Siempre estuvo dispuesto a liderar. Poniéndose al frente. Riendo, sufriendo, puteando, llorando de dolor y de bronca.

SIENDO DE FIORITO, SE PUEDE SER UNIVERSAL

Por Mariano Pinedo

Todo el peso del poder sobre el cuero de un Maradona que se bancó todas, hasta que chiflaran el himno, en el mismo San Paolo de sus amores, y el orgullo celeste y blanco de todo un pueblo en ese esclarecido “hijos de puta” que dijimos todos, pero que bancó solo Diego.

Por Mariano Pinedo*

Revista Mugica

La Revista que se Ocupa del Asunto

 29/11/2020

Murió Diego Armando Maradona.

 

No parece cierto.

No parece posible.

Todo un pueblo transita horas etéreas, nebulosas, como uno de esos sueños que se saben soñados, pero que cada tanto son asaltados por algunas dudas de realidad.

Pero es verdad. Murió Maradona.

Una muestra concentrada de las contradicciones de ser argentino.

No podemos ni queremos creerlo.

Como nos pasó aquel día de la efedrina. Un llanto incrédulo.

Un llanto que espera ser interrumpido por otro golpe de magia, por otro milagro.

Todos los milagros se esperaban del pibe que nos iluminó las madrugadas del campeonato mundial de Japón, que llenaba los ojos de los domingos de la Paternal y la Boca; ese pibe que hizo del fútbol una danza, de la danza un ritual y del ritual una bandera.

La bandera de los trabajadores, de los excluidos, de la dignidad de los oprimidos.

Un emblema de las causas que parecían perdidas pero que, con su toque de zurda, se convertían en posibles.

Todos los argentinos nos sentimos más confiados en nuestras posibilidades por estar acompañados de Maradona.

Es que Maradona es un misterio.

Una vida atravesada por el amor, pero también por el dolor.

Un eterno retorno.

Un transformador de sueños en realidades.

Entendió y sufrió la violencia del descarte, de la injusticia, de lo que parecía debía aceptarse como una resignación por la derrota.

Pero transformó todo eso en fuerza, talento y valentía.

El 10 es el hombre que decidió enfrentarse con el monstruo.

Hacerlo propio.

Entrar en sus fauces.

El del hambre, la miseria y la discriminación.

El de las contradicciones, las palmas, las alabanzas, los aprovechamientos y nuevamente los abandonos y las traiciones.

Un viejo conocido de muchos.

De todos los que vivimos esta tierra.

De estar condenado al fracaso a ser ombligo de los dioses.

El Diego siempre estuvo dispuesto, mientras pudiera dar alegrías, inspirar amores, defender su identidad, a hacerse uno con esa Argentina para la que todo puede ser posible, hasta enfrentar a los imperios, pero en la que todo puede también ponerse en riesgo.

Un instante, una pelota que da en el palo y a empezar todo de nuevo.

Con la 10 en la espalda y volviendo a pedir la pelota.

Todos supimos que Diego había asumido esa pelea, la nuestra, la de cada día.

La que nos permite soñar ser grandes y felices, pero nos cuesta concretar y casi siempre abandonamos.

La lucha del que sabe que es preciso atravesar algunas noches para que, al decir del Indio Solari, se venga el día en los corazones.

El mago se animó.

Tremendo coraje.

Todo talento.

Un hombre misterio.

Siempre estuvo dispuesto a liderar. Desde su debut, hasta sus últimos días como DT de Gimnasia.

Poniéndose al frente. Riendo, sufriendo, puteando, llorando de dolor y de bronca.

Nunca se escondió.

El nombre de Diego Armando Maradona y esa corrida espeluznante que nunca nos cansamos de ver y de llorar, fue capaz de ritualizar, en un gol de antología, la venganza de una guerra contra el imperio que aun hoy usurpa territorio argentino.

Todos necesitábamos que eso ocurra.

Y el mago misterioso cumplió. Había que poner el barrio, las broncas, las humillaciones.

Pero también el ángel alegre de los bares, el pícaro código de la barra de amigos, el guiño cómplice y la sonrisa gardeliana, la falta envido sin cartas.

El coraje de un encuentro callejero y el abrazo amoroso de una madre, limpiándole mocos y acercándoles, a él y a sus hermanos, como un invento imposible -tan imposible como esconder al lado del palo el empate contra Italia- un plato de comida caliente.

Siempre al frente Maradona.

Siempre exponiendo su misterio, abriendo la puerta a sus fantasmas, para que se entienda que con él, como él, a su manera, desde las tripas y con corazón, toda injusticia puede ser reparada.

Como esa mano amorosa e inspiradora de Eva Perón, que alguna vez visitó los hogares de su barrio y que, escondida en alguna pelota, se transformó tal vez en la pasión y en la lucha por la justicia de todos los pueblos.

Y se hizo cargo también de la dignidad del sur italiano, logrando lo imposible.

No solo un campeonato. Una reparación.

Un acto de justicia que nunca le fue perdonado, porque todos toleran un golpe de suerte, un día de felicidad para los pobres y despreciados, pero hacerse cargo de la realizar la justicia, y decirlo, fue siempre otro cantar.

Sabía que el vuelto no iba a ser caramelos.

Y así fue: todo el peso del poder sobre el cuero de un Maradona que se banco todas, hasta que chiflaron el himno, en el mismo San Paolo de sus amores, y el orgullo celeste y blanco de todo un pueblo se expresó en ese esclarecido “hijos de puta” que dijimos todos, pero que bancó solo Diego.

Los que crecimos con Maradona, fuimos atravesados por su vida.

Nos infundió a todos un poco de su drama, de sus alegrías, de sus ocurrencias, de sus frases llenas de pueblo.

Vamos a extrañar su fútbol.

Sin igual.

Realmente sin igual. Genial y perfecto.

Artístico y emocionante.

Pero más vamos a extrañar a Maradona.

Su risa.

Su llanto emocionado.

Su voz patinosa de los últimos años.

Su amor por la pelota de fútbol.

Su picante realismo.

Su lengua filosa.

Su sencilla manera de saber dónde hay que estar parado.

Su valentía por bancarse la que venga

La profunda identidad que supo construir con su Argentina.

Su digna manera de mostrar que nunca renegó de ser Fiorito y de enseñar que, siendo Fiorito, se puede ser universal.

MP/

NAC&POP: *Mariano Pinedo. Ex diputado provincial y actual Titular de la Unidad de Asuntos Legislativos del Ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires. MG/N&P/