El Legado de Perón a los y las argentinas de buena fé. (Para leer, estudiar y subrayar)

“MODELO ARGENTINO PARA EL PROYECTO NACIONAL”

Compilado por Oscar Castellucci y un gran equipo a solicitud del Congreso Nacional.

Treinta años de lucha pública por el país, en el pensamiento, la acción y la reflexión, me han suscitado la convicción de que nuestra Argentina necesita definir y escribir un Proyecto Nacional.Este Proyecto tiene que ser verdaderamente «nacional»; vale decir:  realizado por el país.En consecuencia, todos los sectores políticos y sociales, y todos los ciudadanos, tienen el deber cívico y moral de aportar su idea.Para cumplir con ese deber, hoy entrego al país este trabajo al que denomino Modelo Argentino. (Juan Domingo Perón.)

El Legado de Perón

Una Gentileza de la

NAC&POP

“Modelo argentino para el proyecto nacional”

PRÓLOGO 

A mis compatriotas:

Treinta años de lucha pública por el país, en el pensamiento, la acción y la reflexión, me han suscitado la convicción de que nuestra Argentina necesita definir y escribir un Proyecto Nacional.

Este Proyecto tiene que ser verdaderamente «nacional»; vale decir:  realizado por el país.

En consecuencia, todos los sectores políticos y sociales, y todos los ciudadanos, tienen el deber cívico y moral de aportar su idea.

Para cumplir con ese deber, hoy entrego al país este trabajo al que denomino Modelo Argentino.

Están aquí sistematizados los pensamientos de una vida de servicio, en la forma más sencilla en que ellos pueden ofrecerse al pueblo.

Las inevitables imperfecciones de la obra humana que este Modelo Argentino signifique, me han sugerido también la necesidad de considerarlo como una propuesta de lineamientos generales antes que de soluciones definitivas.

Su discusión esclarecedora por parte de todos los grupos representativos de nuestra comunidad, posibilitará establecer el camino más acertado para alcanzar los propios objetivos nacionales.

Ella contribuirá, a su vez, a profundizar este Modelo para que de él surja lo que deberá ser nuestro Proyecto Nacional.

El Modelo Argentino se constituirá, también, en un importante elemento de juicio a ser considerado en la reforma de nuestra Constitución Nacional, toda vez que su contenido reflejará el sentir de la inmensa mayoría de los argentinos.

Invito a todos a participar de la doble empresa: analizar este Modelo Argentino y elaborar su propia expresión de nuestro Proyecto Nacional.

Hasta aquí, el aporte del ciudadano.

El del gobernante será crear el Consejo para el Proyecto Nacional, a fin de que la participación del ciudadano, de los grupos sociales y partidos políticos, tenga un cauce institucionalizado para posibilitar que toda idea útil se aproveche y preservar también la suficiente capacidad de autocrítica que actualice permanentemente el Modelo, ajustándolo a la realidad de un mundo en constante evolución.

Sólo la idea vence al tiempo.

Hagamos de ella nuestro medio esencial para la lucha interna; institucionalicemos la lucha por la idea y usemos todo nuestro patriotismo para dar más potencia a la institucionalización de este proceso nacional.

El mundo será universalista; la organización de los países del «tercer mundo» constituye una forma de tránsito necesario hacia un universalismo justo; la etapa del continentalismo, a su vez, es un camino para ambas cosas.

Nuestra Argentina tiene que tener un papel activo y relevante en todo este proceso y no debe seguir resignadamente lo que elaboren los demás.

Tanto el incentivo interno de nuestra propia responsabilidad para con el país y sus hijos, como el devenir histórico del mundo en su totalidad, nos convencen de la necesidad de elaborar nuestro propio Modelo.

No necesitamos soportar agresiones que actúen como factor desencadenante de nuestra acción creativa.

Nos basta con nuestra capacidad para ver el futuro.

Tal vez éste sea uno de los mayores aportes que puedo hacer a mi patria.

Sólo con su entrega, me siento reconfortado y agradecido de haber nacido en esta tierra argentina.

 

Juan Domingo Perón

 

PRIMERA PARTE

FUNDAMENTACIÓN

CONCEPTO DEL MODELO ARGENTINO

Cuando pienso en los acontecimientos cruciales de la historia del país, encuentro en ellos las huellas profundas de una toma de conciencia verdaderamente nacional.

Este proceso se ha distinguido por una denodada pugna entre esa creciente conciencia y las fuerzas que han tratado de impedir implacablemente su libre expresión.

El Modelo Argentino pretende ser, precisamente, la interpretación de esa conciencia nacional en procura de encontrar su cauce definitivo.

  1. Ideología y doctrina nacionales

Nuestra patria necesita imperiosamente una ideología creativa que marque con claridad el rumbo a seguir y una doctrina que sistematice los principios fundamentales de esa ideología.

Para ello, debemos tener en cuenta que la conformación ideológica de un país proviene [o] de la adopción de una ideología foránea o de su propia creación.

Con respecto a la importación de ideologías —directamente o adecuándolas— se alimenta un vicio de origen y es insuficiente para satisfacer las necesidades espirituales de nuestro pueblo y del país como unidad jurídicamente constituida.

El mundo nos ha ofrecido dos posibilidades extremas: el capitalismo y el comunismo. Interpreto que ambos carecen de los valores sustanciales que permitan concebirlos como únicas alternativas histórico-políticas.

Paralelamente, la concepción cristiana presenta otra posibilidad, impregnada de una profunda riqueza espiritual, pero sin una versión política suficiente para el ejercicio efectivo del gobierno.

Los argentinos tenemos una larga experiencia en esto de importar ideologías, ya sea en forma total o parcial.

Es contra esta actitud que ha debido enfrentarse permanentemente nuestra conciencia.

Las bases fértiles para la concepción de una ideología nacional, coherente con nuestro espíritu argentino, han surgido del mismo seno de nuestra patria.

El pueblo, fuente de permanente creación y autoperfeccionamiento, estaba preparado hace tres décadas385 para conformar una ideología nacional, social y cristiana.

Sin embargo, no fuimos comprendidos cuando, respondiendo a esa particular exigencia histórica, propugnamos la justicia social como inmanente al ser nacional, a pesar de que la justicia social está en la base de la doctrina cristiana que surgió en el mundo hace dos mil años.

Al calor de intereses políticos y económicos se originaron numerosos equívocos —como la identificación de la democracia con el liberalismo— promoviendo confusiones ideológicas que, en su momento, configuraron el marco necesario para el mantenimiento de intereses imperialistas.

No obstante, esa ideología intrínsecamente argentina, y la consecuente doctrina, crecieron en la conciencia del pueblo.

El Modelo Argentino no quiere ser otra cosa que la expresión representativa y la síntesis prospectiva de una ideología y una doctrina nacionales.

La creación ha nacido del pueblo, y el ciudadano que ofrece hoy el presente conjunto de ideas, valores y objetivos concretados bajo el nombre de Modelo Argentino, tal vez no tenga otra virtud que la de haber querido e interpretado la voluntad de ese pueblo.

Es por eso que este Modelo no es una construcción intelectual surgida de minorías, sino una sistematización orgánica de ideas básicas desarrolladas a lo largo de treinta años.

Ahora es posible ofrecer este Modelo al país, después [de] que la representación popular ha sido reimplantada.386

385 Se refiere a 1945, la etapa fundacional del peronismo.

386 Se refiere a la recuperación plena del sistema democrático que se produjo a partir del 11 de marzo de 1973 con el triunfo electoral del Frente Justicialista de Liberación FREJULI, cuya columna vertebral fue el peronismo, con el doctor Héctor Cámpora como candidato, después de 18 años de sistemática proscripción.

212 Si el Modelo Argentino encarna la voluntad de nuestro pueblo, será auténtico. Si es auténtico, será útil a la patria. Y si es útil, cumplirá su propósito histórico.

  1. El Modelo Argentino y el Justicialismo

El Justicialismo es el resultado de un conjunto de ideas y valores que no se

postulan; se deducen y se obtienen del ser de nuestro propio pueblo.

Es como el pueblo: nacional, social y cristiano.

Hace muchos años enuncié tales características del Justicialismo, prácticamente

en estos mismos términos, y afirmé su sentido al expresar que «el Justicialismo es una filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista».387

Esta búsqueda de respuestas a las necesidades integrales del país, que parten de una clara ideología, comenzó en la década de los años ‘40.

El 1º de mayo de 1948 la posición fue denominada «Justicialismo», abriéndose así las posibilidades de una elaboración conceptual en la que intervengan mandatarios, líderes políticos y pueblo.

La aparición y la evolución de la concepción justicialista es parte del desarrollo histórico natural de nuestras ideas, y es patrimonio de todo el pueblo argentino; en esa medida, el ideólogo es sólo un intérprete.

No obstante, en nuestro país todavía persisten muchos esclavos de la injusticia y de la inseguridad. Ni la justicia social ni la libertad —recíprocamente apoyadas— son comprensibles en una comunidad integrada por hombres que no se han realizado plenamente en su condición humana.

Es por eso que el Justicialismo quiere para el hombre argentino:

– Que se realice en sociedad, armonizando los valores espirituales con los materiales, y los derechos del individuo con los derechos de la sociedad;

– Que haga una ética de su responsabilidad social;

– Que se desenvuelva en plena libertad, en un ámbito de justicia social;

Es la 14ª de “Las veinte verdades peronistas”, anunciada por el propio General Perón desde los balcones de la Casa Rosada en el acto del 17 de octubre de 1950.

– Que esa justicia social esté fundada en la ley del corazón y la solidaridad del pueblo, antes que en una ley fría y exterior;

– Que tal solidaridad sea asumida por todos los argentinos, sobre la base de compartir los beneficios y los sacrificios equitativamente distribuidos;

– Que comprenda a la nación como unidad abierta generosamente con espíritu universalista, pero consciente de su propia identidad.

He dicho, una vez, que la comunidad a la que aspiramos es aquélla donde la libertad, la justicia y la responsabilidad son fundamento de una alegría de ser, basada en la certeza de la propia dignidad. En tal comunidad, el individuo posee realmente algo que ofrecer e integrar al bien general, y no sólo su presencia muda y temerosa.

Nosotros creemos en la comunidad, pero en la base de esa convicción se conserva un profundo respeto por la individualidad, y su raíz es una suprema fe en el tesoro que el hombre representa por el solo hecho de su existencia.

Cuando en la segunda guerra mundial las dos potencias ideológicamente opuestas se unieron para terminar con un tercer grupo de países en discordia con el orden imperante, Argentina no se sometió.

Nuestra rebelión fue entonces, como sigue siendo ahora, una cuestión de personalidad y de dignidad nacional.

Para no someterse, había que crear una respuesta diferente, propia, argentina.

Esa respuesta fue el Justicialismo. Pero como un Modelo que aspire a servir seriamente al país, sólo puede ofrecerse después de un período histórico de prueba, hubo que esperar tres décadas para poder elaborar la expresión, ya más formalizada, de una ideología, a fin de entregarla ahora a la fuerza creativa de nuestra nacionalidad.

Casi textualmente esta frase aparece en La Comunidad Organizada (1949),

 

 Capítulo XXI, 12º

párrafo.

OBJETIVOS DEL MODELO ARGENTINO

  1. Un ámbito de coincidencia nacional

El primer objetivo del Modelo Argentino consiste en ofrecer un amplio ámbito de coincidencia para que, de una vez por todas, los argentinos clausuremos la discusión acerca de aquellos aspectos sobre los cuales ya debiéramos estar de acuerdo.

Es imprescindible que mis conciudadanos comprendan que la presencia central del Justicialismo en un Modelo que deseo para todos los argentinos, sin exclusión de sectores, no responde al intento de forzar una indebida generalización de principios meramente partidarios. Si acudo a la respuesta justicialista no es por sectarismo o personalismo; estoy lejos de una actitud semejante.

La fundamentación justicialista no se incorpora por reflejar un sector parcial de opinión ideológico-política, sino por razones de índole totalmente diferente.

En primer lugar, porque encarna principios permanentes emanados de la esencia misma del hombre. En segunda instancia, porque el pueblo ha impregnado al Justicialismo de las constantes básicas de nuestra nacionalidad.

Por último, como «tercera posición», porque define una histórica determinación de autonomía e identidad nacional. Sin tales principios y constantes, sin esa identidad, no hay posibilidad de conformar un Modelo en el cual cada argentino que ama a su patria se reconozca.

Estos motivos me alientan en la aspiración de obtener la coincidencia necesaria para trazar una política nacional.

La grandeza del país y la felicidad del pueblo argentino son dos objetivos esenciales que, a mi juicio, deben guiar nuestro pensamiento y acción.

Partiendo de esta premisa, podemos empezar a construir.

Sólo necesitamos unanimidad conceptual para hacer lo que la mayoría decida.

Por eso, las grandes líneas de coincidencia únicamente pueden nacer del pueblo, manifestándose en sus representantes a través de organizaciones de pacífica convivencia republicana.

Si se quiere salvaguardar la nación que hemos recibido y seguir adelante en el proceso de preservarla y depurarla, o se usa la política de la fuerza, o bien se elabora la fuerza necesaria para respaldar una política.

Una Argentina de felicidad y de grandeza admite únicamente la segunda alternativa.

Necesitamos, pues, crear la fuerza requerida para sustentar una política nacional.

Es ésta la hora de su realización.

Tengamos en cuenta el ejemplo que nos muestra el mundo, en el que está ganando terreno la idea de que el bienestar de los pueblos se halla por encima de las concepciones políticas dogmáticas.

Esto origina un campo de mutuo respeto, que parece nutrirse en bases de civilización, de comprensión y de tolerancia hacia las ideas de los demás.

No tengo dudas [de] que éste es un momento crucial de nuestra patria: o profundizamos

las coincidencias para emprender la formidable empresa de edificar una gran nación, o continuamos paralizados en una absurda intolerancia que nos conducirá a una definitiva frustración.

  1. La futura comunidad argentina

El segundo de los objetivos radica en concretar el ámbito de consenso, configurando los caracteres que los argentinos anhelamos para nuestra comunidad futura.

Todo país se enfrenta, en algún momento de su historia, con la obligación de definir principios, valores y conductas generales, pero también caracteres que perfilen y recorten su nacionalidad. Corresponde a un Modelo la estructuración de estas propiedades que no hacen más que traducir la idiosincrasia del pueblo.

La carencia de un modelo de referencia ha causado —en nuestro país— graves efectos sociales, económicos y, particularmente, políticos. Ha llegado el momento de tomar conciencia [de] que en la Argentina nadie tiene el derecho de esperar que la sociedad madure por sí sola.

Los argentinos intuimos ya que no es posible insistir en nuestras vacilaciones: la historia reclama de nosotros la consolidación de una fisonomía nacional.

Para ello, corresponde al Modelo Argentino refirmar la forma socio-política que satisfaga a todo el país.

Estoy convencido [de] que sólo la comunidad argentina puede proporcionar el juicio definitivo sobre las cualidades que para ella se anhelan.

Es mi deseo que todos mis conciudadanos consideren este Modelo como una propuesta inicial; ya las generaciones que nos siguen, a través de un diálogo franco en el que participen todos los entes representativos de la comunidad, han de asumir la patriótica misión de perfeccionarlo.

Alguna vez prediqué la armonía como categoría fundamental de la existencia humana; sigo creyendo en ella como condición inalienable para la configuración de la Argentina que todos anhelamos.

Esa básica consonancia excluye la violencia e implica comprender que el único camino para la construcción fértil es partir de ideas, valores y principios, cuya práctica concreta no cercene el cauce de la paz.

Esto no distorsiona en absoluto la vocación de cambio del Justicialismo, concretado en este Modelo Argentino: ya he afirmado que la doctrina es revolucionaria en su concepción, pero pacífica en su realización.

No puede persistir duda alguna acerca de la forma que integrarán los caracteres buscados: se trata de una democracia social que, como se verá más adelante, será una estructura político-social absolutamente coherente con los principios esenciales de la comunidad organizada.

Cuando utilizo la palabra «social», estoy pensando en una democracia en la que cada integrante de la comunidad pueda realizarse con la única condición de poseer idoneidad y condiciones morales indispensables para aquello [a] que aspira.

En este sentido, la forma de gobierno que sirve a la democracia social resulta ser representativa, republicana, federal y social.

Todo lo que acabo de expresar no es más que otra forma de decir que seguimos deseando fervorosamente una Argentina socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

Se conecta estrechamente con lo expuesto el hecho de que el Modelo define, asimismo, una clara dimensión ética que no es otra cosa que un llamado a la autonomía de la conciencia moral. Hace años sostuve que el vertiginoso progreso material de nuestro tiempo lanzó al hombre fuera de sí mismo sin proporcionarle paralelamente una plena conciencia de su personalidad.

Proporcionarle paralelamente una plena conciencia de su personalidad.

Por eso, en el camino de la consolidación de la comunidad argentina desempeña un papel primordial la propuesta de un esquema de valores morales y espirituales que confiere al pueblo la templanza que el futuro de la nación requiere.

Resultará necesario precisar el nivel de nuestras aspiraciones respecto de la futura sociedad argentina; sólo así se estará en condiciones de clarificar la concepción estratégica que deberemos adoptar para hacer realidad lo que todo hombre de bien, nacido en esta patria, espera: una Argentina íntegra, cabalmente dueña de su insobornable identidad nacional.

  1. Orientación para las distintas áreas

Los objetivos anteriormente delineados asocian al Modelo Argentino con valores, principios y caracteres, tanto de estructura permanente y universal como de perfiles intrínsecamente nacionales.

Si allí [finalizara]389 nuestro propósito, no iríamos más allá de un lineamiento teórico y normativo de carácter general que no contemplaría la creciente complejidad de una comunidad orgánicamente constituida.

Quiero decir que tal conjunto de verdades adquiere una fisonomía específica y diferente en los distintos ámbitos de la vida nacional, así como una proyección igualmente específica.

Con la mirada orientada al futuro, es necesario identificar cuál es la medida en que cada una de las áreas de la sociedad argentina puede participar del Modelo, y es preciso definir de qué forma aquellos principios, valores y caracteres, cobran una dimensión particular, aunque interrelacionada, en cada ámbito del quehacer nacional.

Para que cada ciudadano se reconozca en el Modelo es imprescindible que éste no naufrague en abstracciones, sino que aquello que define y propone, 389 En el original CD: “finaliza”.

218 cobre realidad en cada una de las áreas de la comunidad, pues es a través de su área de competencia que el ciudadano se inserta en su patria y la siente como propia.

Tengo la convicción de que la transformación de la comunidad argentina sólo podrá lograrse mediante una adecuada conjunción de resultados eficientes en todos los campos del quehacer nacional.

  1. Guía programática y político-administrativa

A la luz de este objetivo, el Modelo Argentino debe conformar un sustrato

programático superior, orientativo de la conducción.

Creo que no podemos detenernos en discutir si es más aconsejable la programación que el desarrollo espontáneo, porque la segunda alternativa implica dejar a la sociedad librada a sus propias fuerzas y, [por ello, convertida en terreno fértil para distorsiones neo-colonialistas].390

Al hacer referencia a la conducción, debe tomarse en cuenta que en la conducción gubernamental hay dos componentes básicos: la conducción política y el gobierno político-administrativo.

La conducción política es una materia indelegable de quien ejerza la primera magistratura, y ella da sustento a la capacidad de hacer en lo político-administrativo.

Lo político-administrativo corresponde a las decisiones y acciones que se adoptan a través de los mecanismos corrientes del gobierno.

Las condiciones objetivas que hacen a la conducción superior implican que nadie puede gobernar sin el apoyo del pueblo, ni en Argentina ni en ningún otro país.

Significa también que el Proyecto final es del pueblo, y no de determinados gobiernos, ni de minorías intelectuales dadas.

El Modelo Argentino quiere servir a estos dos ámbitos de conducción superior, en estrecha conexión con una orientación programática lúcida y precisa.

La redacción en el original (CD) es confusa: “y es por ello terreno fértil para distorsiones neo-colonialistas”.

  1. La liberación y la integración

Afirmé anteriormente que la importación de ideologías alimenta un vicio de origen.

Detengámonos en este problema.

Si una ideología no resulta naturalmente del proceso histórico de un pueblo, mal puede pretender que ese pueblo la admita como representativa de su destino.

Éste es el primer motivo por el cual nuestro Modelo no puede optar ni por el capitalismo liberal ni por el comunismo.

Pero es evidente que la cuestión, como lo he repetido en numerosas oportunidades, no se reduce a la elección o configuración de una ideología y una doctrina que perfilen la identidad de nuestro pueblo, porque tal identidad se diluye sin una firme decisión de autonomía nacional.

El rechazo de las posibilidades extremas que nos brindan el capitalismo y el comunismo no sólo se fundamenta en su desconexión con la estructura íntima de nuestra nacionalidad, sino también en el hecho de que su adopción implica servir automáticamente al neocolonialismo, sea cual fuere su signo doctrinario.

Optar por un Modelo Argentino equidistante de las viejas ideologías es,  consecuentemente,decidirse por la liberación.

Por más coherencia que exhiba un Modelo, no será argentino si no se inserta en el camino de la liberación.

Me parece innecesario insistir en un hecho evidente: no estamos solos en esta lucha, aunque cada pueblo debe dar, frente a la historia, la respuesta que emane de su esencia.

Es por eso que la progresiva transformación de nuestra patria para lograr la liberación debe, paralelamente, preparar al país para participar de dos procesos que ya se perfilan con un vigor incontenible: la integración continental y la integración universalista.

Si aisláramos nuestra respuesta, la comunidad por la que luchamos quedaría a espaldas de un destino superior que espera a todos los hombres que en el mundo comparten ideales de justicia y verdad.

ANTECEDENTES HISTÓRICO-POLÍTICOS QUE CONDUCEN AL MODELO ARGENTINO

  1. Las enseñanzas del proceso histórico mundial

De dos fuentes proviene el crecimiento económico de los países más avanzados.

Por un lado, de sus propios recursos tecnológicos y acumulación de capital.

Por el otro, del acceso a las riquezas y el trabajo de los países colonizados.

El traspaso de las riquezas de estos últimos países a las grandes potencias se

efectuó de muy diversas formas.

De acuerdo con las circunstancias, se utilizó desde el procedimiento de la apropiación física hasta el de la remesa de beneficios para las inversiones imperiales, pasando por las etapas intermedias de ambos extremos.

De esa manera, muchos países colonizados expandieron su producto pero no su ingreso mostrando, al mismo tiempo, un aparente progreso que, en realidad, encubría su miseria.

Para mantener este sistema se necesitó de la dominación política.

El arma empleada para ello, también se adecuó a las circunstancias.

Fue así como se acudió al empleo de las fuerzas militares, con intervenciones directas o indirectas; al copamiento de gobiernos o de sectores claves de un país; a la complicidad de los grupos dirigentes; a la acción sutil de las organizaciones que sirven a intereses supranacionales; a los empréstitos que, bajo la forma de «ayudas», atan cada vez más a los países dependientes. Es decir, se recurrió a cuanto procedimiento fuera útil para los fines de dominación perseguidos.

Ésta ha sido una evolución particularmente notable del sistema imperialista durante casi todo el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX.

En su transcurso, las espaldas de los trabajadores de los pueblos sometidos —tanto del mundo oriental como del occidental— han sobrellevado, en buena medida, la carga del progreso de las metrópolis imperialistas.

Pero la situación internacional está sufriendo profundas conmociones: los pueblos comienzan a despertar, motivando que los países dependientes se vean obligados a tomar partido frente a dos elecciones:

– Por un lado, elegir entre neocolonialismo y liberación. Para nosotros la elección resultaba obvia y, cuando dijimos que había que construir el «tercer mundo», no hicimos otra cosa que dar un nombre y un sentido al camino de liberación elegido.

– Por el otro, se presenta la elección entre capitalismo y comunismo como opciones inevitables.

Nosotros percibimos el error de considerar como únicas alternativas a dos posiciones extremas que han servido para la dominación.

Así surgió la «tercera posición».

Venimos sosteniendo estos conceptos desde hace tres décadas.

Consecuente con ellos, Argentina inició un proceso de cooperación latinoamericana para lograr la liberación. Ya la idea de comunidad latinoamericana estaba en San Martín y Bolívar: ellos sembraron las grandes ideas y nosotros hemos perdido un siglo y medio vacilando en llevarlas a la práctica.

Ahora, para corregir el rumbo que equivocadamente tomamos, debemos profundizar, entre otros lazos de unión, la línea de los tratados de complementación económica que, como el firmado en Santiago de Chile hace 25 años entre este país y la Argentina, estén abiertos a la adhesión de los demás países del área con la finalidad de alcanzar una integración económica sudamericana.

Este proceso arroja algunas enseñanzas que es conveniente no desaprovechar en nuestra acción futura.

Podemos sintetizar tales enseñanzas en las siguientes consideraciones:

Se refiere al Acta de Santiago, suscripta 21 de febrero de 1953, por la cual los presidentes de Argentina y Chile (General Ibáñez del Campo) se comprometieron a suscribir el tratado que dejara constituida la Unión Económica entre ambos países dentro de los ciento veinte días.

En el artículo 4o de dicho acuerdo se invitaba a terceros países (de América Latina) a adherirse al mismo.

Unión latinoamericana.

Cada país participa de un contexto internacional del que no puede sustraerse.

Las influencias recíprocas son tan significativas que reducen la posibilidad de éxito en acciones aisladas.

Es por eso que la comunidad latinoamericana debe retomar la creación de su propia historia, tal como lo vislumbró la clarividencia de nuestros libertadores, en lugar de conducirse por la historia que quieren crearle los mercaderes internos y externos.

Lo repito una vez más: el año 2000 nos encontrará unidos o dominados.

Nuestra respuesta contra la política de «dividir para reinar» debe ser la de construir la política de «unirnos para liberarnos».

Reacción imperialista.

Tenemos que admitir como lógica la acción de los imperialismos en procura de evitar que la unión de nuestros países se realice, ya que ello es opuesto a sus intereses económicos y políticos.

En consecuencia, debemos admitir que la lucha es necesaria.

Pero nosotros también aprendimos a reducir el costo social de la lucha, porque luchamos por la idea y a través de ella.

Verdad y justicia. Puede discutirse mucho acerca de si existe o no determinismo histórico. Pero yo tengo, al menos, la certeza de que existe una constante en el hecho de que el hombre tiene sed de verdad y justicia, y de que cualquier solución de futuro no podrá apartarse del camino que las satisfaga.

Trabajar con los pueblos.

Para tener éxito en esta empresa, lo esencial reside en trabajar con los pueblos y no simplemente con los gobiernos; porque los pueblos están encaminados a una tarea permanente y los gobiernos, muchas veces, a una administración circunstancial de la coyuntura histórica.

Con este espíritu, 17 años después, el 26 de marzo de 1991, se firmaría el Tratado de Asunción que daría origen al MERCOSUR y que estableció “La libre circulación de bienes, servicios y factores productivos entre países, el establecimiento de un arancel externo común, la libre circulación de personas y la adopción de una política comercial común, la coordinación de políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados partes y la armonización de las legislaciones para lograr el fortalecimiento del proceso de integración”. El MERCOSUR es un bloque integrado por Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela, y que tiene como países asociados a Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú.

Fin de las oligarquías y burguesías. La historia muestra, también, que está terminando en el mundo el reinado de las oligarquías y las burguesías, y que comienza el gobierno de los pueblos. Con ello, el demoliberalismo y su consecuencia, el capitalismo, están cerrando su ciclo. El futuro, realmente, es patrimonio de los pueblos.

La brecha tecnológica. Las diferencias que nos separan de las grandes potencias han sido ahondadas por la brecha tecnológica.

Debemos, entonces, desarrollar tecnología.

Pero ello exige una mínima dimensión económica que sólo pocos países del «tercer mundo» pueden elaborar sobre la base del esfuerzo nacional.

Además, tampoco podrán abarcar la totalidad de la gama tecnológica.

Ésta es otra de las causas que exigen la unión de los países que quieren liberarse.

Falsas virtudes de los extremos. Hemos aprendido también que «occidental y cristiano», «occidental y libre», «capitalista y creativo», «comunista e igualitario» son, muchas veces, asociaciones declamatorias.

Sabemos que, en ambos sentidos, las falsas virtudes de un extremo fertilizan la potencia del otro extremo, y que no debemos seguir admitiendo que la tarea se reduzca a enfrentar a los dos modelos extremos.

Es ésta otra razón que justifica la creación de nuestro Modelo propio.

Acercamiento de los extremos. Los extremos se tocan cada vez más.

En efecto, mientras en las economías capitalistas es creciente el grado de intervención del

Estado y el contenido de sujeción de la libertad individual a formas programadas superiores; por el otro lado, en algunas economías colectivistas se introduce el beneficio como motor de incitación para incrementar la eficiencia.

La cruel realidad de los imperialismos. Cuando se expresaba, hace algunos años, que «el imperialismo no perdona», se estaba también afirmando que ningún imperialismo perdona.

La experiencia de la década del 60 ha sido suficientemente dura en estos aspectos, y el mundo aprendió mucho de [ella].393

393 En el original CD: “ellos”.

Las invasiones militares en que los dos imperialismos han incurrido en los últimos 15 años,394 a contratiempo de la historia, han constituido un poderoso factor para que el «tercer mundo» asuma la necesidad de su autodefensa.

Además, esto evidencia la creación de un derecho no escrito, en el plano mundial, que fortifica los principios de autodeterminación y de no intervención de los pueblos.

Ello tendrá, tarde o temprano, que encontrar el eco adecuado en las Naciones Unidas para que [éstas]395 adquieran un efectivo poder de arbitraje.

Autodestrucción de los imperios. Las coaliciones imperialistas no impiden que se cumpla una constante histórica: los imperios se autodestruyen.

Ya están a la vista algunos signos que delatan una seria pérdida de la capacidad hegemónica en los imperialismos hasta ayer dominantes.

Complicidad de sectores internos.

Surge también una experiencia importante para nuestros países: hay sectores internos cuyos objetivos coinciden con los de los imperialismos.

Obviamente, la capacidad de decisión de estos sectores debe ser debilitada o anulada.

Imperialismo y «tercer mundo».

La dinámica mundial no obedece sólo a los designios de los poderosos.

Ahora responde a una articulación que encuentra imperialismos por un lado y «tercer mundo» por el otro.

Repito que, en este aspecto, las ideologías van siendo superadas por las necesidades de la lucha por la liberación.

El tipo de democracia. No siempre los países han definido con exactitud la democracia que desean, ni han calificado la democracia en la cual viven.

Hemos aprendido que ocultar el tipo de democracia que se quiere, constituye la mejor manera de preservar el tipo de democracia que quieren los demás.

El egoísmo y la sociedad competitiva.

En el transcurso del tiempo, hemos venido progresando de manera gigantesca en el orden material y científico; pero veinte siglos de cristianismo parecen no haber logrado suficientemente, hasta ahora, la superación del egoísmo como factor motriz del desarrollo de los pueblos.

La sociedad competitiva es su consecuencia.

394 Se refiere al período 1960-1974.

395 En el original: “ésta”.

Esto arroja luz sobre el hecho de que la cooperación y la solidaridad son elementos básicos a considerar en el futuro.

El materialismo.

El pragmatismo ha sido motor del progreso económico.

Pero también hemos aprendido que una de las características de este proceso ha sido la de reducir la vida interior del hombre, persuadiéndolo de pasar de un idealismo riguroso a un materialismo utilitario.

El mundo debe salir de una etapa egoísta y pensar más en las necesidades y las esperanzas de la comunidad. Lo que importa hoy es persistir en ese principio de justicia para recuperar el sentido de la vida y para devolver al hombre su valor absoluto.

