Cuando salió “El Eternauta”, con dibujos de Francisco Solano López, el suceso fue total.

HECTOR Y ELSA. CRUCIFIXIÓN Y RESURRECCIÓN

Por Jorge Osvaldo Bazán

Era una noche de lunes en San Telmo, ciudad de Buenos Aires. Tal vez a fines de 2014 o comienzos de 2015. Llegué como siempre que pude a la Agrupación Oesterheld, en el Centro Cultural Torquato Tasso, frente al Parque Lezama.

Por Jorge Osvaldo Bazán

«Historias cortas de Poder,

de Amor y de Tragedia»

12/02/2021

“La muerte no es la mayor pérdida en la vida. La mayor pérdida
es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos”
Norman Cousins

Elsa Sanchez de Oesterheld con Toni Bidegain y Delia Carnelli de Puiggros

Era una noche de lunes en San Telmo, ciudad de Buenos Aires. Tal vez a fines de 2014 o comienzos de 2015. Llegué como siempre que pude a la Agrupación Oesterheld, en el Centro Cultural Torquato Tasso, frente al Parque Lezama.

Mi querido amigo Martín García me había invitado, como tantos otros lunes, a participar de una cena amable, como todas, donde en un local plagado de afiches históricos de todos los tiempos, desde los cuales los rostros militantes de entrañables dirigentes ya ausentes, daban color místico al encuentro casi sacramental de viejos conocidos, servía de enérgico elixir para renovar nuestro compromiso colectivo que casi siempre arrancaba y culminaba con añejos testimonios de historias comunes de luchas, de anécdotas inolvidables.

El precio módico de la comida, era insignificante frente a la sustancia sabrosa como un locro criollo, o tal vez un guiso carrero, o empanadas, sobre mesas cubiertas de papel madera, donde nunca faltaba el vino generoso, y el flan o el “fresco y batata” que apenas era el preludio de memorables discursos de barricada de jóvenes noveles comprometidos o veteranos grandiosos como Lorenzo Pepe, mientras la silueta inconfundible del entrañable poeta Alfredo Carlino se paseaba campante y generosa, recorriendo la geografía del local entre abrazos cómplices, hasta que la melodía cristalina y convocante de la marcha peronista ponía el broche de oro a cada velada casi siempre épica y surrealista.

Cuando ingresé temprano, allí estaba momentáneamente sola la dama de la eterna sonrisa, la digna señora que guardaba una experiencia familiar terrible, y a la cual acompañé durante algunos minutos, para poderle entregar un beso cariñoso.

Allí estaba sentada, a mi lado, una doliente abuela de 90 años, con toda su dignidad y tristezas a cuestas, que pocos meses después fallecería: Me refiero a Elsa Sánchez de Oesterheld…

Tiempos de felicidad

Héctor Germán Osterheld, hijo de un alemán y una española, había nacido en Buenos Aires el 23 de julio de 1919.

Geólogo, dibujante,periodista, guionista.

Se conocieron con Elsa en 1943, cuando él tenía 24 años y ella, apenas 17, y se casaron en 1947.

En la década del 50 y principios del 60, publicaba historietas en “Misterix”, el suplemento semanal, “Hora Cero”, y “Frontera”, crónicas que realizaban impecables críticas contra el imperialismo y el capitalismo.

Estaban presentadas como “historietas para mayores de 14 años”, y sus tiras incluían textos muy precisos y creativos que a veces rozaban el mundo tal cual era, como un precursor de la “Mafalda” de Quino, en otro formato.

Cuando salió “El Eternauta”, con dibujos de Francisco Solano López, el suceso fue total.

Se trataba de una historieta de ciencia ficción, apocalíptica, que centraba su crítica en la desigualdad cotidiana de un mundo cruzado por guerras de conquista y golpes de estado militares, que por supuesto molestaba a mucha gente.

Con un argumento más o menos así: Juan Salvo, sobreviviente de una invasión alienígena, fue condenado a viajar en el tiempo y aprovecha su experiencia para alertar sobre los males que acechan a la civilización, a la cual debe proteger luchando contra un ejército invasor, que responde a una planificación superior (¿Tal vez una superpotencia?

¿Globalización?).

