Mientras el Estado argentino despliega instrumentos para resolver como pueda esta situación, los “mercados”, invisibles como la mano que imaginó Adam Smith, muestran su verdadera naturaleza: no quieren.

POBRES LOS RICOS

Los ricos no están solos. Además de tener el dinero y los medios, tienen un aliado en esta lucha: la clase media. Esa línea de flotación que se produce entre los que logran pasar la barrera de la pobreza y los que no, la que funciona como un tapón ideológico alterador de los roles donde el pobre es el chivo expiatorio. La clase media se victimiza y señala al más débil como culpable de su condición y los ricos, permanecen ausentes.

 

 

Editorial Revista Hamartia

4 de noviembre del 2020

 

Ilustración: Serko

 

En nuestro país, afectar una porción mínima de los intereses concentrados de la economía desata una respuesta mediática, judicial y económica que logra poner en jaque la estabilidad del gobierno en varios aspectos. Está claro que se trata de una disputa ideológica y, por consiguiente, política.

Los pueblos del mundo han visto ante sus propios ojos el avance de un virus invisible que nos ha obligado a permanecer en nuestras casas. Hay que decirlo, algunxs más cómodos (un living o una ventana en este contexto es un privilegio), y otros, con la soga al cuello, sin poder soportar el encierro que les proporciona sus condiciones materiales de existencia. Como sea, este virus, por su crecimiento exponencial de contagio y por su letalidad, ha puesto al mundo en estado de emergencia.

Cuando la muerte se hace evidente y reúne a miles en pocos días, el capitalismo queda al desnudo. Sin vacuna por ahora, lo único que separa la vida de la muerte es un buen sistema de salud público y coordinado por el Estado. Los “colapsos sanitarios” que se dieron en los países más desarrollados del mundo lo demuestran.

Mientras el Estado argentino despliega instrumentos para resolver como pueda esta situación, los “mercados”, invisibles como la mano que imaginó Adam Smith, muestran su verdadera naturaleza: no quieren. Pero, ¿los mercados pueden hacer algo? Seguro que sí, tienen los recursos. Pero no quieren.

En un contexto realmente extraordinario, esta negación que vuelve visible, una vez más, lo invisible, no sólo muestra lo que son y lo que tienen para dar, quizás sea aún mucho peor, confirman lo que ya sabemos: son el límite. Algo así como un muro gigante e infranqueable, entre la posibilidad del desarrollo humano sustentable en comunidad o no. Veamos sino cómo actúan “nuestros” supermillonarios que, cuando se les pide una modesta colaboración de sus bolsillos, huyen despavoridos como sus dólares fugados al exterior.

La abundancia es desigualdad

Según las estimaciones en base a las declaraciones juradas del impuesto de bienes personales, el aporte extraordinario a las grandes fortunas alcanzaría un número cercano a las 9000 personas, que representan algo así como el 0,08 por ciento de la población argentina. Si bien el aporte es a personas físicas con más de $200 millones declarados (no pagan las sociedades, sean grandes o Pymes, sean S.A. o SRL), este sector minúsculo de la sociedad argentina se las arregla para mostrarse como los “pobres” agredidos por las políticas “confiscatorias” del Estado.

¿Quiénes son, se preguntarán ustedes? Empresarios ricos con empresas pobres, evasores con abultadas cuentas en paraísos fiscales, contratistas del Estado que luego se presentan como Sociedades Anónimas. Va de vuelta: ¿Quiénes son estos ricos que representan el 0,08 y de los que muy pocos hablan? ¿De dónde surge la imposibilidad de hablar de la riqueza? ¿O acaso es de los ricos de los que no se puede hablar?

La publicidad, la tele, las redes sociales son grandes canales de divulgación de estos estilos de vida. La clase media ve representada la fantasía de la sociedad emprendedora, el engaño de que cualquiera puede convertirse en Susana Giménez o en Bill Gates aunque la probabilidad de que esto suceda sea una en un millón.

Según el informe anual de Oxfam difundido este año, “El 1 por ciento de los ricos en el mundo acumula el doble de las riquezas que 6.900 millones de personas (somos 7.700 millones de habitantes en el mundo).

