Con este libro, la Organización Peronismo Militante comienza la que, esperamos, sea una larga serie de publicaciones de compañeros aportando a la causa nacional y popular.

NO SE PUEDE COMBATIR AL IMPERIALISMO CONSUMIENDO SUS SÍMBOLOS

Por Juan Cruz Cabral

Estamos convencidos de que la batalla central es cultural. El gran poeta cubano, José Martí, lo dijo a su modo, que hacemos propio: De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento. Centrados en una concepción humanista, daremos esa batalla y la ganaremos “a pensamiento”

 

 

Por Juan Cruz Cabral

Autor del libro Hugo Fernández Panconi

Septiembre de 2014

 

Con este libro, la Organización Peronismo Militante comienza la que, esperamos, sea una larga serie de publicaciones de compañeros aportando a la causa nacional y popular.

Estamos convencidos de que la batalla central es cultural.

El gran poeta cubano, José Martí, lo dijo a su modo, que hacemos propio: De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento.

Centrados en una concepción humanista, daremos esa batalla y la ganaremos “a pensamiento”, pero fundándolo en el corazón americano que late desde nuestra historia señalando el ritmo de nuestro futuro.

Porque no hay nación argentina sin Patria Grande y no hay pensamiento digno si no parte desde el corazón, única manera de concebir una doctrina destinada a la Justicia Social, el más elevado de todos los objetivos políticos.

PRÓLOGO

De cómo el autor reflexiona sobre lo popular

Como tomando distancia de sí mismo, Hugo Fernández Panconi comienza este libro con un relato en tercera persona, pero en donde el personaje protagonista es él.

En este único cuento visto desde tal (supuesta) distancia nos enteramos de que Fernández Panconi se convierte, ya de pequeño, en “un personaje”, el más joven del barrio.

Sólo al final del libro –excepto que lea este prólogo– verá el lector que se trata casi de un condicionamiento de origen.

Resulta que Villa Atuel “es así: de personajes”… Y Panconi, claro, es villatuelino.

En todos los relatos –incluso en “Fernández S.A.”, aquel primero– “el Panco” está inmerso en los hechos y comprometido con los dichos.

Será que así es este narrador.

Y será que su manera de “pensar situado”, como quería Rodolfo Kusch, lo ha llevado a recorrer un camino desde su infancia –esa patria de cada hombre y cada mujer, donde se arraiga la  propia vida– con un cielo de estrellas entre nubes, visto desde la ventanilla de un camión amarillo, hasta las profundidades del pensamiento nacional acerca de lo popular.

Mezcla rara de Museta y de Mimí, este primer libro de Hugo Fernández Panconi intercala el cuento con el ensayo.

Así va acercándose del poblado a “lo popular”, para cerrar el círculo con un regreso rotundo al pueblo, en un cogollo cuyano.

Los ensayos precisan los relatos, en un doble sentido: porque los necesitan para, de algún modo, extraer de ellos sus premisas y porque afilan sus derivaciones reflexivas.

Finalmente, como se ha dicho, cuando en “El pueblo desde el bar de Ramos”, por boca de Don Marcos, Fernández Panconi nos ratifique tácitamente que él mismo es un personaje, confirmaremos, a la pasada, que su pensamiento ha sido “de pueblo”, primero, para ser luego un pensamiento sobre lo popular.

Y, así, volverá a la tierra nuestra propia reflexión, enraizada luego de haberse entremezclado con los relatos de un observador profundo.

Del Nacionalismo Cultural

En 1973, Juan Domingo Perón da tal relevancia a la necesidad de enarbolar un “nacionalismo cultural”, que justifica el agregado de este principio como Cuarta Bandera peronista, a ser sumada a las tres históricas de Justicia Social, Soberanía Política e Independencia Económica.

Para entonces, ya estaba sobre la mesa una de las cartas más fuertes del imperialismo: la infernal maquinaria de reproducción cultural para las masas.

En su “Modelo argentino para el Proyecto Nacional”, Perón nos dice:

“El proceso argentino de las últimas décadas evidencia un creciente desarrollo de la penetración cultural.

La consolidación de una cultura nacional se ha enfrentado con el serio obstáculo de la reiterada importación de determinaciones culturales ajenas a la historia de nuestro Pueblo.”

Durante el siglo XIX  fue la oligarquía la que –a través de su adscripción lisa y llana a los postulados librescos emanados desde los “países centrales”– vehiculizó la ideología colonial para consumo de la periferia, ideología que en principio encarnaría en las élites pero que se intentaría inculcar a las masas, con éxito dispar, mediante las instituciones educativas.

Pero el surgimiento de las industrias audiovisuales y del entertainment posibilitaría, ya no a través del libro sino por medio de la televisión, el cine y el disco, acercar la producción cultural a todos los hogares de todo el mundo,  de un modo capaz de producir “colonización cultural” masivamente sin necesidad siquiera de recurrir a la inestimable ayuda de la escuela o como etapa superior de colonización, simultánea y posterior a la educación formal.

Paulatinamente más y más hogares accederían a determinados contenidos.

Tras las masacres interimperialistas llamadas “Guerras Mundiales”, esos contenidos serían principalmente estadounidenses, expresando, primero, la esfera de influencia asignada a nuestro país en el reparto imperial de Yalta y, luego, el surgimiento de la “unipolaridad” posterior a la implosión de la Unión Soviética.

“Dos han sido los fundamentales agentes desencadenantes de tal penetración (cultural):

“En primer lugar, la desaprensiva –o interesada– utilización de los medios de comunicación masivos como eficaces factores del vasallaje cultural.”

“El segundo factor desencadenante del colonialismo cultural tiene su origen en la vocación elitista y extranjerizante de diferentes sectores de la cultura argentina.