Necesidad de una ética. La historia nos indica que es imprescindiblemente necesario promover la ética individual primero, desarrollar después la consecuente conducta social y desprender, finalmente, de ellas la conducta económica.

La libertad se instala en los pueblos que poseen una ética y es ocasional donde esa ética falta.

Pensamiento y acción.

No puede haber divorcio alguno entre el pensamiento y la acción, mientras la sociedad y el hombre se enfrenten con la actual crisis de valores, acaso una de las más profundas de cuantas se hayan registrado.

Es posible que el pensamiento haya perdido, en los últimos tiempos, contacto directo con las realidades del devenir histórico.

Pero es cierto, también, que ha llegado «la hora de los pueblos» y que ella exige «un pensamiento en acción».

El imperativo de la comunidad organizada.

Es por esto que las grandes alternativas que presenta la historia a nuestro país terminan deduciéndose y no postulándose.

Como deducción de la experiencia que viene de la historia, cada día se ahonda más el imperativo moderno de la comunidad organizada como punto de partida de toda idea de formación y consolidación de las nacionalidades.

«Tercer mundo» y «tercera posición».

Asimismo, se deduce la consolidación del «tercer mundo» y la «tercera posición» como resultantes históricas definidas.

La «tercera posición» como unidad conceptual, y el «tercer mundo» como entidad política.

Sectarismo y liberación.

Finalmente, la más importante de las enseñanzas es la revelación de que los sectarismos no nos conducirán jamás a la liberación.

Las diferencias de ideas son positivas en tanto estén abiertas a una confrontación sincera y honesta en busca de la verdad.

Encerrarnos en nuestras ideas y procurar imponerlas por el peso de una fuerza circunstancial significaría caer en el mismo error por el que han transitado aquéllos a quienes hoy enfrentamos.

  1. La situación histórica argentina

Si queremos realizar entre todos un proyecto del país que anhelamos, creo necesario tomar previamente conciencia de nuestra situación actual.

Por ese motivo, haré una breve reseña de la evolución histórica argentina en los diferentes ámbitos.

En el ámbito político

En nuestro país se han dado dos procesos paralelos, íntimamente interrelacionados, que el advenimiento del gobierno popular396 está frenando decididamente: una creciente intervención externa y una vacilante política interna.

La intervención externa fue cambiando de forma a lo largo del tiempo, consistiendo sus últimas exteriorizaciones en condicionamientos impuestos a nuestra libertad de decisión.

Por su parte, la [vacilante]397 política interna fue influida principalmente por los siguientes factores:

– Las plataformas políticas no siempre definieron fines conjuntamente con los medios para alcanzarlos. Esto trajo como consecuencia que los ciudadanos carecieran de la información completa para ejercer su derecho al voto y a la crítica constructiva de los actos de gobierno.

396 Referencia al gobierno del frente electoral hegemonizado por el peronismo (el FREJULI) que se hizo cargo de los destinos del país a partir del 25 de mayo de 1973, primero bajo la presidencia del doctor Héctor Cámpora, luego de Raúl Lastiri y, finalmente, a partir del 12 de octubre de ese mismo año, de la del propio teniente general Juan Domingo Perón.

397 En el original CD: “vacilación”.

– Se pretendió diluir el poder del Justicialismo, acudiéndose a sistemas como el de la representación proporcional, estimulando el aumento de partidos políticos y limitando la relevancia de cada uno de éstos.

– La proscripción se utilizó para contrarrestar la vigencia de los grandes movimientos nacionales.398

– La violencia fue ejercida para reprimir las corrientes que luchaban por un proceso transformador.

– El concepto de democracia pocas veces fue debidamente especificado con la claridad suficiente para que el pueblo supiese de qué se trataba.

– El nacionalismo fue declamado al tiempo que se destruía lo autóctono y se copiaban apresuradamente moldes extranjeros reñidos con nuestra idiosincrasia.

– La participación externa en las decisiones que afectaban al país fue creciendo consciente e inconscientemente.

Sin embargo, los valores permanentes afloran siempre.

En el pueblo argentino estaba latente el sentimiento de independencia nacional lo que, tarde o temprano, habría de provocar el enfrentamiento contra la distorsión del contenido social de la democracia y contra la tendencia a la desnacionalización progresiva.

La historia se encarga de formular una severa advertencia a quienes pretenden debilitar la vigencia de los valores permanentes de un pueblo.

El intento de desvío no hace sino demorar el progreso de la nación, pero no logra impedir esa realización que lleva consigo la supresión de cuanto obstáculo se le interponga.

En nuestra patria, siguiendo el proceso natural de maduración política, fue aumentando la participación de los ciudadanos en las urnas.

Con ello, las elecciones han adquirido un significado de legitimidad distinto al de legalidad: hoy, una elección legalmente realizada pero con alta abstención —cualquiera sea la forma de tal abstención— es legal pero no otorga un poder legítimo.

La legitimidad viene del pueblo en su totalidad, y no solamente de aquella parte del pueblo que acepta reglas del juego que, como la proscripción, restringen 398

El peronismo fue total o parcialmente proscripto, según los períodos, entre 1955 y 1973. Perón estuvo prohibido y exiliado durante todos esos años. Ser peronista fue considerado un delito por el Decreto 4145/1956 del gobierno de facto de la “revolución libertadora”.

la voluntad popular.

Voto con proscripción puede otorgar legalidad; pero legitimidad, nunca.399

Crecieron también la sensibilidad y la capacidad política, al impulso de la mayor participación del ciudadano.

Pero esta mayor capacidad de intervención política de la ciudadanía, más allá de su participación en las urnas, fue bastante mal usada.

Se pusieron frente a ella los árboles que no dejaron ver el bosque.

Se saturó el panorama político nacional con cuestiones menores, y el ciudadano no llegó a formarse una concepción general de la problemática nacional que abarcara suficientemente todos los campos de sus actividades.

Así, el pueblo fue comprendiendo que no debía permanecer indiferente ante los problemas políticos nacionales y adoptó la decisión de ser protagonista de su historia, rompiendo con los esquemas tradicionales que intentaron relegarlo a la simple condición de espectador.

El «cambio» ya no consiste en una abstracción vacía.

El pueblo todo quiere conocer el signo, el sentido y el contenido preciso de esa expresión.

Es que el pueblo advierte con claridad que si el cambio no es nacional, no responderá a sus reales necesidades.

Finalmente, cabe una reflexión relativa al poder de decisión: a lo largo de nuestra historia dicho poder se ha ido conformando, [pero fue tejiéndose a su alrededor] una red de compromisos políticos que responden a diferentes intereses.

Tales intereses pueden ser internos o externos.

Si las alternativas son neocolonialismo o liberación, y si hemos optado por la liberación, el ajuste de ese poder es indispensable para lograr que responda a nuestros intereses.

399 En esa etapa, en la que el peronismo fue proscripto tanto por las dictaduras militares (Lonardi, Aramburu, Onganía, Levingston, Lanusse) como por los gobiernos “semidemocráticos» (Frondizi,

Guido, Illía), se lo obligó a la abstención electoral o a votar en blanco, y estimuló la aparición de deformaciones partidarias como el llamado neoperonismo (o “peronismo sin Perón”).

400 En el original CD: “tejiéndose una red de compromisos políticos que responden a diferentes intereses”.

En lo político, liberación significa tener una nación con suficiente capacidad de decisión propia, en lugar de una nación que conserva las formas exteriores del poder pero no su esencia.

La nación no se simula. Existe o no existe.

En síntesis, el problema actual es eminentemente político, y sin solución política no hay ninguna solución para otros sectores en particular.

En el ámbito económico

El país ha producido siempre en función del beneficio, sin disciplinar cabalmente su producción en función de las necesidades esenciales de la población.

Es indudable que se perdió tiempo y que los recursos no fueron convenientemente utilizados.

Sin embargo, en la actualidad tenemos un ingreso por habitante razonablemente elevado y, además, el país se está industrializando aceleradamente.

Esta realidad me permite afirmar que no somos un país subdesarrollado.

La distribución del ingreso familiar no es aún la más adecuada y mucho debe hacerse para vigorizarla.

En realidad, hacia 1955 se había llegado a un nivel en la distribución y en la participación del salario en el ingreso nacional que satisfacía las necesidades de la población.

Desde allí las soluciones económicas siguieron a las soluciones políticas [que no contemplaron las necesidades del pueblo] y la participación del salario en el ingreso disminuyó.

401 El agregado entre corchetes tiene por objeto clarificar una redacción confusa del original CD, porque no coincide con un concepto que Perón expresó reiteradamente: el predominio de la política por sobre la economía.

En el original se lee: “Desde allí las soluciones económicas siguieron a las soluciones políticas y la participación del salario en el ingreso disminuyó”.

402 En 1955 los trabajadores habían llegado a participar en un 53% en el producto bruto interno.

Este valor disminuyó progresiva y permanentemente a partir de ese año, desde el derrocamiento del peronismo, y sólo volvió a alcanzarse rápidamente en 1974 con el regreso de Perón al gobierno.

Luego, muy particularmente después de 1976, este porcentaje decayó abruptamente a menos de la mitad, acompañando el acelerado proceso de concentración económica que caracterizó a las políticas de la dictadura cívico militar.

En la última década (2005-2015) se revirtió completamente ese proceso y se alcanzó un sostenido pico de crecimiento de la participación de los trabajadores en el PBI alcanzándose nuevamente un valor cercano al 49%.

230 Es imposible mantener una distribución socialmente aceptable si las decisiones económicas no acompañan a la política social que se desea imponer.

Cuando las decisiones económicas siguen un patrón inadecuado, la distribución del ingreso queda subordinada al mismo, más allá de los buenos deseos de cualquier gobierno.

En consecuencia, lo que llamamos «justicia social» también requiere, para su materialización, efectiva participación del gobierno y elevada eficiencia en el mismo.

Se produjo, por otra parte, un decisivo retroceso en el terreno de las decisiones económicas.

Hasta 1943, con industrialización incipiente, dichas decisiones estaban adaptadas a los intereses del campo.

Buscamos establecer un sano equilibrio para promover la industrialización y una organización del poder de decisión para nuestro sector industrial.

En 1955 no se había alcanzado a afirmar la existencia de un empresariado industrial argentino como factor contribuyente al desarrollo nacional, pero se estaba en el camino.

Desde entonces la industria creció con alto apoyo externo; pero el capital extranjero se concentró, en gran medida, en el aporte tecnológico y, también, en la compra de empresas existentes en el país.

Debemos tener en claro que lo esencial, con respecto a los objetivos que debe perseguir una actividad radicada en el país, es que éstos deberán atender tanto al aporte de la economía nacional como al beneficio del empresario.

Esto debe definir una conducta coherente respecto de los intereses nacionales y los del empresariado.

Pero si se trata de obtener máximos beneficios consolidando intereses que están en el exterior, los aportes a la economía nacional se alejarán considerablemente de lo que resulta conveniente para el país.

En esta materia no basta con lograr soluciones apresuradas para las grandes cuestiones, pensando que todo lo demás ha de resolverse por sí solo.

No basta tampoco con elaborar soluciones a medias, tomando decisiones sobre [inversiones externas]403 sin establecer claramente la actividad en la cual han de insertarse.

Hay que establecer políticas diferenciales, en todos los campos, y fijar con precisión suficiente la forma de preservar los objetivos nacionales.

También se comprueba que no hubo una conciencia adecuada sobre la utilización de los recursos financieros del país, por cuanto no se alcanzó a determi nar con claridad si la masa de capital interno disponible posibilitaba el desarrollo y la expansión, o si era necesario su [incremento]404 con el aporte de capital extranjero para alcanzar tales objetivos.

403

En el original CD “inversión externa”, no concuerda con el plural “han”.

Igualmente es necesario tener en cuenta que no existe similitud entre concentración de capital y concentración empresarial. Eso debe conducirse armoniosamente, de acuerdo con las reales necesidades nacionales.

Analizando el proceso, se ve —en otro tipo de problemas— que cuando una sociedad incrementa el grado de sofisticación del consumo, aumenta a la vez su nivel de dependencia. Esto es, en gran medida, lo que ocurrió entre nosotros.

Por un lado, el ciudadano se ve forzado a pagar por la tecnología de lo banal; por otro, el país gasta divisas en consumo innecesario.

Pero, a la vez, es impostergable expandir fuertemente el consumo esencial de las familias de menor ingreso, atendiendo sus necesidades con sentido social y sin formas superfluas. Ésta es la verdadera base que integra la demanda nacional, la cual es motor esencial del desarrollo económico.405

El proceso económico ha mostrado, además, que el país acumula más ahorro del que usa. En otras palabras, que lo que gana con sus exportaciones, excede a lo que necesita gastar a través de sus importaciones y otros conceptos.

No obstante ello, tal posibilidad fue insuficientemente explotada ya que, a la par de incrementar la deuda pública, no se logró el desarrollo nacional requerido por el país.

404 En el original: “incrementación”.

405 Debieron pasar 35 años para que, por decreto del Poder Ejecutivo Nacional Nº 1602 del 29 de octubre de 2009, se creara el seguro social de la Asignación Universal por Hijo (AUH) que otorga a personas desocupadas, que trabajan en el mercado informal o que ganan menos del salario mínimo, un beneficio para cada hijo menor de 18 años o con alguna discapacidad.

A partir de mayo de 2011 esta prestación se complementó con la Asignación Universal por Embarazo (AUE), que beneficia a madres que estén en las doce o más semanas de gestación.

Y también con el Plan Progresar (Programa de Respaldo a Estudiantes de Argentina), una asignación para jóvenes de 18 a 24 años que no trabajan, trabajan informalmente o tienen una remuneración menor al salario mínimo vital y móvil —y su grupo familiar está en iguales condiciones— para iniciar o completar sus estudios en cualquier nivel educativo, para acceder a cursos de introducción al trabajo y a cursos de formación profesional en instituciones reconocidas por el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social y/o el Ministerio de Educación.

232 Tuvimos todo tipo de experiencias en este sentido y ahora, entre otras cosas, sabemos combatir establemente un mal como la inflación: ello se consigue sólo cuando hay capacidad política para usar el remedio natural dado por una política de precios e ingresos.

Es evidente que las «recetas» internacionales que nos han sugerido bajar la demanda para detener la inflación, no condujeron sino a frenar el proceso y a mantener o aumentar la inflación.

En esta cuestión, no se acertaba con la solución adecuada.

Por épocas se bajó la demanda pública a través de la contención del gasto —olvidando el sentido social del gasto público—; se bajó la demanda de las empresas a través de la restricción del crédito —olvidando también el papel generador de empleo que desempeña la expansión de las empresas—; y se bajó la demanda de los trabajadores a través de la baja del salario real.

Pero, como al mismo tiempo no se adoptaban las medidas para que todos

participaran en el sacrificio, en definitiva fueron las espaldas de los trabajadores

las que soportaron el peso de estas políticas de represión de demanda para

combatir la inflación, que el país aceptó y que repitió aunque su ineptitud quedó

bien probada por la propia historia.

Es ésta una experiencia muy importante derivada de nuestro proceso; y,

puesto que necesitamos evitar la inflación para seguir adelante con auténtica

efectividad, debemos tenerla permanentemente en cuenta.

Por otra parte, se puede ver que hubo una insuficiente utilización de recursos, especialmente del recurso humano que ha sido deficientemente incorporado en los últimos lustros, de acuerdo con la evidencia surgida de las tasas de desempleo.

Lo mismo aconteció con el recurso formidable que significa el capital intelectual científico y técnico nacional, emigrando por falta de oportunidades de trabajo en el país.406

406 Esta “drenaje de inteligencias” ha sido habitual en nuestro país, hasta la puesta en marcha del Programa RAÍCES (Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior).

En los doce años que lleva funcionando (fue creado en el 2003, y es ley desde el 2008) se logró la repatriación de más de 1100 investigadores.

El programa depende de la Dirección  Nacional de Relaciones Internacionales del  ministerio de Ciencia.

A esto se llegó por carecerse de planificación ya que, cuando se planifica adecuadamente, puede lograrse una utilización total de los recursos disponibles.

Para que la planificación sea efectiva no bastan los planes de mediano o largo plazo.

Las decisiones concretas de política económica requieren también planes de corto plazo, que deben ser los reales propulsores de la actividad.

Es a través de ellos que la coyuntura puede ser manejada en función de su verdadero valor de instrumento para conducir la economía en el mediano y largo plazo.

Realizada la planificación en tales términos, es posible actuar realmente con

la eficiencia necesaria para lograr la mayor parte de la expansión física que el

país debe producir año a año.

En gran medida, en los últimos lustros nos hemos manejado con nombres y

no con programas; y —salvo en algunos períodos que deben ser rescatados por

la seriedad de conducción— la política que resultó, ha sido de neto corte liberal.

La conducción en el campo económico [sólo] está en excelentes condiciones

para alcanzar sus objetivos cuando su contexto aparece definido en programas

de acción claramente concebidos.

En última instancia, la experiencia de lo que hace a la planificación en este

campo es también definitiva: el gobierno en lo económico no tiene otra forma

de conducirse. La planificación es consecuencia necesaria de la organización e

instrumento para la conducción concreta.

En el ámbito social

En materia social, nuestro proceso ha sido muy significativo y aporta experiencias

de cambio realmente aleccionadoras.

Veamos separadamente los distintos aspectos de esta cuestión.

Características socio-demográficas generales:

Las características socio-demográficas básicas de nuestro país son bien conocidas:

– Escasa población, frente a su dilatada extensión;

– Tasas bajas de crecimiento vegetativo;

234 – Alta esperanza de vida;

– Concentración urbana con macrocefalia del área metropolitana;

– Alta tasa de alfabetización con elevada deserción escolar;

– Ausencia de conflictos raciales o religiosos;

– Amplia difusión de los medios de comunicación masivos, con limitaciones

en cuanto a su calidad intrínseca;

– Nivel elevado de salubridad, pero con desequilibrios regionales que se

verifican en [la] tasa de mortalidad infantil, que aún es elevada, etc.

La movilidad social y los líderes

La movilidad social fue y sigue siendo alta en el país. El hijo del trabajador

más modesto puede llegar a ser presidente de la República.

No son muchas las sociedades que, en el mundo, ofrecen esta posibilidad.

Sin embargo, en la práctica, se obstaculizó reiteradamente esta movilidad. Los

líderes naturales encuentran un camino difícil: hay una maquinaria aplastante

que cuesta mucho desmontar.

La supuesta igualdad de oportunidades ha sido determinada, en ciertas circunstancias,

por la capacidad económica, de la cual siguen dependiendo, en

gran medida, las posibilidades de formación.

La misma forma de emerger de muchos líderes no ha asegurado una alta calidad

de liderazgo en todos los casos. Así se comprende que haya existido cierto

«elitismo», en la medida en que el grupo que tenía poder, oportunidad o influencia,

se autoidentificaba como más apto para imponer su voluntad a los demás.

Por otra parte, durante casi dos decenios funcionaron mecanismos que coartaron

la posibilidad de expresión de los líderes que se mantuvieron fieles a las

concepciones doctrinarias existentes hasta 1955. En este terreno, se echó mano

de la discriminación directa. Por lo demás, el proceso montó sistemas de promo235

ción que, en grado apreciable, dependieron de la adscripción ideológica de los

líderes a las pautas políticas del ámbito liberal dominante por entonces.407

En consecuencia, no puede asegurarse que todos los liderazgos hayan surgido

de los dos requisitos fundamentales requeridos: vocación de servicio al país

y capacidad.

Para no caer en la trampa liberal, en el futuro deberá emprenderse con inteligencia

y honestidad la formación de líderes, particularmente para que los

líderes intermedios en los campos políticos y sociales completen su información

y cultiven sus valores personales en forma metódica y sistemática.

El mismo mecanismo de promoción de líderes tiene que asentarse, en todos

los cuerpos políticos y sociales, sobre una verticalidad institucionalizada que

transporte la corriente de poder desde la base.

De este modo, el líder resulta un verdadero conductor, con mandato real y

capacidad probada por el pueblo, del cual, además de representante, debe ser

intérprete auténtico y permanente.

La familia

Una de las experiencias más fecundas que surgen de nuestro proceso, es el

hecho de que la sociedad argentina ha sabido preservar a la familia como célula

social. Es claro que hay fisuras inevitables cuando los cambios son demasiado

rápidos; y es obvio que la dimensión de las fisuras puede agrandarse en la medida

en que el cambio se acelere o asuma una dirección equivocada.

En las sociedades altamente competitivas, devoradas por el consumo, se debilitó

el núcleo familiar y aparecieron diversas desviaciones, de las cuales las

drogas y el alcoholismo son dos manifestaciones lamentables.

Nuestra patria todavía está a tiempo de preservar a la familia, ya que [si bien

no todas han podido conservar su integridad ante la agresión externa motivada

407 Se refiere al citado mecanismo, aplicado sistemáticamente entre 1955 y 1973, de la proscripción

partidaria y/o de la prohibición de poder acceder a las candidaturas por parte de quienes que

habían ocupado cargos en cualquier nivel durante la gestión de los gobiernos peronistas.

236 por el sistema liberal, afortunadamente, la mayor parte de ellas ha salvado firmemente

su contextura.]408

Medios de comunicaciones masivos y promoción del consumo

Los medios de comunicaciones masivos se incrementaron pese a ser sometidos

a restricciones selectivas que respondían a los intereses de las filosofías

dominantes.

Así, dichos medios se convirtieron en vehículos para la penetración cultural.

El país debe establecer principios específicos y claros no sólo en lo referente

al nivel de intercambio socio-cultural con el exterior, sino también respecto de

cuáles han de ser las condiciones para salvaguardar la identidad cultural argentina.

Por otra parte, es interesante observar lo que sucede con la comunicación de

los grupos postergados o aislados de la sociedad, como en la práctica aconteció

con el Movimiento Justicialista durante casi 20 años. La respuesta no dejó lugar

a dudas: cuando se conserva una profunda fe en ideas y valores, la coerción externa

no puede impedir que se desarrollen mecanismos informales de comunicación

directa. Puede [ella] destruir los medios formales, pero no puede hacer lo

mismo con aquéllos cuya energía de transmisión de información nace del poder

de la ideología del grupo.

La opinión pública del país está lo suficientemente preparada para criticar las

informaciones que recibe. En algunos sectores sociales se pensó que esa opinión

había sido confundida con información tendenciosa; pero no fue así. A pesar de

que prácticamente los dos tercios de la opinión ciudadana soportó décadas de

prédica destructiva, mantuvo una monolítica unidad de convicción. 409

 

408 En el original CD: “… ya que no todas han conservado su integridad ante la agresión externa

motivada por el sistema liberal. Pero afortunadamente, la mayor parte de ellas ha salvado firmemente

su contextura”.

409 El decreto ley 4161 aprobado el 5 de marzo de 1956 (durante la dictadura de la autodenominada

“revolución libertadora”) imponía una pena de 30 días a 6 años de prisión y multas de $

500 a 1.000.000 a quienes infringieran la prohibición de “la utilización, con fines de afirmación

ideológica peronista, efectuada públicamente, o propaganda peronista, por cualquier persona,

 

237

No es posible «vender» ideas al pueblo.

Menos aún cuando, como en nuestro caso, se concentra en él una incontenible sed de verdad.

En otro orden de cosas, se ha buscado promover actitudes profundamente negativas, incrementando artificialmente un consumo voraz de productos inútiles.

Directos responsables de esta situación han sido quienes instrumentaron los medios de comunicación masivos para aniquilar la conciencia del pueblo.

Es decir, se procuró motivar un consumo prescindible, excitando los sentidos.

Ese sistema es incompatible con la forma nacional y social a la que aspiramos, en la que el hombre no puede ser utilizado como un instrumento de apetitos ajenos sino como punto de partida de toda actividad creadora.

No se puede ignorar que el sistema empleado incrementa la demanda de bienes, provocando una actitud competitiva que incita al aumento de eficiencia.

Es evidente, además, que ambos factores conjugados constituyen el impulso del progreso económico.

Pero una cosa es el progreso económico y otra, muy diferente, es el desarrollo social del país en pro de la felicidad del hombre que lo integra.

Es por eso que será necesario corregir ciertas pautas de consumo que no responden a las reales necesidades de nuestro pueblo.

Éste necesita liberarse de los moldes prefabricados que hacen de la exhibición de bienes una cuestión de prestigio, premiando, inclusive, diversas formas de parasitismo social.

Precisamente, el consumo artificialmente estimulado —unido a la mentalidad competitiva— ha actuado como factor desestimulante de determinaciones fundamentales de la creatividad del hombre, como son, por ejemplo, la ciencia y el arte.

Así se trate de individuos aislados o grupos de individuos, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, sociedades, personas jurídicas públicas o privadas, de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas, artículos y obras artísticas, que pretendan tal carácter o pudieran ser tenidas por alguien como tales, pertenecientes o empleados por los individuos representativos u organismos del peronismo.

Se considerará especialmente violatoria de esta disposición la utilización de la fotografía retrato o escultura de los funcionarios peronistas o sus  parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones “peronismo”, “peronista”, “ justicialismo”, “justicialista”, “tercera posición”, la abreviatura PP, las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las composiciones musicales «Marcha de los Muchachos Peronista» y «Evita Capitana» o fragmentos de las mismas, y los discursos del presidente depuesto o su esposa o fragmentos de los mismos”.

Los factores de cambio

No extraña, pues, que una evaluación de la escala de valores vigente hasta el

momento, incluya el aprecio por el «tener» y la «seguridad».

Sin embargo, el «querer seguridad» no implica necesariamente resistencia al cambio; sólo se oponen a él determinados grupos tradicionales de poder de la sociedad argentina.

La actitud frente al esfuerzo no se ha perdido, y tal vez sea éste uno de los mejores capitales que importó el país con los inmigrantes que lo construyeron.

Pero debemos emprender una buena organización que atienda a la realidad altamente compleja del sistema social del país, que resuelva apropiadamente el conjunto de elementos que entran en él, y que ofrezca resultados simples y adecuados a la concepción del ciudadano.

Pese a todo, es posible evaluar que nuestra sociedad ha mantenido una alta capacidad de desarrollo interno.

Configura una estructura moderna, en la cual la demanda de un cambio que reubique valores está adoptando ostensiblemente la forma de un mandato.

En consecuencia, es preciso determinar los factores de cambio con los cuales pueda actuar nuestra comunidad en bien de su propio desarrollo social.

Al respecto, se pueden contemplar varias posibilidades:

– confiar en la evolución espontánea del propio cuerpo social;

– procurar formas cruentas de cambio, confiando, por ejemplo, en el valor purificador de la destrucción, la violencia y el caos;

– proponer una elaboración racional y sistemática que permita fijar las cualidades que se anhelan para la comunidad argentina y comprometer el trabajo necesario para llevarla a cabo.

El proceso parece enseñar que, librada la sociedad a una evolución espontánea, resulta inexorablemente víctima de pautas externas.

Permite concluir, asimismo, que las formas cruentas conducen a un estéril y doloroso sacrificio de

vidas humanas. Por lo tanto, no tenemos derecho a eludir el compromiso ético e histórico de crear un Modelo lúcido, que no sólo sirva a las generaciones adulta e intermedia sino que constituya un eje de orientación para la juventud argentina.

Naturalmente, la conformación del Modelo tendrá que tender hacia una síntesis entre lo que elaboremos racionalmente y lo que la propia comunidad quiera.

Insisto en que es fundamental determinar la forma de alcanzar el cambio deseado.

Hace muchos años podía apelarse emotivamente a la patria o a la tradición; más tarde, se apeló al bienestar.

Ya eso no basta.

Hay que levantar ahora, además y con gran vigor, el poder del espíritu y la idea, teniendo en cuenta que el bienestar material no debe aniquilar los básicos principios que hacen del hombre un ser libre, realizado en sociedad y valorizado en su plena dignidad.

Para ello, entre otras medidas, debe limitarse el consumismo sofisticado, estableciendo el camino apropiado para reconstruir al hombre argentino.

Debe ser valorizada, en toda su intensidad, la gran coincidencia expresada en la comunidad argentina en 1973: de un lado, están los que quieren el cambio, y del otro, los que no lo quieren.

Los que quieren el cambio constituyen el 90% del país.

En principio, a ellos está destinado este Modelo, cuyo propósito es el de responder fielmente a un mandato otorgado en las urnas.410

En el ámbito cultural Resulta imprescindible realizar un breve balance de la situación de la Argentina, hasta el momento actual, en el terreno cultural.

La importancia que cobra este ámbito en la conformación de una comunidad madura y autóctona es enorme, al punto que me atrevo a decir que constituye una suerte de red que conecta los ámbitos económico, político y social.

410 Cuando alude al “90%”, hace referencia a los resultados de las elecciones del 23 de setiembre de 1973 en las que los votos obtenidos por la fórmula (Juan Domingo) Perón – (María Estela Martínez de) Perón (Frente Justicialista de Liberación y Frente de Izquierda Popular), sumados a los de Ricardo Balbín – Fernando De la Rúa (candidatos de la Unión Cívica Radical), alcanzaron el 86,27%.

Estaba convencido de la necesidad de la articulación con el radicalismo y de su pertenencia al campo popular.

En el terreno cultural incluyo tanto a la formación humanística (filosofía y ciencias del hombre) como a la actividad artística, pues lo científico-tecnológico será expuesto en un parágrafo aparte.

Un examen somero permite eslabonar varias reflexiones, que se concentran en una conclusión central: el proceso argentino de las últimas décadas evidencia un creciente desarrollo de la penetración cultural.

La consolidación de una cultura nacional se ha enfrentado con el serio obstáculo de la reiterada importación de determinaciones culturales ajenas a la historia de nuestro pueblo, así como a la identidad que como comunidad organizada necesitamos definir.

Dos han sido los fundamentales agentes desencadenantes de tal penetración.

– En primer lugar, la desaprensiva —o interesada— utilización de los medios de comunicación masivos como eficaces factores de vasallaje cultural.

Ya me he referido a este problema. Sólo quisiera añadir algunas ideas. Me parece evidente que la indebida utilización de tales mecanismos de difusión cultural enferman espiritualmente al hombre, haciéndolo víctima de una patología compleja que va mucho más allá de la dolencia física o psíquica.

Este uso vicioso de los medios de comunicación masivos implica instrumentar la imagen del placer para excitar el ansia de tener. Así, la técnica de difusión absorbe todos los sentidos del hombre a través de una mecánica de penetración y la consecuente mecánica repetitiva, que diluyen su capacidad crítica.

En la medida en que los valores se vierten hacia lo sensorial, el hombre deja de madurar y se cristaliza en lo que podemos llamar un “hombre-niño”, que nunca colma su apetencia. Vive atiborrado de falsas expectativas que lo conducen a la frustración, al inconformismo y a la agresividad insensata.

Pierde progresivamente su autenticidad, porque oscurece o anula su capacidad creativa para convertirse en pasivo fetichista del consumo, en agente y destinatario de una subcultura de valores triviales y verdades aparentes.

– El segundo factor desencadenante del colonialismo cultural tiene su origen en la vocación elitista y extranjerizante de diferentes sectores de la cultura argentina.

Pese a enarbolar distintos fundamentos ideológicos, tales sectores se han unido en la actitud expectante y reverente respecto de la «civilización» encarnada por pautas culturales siempre externas a nuestra patria y su incesante búsqueda de conformación del ser nacional.

En muchas ocasiones me he referido a la sinarquía como coincidencia básica de grandes potencias que se unen —a despecho de discrepancias ideológicas— en la explotación de los pueblos colonizados.

