Hoy ya puedo considerarme un tipo que hace radio,bademás de amarla desde pibe. 

LA RADIO, SERRAT, NICOLINO Y DON LUIS

Por Ariel Prat *
Recuerdo a don Luis subiendo la escalera,cansino y en camiseta musculosa con su radio en la mano izquierda,con la derecha se tomaba de la baranda,como que le costaba.

Por Ariel Prat

NAC&POP

29/08/2020

Recuerdo a don Luis subiendo la escalera,cansino y en camiseta musculosa con su radio en la mano izquierda,con la derecha se tomaba de la baranda,como que le costaba.
Su habitación quedaba arriba a la izquierda y para que subamos a la terraza debíamos pasar por su puertita,olía a revistas y diarios su cotorro,y a discos Juan,si,le encantaba poner en su winco música a medio volumen,y mucha era de un incipiente José Larralde,quien ya me parecía viejo en esos años y eso que yo andaba por los cinco o seis.
 El olor se conformaba por esas selectas fragancias que se completaba con los vinilos.
Los discos olían Juan,¿te acordás?
A don Luis no le había ido muy bien en el amor.
Según contaban en la cocina mi abuela y mis tías,don Luis era gringo pero venía de Córdoba y su gran amor era una morocha de Río Cuarto.
Yo solía hacerme el tonto Juan y oía esas historias como a Riverito recitando los números de la quiniela de la que eran devotos toda mi familia en esa casa ningún living, en la cual a veces éramos quince en dos piezas.
La cocinita aparte de puerta de madera desdentada,pegada a la nuestra era la que usaba don Luis y de la cual a veces lo veíamos comer ahí mismo sus huevos fritos con arroz o algún churrasco embravecido de aroma con ensalada,pero siempre con la radio encendida,a veces sonaba una tal Blackie y el peruano parlanchín.
Por eso conocí a Serrat.
Ahora que estoy de este lado de la radio Juan,pienso en él.
Soy la marioneta de esos momentos mágicos en donde todo parecía ser una puesta en escena de una obra que no sabíamos estar interpretando.
La radio y su declamar dominguero de turismo carretera o la de las peleas de Nicolino “el intocable”,que eran misa para todos reunidos al lado de la radio más grande que tenía mi abuela,y Don Luis que se juntaba con nosotros a vivir cada asalto como si viéramos lo que el gran Caffarelli nos ofrecía con su voz de filoso peligro de abismos relatados en ganchos o upercats.
Y pienso en un muchacho, que ahora mismo imagino sube por la escalera hacia otra pieza alquilada en una casa apenas prefabricada con un bañito propio y cocina compartida en William Morris.
 Lleva su radio pero con auriculares,no tiene tele entonces solo pone radio.
Vino de Santiago del Estero tal vez huyendo de un amor o en busca de otro,puede ser también que vino solo por trabajo para mandar guita a su vieja viuda o por buscarse un futuro en esa empresa como planta de mantenimiento.
Tal vez,quien te dice Juan,no le gustan las mujeres y se vino para no mostrar su deseo en forma de pena y mentir su deseo y quiere encontrar el hombre,su medio naranjo…que se yo…
Se acuesta,mira al techo escuchando estas sanatas, vmientras no se olvida de poner el despertador a las cuatro que a las cinco menos cuarto pasa el bondi a dos cuadras que lo lleva a la estación del San Martín para depositarlo en Retiro.
 A las seis debe estar al pie del cañón el hombre.
 Va cerrando los ojos Juan.
Se acomoda en la almohada.
Por la ventanita de ese cotorro,se ven las estrellas y piensa en la luz que puede entrar pero se tranquiliza porque todavía será de noche al despertarse y las estrellas son como una compañía,casi como este relato desde la radio.
Se torra.
Uno se asoma a un mundo que es un bebedero de lunas y arrabales Juan, como un viaje de pieles que no se huelen pero brillan en la noche Juan, como así también brillarían en las noches de aquel don Luis solitario parejo, y eso que dicen que la radio no se ve…me tomo la licencia de dudar.
 Aquí, asomado desde el mismo infinito de la radio.
Besos de esquina y abrazos de cancha.
AP/