“Pese a enarbolar distintos fundamentos ideológicos, tales sectores se han unido en la actitud expectante y reverente respecto de la “civilización” encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra Patria (…)”

La referencia que hace Perón a los “distintos fundamentos ideológicos” de los “diferentes sectores” de nuestra cultura (nótese que la llama “argentina”, y no “nacional”) que comparten un complejo de inferioridad frente a lo extranjero –que debe precisarse como europeo y/o yanqui– nos remite no sólo a la autodenigración originada por el precepto sarmientino de “civilización” europea contrapuesta a “barbarie” americana (el educador-degollador no la filiaba simplemente “argentina”), sino, también, al resultado de décadas de institucionalización de una mentalidad colonizada: ninguna producción cultural, ideológica ni académica merecería ser convalidada mientras no se fundara en los sabios preceptos (“pautas culturales”, dice Perón) irradiados por la incontrastable civilización dominante.

El problema es que los Estados Unidos y la Europa producen, naturalmente, desde perspectivas propias.

Las virtudes y miserias de su cultura popular y académica surgen de su realidad y están destinadas a reproducirla, conservarla o modificarla, pero difícilmente contengan respuestas a las necesidades de los países periféricos, sean coloniales o semicoloniales.

Peor aun, probablemente –y suele ser así– la difusión de esa producción simbólica esté destinada a consolidar la dominación, máxime teniendo en cuenta que los aparatos culturales suelen estar primordialmente en manos de clases y sectores que usufructúan la dependencia en alianza espuria con el imperialismo de turno.

Esos actores sociales beneficiarios de la dependencia y poseedores de los medios de reproducción simbólica harán lo imposible por evitar el surgimiento de ideas o realizaciones artísticas que cuestionen seriamente el statu quo de la dominación.

Sobre todo allí donde la dominación cultural sustituye a la de las armas, es decir, en las semicolonias:

“…Si en la colonia de Kenya la policía remplaza a Eliot, en la vieja semicolonia de la Argentina, Eliot debe suplantar a la policía colonial en el sistemático intento imperialista de sofocar la aparición de una conciencia nacional, punto de arranque y clave de toda cultura.

“En la medida que la «colonización pedagógica» no se ha realizado (según la feliz expresión de Spranger, otro imperialista alemán), sólo predomina en la colonia el interés económico fundado en la garantía de las armas.

Pero en las semicolonias, que gozan de un status político independiente decorado por la ficción jurídica, aquella «colonización pedagógica» se revela esencial, pues no dispone de otra fuerza para asegurar la perpetuación del dominio imperialista –y ya es sabido que las ideas, en cierto grado de su evolución, se truecan en fuerza material–.”

Más allá de algunos destellos disruptivos, fruto de la persistencia de nuestra vocación nacional y de la vitalidad intrínseca de lo popular, la nueva capacidad tecnológica de reproducción, desarrollada a partir del siglo XX, enancada a la preexistencia en nuestros países de aparatos culturales imbuidos de la ideología (funcional al estatus semicolonial) de las élites oligárquicas, fue provocando una ocupación de los espacios de “reproducción simbólica” y desplazando sistemáticamente a las producciones culturales propias.

Consecuentemente, se produciría una tendencia a cierta homogeneización cultural merced a la cual  no sólo se difuminan las características identitarias de las sociedades periféricas sino que, también, se produce la ilusión de que las respuestas (y aun las preguntas) emanadas del centro del poder mundial son irrevocablemente válidas para la periferia.

Tal impostura dificulta, necesariamente, la elaboración de las propias ideas y, sobre todo, su difusión, que pondría a la mano de cada pueblo los elementos teóricos y culturales para su liberación y el despliegue autónomo de sus fuerzas espirituales. Sintéticamente, lo explicó Arturo Jauretche:

“A la estructura material de un país dependiente corresponde una superestructura cultural destinada a impedir el conocimiento de esa dependencia, para que el pensamiento de los nativos ignore la naturaleza de su drama y no pueda arbitrar propias soluciones, imposibles mientras no conozca los elementos sobre los que debe operar, y los procedimientos que corresponden, conforme a sus propias circunstancias de tiempo y lugar.”

Todo nuestro drama radica en nuestra condición semicolonial, es decir, en el hecho de que, a pesar de poseer los atributos soberanos de una nación independiente, no somos dueños de los resortes fundamentales de nuestra economía ni, todavía peor, de los espacios de producción simbólica que generan “sentido” entre nosotros.

De la lucha contra la dependencia cultural

Si bien estos asuntos fueron ampliamente debatidos y estudiados durante el siglo XX desde la perspectiva del “pensamiento nacional”, los problemas derivados de nuestra conformación cultural persisten.

“La cuestión está planteada en los hechos mismos, en la europeización y alienación escandalosas de nuestra literatura, de nuestro pensamiento filosófico, de la crítica histórica, del cuento y del ensayo.

Trasciende a todos los dominios del pensamiento y de la creación estética y su expansión es tan general que rechaza la idea de una tendencia efímera.”

En algún momento, tras la lucha sin cuartel que el pueblo argentino brindó por el retorno del General Perón, que fuera sustentada por una notable ebullición teórica que desarrolló profusamente al pensamiento nacional, pudo suponerse que se estaba a las puertas del triunfo definitivo del pensamiento autocentrado.

Jauretche diría por entonces:

“…la conciencia nacional crece y crece, y es cada día más poderosa, con lo que se comprueba que si los males son aterradores, la salud de lo argentino los supera en la afirmación de su propia personalidad.

Sólo así se explica que subsistamos, y que subsistiendo seamos cada día más definidamente argentinos; lo seremos si, como en el judo, la fuerza del adversario se convierte en un instrumento de fuerza propia, para lo que bastará conocer la estructura y modos de la colonización pedagógica.”

Pero, no en vano, a pesar del fundado optimismo que transluce este párrafo, insiste Jauretche en recordarnos la necesidad de que observemos la fuerza del adversario para –conociéndolo y deconstruyendo su discurso, el de la colonización pedagógica– poder vencerlo.

Porque la colonización pedagógica, cultural y simbólica son el reaseguro de la dependencia económica y política. Y operan sobre la sociedad sometiéndola a los designios de las metrópolis y el poder financiero, instrumento contemporáneo de la dominación.

El establishment, las corporaciones, la oligarquía garantizan a través de ellas su predominio, constituyéndose en aliados del imperialismo y atrayendo a las “clases subalternas” –sobre todo a las capas medias, en sentido amplio– hacia la defensa de los intereses de aquella dependencia, es decir, en contra de las necesidades propias de esas clases.

Tras el vidrio opaco de la colonización, realizada en esas diversas etapas y capas de generación de sentido, los sectores sociales oprimidos no alcanzan a distinguir los hilos de la dominación ni los elementos que, enraizados en las profundidades de la identidad, posibilitarían la emancipación a través de la constitución del “frente de clases” necesario para librar la lucha irrenunciable por la autonomía nacional y la realización popular.

“La melga y la estrella”, efectivamente una serie de “apuntes sobre la dependencia simbólica”, realiza un aporte invalorable a la introspección necesaria para tomar de aquellos elementos identitarios las armas imprescindibles para quebrar esa dependencia.

“Porque nos legaron una maravilla que, cual hechizo, no termina de cristalizar en todos los lugares que debiera pero que, como herederos, debemos trasmitir.

“Y les debemos a nuestros hijos ese “imprescindible”: sentirse parte de una identidad cultural propia del paisaje y de la mano que lo trabaja.”

Sin realizar esta tarea, no habrá independencia económica ni soberanía política.

Mucho menos justicia social.

Nuestra historia lo atestigua así.

“Anda mi pueblo prendido del sol

Como racimo de un vino mejor

Pleno de tiempo para madurar

Porque la historia sabrá melescar…”

De la bisagra histórica en nuestra lucha política y cultural

El triunfo popular de 1973 había sido posible en gran medida porque tras la deriva reaccionaria del período que va desde el derrocamiento de Perón, en 1955, hasta el final de la “Revolución Argentina”, las clases medias que habían dado la espalda al primer gobierno peronista (incluidos sectores que accedieron a tal condición social gracias al Peronismo) rompieron lanzas contra el liberalismo vernáculo, que ya nada tenía para ofrecerles, como no fuera decadencia y represión.

Se produjo entonces lo que se conoce como “nacionalización de los sectores medios”, que no es otra cosa que su acercamiento al peronismo, aunque tamizado en muchos casos por la irrupción del fenómeno cubano, de corte socialista.

Esa nueva conformación de un frente policlasista posibilitó el retorno de Perón y su triunfo electoral, el más holgado de nuestra historia democrática.

Pero la prolongada proscripción del Peronismo había instalado la violencia entre nosotros, y el brutal enfrentamiento faccioso entre sectores que disputaban el sentido del Peronismo, sumado a la estrategia antiperonista de organizaciones de izquierda y de corporaciones económicas, truncó la experiencia movimientista y abrió el camino al golpe de Estado de 1976.

La dictadura cívico-militar llamada “Proceso de Reorganización Nacional”, inspirada en la Doctrina de la Seguridad Nacional e impulsada por la CIA, hizo el resto.

La represión ilegal diezmó a una generación y quebró la cadena del conocimiento, desenganchando a las generaciones futuras de aquel rico desarrollo teórico desplegado en las décadas anteriores.

En alguna conversación con Fernández Panconi lo he oído señalar que esa “cadena de conocimiento” es también una persistencia en el autodescubrimiento, destinada a rescatar las raíces de la cultura nacional.

Jauretche afirma que esa cultura nuestra está “privada de los modos de expresión”, pero Hugo Fernández Panconi señala que en realidad faltan los “modos de difusión”, pues la expresión persiste en existir y puede rescatarse para todos, aunque temporalmente quede confinada “patio adentro”, dice en referencia a ese espacio donde aún se expresa nuestra identidad.

De nuestra deriva en la democracia formal

Al recuperarse la democracia, en 1983, el proyecto alfonsinista, representativo de la tradición política y cultural de los sectores medios, resultó electo para conducir el Estado.

El aparato cultural se pondría a disposición de una condena a cualquier idea nacional, homologándola al supuesto “nacionalismo” de los dictadores.

Una cultura supuestamente cosmopolita, pero en realidad tributaria de la socialdemocracia europea, para colmo ya en franca decadencia, preparaba el terreno de una entrega sistemática que sólo se esbozaría tibiamente, por el momento.

Por su parte, los sectores populares quedarían sin representación.

Algo similar había ocurrido tras la derrota del federalismo, allá cuando llegaba a su fin la patria vieja, hecha a caballo y defendida tacuara en mano.

“La plebe, que por la composición de clases de la sociedad tradicional no tenía acceso a la «culturización» y sólo podía expresarse con sus intuiciones y su empiria a través de los caudillos, no tiene ya presencia desde que estos últimos a su vez son exterminados con la liquidación de sus puntos de apoyo.

“No es que la realidad y sus expresiones culturales, a las que la «intelligentzia» niega como tales, hayan dejado de existir, pero quedan privadas de modos de expresión y es como si no existieran.”

Aún no lo sabían, pero los peronistas de finales del siglo XX pronto experimentarían la misma sensación de orfandad –atisbada con la muerte de Perón– que seguramente sufriera aquella “plebe” que mentaba Jauretche.

Tras la experiencia progresivamente decolorada del alfonsinismo, su fracaso rotundo y el empujoncito final de los grandes grupos económicos nunca confrontados por el gobierno que terminaba, el Peronismo llegaría al poder para realizar la traición programática más fenomenal de nuestra historia.

Otra vez, la alianza entre sectores populares y medios quedaría para otro momento…

El gobierno de Carlos Menem trabajaría para el imperialismo y para la oligarquía.

Pero tras el desencanto temprano, aunque paulatino y confuso, de los sectores populares, consolidaría un efímero sustento en los sectores medios y medios-altos encandilados por el “uno a uno” y una supuesta entrada al Primer Mundo.

El fenómeno se sustenta no sólo en la interrupción de la cadena del conocimiento, en la ruptura de la tradición política masacrada por los esbirros de la patria financiera, sino también en la situación sobreviniente tras la caída del Muro de Berlín y el triunfo de los EE.UU., el mundo capitalista, sobre la U.R.S.S., el “socialismo real”.

Se lo llamó “Doctrina del Realismo Periférico” y postulaba que nuestro lugar en el mundo era subsidiario del imperialismo triunfante.

La historia había terminado y nuestro futuro estaba escrito con la letra de un presente de sumisión.

La aceptación de tal perspectiva humillante requería una base autodenigratoria en nuestra conformación cultural.

Esa base estaba forjada desde la antinomia sarmientina de “civilización y barbarie”.

Su signo era liberal.

Su herramienta había sido la colonización pedagógica, expandida gracias a, paradójicamente, la democratización del acceso a los bienes culturales producida durante un siglo y profundizada por los gobiernos populares de Yrigoyen, primero, y Perón, sobre todo.

“La ideología liberal que ya no es patrimonio de un grupo social exclusivo se expande hacia los elementos intelectualizados de las nuevas clases ampliando masivamente su base de sustentación.

La «colonización pedagógica» que desde la escuela derrama sus presupuestos intelectuales y su desconexión con el país cumple con su tarea. (…)

Así, la cultura, al cambiar de asentamiento social, es un instrumento de consolidación del sistema.

El intelectual, por el hecho de serlo, se siente distinto del pueblo del que proviene, conforme a la idea de civilización y barbarie con que lo ha adoctrinado la colonización pedagógica que continúa operando aun más eficazmente sobre él, según se eleva en el plano cultural. (…)

Como sus predecesores, parte del supuesto de la inferioridad de lo nacional, cuya superación sólo se logrará por la transferencia de los valores de cultura importados. (…)

Desprecia toda empiria y constatación del hecho local como posible fuente de conocimientos porque como a sus predecesores, que lo enseñaron, lo que le interesa no es la realidad sino la transferencia, es decir, el esmalte cultural superpuesto a toda posibilidad original.”

Los medios de comunicación, determinantes cultural y políticamente (y ya formateados para el embrutecimiento colectivo), harían el resto.

A una dirigencia envilecida y arrodillada se correspondería un espíritu de época informado por el pasatismo y la cultura chatarra.

Cuando finalice el período menemista, Fernando De la Rúa hará su campaña electoral basándola en una gran falacia.

La inviabilidad del modelo neoliberal impuesto ya era visible, pero el mecanismo que lo sustentaba permanecía oculto para el gran público.

Entonces, la Alianza se presentaría como dispuesta a romper con la calamidad supuestamente principal del gobierno saliente: la corrupción.

Pero nada diría del sistema económico impuesto por el Consenso de Washington.

Mucho menos del modelo político de sumisión al centro del poder mundial.

Así, una de las principales promesas de campaña sería: “conmigo, un peso igual a un dólar”.

La avidez de la sociedad por un cambio de rumbo buscaría canalizarse por allí, entonces.

Todo se reducía a cambiar el gobierno del corrupto y “bárbaro” Menem por el del honesto y “civilizado” De la Rúa.

La trampa del establishment estaba tendida. Nada parecían tener que ver con el drama argentino el imperialismo ni la oligarquía originalmente vacuna y ahora reconvertida en financiera.

El pensamiento jauretcheano se mostraba nuevamente, si no profético, acertado y vigente:

“Se verá cómo los valores culturales –que se desestiman en las interpretaciones puramente materialistas– son factores decisivos en la historia y al mismo tiempo podremos apreciar en vivo, y a través de una larga parábola de tiempo, los efectos logrados por la «colonización pedagógica» en la conformación de la mentalidad colonial.”

El asalto final a la Argentina estaba al llegar.

Con el “Megacanje” y el “Blindaje” sellábamos nuestra dependencia mediante la constitución de la deuda externa más fabulosa de nuestra historia, luego de veinticinco años de un sobreendeudamiento sistemático.

Mientras tanto, el gobierno de la Alianza descargaba sobre los sectores populares toda su furia: reducción de salarios y jubilaciones, flexibilización laboral y represión.

De la Rúa había llegado matando, al reprimir una protesta en Corrientes durante su primera semana de gobierno, y estaba a punto de irse también matando.

El “Corralito” terminaría definitivamente con la base electoral de sustentación de la Alianza. Los sectores medios, con sus ahorros confiscados, unían su lucha a la de los desposeídos, al menos momentáneamente: “Piquete y cacerola, la lucha es una sola”.

Tras sólo dos días de lucha callejera, De la Rúa tuvo que renunciar.

Ya comenzaba a cocinarse el caldo de la salida del modelo neoliberal.

Distintos sectores sociales requerían un giro en la política económica.

Las clases populares y las clases medias, inclusive amplios sectores burgueses ligados al mercado interno, coincidían en su interés emancipatorio.

Sobre un edificio de la 9 de Julio, un enorme cartel de propaganda reproducía, gigantografiado, el facsímil del famoso bando de San Martín que declama: “Seamos libres. Lo demás no importa nada.”

Como el “Don Agüero” de Fernández Panconi, cuando el pueblo describe el árbol añoso de las luchas patrias, no sólo lo evoca: lo está invocando.

Tras un período de breves presidencias provisionales que se suceden en 10 días, el Congreso designa Presidente (también provisorio) a Eduardo Duhalde.

El gigantesco plan Jefes y Jefas de Familia instituido durante su gobierno y aceptado por todos los sectores expresa la voluntad general de atender a las necesidades de los excluidos. Se ratifica la necesidad de un frente de clases, en tanto se ha hecho evidente que no hay destino para el conjunto si no lo hay para sus partes.

Sectores medios y populares, sindicatos y empresarios parecen converger para enfrentar a la patria financiera.

Es la máxima de “Don Distéfano”.

“Te lo dicen en todos lados y a cada rato: busca ser generoso, el resto se te dará por añadidura.”

