Me decido por fin a cruzar esa mítica frontera, que guarda una parte fundacional de mi infancia, después de varios intentos y cavilaciones.

BATATA NEGRA

Por Ariel Prat

“Ahí va el zurdito apilando/Tanto penas como marcas/revolotean los garcas/ que se imaginan ganando/Lo que nunca laburando/Pero el padre que acompaña/Sabe entender la calaña/Y aunque no sobre la guita/No será el quien permita/Su vuelo a la telaraña…”

 

 

Por Ariel Prat

 

“Ahí va el zurdito apilando/Tanto penas como marcas/revolotean los garcas/ que se imaginan ganando/Lo que nunca laburando/Pero el padre que acompaña/Sabe entender la calaña/Y aunque no sobre la guita/No será el quien permita/Su vuelo a la telaraña…”

Me decido por fin a cruzar esa mítica frontera, que guarda una parte fundacional de mi infancia, después de varios intentos y cavilaciones. Pasaron más de treinta años. Todas las veces que anduve cerca, no pasé más allá del querido y viejo Agronomía Central.

Vuelvo, resuelto como palpitante, desandando el magnetismo de la calle Bauness hasta cruzar Chorroarín.

Del otro lado del complejo, sigue pasando el trencito aquel. ¿Cuanta gente habrá transitado en él; curiosos, desganados y volviendo de sus tareas, viendo jugar desde sus ventanillas cuando la formación aún no aceleraba a tantos pibes, por aquellos años en la canchita de “Las Malvinas”? ¿Quien iba a  imaginar que entre ellos estaba nada menos que él 10? Me invade mientras avanzo, el recuerdo que dispara el olor a levadura de “Calsa”, aunque esté el edificio ahí, no se si aún sigue la fábrica en pie con gente adentro.

Vuelvo, envuelto en el color añejo también, que abraza como medalla en esas veredas “telarañas de la vida o bordado, no se…”, y no se porque, el del otoño es el que roba pintándolo todo.

Un sobretodo ocre de mi viejo que olía a colonia y cigarrillos negros, se apunta en el viaje. Una canción de Sabú. Una chapa que me colgaba yo en el pecho de la película “Le Mans”, con Steve Mc Quenn y que no entendía que decía ni había ido a ver, pero yo la llevaba igual.

Vuelvo y entonces se me aparece. Estas veredas eternamente desparejas de Bauness nos unieron. El venía del otro lado del Riachuelo, esa riñonera de mierda de Buenos Aires. Yo de unas pocas cuadras nomás. A  mi viejo le preocupaban mis rodillas huesudas. Don Diego -observaba mi viejo- siempre iba con un saco con los codos rotos. Le daba pena, tanto como no poderme comprar a mí unos buenos botines, ni siquiera zapatillas de las de marca. En esos tiempos la patria era rabia y el Ché no era un tatuaje.

Las rodillas de Diego estaban peor que las mías. Por eso de las rodillas y otras deficiencias físicas que nos unían, un día unos cinco o seis pibes, entre ellos Pelusa y el esquelético “Herculito”, fuimos citados en AFA para unos estudios que derivaron en sendas recetas. Mi viejo desistió finalmente de iniciar el tratamiento conmigo, un médico muy piola de la obra social de su laburo, Montero creo que se llamaba, le desaconsejó por motivos hormonales y afines que me lo hiciera. Visto lo visto con el físico de Diego, creo que fue muy acertado. Los médicos del consultorio medico de traumatología deportiva de AFA “Dr. Ricardo Finochieto”, director DR. Augusto Covaro,  eran Paladino y Pittaluga. Conservo las recetas.

¿Cómo había llegado yo a jugar ahí? Me pregunto, entre reflexivo y conmovido en las puertas renovadas de “Las Malvinas”.Recién mudados de la provincia, íbamos a jugar a lo que hoy es el Parque Sarmiento. Peloteando, haciendo amigos en los picados, gritando goles ensayando festejos ante tribunas imaginarias; hasta que una tarde de esas, me llamó la atención un partido en una de las canchitas grandes, con pibes jugando que usaban camisetas y pecheras, al parecer eran de un club importante y la rompían.

Me quedé asombrado sobre todo con un pibe morochito, que de zurda hacía maravillas y por sobre todo, recuerdo las puteadas del arquero contrario. Yo estaba justo detrás de su arco, el flaco rubio que iba y venía buscando la pelota con bronca e impotencia, se acordaba y no bien de la familia del negrito; ¿Cuantos goles le metió esa tarde?

Luego supe que estos eran de la séptima y los del equipo del negrito de pre novena. ¡No los podían parar ni a él ni a sus socios! Y eso que los de la séptima ya parecían hombres. Unas patas y unos lomos… Fue así, que luego de regresar un par de tardes seguidas a verlos, magnetizado y rendido ante esos pibes de mi edad, alguien se acercó a invitarme a probar y de puro caradura, tal vez presumiendo que esa magia me contagiaría, me animé. Me juntaron con otros pibes en una ronda, nos preguntaron de que jugábamos cada uno y al ratito me dieron una pechera amarilla y a demostrar al campo.

Resultó que eran de las inferiores de Argentinos y el tipo que me invitó a probar era don Yayo. En su rastrojero rojo, especie de transporte oficial de los “cebollitas”, traían toda la utilería desde el club hasta el parque.

Al final quedé y me citaron ya para entrenar en Las Malvinas. Me bautizaron como “El zurdito”.

Todo iba muy bien, más allá de que semana a semana me abrumaron las exigencias de estar a la altura, viniendo como yo venía, de afuera del circulo de los fantásticos malabaristas no fue fácil, pero era tan novedoso jugar en un equipo de primera y el sueño de llegar ahí, tal vez viniera con los años jugar con la de River puesta, que se yo…pero no estaba tan mal, éramos la segunda línea de “Los Cebollitas”. Montaña, el hijo de don Yayo, el Mono Claudio Rodríguez, Luisito, Sanfi, Osvaldito, Goyito, Polvorita y Diego, más los arqueros Pelusa, el Chino y Gomita eran los titulares. Decía antes que todo “iba bien”, pero hasta una tarde.

Festejaban un aniversario de Argentinos Jrs. y se armó a todo trapo un campeonato interno en Las Malvinas, con invitados, periodistas y dirigentes. El postre era ver jugar a los magos estos, todas las demás divisiones puro relleno, modestos tentempiés. Quedamos para cerrar la jornada y todo.

Como era de esperar, a la final llegaron ellos sin problemas, el otro equipo finalista resultó ser el nuestro.

Me asomo a las rejas de la entrada como intentando ver con clara serenidad en replay algo de lo que sucedió aquella tarde. Solo recupero vagos destellos en blanco y negro y apenas latente, ese olor a levadura, como un pase de luz que me permita recordar los pliegues de unas horas inolvidables, pero es muy mezquina la memoria y sus fragmentos ladinos.

Solo me devuelven algo similar a un desencanto incisivo por haberme sentido a menudo tan marginado estando en ese sitio de privilegiados, yo, que me pensaba bueno, me empequeñecía borroso ante tales fenómenos en un constante comparar y que daba con todo el amor propio por los suelos en ese campo sin verde. Pienso que en lo que vino después en mi vida, ese aprendizaje me dio algo de orgullo y una necesidad de destacar por sobre todo, una altivez que el tiempo moldeó y que por suerte no me hizo perder entre sus babas malignas de narcisismo.

Francis Cornejo, tótem y descubridor, además del técnico, era el árbitro.

Se moría de amor por sus “cebollas”. Eran sus diamantes, su tesoro que toda la guita que había en el banco donde laburaba no podría igualar jamás. Cuando yo llegaba al club, lo primero que hacía era entregarle las llaves y las monedas que llevaba para una coca. Cuando se las pedía al final, siempre me hacía una joda de bancario con sus manos diestras y entrenadas, por la cual yo me iba con menos monedas y entonces él me chistaba para darme las que faltaban, yo siempre caía. A él lo divertía mucho esa broma que imagino solía hacerle a todos.

Todo el mundo presente esa tarde estaba expectante por el último paseo que se darían de seguro los “Cebollitas”. Quienes íbamos de punto, sabíamos que estábamos en el horno. Ni mi viejo, como siempre apartado de la turba de padres besamanos y fanfarrones. El observaba solito en una punta que lindaba con la pileta en forma de L con mi hermano Fabio al lado, (quien también le daba y muy bien al balón) nervioso y con su faso de rigor sin ilusiones, asistía resignado al desenlace.

A la vuelta a casa, seguro me cubrirían sus críticas. A veces prefería un cuatro que me rompiera los tobillos todas las cuadras desde Las Malvinas hasta mi casa, que sus juicios exigentes. Pero esa tarde, el final y ese regreso, serían distintos, y tanto. Aún conservo una cinta en que le cuenta orgulloso a mi tío Juan radicado en USA “telarañas de la vida o bordado, no se…”, lo que vivió aquella tarde.

El partido se jugaba en dos tiempos. De llegar a estar empatados, cosa muy improbable, al final del segundo Francis daría cinco minutos más. De persistir la igualdad, a los penales.

Pero el partido que hicimos (“los partidos hay que jugarlos” ja) fue el partido soñado, bárbaro. No nos sacaron ventaja. Nuestro arquero se lució y ellos tuvieron un partido para el olvido, en cuanto al juego; porque creo que no se olvidaron en mucho tiempo de lo que pasaría luego en los cinco minutos del alargue. La mirada de Francis ta ladraba.

La bronca para con sus “cebollas” era incunable, ni que decir. Afuera nadie entendía que les ocurría a los créditos orgullo del club. Levantó la mano mostrando los cinco. Yo cacé una pelota perdida en el medio y gambeteando a dos, creo que a Luis y a Montaña, quedé solo frente a Gomita que salió a cubrir por abajo, pero yo se la emboqué por arriba.

