Vuelan como olas/banderas e insignias. Sobre las cabezas/ruge la numerosidad.

MARADONA, EL VIOLÍN DEL PIE (EL POEMA DE CARLINO)

Por Alfredo Carlino

Hay solamente un clamor:/un nombre solo
ha dejado de ser nombre/para ser una decisión
en la boca de todos./
¡Maradó! ¡Maradó! ¡Maradó!
Juntos, multitud e ídolo/garabateaban la tarde.

 

 

Por Alfredo Carlino

 

 

Arde la tarde de emblemas

repetidas en cada color y cada grito

como serpentinas carnestolendas.

Vuelan como olas

banderas e insignias.

Sobre las cabezas

ruge la  numerosidad.

Hay solamente un clamor:

un nombre solo

ha dejado de ser nombre

para ser una decisión

en la boca de todos.

¡Maradó! ¡Maradó! ¡Maradó!

Juntos, multitud e ídolo

garabateaban la tarde.

Ahí sobre  el verdor del césped,

hay una moneda

con la cara de un dios inconmensurable,

y con la otra

un Satanás bailando,

haciendo brujería en la siesta del domingo.

Gambetas y diagonales

juegan como gatos agazapados

a golpear miradas de asombro

y a vibrar el corazón de los abatidos.

Hay un colifa decido a endemoniar el balón

y en la zurda enloquecida inventa melodías,

cánticos voluptuosos

y todo se enciende más allá del color

porque siente iluminarse la tarde,

bastardeada de mediocres,

con sueños morando en la multitud

agobiada de laburos rasposos,

con salarios inmorales.

Si alguien está mostrando la locura,

abrázala,

suele ser beneficiosa a ratos,

tiene candor, sueños, demonios,

juguetes y curvas,

va moliendo la bronca cotidiana.

Aún te veo, muchacho de Fiorito

desde el cristal del tiempo

tratando suavemente la pelota

como si fuera una muchacha en el momento culminante

y uno besa lentamente en los anticipos,

porque tampoco el amor es para los giles

de eso hay que saber, tener talento.

Aún te veo tejiendo filigranas

de nubes y rocío,

haciendo malabares, piruetas

en la insolencia del niño,

pendejo de la villa y de la yeca,

manejando la impronta musical

de violines y bandoneones

y también ese extraño laúd

en la sonoridad del pie

danzando en las miradas de la tarde,

como el encantamiento, con la mágica parábola

del duende de tu cintura

que se precipita a los ojos

para embanderarnos.

¡Sí, sí, señores!… ¡Yo soy… yo soy…!

 

 

Foto: Getty Images