Duhalde finaliza abruptamente su mandato tras el asesinato de Kosteki y Santillán, de cuya responsabilidad se lo acusa, y convoca a elecciones.

Al realizarse, queda claro que el pueblo argentino no ha encontrado aún quien lo represente.

Cinco candidatos se reparten el voto popular. Lo demás es historia conocida, por reciente: Menem y Néstor Kirchner pasan a segunda vuelta, Menem huye como rata por tirante y Kirchner resulta Presidente.

De la reconstrucción del frente nacional

A poco de andar su Gobierno, se manifiesta la capacidad de Kirchner para incluir en su estrategia frentista a distintos actores sociales. Sus políticas tienden a contener tanto a sectores populares como medios, tanto a los sindicatos como al empresariado. Su coraje para encarar la deuda en cesantía de pagos y su audacia para echar por tierra al proyecto anexionista del ALCA evidencian el carácter nacional de su gobierno. El carácter popular se muestra en la institucionalización del Consejo del Salario Mínimo y en el retorno a las paritarias y los convenios colectivos de trabajo; también en la política jubilatoria y en la descomunal creación de nuevos derechos, desde la AUH hasta el matrimonio igualitario. El enfrentamiento con la Corte Suprema y la apertura de los juicios por lesa humanidad indican el fin de la impunidad. La Argentina neoliberal termina de crujir y cae al fondo de la grieta que ella misma abrió.

“Su justa gloria debe merecer

Quien desde abajo se apresta a crecer”.

Una Argentina posible pero hasta entonces prohibida se abre camino: la de la Justicia Social, la Soberanía Política y la Independencia Económica; basada en un proyecto de unidad latinoamericana que comienza a construirse y en un nacionalismo cultural esbozado por su conductor.

“Si uno no sabe buscar, basta con que quiera encontrar”, nos diría también “Don Distéfano”.

Las mayorías recobran su representación y retornan a la participación política, cuyas puertas abre de par en par el nuevo proyecto nacional y popular.

“Que cuando el fruto sabe en su raíz

Crece en el pueblo la savia de aquí”.

Para fines del 2007, ya con Cristina Fernández como Presidenta, el proyecto antinacional muestra su capacidad de reorganizarse. Mientras Cristina lanza su campaña presidencial en el Teatro Argentino de La Plata, el grupo Clarín, a través de sus canales televisivos, sus radios y su diario, completamente hegemónicos, machaca persistentemente con el affaire Antonini Wilson. Claramente, los servicios de inteligencia estadounidenses otorgan a la reacción cipaya un caballito de batalla para enfrentar al exitoso gobierno de un peronismo que, con Néstor y Cristina, ha reencontrado su cauce histórico, en alianza con diversos sectores provenientes de ideologías y experiencias políticas distintas, pero que han logrado coincidir en un programa de liberación nacional y social.

El combate se vuelve encarnizado y el enfrentamiento por la Resolución 125, que sube las retenciones a la exportación de granos, divide las aguas nítidamente y pone en jaque al proyecto nacional y popular, gracias a un aparato mediático oligopólico puesto al servicio del establishment financiero, controlante de la actividad agropecuaria.

Comienza entonces una nueva etapa política signada por un profundo enfrentamiento de carácter cultural. Como no podía ser de otra manera, se expresa inicialmente en torno de la cuestión agraria. Los dos proyectos históricos chocan y se sacan chispas. Uno, el del país agroexportador enganchado de modo dependiente al mercado mundial; otro, el del desarrollo con inclusión social, que requiere para la industrialización y la creación de empleo los recursos generados por los sectores privilegiados, entre los que se encuentran los beneficiarios de la “renta diferencial de la tierra”.

La batalla cultural se pone en el centro de la escena y se dirime, Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual mediante, allí donde se disputa hoy el sentido de todas las cosas: en la arena mediática.

Desde 2008 hasta ahora esa batalla cultural ha pasado por distintas alternativas, que se expresaron en los diversos resultados electorales de 2009, 2011 y 2013. Si atendemos a los de las elecciones presidenciales, podemos decir que, en sustancia, la batalla cultural viene siendo positiva para el campo nacional.

“La cáscara de la superestructura cultural está rota y la almendra encuentra la tierra propicia donde enraíza; ya hay más que el germen: está la planta y la planta viene de abajo para arriba, como tiene que venir, y será arbol.”

Pero si atendemos a las intermedias, veremos que la cosa no es tan sencilla. Aun con la batalla cultural lanzada en todos los frentes, puede verse cómo la presión del aparato cultural antinacional encuentra campo fértil para imponer sus criterios, aunque más no sea transitoriamente, a pesar de todo el sufrimiento que la conducción liberal les infringió a los argentinos.

Puede ser útil referir aquí el argumento típicamente “gorila” de la Pitonisa del Chaco, cuando, tras el triunfo de Cristina en 2007, manifestó que la legitimidad de la Presidenta electa era “fragmentada”, porque no había sido votada en los grandes centros urbanos, sino que la habían elegido los pobres, a quienes ella (la Pitonisa) se proponía liberar del Peronismo, para lo cual convocaba a la clase media.

Se establecía allí un discurso clasista orientado al imaginario constituido en ciertos sectores medios tributarios de la colonización pedagógica que, como ya se ha dicho, parte de la concepción de “civilización y barbarie”, eso que podríamos llamar “la grieta sarmientina”…

“Con todo, en las clases intermedias aún es necesario el esclarecimiento. La oligarquía y los trabajadores son en general congruentes con sus intereses cuando piensan. Saben dónde les aprieta el zapato y su posición nacional o antinacional no se vincula a la ideología que es sólo una apariencia. Pero la clase intermedia colocada en el perfil de las otras y conteniendo una amplia gama de matices económicos, es la más propicia a desorientarse en el pensamiento desde que está ubicada en la tierra de nadie, bajo el fuego cruzado de las ideas vinculadas a hechos que parten de los otros sectores y es además, como grupo de ascenso, el más urgido por la culturización. A ellas está dirigido todo el aparato de la colonización pedagógica, tanto por la importancia que revisten en el contexto social como por la indefensión en que se encuentran y de la que las hace víctima su misma avidez de conocimientos que las urge a asimilar las recetas y específicos que difunde el instrumental colonizador, mejor que analizar sensatamente los propios síntomas y buscar la medicación dictada por el buen sentido.”