Me parece que Francis todavía tenía su mano levantada. Creo que yo solo grité el gol rebotando en el milagro de la puesta en escena jamás soñada contra la fábrica de levadura. Lo increíble y el cagazo se mezclaron en el aire en estado de alerta, apenas me abrazaron un par y detrás de uno de los hombros, alcancé a ver a mi viejo dando saltos con mi hermano.

Me quemaban en la nuca la mirada ubicua y ardiente de Francis.

Se hizo un silencio de hospital.

Se oía hasta la levadura que se sumaba en masa incandescente reptando en el aire presagiando las pizzas de mi vieja.

“Las Malvinas”, cubierta de su clima y sin metáforas, nada de homenajes.

Sacaron desde el medio “Los Cebollitas” y se fueron todos en malón a rematarnos, el corazón de Francis jugaba de 12, su mirada pampera era un viento a favor de ellos, un pelotazo de Polvorita sacudió el travesaño y el rebote me cayó a la zurda, creo que fue el Monito Claudio que intentó sacudirme una volea a la altura del destino que asomó implacable ese instante, para darme la gloria en una tarde impensada pero el shot no llegó, el azar estaba conmigo y Gomita no intuyó que cambiaría y se la deslicé de rastrón camino al gol.

Esta vez si, lo gritamos todos.

Francis, acabó el partido ahí. “Los Cebollitas” se quedaron de piedra como un verdadero monumento anticipado a si mismos.

Un pesado limonero de plomo sobre el jardín de las delicias.

No se cuanto hacía que no perdían un partido.

Nuestra soledad en un costado de la canchita era conmovedora. Nos abrazábamos y gritábamos sacados al fin y merecidamente.

Cuando nos dimos vuelta, Francis y sus magos habían desaparecido como las monedas de la jodita.

La gente se desperdigó rápidamente porque en el buffet repartían algo. Mi viejo me abrazaba tan feliz como si River hubiera dado la vuelta en esos días de sequía. Creo que para mi hermano, pasé a ser un ídolo.

No aparecí por el vestuario ni para saludar, creo que algo, una copa o una medalla (más el sanguche con la coca habitual), habíamos ganado; Pero el instinto me hizo rajar. Un par de padres de los de mi equipo vinieron a saludar y estaban tan agrandados como agradecidos.

Esa noche en casa, la pizza de mi vieja era caviar…Una excusa más para que un sábado tenga que amasar, aparte de todo. Familia, amigos del barrio y vecinos. Esas ocasiones para el brindis…

A partir de la semana siguiente, Francis no me perdonó una en cada entrenamiento. Me gritó por cualquier pelota perdida o mal devuelta. Me puso “Batata negra”, ya dejé de ser aquel simpático “Zurdito” y dejó de hacerme la joda de las monedas. Pocas semanas después, don Ernesto Duchini me vio jugar en un potrero un partido de colegio y me tentó a ir a Chacarita. Les dijo, al lado de la canchita de baby debajo de la popular en San Martín, a mi viejo y a mi abuelo Felipe (que lo admiraba profundamente): “Este pibe va a llegar”. Aquí estamos, Maestro. Aunque los escenarios sean otros.

Hoy que volví al fin, miro por la calle Bauness y parece estar alumbrada solo para mí por esa callejera gracia de haberla caminado juntos con el Pelusa cuando la patria no pedía ser camino en él. Cuando el ambicioso gordo Cysterpiller le seguía a media gamba sin obligaciones contractuales.

Cuando todavía la gorda rubia no le llevaba de la mano al muere, cuando no necesitaba que se la chupen por despecho…Parece tan familiar y al mismo tiempo tan lejano, como un sueño persistente. Como perdura este aroma al aceite de los masajes, entre bromas y nervios anticipados en los camarines.

Como esa ilusión porque me dieran la número 11 y salir de titular alguna vez. Que se dio nomás unos años más tarde cuando pegué la vuelta desde Chacarita y él ya estaba en la tercera, pero alguna tarde se bajaba de la escalera del olimpo y traía algo de la llama sagrada para compartir con los de abajo.

Para hoy entender detrás de todo, la realidad en la que estamos transitando ya en otras veredas, con sus márgenes que miden las fronteras y en los confines. Tan cerca como el Riachuelo de los delfines.

¡Batata negra! Es lo último que escucho al alejarme mientras, aturdido pero más completo y aliviado espero que pase un 113 para cruzar Chorroarín y perderme en el humilde y añejo barrio de Agronomía hoy ya parte de Parque Chas.

Telarañas de la vida o bordados, no se… apunto al chamuyo de mi viejo ahora yo también, que ya tengo unos cuantos años más que los que tenía él cuando me bautizaron “Batata Negra”…

 

Ariel Prat

(Relato central que dio título a su libro «Batata Negra y otros relatos» (ediciones Alarco)