Estoy convencido [de] que, asimismo, existe una sinarquía cultural. Obsérvese que las grandes potencias exhiben sugestivas semejanzas culturales: el mismo materialismo en la visión del hombre, el mismo debilitamiento de la vida del espíritu, el mismo desencadenamiento de la mentalidad tecnocrática como excluyente patrón de cultura, la creciente opacidad del arte y la filosofía, la distorsión o aniquilación de los valores trascendentes.

Un examen superficial de los dos polos principales del poder mundial sólo alcanza a captar las diferencias ideológicas; ahondando en el análisis, surge —entre otras determinaciones igualmente importantes— la cultura como evidencia cierta de la unidad sinárquica.

Todo argentino que, a través de una actitud libresca y elitista, asimile las pautas culturales de ambas potencias, ya sea asumiendo una visión competitiva y tecnocrática del hombre [o]411 una interpretación marxista de los valores y la cultura, trabaja deliberada o inconscientemente para que la sinarquía cercene irreparablemente nuestra vocación de autonomía espiritual y obstruya interminablemente la formación de una auténtica cultura nacional.

En el ámbito científico-tecnológico

El desarrollo de la ciencia y la tecnología argentina ha sido hasta ahora fecundo, pero insuficiente.

Fecundo, por el efectivo nivel de acumulación de conocimiento científico y tecnológico alcanzado, principalmente impulsado por cuatro factores:

1) el crecimiento de las universidades;

411 En el original CD: “como”.

242 2) la incorporación de tecnología proveniente del exterior;

3) la investigación nacional aplicada particularmente al sector agropecuario, y

4) el avance de la investigación de postgrado.

Insuficiente, porque los elementos disponibles para el avance científico y tecnológico están escasamente aprovechados y porque no se han creado las condiciones básicas para que exista una consagración plena del hombre a la investigación científica y tecnológica.

Insuficiente, también, porque el país aún no ha organizado convenientemente vinculaciones estables y verdaderamente productivas entre el sistema científico- tecnológico, el gobierno, el sistema de producción física y el sistema financiero.

Ello ha contribuido a dispersar la investigación, a no permitir una demanda de ciencia y tecnología estable y creciente, y a incrementar el conocido drenaje de inteligencias.

La incorporación de tecnología atada al capital extranjero, particularmente para el sector industrial, creó compromisos tecnológicos onerosos en divisas.

No obstante ello, la acumulación de conocimientos tecnológicos ha sido efectiva y acelerada por la misma naturaleza de la producción industrial.

El costo de la tecnología que venimos empleando es muy alto, principalmente porque el ingreso del conocimiento tecnológico no ha sido programado ni administrado con sentido nacional, preservando los intereses del país.

Prueba de ello es el ingreso de tecnología extranjera en terrenos en los que se mantienen ociosos recursos nacionales capaces de producir la misma tecnología que se importa.

Es natural que empresas de capital extranjero estén ubicadas especialmente en actividades más densas en tecnología foránea.

Por otra parte, la selección de técnicas no ha sido siempre afortunada.

En numerosas oportunidades se han importado técnicas obsoletas o poco adaptadas a las condiciones locales.

Por añadidura, en muchos casos hubo restricciones tales como la prohibición de exportar artículos producidos con tecnología importada y el establecimiento de determinados controles, realmente inaceptables.

Ahora se trata de aprovechar la experiencia pasada y corregir desvíos cuyos efectos resultan sumamente costosos.

Sin embargo, se ha hecho efectivo un fuerte aporte nacional a la tecnología autóctona, particularmente en los sectores agropecuario e industrial.

Estamos valorando muy alto nuestra capacidad para originar una tecnología propia; sólo debemos ponerla en movimiento, conectándola con la producción concreta, con las decisiones de gobierno y con los apoyos financieros.

La comunidad científica argentina es todavía reducida con relación al ingreso por habitante que el país posee.

La mitad del personal de investigación trabaja en ello sólo parte de su tiempo útil. La mayoría de los institutos son pequeños y no llegan a una capacidad de investigación tal que permita un verdadero trabajo interdisciplinario.

Hay miles de proyectos en ejecución al mismo tiempo, lo cual, por un lado, hace que cada proyecto tarde demasiado en fructificar y, por el otro, dificulta la materialización de nuevos proyectos por falta de continuidad en los recursos.

Los institutos están prácticamente concentrados en el área metropolitana y pampeana.

Además, la remuneración de los investigadores es tan limitada que sólo una vocación acendrada puede retener al talento en esta actividad.

Me parece claro que no existe, hasta el presente, una política científica y tecnológica centralmente diseñada y de fácil realización.

Tampoco se posee una base institucional suficientemente coherente como para lograr la necesaria centralización de conducción y descentralización de operación.

Las mentalidades científicas y técnicas argentinas fueron emigrando sin que el país encontrara un mecanismo que preserve su conexión con los intereses nacionales.412

La cuestión no se resuelve dictando decretos que den mejoras económicas, porque el rescate del capital intelectual argentino exige un sentido que va mucho más allá de una remuneración elevada.

A partir de aquí, en la mayoría de las ediciones —salvo en las de Docencia, las últimas del Instituto Nacional Juan Perón y la de nuestra Biblioteca del Congreso—, hay un prolongado salto que omite los nueve párrafos siguientes (hasta el inicio del parágrafo En el ámbito ecológico).

Hay varias contradicciones en el problema.

No se ha generado una política concreta y unitaria de ciencia y tecnología, ni se han formulado programas operativos, con lo cual la cuestión es gobernada inorgánicamente.

Tampoco se ha establecido un aparato gubernamental eficiente, ni se subsumieron los instrumentos de la política científico-tecnológica bajo una conducción unitaria, pues tales instrumentos se hallan dispersos entre varias jurisdicciones administrativas.

Así, mientras el país exporta tecnología en la capacidad intelectual de sus técnicos, importa tecnología en máquinas y procesos industriales.

No obtiene fruto de lo primero, pero paga bien alto por lo segundo.

Debemos decidirnos a producir, exportar, sustituir importaciones y realizar otra serie de transacciones con nuestro conocimiento tecnológico, a fin de lograr los mejores resultados posibles.

Creo que este objetivo puede lograrse, en gran medida, a través de una conducción científico-tecnológica con planificación.

Pero estoy persuadido [de] que la cuestión no puede resolverse plenamente en un terreno puramente nacional.

En efecto, gran parte de lo que debemos obtener es viable con nuestro propio esfuerzo; pero un considerable sector de los objetivos sólo será susceptible de alcanzarse sobre la base de un esfuerzo común, tanto con los países industriales como con otros países en desarrollo.

En materia de ciencia y tecnología no existen compartimentos estancos.

El problema de la propiedad del conocimiento tiene tal relevancia en el nivel mundial, y ejerce una influencia tan decisiva sobre las posibilidades concretas de desarrollo de los países menos adelantados, que la reflexión sobre los últimos quinquenios señala la necesidad de repensar las estructuras institucionales que gobiernan este aspecto en el terreno internacional.

El mundo es cada vez más interdependiente en este ámbito, y nuestro potencial actual posee ya el nivel necesario para permitirnos una política nacional inteligente que concentre ese potencial, lo administre programadamente con unidad de criterio y actúe con todos los centros del mundo sobre bases de solidaridad y reciprocidad.

En última instancia, lo esencial es que hayamos recogido la idea de que lo científico-tecnológico está en el corazón del problema de la liberación y que sin base científico tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace también imposible.

En el ámbito ecológico

Ya el hombre ha tomado conciencia de su capacidad para alterar el medio en que vive, como así también del uso indebido del avance tecnológico respecto de dicho medio.

El tema no es nuevo.

La concientización mundial, sí.

Factores tales como la polución, el sobrecultivo, la deforestación, la acumulación de desperdicios, entre otros, indican claramente el perjuicio que ocasionan a los seres vivos.

El ser humano, como simple eslabón del ciclo biológico, está condicionado por un determinismo geográfico y ecológico del cual no puede sustraerse.

Estamos, pues, en un campo nuevo de la realidad nacional e internacional, en el que debemos comprender la necesidad —como individuos y como nación— de superar estrechas miras egoístas y coordinar esfuerzos.

Hace casi 30 años, cuando aún no se había iniciado el proceso de descolonización contemporánea, anunciamos la «tercera posición» en defensa de la soberanía y autodeterminación de las pequeñas naciones frente a los bloques en que se dividieron los vencedores de la segunda guerra mundial.413

Hoy, cuando aquellas pequeñas naciones han crecido en número y constituyen el gigantesco y multitudinario «tercer mundo», un riesgo mayor, que afecta a toda la humanidad y pone en peligro su misma supervivencia, nos obliga a plantear la cuestión en nuevos términos que van más allá de lo estrictamente político, que superan las divisiones partidarias e ideológicas, y entran en la esfera de las relaciones de la humanidad con la naturaleza.

Creo que ha llegado la hora en que todos los pueblos y gobiernos del mundo cobren conciencia de la marcha suicida que la humanidad ha emprendido a través de la contaminación del medio ambiente y la biósfera, la dilapidación de los recursos naturales, el crecimiento sin freno de la población y la sobreestimación de la tecnología, y de la necesidad de invertir de inmediato la dirección de esa marcha, a través de una acción mancomunada internacional.

A partir de este párrafo, con intercalaciones, se transcribe casi textualmente el texto del Mensaje ambiental dirigido a los pueblos y gobiernos del mundo difundido por Perón desde Madrid el21 de febrero de 1972.

El ser humano no puede ser concebido independientemente del medio ambiente que él mismo ha creado. Ya es una poderosa fuerza biológica, y si continúa destruyendo los recursos vitales que le brinda la Tierra, sólo puede esperar verdaderas catástrofes sociales para las próximas décadas.

La humanidad está cambiando las condiciones de vida con tal rapidez que no llega a adaptarse a las nuevas condiciones; va más rápido que su captación de la realidad y no ha llegado a comprender, entre otras cosas, que los recursos vitales para él y sus descendientes derivan de la naturaleza y no de su poder mental.

De todos modos, a diario, su vida se transforma en una interminable cadena de contradicciones.

En el último siglo ha saqueado continentes enteros y le han bastado un par de décadas para convertir a ríos y mares en basurales, y al aire de las grandes ciudades en un gas tóxico y espeso.

Inventó el automóvil para facilitar su traslado, pero ahora ha erigido una civilización del automóvil que se asienta sobre un cúmulo de problemas de circulación, urbanización, seguridad y contaminación en las ciudades, y que agrava las consecuencias de su vida sedentaria.

Las mal llamadas «sociedades de consumo» son, en realidad, sistemas sociales de despilfarro masivo, basados en el gasto, porque el gasto produce lucro.

Se despilfarra mediante la producción de bienes innecesarios o superfluos y, entre éstos, a los que deberían ser de consumo duradero, con toda intención, se les asigna corta vida, porque la renovación produce utilidades.

Se gastan millones en inversiones para cambiar el aspecto de los artículos, pero no para reemplazarlos bienes dañinos para la salud humana, y hasta se apela a nuevos procedimientos tóxicos para satisfacer la vanidad humana.

Como ejemplo, bastan los automóviles actuales que debieran haber sido reemplazados por otros [con motor eléctrico]414, o el tóxico plomo que se agrega a las naftas simplemente para aumentar la velocidad inicial de los mismos.415

414 En el original “con motores eléctricos”.

415 Por disposición del Congreso de EE.UU., a partir del 31 de diciembre de 1995 fue prohibida la utilización de nafta con plomo en ese país. Y la Unión Europea adoptó una normativa por la cual a partir de enero de 2002 se prohibió definitivamente la comercialización de todas las naftas que contuvieran plomo (su uso se había comenzado a reducirse desde 1993). En la Argentina se eliminó de las naftas a partir de 1996.

No menos grave resulta el hecho de que los sistemas sociales de despilfarro de los países tecnológicamente más avanzados funcionan mediante el consumo de ingentes recursos naturales aportados por el «tercer mundo».

De este modo, el problema de las relaciones dentro de la humanidad es paradójicamente doble: algunas clases sociales —las de los países de baja tecnología en particular— sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades pero, al mismo tiempo, las clases sociales y los países que asientan su exceso de consumo en el sufrimiento de los primeros, tampoco están racionalmente alimentados ni gozan de una auténtica cultura o de una vida espiritual o físicamente sana.

Se debaten en medio de la ansiedad, el tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado.

Lo peor es que, debido a la existencia de poderosos intereses creados o por la falsa creencia generalizada de que los recursos naturales vitales para el hombre son inagotables, este estado de cosas tiende a agravarse.

Mientras un fantasma—el hambre— recorre el mundo devorando 55 millones de vidas humanas cada20 meses, afectando hasta [a] los países que ayer fueron graneros del mundo y amenazando expandirse de modo fulmíneo en las próximas décadas, en los centros de más alta tecnología se anuncia, entre otras maravillas, que pronto la ropa se cortará con rayos láser y que las amas de casa harán sus compras desde sus hogares por televisión y las pagarán mediante sistemas electrónicos.416

La separación dentro de la humanidad se está agudizando de modo tan visible que parece que estuviera constituida por más de una especie. E

l ser humano, cegado por el espejismo de la tecnología, ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia.

Y así, mientras llega a la luna gracias a la cibernética, la nueva metalurgia, combustibles poderosos, la electrónica y una serie de conocimientos teóricos fabulosos, mata al oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer, y eleva la temperatura permanente del medio ambiente sin medir sus consecuencias biológicas.

Ya en el colmo de su insensatez, mata al mar que podía servirle de última base de sustentación.

416 A mediados de los ’80 se inició la llamada venta por catálogo o directa, se abonaba con tarjeta de crédito, pero se hacía por teléfono. En 1984, en el Reino Unido, se hizo la primera operación de este tipo. Recién a partir de 1989, con la aparición del servicio de internet —la www (World Wide Web)—, este sistema se fue extendiendo, ahora por intermedio de la computadora (la “televisión”), para popularizarse a finales de los 90.

En el curso del último siglo,417 el ser humano ha exterminado cerca de doscientas especies [de] animales terrestres. Ahora, ha pasado a liquidar las especies marinas.

Aparte de los efectos de la pesca excesiva, amplias zonas de océanos, especialmente costeras, ya han sido convertidas en cementerios de peces y crustáceos, tanto por los desperdicios arrojados como por el petróleo involuntariamente derramado.

Sólo el petróleo liberado por los buques cisterna hundidos ha matado, en la última década,418 cerca de 600.000 millones de peces.

Sin embargo, seguimos arrojando al mar más desechos que nunca, perforamos miles de pozos petrolíferos en el mar o sus costas y ampliamos al infinito el tonelaje de los petroleros, sin tomar medidas de protección de la fauna y la flora marinas.

La creciente toxicidad del aire de las grandes ciudades es bien conocida, aunque muy poco se ha hecho para disminuirla.

En cambio, todavía ni siquiera existe un conocimiento mundialmente difundido acerca del problema planteado por el despilfarro del agua dulce, tanto para el consumo humano como para la agricultura.

La liquidación de aguas profundas ya ha convertido en desiertos extensas zonas otrora fértiles del globo, y los ríos han pasado a ser gigantescos desagües cloacales más que fuentes de agua potable o vías de comunicación.

Al mismo tiempo, la erosión provocada por el cultivo irracional o por la supresión de la vegetación natural se ha convertido en un problema mundial, y se pretende reemplazar con productos químicos el ciclo biológico del suelo, uno de los más complejos de la existencia.

Para colmo, muchas fuentes naturales han sido contaminadas, las reservas de agua dulce están pésimamente repartidas por el planeta, y cuando nos quedaría como último recurso la desalinización del mar, nos enteramos [de] que una empresa de este tipo, de dimensión universal, exigiría una infraestructura que la humanidad no está en condiciones de financiar y armar en este momento.

Por otra parte, a pesar de la llamada revolución verde, el «tercer mundo» todavía no ha alcanzado a producir la cantidad de alimentos que consume; y, para llegar a su autoabastecimiento, necesita un desarrollo industrial, reformas estructurales y la vigencia de una justicia social que todavía está lejos de alcanzar.

Para colmo, el desarrollo de la producción de alimentos sustitutivos está [frenado]419 por la insuficiencia financiera y las dificultades técnicas.

417 El siglo XX.

418 1960/1970.

Por supuesto, todos estos desatinos culminan con una tan desenfrenada como irracional carrera armamentista que le cuesta a la humanidad 200.000 millones de dólares anuales.

A este complejo de problemas, creados artificialmente, se suma el crecimiento explosivo de la humanidad.

El número de seres humanos que puebla el planeta se ha duplicado en el último siglo y volverá a duplicarse para fines del actual o comienzos del próximo420, de continuar el mismo ritmo de crecimiento.

De seguir por este camino, en el año 2500 cada ser humano dispondrá de un solo metro cuadrado sobre el planeta.

Esta visión global está lejana en el tiempo, pero no difiere mucho de la que ya corresponde a las grandes urbes, y no debe olvidarse que, dentro de veinte años421, más de la mitad de la humanidad vivirá en ciudades grandes y medianas.

Es indudable, pues, que la humanidad necesita una política demográfica.

Debe tenerse en cuenta que una política demográfica no produce los efectos deseados si no va acompañada de una política económica y social correspondiente.

De todos modos, mantener el actual ritmo de crecimiento de la población humana no es tan suicida como mantener el despilfarro de los recursos naturales en los centros altamente industrializados donde rige la economía de mercado, o en aquellos países que han copiado sus modelos de desarrollo.

Lo que no debe aceptarse es que la política demográfica esté basada en la acción de píldoras que ponen en peligro la salud de quienes las toman o de sus descendientes.

Si se observan en su conjunto los problemas que se nos plantean y que hemos enumerado, comprobaremos que provienen tanto de la codicia y la imprevisión humanas como de las características de algunos sistemas sociales, del abuso de la tecnología, del desconocimiento de las relaciones biológicas y de la progresión natural del crecimiento de la población humana.

Esta heterogeneidad de causas debe dar lugar a una heterogeneidad de las respuestas aunque, en última instancia, tengan como denominador común la utilización de la inteligencia humana.

419 En el original CD; “frenada”, concordando con producción.

420 El siglo XXI.

421 Fines del siglo XX.

A la irracionalidad del suicidio colectivo, debemos responder con la racionalidad del deseo de supervivencia.

Estos conceptos, que tienen su origen en reflexiones en torno al problema mundial de la ecología, son válidos también para nuestro país.

Sin embargo, afortunadamente, tenemos una enorme ventaja.

Nuestro extenso territorio, con enormes reservas naturales aún no explotadas, nos permite albergar la esperanza de salvarnos de muchos de los peligros mencionados a poco que evitemos cometer los mismos errores en que incurrieron las grandes naciones.

De hecho, la solución no surgirá solamente de lo que realicemos en el orden interno, sino que tendrá mucho que ver con lo que hagan los demás países en la materia.

Es por esto que deberemos insistir denodadamente ante el mundo para que se ponga freno a esta carrera que nos llevará inexorablemente a nuestra autodestrucción.

En el ámbito institucional

Las instituciones que aquí analizo son las jurídicas, es decir, las creadas por el Derecho.

El método de creación de las instituciones jurídicas debe comenzar por establecer sus funciones.

Para esto es necesario definir, en cada caso, cómo se cumplirán dichas funciones y cuáles serán las responsabilidades concretas a fijar.

De esta forma, es posible caracterizar el marco jurídico en el cual tienen que funcionar.

Pero este marco jurídico debe incluir no sólo la creación y función de los entes respectivos, sino también las relaciones entre los distintos entes y la naturaleza, característica y forma de uso de los medios a utilizar.

Lamentablemente, no siempre se ha trabajado con tal forma de programación institucional.

En su lugar, hemos encontrado numerosos ejemplos en sentido contrario.

Es decir, que se dictó la ley primero, se crearon luego los entes, se les asignaron funciones y, después, en la práctica, se verificó si las funciones asignadas estaban totalmente ajustadas a lo que se quería.

Este defecto metodológico tiene menor importancia en el Estado liberal, que confía principalmente en la acción privada.

Por eso, la forma juridicista de crear instituciones empezando por la ley, no es tan peligrosa para los designios de los conductores de ese Estado.

En cambio, para nuestro país, el problema es diferente.

Necesitamos más gobierno y más eficiencia en el mismo, puesto que lo concebimos como un verdadero proveedor de servicios a la comunidad.

Para ello tiene que programar funcionando, como un sistema de vasos comunicantes.

En él debe eliminarse el despilfarro de recursos, porque cada recurso desperdiciado representa un servicio menos que se presta al ciudadano y al país.

Por lo tanto, no podemos copiar el método juridicista que ha sido útil para el Estado liberal.

El Estado liberal, mientras no tuvo necesidad de elevar al máximo nivel la eficiencia del gobierno, pudo permitirse actuar con muchas instituciones formalmente establecidas y una burocracia adecuada a sus estatutos jurídicos, pero sus servicios al país no guardaron relación con las verdaderas necesidades sociales.

También se ha visto una interesante evolución en el problema institucional.

En la época liberal, la intervención estatal ha sido naturalmente escasa, porque ello respondía a su propia filosofía.

Cuando el Justicialismo comenzó a servir al país, nuestra concepción exigió un incremento de la intervención estatal.

Junto a esto, pusimos el peso que otorgaba la ley a la autoridad del Poder Ejecutivo.

Este procedimiento fue criticado como «autoritarista».

Fue necesario adoptar dicha actitud, porque teníamos que forzarnos en la obtención de un justo medio que nos alejara de extremos indeseables.

Luego, cuando se produjo la reacción liberal, el nivel de intervención estatal era elevado, precisamente por la naturaleza misma de los problemas que el Estado argentino tenía que enfrentar.

Como el gobierno liberal que nos sucedió422 no supo ver las razones de ese crecimiento, se encargó de destruir a la administración pública y realizó su labor golpeando muy especialmente sobre el servidor público.

422 Alude al gobierno de la autodenominada “revolución libertadora” (1955/1958), encabezada por el general Pedro E. Aramburu y el almirante Isaac Rojas, adscripto a esa ideología.

252 Ahora tenemos que reconstruir una administración pública adaptada a nuestras necesidades.

Para ello, debemos hacer un serio esfuerzo para jerarquizar al funcionario público, restituyéndole la dignidad que el país le había reconocido.

Por supuesto, no necesitamos saturarnos de funcionarios.

Debemos tener sólo los que hagan falta, pero con el máximo nivel de capacidad y responsabilidad que corresponda a cada cargo.

Mi experiencia anterior me ha enseñado que la conducción gubernamental ecesita de una administración pública vigorosa y creativa.

De lo contrario, la labor de conducción no llega al ciudadano, por bien inspirada que esté.

Por otra parte, constituir las instituciones primero y conferirles funciones después ha dado lugar al nacimiento de burocracias que, sin objetivos claros, concluyen siendo un fin en sí mismas y sirviendo sólo a su autopreservación.

Tales burocracias sirven exclusivamente para proponer lo que es viable para el gobierno de turno. Debemos procurar precisamente lo contrario: ajustar las estructuras de poder a lo que el país necesita.

Si no procedemos con esa mentalidad será imposible introducir cambios de fondo, porque la eficiencia de la administración pública resulta limitada por las propias restricciones institucionales, y porque esas burocracias han aprendido que duran más los que menos deciden.

  1. La exigencia de un Modelo 

Cuando caractericé al Modelo Argentino y expuse sus objetivos principales, quedó claro que constituye una exigencia prospectiva que debe contribuir a consolidar la patria por la que todos bregamos.

Ahora es evidente, además, que la experiencia mundial y el propio proceso histórico argentino conducen rectamente a la misma necesidad.

Volvemos entonces al comienzo de este trabajo, añadiendo al concepto de Modelo y a sus objetivos, la clara conciencia de su inexorabilidad histórica.

A ello, debemos agregar que, para elaborar con precisión un Modelo Argentino, es conveniente una evaluación orgánica de la situación presente, lo que resulta imposible sin una perspectiva histórica: la historia no es una acumulación de etapas inconexas, sino un proceso generativo, dinámico y constante.

253 De ahí que, en modo alguno, puede proponerse un Modelo estático y cerrado para una Argentina en constante transformación.

Nuestro Modelo Argentino debe presentar el dinamismo de todo lo que se vincula con el devenir de un

pueblo.

Por esa razón, los argentinos debemos juzgar al Modelo como una propuesta abierta a sucesivas correcciones, para estar en armonía con la fascinante vitalidad de la historia.

En síntesis, tenemos la responsabilidad histórica de definir el país que deseamos, con el propósito de abandonar las luchas internas que desgastan nuestra esperanza y nos desvían del camino por el que podemos y debemos transitar.

Nuestra patria tiene todo lo necesario para que sus hijos sientan el gozo infinito de la vida. Dios nos ha brindado riquezas incalculables: sólo falta que asumamos la decisión irrevocable de realizar la empresa que nos aguarda.

Cada uno de mis conciudadanos, cada grupo social y político que sienta el deber de contribuir a la grandeza del país, deberá formular sus sugerencias para que este Modelo sea cada vez más un ideal de vida nacional.

 

SEGUNDA PARTE

DESARROLLO

EL MODELO ARGENTINO

  1. La comunidad organizada

En el Modelo Argentino, nuestra sociedad futura debe responder con absoluta plenitud al concepto de comunidad organizada.

Pero esta organización no puede entenderse como la construcción de una máquina fría, rígidamente trabada, donde los mecanismos de poder nublen la conciencia del hombre y lo conviertan en un engranaje despojado y vencido.

El hombre es principio y fin de la comunidad organizada, por lo que no puede haber realización histórica que avasalle la libertad de su espíritu.

No hay organización posible si el hombre es aniquilado por un aparato externo a su propia existencia.

La comunidad organizada no es, por lo tanto, una comunidad mecanizada donde la conciencia individual se diluye en una estructura que no puede más que sentir como ajena.

Pero tampoco estoy predicando un desencadenamiento del individualismo como modo de vida, en el que la competencia feroz transforme al hombre en un lobo para sus semejantes.

La solución ideal debe eludir ambos peligros: un colectivismo asfixiante y un individualismo deshumanizado.

Nuestra comunidad sólo puede realizarse en la medida en que se realice cada uno de los ciudadanos que la integran.

Pero «integrar» significa, para nosotros, «integrarse»; y la condición elemental de la integración del ciudadano en la comunidad es que la sienta como propia, que viva en la convicción libre de que no hay diferencia entre sus principios individuales y los que alienta su patria.

Esto sólo es posible si la comunidad defiende auténticamente los más altos intereses del espíritu humano.

De lo contrario, el necesario equilibrio entre el hombre y la comunidad se destruye irreparablemente.

El carácter de «organizada» de la comunidad que nuestro Modelo defiende, alude simplemente a ese equilibrio, a esa básica armonía que justifica y da sentido a la existencia.

Estoy convencido [de] que la comunidad organizada es el punto de partida de todo principio de formación y consolidación de las nacionalidades, no sólo en el presente sino también en el futuro.

En nuestra patria se han perdido —y se siguen perdiendo— muchas vidas procurando la organización nacional. A la luz de este hecho, resulta claro que hemos llegado a cierto grado de organización del Estado, pero no hemos alcanzado a estructurar la comunidad organizada.

Más aún, muchas veces los poderes vertidos en el Estado trabajaron para que no se organizase el pueblo en comunidad.

La comunidad debe ser conscientemente organizada.

Los pueblos que carecen de organización pueden ser sometidos a cualquier tiranía.

Se tiraniza lo inorgánico, pero es imposible tiranizar lo organizado.

Además, como una vez expresé, la organización es lo único que va más allá del tiempo y triunfa sobre él.

Para organizar una comunidad se requiere la concurrencia de muchos factores.

En primer lugar, nada se edifica sin claridad de objetivos, [sin]423 la base de una ideología común que reúna a hombres que sienten de una misma manera lo que se considera fundamental para el país.

Sabemos ya que esto se concreta en una doctrina que abre un amplio espacio de coincidencia aceptado por la mayoría de la comunidad, para ponerlo en práctica en su organización.

Es necesario, además, instaurar un inalienable principio de objetividad.

Que la organización sea objetiva significa que todo fundamento de estructuración debe prescindir de abstracciones subjetivas, recordando que la realidad es la única verdad. Y no puedo pensar [en] otro criterio de objetividad que no sea la presencia de la voluntad del pueblo como guardián de su propio destino.

423 En el original: “sobre”, con lo que quita claridad y dificulta la comprensión a la frase.

Para que esto sea posible, deberemos alcanzar un alto grado de conciencia social, que entiendo como la identificación por parte del hombre de sus derechos inviolables, sin enajenar la comprensión de sus deberes.

Por último, si tuviera que decidirme por un factor aglutinante, optaría por la solidaridad social como fuerza poderosa de cohesión que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar.

Estos factores colaboran para que la comunidad organizada constituya un verdadero

sistema, en la medida en que esté armónicamente estructurada en todos

los niveles que la integran.

La asimilación de estos conceptos es muy importante porque, si es cierto que

la comunidad organizada configura, en su misma naturaleza, un sistema, deben

esperarse de ella los mejores resultados posibles.

La organización de la comunidad implica una tarea ardua que requiere programación,

participación del ciudadano, capacitación y sentido de sistema para

su orden y funcionamiento.

Considero imperioso refirmar que la organización de la comunidad —al igual

que todas las organizaciones— debe estar en manos de quienes posean, a través

de su acción y experiencia, innegable vocación de servicio público, aptitud de

conducción y capacidad concreta para el estudio de las cuestiones relativas al

desarrollo social del país.

Tales ciudadanos deben representar solamente intereses legítimos y aspiraciones

justas, actuando, por otra parte, con absoluta y radical autenticidad. No

debe olvidarse que las organizaciones sirven en la práctica, básicamente, por la

calidad de los dirigentes que están a su frente. Cuando la organización supera al

hombre y lo subordina, toda la idea de la conducción, como arte de gobernar,

desaparece por la debilidad de funcionamiento del sistema.

La comunidad organizada debe conformarse a través de una conducción centralizada

en el nivel superior del gobierno, donde nadie discute otro derecho

que el de sacrificarse por el pueblo; una ejecución descentralizada y un pueblo

libremente organizado en la forma que resulte más conveniente a los fines perseguidos.

En síntesis, unidad de conducción, descentralización de ejecución y una concepción

que emane del sentir del pueblo, son las pautas básicas para la orga259

nización. La pluralidad de pensamiento y las críticas constructivas configuran

elementos esenciales de esa misma forma de organización y funcionamiento.

Cuando la comunidad argentina esté completamente organizada, será posible

realizar lo que sigo interpretando como ambición de todos los ciudadanos: hacer

triunfar la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza.

Me parece indudable que sólo la libre decisión del pueblo argentino puede

llevar a cabo la culminación de la comunidad argentina. Pero no hay pueblo

capaz de libre decisión cuando la áspera garra de la dependencia lo constriñe.

De ahí que comunidad organizada significa, en última instancia, comunidad

liberada.

  1. El hombre, la familia, la sociedad y la cultura

El hombre argentino

He afirmado repetidamente que el hombre es principio y fin de la comunidad

organizada. Es por ello que nuestro propósito de constituir y consolidar

una comunidad nacional no puede eludir una básica y primaria definición: ¿qué

debemos pedirle a nuestro hombre argentino para realizar la inaplazable tarea

que le espera?, ¿sobre qué valores y principios asentará su existencia en orden a

realizarse como ciudadano en un país grande y libre?

No tengo la inmodestia de intentar perfilar un arquetipo eterno e inmutable

de argentino; sólo quiero aproximarme conmovido a algo de lo que todo hombre

lleva de permanente como huellas secretas de la mano de Dios.

Nuestra filosofía justicialista ha insistido en los valores y principios permanentes

como fundamento espiritual insoslayable. En esa medida, admite que el

hombre argentino debe encarnar caracteres que son comunes a todos los hombres

que mantengan inconmovible su dignidad.

Requiero del hombre de nuestra tierra lo que debe integrar la esencia de

cualquier hombre de bien: autenticidad, creatividad y responsabilidad. Pero sólo

una existencia impregnada de espiritualidad, en plena posesión de su conciencia

moral, puede asumir estos principios, que son el fundamento único de la más

alta libertad humana, sin la cual el hombre pierde su condición de tal.

260 En un primer enfoque podría parecer que, si ser plenamente argentino consiste

en la asunción de los principios universales mencionados, no hay mayor diferencia

entre lo que requiero de nuestro hombre y lo que debería requerirse de

un ciudadano de cualquier latitud del mundo. En tal sentido, el adjetivo «argentino

» sería un rótulo prescindible. No faltarán quienes elaboren este argumento;

serán los mismos que han sostenido, durante muchos años, que el argentino no

existe como sujeto histórico autónomo, que no es más que una suerte de prolongación

agónica y desconcertada del hombre europeo, o una híbrida fusión

de múltiples fuentes.

Olvidarán lo más importante: el hombre no es un ser angélico y abstracto.

En la constitución de su esencia está implícita su situación, su conexión con una

tierra determinada, su inserción en un proceso histórico concreto. Ser argentino

significa también esto: saber, o al menos intuir, que ser lúcido y activo habitante

de su peculiar situación histórica forma parte de la plena realización de su

existencia. Es decir, habitante de su hogar, de la Argentina, su patria.

Por lo tanto, lo que realmente distingue al argentino del europeo o el africano

es su radical correspondencia con una determinada situación geo-política,

su íntimo compromiso moral con el destino de la tierra que lo alberga y su

ineludible referencia a una historia específica que perfila lentamente la identidad

del pueblo.

Su pertenencia a esta historia y no a otra, su habitar en esta situación y no

en otra, su apertura a un destino irreductiblemente propio, [bastan]424 para que

aquellos principios esenciales que todo hombre atesora se concreten de una

manera única e irrepetible, configurando la esencia del hombre argentino y

conquistando para él un tiempo singular y definitivo en la historia del mundo.

Si en esto consiste la esencia de nuestro hombre, mi humilde pedido se reduce

a solicitar a cada argentino que actualice en profundidad su adherencia a

esta tierra, que recuerde que sobre su compromiso y su autenticidad brotarán las

semillas de una patria justa, libre y soberana.

424 En el original CD: “hasta”, erróneamente.

261

La familia y la sociedad

Pese a los embates de una creciente anarquía de los valores esenciales del

hombre y la sociedad que parece brotar en diversas partes del mundo, la familia

seguirá siendo, en la comunidad nacional por la que debemos luchar, el núcleo

primario, la célula social básica cuya integridad debe ser celosamente resguardada.

Aunque parezca prescindible refirmarlo, el matrimonio es la única base posible

de constitución y funcionamiento equilibrado y perdurable de la familia.

La indispensable legalidad conforme a las leyes nacionales no puede convertirse

en requisito único de armonía. Es preciso que nuestros hombres y mujeres

emprendan la constitución del matrimonio con una insobornable autenticidad,

que consiste en comprenderlo no como un mero contrato jurídico sino como

una unión de carácter trascendente.

Si esto es así, nuestros ciudadanos no deben asumir la responsabilidad del

matrimonio si no intuyen en profundidad su carácter de misión.

Misión que no sólo consiste en prolongar la vida en esta tierra, sino [en]425

proyectarse hacia la comunidad en cuyo seno se desenvuelve. Esto implica comprender

que, como toda misión radicalmente verdadera, supera incesantemente

el ámbito individual para insertar a la familia argentina en una dimensión social

y espiritual que deberá justificarla ante la historia de nuestra patria.

Tomando en cuenta estos aspectos, es conveniente reafirmar la naturaleza de

los vínculos que deben unir a los miembros de la familia.

La unidad de ideales profundiza al matrimonio, le confiere dignidad ética,

contribuye a robustecer en el hombre y la mujer la [toma]426 de conciencia de

la gravedad de su misión, de su nítida responsabilidad, tanto individual como

social, histórica y espiritual.

No cabe duda [de] que no siempre existe la posibilidad de comprender espontáneamente

lo que he caracterizado como misión. No es posible prescindir, por

lo tanto, de un adecuado proceso formativo que debe definirse crecientemente,

425 En el original CD: “de”.

426 En el original “forma”.

262 y cuya finalidad consista no sólo en sentar las bases para una unión duradera,

sino en gestar en la pareja la comprensión radical del sentido último del matrimonio.

Este sentido, entendido como misión, se concentra, ya lo he dicho, en

una radical dimensión espiritual y en su verdadera resonancia histórico-social.

Para que la familia argentina desempeñe el rol social necesario, sus integrantes

deberán tener en cuenta algunos principios elementales en sus relaciones.

Así, estimo que el vínculo entre padres e hijos debe regirse sobre la base de la

patria potestad, no entendida como un símbolo de dominio, sino como un principio

de orientación fundado en el amor.

El niño necesita de la protección paterna para ayudarlo a identificar su función

social y, para ello, es lógico que los padres deban usar la gravitación natural

que tienen sobre sus hijos.

Por ese camino se contribuirá a consolidar la escala de valores que asegurará

para el futuro que, de ese niño, surja el ciudadano que necesita nuestra comunidad,

en lugar de un sujeto indiferente y ajeno a los problemas de su país.

Es la solidaridad interna del grupo familiar la que enseña al niño que amar es

dar, siendo ése el punto de partida para que el ciudadano aprenda a dar de sí

todo lo que le sea posible en bien de la comunidad.

En esto, la mujer argentina tiene reservado un papel fundamental. Es ella, con

su enorme capacidad de afecto, la que debe continuar asumiendo la enorme

responsabilidad de ser el centro anímico de la familia.

Independientemente de ello, nuestra aspiración permanente será que, en la

sociedad argentina, cada familia tenga derecho a una vida digna que le asegure

todas las prestaciones vitales. Entonces, habrá que fijar el nivel mínimo de esas

prestaciones para que ninguna familia se encuentre por debajo de él en la democracia

social que deseamos.

El Estado tiene la obligación especial de adoptar medidas decisivas de protección

de la familia, y no puede eludir ese mandato bajo ningún concepto. Olvidar

esa exigencia, llevaría a la comunidad a sembrar dentro de ella las semillas que

habrán de destruirla.

No olvidemos que la familia es, en última instancia, el tránsito espiritual imprescindible

entre lo individual y lo comunitario. Una doble permeabilidad se

verifica entre familia y comunidad nacional: por una parte, ésta inserta sus va263

lores e ideales en el seno familiar; por otra, la familia difunde en la comunidad

una corriente de amor que es el fundamento imprescindible de la justicia social.

Quiero realizar, en fin, una invocación sincera a la familia argentina.

Asistimos, en nuestro tiempo, a un desolador proceso: la disolución progresiva

de los lazos espirituales entre los hombres. Este catastrófico fenómeno debe

su propulsión a la ideología egotista e individualista, según la cual toda realización

es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y

enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer.

Quienes así piensan sólo han logrado aislar al hombre del hombre, a la familia

de la nación, a la nación del mundo. Han puesto a unos contra otros en la

competencia ambiciosa y la guerra absurda.

Todo este proceso se funda en una falacia: la de creer que es posible la realización

individual fuera del ámbito de la realización común.

Nosotros, los argentinos, debemos comprender que todo miembro —particular

o grupal— de la sociedad que deseamos, [sólo] logrará la consecución de

sus aspiraciones en la medida en que alcancen también su plena realización las

posibilidades del conjunto.

No puede concebirse [a] la familia como un núcleo desgajado de la comunidad,

con fines ajenos y hasta contrarios a los que asume la nación. Ello conduce

a la atomización de un pueblo y al debilitamiento de sus energías espirituales

que lo convierten en fácil presa de quienes lo amenazan con el sometimiento y

la humillación.

A la luz de lo expuesto, acerca de la familia, nuestra sociedad sólo puede

definirse como comunidad organizada.

Sabemos, por lo tanto, que la integración del hombre en esa sociedad presupone

y concreta esa básica armonía que es principio rector en nuestra doctrina.

Será, además, eminentemente nacional y cristiana, tomando plena conciencia

de que su dimensión nacional no sólo no es incompatible con una proyección

universalista, sino que constituye un insoslayable requisito previo.

La sociedad que deseamos debe ser celosa de su propia dignidad, y esto sólo

es posible si está dotada de una poderosa resonancia ética.

El grado ético alcanzado en la sociedad imprime el rumbo al progreso del

pueblo, crea el orden y asegura el uso feliz de la libertad. La diferencia que me264

dia entre extraer provechosos resultados de una victoria social o anularla en el

desorden, depende de la profundidad del fundamento moral.

La armonía y la organización de nuestra comunidad no conspirarán contra su

carácter dinámico y creativo. Organización no es sinónimo de cristalización. La

sociedad que nuestro Modelo define no será, en modo alguno, estática. Debe

movilizarse a través de un proceso permanente y creativo que implique que la

versión definitiva de ese Modelo sólo puede ser conformada por el cuerpo social

en conjunto.

La autonomía y madurez de nuestra sociedad deberá evidenciarse, en este

caso, en su vocación de autorregulación y actualización constante. Y no me

cabe duda [de] que los argentinos hemos ya iniciado el camino hacia la madurez

social, pues tratamos de definir coincidencias básicas, sin las cuales se diluiría la

posibilidad de auto-actualizar nuestra comunidad.

Estas coincidencias sociales básicas no excluyen la discusión o aun el conflicto.

Pero, si partimos de una base común, la discusión se encauza por el camino

de la razón y no de la agresión disolvente.

Nuestra sociedad excluye terminantemente la posibilidad de fijar o repetir el

pasado, pero debe guardar una relación comprensiva y constructiva con su tradición

histórica en la medida en que ella encarne valores de vigencia permanente

emanados del proceso creativo de un pueblo que, desde tiempo atrás, persigue

denodadamente su identidad.

Es evidente que, en definitiva, los valores y principios que permanecerán

como representativos de nuestro pueblo serán asumidos por la sociedad toda,

o por una mayoría significativa, relevante y estable, a través de las instituciones

republicanas y democráticas que, según nuestros principios constitucionales,

rigen y controlan la actividad social.

Por último, la libertad y la igualdad expresadas en nuestra Carta Magna conservarán

plenamente su carácter de mandato inapelable y de incesante fuente de

reflexión serena para todos los argentinos.

265

La cultura

Si nuestra sociedad desea preservar su identidad en la etapa universalista que

se avecina, deberá conformar y consolidar una arraigada cultura nacional. Resulta

sumamente compleja la explicitación de las características que tal cultura debe

atesorar; es evidente que no basta proclamar la necesidad de algo para que sea

inteligible y realizable. Mucho se ha dicho sobre la cultura nacional, pero poco

se ha especificado sobre su contenido.

Está claro que en cuanto se plantea la posibilidad de una cultura propia surge

de inmediato la forzosa referencia a fuentes culturales exteriores. Ya he desestimado

la posibilidad de que la ideología y los valores culturales de las grandes

potencias puedan constituir un abrevadero fértil para nuestra patria.

En la gestación histórica del hombre argentino confluyen distintas raíces: la

europea, por un lado, y los diferentes grupos étnicos americanos, por el otro.

Esto es trivial por lo evidente, pero no son tan claras sus consecuencias.

Creo haberme referido con la suficiente extensión a la indudable especificidad

del hombre argentino, que no consiste en una síntesis opaca sino en una

nítida identidad que resulta de su peculiar situación histórica y su adherencia

al destino de su tierra. ¿Sucede lo mismo con su cultura? ¿O, acaso, la herencia

europea ha sellado definitivamente la cultura argentina?

Pienso que, en este caso, es artificial establecer una distinción entre el hombre

y la cultura que de él emana, pues la misma historicidad del hombre argentino

impone una particular esencia a su cultura. Pero este carácter de «propia»

de la cultura argentina se ha evidenciado más en la cultura popular que en la

cultura académica, tal vez porque un intelectual puede separarse de su destino

histórico por un esfuerzo de abstracción, pero el resto del pueblo no puede

—ni quiere— renunciar a su historia y a los valores y principios que él mismo

ha hecho germinar en su transcurso.

La cultura académica ha avanzado por sendas no tan claras. A la mencionada

influencia de las grandes potencias debemos agregar el aporte poderoso de la

herencia cultural europea. No tiene sentido negar este aporte en la gestación de

nuestra cultura, pero tampoco tiene sentido cristalizarse en él.

266 La historia grande de Latinoamérica, de la que formamos parte, exige a los argentinos

que vuelvan ya los ojos a su patria, que dejen de solicitar servilmente la

aprobación del europeo cada vez que se crea una obra de arte o se concibe una

teoría. La prudencia debe guiar a nuestra cultura en este caso; se trata de guardar

una inteligente distancia respecto de los dos extremos peligrosos en lo que

se refiere a la conexión con la cultura europea: caer en un europeísmo libresco

o en un chauvinismo ingenuo que elimine «por decreto» todo lo que venga de

Europa en el terreno cultural.

Creo haber sido claro al rechazar de plano la primera posibilidad. Respecto

de la segunda, es necesario comprender que la cultura europea ha fundado principios

y valores de real resonancia espiritual a través de la ciencia, la filosofía y

el arte. No podemos negar la riqueza de algunos de esos valores frente al materialismo

de las grandes potencias, ni podemos dejar de admitir que, en alguna

medida, han contribuido —en tanto perfilen principios universales— a definir

nuestros valores nacionales. Pero es hora de comprender que ya ha pasado el

momento de la síntesis, y debemos —sin cercenar nuestra herencia— consolidar

una cultura nacional firme y proyectada al porvenir. Europa insinúa ya, en su

cultura, las evidencias del crepúsculo de su proyecto histórico. Argentina comienza,

por fin, a transitar el suyo.

La gestación de nuestra cultura nacional resultará de una herencia tanto europea

como específicamente americana, pues no hay cultura que se constituya

desde la nada, pero deberá tomar centralmente en cuenta los valores que emanan

de la historia específica e irreductible de nuestra patria. Muchos de tales

valores se han concretado en la cultura popular que, como todo lo que proviene

de la libre creación del pueblo, no puede menos que ser verdadera.

Dirigir nuestra mirada a esos valores intrínsecamente autóctonos no significa

tampoco precipitarnos en un folklorismo chabacano, que nuestro pueblo no merece,

sino lograr una integración creativa entre la cultura mal llamada «superior»

y los principios más auténticos y profundos de esa inagotable vertiente creativa

que es la cultura de un pueblo en búsqueda de su identidad y su destino.

Para alentar con optimismo la tarea de configuración de una cultura nacional,

es necesario tomar en consideración tres instrumentos poderosos: los medios de

267

comunicación masivos, la educación en todos sus niveles y la creatividad inmanente

del pueblo.

Ya me he referido a los mecanismos de información de carácter masivo y sus

riesgos. Me parece obvio insistir en la necesidad de que estén, cada vez más,

al servicio de la verdad y no de la explotación comercial, de la formación y no

del consumo, de la solidaridad social y no de la competencia egoísta. No debe

olvidarse que la información nunca es aséptica, lleva consigo una interpretación

y una valoración; puede ser usada como un instrumento para despertar la conciencia

moral o para destruirla.

Unas breves palabras sobre la educación, que deberá ser objeto de fértiles

discusiones por la comunidad argentina en pleno.

Si bien cada nivel de la educación presenta problemas específicos, el denominador

común que debe enfatizar nuestro Modelo Argentino es el acceso cada

vez mayor del pueblo a la formación educativa en todos sus grados. El Estado

deberá implementar los mecanismos idóneos al máximo, creando las condiciones

para concretar este propósito, que es una exigencia ineludible para lograr

una plena armonía de nuestra comunidad organizada.

Creo que nadie puede razonablemente poner en duda que nuestro objetivo

en el campo de la educación primaria debe articularse en torno a dos principios:

creciente eliminación del analfabetismo en todas las regiones del país, y establecimiento

de las bases elementales de la formación física, psíquica y espiritual del

niño. Este segundo principio implica que ya en la infancia deben sentarse los

fundamentos para la conformación de un ciudadano sano, con firmes convicciones

éticas y espirituales, y con la íntima intuición de su compromiso integral con

el pasado, el presente y el futuro de la nación.

Esto debe incrementarse en la enseñanza media, donde es de una importancia

decisiva fortalecer la conciencia nacional, para lo cual el adolescente está sin

duda preparado [afectiva]427 y psicológicamente.

En la enseñanza superior debe cumplirse la última etapa de la formación del

hombre como sujeto moral e intelectual, pero también como ciudadano argentino.

Es por eso que en ella hacen eclosión las carencias o los logros de los niveles

427 En el original CD: “efectiva”.

268 previos. En ella también debe culminar un objetivo que tiene que impregnar

todos los niveles de la enseñanza: la inserción de las instituciones educativas en

el seno de la comunidad organizada.

Repito casi textualmente lo que afirmé respecto de la familia: no puede concebirse

a la universidad como separada de la comunidad, y es inadmisible que

proponga fines ajenos o contrarios a los que asume la nación. No puede configurarse

como una isla dentro de la comunidad, como fuente de interminables

discusiones librescas.

No necesitamos teorizadores abstractos que confundan a un paisano argentino

con un «mujik», sino intelectuales argentinos al servicio de la reconstrucción y

liberación de su patria. Pero, por otra parte, el universitario que el país requiere

debe tener una muy sólida formación académica, pues no basta utilizar la palabra

«imperialismo» o «liberación» para instalarse en el nivel de exigencia intelectual

que el camino de consolidación de la Argentina del futuro precisa.

Es por eso que convoco a los jóvenes universitarios a capacitarse seriamente

 

para sumarse, cada vez más, [a]428 la lucha por la constitución de una cultura

nacional, instrumento fundamental para conquistar nuestra definitiva autonomía

y grandeza como nación.

Para ello, deberán estar cerca del pueblo, que aporta el tercer elemento para

la definición de la cultura nacional: su misteriosa creatividad, que lo convierte

—además— en testigo insobornable. Testigo al que hay que escuchar con

humildad, antes que intentar imponerle contenidos que él no reconoce como

constitutivos de su ser y enraizados en la estructura íntima de su extensa patria

grávida de futuro.

  1. La vida política

La vida política de la sociedad argentina del futuro ha de realizarse en comunidad

organizada. Propongo que esa comunidad organizada configure una

«democracia social». Veamos en qué consiste tal estructura política.

428 En el original: “en”

269

La democracia social

En la noción clásica se ha entendido a la nación como la entidad integrada

por población, territorio y gobierno; y al Estado como la nación jurídica y políticamente

organizada. Pareciera ser, por lo tanto, que bastan estos conceptos

para calificar a la comunidad organizada en el sentido en que estamos considerándola.

No es así. La diferencia esencial se da en el hecho de que la concepción liberal

califica, por un lado, al individuo y, por el otro, a la organización superior.

Además, sólo reconoce prácticamente el papel de las organizaciones intermedias

denominadas partidos políticos. En la acción concreta, las organizaciones intermedias

que responden a grupos sociales o profesionales han sido calificadas

como correspondientes a una concepción corporativista del Estado.

Hemos evaluado suficientemente la enseñanza de la historia como para concluir

ahora que no necesitamos seguir en este juego pendular entre liberalismo

y corporativismo. Una toma de conciencia debidamente razonada nos pone en

situación de ir directamente hacia las estructuras intermedias completas que,

cubriendo partidos políticos y grupos sociales, den a nuestra comunidad la fisonomía

real de lo que queremos calificar como «democracia social».

La configuración política de esta comunidad organizada implica la creación

de un sistema de instituciones políticas y sociales que garanticen la presencia del

pueblo en la elaboración de las decisiones y en el cumplimiento de las mismas.

Corresponde ahora esclarecer el concepto de democracia social.

– Es social en la medida [en] que, como dije una vez, «la verdadera democracia

es aquélla donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo

interés: el del pueblo».429

– Es social, porque la sociedad es su marco, su objeto y el instrumento de su

realización, y porque el pueblo organizado en sociedad es el actor de las decisiones

y el artífice de su propio destino.

429 Es la primera de las 20 Verdades Peronistas que fueron leídas al pueblo por Perón desde los

balcones de la Casa Rosada, en 1950, durante el acto de conmemoración del 17 de octubre.

270 – Es social, en cuanto procura el equilibrio del derecho del individuo con el

de la comunidad.

Enuncio el concepto de democracia social al tratar de la vida política porque

la democracia social no puede entenderse si no es en función política. Y esta

función política, que hace al vínculo natural y necesario para asegurar la cohesión

del cuerpo social, puede tener su finalidad sólo en la realización de lo que

secularmente se ha llamado el «bien común».

Las cualidades de la democracia social

La democracia social que deseamos requiere ser caracterizada en función

de una serie de cualidades razonablemente precisas. Las siguientes son las más

importantes:

– Es la expresión de una nación que tiene una estructura de poder que le

permita tomar decisiones por sí misma en cuestiones fundamentales, referidas a

sus objetivos, a los procedimientos a llevar a cabo y a la distribución de responsabilidades

que quiera establecer en su seno.

– Es orgánica, porque se realiza en comunidad organizada y porque en tal

comunidad participan todos los grupos políticos y sociales, integrando en el

proceso nacional a todas las fuerzas representativas de los distintos sectores del

quehacer argentino.

– Procura el bien común —entendido en la concepción amplia que ha definido

la Iglesia—, y lo persigue a través del «desarrollo social del país».

– Se nutre en una ética social que supera la ética individualista, al mismo tiempo

que preserva la dignidad del valor humano.

Esta ética trasciende los límites de grupos particulares para extenderse a la

concepción de una ética nacional y, luego, integrarse paulatinamente en una

ética universal.

Esta ética es la que habrá de convertir al hombre actual en un hombre nuevo,

creador de una nueva humanidad.

Para nosotros, en nuestro ámbito nacional, es una ética esencialmente cristiana.

– Requiere una caracterización de la propiedad en función social.

271

La tierra, considerada desde una visión global y teniendo en cuenta la necesidad

objetiva de producir bienes, particularmente alimentos, y demás servicios

para su población, es un bien de producción social.

De tal forma, queda caracterizada la propiedad privada como una concepción

que realiza la sociedad, a través de la ley y en función de la historia, posibilitando

a las personas que dispongan bienes sociales. Pero debe exigirse que esa

posesión sea hecha en función del bien común, porque la sociedad estima que

la propiedad privada permite organizar la producción de bienes y servicios con

mayor sentido social y eficiencia que la propiedad común.

– Es políticamente plural, con lo que responde al pluralismo real.

La forma de pluralismo resultará de lo que el pueblo decida. Por eso, a nuestro

juicio, han de quedar eliminadas las posibilidades de un sistema de partido

único o de multiplicidad atomizada de partidos irrelevantes.

En lo que se refiere al pluralismo de los grupos sociales, se propone el ordenamiento

por funciones sociales, en entidades que agrupen a las representaciones

del trabajo, del empresariado, de los profesionales y, eventualmente, de

otros sectores de la vida social.

– Persigue la liberación de los hombres de la opresión y del poder ajeno.

Esta liberación comienza por la libertad interior, sólo alcanzable por medio

de un sentimiento que trascienda al hombre y cultive en él la actitud de servicio.

De otro modo, aún las ideologías más revolucionarias conducirían únicamente a

simples cambios de amos.

– Tiene en la representación uno de sus fundamentos vitales.

La representación está dada esencialmente por la acción política canalizada

a través de los partidos, de la cual deriva la asignación de poder político como

poder de representación y de juicio político.

Otro nivel de representatividad puede estar dado por los distintos grupos

sociales o destacadas personalidades independientes que contribuyan en la formulación

de proposiciones y en el aporte de ideas fundamentales.

– Promueve la participación auténtica, para la cual requiere, al menos, las

concepciones básicas de bien común, ética generalizada, pluralismo, solidaridad

y representatividad.

272 El ciudadano se expresa como tal a través de los partidos políticos, cuya vigencia

lleva al funcionamiento de los cuerpos políticos legislativos y ejecutivos.

Pero también el hombre, a través de su condición de trabajador, intelectual,

empresario, militar, sacerdote, etc., tiene que organizarse para participar en otro

tipo de recinto, como puede ser, por ejemplo, el Consejo para el Proyecto Nacional

Argentino. Este ente debe enfocar su tarea hacia la gran obra de formulación

del Proyecto Nacional, en la cual todo el país tiene que empeñarse.

Además de esta participación, son concebibles otras formas de participación

de los grupos políticos y sociales, a título de asesoramiento y de contribución a

la gran tarea de reconstrucción y liberación nacional, en la que debe estar empeñado

todo el país. Las formas que deba asumir esta participación están aún

abiertas a la consideración de quienes serán responsables de la misma.

– Concibe a la autoridad como la facultad de mandar según la recta razón, con

base en un orden moral y una ética superior.

– Se realiza con una concepción nacional sin xenofobia, en actitud continentalista

y universalista, de efectiva cooperación y no competitiva.

– Es «moderna», porque requiere la reestructuración orgánica y funcional en

términos de la sociedad organizada, superando las estructuras heredadas del

Estado liberal, incapaces de servir eficientemente a nuestro Modelo Argentino.

– Se plantea en términos de ideales, pero partiendo de la realidad actual y

evaluando nuestra idoneidad concreta de transformación. No configura, pues,

una utopía.

La apelación a la utopía es, con frecuencia, un cómodo pretexto cuando se

quiere rehuir las tareas concretas y refugiarse en un mundo imaginario; vivir en

un futuro hipotético significa deponer las responsabilidades inmediatas. También

es frecuente presentar situaciones utópicas para hacer fracasar auténticos

procesos revolucionarios.

Nuestro Modelo político propone el ideal no utópico de realizar dos tareas

permanentes: acercar la realidad al ideal y revisar la validez de ese ideal para

mantenerlo abierto a la realidad del futuro.

273

El nivel de conducción

En la tarea política del país, al más alto nivel, intervienen dos instancias: la

conducción política y la político-administrativa. La primera atiende a la estructura

del poder y, la segunda, a la administración del país en general, además de la

administración del gobierno en particular. Este último aspecto lo habré de tratar

en otro lugar del presente trabajo.

El principio orgánico reside en disponer [de] unidad de concepción, conducción

centralizada y ejecución descentralizada.

Los niveles en los cuales se trabaja son, en términos generales: la conducción

superior del Estado, las entidades intermedias y el pueblo, en el ámbito del ciudadano.

Dentro de este esquema hace falta una fisonomía para las instituciones de conducción.

Ella debe responder a las tareas que estas instituciones deben realizar.

Tres son las grandes tareas: planeamiento de lo que ha de hacerse, ejecución

concreta, control y reajuste del proceso.

El planeamiento debe formalizarse para el largo plazo (varias décadas hacia

el futuro), para el mediano plazo (el número de años que dura un gobierno) y

para el corto plazo (un año).

El largo plazo requiere la definición de las cualidades de la sociedad que se

visualiza para el futuro y la identificación de estrategias globales para alcanzarla.

Tal tarea requiere la constitución de un organismo específico al cual el pueblo

contribuya, a través de los mecanismos con los que cuenta y en los ámbitos que

conoce. Esta entidad puede ser el Consejo para el Proyecto Nacional, a integrarse

con todos los elementos representativos de la comunidad.

El planeamiento para el mediano plazo requiere ser realizado básicamente

por el Poder Ejecutivo, con la participación correspondiente del Congreso.

El planeamiento del corto plazo, así como la ejecución, corresponde básicamente

al equipo ministerial, salvo en las materias que hagan necesaria la intervención

del Congreso a los propósitos del control superior.

Los controles han de establecerse en varios niveles sobre la base del concepto

superior del control, para lo cual se requiere del establecimiento de una completa

red de información.

274 Señalados tales aspectos, surgen algunos requerimientos con respecto a la

fisonomía del Congreso Nacional.

La experiencia señala que la tarea creativa del Poder Legislativo se ha desarrollado,

a lo largo de este siglo, siguiendo una disciplina de trabajo que puede

ser perfeccionada.

Parece necesario que el país tenga un Congreso que sesione por un período

mayor al de cinco meses que establece la Constitución Nacional.430 Precisamente,

pareciera no resultar conveniente una «tregua política» tan prolongada, porque

lo que se requiere es mucho trabajo político en el proceso de edificación institucional

en el cual nos hallamos.

El Congreso Nacional deberá participar activamente en el proceso de programación

de la estructura institucional del país y de revisión periódica y actualización

de las normas.

Los requerimientos de la comunidad deseada introducen también algunos

requisitos a la estructura y funcionamiento del Poder Ejecutivo.

Necesitamos una Presidencia adecuadamente estructurada para conducir,

puesto que las unidades dependientes del Poder Ejecutivo constituyen centros

al servicio íntegro de la comunidad. Ello es evidente desde que la gran tarea de

ejecución pública está en sus manos.

Además, el mundo interdisciplinario, en [el] que ya se vive, exigirá una conducción

de lo externo que reclamará crecientemente la acción presidencial.

La conducción política superior debe estar siempre en manos del presidente

de la Nación, como cuestión originaria y exclusiva. Para [ello]431, y en cuanto

tiene relación con el Congreso de la Nación, necesita un vicepresidente en los

términos que actualmente provee la Constitución Nacional.

Además, la conducción del sector político-administrativo exige coordinación

de la acción ministerial. Cada ministerio debe ser concebido como un ámbito

de específica responsabilidad. Pero la instancia político-administrativa es intrín-

430 Naturalmente se refiere a la Constitución vigente en 1974. Este aspecto fue modificado con la

reforma constitucional de 1994. Actualmente, el Congreso sesiona ordinariamente desde el 1º

de marzo hasta el 30 de noviembre (nueve meses).

431 En el original CD: “ella”.

275

secamente interdisciplinaria. Para ello, el presidente de la Nación necesita [de]

la cooperación de un funcionario encargado de la coordinación ministerial. Este

coordinador puede ser un primer ministro dependiente directamente del presidente

de la República.432

La estructura institucional así concebida fortificará la capacidad de decisión y

de acción del presidente de la República al proporcionarle todos los instrumentos

necesarios para su gestión.

La organización superior de nuestro régimen político queda, entonces, definida.

El objetivo es la democracia social. La forma de gobierno que responde al

objetivo es la representativa, republicana, federal y social.

Representativa, en los términos de representación a que antes se hizo referencia.

Republicana, porque preserva la estructura de república como forma política

de nuestra nación, nutrida en el poder que proviene desde el ciudadano.

Federal, porque se preserva el vigor histórico y el valor de futuro que el federalismo

tiene para el país, interpretándose lo que se considera una concepción

mayoritaria.

Social, por los propósitos específicos antes desarrollados, que hacen a la responsabilidad

del gobierno.

Las instituciones intermedias

Cuando la concepción liberal actúa en el nivel del ciudadano y del Estado sin

aceptar más entidad intermedia que los partidos políticos, ofrece garantías no

del todo adecuadas.

Los grupos de intereses, que responden a la estructura del poder económico

imperante, pueden crear sus propios partidos, infiltrar los partidos existentes o

bien presionar sobre las decisiones gubernamentales por vía de la influencia

directa, con todos sus mecanismos lícitos conocidos.

432 Con la reforma constitucional de 1994 se ha incorporado esta figura bajo la denominación de

Jefe de Gabinete.

276 Cuando la concepción de la democracia social establece que los grupos sociales

deben integrar institucionalizadamente los cuadros intermedios de la comunidad

organizada, está ofreciendo garantías verdaderas.

En efecto, el ciudadano ha de poder participar más en función de lo que conozca

mejor. Todo trabajador sabe, por ejemplo, cuál es el verdadero sentido de

la política que lleva adelante una confederación de trabajadores.

