En la pelota de Maradona por un instante dramático y fugaz estuvo el movimiento campesino del Sur de Italia.

MARADONA: MERIDIONE

Por Rocco Carbone

Con la llegada de Maradona a Napoli el 5 de julio de 1984, la cuestión meridional que había relegado al sur de Italia a la condición de barbarie y atraso social y cultural, y que el Estado nacional no supo resolver a lo largo de más de un siglo, con lo que había arrojado a ese Sur a una condición de “inferioridad”, fue sintetizada en la rebeldía de una esperanza encarnada por Diego Armando Maradona.

 

 

Por Rocco Carbone*

La Tecl@ Eñe

29 de noviembre de 2020.

 

Con la llegada de Maradona a Napoli el 5 de julio de 1984, la cuestión meridional que había relegado al sur de Italia a la condición de barbarie y atraso social y cultural, y que el Estado nacional no supo resolver a lo largo de más de un siglo, con lo que había arrojado a ese Sur a una condición de “inferioridad”,  fue sintetizada en la rebeldía de una esperanza encarnada por Diego Armando Maradona.

A los amigxs de Intemperie

 

En la pelota de Maradona por un instante dramático y fugaz estuvo el movimiento campesino del Sur de Italia. También la bronca histórica y la voluntad de liberación (de revancha) de ese movimiento. O incluso lo digo mal: estuvo concentrada la questione meridionale sobre la cual reflexionó largamente Gramsci.

Desde 1861 -año de la unificación italiana y formación del Reino de Italia-, las regiones del Sur de Italia fueron construidas por el Estado unitario como lugares lejanos, relegados y atrasados, tendencialmente campesinos, mercado colonial para los productos de las industrias septentrionales. Esa es la questione meridionale. Esas dos palabritas indican el conjunto de “problemas” constitutivos del Mezzogiorno. “Problemas” que el propio Estado unitario no supo resolver y que puso bajo el signo del estigma. O incluso lo digo mal: estigmas que esa conspicua franja de tierra que va de Napoli a Palermo arrastra hasta hoy por una insuficiencia de la acción del Estado. “Problemas” sintetizables en un menor desarrollo económico, un sistema de relaciones sociales diverso y “atrasado”, un desarrollo “débil” de distintos aspectos de la vida social, la decadencia de la vida administrativa y de los sistemas de poder locales, la indigencia de las masas populares, hasta una elaboración lingüística y cultural “precaria” (debido al uso difundidísimo de los dialectos por sobre la lengua nacional) respecto de las regiones centro-septentrionales. El Sur de Italia fue y es el otro permanentemente en falta.

Desde 1880, a un Mezzogiorno persistentemente agrícola-comercial se contrapone una Italia septentrional sensiblemente industrializada. Además, entre 1880 y la Primera Guerra Mundial las grandes mayorías minorizadas por el Estado italiano dieron lugar a la más grande emigración de masa que la historia del Sur recuerde. Es por eso mismo que en el Martín Fierro aparece el personaje del papolitano: “Era un gringo tan bozal, / que nada se le entendía, / ¡quién sabe de ande sería! / Tal vez no juera cristiano, / pues lo único que decía / es que era papolitano” (142). En el ámbito del pensamiento meridionalista intelectuales que trataron las distintas velocidades, geográficas, sociales, económicas, culturales y lingüísticas fueron Fortunato, Nitti, De Viti di Marco, Einaudi, Salvemini. Éste sostenía que una lucha en unidad entre obreros del Norte y campesinos del Sur hubiera podido quebrar el bloque político-social conservador y proteccionista constituido por los industriales del Norte y los latifundistas del Sur, que afectaba tanto al Mezzogiorno como a la economía nacional. Luego de la Primera Guerra Mundial, el Partido Comunista Italiano volvió a proponer la estrategia de una lucha en unidad entre los obreros del Norte y los campesinos del Sur. Gramsci retomó las reflexiones de Salvemini, pero reubicándolas en la concepción revolucionaria marxista del PCI. La reforma agraria fue concebida como una herramienta para dar impulso al proceso revolucionario de las estructuras sociales y políticas de la sociedad meridional y nacional. Luego vino el fascismo y el Musso, y la historia de Gramsci es conocida. Esa etapa política infausta de la historia italiana clausuró la questione meridionale y el problema del Sur de Italia fue subsumido en la expansión colonial y en la intensificación de la producción agrícola. Luego de la Segunda Guerra Mundial la reforma agraria pasó a un segundo plano. En la Italia post fascista, el Estado democrático conducido por la Democracia Cristiana optó por una intervención “extraordinaria” sobre el Mezzogiorno a través de leyes especiales e instituciones focalizadas para su aplicación (como la Cassa per il Mezzogiorno). Esas políticas no lograron declinar la brecha entre las dos partes constitutivas del país y la interrupción de esa intervención condenó a las regiones meridionales a un estado de “inferioridad” análogo respecto de lo que había suscitado un siglo antes la emergencia de la cuestión meridional.

