Sin el persistente respaldo de Lorenzo Miguel desde la Unión Obrera Metalúrgica, el cervecero no habría podido trascender como lo hizo gracias a su personalidad y nobleza. .

SAUL Y LORENZO

Por Gabriel Fernández

En la cúspide de su potencial movilizador –años 80- Saúl evidenció el valor de poner la acción en primer plano, y de ampararse en grandes estructuras para poder hacerlo.

Por Gabriel Fernández *

La Señal Medios

20/11/2020

Me preguntó un colega de Sindical Federal acerca de Saúl Ubaldini.

Le respondí a través de un audio de unos 15 minutos algo que puede operar como balance parcial.

La idea base, intento sintetizar, es la siguiente.

Adentrarse en la trayectoria de Ubaldini implica comprender un poco mejor el período que abarca desde mediados de los años 60 hasta el presente.

En la cúspide de su potencial movilizador –años 80- Saúl evidenció el valor de poner la acción en primer plano, y de ampararse en grandes estructuras para poder hacerlo.

Sin el persistente respaldo de Lorenzo Miguel desde la Unión Obrera Metalúrgica, este combativo referente de un gremio pequeño como el cervecero no habría podido trascender.

Lo cual habla de una maduración dual en tiempos bien difíciles.

Si por un lado y en plena persecución los espacios duros del movimiento obrero (Comisión Nacional de los 25 – Agrupaciones Sindicales Peronistas) razonaron la importancia de articular y dejar de englobar negativamente al resto, por otro lo más lúcido de las conducciones tradicionales comprendieron que necesitaban golpear en unidad los proyectos liberales (Celestino Rodrigo – José Alfredo Martínez de Hoz – Domingo Felipe Cavallo – Juan Vital Sourrouille).

Esa unidad, preludio del presente (obturado en los 90 por el menemismo), brindó un vigor singular a Ubaldini, junto a su carisma catalizador que nucleaba la furia con los rasgos de un trabajador modesto, hincha de fútbol, proclive a quedarse tomando mate en la CGT para conversar con los amigos.

La conjunción Ubaldini – Lorenzo Miguel – UOM – 62 – CN25 – ASP es por contraste la crítica más clara y definitiva que el sindicalismo argentino planteó al asombroso y profundo disparate de matar a José Ignacio Rucci.

Aquella dualidad que parecía irreconciliable entre las 62 y la JTP perjudicó de un modo extraordinario a los intereses de los trabajadores y debilitó en el primer lustro de los 70 el proyecto nacional esbozado por Juan Domingo Perón.

Con Rucci había que hablar continuamente hasta alcanzar acuerdos parciales … y luego volver a hablar.

Si era difícil, resultaba pertinente forzar el diálogo hasta que se concretara.

Asesinarlo fue un delito y un error político significativo.

Los 25 y las ASP lo comprendieron en los hechos, y es de valor señalar que, en sentido inverso y a la vez confluyente, Lorenzo entendió que insistir en represalias hubiera sido igual de suicida.

Así, este hombre apresado por la dictadura obró con sabiduría y potenció la figura de Ubaldini rodeado de los unos y los otros para limar el plan de Joe.

Incluir a Lorenzo en una lista de “traidores” y a Saúl en una nómina de “combativos” como si uno no hubiera ofrecido volumen al otro, es la reconstitución de aquél error histórico.

Y una nueva falsedad establecida por esta renovada idealización de la historia que parece campear en algunos compañeros.

He marchado bajo la conducción de Ubaldini durante la dictadura.

Había que encabezar eso, megáfono en mano, rodeado de fuerzas represivas.

La valentía del cervecero se desplaza en el tiempo hasta promover el asombro.

Con varios compañeros, organizamos actos y marchas en La Plata, Dock Sud, Avellaneda – Lanús; sabíamos que contábamos con Ubaldini, y también con la aquiescencia de Lorenzo.

(En sintonía relativa, el Pepe Rosa editaba como podía la revista Línea.

Nosotros realizábamos el período mural La Pared; cuando no había edición, efectuábamos pintadas relámpago en las cuales, más de una vez, el campana terminaba preso.

Ya en las postrimerías del régimen, llevamos adelante el diario La Voz, que se constituyó en vocero de los planteos cegetistas).

La profunda división en el seno del movimiento obrero suscitada por impericia de unos y otros en el primer tramo de los años 70 fue el aporte “propio” a la instalación de la dictadura.

Que nadie malentienda intenciones: no fue un aporte voluntario ni fruto de complicidades específicas.

Fue la sublimación del error generado por la ausencia de nexos, barridos por la percepción de tener la verdad absoluta acerca de cómo llevar adelante la política gremial.

Ahora, que se recuerda con esmero y justicia a Saúl Ubaldini, es imprescindible, para que su imagen no se transmute en disvalor fijo e impotente, poner de relieve la importancia que tuvo Lorenzo Miguel en su decurso y expansión, evitar la idealización y dejar de decir que aquél gran luchador fue un dirigente solitario de los que ya no hay. No estuvo solo.

Quienes se desmarcaron de esa gesta (un sector de la CGT Azopardo, la Comisión Nacional de los 20, ambos minoritarios) lo hicieron porque así lo desearon, no por una acción expulsiva surgida del interior de alguna de las corrientes mencionadas.

Hace unos días, ante otra polémica enlazada, indiqué que la Resistencia nos ayudó a precavernos de la declamación.

Las cosas hay que hacerlas, cuando hay que hacerlas.

Para eso, es preciso contar con la potencia necesaria para concretarlas, y definir el vasto campo de las cercanías así como la reducida zona de los enemigos.

Absorber las enseñanzas de ese extenso período, implica poder visualizar el presente con mayor transparencia.