Lo más rápido que tenía Diego Armando Maradona (incluso más rápido que la pierna izquierda en sus mejores tiempos) era la lengua.

DIEGO, ZURDO HASTA DE LENGUA

Por Clodovaldo Hernández

No es de extrañar que millones de personas en el mundo, en especial los pobres, los excluidos, los segregados, hoy lo lloren. Se acaba de marchar un justiciero sin máscara, un vengador en el engramado del deporte más universal y en los pantanos de la vida cotidiana.

Por Clodovaldo Hernández

Ciudad CCS /

26/11/2020

 

Lo más rápido que tenía Diego Armando Maradona (incluso más rápido que la pierna izquierda en sus mejores tiempos) era la lengua. Y, para colmo de complicaciones de los adversarios, la lengua que tenía también era zurda.

Con el paso del tiempo y con la contribución de una vida desbocada, las condiciones para hacer prodigios en el campo mermaron por completo.

Lo que no mermó nunca fue su determinación a azotar con verdades a los poderosos de este mundo, especialmente a los políticos de la derecha (en todas sus variedades) y a los señores feudales del mundo del fútbol.

Soltar sus puntos de vista era para él tan natural como mandar un tiro al arco rival.

Y siempre lo hacía igual: durísimo, con un efecto endemoniado, a ese lugar imposible, incluso para los mejores porteros del mundo.

No es de extrañar que los oponentes le tuvieran miedo.

Tampoco lo es que millones de personas en el mundo, en especial los pobres, los excluidos, los segregados, hoy lo lloren.

Se acaba de marchar un justiciero sin máscara, un vengador en el engramado del deporte más universal y en los pantanos de la vida cotidiana.

Identificarse con Maradona no era nada difícil para la gran mayoría.

Primero que nada porque nació pobre, pobrísimo, en Villa Fiorito, enclave de miseria en la conurbación de la fabulosa Buenos Aires.

Y salió de abajo a punta de patadas, merced a que vino al mundo con un talento único e inigualable.

Muchos se sintieron representados, en las diferentes etapas de sus 60 años, debido al aspecto del astro argentino.

Cuando dio las primeras señales de lo que sería, se le veía demasiado chiquito (1,65 m) y hasta medio contrahecho.

Sin embargo, era un portento, capaz de regatear y dejar en ridículo a jugadores mucho más estilizados y a guardametas gigantones.

Para las nuevas generaciones, que nunca lo vieron, esto queda evidenciado en el llamado “Gol del siglo”, cuando dejó convertidos en conos de entrenamiento a cinco ingleses anonadados y al arquero Peter Shilton.

Previamente, ya había sido capaz de superar a Shilton, que medía 20 centímetros más que Diego (con la ayuda de Dios y su divina mano), en el tanto más polémico del Mundial de México 1986.

La picardía que permitió a “el Pelusa” anotar ese gol ha sido, desde entonces, otro de los motivos para rendirle pleitesía a Maradona.

El pequeño argentino le ganó una réplica deportiva de la inicua guerra de las Malvinas a la arrogante superpotencia británica.

Mucha gente en todo el orbe también se ha sentido –secreta o abiertamente– identificada con el mítico personaje por eso que suele llamarse su lado malo, por la forma como sucumbió a los vicios y las conductas supuestamente reñidas con su condición de atleta.

Eduardo Galeano, quien le dedicó varios textos maravillosos, resaltó que tuvo los mismos defectos que la mayoría de los humanos, en particular de los varones: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable.

Muy difícil no sentirlo como un espejo en el cual todos –por una o por otra razón– nos vemos reflejados.

Numerosas personas que han vivido el drama de las adicciones y de la obesidad llegaron a inspirarse en él por sus heroicos regresos, algunos de los cuales fueron –literalmente– desde los confines de la muerte.

Tanto en sus tiempos de jugador activo como después del retiro, grandes contingentes de personas de todas las edades lo han aplaudido (y envidiado, dicho sea de paso) por su grosera sinceridad.

Los disparos a puerta verbales son tantos y tan variados que haría falta un libro entero para reseñarlos.

Memorable fue su reacción luego de visitar al papa Juan Pablo II.

Dijo: “Entré al Vaticano y vi el techo de oro.

