Falta que digan “¡transgresores eran los de antes!” para que todos esbocemos una sincera sonrisa.

LAS VUELTAS DE LA VIDA

Por Gabriel Fernández *

Por estos pagos lo padecieron el tango y el folklore, entre tantos, devaluados cual vetustos y faltos de esa “onda” que sí decía poseer el electrizante sonido impuesto en casi todas las radios. Las cosas se complicaron argumentalmente para ese espacio sectario cuando Divididos (FOTO)  incluyó una buena versión de El Arriero en un disco clave.


Por Gabriel Fernández *

La Señal Medios

08/10/2020

Arranco con una frase destituida por el uso excesivo: las vueltas que tiene la vida.

Esta reflexión sin importancia continúa marcando el símbolo que constituye la actitud del hijo de Mario Pergolini burlándose al aire del recientemente fallecido Van Halen; esto es, mofándose de su muerte pero muy especialmente, en el interior de la broma, del género musical que encarnó.

Ese género, el rock con gran digitalización, acelere y volumen, entornado por el aura transgresora de sus ejecutantes, fue evaluado por Pappo como “la fórmula 1 de la música”.

Esta caracterización, que en sí misma implica devaluación del resto, se desplazó como verdad por décadas –lo sabemos: muchas décadas- en las cuales los indudables méritos de los grandes creadores del rock eran opacados por la sorna que sus seguidores incluían al compararlos con los más variados estilos.

Por estos pagos lo padecieron el tango y el folklore, entre tantos, devaluados cual vetustos y faltos de esa “onda” que sí decía poseer el electrizante sonido impuesto en casi todas las radios.

Se han registrado variantes sugestivas, dignas de picnic jauretcheano.

Algunos de sus maduros protagonistas siguen circulando y –más tímidamente- insistiendo en la versión.

Por caso, aquellos que sólo admiten canciones en inglés y sonríen irónicamente ante toda variante –rock, tango, folklore, cumbia o lo que fuere- en español.

También, quienes en modo fundamentalista calificaban “esto es rock” o “esto no es rock” como si alguna fusión –con jazz o folklore, por caso- dañara la pureza de un sonido naturalmente distorsivo.

Todos estos ejemplos los he escuchado a lo largo de los años y los he refutado en zonas complejas, como La Tribu y la Rock and Pop, entre otras.

La gratitud y el afecto por esos medios que me contuvieron no implica la ausencia de crítica hacia algunos personajes.

Si fuera posible caracterizar formas culturales mediante figuras representativas, podríamos señalar a Pergolini padre y a Bobby Flores como héroes del desdén.

Con los años, se acomodaron un poco a las circunstancias, pero todos sabemos que su público los entendió de tal modo.

Las cosas se complicaron argumentalmente para ese espacio sectario cuando Divididos incluyó una buena versión de El Arriero en un disco clave.

¿Y ahora qué hacemos? se preguntaron.

El problema no radicaba en el gusto por la música de rock and roll.

Para nada.

El problema anidaba en la visión que incluía como material de descarte todo lo demás.

Cuando en Ficciones insertábamos lo mejor del rock –heavy incluido- junto a lo mejor del tango, sin olvidar obras clásicas y sin dejar de lado los variados sonidos folklóricos y las fusiones experimentales, contribuíamos a gestar la contradicción en las mentes más interesantes del período –fines de los 80, años 90, primer tramo del siglo en curso- y también teníamos que escuchar los airados reclamos de aquellos que consideraban que Pink Floyd o Led Zeppelin habitaban un mundo superior en el que Troilo o Yupanqui ni siquiera estaban invitados.

Hace unos años, cuando La Nación adquirió la revista Rolling Stone, el período empezó a cerrarse.

Lo charlamos oportunamente en estas mismas páginas.

En estas vueltas raras de la vida, los expertos en el desdén –y de hecho, trazo grueso en la radiofonía nacional, de la censura para los ritmos locales- están siendo burlados y menoscabados por jóvenes que sólo aprecian estilos presentes, bandas recién generadas, formatos que dan cuenta de costumbres para las cuales el rocker hoy es un equivalente del tanguero en los años precedentes.

Es más, esos antiguos promotores de la unilateralidad sufren la peor de las humillaciones al ser defendidos por un público adulto que los percibe “serios” y portadores de ironías “sobrias” contrastantes con “irrespetuosidades” propias de los “irreverentes” borregos que no saben respetar a sus mayores.

Falta que digan “¡transgresores eran los de antes!” para que todos esbocemos una sincera sonrisa.

No exenta de la ternura que nos provocan los abuelos cuando recuerdan aquellos tiempos de vigor y lozanía.

GF/

• Director La Señal Medios