La inteligencia artificial es la nave insignia de la redefinición digital en la vida orgánica.

LAS BIGTECH, EL ALGORITMO Y LA CULTURA HUMANISTA

Por Alfredo Moreno

Las corporaciones digitales y el poder info-comunicacional concentrado cuentan con todos los recursos TIC y el Big Data a escala global y cuando logren hackear el sistema operativo humano no solo podrán predecir nuestras decisiones sino también manipular nuestros sentimientos.

Por Alfredo Moreno

Revista Múgica

30/01/2021

Nunca antes se tuvo condiciones para penetrar en los seres humanos porque se carecía de conocimientos sobre las cadenas de datos de los procesos en biología y química y no se disponía del tremendo arsenal de tecnologías en informática y comunicaciones TIC.

Ahora, en cambio, es posible.

Las corporaciones digitales y el poder info-comunicacional concentrado cuentan con todos estos recursos TIC y el Big Data a escala global; cuando logren hackear el sistema operativo humano no solo podrán predecir nuestras decisiones sino también manipular nuestros sentimientos.

La inteligencia artificial es la nave insignia de la redefinición digital en la vida orgánica.

Cuando Hitler pronunciaba un discurso en la radio, apuntaba al mínimo común denominador porque no podía construir un mensaje a medida de cada oyente, no podía personalizarlo.

Ahora sí es posible hacerlo, no solamente se personaliza el mensaje, sino que se conocen los sentimientos y los gustos de los destinatarios.

Un algoritmo puede predecir si alguien ya está predispuesto contra los inmigrantes, contra la estética popular o si está en contra de la IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo).

Algunas de las mentes más brillantes del mundo llevan años investigando cómo piratear el cerebro humano de modo de que la persona  se motive para cliquear en determinados anuncios, opiniones, o ‘me gusta’ en las aplicaciones de redes sociales o en webs, y de esta forma les es posible ir desarrollando la trazabilidad de nuestras preferencias en el territorio digital.

El mejor método es activar los botones bioquímicos del miedo, el odio o la codicia que llevamos en nuestra interfaz los humanos.

Y ese método ha empezado a utilizarse ahora para comunicarnos/vendernos hechos políticos e ideologías y candidatos electorales.

Para despertar nuestro odio social y creernos que estamos en la libre decisión o el libre albedrío.

Datos, algoritmos y política

El valor político del flujo de datos permanente en el territorio digital, fue visible en el 2013 cuando la Agencia de Seguridad Nacional de USA reconoció la utilización de Facebook para el seguimiento de ciudadanos que aportaban sus datos “inocentemente”, información que durante años había sido un objetivo de los trabajos de inteligencia.

Al igual que en 2016 nuevamente el “libro de fotos” de Mark Zuckerberg y el caso Brexit.

Muchas generaciones han nacido en esta etapa tecno-científica: los nativos digitales, desde los millennials, los centennials hasta la generación T, llamados así por el uso de los dispositivos con pantalla táctil.

Los que somos migrantes de lo analógico hemos adaptado nuestras costumbres al imperio del consumo digital, convencidos de que se trata de un punto sin retorno en el curso de la historia.

Este trayecto nos pone ante la encrucijada sobre la realidad humana frente a la realidad ­digital, una integración que reclama un arbitraje crítico sobre el uso de los datos que hacen “los gigantes de internet” y sus plataformas de software, han sabido hacer negocio con lo intangible, con nuestros datos donde se configura el territorio digital de nuestras vidas.

En los sistemas de información se “piratean” datos a través de líneas de código (software) defectuosas preexistentes.

El sistema de información de los seres humanos, contiene miedos, odios, prejuicios y deseos preexistentes.

Los bio-piratas no pueden crear miedo ni odio sin esta condición preexistente.

Pero, cuando los descubren, activan acciones que se expresan en las redes sociales o en la calle.

El arbitraje crítico y la mediación Estado-Pueblo, exige una voluntad política para considerar los datos como una de las riquezas de mayor potencialidad en el presente y futuro de la humanidad y por supuesto también un conocimiento público del papel que ejercen los algoritmos y las computadoras que procesan los métodos de la inteligencia artificial.

Conocidos como “Los gigantes de internet” las Big Tech estadounidenses Google (Alphabet), Apple, Amazon, Facebook, Microsoft y los chinos Baidu, Alibaba, Tencent y Xiaomi, se integran en “negocios estratégicos” basados en datos y algoritmos, con las corporaciones Bioquímicas, Bioinformáticas y/o Bioingeniería.

El modelo Silicon Valley ha instalado desde 1970 la idea de que la tecnología tiene que ser inmediatamente escalable.

Es una forma de “innovar” orientada a gana

r dinero muy pronto y muy rápido que ha convertido la red internet en una plataforma de negocios consolidada en los gigantes y a la investigación científica y tecnológica en tecno-ciencia de mercado.

