La caballería que apoyaba el golpe liderado por el general Uriburu ingresó al salón principal y arrasó con buena parte de las instalaciones.

UN MOLINO PARA PANZAS (SIN QUIJOTES)

Por Luis Soto*

«Las chicas de Flores tienen los ojos dulces como las almendras azucaradas de la confitería del Molino», escribió Oliverio Girondo. y luciendo su veta surrealista siguió: «si alguien las mira en las pupilas aprietan las piernas por miedo a que el sexo se les caiga en la vereda». Después de más de 300 días de peste, Buenos Aires asiste al avance de las obras de remodelación de la famosa confitería El Molino.

Por Luis Soto

NAC&POP

16/01/2021

El diario La Nación saluda «el increíble proceso de restauración que respetó el espíritu original en búsqueda de recuperar el esplendor de otros tiempos».

Oh, el clásico encanto del art nouveau…

Los tiempos añorados por los Saguier han de ser aquellos en que no eran sometidos a grosero espionaje, afrenta pública que toman con discreto silencio.

El diario destaca que la remodelación ha producido «fuerte impacto entre los vecinos» y festeja que han vuelto a moverse las aspas del molino montado en la parte superior.

En cualquier momento es invitado Alonso Quijano Larreta a practicar sus quijotesco ataques.

La primera versión de la confitería del Centro data de 1859 y estaba en la esquina de Rivadavia (entonces llamada Federación) y Rodríguez Peña (nominada extrañamente Garantías).

La confitería del Molino fue inaugurada el 9 de julio de 1916 por sus propietarios: el prestigioso pastelero italiano Gaetano Brenna y Constantino Rossi en el actual emplazamiento frente al Congreso.

La especialidad de Brenna era el panettone, nuestro pan dulce.

El edificio se construyó bajo la dirección del arquitecto turinés Francisco Gianotti, que utilizó materiales de su tierra, incluidos 150 metros cuadrados de vitraux.

El Molino siempre fue reducto de familias que, en su mayoría, supieron autoadjudicarse el carné de patricias merced a hazañas militares, como la conquista del Desierto, maniobras político-financieras o su carácter de miembros, públicos o secretos, de la masonería.

También hombres de la Iglesia eran asiduos clientes de la confitería.

Hecho curioso, el obispo Justo Laguna nació en uno de los pisos altos del edificio.

La confitería fue escenario del único enfrentamiento de armas que se registrara el 6 de septiembre de 1930.

Un solitario defensor del ya renunciado Hipólito Yrigoyen disparó con un fusil, desde el primer piso, hacia la plaza del Congreso.

La caballería que apoyaba el golpe liderado por el general Uriburu ingresó al salón principal y arrasó con buena parte de las instalaciones.

Pese a que el francotirador se rindió el salón fue incendiado.

Acaso como eco de tal episodio entre los clientes estables del Molino se contaban Uriburu, su colega y luego sucesor Agustín Justo – pilares de la Década Infame para los que se reservaba vajilla presidencial -, el elegante y europeizado Marcelo T. de Alvear y Leopoldo Lugones, cultor, aún en la hora de la espada, del rito tan british del  five o´clock tea.

Entre los más distinguidos visitantes extranjeros invitados al Molino cabe citar a Umberto Primo, el príncipe de Gales y el cantante Tiro Schipa, junto a quien se permitió que se colara Carlos Gardel.

En el plano ideológico las excepciones eran Alfredo Palacios y Lisandro de la Torre.

Sería necio negar el valor de la legislación social impulsada por Palacios desde comienzos del siglo XX y la firme posición anticolonialista sostenida por el creador de la democracia progresista.

Quizás los hiciera sentir cómodos entre vitraux y columnas de mármol de Carrara su inclinación a dirimir polémicas políticas en duelos a bala y sable.

Los retos de época admitían rima:

-Le enviaré a usted mis padrinos…pues los espero en el Molino.

Un hecho deliberadamente archivado – impunidad y condena perpetua al olvido – confirma la condición de intocable del Molino como institución y la falsa bandera de estar al servicio de la verdad proclamada por el diario La Prensa.

Entre 1960 y 1961 el concejal demócrata cristiano Salvador Busacca llevó a cabo una campaña en defensa de la higiene y salubridad de restaurantes y confiterías.

Uno de esos procedimientos se cumplió en el Molino.

A un par de semanas de las fiestas navideñas se encontró en el subsuelo un tonel con 700 kilos de pasas de uva, uno de los símbolos del pan dulce, en franco estado de putrefacción.

Un cronista de La Prensa redactó la nota y, fenómeno inaudito, fue convocado por el director, Alberto Gainza Paz.

¿Usted participó del procedimiento?

Sí, señor. ¿Vio ese tonel?

¿Las pasas estaban realmente…?

¿Se elevó un acta?

Tras los sucesivos sí, señor llegó la intimación: tiene una hora para traer copia del acta.

El cronista habló con Busacca y volvió con la copia requerida.

El día siguiente La Prensa publicó la nota de la inspección.

«En el local de venta de productos comestibles de Callao 18…», arrancaba el texto.

Ninguna mención al Molino.

Días más tarde pudo apreciarse que las cifras de venta del famoso panettone de la casa no habían sufrido merma alguna en relación a años anteriores.

Antes de las elecciones de 1946 La Prensa adhirió fervorosamente a la Unión Democrática, denunció que el comicio era injusto y desigual a favor del peronismo, y previó que se perpetraría un escandaloso fraude.

El día de las elecciones publicó una nota de la escritora Victoria Ocampo que se atrevía a afirmar: «la mujer ignorante es más susceptible que nadie a la influencia de los malos pastores».

Como ha vuelto a ocurrir, el aplastante triunfo popular no fue reconocido en las páginas de La Prensa.

Recién 31 o 32 días más tarde se dignó publicar un pequeño recuadro con un texto patético: «según informa The New York Times en las elecciones del 24 de febrero venció la lista…».

Infinitos puntos suspensivos.

El diario nunca nombró a Perón.

Era el tirano prófugo o el dictador depuesto.

¿Gravísimo delito bromatológico en la confitería del Molino?

No, desmiéntalo rotundamente.

El gremio de los pasteleros siempre estuvo manejado por anarquistas, recuerde la huelga de 1888.

¿Por qué no pensar en un sabotaje?

Sospecho del pastelero prófugo o el repostero depuesto.

LS/