Las concepciones de cada grupo social y de cada partido político deben estar

expresadas en forma de bases, plataformas u otros cuerpos escritos que configuren

su propia manifestación [del] Proyecto Nacional.

Si se trata de partidos políticos, su plataforma tendrá que constituir la expresión

política del Proyecto Nacional que el partido sostiene para el país. Tratándose de

grupos sociales, sus bases o estatutos doctrinarios deben configurar igualmente la

expresión [del] Proyecto Nacional que el grupo social concibe para el país.

Las instituciones intermedias tendrán que actuar procurando la unión para el

accionar de aquéllas cuya ideología sea coincidente.

En el nivel del liderazgo, esto significa la unión de todos los líderes populares

en la tarea común. La falta de unión, o aún la desunión, configura el más serio

enemigo que podemos crear nosotros mismos en la lucha por la reconstrucción

y la liberación nacional.

Desde este fundamento, se concibe que el trabajo futuro en nuestra democracia

social —desarrollándose como comunidad organizada— debe darse sobre

las bases de paz total y diálogo abierto, como método de trabajo político; [en]

búsqueda de coincidencias con todos los sectores políticos y sociales; y [como]

fundamentación del poder de los movimientos, grupos sociales y partidos políticos

en organizaciones que actúen con una corriente de poder que fluya sistemáticamente

desde las bases, con voto universal, secreto y obligatorio para todas

las manifestaciones.

El desarrollo político

Para alcanzar los caracteres de la sociedad política que perseguimos, debemos

realizar cierta adecuación de los medios existentes a partir de la situación

actual de nuestra sociedad. A esa adecuación [la] llamamos desarrollo político.

277

Consideramos que lo político tiene una precedencia absoluta en nuestro medio.

En consecuencia, debe hacerse mínimo el tiempo en que se logre la adecuación

deseada, sobre la base de que ésta se hará efectiva por medios pacíficos.

Hemos comenzado ya nuestro proceso de cambio, beneficiados por la profunda

movilización política que en el país se viene produciendo desde hace 30

años.

El desarrollo político deberá sustentarse tomando como premisa fundamental

que la verdad debe primar sobre toda otra consideración y que constituye la

única realidad tangible.

La verdad política debe estar presente en todas las manifestaciones, y debe

ser vigorizada de manera perseverante. Para ello, es necesario que, en la lucha

política, la violencia sea definitivamente reemplazada por la idea.

La política exterior

La paz mundial y la felicidad de los pueblos deberán constituir los objetivos

esenciales en la conducción de la política exterior argentina. Una paz que, para

nuestro país, se sustente en la plena vigencia de la soberanía política, de la justicia

social y de la independencia económica.

La confraternidad con todos los pueblos del mundo, el respeto absoluto a

su autodeterminación y la igualdad jurídico-política de los Estados, deben guiar

nuestro accionar.

Desde el momento en que una nación sólo ha de cumplir su vocación de

destino si el pueblo que la predetermina se realiza como tal, la política exterior

argentina tiene en éste su principal fundamento.433

Argentina se incorpora decididamente al desafío de los tiempos y, con su sentido

de humildad y de grandeza, logrará que su voz sea escuchada y respetada

en el ámbito de las decisiones internacionales.

433 Para una mejor comprensión de la frase: [Si una nación cumple con su vocación de destino sólo

cuando el pueblo que la predetermina se realiza como tal, la política exterior argentina tiene

en éste su principal fundamento].

278 El año 2000 presentará a la humanidad actuando en un sistema internacional

estructurado sobre la base de un equilibrio pluripolar; y a nuestro país, en particular,

en su condición de Argentina Potencia, habiendo sobrepasado la etapa

de continentalización política de América Latina y en plena participación con el

resto de los países del mundo.

Sobre la base de una política de paz y de cumplimiento estricto de los compromisos

internacionales, considero que la política exterior argentina debe encauzarse

a través de los siguientes lineamientos generales:

  1. a) Respeto de la soberanía de los Estados, la autodeterminación de los

pueblos y el pluralismo ideológico, exigiendo su correspondiente reciprocidad.

  1. b) Intensificación de las relaciones con todos los países del mundo, sin

exclusiones ideológicas, políticas o económicas.

  1. c) Vigencia plena de la «tercera posición» en un ámbito de recíproca solidaridad

con los pueblos que aspiren a su liberación.

  1. d) Estrecha asociación y comunidad de esfuerzos, en especial con los países que conforman el «tercer mundo» y, colateralmente, con todos aquéllos que conciban y respeten nuestros principios básicos sobre convivencia universal.
  2. e) Defensa sistemática de los recursos naturales, científicos y técnicos, en el marco mundial, dentro de un ámbito de recíproca cooperación de esfuerzos y de utilización de [los] resultados.
  3. f) Conducción de una política exterior auténticamente fundada en las grandes coincidencias nacionales, al servicio de nuestro pueblo, único protagonista y destinatario de la misma.

Tales objetivos exigen un servicio exterior altamente capacitado para el cumplimiento de su función específica, tanto desde el punto de vista ideológico como técnico-profesional, y cuyos únicos objetivos radiquen en la preservación y grandeza de la patria.

La «hora de los pueblos» está definitivamente en marcha. La «tercera posición» sustenta nuestro accionar.

El «tercer mundo» constituye una realidad irrefutable.

Debemos recuperar la iniciativa que tuviéramos hace ya tres décadas, como pioneros de una nueva mentalidad mundial.

Con tal propósito, tenemos que transformar nuestro estado de conciencia en acción deliberada y, con ello, concretar el pensamiento universalista que nos anima.

  1. El ámbito económico

Caracterización general

Los principios y medidas generales que el Modelo Argentino propone en el campo económico deben comprenderse como justificados y fundados en las bases filosófico-políticas previamente delineadas. Es por eso que, en varias oportunidades, he sostenido que la dimensión política es previa al ámbito económico.

El Justicialismo comprende a lo económico como naturalmente emanado de un proyecto histórico-político de carácter intrínsecamente nacional, social y cristiano.

En tal sentido, el objetivo fundamental es servir a la sociedad como un todo, y al hombre no sólo como sujeto natural sometido a necesidades materiales de subsistencia, sino también como persona moral, intelectual y espiritual.

En rigor, nuestra concepción tampoco supone que la búsqueda del beneficio personal invariablemente redunda en el bien de toda la sociedad.

Por el contrario, la actividad económica debe dirigirse a fines sociales y no individualistas, respondiendo a los requerimientos del hombre integrado en una comunidad y no a las apetencias personales.

Esta interpretación amplia y solidaria de la actividad económica llevará implícita una definición clara del concepto de beneficio, ubicándolo no ya como un fin en sí mismo, lo que daría como resultado una utilización de los recursos en función de un individualismo egoísta, sino como la justa remuneración del factor empresarial por la función social que cumple.

Preservamos así el estímulo para fomentar el incremento de la gestión empresarial privada, con su dinamizadora dosis de creatividad, pero enmarcada dentro de un contexto donde debe prevalecer una distribución socialmente justa.

280 La esencia de nuestra «tercera posición» consiste en anhelar una sociedad eminentemente creativa y justa, en la cual la conducción económica pertenezca al país como comunidad armónica, y donde los logros económicos no [atenten]434 contra la libertad y la dignidad del hombre.

Pero cada uno de mis conciudadanos debe tener muy en claro que la única posibilidad de que lo anteriormente expuesto no quede en meras expresiones de deseo, reside en que todos los argentinos participemos de una profunda revolución ética que, en verdad, implica una auténtica toma de conciencia cristiana.

Nuestra concepción económica no es aséptica, no puede aplicarse como un conjunto de medidas técnicas si no está integrada en una visión del hombre y el mundo de carácter radicalmente nacional.

Para la conformación económica de nuestra sociedad resulta indispensable obtener la coincidencia generalizada de todos los sectores, hecha realidad a través de un compromiso firme, estable y, por ende, cuidadosamente elaborado a través de lo que será el Proyecto Nacional.

Necesidad de considerar el ámbito supranacional

Hasta el momento ha prevalecido, en casi todos los países, la concepción restrictiva de desplegar la actividad económica con el solo fin de lograr el máximo bienestar para sus habitantes. De ahora en más, el panorama se amplía, tendiendo a aunar esfuerzos en el nivel regional e internacional a fin de, en mutua colaboración, elevar las condiciones de vida de la sociedad universal del porvenir.

El mundo del futuro se está orientando hacia nuevas formas [en virtud de las cuales] ya no tendrá sentido435 analizar los problemas como exclusivamente nacionales. Será preciso condicionarlos a la evolución general de la humanidad, en la que el progreso de la ciencia y la tecnología, por una parte, y la expansión demográfica, por la otra, influirán  decisivamente sobre los sistemas socio-económicos.

434 En el original CD: “atentan”.

435 En el original: “donde ya no tendrá sentido”.

Por lo tanto, las soluciones de los diversos problemas en el nivel nacional no podrán ser [logradas]436 plenamente si buscan su concreción exclusivamente dentro del país, como si éste fuera un compartimento estanco.

Toda labor económica se hace efectiva persiguiendo metas determinadas y considerando las restricciones propias de las circunstancias.

En tal sentido, el futuro exigirá perseguir metas mundiales, en función de posibilidades también mundiales.

Por consiguiente, en la medida [en] que Argentina oriente su accionar económico en tal dirección, será mayor su trascendencia en el orden internacional.

El desarrollo no debe quedar en manos de unos pocos, o de grupos poderosos, como tampoco debe responder a la concepción de una sola comunidad política o de las naciones más fuertes. Por el contrario, todos los sectores dentro de cada país, y el conjunto de las naciones en el orden internacional, deben participar en dicha tarea.

Esto no constituye una utopía, pero tampoco es tarea fácil de lograr, particularmente

en un mundo convulsionado política e ideológicamente, donde el interés privado prevalece sobre el interés social.

Es necesario avanzar gradualmente, por etapas, evitando las formas violentas de cambio que sólo significan tremendos costos sociales para cualquier comunidad organizada. Los acuerdos en el nivel nacional y las integraciones regionales son el primer paso trascendente para alcanzar la meta propuesta y, para ello, el país debe estructurarse como un verdadero sistema.

En él debe disponerse de un medio que oriente la acción y, al mismo tiempo, sirva de patrón para confrontar las realizaciones, como entiendo debe ser el Proyecto Nacional.

Necesidad del acuerdo interno

Difícil resultará integrarse dentro del marco regional y, más aún, del internacional si, previamente, no establecemos las bases de acuerdo dentro del país.

Se deben definir las políticas en las distintas actividades y comprometer a todos los sectores sociales. Cada uno en su función deberá realizar una tarea solidaria para aprovechar al máximo la capacidad creativa del país.

436 En el original: “logrados”.

282 Los compromisos que se contraigan serán concretos, efectivos y estables,

independientemente de quién ejerza el liderazgo o el gobierno, porque esto último

es circunstancial, mientras que estas medidas deben ser permanentes, aun

cuando actualizables.

Los planes de desarrollo constituyen la expresión económica de este acuerdo

general e indican el camino y las metas a lograr, basadas en apreciaciones sensatas

y acordes con la realidad presente y la estimación del futuro. La planificación

desmedida conduce inexorablemente a la pérdida de la libertad y de la creatividad,

o bien a la subestimación y abandono de los fines perseguidos; mientras

que la falta o insuficiencia de la acción planificada conduce al derroche de

recursos, debilita y —finalmente— deja a la nación a merced de los poderosos.

Las necesidades y la oferta de bienes y servicios

Resulta paradójico observar cómo, en un mundo que siente cada día con

mayor fuerza la presión de la escasez de los recursos primarios, algunas concepciones

tratan, por todos los medios, de fomentar el consumo en forma irracional

y dispendiosa. Esto no sólo torna cada día más oscuras las posibilidades de las

generaciones futuras, sino que refuerza los lazos de dependencia especulativa

de grupos e intereses privados reñidos con el interés de la comunidad.

La exigencia de una sociedad plenamente realizada no sólo implica pensar en

el presente sino también en el futuro. Para ello, debemos regular y analizar las

necesidades dando preeminencia a las más auténticas, compatibilizándolas con

nuestra liberación, dentro de un marco de “democracia social”.

A tal fin, sería conveniente que existiesen los medios que identifiquen objetivamente

esas necesidades, con el propósito de canalizarlas y sugerir su satisfacción,

aun cuando el pueblo no haya llegado a expresarlas en forma de demanda

concreta.

Lo afirmado precedentemente implica reconocer que la demanda no puede

ni debe ser identificada exclusivamente a través del mercado, sino que requiere

algo de mayor contenido social.

283

Para lograrlo, será necesario previamente establecer una escala de valores a

partir de la cual el patrón de demanda se ajuste a la concepción social y universalista.

La oferta interna de bienes y servicios deberá, entonces, responder a esta demanda

y, para ello, todas las fuerzas productivas coordinarán su acción a fin de

lograr una sociedad realizada en los términos expresados.

La preservación de nuestros recursos, particularmente los agotables, [y] el

permanente control sobre ellos y sobre el proceso productivo, son requisitos

indispensables que, de no alcanzarse, harán naufragar cualquier intento de desarrollo

y real independencia.

La producción y el aprovechamiento de los recursos

Es habitual, cuando se hace referencia a la producción, centrar fundamentalmente

la discusión en dos grandes áreas: nivel de autosuficiencia económica y

papel del Estado en el proceso productivo.

Tal vez en el pasado, [cuando se procedía entendiendo al país como compartimento

estanco y las concepciones ideológicas]437 se alineaban en posiciones extremas,

dicha discusión tenía algo de sentido. En la época actual, y para mentes

con visión de futuro, enfoques de tal naturaleza carecen de todo valor.

Es indudable que, si hacemos referencia a un mundo que tiende cada día más

a acelerar su integración y a coparticipar en la solución del problema de la escasez

de recursos tratando de incrementar el comercio internacional y de integrarse

en el proceso productivo, resulta pueril y contradictorio dispersar esfuerzos.

Esto no implica aceptar o mantener las estructuras productivas tal como están,

consolidando la dependencia. Nuestra Argentina cuenta con una naturaleza pródiga

en recursos, una mano de obra cualitativamente comparable a la que poseen

países con un elevado desarrollo y un grupo empresarial creativo y pujante.

437 En el original CD: “Tal vez en el pasado, donde se procedía entendiendo al país como compartimento

estanco y donde las concepciones ideológicas…”.

284 Dicho en otros términos, se dan las condiciones para armonizar una estructura

económica agropecuaria con una industrial sin que el progreso de un sector

se logre a costas del otro.

Lo fundamental es que cada producto que salga al mercado, y en particular

al internacional, cuente con el mayor valor agregado que los factores de la producción

permitan y, por otra parte, que se consolide una integración del proceso

productivo en el nivel regional interno, continental y, finalmente, universal.

El pleno empleo de los recursos tendrá entonces un verdadero y sólido sentido,

[y] no tomará la forma de una expresión de deseos de plataforma política

con fines electorales.

De nada servirá disponer de generosos recursos naturales si éstos permanecen

inexplotados; es imprescindible orientar los mayores esfuerzos para utilizar,

particularmente, aquéllos que se poseen en forma abundante en relación con las

propias necesidades, pero sin perder de vista un uso racional para los agotables.

Es aquí donde el establecimiento de metas cuantitativas, previa investigación

inteligente y realista de nuestras reservas, adquiere especial relevancia. En todo

proceso productivo hay insumos críticos que condicionan severamente la actividad

industrial y la productividad del sector agropecuario. Es respecto de ellos

que adquiere verdadero sentido el concepto de autosuficiencia y ruptura de la

dependencia.

Ésta es la otra área hacia donde deben canalizarse los esfuerzos del sector

público y privado, ya sea actuando en forma independiente o conjunta.

El Estado [en] la actividad económica

La trascendencia del Estado en la actividad económica depende de su grado

de injerencia en este campo, así como de la modalidad y calidad de su participación.

En la función empresarial, el Estado tendrá un papel protagónico o complementario

de la acción privada, según que las exigencias presentes o futuras así

lo aconsejen. Debe destacarse, como un deber ineludible, la idoneidad con que

el Estado asuma dicho rol, materializado a través de su gestión empresarial.

285

La empresa del Estado no es un vehículo para alimentar una desocupación

disfrazada o para transformarse en fuente de trabajo o de ingresos de quienes

ejerzan circunstancialmente el manejo de la cosa pública. Es el camino para satisfacer

básicas necesidades de la comunidad.

La experiencia indica que nadie critica a una empresa por el solo hecho de

ser del Estado, sino por el resultado de su gestión. Nadie reaccionará contra el

control y supervisión que el Estado realiza sobre el quehacer económico si éste

es llevado a cabo no sólo con honestidad sino también con idoneidad, y si tanto

el Estado como el sector privado se hallan plenamente identificados con un

Proyecto Nacional, un fin superior en el que no caben mezquindades ni turbios

manejos especulativos.

De lo expresado surge como de imperiosa necesidad el intensificar el proceso

de formación y perfeccionamiento del funcionario público.

La función pública debe ser ejercida con idoneidad técnica y capacidad de

decisión. Pero estas cualidades, necesariamente, tienen que sustentarse en la

adhesión plena por parte del funcionario a la idea de que él es parte integrante

de una comunidad que busca perfilar un Proyecto Nacional, ante cuyos fines

superiores quedan relegados los objetivos meramente individuales o sectoriales.

El rol del capital extranjero

Argentina ha sido siempre un país abierto a la participación externa; también

lo será en el futuro; pero es imprescindible disciplinar dicha participación determinando

las áreas de su injerencia y el rol que debe cumplir en nuestra vida

social, política y económica.

Ningún país es realmente libre si no ejerce plenamente el poder de decisión

sobre la explotación, uso y comercialización de sus recursos, y sobre el empleo

de sus factores productivos. Por ello, es necesario determinar las reglas de juego

que habrán de regir la participación del capital extranjero y, una vez establecidas,

asegurar su estabilidad y, fundamentalmente, hacerlas cumplir.

El progreso económico dependerá exclusivamente de nuestro propio esfuerzo;

de allí que el capital extranjero deba tomarse como un complemento y no

como factor determinante e irreemplazable del desarrollo.

286 La formación y distribución del ingreso

La elevación permanente y sostenida del nivel de ingresos y su distribución

con criterio de justicia social es, y así debiera reconocerse unánimemente, la

finalidad de todo proceso de desarrollo.

Poco nos dirán los impactantes índices de crecimiento global si no vienen

acompañados de una más equitativa distribución personal y funcional de los ingresos

que termine, definitivamente, con su concentración en reducidos núcleos

o élites que han sido la causa de costosos conflictos sociales.

Debemos crear el país del futuro para las generaciones venideras, pero partiendo

de la base [de] que las presentes deben participar plenamente en su configuración.

Sería socialmente injusto que, con el objeto de acelerar el desarrollo, se afectasen

ostensiblemente las posibilidades de realización de quienes precisamente

lo generan. Por otra parte, es cristianamente inaceptable que este desarrollo se

materialice a expensas de los más necesitados. El costo debe ser repartido proporcionalmente,

de acuerdo con las posibilidades de cada uno.

Cuando se habla de distribución funcional, suele predicarse que, para favorecer

el proceso de crecimiento económico, es conveniente remunerar en una

mayor proporción al factor capital y empresarial en detrimento del trabajo. Aun

cuando esto técnicamente pudiera tener visos de realidad, es socialmente injusto

y, por lo tanto, debe desecharse de nuestra doctrina nacional.

Por el contrario, es condición necesaria estimular sostenidamente a este último

factor que, precisamente, está integrado por los estratos más bajos de la

escala social y, para ello, debe intensificarse el uso de los diversos mecanismos

que incrementan el ingreso real, tarea en la cual el Estado tiene una responsabilidad

impostergable.

La solución del déficit habitacional; la ampliación y difusión de los servicios

que hacen a las necesidades primarias, a la educación y al esparcimiento; los

subsidios a la familia numerosa y a las clases pasivas, son meros ejemplos de lo

que el Estado debe concretar en forma amplia y eficiente, o sea cuantitativa y

cualitativamente en relación con la necesidad.

287

La inflación, cualquiera sea su origen, tanto como el control de la oferta y, por

ende, de los precios por parte de estructuras con poder monopólico, en todos

los casos, terminan con una distorsión del ingreso y generan una distribución

regresiva del mismo.

Es aquí también donde el Estado debe estar presente y, para ello, no bastará

con atacar los efectos, sino las causas que [los originen]438. En este quehacer deberá

actuar con el máximo poder que le confieren sus facultades.

No es suficiente que exista, además de una adecuada tasa global de crecimiento,

una buena distribución personal y funcional, si regionalmente existen

serios desniveles.

La sociedad argentina está integrada por el hombre de la ciudad y del campo,

de las grandes urbes y de los pequeños conglomerados, aún de aquéllos ubicados

en la zona fronteriza. Todos deben participar en el esfuerzo, pero todos

deben también gozar de los beneficios.

La distribución regional de los ingresos debe ser también motivo de especial

preocupación, no sólo del Estado sino de toda la comunidad. Los gobiernos

provinciales, en pleno uso de las facultades que otorga un sistema federal, deben

poner todo de sí y crear conciencia popular de solidaridad para ayudar a

las áreas sumergidas.

Mientras exista una sola familia cuyo ingreso esté sólo en un mero nivel de

subsistencia o, peor aún, por debajo de éste, no habremos logrado en modo

alguno un nivel económico con justicia social.

Con respecto al capital extranjero, sería utópico pretender que no reciba una

participación por su aporte en el quehacer nacional.

No es esto lo que realmente importa, sino las fuentes que dan lugar a tales

ingresos. Es por ello que la comunidad, en general, y el Estado, en particular,

deben definirlas con claridad.

Existen empresas y organizaciones internacionales que aún hoy persisten en

manejarse con pautas de explotación y especulación, sin darse cuenta [de] que

los países del presente, por pequeños que sean, han aprendido la lección y van

ejerciendo, cada día con mayor vigor, la defensa de sus propios intereses.

438 En el original CD: “lo originan”.

288 Nuestra patria ha avanzado en tal sentido, pero es necesario lograr aún mayores

progresos. No podemos olvidar que somos los únicos responsables de los

éxitos o fracasos que el país experimenta.

Cabe aquí recordar, nuevamente, lo expresado en materia de capacitación

de nuestros hombres públicos, funcionarios y aún empresarios. Sólo una firme

formación moral y una elevada idoneidad técnica permitirán seleccionar adecuadamente

las fuentes que dejen un beneficio real para el país.

El agro

El mundo actual observa, con creciente preocupación, el paulatino agotamiento

de los recursos naturales, al punto de temer el desencadenamiento de

una crisis en materia de productos esenciales para la subsistencia de la humanidad.

Nuestro país, en tal sentido, resulta un privilegiado de la naturaleza y una

esperanza para la sociedad en la etapa universalista, en razón de sus potencialidades

en materia de recursos naturales. De allí que la definición de una política

estable y definida para el agro constituye una responsabilidad ineludible de las

generaciones del presente para con las del futuro.

Esta política debe señalar, con precisión, los objetivos a alcanzar en materia

de colonización, infraestructura, régimen de tenencia de la tierra, explotación,

investigación, capacitación e incentivos, para lograr, a la vez, una fuente continua

de riqueza para el país y un aporte vital para el mundo del futuro, con

criterio de solidaridad universal.

Ambos conceptos, fuente sostenida de riqueza y solidaridad universal, implican

necesariamente hacer un uso racional de nuestras tierras aptas, como así

también realizar un esfuerzo sostenido para agregar a éstas las hoy ociosas o

deprimidas.

La colonización de nuestras tierras adquiere, en razón de lo expuesto, una

importancia tal vez superior a la que se le asignara en épocas pasadas pero,

simultáneamente, es amenazada por mayores condicionamientos y dificultades.

El paulatino desplazamiento de la población rural hacia los centros urbanos,

las necesidades propias de la vida moderna, la complejidad de los medios técni289

cos y niveles de inversión requeridos para la explotación agrícola, son aspectos

que condicionan el logro de este objetivo.

No podrá pensarse en colonizar si, previamente, no creamos los medios que

aseguren a los inmigrantes que necesitaremos [las] condiciones de vida propicias

para su desplazamiento.

Ello, indudablemente, implica un esfuerzo económico de magnitud trascendente

y una planificación detallada con determinación de prioridades. En tal

sentido, será preferible un plan con metas no excesivamente ambiciosas, escalonadas

en el tiempo y por zonas, pero basado en posibilidades reales de concreción,

a otro ambicioso que permanezca en el plano teórico o sea usado como

mera herramienta de propaganda ideológica o partidista.

Simultáneamente, con la creación de la infraestructura destinada a hacer digna

la vida de la población rural, será necesario considerar la requerida para posibilitar

la explotación de las tierras en condiciones de productividad creciente

y de agilización de las etapas de distribución, almacenaje y comercialización de

los productos.

Entendemos que la tenencia de la tierra implica la responsabilidad de no

atentar contra la finalidad social que debe satisfacer la explotación agraria. Dicha

finalidad social sólo se cubrirá cuando la tierra sea explotada en su totalidad y

en relación con su aptitud real y potencial, tomando el lucro como un estímulo

y no como un fin en sí mismo.

La tierra no es básicamente un bien de renta sino un bien de trabajo. El trabajo

todo lo dignifica.

La explotación de las tierras implica considerar un dimensionamiento óptimo

y una conservación adecuada del suelo; ambos aspectos deben ser evaluados

dentro de un contexto eminentemente técnico y con miras a lograr consenso y

no enfrentamientos de grupos o sectores.

La experiencia indica que muchas discusiones, particularmente en lo que

concierne a subdivisión de las tierras, se han orientado —o han sido fuertemente

condicionadas— por razones meramente ideológicas más que de beneficio para

la sociedad en su conjunto.

La actividad productiva dentro del sector primario no ha escapado a la influencia

de la continua revolución tecnológica que es un signo de nuestros tiem290

pos. Más aún, puede observarse que, en los últimos años, se hacen denodados

esfuerzos para lograr nuevos procedimientos que compensen la no reproductividad

de la tierra con el crecimiento sostenido de la población mundial.

La República Argentina, como poseedora de un vasto territorio con especial

aptitud para su explotación, no puede, bajo ningún concepto, quedar rezagada

tanto en el uso de tales nuevos procedimientos como en el proceso de investigación.

La creación y estímulo para lograr una conciencia en esta materia debe ser

responsabilidad no sólo del Estado sino también de los sectores privados que

participan en esta actividad.

Los actuales centros de experimentación y de formación de mano de obra

capacitada necesitan contar con el decidido apoyo público y privado. Pero éstos,

a su vez, deben basar sus planes de acción sobre objetivos y metas concretas y

acordes con las posibilidades del país.

No resulta novedoso señalar la natural resistencia de muchos trabajadores

rurales a la implantación de nuevos métodos, procedimientos y herramientas,

tendientes a proteger el suelo, incrementar la productividad y cultivar nuevas

especies. Sin embargo, pareciera que los esfuerzos para lograr un cambio radical

y definitivo resultan todavía insuficientes.

Por tal motivo, el Estado, en particular, y las organizaciones rurales, en general,

deberán coordinar sus esfuerzos a fin de profundizar los cambios y hacer

evidentes los beneficios que los mismos traerán aparejados. Un hombre de campo

con una mentalidad moderna y de futuro es el factor insustituible del progreso

del sector, más allá de toda medida administrativa o de estímulo a la actividad.

Todo lo señalado hasta este punto implica un esfuerzo económico-financiero

que va más allá de las posibilidades del sector y, por tal razón, el Estado debe,

ineludiblemente, acudir como apoyo real y estímulo, como así también hacer un

uso intenso de su poder como fiscalizador, control y regulador.

En cuanto al apoyo, éste debe materializarse a lo largo de todo el espectro

de actividades que, directa o indirectamente, hace al quehacer agrario; desde

la capacitación técnica hasta la creación de condiciones para la explotación,

pasando por el apoyo financiero para las distintas etapas de la producción y

comercialización.

291

Sólo podremos exigir el cumplimiento de un compromiso social si, previamente,

facilitamos los medios básicos para llevarlo a cabo.

El asesoramiento técnico, el apoyo crediticio, la política fiscal y el desarrollo

de cooperativas agrarias, son instrumentos que deben usarse en forma intensa,

particularmente para aquéllos que se encuentran en inferioridad de condiciones

para producir.

El apoyo para lograr el aprovechamiento de las zonas ociosas debe ser motivo

de especial preferencia, pero una vez satisfechas adecuadamente las necesidades

en las zonas aptas.

En su función fiscalizadora, de control y regulación, el Estado debe previamente

definir, con absoluta claridad, su participación y, una vez logrado el consenso

general, se deberá proceder sin solución de continuidad.

Nuevamente aquí la política fiscal cumple un decidido papel para obligar a

la explotación racional de los recursos, evitando capacidades ociosas. Producir

cada día más, manteniendo la fertilidad de las tierras, debe ser criterio rector.

La intervención directa en el proceso de comercialización interna y externa,

como así también en la fijación de precios que aseguren un beneficio normal y

una eliminación de la incertidumbre del futuro, son también responsabilidades

que el Estado no debe, bajo ningún concepto, delegar y, menos aún, olvidar.

La industria

El sector industrial ha ido creciendo en la Argentina hasta convertirse en parte

importantísima de la actividad económica, de ahí la necesidad de delinear, a

grandes trazos, cuáles serán las pautas que han de regir el comportamiento de

ese sector dentro de la comunidad que anhelamos.

Me parece evidente que nadie puede, razonablemente, dudar [de] que la planificación

es imprescindible, de ahí que, una vez identificadas las necesidades

auténticas de la sociedad, habrá que cuantificarlas. Deberá, entonces, determinarse

cuánto y qué producirá el Estado; cuánto y qué, el sector privado.

En lo que concierne a la actividad industrial estatal, la planificación será estricta

y la coordinación de los esfuerzos, máxima. Para el quehacer privado se

292 establecerán marcos —con la flexibilidad que las circunstancias sugieran— dentro

de los cuales el empresariado desenvolverá su capacidad creativa.

Si tanto el Estado como el sector privado comprenden que su meta es la

misma —el bienestar de toda la comunidad— la determinación de los límites de

acción no puede ser conflictiva.

Sin embargo, el Estado deberá evitar que estos marcos que encuadren la actividad

privada sean excesivamente cambiantes o confusos, pues esto sumiría al

empresariado en la incertidumbre, desalentaría las inversiones y fomentaría la

especulación.

El capital foráneo ocupará también un lugar dentro del esquema industrial,

aquel lugar que el país juzgue conveniente para sus propios intereses. Hay que

tener siempre presente que aquella nación que pierde el control de su economía,

pierde su soberanía. Habrá que evitar, entonces, que esa participación

extranjera —en forma visible o embozada— llegue al punto de hacernos perder

el poder de decidir.

Ya he afirmado, y volveré más adelante sobre esto, que la tecnología es uno

de los más fuertes factores de dependencia en la actualidad. Resulta importante

enfatizar que este hecho se agudiza en el caso del sector industrial.

Si nuestra industria es ya fuerte, en el Modelo la deseamos aún mucho más

importante.

Necesita, entonces, una tecnología que cimente su desarrollo, pero esta necesidad

no debe instrumentar la acción de un poderoso factor de dependencia.

La alternativa surge clara: tenemos que desarrollar en el país la tecnología que

nutra permanentemente a nuestra industria.

