No hay un solo jugador de Los Gatos que equipare al más flojo equipista de la Selección Nacional de Fútbol.

LOS GATOS

Por Gabriel Fernández

Peleadores de a grupo contra uno, perdedores contra equipos en serio, sólo les queda humillar a su servicio doméstico y realizar chistes vulgares en las redes. Triste destino para personalidades menores. Eso sí: puertas adentro de los hogares, logran concretar con valentía todo aquello que los defensores distinguidos de los derechos cívicos atribuyen a los futbolistas.

 

 

Por Gabriel Fernández *

 

Los Gatos. Un amable panfleto

Las respuestas doloridas y aleccionadoras sobre las apreciaciones de Los Gatos –la Selección Argentina de rugby- evidencian que existen personas, en nuestro alrededor social, que esperaban y necesitaban una reacción decente de su parte. En realidad cabe sonreír: los mediocres que no han sido capaces de aquilatar un título, a tal extremo que cada tanto celebran una victoria puntual como gran cosa, pretenden menoscabar al más grande de todos los tiempos. El problema es de ellos, no nuestro.

¿Entonces? Vale recordar, junto a Woody Allen, que todos creemos no haber sido invitados a una fiesta que no existe. La maduración no es otra cosa que la admisión de esa verdad, lo cual permite licuar admiraciones falsas, envidias insanas, complejos de inferioridad. Los integrantes del mundo del rugby no transitan sus vidas en medio de la distinción y el glamour, sino que son unos pelotudos que muestran musculitos en una cancha mientras los verdaderos dueños de su espacio social hacen y deshacen a gusto, y cada tanto llevan a sus niñas al entretenimiento. Para que vean algo.

No hay un solo jugador de Los Gatos que equipare al más flojo equipista de la Selección Nacional de Fútbol. Cualquiera de los convocados al más popular de los deportes puede hacer pata ancha por estos pagos, y ¡triunfar en Europa! Algo vedado –y envidiado- por los recios representantes de Puccio y Villa Gesell. Esto es así porque ese deportecito priorizado por La Nación carece de la trama de clubes sociales que a lo largo y a lo ancho del país toman la red y pescan a los pibes más habilidosos de nuestro pueblo. En consonancia, los rugbiers viven un profesionalismo trucho, de medio pelo, sin los recursos que generan los verdaderos generadores de recursos.

Peleadores de a grupo contra uno, perdedores contra equipos en serio, sólo les queda humillar a su servicio doméstico y realizar chistes vulgares en las redes. Triste destino para personalidades menores. Eso sí: puertas adentro de los hogares, logran concretar con valentía todo aquello que los defensores distinguidos de los derechos cívicos atribuyen a los futbolistas. Golpes, gritos y manías propias del niño al cual los padres tuvieron que pagar las inferiores en “el club” porque de otro modo, ni llegaban a la puerta. Sus vituperios contra Maradona ameritan humor: como si este periodista se riera de Borges porque era ciego, cuando el hombre escribía ostensiblemente bien.

Los repudios altivos a sus discriminaciones de tono soez, con verba ignorante, los colocan en una posición de debate para la cual no les da el piné. Podemos rechazar con energía las políticas de Cambiemos, las campañas de los medios, las acciones de los monopolios contra el mercado interno. ¡Esos son adversarios de fuste con manejo de poder!. Estos son unos pajarones que en sus vidas particulares sólo pueden obtener –llegado el caso- un titulín; también, mediante la inversión paterna para pasar año a año.  Y no vengan los magníficos comprensivos –estás generalizando, el rugby no es así, la ovalada no se mancha, son sólo algunos- porque tenemos las pelotas (redondas) llenas de gente que sólo lucha para no competir.

Nos gusta la competencia, en condiciones razonables. Ahí es donde nuestro pueblo desequilibra rápidamente y deja el tendal de marmotas e incapaces por el suelo llorando y clamando foul al referí. Lo hace con las pymes y las cooperativas que enfrentan la crisis contra viento y marea en vez de requerir hegemonía en sus rubros para comercializar sin rival. Lo hace con sus sindicatos y organizaciones sociales que exigen trabajar para no ser, como esos niños, parásitos. Lo hace con deportistas de veras, que no andan por el mundo avergonzando al país con resultados equívocos.

Lo hace con Mary Terán de Weiss y Delfo Cabrera, con Pascualito Pérez y Guillermo Vilas; lo hace con Maradona y también con Messi. Y tantos más. Cumbres que los hombres – robot jamás alcanzaron.

Así como algunas enfermedades se transmiten de generación en generación, el ambiente cultural de Los Gatos, desde los bisabuelos hasta el presente ¿no permitiría indagar sobre alguna tara que, de persistente, se ha transformado en congénita? Borramos este párrafo porque es políticamente incorrecto y alguno puede prenderse para forjar ciertas acusaciones en boga. Si quedó plasmado en estas páginas es porque la función delete quedó inutilizada por un poco de alcohol volcado sobre el teclado. ¡Ah, estas adicciones!

Alejada de nuestras notas habituales, esta es un panfleto. Pensada como tal y ejecutada cual lo están percibiendo. Con la intención de reivindicar, cada tanto, el noble oficio de la acusación cruda  y al mismo tiempo, de brindar a cada protagonista el lugar que merece. Así como extremamos nuestras capacidades periodísticas para referirnos a un grande real horas atrás, hubiera sido un demérito emplear la misma preocupación y una dedicación equivalente a personajes menores.

Aprovechamos para sugerir al flaquito del grupo que tome anabólicos, así no arruina la foto. Al resto, que mejoren los chistes racistas en la mesa familiar porque en una de esas, la mucama se ríe de ustedes –para sus adentros-.

Y a todos Ellos, que lean. De resultar una actividad demasiado imponente para sus cerebros, hay un relevo aún mejor: pispeen los videos de Maradona.

Y mientras los miran, díganle a sus hijos: “eso podría haberlo hecho yo, pero viste como es este país. ¡Un país de mierda! Entonces lo hizo él”.

 

  • Director La Señal Medios