Una pregunta que resurge con nuevos bríos

¿ES POSIBLE TODAVIA «LA INTIMIDAD» EN LA ERA TECNOLÓGICA?

Por Mario Casalla *

Hace varios años, cuando Obama era presidente de USA, la canciller alemana Angela Merkel le protestó airadamente -después de enterarse que los servicios de seguridad norteamericanos espiaron su teléfono celular- que “Espiarse entre amigos es inaceptable.”

Por Mario Casalla*

ASOFIL.

28/01/2021

Hace varios años, cuando Obama era presidente de USA, la canciller alemana Angela Merkel le protestó airadamente -después de enterarse que los servicios de seguridad norteamericanos espiaron su teléfono celular- que “Espiarse entre amigos es inaceptable”, como si la amistad fuera un límite para el espionaje personal o político.

Al contrario, eso suele ser mucho más excitante que hacerlo con enemigos.

Allí están sino los cuatro años de gobierno de Macri en la Argentina para probarlo, espió casi con fruición a su propio gabinete, amigos y parientes.

Sobre todo ahora a partir de los cientos de dispositivos tecnológicos -legales y accesibles en el mercado- que hoy tenemos para hacerlo y también para padecerlo claro está.

¡Ni qué decir con todos otros de que disponen los servicios de inteligencia (públicos y privados) capaces de convertir la vida privada de cualquiera en un perfecto colador!

En realidad hoy todos –en mayor o menor medida- espiamos y somos espiados.

Basta que tengamos un celular más o menos pasable y algunas horas de navegación en la web, para que ese colador se vaya configurando, ya casi sin necesidad de hackear ostensiblemente nuestras cuentas.

Si somos nosotros mismos quienes se la proveemos (algunas veces de ex profeso y muchas otras sin darnos cuenta) precisamente por esa suerte de compulsión a contarnos todo (o casi todo) y esto casi en todo el mundo y clases sociales.

Es así que decimos, subimos y transferimos infinidad de cosas personales a ese fantástico mundo del Facebook, twiter, whatsapp y demás artefactos tecnológicos conectados en red.

En ese afán de “comunicarnos”, de estar siempre accesibles y conectados, se nos escurre –como arena entre los dedos- no sólo nuestra vida privada sino también nuestra intimidad, lo cual por cierto es mucho más grave por sus implicancias subjetivas.

Más aún ante alguna tibia advertencia al respecto, me he topado con una serie de respuestas muy singulares, del tipo: “pero qué interés pueden tener ellos en espiarme a mí, yo no soy nadie importante!”

“Yo no tengo nada que ocultar y no hablo nada importante con mis amigos, familiares o colegas”.

Algunos velados reproches ya más airados: “pero no te vuelvas paranoico, no seas obsesivo, etc”

“Pero qué quiere usted que pierda contacto con mis hijos, mis nietos, mis amigos”.

O bien un querido amigo que –haciendo gala de su buen humor- decía algo así como, “pero si ya el Algoritmo me conoce mejor que nadie y me da anticipadamente todo lo que necesito, antes incluso de que se lo pida, es mi pareja perfecta!”.

Con una buena dosis de ironía claro, pero mezclada con aquélla posición estoica que Zeno, aquél rico comerciante chipriota del siglo III a.C que, después de perder todo en un naufragio, se fue a vivir a una Atenas ya políticamente decadente y promovió una de las importantes escuelas helenísticas: el estoicismo.

¡VAMOS POR TU “INTIMIDAD”!

Empecemos por reconocer que nuestra intimidad es algo más profundo aún que nuestra vida privada y que esta es la amenazada.

Que nuestra vida privada fue grandemente reducida por lo público y lo global, es algo ya perfectamente verificable y hasta indoloro.

El estado y el mercado tienen todos los datos que necesitan (y aún más!) sobre nosotros, nuestras familias y amigos a punto tal que -una inocente y tardía ley de habeas data- intenta protegernos de una violación ya consumada; pero parece que sobre esto no hay mucho más para hacer, salvo concurrir a lo de algún abogado.

Lo grave es que ahora la amenaza avanza sobre nuestra intimidad y ésta –como dijimos- no es igual a la vida privada.

La intimidad, lo íntimo, es más personal y reservado que la vida privada.

Constituye un núcleo dentro de esa misma vida, que la privacidad debería incluso custodiar y proteger.

Es ese “fuero interior” del que habla nuestra Constitución Nacional y en el que estaríamos eximidos de la coacción de la ley (en la medida por cierto que no dañemos a otro), o ese ámbito de lo “personalísimo” que se ha tratado de preservar frente a cualquier prepotencia del estado o del mercado, aunque cada día nos cueste más y quede también sólo en papeles.

Pero incluso como ideal vale y mucho por cierto; es por esto que –horadada ya la vida privada- lo que sigue es el asedio sobre nuestra intimidad y esta era tecnológica nos ofrece todos los medios para hacerlo.

El tema es que nos protejamos de esto, cosa que –al parecer- no nos importa demasiado.

Entonces no son sólo las máquinas sino nosotros mismos, quiénes alegremente y casi sin darnos cuenta estamos haciendo trizas nuestra intimidad (y muchas veces las de los demás).

LA PASION VOYEURISTA

La palabra francesa “voyeur” se traduce usualmente al castellano por “mirón”, pero dice algo más que eso.

Se trata de una compulsión a mirar (y hacerse mirar), que suele bordear la perversión, o bien ingresa directamente en ella.

De aquí que hablemos de voyeurismo cuando nos referimos a cierta patología de la mirada que nuestra época cultiva con creciente fruición.

Para “mirar” así al otro ya no hace falta hacer un agujerito en la pared, o agacharnos a la cerradura de la puerta; tampoco para ser mirados hace falta pasearnos largamente por la plaza, bajarnos un poquito más el escote, o abrir furtivamente el abrigo.

Ahora basta con ingresar a la red, mensajear en el celular o jugar algunos de los mil juegos posibles de (falsa) proximidad, para mirar y ser mirados por todos y así –saltando de “sitio” en sitio- tener por un momento la ilusión de que estamos “conectados” con todo el mundo, cuando en realidad la soledad del cuarto, o la mirada callejera perdida en el vacío, dice otra cosa.

En realidad no son esas máquinas, dispositivos y programas quiénes nos atrapan y alienan (al contrario, ellas bien pueden sernos útiles para muchas otras cosas y facilitarnos bastante la vida cotidiana), no le echemos entonces a ellas toda la culpa, sin dejar de mirar simultáneamente hacia nosotros.

¿Qué nos está pasando que estamos dándoles ese uso perverso, al que nos cuesta tanto ponerle corte?

No se trata de volvernos trogloditas, ni anti tecnológicos, sino más bien de poder separar los tantos y hacer de las tecnologías un uso adecuado y a real medida de nuestras reales necesidades.

Ya sé que no es fácil y lucho en lo personal por eso casi todos los días: por ese saber decir sí y saber decir no, que nos permita devolverles a esos artefactos tecnológicos el carácter de “medios” (y no de fines en sí mismos) y buscarle en cambio un lugar en que sí pueden estar: en la construcción de una vida propia (íntima) a la medida de lo humano.

Y por supuesto que en esto no hay recetas universales, ni deditos levantados de maestritos que ya se las saben todas.

Cada uno de nosotros es distinto, distintas son sus necesidades, sus historias y sus proyectos, pero tengo para mí que la necesidad de “cortes” en esa conectividad permanente (y en las falsas ilusiones que le están asociadas) y en la defensa casi heroica de lo poco que nos va quedando de intimidad, es un buen proyecto en común (que cada uno irá ejecutando a su manera, claro).

Pero, ¿sino ahora, cuándo?

Mire, de mi parte yo he introducido dos “cortes”, que por cierto no le propongo a usted como solución pero que sí me permito contarle: resistir el ingreso al “mundo Facebook” (más amplio que esta marca comercial, por cierto) y a la conectividad full a internet y sus múltiples redes.

Verá que no se pierde todo, sino que posterga algo por un rato, algo que luego si le interesa puede saber (ya que se repite de continuo y en cientos de sitios, bien lo sabe!).

Siento y creo que esos son como dos límites que resultan peligrosos traspasar: el uno porque termina -casi inexorablemente- en potenciar aún más nuestras tendencias voyeuristas (es decir de “mirones”) y lo segundo porque usted termina cargando al celular con “todo” y transformándolo así en un arma cuasi mortal que también –con pasmosa regularidad- termina disparándose contra el portador.

A lo mejor sus “cortes” pueden ser otros, pero lo importante es buscarlos.

Porque no se trata –por cierto- de sumarnos a esa vasta legión prediluviana que termina creyendo que el problema sólo está en las máquinas, en los aparatos, o en los programas.

No vaya a creer que la solución consistiría en no usar el celular o en no tener un abono a internet.

Usted sabe en realidad “de qué se trata”.

De eso precisamente estuvimos hablando y es por cierto una asignatura pendiente.

No olvidarlo es ya un primer paso.

MC/

NAC&POP: Mario Casalla es Doctor en Filosofía y Letras por la UBA, en cuya Facultad de Psicología ejerce además la docencia como profesor regular e investigador, en grado y postgrado, en las cátedras de “Problemas Filosóficos en Filosofía y Psicoanálisis” e “Historia de la Psicología”. Es también profesor titular de “Historia de la Filosofía Argentina y Latinoamericana” en la Facultad de Filosofía y Teología (Area San Miguel) de la Universidad del Salvador. Preside la Asociación de Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales.