desconfianza entre sus socios atlantistas.

El fracaso de la prepotencia trumpista y el desorden doméstico evidenciado el último 6 de enero han sido interpretados como un agotamiento relativo de su capacidad para imponer una agenda propia al resto del mundo. Antony Blinken, su nuevo jefe del Departamento de Estado, ha anunciado el regreso de Estados Unidos al Acuerdo de París, ligado al cambio climático y la decisión de rediscutir la adscripción al acuerdo de no proliferación nuclear de Irán, conocido como 5+1, que languideció luego de la renuncia de Washington.

La creciente autonomía de Bruselas respecto de su máximo socio atlantista se evidenció durante las últimas semanas a partir de la continuidad del tendido subacuático del gasoducto Nord Stream 2, emplazado por la empresa rusa Gazprom, destinado a proveer energía gasífera a 28 millones de hogares europeos. En diciembre de 2019 Washington aprobó la Ley de Autorización de Defensa Nacional, que contenía sanciones financieras a las empresas y personas involucradas en el tendido de las tuberías planificadas por Moscú. La primera etapa de la instalación del  gasoducto de 2.300 kilómetros de longitud fue ejecutada por la empresa suiza Allseas, que abandonó la gigantesca obra ante las amenazas proferidas por el gobierno de Donald Trump.

Estados Unidos buscó impedir la concreción del proyecto para beneficiarse y convertirse en el máximo proveedor de gas licuado, cuyo valor duplica el importe de los metros cúbicos ofrecidos por Vladimir Putin. Sin embargo, a pesar de las amenazas Gazprom asumió en forma directa la finalización de las obras y se encuentra completando el último tramo de 120 kilómetros en las profundidades del mar Báltico, que suministrará 55.000 millones de metros cúbicos anuales de gas a Europa. Polonia y Lituania –dos de los 27 Estados integrantes dela UE– y el Departamento de Estado no lograron torcerle el brazo a la Canciller Angela Merkel, quien sostuvo el acuerdo gasífero, cuyo tendido final se prevé para mayo próximo.

Una de las primeras medidas de Biden fue el anuncio de la renovación por 5 años del Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Strategic Arms Reduction Treaty, o New Start), que Donald Trump pretendía discontinuar. Como contrapartida, Biden revirtió la retirada de 10.000 soldados estadounidenses de la OTAN, instalados en Europa, y el Pentágono anunció para fines de febrero el desarrollo de maniobras aéreas en la base área de Ørland, Noruega, cercana al tendido del gasoducto. En dichos ejercicios aéreos,  los primeros desde 1980, participarán los  bombarderos estadounidenses de largo alcance, los B-1B, capaces de transportar ojivas nucleares.

El multilateralismo declamado por Biden está condicionado por el deterioro relativo de su capacidad para construir alianzas afines a su intereses de potencia hegemónica. La autonomización de la UE, la regeneración estratégica de Moscú, y el liderazgo económico de Beijing, sumados al desorden doméstico del sistema político de Washington, auguran grandes dificultades a la administración demócrata.

Como si pasara un tren

El gasoducto de la discordia.

 

El nuevo equilibrio global que deviene de la combinación de estos factores ofrece, a grandes rasgos, dos alternativas: la que propone una diplomacia equidistante, orientada a eludir los conflictos de Estados Unidos y China, y la que plantea el aprovechamiento del actual escenario  como una ventana de oportunidad para desprenderse de la toxicidad que Washington ha inoculado al sur del Río Bravo durante casi dos siglos.

Es evidente que ambos adversarios poseen antecedentes imperiales y que esa impronta genealógica es una marca indeleble. Sin embargo, la diferencia entre ambos radica en que Joe Biden gobierna un país que continúa arrogándose derechos de intervención militar sobre lo que considera su patio trasero, región en la que sus embajadas digitan e interfieren en sus sistemas políticos internos. Por el contrario, la característica central de la diplomacia de Beijing consiste en desplegar articulaciones de cooperación e inversión sin juzgar las trayectorias ni los principios ideológicos que guían a sus gobiernos.

Washington insiste en apañar, proteger o empoderar a los empresarios de cada uno de los países latinoamericanos porque dicha lógica es beneficiosa para sus corporaciones trasnacionales. Esa política impide tanto la democratización social como la diversificación productiva. Como contrapartida, Beijing despliega la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda, lanzada en 2013, para articular proyectos de infraestructura en el este de Asia,  Europa, África y América Latina sin sometimientos geopolíticos.

Diplomacia equidistante o deslizamiento estratégico serán las coordenadas que atravesarán los debates internos en las cancillerías de la región. Beneficiarse con la conformación de un nuevo equilibrio en torno al poder chino puede contribuir a que América Latina deje atrás las históricas extorsiones e injerencias provocadas por el  Departamento de Estado. El tren puede pasar muchas veces. Pero quien asciende a sus vagones con anticipación puede ser premiado por su intuición.