Amaba al Che Guevara, al cual consideraba un ejemplo de abnegación revolucionaria.

En 1968 publica una biografía del médico de Sierra Maestra que el gobierno del dictador Juan Carlos Onganía censura de inmediato.

Y allí comienza el lento calvario, cuando su historieta empieza a radicalizarse un poco más.

La fascinación de Héctor por la justicia social y la reivindicación de las luchas obreras de un hombre como él, de fuerte personalidad y compromiso, pronto influyó en el carácter de sus hijas Estela, Beatriz, Diana y Marina, que iniciaban su militancia en la Juventud Peronista, que a principios de los 70 con la aparición de la fascista “Triple A” por un lado y “Montoneros” por el otro, habían convertido al trabajo político en una tarea de enorme riesgo personal.

Héctor se dejó fascinar por la opción de esa organización de extrema izquierda cuyos integrantes pronto serían expulsados por el propio Perón de la Plaza de Mayo, y sobre los cuales en su libro “Montoneros: La soberbia armada” Pablo Giussani publicó una crítica demoledora, comparando a los guerrilleros argentinos con los fascistas italianos en su culto a la muerte.

El original de la obra recién se publicaría en 1984, durante el gobierno de Alfonsín, cuando ya no había reparación posible ante el enorme genocidio.

Masacre

Con el golpe de estado del 24 de marzo de 1976, la situación de los Oesterheld se volvió insostenible.

En junio de ese año, Beatriz (19) fue apresada en San Isidro, cerca del chalet de la familia en la localidad de Beccar.

Poco tiempo después apareció muerta.

Dijeron que fue en un enfrentamiento.

Fue la única hija que se pudo enterrar.

A fines de julio otra hija, Diana (23) fue secuestrada junto a su marido y su hijo Fernando sería el único nieto entregado a sus abuelos, porque de los otros dos embarazos en proceso de sus hijas detenidas jamás se supo.

Héctor fue secuestrado en La Plata en abril de 1977.

Estela (25) y su esposo Raúl Mórtola, morirían en una emboscada en julio de ese año, y la historia de su hija menor, Marina (18), no fue diferente.

Secuestrada junto a su pareja Alberto Seindus, se cree que dio a luz en Campo de Mayo.

El calvario de Héctor en las sucesivas prisiones a las cuales los enviaban como ser los llamados “centro de detención”, “Campo de Mayo”, “El Vesubio”, “El Sheraton”, etc , derivaron en terribles vejaciones que fueron minando su salud de modo irreversible.

Se cree que estuvo con vida hasta abril de 1978.

La vida apacible de los Oesterheld se había alterado para siempre cuando sucedió en la Argentina esa locura colectiva.

Esa obsesión por la muerte, esa veneración por la sangre como forma de expurgar los pecados siempre ajenos, que produjo tantas miles de víctimas inocentes por ver quien destruía al otro a fuerza de calibres, de espoletas y explosiones.

Elsa fue una sobreviviente de esa época horrorosa que la obligó a vivir casi cuatro décadas sólo con la memoria de sus seres queridos.

Tuve la suerte de poder conversar con ella cuando se aproximaba su partida.

La sentí íntegra, esperanzada, y en los pocos momentos de nuestra charla me brindó un portentoso ejemplo de ese heroísmo palpable y legítimo que sólo surge cuando la adversidad galvaniza el espíritu de quien, como Cristo, ha pasado por la crucifixión esperando, también ella, como no, la justificada y merecida resurrección.

 

Hasta siempre querida Señora, de la sonrisa eterna.

JB/

Bibliografía
  • “Los Oesterheld” de Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami. Editorial Sudamericana. 2016.
  • “La trágica historia del hombre que creó El Eternauta: El más audaz e inolvidable de los cómics argentinos” Nota de Alfredo Serra para Infobae. 22 de julio de 2019.
    “Memorias del eternauta” de María Seoane. Revista “Caras y caretas” Febrero de 2020.
  • “La extinción de los Oesterheld”. César C. Calero.
  • “Oesterheld, viñetas y revolución” Hugo Montero. Editorial Sudestada. 1978.
  • “Murió Elsa viuda de Oesterheld”. Diario “La Nación” 23 de junio 2015