El informe también grafica que sólo 22 hombres ya concentran más dinero que todas las mujeres de África. Un impuesto del 0.5% sobre su riqueza generaría 117 millones de empleos en áreas sociales. Una persona que hubiese ahorrado US$10.000 al día desde la construcción de las pirámides de Egipto todavía tendría sólo una quinta parte de la media de las cinco mayores fortunas del mundo, aseguró Oxfam.

En nuestro país, por cada persona rica hay 45 pobres que no llegan a cubrir la canasta básica todos los meses. Una pequeña redistribución de los ingresos podría ayudar a eliminar esa brecha que tanto preocupa al gobierno y afecta a los sectores más vulnerables, sin que los ricos dejen de serlo.

Dos pollos y ningún balcón

Dice Umberto Eco, escritor y ensayista, que si de dos personas una come dos pollos y otra ninguno, las estadísticas dirán que las dos personas en realidad comieron un pollo cada una. De la misma manera que se invisibiliza con “datos” la pobreza extrema, también se lo hace con la extrema riqueza.

En definitiva, el problema actual no radica precisamente en la existencia, en sí, de los ricos. El problema está en la desigualdad que permite, por ejemplo, que el 0,08 por ciento de la sociedad tenga cien veces más que el resto para pagar determinado impuesto. La suma del poder de estos factores hace inviable cualquier proyecto de país a largo plazo.

Los ricos no están solos. Además de tener el dinero y los medios, tienen un aliado en esta lucha: la clase media. Esa línea de flotación que se produce entre los que logran pasar la barrera de la pobreza y los que no, la que funciona como un tapón ideológico alterador de los roles donde el pobre es el chivo expiatorio. La clase media se victimiza y señala al más débil como culpable de su condición y los ricos, permanecen ausentes.

La idea falaz de que la riqueza material es la clave de la autorrealización y que sólo los que se esfuerzan y hacen el mérito, o sea, los que están dispuestos a trabajar de sol a sol lo tienen asegurado, es un valor instalado profundamente en nuestra cultura. La idea de la riqueza como un bien social, un bien moralmente intachable es un problema real.

Quizás, valga la pena reformular la pregunta de por qué no se puede hablar de riqueza y más bien preguntarse, por qué no se puede hablar de impuestos. ¿Cómo se puede hablar de igualdad de oportunidades cuando el principal impuesto de la argentina es el IVA, un impuesto totalmente regresivo que iguala al más rico con el más pobre? Pero que, además, y éste es el punto de contacto, es la queja recurrente de los responsables inscriptos (sinónimo de clase media en términos impositivos) que ven cómo ese impuesto les consume su facturación.

Pobres los ricos

Una encuesta de la Consultora Analogías reveló que el 64% de lxs argentinxs estaría de acuerdo con que se les cobre un aporte solidario a 12000 millonarios con grandes fortunas por única vez, mientras que el casi el 60% estaría de acuerdo en que se aplique como un impuesto todos los años.

Sin embargo, pareciera que, en nuestro país, afectar una porción mínima de los intereses concentrados de la economía desata una respuesta mediática, judicial y económica que logra poner en jaque la estabilidad del gobierno en varios aspectos. Pues entonces, ¿no sería un buen momento para dejar de entregar la razón en bandeja a esa porción de la sociedad que siempre convalidó los discursos anti estatales? Está claro que se trata de una disputa ideológica y, por consiguiente, política.

El “Frente de Todos” tiene un gran desafío por delante: motivar al pueblo a luchar por la redistribución de la riqueza sin que la consecuencia de esa causa sea entregar el gobierno en 2023. Para ello, tiene el enorme desafío de crear una comunicación centrada en una narrativa contundente y poderosa, que interpele y que, a la vez, se pueda diversificar. Todo esto en un contexto muy difícil, donde el 95% del espectro comunicacional es opositor: un agujero negro de la democracia argentina.

En la última década, aprendimos que son el corazón de la dominación, porque son los que construyen sentido común, día a día, sin pausa y con certeza. Y que siempre, van a defender los intereses de ese 0.08% más rico que históricamente representó al poder real en nuestro país.

El gobierno debe ser capaz de interpelar a la base social que le dio el 48% de los votos. Ese sujeto que se genera en el cruce de los que se sienten agredidos por las políticas neoliberales con los que están a favor de cambiar la matriz de distribución de la riqueza.