Y me dije ¿cómo puede ser tan hijo de puta de vivir con un techo de oro y después ir a los países pobres y besar a los chicos con la panza así?

Dejé de creer, porque lo estaba viendo yo”.

Potentísimos fueron los chutes contra la dirigencia del fútbol, a la que calificó siempre como una pandilla de ladrones.

Ha sido implacable con los directivos de la FIFA desde que el hombre fuerte era Joao Havelange hasta el actual Gianni Infantino, de quien se declaró decepcionado, luego de que le diera a Mauricio Macri la dirección de la Fundación FIFA.

“Macri no se merece un premio, lo que se merece es una patada en el culo porque se robó todo en Argentina en sus cuatro años en el gobierno”.

En su tierra tampoco se guardó nada contra la poderosa Asociación de Fútbol Argentino (AFA), que tuvo el mismo presidente, Julio Humberto Grondona, por 35 años, hasta que falleció en 2014.

Maradona dijo alguna vez que “Grondona fue quien enseñó a chorear a Joseph Blatter”, refiriéndose al presidente de la FIFA que salió del cargo procesado por la justicia estadounidense.

Esta irreverencia sin límite puede hacer pensar que Maradona era un patán en sus interacciones con la gente común.

Según el periodista y narrador de fútbol Víctor Hugo Morales, nada está más lejos de la realidad.

Tras compartir con él en los programas De Zurda y De la mano con el 10, que se transmitieron por Telesur durante los mundiales de Brasil 2014 y Rusia 2018, expresó que “Diego es una buena y querible persona.

Trata a la gente que está detrás de las cámaras con respeto, consideración y paciencia.

Nunca es un divo.

Hicimos treinta y pico de programas cada vez y nunca tuvo un gesto desdoroso para nadie.

Diego es muy sabio en el mundo del fútbol, suelta frases interesantes con gran facilidad.

Esa convivencia de Brasil y de Rusia fue un capital emocional muy valioso para mi vida”.

Morales, narrador del “Gol del siglo”, inventor de la frase “el barrilete cósmico”, confesó en una entrevista en 2019 que “todavía hoy me recorre el cuerpo la emoción que sentí cuando narré ese gol a los ingleses”.

A los espectadores nos pasa lo mismo.

“A los napolitanos se nos murió el patriarca”

“¡Oh, mamá, mamá, mamá / ¿sabes por qué me late el corazón?/ He visto a Maradona, he visto a Maradona y enamorado estoy!”, era uno de los cánticos de los napolitanos en el estadio San Paolo, según lo cuenta un protagonista directo, el entonces niño Emilio La Peruta.

La familia La Peruta emigró a Calabria, pero seguían siendo napolitanos e hinchas del SSC Nápoli que se echaban viajes de cuatro horas para ver los juegos.

“Eso tenía un carácter mágico.

Era lo mejor que me podía pasar.

Cuando Maradona llegó al Nápoli, yo tenía siete añitos y jugaba fútbol.

Nápoli era un equipo muy chico, muy desafortunado, que nunca había ganado nada.

A esta zona del sur siempre se nos aplastó por ser tierrúos, ignorantes, gente que hablan dialectos, pobres, vulgares, perdedores de toda la vida.

Diego logró, igual que hizo con Argentina: convertirnos en ganadores.

Somos dos pueblos hermanados por este genio”.

“Lo que más le agradezco a mi papá fue darme la oportunidad de ver a Maradona.

Las dos veces que Nápoli fue campeón, estuve allí, lo vi en vivo.

Eso no tiene precio.

Es lo mejor que me ha podido pasar en mi vida”.

“Con el éxito de Maradona empezó el rescate cultural, simbólico, social y turístico de Nápoles –asegura La Peruta–.

Por eso, todos estamos como si se nos murió alguien de familia.

Se nos murió el patriarca de siete u ocho millones de napolitanos y de 40 millones de argentinos”.

René Higuita: “Escribo este mensaje con un nudo en la garganta, el dolor de saber esta terrible noticia, al que fue mi ídolo y amigo!! los locos y diferentes a veces somos incomprendidos… pero guardamos grandes virtudes en el corazón..!! buen viaje al más grande de la historia”.

CH/