A partir de la mitad del siglo XX el flujo migratorio del Mezzogiorno se dirigió allende los Alpes, pero también hacia las regiones septentrionales industrializadas. Esa fuerza de trabajo meridional fue esencial para el desarrollo de la industria del Norte de Italia y de la economía nacional en su totalidad. Pero el río de brazos campesinos-obreros que fluía desde el Sur hacia el Norte siguiendo los rieles del tren y que iban a activar la producción industrial de Milano o Torino, una vez convertidos en ojos en Mirafiori, Falchera, Crocetta, Santa Rita, Vigevano o Trezzano, se chocaban con carteles pegados en las fachadas de los edificios que decían: “No se alquila a meridionales”.

De todo esto desciende que el movimiento campesino del Sur se tuvo que tragar su “inferioridad”, su ser en permanente migración, su estar más allá de la civilización, arrojado en la barbarie. Y hasta naturalizamos esa “inferioridad” ¡gracias! a la escuela, que nos contó una historia aderezada por las clases dominantes y que pretendió imponernos una lengua, el italiano, la lengua de Dante, cómo no te das cuenta, pibe, que es mejor que tu dialecto de mierda. Era lo que te hacía sentir la maestra que vivía a la vuelta de tu casa y que en el recreo se despachaba en dialecto con la docente del aula de al lado. El Estado italiano trató de hacernos naturalizar esa “inferioridad”. El Sur de Italia en ese italiano tan elegante se llama Bassa Italia. “Inferiores” también en términos geográficos… Ese estar permanentemente en falta lo encontramos sintetizado en una de las mayores películas de Visconti: Rocco e i suoi fratelli (1960). En unas de las primerísimas escenas una familia pobre del Sur llega a la Milano industrializada y elegante. Son proletarios, i Parondi: muchos hijos, entre ellos Rocco (Alain Delon) y la madre Rosaria. Llegan a Milano en un tren de las Ferrovie dello Stato luego de un viaje eterno en tercera clase, amontonados como ganado guampudo. Tren que era una forma de la estatalidad y su tercera clase, el lugar que el Estado les reservaba a sus ciudadanos no de segunda, de tercera. Al bajarse del tren i Parondi continúan a pie, arrastrando sus bártulos como cartoneros hacia la periferia milanesa. Es tracción a sangre, pues arrastran cansinamente una carreta de dos ruedas. En un momento pasan frente a dos señoras que hablan en un italiano sin interferencias dialectales, como salidas del De vulgari eloquentia y que cuchichean: “¿Viste? ¡Madre mía! ¡África! ¿De dónde vienen? Lucania. Nombre raro. ¿Dónde está? Abajo, en el Sur. Ajá, la tierra de los haraganes”. Visconti resume así la historia de Italia ¿unida?: la de la ignorancia llena de superioridad del Norte próspero e industrializado respecto del Sur campesino y racializado. Ésa es la questione meridionale. Que se sintetiza en que somos los negros de Italia: mal vestidos, malhablados (por nuestros dialectos), con el pelo enmarañado, pobres, demasiado próximos a las formas feudales de la producción agrícola. Entre la “civilización” y la barbarie, siempre caímos de esta parte de la historia.