Estado y sector privado deben volcar todos sus esfuerzos en ese sentido, cada

uno en la medida de sus posibilidades. El gasto en investigación y desarrollo

debe ser tan grande como jamás lo haya sido hasta ahora, pero tan bien programado

como para soslayar cualquier posibilidad de despilfarro. Deben aprehenderse

bien estos conceptos, pues son absolutamente esenciales: sin tecnología

nacional no habrá una industria realmente argentina, y sin tal industria podrá

existir crecimiento, pero nunca desarrollo.

La tarea que se propone no es fácil. Hay que remontar la herencia de un

esquema ferozmente competitivo, en el que sólo primaban fines solitarios, o

293

simplemente grupales, que dieron lugar a una batalla entre intereses, de la cual

generalmente salieron mal parados los más débiles. El sector industrial privado

es ahora convocado a colaborar, con su quehacer específico, bajo una perspectiva

totalmente distinta. El Estado debe orientarlo en su acción, señalándole

claramente cuál ha de ser su rol en los programas de desarrollo y haciéndolo

participar activamente en la elaboración de la política económica. No deben

quedar dudas de que, cuando hablo de sector privado industrial, me refiero

tanto a empresarios como a trabajadores, nucleados unos y otros en sus organizaciones

naturales.

Si, como ya afirmé, el mercado no constituirá la referencia fundamental en

la determinación de las necesidades auténticas de la comunidad, el sistema de

precios no será —en algunos sectores— el impulsor de las decisiones de inversión.

El Estado tendrá, entonces, que suplir este posible déficit, ya sea mediante

su acción directa como inversor o bien, indirectamente, a través de su política

económica.

Al Estado le cabe también la responsabilidad de relevar asiduamente el comportamiento

del sector industrial en su conjunto, en una acción fiscalizadora,

tanto de control como de apoyo.

Por otra parte, es imprescindible que el sector privado continúe fortaleciendo

su mentalidad exportadora, a lo que contribuirán, seguramente, el desarrollo de

una tecnología íntegramente nacional, acorde con los más altos niveles alcanzados

mundialmente, y la eficacia en el manejo de la política internacional del

gobierno.

Volveré sobre algunas de estas cuestiones cuando me refiera al papel que, en

nuestra futura comunidad, debe desempeñar el empresario.

En síntesis, es menester dejar sentado que los sectores público y privado han

de concertar firmemente su acción en los planes de desarrollo industrial que

conjuntamente determinarán. Cada uno de ellos actuará a través de sus organizaciones,

y ambos deben reconocer ampliamente que uno de los factores de producción

—el trabajo— necesita participar en forma auténtica de los beneficios

que tan esencialmente concurre a gestar.

294 5. La ciencia y la tecnología

Conceptos básicos

Si bien la importancia de la ciencia y el desarrollo tecnológico normalmente

se asocia con los países rectores en el mundo, es imperioso señalar que la ciencia

y la tecnología tienen una función primordial que cumplir en los países de

menor desarrollo relativo en busca de una mayor autodeterminación y solución

de sus problemas particulares.

La tecnología constituye un conjunto de conocimientos directamente aptos

para la producción. Tal conjunto tecnológico puede provenir de fundamentos

empíricos de actividades de producción [o] de la actividad de investigación y

desarrollo del sistema científico-tecnológico propiamente dicho.

Para asumir las proposiciones que este Modelo formula más adelante, es

esencial señalar que la tecnología es, hasta cierto punto, una forma especial

de «mercadería». Siendo inmaterial, es acumulable; entra como un recurso en

la producción; es susceptible de todas las transacciones económicas corrientes

(compra-venta, importación, exportación, etc.); constituye un verdadero patrimonio;

está sujeta a posibilidades de sustitución, a caer en obsolescencia y a

otros eventos que afectan a los bienes corrientes.

Toda la acumulación de conocimientos tecnológicos se ha hecho, normalmente,

a partir de modos de conocimiento elemental, que se han ido combinando,

por un proceso racional, en forma cada vez más compleja.

Internacionalización del conocimiento

Pese a que es necesario compensar el costo de la producción del nuevo

conocimiento tecnológico y retribuir el esfuerzo que ha demandado originarlo,

resulta una realidad concreta que el mundo en desarrollo requiere que ese conocimiento

sea libremente internacionalizado.

Esta exigencia contribuirá al logro de la ansiada comunidad mundial, donde

cada país debe asumir la mejor disposición para su aporte al bienestar de los

demás, preservando su autonomía y capacidad de decisión.

295

Dependencia tecnológica

Ciertos sectores de nuestra economía han dependido, y aún dependen, de

la importación de tecnología extranjera. Tal dependencia constituye, en alguna

medida, un aspecto particular de dominación.

Eliminar totalmente la importación de tecnología no constituye un paso próximo

a lograr, pero sí debe ser reducida a lo estrictamente imprescindible.

La sociedad que anhelamos para el futuro debe comprender que el problema

científico-tecnológico está en el corazón de la conquista de la liberación.

Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace imposible.

El mundo es, en esta materia, cada vez más interdependiente, y nuestro potencial

actual ya tiene la capacidad crítica necesaria para permitirnos una política

nacional inteligente que concentre ese potencial, lo trabaje con programas efectivos

y unidad de criterio, y opere recíprocamente con todos los centros del mundo.

Tiene que generalizarse también la idea de que la dependencia tecnológica

es más difícil [de] revertir que la dependencia comercial o financiera. En lo comercial,

pueden modificarse rápidamente estructuras; y en lo financiero, lograrse

un cambio de financista.

Lo científico-tecnológico requiere una larga sedimentación que exige la acción

decantadora del tiempo, y sólo rinde fruto real cuando alcanza cierto nivel

de costo y aceptable grado de perfectibilidad.

Lo importante es que, en materia de ciencia y tecnología, debe trabajarse para

el presente y el futuro al mismo tiempo.

Este concepto tiene una seria implicación inmediata: toda tecnología incorporada

desde el exterior —y aún la tecnología nacional— puede desarrollarse con

limitaciones o bien ser ampliamente difundida.

No ayuda a la liberación la existencia de estrechos compromisos tecnológicos.

Ésta es una clara orientación que la sociedad debe tener en cuenta para

establecer reglas de juego precisas en el proceso de incorporación de tecnología

y de capital extranjeros, así como para el comportamiento de los sectores productores

y usuarios de tecnología en el nivel nacional.

Además, como el ritmo de crecimiento depende del ritmo de aplicación de

tecnología en función productiva, en la medida [en] que se quiera un crecimien296

to suficiente del producto, será también necesario llegar a, por lo menos, cierto

nivel de desarrollo tecnológico propio.

Es muy difícil determinar cuál es el nivel de acumulación de conocimientos

científicos suficiente. En tal sentido, la sociedad deberá tratar de establecer algunos

criterios razonablemente objetivos, para que pueda tomarse una decisión

sobre el particular.

La cuestión es fundamental, pues no puede existir heterogeneidad alguna

entre el nivel de suficiencia científico-tecnológica y el de los recursos que se

vuelquen en su desarrollo.

Elección de objetivos

La sociedad científico-tecnológica que propongo a partir de la evaluación

conceptual expuesta, debe elegir ciertos objetivos esenciales en su acción permanente.

Para establecer estos objetivos hay que tener en cuenta que todos los

ámbitos de la actividad económica requieren de lo científico-tecnológico una

determinada conducta en lo que hace a logros y procedimientos.

Esto define algunos caracteres de la fisonomía que debe tener el campo de la

ciencia y la tecnología. Otros derivan de sus propios requerimientos.

En esencia, se trata de que el campo científico-tecnológico tenga un nivel de

conocimientos suficiente como para ser razonablemente autónomo.

Ningún país puede aspirar hoy a una total autarquía, y el nuestro no puede

cubrir con igual eficiencia todas las necesidades científico-tecnológicas. Pero

será vital que las decisiones sobre el desarrollo de nuevos conocimientos, y particularmente

los conocimientos que se incorporen a nuevas inversiones, queden

en manos nacionales o sean gobernables por el país.

Debe haber, en consecuencia, un poder nacional de decisión para conducir

lo científico-tecnológico que nos interese.

Se trata, además, de no hacer de la acumulación de conocimientos científico-

tecnológicos el objetivo del cambio. Por el contrario, se trata de identificar

al conocimiento científico-tecnológico que es indispensable para el modelo de

sociedad propuesto.

297

Considero que el campo científico-tecnológico debe aportar conocimientos

para: desarrollar una capacidad adecuada que permita disponer de suficiente

poder nacional de decisión, pues cada sector de conocimiento contribuye a

fortalecer este poder; tener disponible, en el momento preciso, la tecnología

adecuada para lograr los mejores resultados en cada una de las actividades

económicas; exportar tecnología con el máximo grado de complejidad posible;

sustituir progresivamente la importación de tecnología, realizándola a niveles

adecuadamente económicos; establecer los sectores de conocimiento necesario,

para que sean asumidos por la sociedad, a fin de estar en condiciones de adoptar

las pautas que se ajusten a su propia fisonomía; y alcanzar una conducta lo

suficientemente prudente como para que nuestro país no sufra los mismos males

del desarrollo tecnológico cuyas consecuencias estamos viendo en los países

superdesarrollados.

Incentivación de la creatividad

La sociedad que visualiza el presente Modelo debe asignar a este campo la

misma importancia que se asigna a los ámbitos ya considerados.

Se requiere la máxima incentivación del esfuerzo creativo, desarrollando también

criterios de adaptación de tecnología externa, en la medida en que sea

conveniente, pero sin ubicar a nuestra sociedad dentro de un simple modelo

adaptativo.

Este modelo científico-tecnológico creativo debe elaborar programas y proyectos,

integrados desde la concepción científica hasta la aplicación final; a partir

de allí, será necesario establecer adecuados controles de evaluación de tales

proyectos y desarrollos, como así también de la eficiencia del sistema científico-

tecnológico en su totalidad.

El hombre de ciencia y el tecnólogo

Hace falta establecer un adecuado sistema científico-tecnológico, con centralización

de conducción y descentralización de ejecución.

298 Una primera tarea del sistema consiste en asegurar confianza perdurable a los

científicos y técnicos. Esta confianza requiere la consideración, entre otros, de

los siguientes aspectos: respeto a la tarea del hombre de ciencia y del técnico;

adecuada estabilidad; reconocimiento social de su función; nivel de remuneración

que retribuya dignamente su consagración y su esfuerzo y, sobre todo, que

cree las condiciones que permitan su consagración plena a la disciplina que cultiva;

medios de promoción según valores auténticos. Por último, será necesario

realizar un equipamiento total para que los largos esfuerzos puedan realizarse

sostenidamente y hasta el completo logro de los fines propuestos.

No me cabe duda [de] que hace falta también una clara toma de conciencia

en el gobierno y en el empresariado. Ambos tienen la responsabilidad moral e

histórica de ocupar a todos los científicos y técnicos del país.

Esto no debe entenderse simplemente como paliativo contra el éxodo; en

rigor, configura una grave incoherencia social impulsar a nuestros hombres a

desarrollar líneas de especialización, sin darles después la posibilidad de aplicar

sus aptitudes en forma socialmente útil.

El avance científico-tecnológico requiere una tarea planificada e interdisciplinaria,

como así también la asignación de recursos suficientes que posibiliten

alcanzar óptimos niveles de desarrollo.

Bases institucionales y conducción del campo científico-tecnológico

La indispensable organización en este ámbito debe contar con un ente, con

máximo nivel de decisión —tal vez un Ministerio de Ciencia y Tecnología439—,

como central de conducción del sistema; así como [de] una total unidad de inteligencia

y de control nacional, que oriente y regule la oferta y la demanda de

439 Por primera vez en su historia, la Argentina contaría con un Ministerio de Ciencia y Tecnología

recién en diciembre de 2007 (Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva).

Creado durante la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, es el primero en

Latinoamérica que contempló a la innovación productiva asociada a la ciencia y la tecnología.

Su misión es orientar la ciencia, la tecnología y la innovación al fortalecimiento de un nuevo

modelo productivo que genere mayor inclusión social y mejore la competitividad de la economía

Argentina, bajo el paradigma del conocimiento como eje del desarrollo.

299

conocimientos científico-tecnológicos con cabal especificidad y [que] sirva como

fuente de información especializada.

Considero que en nuestro país la administración superior de la ciencia y la

tecnología debe hacerse efectiva en el nivel gubernamental, incorporando para

ello los mecanismos de participación que corresponda.

Esto implica que la política científico-tecnológica no puede ser de tipo liberal.

La más alta responsabilidad en el ámbito científico-tecnológico no puede estar

en manos extranjeras.

Concibo, además, que la estructura organizativa más apta para el campo de la

ciencia y la tecnología requiere un grado elevado de participación y de acuerdo.

Debe establecerse un apropiado sistema de vinculación entre todos los entes

dedicados al proceso de desarrollo científico-tecnológico y, especialmente, es

preciso conectar al sistema científico-tecnológico con el gobierno, los medios de

producción y el sistema financiero.

Criterios de política y programación

Dentro de este ámbito de organización, la política de ciencia y tecnología

tendrá que fundarse principalmente en las necesidades reales del país antes que

en [el] estímulo de tipo indirecto. Así como en lo económico se exige cierto nivel

de empresa para que haya eficiencia, también se requiere un nivel de trabajo

en lo científico-tecnológico para iguales fines, y debe la política de este campo

asegurarlo.

Si nuestra sociedad científico-tecnológica es suficientemente creativa, planteará

demandas de recursos en mucha mayor magnitud de la que el país puede

requerir. A partir de este punto, debe efectuarse la evaluación de prioridades a

efectos de identificar los campos en los cuales será necesario trabajar en cooperación

internacional.

Si, por el contrario, falta creatividad, nunca se generará la demanda suficiente

de ciencia y tecnología como para impulsar el desarrollo nacional.

La creatividad —y particularmente su incentivación— está en la base de la

política científico-tecnológica que deseo para nuestra sociedad.

300 Es imprescindible establecer los medios adecuados [para que la formación

profunda del científico y del técnico se concrete tanto bajo avanzadas formas de

postgrado]440 como a través de institutos especializados, o estrechando vínculos

adecuados con el exterior.

Considero que el científico debe adquirir la capacidad auténtica de negarse,

con convicción absoluta, a producir determinada forma de conocimiento científico-

tecnológico que resulte inadecuado para el país. La historia presenta claros

ejemplos sobre cuál es el tipo de conocimiento que nunca debió haberse desarrollado

en la humanidad.

La propuesta que acabo de delinear debe estar abierta a la recíproca cooperación

internacional que es, sin duda, imprescindible.

En el futuro será necesario arbitrar todos los recursos a nuestro alcance para

establecer una clara política mundial, desarrollando un conjunto de acuerdos

con todos los países con los cuales podamos emprender esfuerzos conjuntos de

investigación y desarrollo, pero siempre procurando trabajar al ritmo del más

rápido.

Finalmente, determinados elementos de la problemática científico-tecnológica,

cuyo comportamiento se requiera asegurar y legalizar, deben tener su correspondiente

consideración en la Constitución Nacional, a fin de garantizar el

cumplimiento de los objetivos propuestos.

 

 

  1. El ámbito ecológico

En la actualidad, atmósfera, suelo y agua han sufrido efectos degradantes transmisibles tanto al hombre como a la fauna y a la flora mediante reacciones directas e indirectas.

Las expresiones de la degradación son múltiples y la corrección tiene que efectuarse a través de cada uno de los factores de degradación.

440 En el original CD: “… para la formación profunda del científico y el técnico, sea bajo avanzadas formas de postgrado”.

301

Lo esencial es que el hombre mismo sea el primer defensor del medio ambiente y que el Estado establezca los medios adecuados que logren una solución a los problemas que se presenten.

Considero conveniente señalar algunas premisas que es menester tener en

cuenta para detener la marcha hacia un proceso que puede constituir el desastre

de la humanidad.441

Son necesarias y urgentes una revolución mental en los hombres, especialmente

en los dirigentes de los países más altamente industrializados; una modificación

de las estructuras sociales y productivas en todo el mundo, en particular

en los países de alta tecnología donde rige la economía de mercado; y el

surgimiento de una convivencia biológica dentro de la humanidad, y entre la

humanidad y el resto de la naturaleza.

Esa revolución mental implica comprender que el hombre no puede reemplazar

a la naturaleza en el mantenimiento de un adecuado ciclo biológico general;

que la tecnología es un arma de doble filo; que el llamado progreso debe tener

un límite y que, incluso, habrá que renunciar a algunas de las comodidades que

nos ha brindado la civilización; que la naturaleza debe ser restaurada en todo

lo posible; que los recursos naturales resultan agotables y, por lo tanto, deben

ser cuidados y racionalmente utilizados por el hombre; que el crecimiento de

la población debe ser planificado sin preconceptos de ninguna naturaleza; que,

por el momento, más importante que planificar el crecimiento de la población

del mundo, es aumentar la producción y mejorar la distribución de alimentos y

la difusión de servicios sociales como la educación y la salud pública; y que la

educación y el sano esparcimiento deberán reemplazar el papel que los bienes

y servicios superfluos juegan actualmente en la vida del hombre.

Cada nación tiene derecho al uso soberano de sus recursos naturales. Pero, al

mismo tiempo, cada gobierno tiene la obligación de exigir a sus ciudadanos el

cuidado y utilización racional de los mismos. El derecho a la subsistencia indivi-

441 Los párrafos siguientes, hasta el final del subtítulo, transcriben casi textualmente el Mensaje

Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo que Perón difundiera desde Madrid el 21 de

febrero de 1972.

302 dual impone el deber hacia la supervivencia colectiva, ya se trate de ciudadanos

o pueblos.

La modificación de las estructuras sociales y productivas en el mundo implica

que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de sociedad

alguna, y que la justicia social debe erigirse en la base de todo sistema, no

sólo para beneficio directo de los hombres sino para aumentar la producción de

alimentos y bienes necesarios; consecuentemente, las prioridades de producción

de bienes y servicios deben ser alteradas en mayor o menor grado según el país

de que se trate.

En otras palabras: necesitamos nuevos modelos de producción, consumo,

organización y desarrollo tecnológico que, al mismo tiempo que den prioridad

a la satisfacción de las necesidades esenciales del ser humano, racionen el consumo

de recursos naturales y disminuyan al mínimo posible la contaminación

ambiental.

Necesitamos un hombre mentalmente nuevo en un mundo físicamente nuevo.

No se puede construir una nueva sociedad basada en el pleno desarrollo de

la personalidad humana en un mundo viciado por la contaminación del ambiente,

exhausto por el hambre y la sed, y enloquecido por el ruido y el hacinamiento.

Debemos transformar a las ciudades cárceles del presente en las ciudades

jardines del futuro.

El crecimiento de la población debe ser planificado, en lo posible de inmediato,

pero a través de métodos que no perjudiquen la salud humana, según las

condiciones particulares de cada país y en el marco de políticas económicas y

sociales globalmente racionales.

La lucha contra la contaminación del ambiente y la biósfera, el despilfarro

de los recursos naturales, el ruido y el hacinamiento de las ciudades, y el crecimiento

explosivo de la población del planeta, debe iniciarse ya a nivel municipal,

nacional e internacional. Estos problemas, en el orden internacional, deben

pasar a la agenda de las negociaciones entre las grandes potencias y a la vida

permanente de las Naciones Unidas con carácter de primera prioridad. Éste, en

su conjunto, no es un problema más de la humanidad: es «el» problema.

303

Todos estos problemas están ligados de manera indisoluble con el de la justicia

social, el de la soberanía política y la independencia económica del «tercer

mundo», y la distensión y la cooperación internacionales.

Muchos de estos problemas deberán ser encarados por encima de las diferencias

ideológicas que separan a los individuos dentro de sus sociedades o a los

Estados dentro de la comunidad internacional.

Lo expresado señala la conveniencia de establecer un adecuado registro de

factores de contaminación que determine, para cada uno de ellos, los medios

de contaminación a través de los cuales operan estos factores, el potencial de

degradación, la capacidad del medio ambiente para absorber a los factores sin

degradarse, y todo otro aspecto que resulte de interés a los fines indicados.

El gobierno debe adoptar las máximas previsiones para preservar el ámbito

ecológico hasta aquellos niveles que se consideren no perjudiciales para la vida

humana. Debe, a su vez, disponer [de] un ente adecuado para el tratamiento de

todos los aspectos inherentes al ámbito ecológico, tanto [en] lo que concierne a

la preservación de la vida como [a] la determinación de las fuentes de recursos

naturales.

Finalmente, deseo hacer algunas consideraciones para nuestros países del

«tercer mundo».

Debemos cuidar nuestros recursos naturales, con uñas y dientes, de la voracidad

de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo

absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología donde

rige la economía de mercado. Ya no puede producirse un aumento en gran escala

de la producción alimenticia del «tercer mundo» sin un desarrollo paralelo

de las industrias correspondientes. Por eso, cada gramo de materia prima que se

dejan arrebatar hoy los países del «tercer mundo», equivale a kilos de alimentos

que dejarán de producirse mañana.

De nada vale que evitemos el éxodo de nuestros recursos naturales si seguimos

aferrados a métodos de desarrollo preconizados por esos mismos monopolios,

que significan la negación de un uso racional de los mismos.

En defensa de sus intereses, los países deben propender a las integraciones

regionales y a la acción solidaria.

304 No debe olvidarse que el problema básico de la mayor parte de los países del

«tercer mundo» es la ausencia de una auténtica justicia social y de participación

popular en la conducción de los asuntos públicos. Sin justicia social, el «tercer

mundo» no estará en condiciones de enfrentar las angustias ante las difíciles décadas

que se avecinan.

La humanidad debe ponerse en pie de guerra en defensa de sí misma. En esta

tarea gigantesca nadie puede quedarse con los brazos cruzados. Por eso, nuestro

país, que aún tiene la enorme posibilidad de salvar su integridad ambiental,

debe iniciar cuanto antes su campaña en el orden interno y, al mismo tiempo,

unirse a todos los pueblos y gobiernos del mundo en una acción solidaria que

permita solucionar este gravísimo problema.

  1. La organización institucional

En este terreno he insistido [en] que nuestra posición es la de proceder a realizar

una revolución en paz. Eso significa que todo lo debemos hacer dentro de

la ley y que nada debe realizarse fuera de su alcance.

Nuestra comunidad habrá de funcionar sobre la base de la fuerza del derecho.

Ya he dicho en la sección histórica de este trabajo que debemos corregir el

defecto de creación de las instituciones jurídicas que proviene del liberalismo,

por el cual primero se dictaba la norma y, luego, se procedía a la asignación de

funciones. Nosotros deberemos actuar precisamente a la inversa. Es decir que,

en primer lugar, se establecerán las funciones requeridas y, luego, dictaremos la

norma que resulte adecuada para el fin propuesto.

Así concibo la raíz del problema institucional [de] nuestra futura comunidad.

De ello nace la necesidad de trabajar con programación institucional y de realizar

un control permanente de la eficiencia del sistema de normas y de cada una

de éstas en particular.

La democracia social y la programación institucional

He definido a la democracia que debemos consolidar como una democracia

social.

305

Consecuentemente con ello, nuestra forma de gobierno deberá ser: representativa,

republicana, federal y social.

Social, por su naturaleza, por sus objetivos y por su desenvolvimiento; libre

de preconcepciones dogmáticas y de extremismos. Social, en fin, en un sentido

intrínsecamente cristiano.

En la democracia que deseamos no existirá incompatibilidad alguna entre la

permanente actualización de la libertad individual y una imprescindible planificación

con adecuados recaudos de flexibilidad.

Definida en estos términos la futura sociedad argentina, el mejor camino para

alcanzarla es gobernar sobre la base de una minuciosa programación.

Datos para la programación institucional

Los siguientes son los datos básicos para la programación institucional que

propongo:

– Se concibe al país como un verdadero sistema. En el mismo, el campo

institucional estructura el marco y establece las reglas de juego fundamentales

de tal sistema, en términos jurídicos.

– Se pide al sistema eficiencia social máxima. Para ello, la planificación es

un instrumento; y el gobierno con planificación, un método de gobierno.

– El sistema debe funcionar con participación de todos los entes representativos

de la comunidad.

La participación dentro de nuestra democracia social deberá funcionar de

una manera real y positiva. El ciudadano se expresa, como tal, a través de los

partidos políticos, cuyo eficiente funcionamiento ha dado tradicionalmente al

Honorable Congreso Nacional su capacidad de crear historia a través del voto

de las leyes.

Pero también se expresa a través de su condición de trabajador, intelectual,

empresario, militar, sacerdote, etc. Como tal, tiene que organizarse para participar

en otro tipo de recinto, como puede ser el Consejo para el Proyecto Nacional.

306 La tarea de ese Consejo debería enfocarse hacia esa gran obra en la cual todo

el país tiene que empeñarse: el Proyecto Nacional.

Empero, ningún partícipe del Consejo mencionado debe ser un emisario de la

posición del Poder Ejecutivo o de cualquier otra autoridad que no sea el grupo

social al que representa.

Para ello, tendrá que asegurarse que cada integrante exprese la voluntad del

sector al que pertenece, en forma debidamente institucionalizada.

La democracia social no puede ser desviada hacia alguna de las formas conocidas,

ni en la estructura ni en el funcionamiento de las instituciones. Será

preciso, entonces, que sus normas jurídicas contengan los necesarios principios

fundamentales, asumiendo, además, la dimensión procesal requerida para evitar

que el objetivo fijado por la norma sea falseado en el uso concreto.

La fisonomía gubernamental

Dejo a la consideración de mis conciudadanos la posibilidad de modificar la

fisonomía clásica de nuestro gobierno, introduciendo en el mismo innovaciones

que lo fortalezcan, como pueden ser, a mi juicio, las siguientes:

– La creación de un organismo como el mencionado Consejo para el Proyecto

Nacional.442

– La institución de un Consejo de Estado, al que el presidente de la Nación

pueda convocar para tratar asuntos de alta trascendencia que motiven su

asesoramiento.

– La incorporación de nuevos ministerios como, por ejemplo, para los

ámbitos de ciencia y tecnología, y de recursos naturales y medio ambiente.

– La vigorización del federalismo, que instrumente la vigencia de la plena

participación de los grupos locales.

442 En tiempos agónicos del gobierno de María Estela Martínez de Perón, principios de enero de

1976, hubo un intento de creación del Consejo Nacional para el Proyecto Nacional pero, aunque

fue anunciada la firma del decreto presidencial, una nueva crisis ministerial la postergó

definitivamente. Nunca volvió a hablarse del tema y luego sobrevino el golpe cívico-militar del

24 de marzo.

307

– Y la designación de un coordinador ministerial —podría ser un primer

ministro—, que facilite al presidente de la Nación la conducción de la administración

pública.443

Todas estas cuestiones deberán ser obviamente tratadas a través de los mecanismos

legales correspondientes para que adquieran la vigencia necesaria.

En todos los casos, se trata de una comunidad que desarrolle el máximo

respeto a los derechos de las mayorías y las minorías; y que institucionalice

concretamente este respeto mediante criterios normativos que aseguren su representación.

El método de trabajo institucional

La democracia social requiere que la programación institucional sea instalada

en su seno como un proceso y no como un evento transitorio que actúe con

conceptos similares a los que rigen la planificación en los demás campos de la

actividad social integrada; que sea conducida en forma interdisciplinaria; que

los juristas que participen de la labor interdisciplinaria tengan como objetivo

programar la norma para mañana antes que el código que consolida lo pasado;

y que se hallen dispuestos a crear todas las nuevas instituciones jurídicas que la

transformación requiera, sin ataduras de ninguna naturaleza.

Las normas que se establezcan tendrán que contener también sistemas de

control de su propia eficiencia para proveer a su corrección oportuna. De lo

contrario, todo nuestro esfuerzo jurídico-institucional estaría dirigido a cristalizar

lo que ya cambió. Configuraría un freno al ajuste necesario y, en cierta medida,

una consolidación de valores no necesariamente deseables.

Es obvio que esto no significa desestimar el valor de la construcción jurídica pasada.

Sólo quiere poner énfasis en la necesidad de una práctica creativa para anticipar los ajustes necesarios.

443 Ver nota 432.

308 La adecuación institucional

El camino a seguirse para efectuar los ajustes institucionales necesarios deberá

partir, naturalmente, de una reforma de la Constitución Nacional.444

Para ello, es preciso recoger las opiniones de los distintos sectores representativos de la

comunidad argentina.

De esta forma, seremos fieles al principio de que las grandes realizaciones no

se llevan a cabo si no es con la participación de todo el país.

Con respecto a nuestra Constitución Nacional, es necesario tener en cuenta

que deberá servir no sólo a una nación que quiere alcanzar una fisonomía interna

de comunidad organizada. También estará al servicio de un país que busca

desempeñar un papel protagónico en la realización continental, etapa previa del

futuro universalismo.

  1. La función de los grandes sectores de la vida nacional

El gobierno

El gobierno debe hacer lo que el pueblo quiere y defender un solo interés:

el del pueblo.

Las tareas de gobierno deberán orientarse hacia dos finalidades esenciales: la

grandeza de la nación y la felicidad de su pueblo.

Lo justo es desarrollar una acción racional tendiente a alcanzar la prosperidad,

sin que para ello sea preciso sacrificar el mínimo de libertad a que los

pueblos tienen derecho.

444 Claramente durante la gestión de su tercer gobierno Perón trató de avanzar en una reforma de

la Constitución Nacional (y relacionó ese proyecto con la elaboración del Modelo argentino

para el proyecto nacional). Pero los intentos se frustraron con su desaparición física. Ver nota

115 de la Segunda Parte del Prólogo de Oscar Castellucci para esta edición: “En busca del tiempo

perdido (Cómo y por qué Juan Domingo Perón escribió el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional)”. La reforma constitucional recién se concretaría en 1994 (durante el gobierno de Carlos Menem), pero durante su transcurso nadie recordó ni tuvo presente la obra de Perón.

309

Nuestro Modelo exige también un gobierno para una revolución en paz.

Esto significa que el papel permanente del gobierno reside en conducir al sector

político-administrativo y, simultáneamente, [en] realizar los ajustes necesarios de

estructuras, con amplia visión de futuro.

Es necesario tener en cuenta que, normalmente, toda tarea de transformación

suele herir determinados intereses que poseen su propio mecanismo de defensa.

Por ello, para que la transformación sea posible, no basta con un gran impulso

entusiasta. Hace falta, también, una seria perseverancia.

Pero, además, se requiere capacidad para organizar su propia estructura y

definir su propio crecimiento. El Proyecto Nacional debe constituir uno de los

medios esenciales para que el gobierno marche ordenadamente hacia los fines

establecidos.

Dadas estas condiciones, un mandato importante del gobierno, en la actual

circunstancia, es crear las bases necesarias para la elaboración del Proyecto Nacional,

e instrumentarlo una vez realizado.

El gobierno debe lograr que todo lo que se establezca en el Proyecto Nacional

resulte debidamente ejecutado y cumplido.

El país necesita ver materializado el Proyecto Nacional. De lo contrario, otros

serán los efectos sociales que se obtengan.

Corresponde al gobierno conducir debidamente el proceso; conciliar la acción

de todos los partícipes del quehacer social, allí donde esta acción sea

necesaria; coordinar la marcha del país y establecer los adecuados sistemas de

control para corregir el rumbo cuando se haya desviado.

En consecuencia, el gobierno que necesitamos debe caracterizarse por:

  1. a) Tener centralizada la conducción y descentralizada la ejecución.
  2. b) Actuar con planificación, estableciendo la suficiente flexibilidad que

permita introducir los reajustes que correspondan.

Entre los planificadores y quienes decidan y ejecuten, debe existir una absoluta

conciencia de trabajo en equipo.

  1. c) Posibilitar la participación de todo el país, procurando instrumentar la

forma para facilitar el alcance de los objetivos propuestos.

310 d) Concebir al gobierno como un medio al servicio total de la comunidad,

para lo cual deberá lograr la máxima eficiencia posible.

  1. e) Contar con funcionarios estables, de la mayor capacidad, que permanezcan

ajenos a los cambios políticos.

Los partidos políticos

En un país institucionalmente representativo, la organización de las fuerzas

políticas debe ser representativa para servir con fidelidad al país.

Para ello, toda organización política debe tener claramente establecida su

unidad de doctrina, en la cual se apoyarán su estructura orgánica y su accionar.

La unidad se logra, básicamente, cuando se dispone de un profundo conocimiento

del país y se hayan determinado con claridad los objetivos que desean

alcanzarse y los medios a utilizar.

La democracia social que deseamos no se funda esencialmente en la figura

de caudillos, sino en un estado de representatividad permanente de las masas

populares.

Todas las fuerzas políticas necesitan de la acción armónica de quienes conciben

la doctrina, de los que la predican y de los que habrán de ejecutarla.

La doctrina de cada partido debe ser predicada y no simplemente enseñada.

Ello significa que hay que hacerla conocer, comprender y sentir.

Pero todo partido político, para que ejerza una acción eficiente, requiere

no solamente del valor numérico de sus integrantes sino también de una base

ideológica explícitamente establecida. Tal aspecto podrá evidenciarse a través de

una clara plataforma política que no será otra cosa que lo que el partido conciba

como Proyecto Nacional.

Ésta es, a mi juicio, la forma en que cada partido político debe concebir los

medios para lograr los objetivos en los diferentes campos del quehacer nacional.

Los trabajadores

En nuestra concepción, el trabajo es un derecho y es un deber, porque es

justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume.

311

Los trabajadores constituyen uno de los pilares del proceso de cambio.

En el momento en que teníamos que rescatar a la sociedad argentina de una

concepción liberal, los trabajadores configuraron la columna vertebral del proceso.

En la comunidad a [la] que aspiramos, la organización de los trabajadores

es condición imprescindible para la solución auténtica [de las necesidades] del

pueblo.

A partir del principio de libre posibilidad de constituir sindicatos, el Justicialismo

siempre se sustentó en el criterio de la indivisibilidad de la clase obrera

organizada. Se requiere, en consecuencia, una sola central obrera.

El fundamento del vínculo es la solidaridad. Las organizaciones sindicales

viven al impulso de esa solidaridad, que es la que da carácter permanente a la

organización y la única fuerza indestructible que la aglutina. Ello con el claro

sentido de que, además de la solidaridad de la organización, está vigente la

esencia de la solidaridad individual de los hombres que la integran, por la sola

razón de ser trabajadores.

Los objetivos de las organizaciones de trabajadores residen en la participación

plena, la colaboración institucionalizada en la formulación del Proyecto Nacional

y su instrumentación en la tarea de desarrollo del país.

Los trabajadores tienen que organizarse para que su participación trascienda

largamente de la discusión de salarios y condiciones de trabajo. El país necesita

que los trabajadores, como grupo social, definan cuál es la comunidad a la que

aspiran, de la misma manera que los demás grupos políticos y sociales.

Se requiere [la] presencia activa de los trabajadores en todos los niveles.

Ello exige actualización y capacitación intensas, y exige también que la idea

constituya el medio esencial que supere a todos los demás instrumentos de lucha.

Las organizaciones sindicales no valen sólo por la cantidad de los componentes

que agrupan, sino también por los dirigentes capacitados que las conducen.

Debe procederse a la formación de líderes en todos los niveles.

Ello es fundamental para que los trabajadores cumplan con toda la responsabilidad

social que este Modelo Argentino les asigna.

La capacidad para decidir y para participar en las organizaciones de los trabajadores

[forma] parte de las condiciones fundamentales del dirigente gremial.

312 Los Derechos del Trabajador, consagrados en nuestra reforma constitucional

de 1949445, tienen plena vigencia e integran este Modelo. Los derechos a trabajar,

a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la

preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de su

familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales,

contenidos en dicha reforma, tienen que ser adicionados [al]446 derecho a la

participación plena en los ámbitos a los cuales el trabajador sea convocado por

leyes especiales y, además, con el derecho de participación en el ámbito de las

empresas en las que se desenvuelve.

Los intelectuales

El mundo vive un período de extraordinaria evolución en los ámbitos científico-

tecnológico y filosófico, lo que origina cambios de trascendencia, muchos de

los cuales ocurren a lo largo de la vida de un solo hombre.

La figura del intelectual constituye un verdadero seguro contra la incertidumbre

y la vacilación.

El futuro debe edificarse sobre bases tanto filosóficas como eminentemente

prácticas.

Por ello, el intelectual debe remitirse a interpretar el cambio y a visualizarlo

con suficiente anticipación; a poner en juego la inteligencia junto con la erudición,

la ciencia social junto con la ciencia física, el mundo de las ideas junto con

el de la materia y el del espíritu, y la idea junto con la creación concreta.

Se hace necesaria la presencia activa del intelectual en todas las manifestaciones

de la vida. Pasó la época en que podía admitirse la carencia o [la] evasión

de talentos.

Cuando rige una sociedad competitiva, que se mueve económicamente en

función del beneficio y que no valoriza el costo social de su forma de ser, la ne-

445 Los Derechos del Trabajador fueron proclamados por Perón el 24 de febrero de 1947 en un

acto organizado por la Confederación General del Trabajo (CGT) en el Teatro Colón y, luego,

incorporados al texto de la reforma constitucional de 1949 (Capítulo III, Art. 37).

446 En el original CD: “con el”.

313

cesidad de la intelectualidad se remite básicamente a los procesos de producción

y a las exigencias del mercado.

Los intelectuales de las ciencias sociales quedan allí remitidos a ser evaluadores

de un cambio social de cuyo proyecto no participan y resultan idealistas,

trabajadores conceptuales a alto nivel, pero no activistas del cambio.

Cuando, por el contrario, se quiere construir una “democracia social” en la

cual se produce según las necesidades del hombre, se valoriza al hombre en

función social como el fin de la tarea de la sociedad, se asume la necesidad de

trabajar con programación y con participación auténtica y se toma la responsabilidad

de formalizar un Proyecto Nacional y de concebir a la sociedad del futuro

y trabajar para ella como un proceso, la dimensión de la tarea intelectual que ese

proceso requiere se hace realmente muy grande.

Para identificar en nuestro medio el papel de los intelectuales basta recordar

que el Proyecto Nacional a que aspiramos tiene que tener valor no sólo conceptual

sino práctico, y resultar de una tarea interdisciplinaria. Para ello, debe

tenerse especialmente en cuenta lo que los intelectuales conciban, lo que el país

quiera y lo que resulte posible realizar.

Su tarea de aporte a la reconstrucción de la argentinidad está así claramente

definida. La forma de enfrentarla está también precisada por el hecho de que la

labor debe ser realizada con [la] participación auténtica de todos los elementos

que representan [a] nuestra comunidad.

Toca a la intelectualidad argentina organizarse para asumir su papel.

El intelectual argentino debe participar en el proceso, cualquiera sea el país

en que se encuentre.

No han de bastar para ello las declamaciones ampulosas.

El sistema liberal ha formado intelectuales para frustrarlos. Les ha negado participación

y ha creado las condiciones para que no exista reconocimiento social

ni reconocimiento económico a su labor.

La distorsión en la escala de valores ha sido tan absurda que el intelectual

argentino ha terminado siendo un extraño en su propia tierra.

La comunidad que deseamos consolidar tiene que desarrollar un reconocimiento

social adecuado a la labor del intelectual auténtico y adoptar previsiones

que preserven siempre este estado de cosas. Se trata no sólo del reconocimiento

314 económico, sino particularmente de su valoración social y política. Se trata también

de institucionalizar su participación y de establecer medios de evaluación

del intelectual auténtico.

Queremos, por lo tanto, una sociedad en la que el hombre valga por sus conocimientos

y sus condiciones morales, y no por sus diplomas y vinculaciones

sociales.

Esto exige un adecuado régimen universitario y la vigencia constitucional de

los derechos del intelectual.

Los empresarios

Para calificar la función del empresariado en la “democracia social” argentina,

partimos de que la empresa se organiza sobre una base humanista. Los criterios

para ello nacen de la esencia de este Modelo Argentino, social y cristiano.

El primer objetivo de la empresa en una sociedad que quiere justicia social

auténtica no es simplemente el beneficio sino el servicio al país.

El beneficio de la empresa, en nuestra concepción, debe establecerse de forma

tal que siempre se asegure una retribución justa al empresario como factor

de producción, lo cual incluye cierta retribución de riesgo, que se hace mínimo

en la medida [en] que se trabaje con planificación; y que [se] determine, también,

que los frutos del progreso se difundan a toda la comunidad a través del sistema

de precios.

Sólo cuando el empresario procura prestar el mayor servicio al país, admitiendo

límites mínimos y máximos a su beneficio, puede coincidir lo que es conveniente

tanto para el empresario como para el país. Esta coincidencia es una

precondición para que exista una democracia verdaderamente social.

La admisión del concepto de que la empresa constituye un bien social y que

la participación de los trabajadores en su funcionamiento y beneficio es una realidad

irreversible, constituyen elementos de juicio que deben ser adecuadamente

reglamentados.

Otro aspecto reside en la participación de los empresarios en las decisiones.

La fisonomía de esta participación admite formas que van desde el asesoramiento

al gobierno hasta compartir ciertas actividades con él. Será la sociedad la que

315

determinará, a través de sus mecanismos idóneos, cuál será la competencia específica

que le corresponda para cada caso.

La empresa debe ser concebida como un sistema cuya eficiencia debe ser

siempre incrementada.

Ella es el ámbito esencial de aplicación de la tecnología en el proceso productivo

y reconocemos que, básicamente, la expansión de esa producción se debe

originar en el efecto de la eficiencia.

Se reconoce también como decisivo el aporte del empresariado a la estructura

de precios que, en todo momento, debe adecuarse al desarrollo deseado.

Desde el punto de vista del beneficio empresario, el mismo debe guardar

estrecha relación con la aspiración de trasladar a la comunidad los frutos del

progreso, a través del sistema de precios.

Esto implica la necesidad de establecer las formas de producción y comercialización

que sean intrínsecamente más aptas para funcionar dentro del modelo

requerido. La sociedad deberá decidir sobre ello, considerando separadamente

cada actividad en desarrollo.

La Iglesia

Existe una cabal coincidencia entre nuestra concepción del hombre y el mundo,

nuestra interpretación de la justicia social y los principios esenciales de la

Iglesia.

Ya en otra oportunidad busqué ofrecer una visión espiritual y trascendente

del hombre y su puesto peculiar en la historia y la realidad.

Un hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, realizando su existencia

como sujeto histórico que desempeña en el mundo una misión espiritual única

entre los seres de la Creación. Tal hombre, realizado en la comunidad, está lejos

de concretar fines egoístas o burdamente materiales, pues como ya lo sabían los

griegos, no hay equilibrio posible en una comunidad en la que el alma de sus

hombres ha perdido su armonía espiritual.

En este sentido, no sólo los principios filosóficos guardan plena coherencia;

la Iglesia y el Justicialismo instauran una misma ética, fundamento de una moral

común, y una idéntica prédica por la paz y el amor entre los hombres.

316 No vacilo en afirmar que toda configuración socio-política, tanto nacional

como mundial, supone, además de una clara exigencia racional, una sólida fe

superior, que impregne de sentido trascendente los logros humanos.

Si en las realizaciones históricas dependemos de nuestra propia creatividad

y nuestro propio esfuerzo, el sentido último de toda la obra estará cimentado

siempre sobre los valores permanentes.

No pretendo evaluar integralmente la concepción de la Iglesia [conforme a

los propósitos de un modelo temporal como es el Modelo Argentino].447

Pero estoy seguro, eso sí, [de] que el llamamiento de las cartas encíclicas,

las constituciones pastorales y las cartas apostólicas —particularmente las más

recientes448— constituyen para nosotros un aporte claro y profundo. Pienso que,

en este terreno, el Modelo Argentino sólo necesita que ese mensaje sea adoptado

eficientemente.

Presento un Modelo nacional, social y cristiano.

Al núcleo trascendente del hombre argentino va esta propuesta: es hora de

superar una visión materialista que amenaza aturdir al ciudadano con incitaciones

sensoriales que dispersan su vida interior.

La ruta que debemos recorrer activamente es la misma que definen las Escrituras:

un camino de fe, de amor y de justicia, para un hombre argentino cada

vez más sediento de verdad.

Las fuerzas armadas

Pienso que el mundo del futuro tiene una sola posibilidad para poder realizarse:

adoptar la concepción universalista; es decir, concebirse totalmente integrado.

Para ello, es imprescindible que las naciones ingresen decididamente por

el camino de la paz.

Sin embargo, la organización del mundo según la concepción universalista,

no implica la desaparición de las fricciones y discrepancias en el orden inter-

447 En el original CD: “…a los propósitos de un modelo temporal como en el Modelo Argentino”.

448 La referencia remite, en particular, a la encíclica Populorum Progressio (1967), a la constitución

pastoral Gaudium et spes (1969) y la carta apostólica Octogesima Adveniens (1971), todas del

Papa Paulo VI.

317

nacional, especialmente durante las etapas de gestación de ese nuevo mundo.

Tampoco excluye totalmente las posibilidades [de] que se produzcan conflictos

bélicos, a través de los cuales determinados grupos, especialmente los económicos,

pretendan satisfacer sus propios intereses.

Es más, la marcha hacia el universalismo, en sus sucesivas etapas —nacional,

regional y continental—, se caracterizará por la lucha que desarrollarán las naciones

para independizarse de los imperialismos que las mantienen oprimidas.

El Modelo Argentino define claramente el estilo nacional que deberá identificar

a la república en el futuro y, además, establece los grandes objetivos que

deberán alcanzarse para lograr la total liberación nacional.

Tal circunstancia implica que las Fuerzas Armadas, adecuadamente reorganizadas

en base al real potencial de la nación y a las verdaderas exigencias de

la defensa nacional, se apresten a respaldar firmemente la transformación que

marca la república. Transformación que, por otra parte, no es más que la materialización

del deseo manifestado por el pueblo argentino, de eliminar definitivamente

las formas de opresión de distinta naturaleza que durante decenios ejerció

el imperialismo, para detener, en beneficio propio, el desarrollo nacional.449

A fin de enmarcar con precisión las misiones que cumplirán las instituciones

armadas, deberá tenerse particularmente en cuenta que no sólo se limitarán a

prepararse para el desarrollo específicamente militar, sino que participarán decididamente

en el proceso de liberación nacional, contra toda forma de imperialismo

interno o externo.

Dicha intervención se concretará mediante actividades de apoyo a la comunidad

y a través de acciones de tipo educativo que se dirigirán, especialmente,

sobre el personal de tropa que anualmente pasa por sus filas450, y que se ex-

449 Expresado en las elecciones realizadas en 1973, con el masivo apoyo a los candidatos de los

partidos o frentes electorales en cuyas plataformas se incluían explícitamente estos principios:

Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), Unión Cívica Radical (UCR), Alianza Popular Revolucionaria

(APR), Frente de Izquierda Popular (FIP), etc.

450 Alude al personal que anualmente cumplimentaba con la obligación del servicio militar obligatorio

vigente entonces e instituido por la ley 4.031 del 6 de diciembre de 1901 (“Ley Ricchieri”)

y reemplazado ahora por el servicio militar voluntario creado por la ley 24.429 que fuera sancionada

el 14 de diciembre de 1994.

318 tenderán al personal de cuadros, quien tendrá a su cargo difundir y predicar la

doctrina nacional. Doctrina que, sintetizándola, podríamos definirla como las

máximas aspiraciones argentinas, vertidas en el Proyecto Nacional.

Las fuerzas armadas son parte del pueblo y, como tal, están integradas con

el mismo. La unión y solidaridad del pueblo y las fuerzas armadas [son]451 una

precondición para que fructifique la “democracia social” de nuestro Modelo Argentino.

En consecuencia, a las fuerzas armadas, como a cualquier otro sector de

nuestra sociedad, les compete desempeñar un rol preponderante en la defensa

nacional. Esto significa que, si bien nuestras instituciones armadas, ante la eventualidad

de un conflicto militar, constituirán la columna vertebral del sistema de

defensa, su participación no se limitará a prepararse para esas posibilidades.

También colaborarán firmemente en los esfuerzos en que se [empeñen]452 el Estado

argentino y el resto de los sectores nacionales, con la finalidad de alcanzar

y consolidar el desarrollo armónico de la república.

Nuestras fuerzas armadas asumieron plenamente la tarea de defensa contra

el neocolonialismo, y su compromiso consiste en la participación activa en la

reconstrucción del país, realizada con sentido nacional, social y cristiano.

Un nuevo aporte, en estas circunstancias, será el de contribuir a la formulación

del Proyecto Nacional, como otro grupo efectivo de pensamiento de los

que conforman la comunidad argentina, señalando, para cada uno de los campos

que responden al quehacer nacional, qué es lo que conciben más apropiado

para lograr la grandeza y la felicidad del pueblo argentino.

A fin de cumplir con eficiencia las misiones generales señaladas, nuestras

instituciones castrenses deberán reunir ciertas características que, enunciadas,

configuran el modelo de fuerzas armadas que necesita el país para respaldar su

futuro.

Consecuentemente, las fuerzas armadas argentinas deben:

  1. Tener un profundo conocimiento de los objetivos nacionales y consustanciarse

con ellos.

451 En el original CD: “es”.

452 En el original: “empeñe”.

319

  1. Integrarse estrecha y realmente con el pueblo del cual se nutren y a

quien se deben.

  1. Establecer íntimo contacto con los diferentes sectores de la sociedad, a

fin de comprender sus problemas y necesidades, única forma para materializar

objetivos comunes.

  1. Elaborar la estrategia militar basada en la que adopte el Estado. Consecuentemente,

elaborar la doctrina militar nacional y estructurar las organizaciones

adecuadas para satisfacer sus exigencias.

  1. Desarrollar una verdadera doctrina conjunta, que facilite y haga más

eficiente el accionar militar.

  1. Coparticipar activamente en el desarrollo nacional fomentando áreas

aún no abarcadas por los sectores privados y vinculados con la defensa nacional.

  1. Impulsar decididamente la actividad científico-técnica, con la finalidad

de desarrollar una industria bélica nacional que la autoabastezca, eliminando

la dependencia del extranjero.

  1. Sumar su acción a los esfuerzos que los sectores nacionales realizan en

las distintas áreas de la comunidad, para romper con la sujeción material o

espiritual ejercida por los grandes intereses extranacionales.

  1. Participar activamente, con su tecnología, medios y personal, en la ejecución

de los programas industriales que se realicen en el ámbito civil, fundamentalmente

en aquéllos de importancia estratégica, como el Plan Siderúrgico

Nacional, y en los que sean fuentes de producción de sus propias

necesidades.

  1. Cooperar con la comunidad en cuanta oportunidad pueda prestar su

concurso en pro del bienestar del pueblo.

Así concibo a nuestras fuerzas armadas, consustanciadas con nuestro pueblo

en una estrecha e indestructible unidad espiritual.

 

 

 

SEGUNDA PARTE 255

DESARROLLO

256 EL MODELO ARGENTINO 1. La comunidad organizada

En el Modelo Argentino, nuestra sociedad futura debe responder con absoluta plenitud al concepto de comunidad organizada.

Pero esta organización no puede entenderse como la construcción de una máquina fría, rígidamente trabada, donde los mecanismos de poder nublen la conciencia del hombre y lo conviertan en un engranaje despojado y vencido.

El hombre es principio y fin de la comunidad organizada, por lo que no puede haber realización histórica que avasalle la libertad de su espíritu.

No hay organización posible si el hombre es aniquilado por un aparato externo a su propia existencia.

La comunidad organizada no es, por lo tanto, una comunidad mecanizada donde la conciencia individual se diluye en una estructura que no puede más que sentir como ajena.

Pero tampoco estoy predicando un desencadenamiento del individualismo como modo de vida, en el que la competencia feroz transforme al hombre en un lobo para sus semejantes. La solución ideal debe eludir ambos peligros: un colectivismo asfixiante y un individualismo deshumanizado.

Nuestra comunidad sólo puede realizarse en la medida en que se realice cada uno de los ciudadanos que la integran.

Pero «integrar» significa, para nosotros, «integrarse»; y la condición elemental de la integración del ciudadano en la comunidad es que la sienta como propia, que viva en la convicción libre de que no hay diferencia entre sus principios individuales y los que alienta su patria.

257

Esto sólo es posible si la comunidad defiende auténticamente los más altos intereses del espíritu humano. De lo contrario, el necesario equilibrio entre el hombre y la comunidad se destruye irreparablemente.

El carácter de «organizada» de la comunidad que nuestro Modelo defiende, alude simplemente a ese equilibrio, a esa básica armonía que justifica y da sentido a la existencia.

Estoy convencido [de] que la comunidad organizada es el punto de partida de todo principio de formación y consolidación de las nacionalidades, no sólo en

el presente sino también en el futuro.

En nuestra patria se han perdido —y se siguen perdiendo— muchas vidas procurando la organización nacional. A la luz de este hecho, resulta claro que hemos llegado a cierto grado de organización del Estado, pero no hemos alcanzado a estructurar la comunidad organizada.

Más aún, muchas veces los poderes vertidos en el Estado trabajaron para que no se organizase el pueblo en comunidad.

La comunidad debe ser conscientemente organizada. Los pueblos que carecen de organización pueden ser sometidos a cualquier tiranía. Se tiraniza lo inorgánico, pero es imposible tiranizar lo organizado. Además, como una vez expresé, la organización es lo único que va más allá del tiempo y triunfa sobre él.

Para organizar una comunidad se requiere la concurrencia de muchos factores.

En primer lugar, nada se edifica sin claridad de objetivos, [sin]423 la base de una ideología común que reúna a hombres que sienten de una misma manera lo que se considera fundamental para el país. Sabemos ya que esto se concreta en una doctrina que abre un amplio espacio de coincidencia aceptado por la mayoría de la comunidad, para ponerlo en práctica en su organización.

Es necesario, además, instaurar un inalienable principio de objetividad.

Que la organización sea objetiva significa que todo fundamento de estructuración debe prescindir de abstracciones subjetivas, recordando que la realidad es la única verdad.

Y no puedo pensar [en] otro criterio de objetividad que no sea la presencia de la voluntad del pueblo como guardián de su propio destino.

423 En el original: “sobre”, con lo que quita claridad y dificulta la comprensión a la frase.

258 Para que esto sea posible, deberemos alcanzar un alto grado de conciencia social, que entiendo como la identificación por parte del hombre de sus derechos inviolables, sin enajenar la comprensión de sus deberes.

Por último, si tuviera que decidirme por un factor aglutinante, optaría por la solidaridad social como fuerza poderosa de cohesión que sólo un pueblo maduro puede hacer germinar.

Estos factores colaboran para que la comunidad organizada constituya un verdadero sistema, en la medida en que esté armónicamente estructurada en todos los niveles que la integran.

La asimilación de estos conceptos es muy importante porque, si es cierto que la comunidad organizada configura, en su misma naturaleza, un sistema, deben esperarse de ella los mejores resultados posibles.

La organización de la comunidad implica una tarea ardua que requiere programación, participación del ciudadano, capacitación y sentido de sistema para su orden y funcionamiento.

Considero imperioso refirmar que la organización de la comunidad —al igual que todas las organizaciones— debe estar en manos de quienes posean, a través de su acción y experiencia, innegable vocación de servicio público, aptitud de conducción y capacidad concreta para el estudio de las cuestiones relativas al desarrollo social del país.

Tales ciudadanos deben representar solamente intereses legítimos y aspiraciones justas, actuando, por otra parte, con absoluta y radical autenticidad.

No debe olvidarse que las organizaciones sirven en la práctica, básicamente, por la calidad de los dirigentes que están a su frente.

Cuando la organización supera al hombre y lo subordina, toda la idea de la conducción, como arte de gobernar, desaparece por la debilidad de funcionamiento del sistema.

La comunidad organizada debe conformarse a través de una conducción centralizada en el nivel superior del gobierno, donde nadie discute otro derecho que el de sacrificarse por el pueblo; una ejecución descentralizada y un pueblo libremente organizado en la forma que resulte más conveniente a los fines perseguidos.

En síntesis, unidad de conducción, descentralización de ejecución y una concepción que emane del sentir del pueblo, son las pautas básicas para la orga259 nización.

La pluralidad de pensamiento y las críticas constructivas configuran  elementos esenciales de esa misma forma de organización y funcionamiento.

Cuando la comunidad argentina esté completamente organizada, será posible realizar lo que sigo interpretando como ambición de todos los ciudadanos: hacer triunfar la fuerza del derecho y no el derecho de la fuerza.

Me parece indudable que sólo la libre decisión del pueblo argentino puede llevar a cabo la culminación de la comunidad argentina.

Pero no hay pueblo capaz de libre decisión cuando la áspera garra de la dependencia lo constriñe.

De ahí que comunidad organizada significa, en última instancia, comunidad liberada.

  1. El hombre, la familia, la sociedad y la cultura

El hombre argentino

He afirmado repetidamente que el hombre es principio y fin de la comunidad organizada.

Es por ello que nuestro propósito de constituir y consolidar una comunidad nacional no puede eludir una básica y primaria definición: ¿qué debemos pedirle a nuestro hombre argentino para realizar la inaplazable tarea que le espera?, ¿sobre qué valores y principios asentará su existencia en orden a realizarse como ciudadano en un país grande y libre?

No tengo la inmodestia de intentar perfilar un arquetipo eterno e inmutable de argentino; sólo quiero aproximarme conmovido a algo de lo que todo hombre lleva de permanente como huellas secretas de la mano de Dios.

Nuestra filosofía justicialista ha insistido en los valores y principios permanentes como fundamento espiritual insoslayable. En esa medida, admite que el hombre argentino debe encarnar caracteres que son comunes a todos los hombres que mantengan inconmovible su dignidad.

Requiero del hombre de nuestra tierra lo que debe integrar la esencia de cualquier hombre de bien: autenticidad, creatividad y responsabilidad.

Pero sólo una existencia impregnada de espiritualidad, en plena posesión de su conciencia moral, puede asumir estos principios, que son el fundamento único de la más alta libertad humana, sin la cual el hombre pierde su condición de tal.

260 En un primer enfoque podría parecer que, si ser plenamente argentino consiste en la asunción de los principios universales mencionados, no hay mayor diferencia entre lo que requiero de nuestro hombre y lo que debería requerirse de un ciudadano de cualquier latitud del mundo.

En tal sentido, el adjetivo «argentino » sería un rótulo prescindible.

No faltarán quienes elaboren este argumento;

serán los mismos que han sostenido, durante muchos años, que el argentino no existe como sujeto histórico autónomo, que no es más que una suerte de prolongación agónica y desconcertada del hombre europeo, o una híbrida fusión de múltiples fuentes.

Olvidarán lo más importante: el hombre no es un ser angélico y abstracto.

En la constitución de su esencia está implícita su situación, su conexión con una tierra determinada, su inserción en un proceso histórico concreto.

Ser argentino significa también esto: saber, o al menos intuir, que ser lúcido y activo habitante de su peculiar situación histórica forma parte de la plena realización de su existencia.

Es decir, habitante de su hogar, de la Argentina, su patria.

Por lo tanto, lo que realmente distingue al argentino del europeo o el africano es su radical correspondencia con una determinada situación geo-política, su íntimo compromiso moral con el destino de la tierra que lo alberga y su ineludible referencia a una historia específica que perfila lentamente la identidad del pueblo.

Su pertenencia a esta historia y no a otra, su habitar en esta situación y no en otra, su apertura a un destino irreductiblemente propio, [bastan]424 para que aquellos principios esenciales que todo hombre atesora se concreten de una manera única e irrepetible, configurando la esencia del hombre argentino y conquistando para él un tiempo singular y definitivo en la historia del mundo.

Si en esto consiste la esencia de nuestro hombre, mi humilde pedido se reduce a solicitar a cada argentino que actualice en profundidad su adherencia a esta tierra, que recuerde que sobre su compromiso y su autenticidad brotarán las semillas de una patria justa, libre y soberana.

424 En el original CD: “hasta”, erróneamente.

261

La familia y la sociedad

Pese a los embates de una creciente anarquía de los valores esenciales del hombre y la sociedad que parece brotar en diversas partes del mundo, la familia

seguirá siendo, en la comunidad nacional por la que debemos luchar, el núcleo

primario, la célula social básica cuya integridad debe ser celosamente resguardada.

Aunque parezca prescindible refirmarlo, el matrimonio es la única base posible

de constitución y funcionamiento equilibrado y perdurable de la familia.

La indispensable legalidad conforme a las leyes nacionales no puede convertirse

en requisito único de armonía. Es preciso que nuestros hombres y mujeres

emprendan la constitución del matrimonio con una insobornable autenticidad,

que consiste en comprenderlo no como un mero contrato jurídico sino como

una unión de carácter trascendente.

Si esto es así, nuestros ciudadanos no deben asumir la responsabilidad del

matrimonio si no intuyen en profundidad su carácter de misión.

Misión que no sólo consiste en prolongar la vida en esta tierra, sino [en]425

proyectarse hacia la comunidad en cuyo seno se desenvuelve. Esto implica comprender

que, como toda misión radicalmente verdadera, supera incesantemente

el ámbito individual para insertar a la familia argentina en una dimensión social

y espiritual que deberá justificarla ante la historia de nuestra patria.

Tomando en cuenta estos aspectos, es conveniente reafirmar la naturaleza de

los vínculos que deben unir a los miembros de la familia.

La unidad de ideales profundiza al matrimonio, le confiere dignidad ética,

contribuye a robustecer en el hombre y la mujer la [toma]426 de conciencia de

la gravedad de su misión, de su nítida responsabilidad, tanto individual como

social, histórica y espiritual.

No cabe duda [de] que no siempre existe la posibilidad de comprender espontáneamente

lo que he caracterizado como misión. No es posible prescindir, por

lo tanto, de un adecuado proceso formativo que debe definirse crecientemente,

425 En el original CD: “de”.

426 En el original “forma”.

262 y cuya finalidad consista no sólo en sentar las bases para una unión duradera,

sino en gestar en la pareja la comprensión radical del sentido último del matrimonio.

Este sentido, entendido como misión, se concentra, ya lo he dicho, en

una radical dimensión espiritual y en su verdadera resonancia histórico-social.

Para que la familia argentina desempeñe el rol social necesario, sus integrantes

deberán tener en cuenta algunos principios elementales en sus relaciones.

Así, estimo que el vínculo entre padres e hijos debe regirse sobre la base de la

patria potestad, no entendida como un símbolo de dominio, sino como un principio

de orientación fundado en el amor.

El niño necesita de la protección paterna para ayudarlo a identificar su función

social y, para ello, es lógico que los padres deban usar la gravitación natural

que tienen sobre sus hijos.

Por ese camino se contribuirá a consolidar la escala de valores que asegurará

para el futuro que, de ese niño, surja el ciudadano que necesita nuestra comunidad,

en lugar de un sujeto indiferente y ajeno a los problemas de su país.

Es la solidaridad interna del grupo familiar la que enseña al niño que amar es

dar, siendo ése el punto de partida para que el ciudadano aprenda a dar de sí

todo lo que le sea posible en bien de la comunidad.

En esto, la mujer argentina tiene reservado un papel fundamental. Es ella, con

su enorme capacidad de afecto, la que debe continuar asumiendo la enorme

responsabilidad de ser el centro anímico de la familia.

