El sistema funcionaba así: el cliente debía escribir su angustia, ensobrarla y firmar una garantía, donde aceptaba su devolución.

LA PASEADORA DE ANGUSTIAS

Por Javier Corcuera (FOTO)

Consuelo fue vendedora ambulante, tarjetera de boliches y repartidora de pizzas: odiaba el encierro de las oficinas y sabía que el triunfo lo conseguiría en la calle. Cuando divisó a un paseador de perros, presintió que sería feliz si tuviera un laburo así.

Por Javier Corcuera  *

NAC&POP

17/07/2020

Consuelo fue vendedora ambulante, tarjetera de boliches y repartidora de pizzas: odiaba el encierro de las oficinas y sabía que el triunfo lo conseguiría en la calle.

Cuando divisó a un paseador de perros, presintió que sería feliz si tuviera un laburo así.

Pero no iba a salir de pobre si hacía lo que hacen todos.

Tenía que encontrar un trabajo original. Impactante.

Consideró que las personas aborrecen aquellas cosas que no pueden controlar: las pasiones, las angustias.

Este último rubro, poco explotado, sería su salvación: “Voy a ser la primera paseadora de angustias”, anunció sin saber que, al poco tiempo, ya tenía su empresa.

El sistema funcionaba así: el cliente debía escribir su angustia, ensobrarla y firmar una garantía, donde aceptaba su devolución.

El contrato duraba un día.

Si el usuario tenía un retraso, debía pagar una multa severa, cosa que le pasó al verdulero Lucas Clark cuando se fue tres semanas de luna de miel.

Este protocolo era necesario: más de uno le había reclamado que rompiera el sobre y lo liberase de su angustia.

Inútiles reclamos de una tarea que no le correspondía a Consuelo: para eso, además, existían los psicólogos, a quienes no quería perjudicar robando clientela.

En realidad, la paseadora se consideraba incapaz de romper un vínculo que crecía con los años, sólido, arbitrario y sólo comparable con los reproches y el amor.

El servicio era caro, pero popular.

Algunos preferían abandonar la banda ancha, el cable y hasta el cafecito con el diario, con tal de vivir sin su angustia por unas horas.

Después de todo, era una tranquilidad que estuviera depositada en otras manos.

Así se sentía Consuelo: como un verdadero depósito.

A pesar de los ayudantes, andaba sobrecargada, fijándose que ninguna angustia se perdiera, vigilando que no las pisaran, intentando que todas cruzaran en fila a respetuosa distancia.

Siempre creyó que el orden era un pasaporte al éxito.

Los buenos clientes la contrataban todos los días.

Algunos aceptaban la oferta de dos angustias al precio de una.

Otros pedían el paseo de angustias matinales: el miedo a quedarse dormido, el colectivo lleno, el grito de un jefe.

Los más pudientes pedían el paseo de angustias existenciales.

La paseadora también tenía sus trastornos, agobiada por el estrés, las dolencias musculares, los reiterativos “no sé qué hacer, doña Consuelo, estoy muy angustiado”.

Con tantas cargas, agonizaban la disciplina y el rigor de su trabajo.

Tal vez por eso, se produjo una confusión desgraciada: una vedette recibió la angustia a perder el celibato; y un sacerdote se encomendó a la virgen y los santos evangelios, cuando se acercó a un espejo para ver si su cola tenía unos kilos de más.

Avergonzados, ambos conservaron este secreto, que los dejó a pasitos de una internación.

También estuvieron por internar a un vegetariano, desencontrado del asco a la carne, por cruzar a una parrilla para darse un atracón.

Su tormento perturbó a una vieja ama de casa, amante del asado, quien consultó a un terapeuta, que quedó tan desconcertado como ella.

Otros, en cambio, durmieron tranquilos por tener las angustias cambiadas.

A un banquero no le devolvió el temor a una estampida del dólar, sino a esperar un bebé.

Este enredo alivió a un hombre que temía un desastre financiero y a una adolescente, que nunca se preocupó por el mundo bursátil, pero temía un embarazo no deseado.

Un portero ya no se mortificaba cuando veía una puerta abierta y dejó de mantenerla cerrada las veinticuatro horas.

Lucas Clark perdió la angustia de no llegar a fin de mes y se fue de compras con su familia.

Un debilucho provocó a un grupo de borrachines y terminó con la cara rota.

Un patovica, que creía en Buda, se mudó, porque lo espantaba el cuco.

Una soltera sospechó que se venía el estallido de un divorcio.

Pampita se sentía angustiada, porque los hombres no le daban bola.

Y Mirta Legrand empezó a eructar en sus almuerzos desde que perdió el temor al qué dirán.

Este caos terminó agobiando a la paseadora de angustias, que decidió dejar a sus clientes con las vidas cruzadas.

Se fue sin culpa.

Cada uno, después de todo, tiene las angustias que se merece.

JC/

 

NOTA DE LA NAC&POP: Javier Corcuera es actualmente el director de Radio Caput y el conductor del programa de Hebe de Bonafini en Radio Caput. MG/N&P / martingarcia.dossier@gmail.com