Jueves 16 de diciembre del 82. Más de cien mil personas coparon la Plaza como nunca antes durante la dictadura.

“¡MORITE, PERONISTA HIJO DE PUTA!”

Seis meses después de la derrota de Malvinas, la política, de la mano de la Multipartidaria y de la CGT, jugaba al ataque.
Esa “Marcha de la Civilidad”, con Oscar Alende, Bittel y otros dirigentes a la cabeza, como Saúl Ubaldini, reclamaba tomados del brazo y a paso firme, la vuelta de la democracia. Llegaron hasta la Pirámide, al grito de “paredón/paredón/a todos los milicos que vendieron la Nación”.

 

 

Jueves 16 de diciembre del 82.

Más de cien mil personas coparon la Plaza como nunca antes durante la dictadura.

Seis meses después de la derrota de Malvinas, la política, de la mano de la Multipartidaria y de la CGT, jugaba al ataque.

Esa “Marcha de la Civilidad”, con Oscar Alende, Bittel y otros dirigentes a la cabeza, como Saúl Ubaldini, reclamaba tomados del brazo y a paso firme, la vuelta de la democracia. Llegaron hasta la Pirámide, al grito de “paredón/paredón/a todos los milicos que vendieron la Nación”.

Luego del Himno, los carros de asalto y los patrulleros animaron su faena habitual: detenidos, brutal represión y muerte.

La Montada arremetió en medio de una nube espesa de gases lacrimógenos y gritos ensordecedores.

El contragolpe de cientos de manifestantes, con palos y piedras sobre la Rosada, frenó de a ratos la embestida sanguinaria.

El olor a tragedia se percibía en el aire.

Aún faltaba lo peor: pasadas las 20, a metros del Cabildo, un Falcon verde con cuatro policías de civil se acerca hasta el tumulto de gente.

Uno de esos hombres, en mangas cortas, se baja y grita “¡Pará hijo de puta o te mato!”

Sin esperar respuesta dispara sobre la espalda del obrero metalúrgico Dalmiro Flores, de 28 años.

Flores era sordo. “¡Morite, peronista hijo de puta!”, fue lo último que le dijo al joven salteño.

Nunca se encontró al culpable.

«MORITE, PERONISTA HIJO DE PUTA»

Por Pepe Berra/ Periodista.

Diario Nep

15 de marzo de 2019

No iba a ser un día normal. Se olfateaba en el aire caluroso de ese diciembre.

Los invencibles estaban vencidos. La derrota de Malvinas había dado por tierra sus apetencias de perpetuarse y ahora todo se les hacía cuesta arriba.

La dirigencia política se envalentonaba y pedía elecciones “antes que sea tarde”.

Los trabajadores y el pueblo peronista estaban de pie nuevamente, como en otros episodios de la historia.

“Luche y se van” era la consigna popular.

El reloj inexorablemente marcaba el final de la dictadura más sangrienta.

No iba a ser un día normal.

Se olfateaba en el aire caluroso de ese diciembre.

Los invencibles estaban vencidos.

La derrota de Malvinas había dado por tierra sus apetencias de perpetuarse y ahora todo se les hacía cuesta arriba.

La dirigencia política se envalentonaba y pedía elecciones “antes que sea tarde”.

Los trabajadores y el pueblo peronista estaban de pie nuevamente, como en otros episodios de la historia.

“Luche y se van” era la consigna popular.

El reloj inexorablemente marcaba el final de la dictadura más sangrienta.

Cercaron 96 manzanas para evitar que las columnas obreras y de la JP llegaran a la plaza del pueblo.

Había clima de rebeldía y de represión. La marcha por la Vida, así la había llamado la multisectorial de partidos políticos.

Diez minutos duró el acto de los dirigentes. Demasiado poco para tanto oprobio que se vivía.

Apurados pusieron violín en bolsa.

Anochecía sobre la plaza.

Mientras unos se iban; por Diagonal Norte, Diagonal Sur y Avenida de Mayo, comenzaron a llegar los trabajadores de la CGT de calle Brasil, con Saúl a la cabeza, y los muchachos de la jotapé.

Los milicos quisieron frenarlos. Escaramuzas, represión, reorganización y avance de nuevo.

La bronca nutría las entrañas de esa multitud que avanzaba imparable.

Los federales y los milicos terminaron desbordados y emprendieron una rápida carrera para refugiarse puertas adentro de la Casa Rosada. El vallado cedió, la muchedumbre avanzó.

Tres jóvenes del peronismo revolucionario recogieron una de las vallas y fueron sobre las puertas de la Rosada. Intentaron, vanamente, tumbarla.

No pudieron. Pero en cada golpe contra la madera maciza, temblaba la dictadura. Esa imagen era el símbolo de los genocidas en retirada.

Ya nada sería como entonces. Los trabajadores, los muchachos peronistas que venían derrotados, diezmados, recomponían sus fuerzas y ponían, de nuevo, una victoria en el horizonte.

La represión fue brutal ese 16 de diciembre de 1982.

Entre la bruma de los gases lacrimógenos, en la esquina del Cabildo, un obrero peronista, Dalmiro Flores, estaba tendido en el piso.

Desde un Falcon verde, a 5 metros de distancia y por la espalda, un policía le disparó. Las últimas palabras que se escucharon, antes de desplomarse, fueron: “Morite, peronista hijo de puta”.