Los nuevos descubrimientos científicos y desarrollos tecnológicos en el contexto de la tecno-ciencia, representan un reto mucho más profundo para el ideal básico de la democracia liberal: libertad humana o consumo acrítico.

Para muchos de nosotros, el peligro inmediato se representa en la concentración de poder de “los gigantes de internet”, que suministran servicios para un control de cada una de nuestras decisiones y acciones.

Entendemos que el riesgo está en el sesgo de la mirada social y en los prejuicios que toman forma al definir los patrones de conducta del algoritmo.

Criterios que son operados por expresiones matemáticas mediante las cuales aprenden los algoritmos en base a los datos suministrados (big o small data).

El mundo, según el imperio del algoritmo, es un juego de múltiples posibilidades en relación al sentido de los datos que nutren los procesos computacionales.

Una de estas posibilidades, es la libre elección humana como fundamento de una manipulación tecno-informática que convierte a las personas en un miembro social acrítico y no como de una educación trabajada con pensamiento crítico.

Aunque la aspiración de recrear las características de la mente humana es antigua, el desarrollo de una auténtica inteligencia artificial capaz de aprender de la experiencia es un hito reciente, posible por la altísima capacidad de procesamiento paralelo de las computadoras y el creciente ancho de banda para el tráfico de datos en internet.

La máquina de Babbage, no podía aprender

“Algún día la inteligencia artificial se volverá consciente” escribe Marcus du Sautoy en un reciente libro Programados para crear: la revolución digital está ahí.

“La máquina tenía mucho de objeto precioso, con sus torres de engranajes de ruedas dentadas repletas de números y sujetas a ejes que se ponían en marcha al accionar una manivela.

Ada Byron, a los diecisiete años, se quedó arrobada viendo como la máquina de Charles Babbage producía números según hacia girar la manivela, calculando cuadrados y cubos, e incluso raíces cuadradas”.

Ada Byron (1815-1852) conocida como Ada Lovelace, matemática, nació en Londres.

Fue hija del famoso poeta romántico Lord Byron y de la matemática Annabella Milbanke.

Ada sugirió a Babbage escribir un “plan” para que la máquina calculase números de Bernuilli, este “plan” es considerado el primer “programa de computación”, y a Ada el primer programador/a de la historia.

Su máquina analítica mecánica permitía calcular cualquier función algebraica y almacenar números; el programa se introducía en la máquina mediante tarjetas perforadas.

Sus programas informáticos son considerados como la semilla original de una idea que ha florecido y están dando sus frutos con la revolución de la inteligencia artificial, que está transformando radicalmente el mundo actual, impulsada por el trabajo de pioneros como Alan Turing, Marvin Minsky y Donald Michie.

Volviendo al libro de Marcus DU Sautoy, allí el matemático británico puntualiza que Ada fue cautelosa a la hora de evaluar hasta dónde puede llegar la máquina analítica: “Convendría ser cauto ante la eventualidad de que surjan ideas descabelladas sobre los poderes de la máquina analítica.

Esta no abriga pretensiones que apunten a la posibilidad de asumir iniciativa alguna. Puede hacer exactamente lo que le ordenemos hacer”.

Esta idea ha sido una fuerte definición de las ciencias de la computación durante muchos años.

Como afrontar el temor de haber puesto en marcha algo que no podemos controlar.

Mucho de lo que ocurre en nuestros cerebros sigue siendo un misterio, pero en los últimos años ha surgido un modo nuevo de entender la programación: se ha producido un cambio de actitud, y la programación concebida como un proceso top-down, que va de arriba abajo, ha pasado a ser planteada como un esfuerzo que hay que asumir para enseñar al computador un proceso bottom-up, de abajo arriba.

Resulta que ahora, no hay que resolver antes el enigma de la inteligencia humana.

Podemos dejar que los algoritmos recorran el territorio digital y que aprendan como lo hace una persona en el territorio analógico.

Son el motor de la sociedad del conocimiento, una sociedad donde se pone en riesgo el buen vivir de las comunidades, ahora organizadas por algoritmos y corporaciones.

Los programas elaborados mediante aprendizaje automático unos de los métodos de la inteligencia artificial, están dando pasos sorprendentes, detectando características nunca antes descubiertas en imágenes médicas, en el sector agroquímico y alimentación, realizando operaciones inteligentes en el mercado financiero.

Los científicos de Bayer/Monsanto confían en el poder del super cómputo y la inteligencia artificial para rastrear qué genes están activos durante el desarrollo de una semilla de soja con el fin de diseñar nuevas variedades.

Modelan formulaciones agroquímicas con una toxicidad adecuada que permita combatir las “super malezas” las malas hierbas resistentes a la acción de herbicidas.