Hasta que el 5 de julio de 1984 llegó Maradona a Napoli. La identificación fue mutua y vertiginosa. Las calles de los suburbios de los pueblos y las ciudades del Sur de Italia empezaron a cantar: “Sai perché mi batte il corazó? Ho visto Maradó, ho visto Maradó”. Era un migrante: como nosotros. También tenía el pelo enmarañado de los pibes que pisaban las calles de tierra de Fiorito, Catanzaro, Campana, Siracusa o Moreno. Su piel era parecida a la de esos brazos que bajaban de los vagones de tercera clase en la estación de Milano Centrale en los trenes del Visconti comunista. Su cara era la de el Ninetto de Pasolini. Su lengua precaria le hablaba a nuestro uso precario de un italiano atravesado por vibraciones dialectales. Su estatura también era meridional: todos cebollitas. Su forma de vestir también era la nuestra, con esas camisas kitsch, sus toques manieristas, que le confeccionaba Gianni Versace de Reggio Calabria. Esa identificación mutua y vertiginosa fue la manifestación de una alegría desprolija y también de una conciencia colectiva que de disminuido no tenía nada. Y el Sur de Italia, el movimiento campesino, la questione meridionale se sintetizaron como empujadas por un tren bala en la pelota de Maradona y por primera vez una squadra del Sur entró en la A. Hasta ese entonces, nunca habíamos ganado ni un scudetto ni una coppa UEFA. Y con la sabiduría antigua del fútbol suburbano la questione meridionale -que el Estado nacional misteriosamente no había sabido resolver a lo largo de más de un siglo, con lo que nos había arrojado a una condición de “inferioridad”- fue pateada por Maradona. Sus gambetas eran fintas para el hambre, la tercera clase, la marginación social y cultural. Y los terroni rompimos las cadenas. En esas patadas y en la pelota estaba el orgullo de pertenecer a una condición negada por el Estado nacional. Estaba también la rebeldía de una esperanza: de unos sures insurrectos que desde el equilibrio frágil de una pasión pueden decir algo, resolver cosas, legarle a la humanidad un sueño y otras formas vitalistas de la existencia. El gol en contra de la Roma (1985) le recordó a esa ciudad milenaria y de cientos de capas superpuestas que Italia tiene también otras capitales. El gol al Torino (1985) le recordó a esa ciudad que en las fábricas de la FIAT las cadenas de montaje las hacían girar los campesinos de Cefalù, Sciacca, Canicattì, Figline Vegliaturo, Brindisi y Oristano. Y que los fititos los hacíamos andar nosotros por las calles del país. Los goles a la Juventus (1985, 1989, 1990) le recordaron a la familia Agnelli que no hay empresariado nacional sin obreros de overol que son Luz y Fuerza. El gol de 1986 al Milan fue un terremoto de Napoli a Palermo y también en ese Sur de Italia que estaba en Zürich, Stuttgart, Mónaco, Bruxelles, Liverpool, Toronto o Ituzaingó. En el Mundial de México 1986, cuando Argentina ganó en contra de Bélgica, el Sur de Italia vibró con los 136 mineros que habían quedado sepultados en Marcinelle. El gol al Milan en 1988 fue un desafío del scugnizzo al poder del Norte y al ascenso de Berlusconi que luego, en la década de 1990, significará una de las etapas políticas (menemista) más lúgubres de la historia de Italia. Cuando lo vimos en Forcella gustó menos, pero el mito -y Maradona forma parte de las mitologías mayores de la Argentina y América Latina desde Napoli, Neapolis, la antigua Parthénope, una ciudad de la Magna Grecia fundada sobre el fin de VI siglo a. C.- es eso: niega y afirma, combina vicios y virtudes, mezcla lo más luminoso y el barro y la mafia también está incluida en la questione meridionale.

El mito, que es otra manera de contar la historia, y que combina siempre varias cosas, se escenificaba en su propio cuerpo. Cuántas veces lo vimos con dos relojes, gordo y luego flaco, pasado de  rosca y sobrio. También, en sus formas lingüísticas -desde las delicadezas juveniles en Fiorito filmado en blanco y negro hasta el “Macri gato” de los últimos tiempos-. Argentino y meridionale, como ese otro argentino que tenía tatuado en un brazo, argentino y cubano, y que como aquél, mito y bandera de lucha. Ya apareció en la primera línea de las protestas contra la Ley de Seguridad en Francia. Y ahí se quedará: como lenguaje sagrado, arte popular, rito pagano y poesía.

 

Buenos Aires, 29 de noviembre de 2020.

*Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET