El hallazgo del desodorante atiende a una evolución en la cultura higiénica de las grandes comunidades.

LA LLAVE EN LAS AXILAS DEL MAR EGEO

Por Luis Soto

Los efectos de la concentración de glándulas sudoríparas en las axilas siempre fueron motivo de inquietud y desagrado. El bueno de Teodoro de Samos concibió minúsculas almohadillas que podían contener canela, alumbre o limón, combinación que neutralizaba el eco del sudor. Muestra de tal inquietud es el origen de un rito que continúa vigente

Por Luis Soto

NAC&POP

27/12/2020

El tipo se llamaba Teodoro y le colgaron de Samos porque había nacido en esa isla, sobre el mar Egeo.

Le tocó vivir en el siglo sexto antes de Cristo y fue uno de los primeros arquitectos que dejaron obra considerada de valor artístico.

El rostro que le atribuyen las enciclopedias no parece de aquella época.

El ensamble de cabeza y barba tupida remite a un collage de fotos de Nicolás Avellaneda y Horacio Quiroga, personajes que arriesgamos a asociar a partir de un extraño vínculo.

Siendo presidente de la Nación, Avellaneda autorizó la matanza masiva de aborígenes y la apropiación de  sus tierras, disfrazadas como Conquista del Desierto.

Más de 60 años después Quiroga halló refugio en la desértica selva misionera y describió magistralmente sus secretos y miserias.

Rostro el de Teodoro, entonces, que uno ubicaría a mediados del siglo diecinueve.

Lo cierto es que fue un hombre que en todo sentido se adelantó a su tiempo.

Sin alcanzar la talla de un Leonardo da Vinci – cultores enfermizos del trazado de paralelos, abstenerse -, Teodoro de Samos lució una enorme capacidad creativa, no solo referida a su profesión básica.

En este campo fue el inventor del nivel y el cartabón, y pionero en la fundición de hierro para la construcción de estatuas.

A tales méritos se suman un par de creaciones que sorprenden por tratarse de avances insólitos para la época y la absoluta falta de relación que existe entre uno y otro rubro.

A Teodoro de Samos se le reconoce la invención de la llave, elemento de imprescindible uso cotidiano.

Pero el amigo también inventó el desodorante, que completa una yunta de clara raíz discepoliana.

Resulta ocioso destacar la utilidad de la llave.

Escuchemos a un poeta.

Leónidas Lamborghini intentaba explicar la frecuente pérdida de su manojo de llaves.

No consigo meter las patas en la fuente de la propiedad privada, y la llave es un símbolo de la propiedad, ¿o no?, ironizaba «Lambor».

Y de yapa decía: en materia de destreza para abrir sendas insospechadas la llave es a la cerradura lo que el dedo índice del varón a un tesoro, tan fecundo y preciado, que distingue a la mujer.

La metáfora data de la década de 1980.

Hoy acaso habría que decir: es lo que el dedo índice, a secas, a las más deseadas cavidades humanas.

Lo concreto es que merced a los oficios de Teodoro de Samos el hombre comenzó a confiar parejamente en llave y dedo.

La llave egipcia era fina y alargada.

En la bizantina asomaban formas redondeadas.

La llave árabe española parecía un arma, mostraba sus dientes.

La del barroco parecía representar una danza, acaso el vals.

Las llaves más bellas correspondieron al gótico y al Renacimiento.

El hallazgo del desodorante atiende a una evolución en la cultura higiénica de las grandes comunidades.

Los efectos de la concentración de glándulas sudoríparas en las axilas siempre fueron motivo de inquietud y desagrado.

El bueno de Teodoro de Samos concibió minúsculas almohadillas que podían contener canela, alumbre o limón, combinación que neutralizaba el eco del sudor.

Muestra de tal inquietud es el origen de un rito que continúa vigente: el bamboleo fumigador del botafumeiro fue impuesto para paliar la fetidez que emanaba de los peregrinos apiñados frente a la catedral de Santiago de Compostela.

Los egipcios aportaron la costumbre de afeitar el vello de las axilas.

¿Habrá sido acunada antes de esa experiencia la frase que todavía se oye, alusiva a los aromas de El Cairo?

Movilizado por esas novedades tendientes a aliviar tanta agresión a la pituitaria, el arcipreste de Talavera osó advertir: «si hallareis estos olores en sobacos y cofres femeninos recurrid al almizcle y la algalia».

El almizcle procede de jugos internos del ciervo y la algalia, de los del gato.

El desodorante debió esperar 25 siglos hasta que en Estados Unidos se fabricaron primero, en 1914, un producto de marca O do ro no (se mantuvo largamente en el mercado) y luego el Mun, que obtuvo aceptación general.

En las décadas de 1920 y 1930 los clientes susurraban las tres letras de Mun al oido del empleado de farmacia.

Se exigía discreción para no revelar intimidades.

A no burlarse, señores, recordemos lo que posteriormente sucedería con los preservativos y hasta hace no tantos años con el sildenafil.

La llave se mancha, el sudor no.

LS/

 

N&P: Luis Soto, periodista y escritor, es el columnista distinguido por sus pares de «Yendo de la cama al Living» el programa que conduce Martín García en Radio Caput.