De buitres, autodenigración y derecho a la pertenencia

Si quedase alguna duda de hasta qué punto hay una batalla cultural necesaria entre la perspectiva nacional y la antinacional, bastaría observar lo que está sucediendo ahora mismo en nuestro país.

La Argentina está encabezando una de las peleas más significativas de la actualidad mundial. El “anarco-capitalismo financiero”, esa expresión paradigmática del sistema impuesto por el imperialismo al mundo, pretende, a través de los “fondos buitre”, someter a nuestro país a un megaendeudamiento que destruya para siempre no sólo lo reconstruido y construido hasta aquí por los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández sino, sobre todo, la posibilidad de que nuestro pueblo se atreva, siquiera, a emprender un camino propio.

Ante esta situación, los voceros internos del colonialismo económico (que hoy parece inmerso en una disputa entre su expresión estatal y la financiera supranacional), naturalmente, dedican su participación en todos los ámbitos –mediáticos, políticos o académicos– a establecer no sólo la razón del lado de los piratas internacionales de la usura sino, también, la inferioridad técnica de nuestra conducción política y económica frente a la sapiencia inconmensurable de los especuladores del Primer Mundo, o del propio Primer Mundo, a secas.

Parece que nosotros somos poco serios, a diferencia de ellos. Incluso se nos acusa de querer “malvinizar” la cuestión, con lo cual se realiza de un plumazo la doble operación de negar la existencia de una cuestión nacional en el enfrentamiento con los fondos buitre y el Poder Judicial estadounidense (colonizado por el Tea Party y las finanzas) y de insultar al pueblo argentino acusándolo por la supuesta estupidez de celebrar la recuperación de las islas Malvinas, como si los argentinos hubiésemos ignorado en 1982 la naturaleza del gobierno de Galtieri. (No han faltado, dicho sea de paso, quienes desde el antiguo diario probritánico “La Nación” nieguen, incluso, los derechos soberanos argentinos sobre el Atlántico Sur en diferendo con Gran Bretaña.)

Por añadidura, lo que se censura es el sentimiento nacional de nuestro pueblo y su natural gallardía.

El mensaje no es otro que un llamamiento a agachar la cabeza frente a los grandes poderes internacionales, sean estatales o transnacionales. Lo que se pretende negarnos es el derecho a la autonomía nacional.

“Los seudointelectuales de nuestro país, educados en esta escuela de imitación, expresan invariablemente su aversión a una teoría de lo nacional que los explica y los niega. (…) (Rechazan) el derecho de reivindicar o desarrollar nuestra propia tradición nacional, sin cuya afirmación no puede probarse el derecho de un país a pertenecerse.”

De la “dependencia simbólica”

Claramente, la cuestión cultural, la cuestión de la existencia o no de una cultura de carácter nacional, se relaciona directamente con nuestra posibilidad de existencia autónoma.

Si queremos ser, tenemos que ser nosotros mismos.

“El fundamento primero de toda cultura, en el sentido moderno de la palabra y no por cierto en el dominio tecnológico, es una afirmación de la personalidad nacional, que tiende a propagarse en su primera fase en el ámbito de una ideología propia y que puede o no contener implicaciones estéticas inmediatas.

“Para los países tributarios los problemas de la cultura revisten una importancia especial que, a nuestro juicio, aún no ha sido analizada de manera satisfactoria.”

La lucha por una cultura nacional en el plano ideológico-político tiene, como venimos viendo, una trascendencia superlativa, toda vez que representa nuestra voluntad razonada de ser.

Pero a ella debe corresponderse un pensamiento específico sobre la cuestión estrictamente “cultural”, es decir, en el plano de las artes.

Más aun en un mundo como el actual, en el cual las industrias culturales, como hemos dicho al principio, poseen una centralidad, una preeminencia casi absoluta en la construcción identitaria de las sociedades.

Y más todavía porque la contradicción principal, “imperialismo o nación”, tiene un correlato en la producción simbólica, toda vez que existe un centro irradiador unidireccional de bienes culturales que, lógicamente, se corresponde con el centro del poder mundial y tiende a invisibilizar las culturas periféricas hasta en sus propios territorios.

En nuestro país no es distinto.

Todo lo cual implica la necesidad de una lucha persistente y encarnizada, al menos si pretendemos afirmarnos talón en tierra y desplegar toda nuestra potencialidad como nación.

“…la crítica a una «cultura» establecida sobre dichas bases consiste en el primer paso para restituir los valores sumergidos (…).

Es una beligerancia imprescindible para obtener la síntesis como resultado frente a la pretensión de seguirnos imponiendo una cultura marginada de toda elaboración propia.

“Así, en la Argentina, el establecimiento de una verdadera cultura lleva necesariamente a combatir la «cultura» ordenada por la dependencia colonial.”

A la dependencia político-económica corresponde, pues, una dependencia cultural que debe ser demolida, como condición necesaria para el triunfo sobre la primera.

“Sólo por la victoria en esta contienda evitaremos que bajo la apariencia de los valores universales se sigan introduciendo como tales los valores relativos correspondientes sólo a un momento histórico o lugar geográfico, cuya apariencia de universalidad surge exclusivamente del poder de expansión universal que les dan los centros donde nacen, con la irradiación que surge de su carácter metropolitano.”

Ese “poder de expansión universal” oprime a las propias expresiones, nunca ocultadas del todo, gracias a su profundo arraigo, pero sometidas a una presión hegemonizante que busca consolidar y perpetuar la dependencia.

Sobre esto, entre otras cosas, habla en este libro Hugo Fernández Panconi.

Con audacia y hasta alevosía, desnuda lo que él llama nuestra “dependencia simbólica”, concepto que despliega en su medular ensayo (publicado aquí) “Expresión popular y dependencia simbólica”:

“Llamamos «dependencia simbólica» a la respuesta subjetiva y concreta que consigue en nuestro pueblo (y en tantos otros) la estructura industrial imperialista con su fabulosa producción de bienes simbólicos que, gracias a la penetración cultural (dominio del mercado por la colonización pedagógica y cultural efectuadas), invisibiliza la propia producción de símbolos, en algunos casos hasta darla por inexistente.

También al acomplejamiento social que el comportamiento devenido de dicha dominación ha naturalizado entre millones de compatriotas.”

Es decir, que a la condición política y económica semicolonial se corresponde una dependencia superestructural o ideológica, y a ésta un sometimiento cultural y simbólico que “naturaliza” en extensos sectores sociales un sentimiento autodenigratorio.

Por su parte, ese “acomplejamiento social” y el desprecio subsecuente, aunque hoy encuentran una fuente en la homogeneización simbólica o cultural que provoca la parafernalia comunicacional de los llamados “mass-media”, provienen de aquella concepción anticriolla de nuestros liberales del siglo XIX, que procuraron desvincularse de todo lo indígena y lo español para realizar un país “europeo”.

En definitiva, la idea había sido borrar el componente criollo (al que, por supuesto, ellos mismos pertenecían).

Cuando la inmigración llegó a nuestras tierras, la escolarización reforzaría una visión racista anti-criolla, a pesar de que iría integrándose y fusionándose con el elemento nativo.

El profundo cambio social producido por la inmigración masiva (acompañado por la llegada de las ideas anarquistas, socialistas y comunistas) provocaría tal pánico en la oligarquía que se intentaría un retorno a la “patria vieja”, criolla, pero desde una visión jerárquica que garantizara el orden social.

“Hay un cierto nacionalismo que siendo históricamente anti-unitario incurre en la misma actitud que los unitarios en cuanto al método: a aquéllos no les venía bien el país de entonces, por criollo, y a éste no le viene bien el actual por gringo, y si aquéllos se fugaban de país al hipotético de mañana, no menos fuga es negar el país de hoy por el de ayer.”

Para fugar hacia ese pasado idealizado de criollos de a caballo, se podía, por ejemplo, reivindicar el “Martín Fierro”.

Pero era necesario ocultar la lucha política de su autor, José Hernández, cabal representante del federalismo provinciano.

Una respuesta similar buscaría la oligarquía, en alianza con la partidocracia y las clases medias más liberales (progresistas o conservadoras) tras el surgimiento del Peronismo, intentando un retorno imposible a la Argentina del Centenario, apéndice semicolonial del Imperio Británico.

Como la historia es eso: historia, luego de dieciocho años Perón retornaría a la patria en medio de una convulsión generalizada…

Ninguna reflexión sobre las cuestiones sociales puede prescindir del elemento histórico, que permite analizar las tendencias que presionan sobre el punto del presente, pero eso no habilita a la búsqueda de restauraciones anacrónicas.

“Saber cómo fueron las cosas no implica olvidar que lo pasado pasó. Demanda simplemente plantear el problema para que la desnaturalización no se repita sobre las bases reales de la Argentina de hoy, que son otras que las de ayer.”

Uno de los méritos de estos “Apuntes sobre la dependencia simbólica” que nos trae Hugo Fernández Panconi es, precisamente, que se plantea la cuestión cultural no sólo desde aquellos conceptos acerca de lo nacional y popular que venimos analizando sino, también, desde una mirada focalizada en un fenómeno propio de nuestros tiempos, el de la dependencia simbólica por acción de la homogeneización operada por las industrias culturales irradiadas desde el centro del poder mundial.

Fernández Panconi se focaliza en la música porque él mismo es, ante todo, además de poeta, pensador y militante, músico.

Si en épocas anteriores las “bases reales” de nuestra dependencia estaban fundadas en la cultura elitista y si, luego, sus cimientos se extendieron a la academia y la escuela, en nuestros días se fundan, además, en las industrias culturales homogeneizantes, que son hegemónicas.

En definitiva, la suma de todos esos componentes (una oligarquía cipaya, una fuerte inmigración “argentinizada” desde la concepción anticriolla (antinacional) de la escuela, una academia eurocéntrica, una cultura de imitación y un sistema de reproducción simbólica homegeneizante irradiado desde los centros del poder mundial) imponen sobre nuestra cultura una presión que tiende a desplazarla de los espacios de reproducción.

Sobre este problema trabaja Hugo Fernández Panconi en “La melga y la estrella”, continuando una tarea que el Pensamiento Nacional viene realizando y desarrollando hace décadas, siguiendo la huella de una tradición política que hunde sus raíces en nuestros inicios como nación, allá cuando nos pensábamos como Patria Grande, allá cuando las espadas de Bolívar y San Martín medían la distancia que los separaba del abrazo libertador.

O seguramente aun más atrás, cuando se sacaron chispas la América originaria inconstituida como continente y esos peninsulares ávidos de conquistas.

De “La melga y la estrella”

Va sembrando, el Flaco Hugo, en una melga bien trazada.

La estrella elegida de guía sabe cuál tiene que ser.

“…los caminos están aquí mismo, señalados por los pastos y las picadas y por las estrellas de este cielo que no es el de la Estrella Polar sino el de la Cruz del Sur.

Y esta no es una simple figura, sino la base de todo análisis y razonamiento que se quiera hacer al servicio del país.”

Puede parecer por momentos que Fernández Panconi nos acorrale exponiéndonos en toda nuestra propia preñez de penetrados culturales.

Así, crudamente.

Porque la homogeneización cultural es un derivado de la dependencia –más perfecto, quizás– en el cual estamos inmersos todos.

«Les he dicho todo esto

pero pienso que pa´ nada,

porque a la gente azonzada

no la curan con consejos:

cuando muere el zonzo viejo

queda la zonza preñada.»

En Nuestra América y en Argentina, particularmente, el proceso cultural primordial es el del mestizaje, lo cual, además brinda a nuestros países una posibilidad única de aprovechar los aportes de otras culturas, que también van volviéndose propias en tanto integran nuestra “diversidad cultural” impidiendo que se convierta en un mosaico de expresiones que se niegan mutuamente.

“Mientras insistamos en desmantelar el complejo de referenciarnos en las lógicas culturales de EEUU y Europa y no nos trampeemos identificándonos con una versión formal de la patria, se puede hablar de una Nación que se (re)construye con las particularidades de todos: los que llegaron de los barcos y los naturales de la tierra, que, en la mezcla, no se pierden ni se niegan sino que devienen en rasgos identitarios de potencialidad libertaria, autónoma y soberana.”

La dinámica social de todas las naciones en todos los tiempos está transida por vectores exógenos, y eso es natural y deseable.

Pero el problema es que eso suele acompañarse de una actitud reverencial y hasta cipaya (y una contrapartida autodenigratoria) respecto de los productos culturales ajenos.

“…ya es nuestro lo que fue ajeno, en la medida que ya está incorporado a nuestra naturaleza. (Sarmiento es tan nuestro como Hernández, como factor determinante hoy, pero lo que no es nuestro es el sarmientismo…”

Y hay preñeces que aún se ocultan, como ésta de la conformación cultural dependiente. Incluso las hay que se niegan a parir. Ese es uno de nuestros problemas contemporáneos. Sólo nos sobrepondremos a él si nos decidimos a consolidar una identidad que nos permita desplegarnos hacia el mundo.

“…cultura y arte, por un lado, y ciencia y tecnología, hoy, por el otro, parecieran cosas antagónicas, pero no… ¿Saben qué son? La identidad de un pueblo…”

Sin nacionalismo cultural no hay justicia social, que es una búsqueda fundada en el amor al prójimo y ¿cómo amarlo si nos enseñan que lo nuestro y los nuestros no valen? ¿Y qué es “lo nuestro”? ¿Quiénes son “los nuestros”?

Lejos de plantearnos un nacionalismo de campanario, el nacionalismo cultural de Hugo Fernández Panconi es parte de ese “esfuerzo hereditario” de soñar la Patria Grande, sin despreciarla por criolla ni por gringa, buscando desentrañarla para ayudarla a ser.

“Ernesto Palacio escribía en Criterio, en 1928, que el problema de escribir o no para el pueblo, que dividía a los plumíferos, se resuelve escribiendo desde el pueblo.”

Desde allí escribe Fernández Panconi, sin dudas, bien plantado en el surco de una realidad que conoce y analiza en profundidad y de primera mano.

El método de entremezclar unos relatos que podrían ser aguafuertes y unos ensayos polémicos y teorizantes resulta efectivo y coherente.

“…es un paso previo para la realización de una cultura argentina la adopción de un método mental que es el inverso del utilizado por la «intelligentzia».

Se trata de partir de los hechos como son y no como se quiere que sean y de ahí inducir nuestras propias leyes.”

La llave de la liberación está en lo popular.

La clave que abre el candado con el que los dueños de todas las cosas han cerrado la puerta de nuestro destino es pensar en nacional.

Llave y clave pueden buscarse en las líneas de “La melga y la estrella – Apuntes sobre la dependencia simbólica”.

Del privilegio del prologuista y la expectativa de los editores

Conocí a Hugo Fernández Panconi en el “Bar Británico”, en San Telmo. Me lo presentó Sergio Lobo.

Ese bar se había llamado brevemente “Bar Tánico” cuando se recuperaron las Malvinas, en 1982.

Los dueños le habían borrado la primera sílaba en repudio a los usurpadores.

Pero para cuando nos juntamos con Panconi ya se había desplegado entre nosotros la “desmalvinización” y otras calamidades que pusieron en cuestión nuestro derecho a reivindicar lo nacional.

Panconi acariciaba la idea de realizar un “festival de la canción social”.

Comprometimos la participación del Peronismo Militante (donde aún no militaba Hugo) en la tarea.

De a poco, la idea cobró fuerza material y, en marzo de 2009 se hizo realidad.

Durante cuatro días la Agrupación “Talastilla – Trabajo cultural” le puso música a las noches de lo que alguna vez fue la ESMA y ahora se llama Espacio Cultural Nuestros Hijos (ECuNHi).

La simbiosis entre el talento de Lobo de y Panconi había dado uno de sus tantos frutos.

Decenas de artistas y miles de personas exorcisaron durante cuatro noches los jardines de aquel emblemático centro clandestino de detención.

A partir de entonces, compartí con “el Panco” bares y unidades básicas, cafés y vinos, asados y fiestas, guitarreadas y escenarios, discusiones, risas y reuniones… su casa y mi casa, como sucede entre los compañeros y los amigos.

Descubrí en él a uno de esos “personajes” que uno no debe perderse de conocer.

Mendocino, argentino, americano. Universal no, salvo porque es pintor de nuestra aldea, condición que, se sabe, es la única garantía de “universalidad”.

Un creador tan ingenioso como sólido y talentoso.

Un buen amigo, un buen compañero.

Un docente con dotes de maestro, que vive como predica. Un discutidor empedernido, pero de esos que saben escuchar.

Aprendí muchas cosas entre tantas charlas y muchas otras leyéndolo.

Doy por hecho que el lector de “La melga y la estrella – Apuntes sobre la dependencia simbólica” también sacará provecho de las ideas de Hugo Fernández Panconi, que aquí comienzan un camino de difusión que seguramente será tan prolífico como su obra musical, exponente de un talento tan envidiable como su sensibilidad penetrante.

La tarea estará cumplida si se hace carne la sentencia panconiana:

“No se puede combatir al imperialismo consumiendo sus símbolos”.

 

Juan Cruz Cabral, septiembre de 2014