Octubre de 1965. Los servicios de inteligencia descubren que María Estela Martínez está alojada desde hace varios días en la casa del mayor (R) Bernardo Alberte, en el barrio de Caballito

PLAN DE FUGA.

Una tarde, el hijo del Mayor Bernardo Alberte atiende el teléfono y una voz le advierte que un grupo de comandos civiles tomará la casa por asalto y asesinará a la enviada del general Perón. El chico, de 17 años, se asoma por la ventana del primer piso y ve que frente al domicilio hay varios coches estacionados, ocupados por desconocidos. Llama a su padre a la tintorería donde trabaja y le avisa.

Por Juan del Barrio

NAC&POP

Octubre de 1965.

Los servicios de inteligencia descubren que María Estela Martínez está alojada desde hace varios días en la casa del mayor (R) Bernardo Alberte, en el barrio de Caballito

Una tarde, el hijo de Alberte atiende el teléfono y una voz le advierte que un grupo de comandos civiles tomará la casa por asalto y asesinará a la enviada del general Perón.

El chico, de 17 años, se asoma por la ventana del primer piso y ve que frente al domicilio hay varios coches estacionados, ocupados por desconocidos.

Llama a su padre a la tintorería donde trabaja y le avisa.

«El yorma» llega inmediatamente, saca su pistola calibre 45 del ropero y se la calza en la cintura.

«Papá se veía pálido y preocupado», recuerda Alberte hijo cuatro décadas más tarde.

«No era para menos: estaba decidido a defender con su vida a la mujer del general Perón, la persona que más respetaba después del general San Martín».

Dardo Cabo, del Movimiento Nueva Argentina (MNA) y Alberto Brito Lima, del Comando de Organización (CdO), los custodios de Isabel, alistan sus armas. Hasta Lobo, el perro pastor alemán de la familia, parece nervioso.

Rápidamente Alberte esboza un plan de fuga.

Al anochecer, suben todos a la terraza en medio de los ladridos del perro, atan una soga y la arrojan a parte trasera de la casa, que da a las vías del ferrocarril Sarmiento.

De la azotea al suelo hay 10 o 12 metros de altura.

Y ante la mirada aterrada de Isabel, el ex militar propone descender por la cuerda con ella cargada en su espalda.

«Hoy aquella escena dramática es tragicómica», dice Alberte.

«Lobo ladraba sin cesar, papá estaba muy serio y la señora lo observaba despavorida, seguramente pensando que se había vuelto loco y que los dos se iban a estrellar contra el suelo».

Al final se opta por un escape menos riesgoso.

Alberte decide que una de sus hijas se haga pasar por Isabel para despistar a los hombres apostados en la calle.

Silvia, de 17 años, hermana melliza de Bernardito y estudiante de arquitectura, se coloca una de las pelucas de la nerviosa huésped y sube a un coche que sale a toda velocidad, seguido por los vehículos desconocidos.

Poco después, Dardo Cabo y Brito Lima trasladan tranquilamente a su protegida a una tranquila casita blanca en el número 249 de la calle Belgrano, en la localidad de Caseros, partido de Tres de Febrero.

La casa es de Eduardo Farías, secretario de un diputado justicialista.

Diez años atrás, Farías ha sido vendedor de seguros en Caracas y allí conoció a Perón.

Ahora, él y su mujer ceden su dormitorio a María Estela Martínez.

La secretaria de la visitante se instala en la habitación de los hijos varones del matrimonio.

En el escritorio de la vivienda, Isabel atiende numerosas visitas políticas.

Recibe figuras de los más diversos sectores peronistas, habla con representantes de los enfrentados Augusto Vandor y José Alonso, se reúne con integrantes del sector femenino.

Omite alabanzas para la conducción local, pero evita formular críticas; elogia a las bases y a la juventud del movimiento.

Tras bambalinas hay momentos de tensión.

«En la casa de Farías se arma una tremenda discusión entre Augusto Vandor y Andrés Framini», me cuenta Omar Marinucci, quien pasó varias noches apostado en el techo.

«Vandor se quiere hacer cargo de la protección de Isabel pero Dardo Cabo, a pesar de sus vínculos con la UOM, se le pone en contra.

Y después hay una pelea a los gritos entre Dardo y Brito Lima, que intentaba ser el único jefe de la custodia.

Al final, los que no éramos del MNA ni del CdeO nos retiramos porque pretendían que hubiera «disciplina militar».

JDB/