Independientemente de ello, nuestra aspiración permanente será que, en la

sociedad argentina, cada familia tenga derecho a una vida digna que le asegure

todas las prestaciones vitales. Entonces, habrá que fijar el nivel mínimo de esas

prestaciones para que ninguna familia se encuentre por debajo de él en la democracia

social que deseamos.

El Estado tiene la obligación especial de adoptar medidas decisivas de protección

de la familia, y no puede eludir ese mandato bajo ningún concepto. Olvidar

esa exigencia, llevaría a la comunidad a sembrar dentro de ella las semillas que

habrán de destruirla.

No olvidemos que la familia es, en última instancia, el tránsito espiritual imprescindible

entre lo individual y lo comunitario. Una doble permeabilidad se

verifica entre familia y comunidad nacional: por una parte, ésta inserta sus va263

lores e ideales en el seno familiar; por otra, la familia difunde en la comunidad

una corriente de amor que es el fundamento imprescindible de la justicia social.

Quiero realizar, en fin, una invocación sincera a la familia argentina.

Asistimos, en nuestro tiempo, a un desolador proceso: la disolución progresiva

de los lazos espirituales entre los hombres. Este catastrófico fenómeno debe

su propulsión a la ideología egotista e individualista, según la cual toda realización

es posible sólo como desarrollo interno de una personalidad clausurada y

enfrentada con otras en la lucha por el poder y el placer.

Quienes así piensan sólo han logrado aislar al hombre del hombre, a la familia

de la nación, a la nación del mundo. Han puesto a unos contra otros en la

competencia ambiciosa y la guerra absurda.

Todo este proceso se funda en una falacia: la de creer que es posible la realización

individual fuera del ámbito de la realización común.

Nosotros, los argentinos, debemos comprender que todo miembro —particular

o grupal— de la sociedad que deseamos, [sólo] logrará la consecución de

sus aspiraciones en la medida en que alcancen también su plena realización las

posibilidades del conjunto.

No puede concebirse [a] la familia como un núcleo desgajado de la comunidad,

con fines ajenos y hasta contrarios a los que asume la nación. Ello conduce

a la atomización de un pueblo y al debilitamiento de sus energías espirituales

que lo convierten en fácil presa de quienes lo amenazan con el sometimiento y

la humillación.

A la luz de lo expuesto, acerca de la familia, nuestra sociedad sólo puede

definirse como comunidad organizada.

Sabemos, por lo tanto, que la integración del hombre en esa sociedad presupone

y concreta esa básica armonía que es principio rector en nuestra doctrina.

Será, además, eminentemente nacional y cristiana, tomando plena conciencia

de que su dimensión nacional no sólo no es incompatible con una proyección

universalista, sino que constituye un insoslayable requisito previo.

La sociedad que deseamos debe ser celosa de su propia dignidad, y esto sólo

es posible si está dotada de una poderosa resonancia ética.

El grado ético alcanzado en la sociedad imprime el rumbo al progreso del

pueblo, crea el orden y asegura el uso feliz de la libertad. La diferencia que me264

dia entre extraer provechosos resultados de una victoria social o anularla en el

desorden, depende de la profundidad del fundamento moral.

La armonía y la organización de nuestra comunidad no conspirarán contra su

carácter dinámico y creativo. Organización no es sinónimo de cristalización. La

sociedad que nuestro Modelo define no será, en modo alguno, estática. Debe

movilizarse a través de un proceso permanente y creativo que implique que la

versión definitiva de ese Modelo sólo puede ser conformada por el cuerpo social

en conjunto.

La autonomía y madurez de nuestra sociedad deberá evidenciarse, en este

caso, en su vocación de autorregulación y actualización constante. Y no me

cabe duda [de] que los argentinos hemos ya iniciado el camino hacia la madurez

social, pues tratamos de definir coincidencias básicas, sin las cuales se diluiría la

posibilidad de auto-actualizar nuestra comunidad.

Estas coincidencias sociales básicas no excluyen la discusión o aun el conflicto.

Pero, si partimos de una base común, la discusión se encauza por el camino

de la razón y no de la agresión disolvente.

Nuestra sociedad excluye terminantemente la posibilidad de fijar o repetir el

pasado, pero debe guardar una relación comprensiva y constructiva con su tradición

histórica en la medida en que ella encarne valores de vigencia permanente

emanados del proceso creativo de un pueblo que, desde tiempo atrás, persigue

denodadamente su identidad.

Es evidente que, en definitiva, los valores y principios que permanecerán

como representativos de nuestro pueblo serán asumidos por la sociedad toda,

o por una mayoría significativa, relevante y estable, a través de las instituciones

republicanas y democráticas que, según nuestros principios constitucionales,

rigen y controlan la actividad social.

Por último, la libertad y la igualdad expresadas en nuestra Carta Magna conservarán

plenamente su carácter de mandato inapelable y de incesante fuente de

reflexión serena para todos los argentinos.

265

La cultura

Si nuestra sociedad desea preservar su identidad en la etapa universalista que

se avecina, deberá conformar y consolidar una arraigada cultura nacional. Resulta

sumamente compleja la explicitación de las características que tal cultura debe

atesorar; es evidente que no basta proclamar la necesidad de algo para que sea

inteligible y realizable. Mucho se ha dicho sobre la cultura nacional, pero poco

se ha especificado sobre su contenido.

Está claro que en cuanto se plantea la posibilidad de una cultura propia surge

de inmediato la forzosa referencia a fuentes culturales exteriores. Ya he desestimado

la posibilidad de que la ideología y los valores culturales de las grandes

potencias puedan constituir un abrevadero fértil para nuestra patria.

En la gestación histórica del hombre argentino confluyen distintas raíces: la

europea, por un lado, y los diferentes grupos étnicos americanos, por el otro.

Esto es trivial por lo evidente, pero no son tan claras sus consecuencias.

Creo haberme referido con la suficiente extensión a la indudable especificidad

del hombre argentino, que no consiste en una síntesis opaca sino en una

nítida identidad que resulta de su peculiar situación histórica y su adherencia

al destino de su tierra. ¿Sucede lo mismo con su cultura? ¿O, acaso, la herencia

europea ha sellado definitivamente la cultura argentina?

Pienso que, en este caso, es artificial establecer una distinción entre el hombre

y la cultura que de él emana, pues la misma historicidad del hombre argentino

impone una particular esencia a su cultura. Pero este carácter de «propia»

de la cultura argentina se ha evidenciado más en la cultura popular que en la

cultura académica, tal vez porque un intelectual puede separarse de su destino

histórico por un esfuerzo de abstracción, pero el resto del pueblo no puede

—ni quiere— renunciar a su historia y a los valores y principios que él mismo

ha hecho germinar en su transcurso.

La cultura académica ha avanzado por sendas no tan claras. A la mencionada

influencia de las grandes potencias debemos agregar el aporte poderoso de la

herencia cultural europea. No tiene sentido negar este aporte en la gestación de

nuestra cultura, pero tampoco tiene sentido cristalizarse en él.

266 La historia grande de Latinoamérica, de la que formamos parte, exige a los argentinos

que vuelvan ya los ojos a su patria, que dejen de solicitar servilmente la

aprobación del europeo cada vez que se crea una obra de arte o se concibe una

teoría. La prudencia debe guiar a nuestra cultura en este caso; se trata de guardar

una inteligente distancia respecto de los dos extremos peligrosos en lo que

se refiere a la conexión con la cultura europea: caer en un europeísmo libresco

o en un chauvinismo ingenuo que elimine «por decreto» todo lo que venga de

Europa en el terreno cultural.

Creo haber sido claro al rechazar de plano la primera posibilidad. Respecto

de la segunda, es necesario comprender que la cultura europea ha fundado principios

y valores de real resonancia espiritual a través de la ciencia, la filosofía y

el arte. No podemos negar la riqueza de algunos de esos valores frente al materialismo

de las grandes potencias, ni podemos dejar de admitir que, en alguna

medida, han contribuido —en tanto perfilen principios universales— a definir

nuestros valores nacionales. Pero es hora de comprender que ya ha pasado el

momento de la síntesis, y debemos —sin cercenar nuestra herencia— consolidar

una cultura nacional firme y proyectada al porvenir. Europa insinúa ya, en su

cultura, las evidencias del crepúsculo de su proyecto histórico. Argentina comienza,

por fin, a transitar el suyo.

La gestación de nuestra cultura nacional resultará de una herencia tanto europea

como específicamente americana, pues no hay cultura que se constituya

desde la nada, pero deberá tomar centralmente en cuenta los valores que emanan

de la historia específica e irreductible de nuestra patria. Muchos de tales

valores se han concretado en la cultura popular que, como todo lo que proviene

de la libre creación del pueblo, no puede menos que ser verdadera.

Dirigir nuestra mirada a esos valores intrínsecamente autóctonos no significa

tampoco precipitarnos en un folklorismo chabacano, que nuestro pueblo no merece,

sino lograr una integración creativa entre la cultura mal llamada «superior»

y los principios más auténticos y profundos de esa inagotable vertiente creativa

que es la cultura de un pueblo en búsqueda de su identidad y su destino.

Para alentar con optimismo la tarea de configuración de una cultura nacional,

es necesario tomar en consideración tres instrumentos poderosos: los medios de

267

comunicación masivos, la educación en todos sus niveles y la creatividad inmanente

del pueblo.

Ya me he referido a los mecanismos de información de carácter masivo y sus

riesgos. Me parece obvio insistir en la necesidad de que estén, cada vez más,

al servicio de la verdad y no de la explotación comercial, de la formación y no

del consumo, de la solidaridad social y no de la competencia egoísta. No debe

olvidarse que la información nunca es aséptica, lleva consigo una interpretación

y una valoración; puede ser usada como un instrumento para despertar la conciencia

moral o para destruirla.

Unas breves palabras sobre la educación, que deberá ser objeto de fértiles

discusiones por la comunidad argentina en pleno.

Si bien cada nivel de la educación presenta problemas específicos, el denominador

común que debe enfatizar nuestro Modelo Argentino es el acceso cada

vez mayor del pueblo a la formación educativa en todos sus grados. El Estado

deberá implementar los mecanismos idóneos al máximo, creando las condiciones

para concretar este propósito, que es una exigencia ineludible para lograr

una plena armonía de nuestra comunidad organizada.

Creo que nadie puede razonablemente poner en duda que nuestro objetivo

en el campo de la educación primaria debe articularse en torno a dos principios:

creciente eliminación del analfabetismo en todas las regiones del país, y establecimiento

de las bases elementales de la formación física, psíquica y espiritual del

niño. Este segundo principio implica que ya en la infancia deben sentarse los

fundamentos para la conformación de un ciudadano sano, con firmes convicciones

éticas y espirituales, y con la íntima intuición de su compromiso integral con

el pasado, el presente y el futuro de la nación.

Esto debe incrementarse en la enseñanza media, donde es de una importancia

decisiva fortalecer la conciencia nacional, para lo cual el adolescente está sin

duda preparado [afectiva]427 y psicológicamente.

En la enseñanza superior debe cumplirse la última etapa de la formación del

hombre como sujeto moral e intelectual, pero también como ciudadano argentino.

Es por eso que en ella hacen eclosión las carencias o los logros de los niveles

427 En el original CD: “efectiva”.

268 previos. En ella también debe culminar un objetivo que tiene que impregnar

todos los niveles de la enseñanza: la inserción de las instituciones educativas en

el seno de la comunidad organizada.

Repito casi textualmente lo que afirmé respecto de la familia: no puede concebirse

a la universidad como separada de la comunidad, y es inadmisible que

proponga fines ajenos o contrarios a los que asume la nación. No puede configurarse

como una isla dentro de la comunidad, como fuente de interminables

discusiones librescas.

No necesitamos teorizadores abstractos que confundan a un paisano argentino

con un «mujik», sino intelectuales argentinos al servicio de la reconstrucción y

liberación de su patria. Pero, por otra parte, el universitario que el país requiere

debe tener una muy sólida formación académica, pues no basta utilizar la palabra

«imperialismo» o «liberación» para instalarse en el nivel de exigencia intelectual

que el camino de consolidación de la Argentina del futuro precisa.

Es por eso que convoco a los jóvenes universitarios a capacitarse seriamente

para sumarse, cada vez más, [a]428 la lucha por la constitución de una cultura

nacional, instrumento fundamental para conquistar nuestra definitiva autonomía

y grandeza como nación.

Para ello, deberán estar cerca del pueblo, que aporta el tercer elemento para

la definición de la cultura nacional: su misteriosa creatividad, que lo convierte

—además— en testigo insobornable. Testigo al que hay que escuchar con

humildad, antes que intentar imponerle contenidos que él no reconoce como

constitutivos de su ser y enraizados en la estructura íntima de su extensa patria

grávida de futuro.

  1. La vida política

La vida política de la sociedad argentina del futuro ha de realizarse en comunidad

organizada. Propongo que esa comunidad organizada configure una

«democracia social». Veamos en qué consiste tal estructura política.

428 En el original: “en”

269

La democracia social

En la noción clásica se ha entendido a la nación como la entidad integrada

por población, territorio y gobierno; y al Estado como la nación jurídica y políticamente

organizada. Pareciera ser, por lo tanto, que bastan estos conceptos

para calificar a la comunidad organizada en el sentido en que estamos considerándola.

No es así. La diferencia esencial se da en el hecho de que la concepción liberal

califica, por un lado, al individuo y, por el otro, a la organización superior.

Además, sólo reconoce prácticamente el papel de las organizaciones intermedias

denominadas partidos políticos. En la acción concreta, las organizaciones intermedias

que responden a grupos sociales o profesionales han sido calificadas

como correspondientes a una concepción corporativista del Estado.

Hemos evaluado suficientemente la enseñanza de la historia como para concluir

ahora que no necesitamos seguir en este juego pendular entre liberalismo

y corporativismo. Una toma de conciencia debidamente razonada nos pone en

situación de ir directamente hacia las estructuras intermedias completas que,

cubriendo partidos políticos y grupos sociales, den a nuestra comunidad la fisonomía

real de lo que queremos calificar como «democracia social».

La configuración política de esta comunidad organizada implica la creación

de un sistema de instituciones políticas y sociales que garanticen la presencia del

pueblo en la elaboración de las decisiones y en el cumplimiento de las mismas.

Corresponde ahora esclarecer el concepto de democracia social.

– Es social en la medida [en] que, como dije una vez, «la verdadera democracia

es aquélla donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo

interés: el del pueblo».429

– Es social, porque la sociedad es su marco, su objeto y el instrumento de su

realización, y porque el pueblo organizado en sociedad es el actor de las decisiones

y el artífice de su propio destino.

429 Es la primera de las 20 Verdades Peronistas que fueron leídas al pueblo por Perón desde los

balcones de la Casa Rosada, en 1950, durante el acto de conmemoración del 17 de octubre.

270 – Es social, en cuanto procura el equilibrio del derecho del individuo con el

de la comunidad.

Enuncio el concepto de democracia social al tratar de la vida política porque

la democracia social no puede entenderse si no es en función política. Y esta

función política, que hace al vínculo natural y necesario para asegurar la cohesión

del cuerpo social, puede tener su finalidad sólo en la realización de lo que

secularmente se ha llamado el «bien común».

Las cualidades de la democracia social

La democracia social que deseamos requiere ser caracterizada en función

de una serie de cualidades razonablemente precisas. Las siguientes son las más

importantes:

– Es la expresión de una nación que tiene una estructura de poder que le

permita tomar decisiones por sí misma en cuestiones fundamentales, referidas a

sus objetivos, a los procedimientos a llevar a cabo y a la distribución de responsabilidades

que quiera establecer en su seno.

– Es orgánica, porque se realiza en comunidad organizada y porque en tal

comunidad participan todos los grupos políticos y sociales, integrando en el

proceso nacional a todas las fuerzas representativas de los distintos sectores del

quehacer argentino.

– Procura el bien común —entendido en la concepción amplia que ha definido

la Iglesia—, y lo persigue a través del «desarrollo social del país».

– Se nutre en una ética social que supera la ética individualista, al mismo tiempo

que preserva la dignidad del valor humano.

Esta ética trasciende los límites de grupos particulares para extenderse a la

concepción de una ética nacional y, luego, integrarse paulatinamente en una

ética universal.

Esta ética es la que habrá de convertir al hombre actual en un hombre nuevo,

creador de una nueva humanidad.

Para nosotros, en nuestro ámbito nacional, es una ética esencialmente cristiana.

– Requiere una caracterización de la propiedad en función social.

271

La tierra, considerada desde una visión global y teniendo en cuenta la necesidad

objetiva de producir bienes, particularmente alimentos, y demás servicios

para su población, es un bien de producción social.

De tal forma, queda caracterizada la propiedad privada como una concepción

que realiza la sociedad, a través de la ley y en función de la historia, posibilitando

a las personas que dispongan bienes sociales. Pero debe exigirse que esa

posesión sea hecha en función del bien común, porque la sociedad estima que

la propiedad privada permite organizar la producción de bienes y servicios con

mayor sentido social y eficiencia que la propiedad común.

– Es políticamente plural, con lo que responde al pluralismo real.

La forma de pluralismo resultará de lo que el pueblo decida. Por eso, a nuestro

juicio, han de quedar eliminadas las posibilidades de un sistema de partido

único o de multiplicidad atomizada de partidos irrelevantes.

En lo que se refiere al pluralismo de los grupos sociales, se propone el ordenamiento

por funciones sociales, en entidades que agrupen a las representaciones

del trabajo, del empresariado, de los profesionales y, eventualmente, de

otros sectores de la vida social.

– Persigue la liberación de los hombres de la opresión y del poder ajeno.

Esta liberación comienza por la libertad interior, sólo alcanzable por medio

de un sentimiento que trascienda al hombre y cultive en él la actitud de servicio.

De otro modo, aún las ideologías más revolucionarias conducirían únicamente a

simples cambios de amos.

– Tiene en la representación uno de sus fundamentos vitales.

La representación está dada esencialmente por la acción política canalizada

a través de los partidos, de la cual deriva la asignación de poder político como

poder de representación y de juicio político.

Otro nivel de representatividad puede estar dado por los distintos grupos

sociales o destacadas personalidades independientes que contribuyan en la formulación

de proposiciones y en el aporte de ideas fundamentales.

– Promueve la participación auténtica, para la cual requiere, al menos, las

concepciones básicas de bien común, ética generalizada, pluralismo, solidaridad

y representatividad.

272 El ciudadano se expresa como tal a través de los partidos políticos, cuya vigencia

lleva al funcionamiento de los cuerpos políticos legislativos y ejecutivos.

Pero también el hombre, a través de su condición de trabajador, intelectual,

empresario, militar, sacerdote, etc., tiene que organizarse para participar en otro

tipo de recinto, como puede ser, por ejemplo, el Consejo para el Proyecto Nacional

Argentino. Este ente debe enfocar su tarea hacia la gran obra de formulación

del Proyecto Nacional, en la cual todo el país tiene que empeñarse.

Además de esta participación, son concebibles otras formas de participación

de los grupos políticos y sociales, a título de asesoramiento y de contribución a

la gran tarea de reconstrucción y liberación nacional, en la que debe estar empeñado

todo el país. Las formas que deba asumir esta participación están aún

abiertas a la consideración de quienes serán responsables de la misma.

– Concibe a la autoridad como la facultad de mandar según la recta razón, con

base en un orden moral y una ética superior.

– Se realiza con una concepción nacional sin xenofobia, en actitud continentalista

y universalista, de efectiva cooperación y no competitiva.

– Es «moderna», porque requiere la reestructuración orgánica y funcional en

términos de la sociedad organizada, superando las estructuras heredadas del

Estado liberal, incapaces de servir eficientemente a nuestro Modelo Argentino.

– Se plantea en términos de ideales, pero partiendo de la realidad actual y

evaluando nuestra idoneidad concreta de transformación. No configura, pues,

una utopía.

La apelación a la utopía es, con frecuencia, un cómodo pretexto cuando se

quiere rehuir las tareas concretas y refugiarse en un mundo imaginario; vivir en

un futuro hipotético significa deponer las responsabilidades inmediatas. También

es frecuente presentar situaciones utópicas para hacer fracasar auténticos

procesos revolucionarios.

Nuestro Modelo político propone el ideal no utópico de realizar dos tareas

permanentes: acercar la realidad al ideal y revisar la validez de ese ideal para

mantenerlo abierto a la realidad del futuro.

273

El nivel de conducción

En la tarea política del país, al más alto nivel, intervienen dos instancias: la

conducción política y la político-administrativa. La primera atiende a la estructura

del poder y, la segunda, a la administración del país en general, además de la

administración del gobierno en particular. Este último aspecto lo habré de tratar

en otro lugar del presente trabajo.

El principio orgánico reside en disponer [de] unidad de concepción, conducción

centralizada y ejecución descentralizada.

Los niveles en los cuales se trabaja son, en términos generales: la conducción

superior del Estado, las entidades intermedias y el pueblo, en el ámbito del ciudadano.

Dentro de este esquema hace falta una fisonomía para las instituciones de conducción.

Ella debe responder a las tareas que estas instituciones deben realizar.

Tres son las grandes tareas: planeamiento de lo que ha de hacerse, ejecución

concreta, control y reajuste del proceso.

El planeamiento debe formalizarse para el largo plazo (varias décadas hacia

el futuro), para el mediano plazo (el número de años que dura un gobierno) y

para el corto plazo (un año).

El largo plazo requiere la definición de las cualidades de la sociedad que se

visualiza para el futuro y la identificación de estrategias globales para alcanzarla.

Tal tarea requiere la constitución de un organismo específico al cual el pueblo

contribuya, a través de los mecanismos con los que cuenta y en los ámbitos que

conoce. Esta entidad puede ser el Consejo para el Proyecto Nacional, a integrarse

con todos los elementos representativos de la comunidad.

El planeamiento para el mediano plazo requiere ser realizado básicamente

por el Poder Ejecutivo, con la participación correspondiente del Congreso.

El planeamiento del corto plazo, así como la ejecución, corresponde básicamente

al equipo ministerial, salvo en las materias que hagan necesaria la intervención

del Congreso a los propósitos del control superior.

Los controles han de establecerse en varios niveles sobre la base del concepto

superior del control, para lo cual se requiere del establecimiento de una completa

red de información.

274 Señalados tales aspectos, surgen algunos requerimientos con respecto a la

fisonomía del Congreso Nacional.

La experiencia señala que la tarea creativa del Poder Legislativo se ha desarrollado,

a lo largo de este siglo, siguiendo una disciplina de trabajo que puede

ser perfeccionada.

Parece necesario que el país tenga un Congreso que sesione por un período

mayor al de cinco meses que establece la Constitución Nacional.430 Precisamente,

pareciera no resultar conveniente una «tregua política» tan prolongada, porque

lo que se requiere es mucho trabajo político en el proceso de edificación institucional

en el cual nos hallamos.

El Congreso Nacional deberá participar activamente en el proceso de programación

de la estructura institucional del país y de revisión periódica y actualización

de las normas.

Los requerimientos de la comunidad deseada introducen también algunos

requisitos a la estructura y funcionamiento del Poder Ejecutivo.

Necesitamos una Presidencia adecuadamente estructurada para conducir,

puesto que las unidades dependientes del Poder Ejecutivo constituyen centros

al servicio íntegro de la comunidad. Ello es evidente desde que la gran tarea de

ejecución pública está en sus manos.

Además, el mundo interdisciplinario, en [el] que ya se vive, exigirá una conducción

de lo externo que reclamará crecientemente la acción presidencial.

La conducción política superior debe estar siempre en manos del presidente

de la Nación, como cuestión originaria y exclusiva. Para [ello]431, y en cuanto

tiene relación con el Congreso de la Nación, necesita un vicepresidente en los

términos que actualmente provee la Constitución Nacional.

Además, la conducción del sector político-administrativo exige coordinación

de la acción ministerial. Cada ministerio debe ser concebido como un ámbito

de específica responsabilidad. Pero la instancia político-administrativa es intrín-

430 Naturalmente se refiere a la Constitución vigente en 1974. Este aspecto fue modificado con la

reforma constitucional de 1994. Actualmente, el Congreso sesiona ordinariamente desde el 1º

de marzo hasta el 30 de noviembre (nueve meses).

431 En el original CD: “ella”.

275

secamente interdisciplinaria. Para ello, el presidente de la Nación necesita [de]

la cooperación de un funcionario encargado de la coordinación ministerial. Este

coordinador puede ser un primer ministro dependiente directamente del presidente

de la República.432

La estructura institucional así concebida fortificará la capacidad de decisión y

de acción del presidente de la República al proporcionarle todos los instrumentos

necesarios para su gestión.

La organización superior de nuestro régimen político queda, entonces, definida.

El objetivo es la democracia social. La forma de gobierno que responde al

objetivo es la representativa, republicana, federal y social.

Representativa, en los términos de representación a que antes se hizo referencia.

Republicana, porque preserva la estructura de república como forma política

de nuestra nación, nutrida en el poder que proviene desde el ciudadano.

Federal, porque se preserva el vigor histórico y el valor de futuro que el federalismo

tiene para el país, interpretándose lo que se considera una concepción

mayoritaria.

Social, por los propósitos específicos antes desarrollados, que hacen a la responsabilidad

del gobierno.

Las instituciones intermedias

Cuando la concepción liberal actúa en el nivel del ciudadano y del Estado sin

aceptar más entidad intermedia que los partidos políticos, ofrece garantías no

del todo adecuadas.

Los grupos de intereses, que responden a la estructura del poder económico

imperante, pueden crear sus propios partidos, infiltrar los partidos existentes o

bien presionar sobre las decisiones gubernamentales por vía de la influencia

directa, con todos sus mecanismos lícitos conocidos.

432 Con la reforma constitucional de 1994 se ha incorporado esta figura bajo la denominación de

Jefe de Gabinete.

276 Cuando la concepción de la democracia social establece que los grupos sociales

deben integrar institucionalizadamente los cuadros intermedios de la comunidad

organizada, está ofreciendo garantías verdaderas.

En efecto, el ciudadano ha de poder participar más en función de lo que conozca

mejor. Todo trabajador sabe, por ejemplo, cuál es el verdadero sentido de

la política que lleva adelante una confederación de trabajadores.

Las concepciones de cada grupo social y de cada partido político deben estar

expresadas en forma de bases, plataformas u otros cuerpos escritos que configuren

su propia manifestación [del] Proyecto Nacional.

Si se trata de partidos políticos, su plataforma tendrá que constituir la expresión

política del Proyecto Nacional que el partido sostiene para el país. Tratándose de

grupos sociales, sus bases o estatutos doctrinarios deben configurar igualmente la

expresión [del] Proyecto Nacional que el grupo social concibe para el país.

Las instituciones intermedias tendrán que actuar procurando la unión para el

accionar de aquéllas cuya ideología sea coincidente.

En el nivel del liderazgo, esto significa la unión de todos los líderes populares

en la tarea común. La falta de unión, o aún la desunión, configura el más serio

enemigo que podemos crear nosotros mismos en la lucha por la reconstrucción

y la liberación nacional.

Desde este fundamento, se concibe que el trabajo futuro en nuestra democracia

social —desarrollándose como comunidad organizada— debe darse sobre

las bases de paz total y diálogo abierto, como método de trabajo político; [en]

búsqueda de coincidencias con todos los sectores políticos y sociales; y [como]

fundamentación del poder de los movimientos, grupos sociales y partidos políticos

en organizaciones que actúen con una corriente de poder que fluya sistemáticamente

desde las bases, con voto universal, secreto y obligatorio para todas

las manifestaciones.

El desarrollo político

Para alcanzar los caracteres de la sociedad política que perseguimos, debemos

realizar cierta adecuación de los medios existentes a partir de la situación

actual de nuestra sociedad. A esa adecuación [la] llamamos desarrollo político.

277

Consideramos que lo político tiene una precedencia absoluta en nuestro medio.

En consecuencia, debe hacerse mínimo el tiempo en que se logre la adecuación

deseada, sobre la base de que ésta se hará efectiva por medios pacíficos.

Hemos comenzado ya nuestro proceso de cambio, beneficiados por la profunda

movilización política que en el país se viene produciendo desde hace 30

años.

El desarrollo político deberá sustentarse tomando como premisa fundamental

que la verdad debe primar sobre toda otra consideración y que constituye la

única realidad tangible.

La verdad política debe estar presente en todas las manifestaciones, y debe

ser vigorizada de manera perseverante. Para ello, es necesario que, en la lucha

política, la violencia sea definitivamente reemplazada por la idea.

La política exterior

La paz mundial y la felicidad de los pueblos deberán constituir los objetivos

esenciales en la conducción de la política exterior argentina. Una paz que, para

nuestro país, se sustente en la plena vigencia de la soberanía política, de la justicia

social y de la independencia económica.

La confraternidad con todos los pueblos del mundo, el respeto absoluto a

su autodeterminación y la igualdad jurídico-política de los Estados, deben guiar

nuestro accionar.

Desde el momento en que una nación sólo ha de cumplir su vocación de

destino si el pueblo que la predetermina se realiza como tal, la política exterior

argentina tiene en éste su principal fundamento.433

Argentina se incorpora decididamente al desafío de los tiempos y, con su sentido

de humildad y de grandeza, logrará que su voz sea escuchada y respetada

en el ámbito de las decisiones internacionales.

433 Para una mejor comprensión de la frase: [Si una nación cumple con su vocación de destino sólo

cuando el pueblo que la predetermina se realiza como tal, la política exterior argentina tiene

en éste su principal fundamento].

278 El año 2000 presentará a la humanidad actuando en un sistema internacional

estructurado sobre la base de un equilibrio pluripolar; y a nuestro país, en particular,

en su condición de Argentina Potencia, habiendo sobrepasado la etapa

de continentalización política de América Latina y en plena participación con el

resto de los países del mundo.

Sobre la base de una política de paz y de cumplimiento estricto de los compromisos

internacionales, considero que la política exterior argentina debe encauzarse

a través de los siguientes lineamientos generales:

  1. a) Respeto de la soberanía de los Estados, la autodeterminación de los

pueblos y el pluralismo ideológico, exigiendo su correspondiente reciprocidad.

  1. b) Intensificación de las relaciones con todos los países del mundo, sin

exclusiones ideológicas, políticas o económicas.

  1. c) Vigencia plena de la «tercera posición» en un ámbito de recíproca solidaridad

con los pueblos que aspiren a su liberación.

  1. d) Estrecha asociación y comunidad de esfuerzos, en especial con los

países que conforman el «tercer mundo» y, colateralmente, con todos aquéllos

que conciban y respeten nuestros principios básicos sobre convivencia

universal.

  1. e) Defensa sistemática de los recursos naturales, científicos y técnicos, en

el marco mundial, dentro de un ámbito de recíproca cooperación de esfuerzos

y de utilización de [los] resultados.

  1. f) Conducción de una política exterior auténticamente fundada en las grandes

coincidencias nacionales, al servicio de nuestro pueblo, único protagonista

y destinatario de la misma.

Tales objetivos exigen un servicio exterior altamente capacitado para el cumplimiento

de su función específica, tanto desde el punto de vista ideológico

como técnico-profesional, y cuyos únicos objetivos radiquen en la preservación

y grandeza de la patria.

La «hora de los pueblos» está definitivamente en marcha. La «tercera posición»

sustenta nuestro accionar.

El «tercer mundo» constituye una realidad irrefutable.

Debemos recuperar la iniciativa que tuviéramos hace ya tres décadas, como

pioneros de una nueva mentalidad mundial.

Con tal propósito, tenemos que transformar nuestro estado de conciencia en

acción deliberada y, con ello, concretar el pensamiento universalista que nos

anima.

 

  1. El ámbito económico

Caracterización general

Los principios y medidas generales que el Modelo Argentino propone en el

campo económico deben comprenderse como justificados y fundados en las bases

filosófico-políticas previamente delineadas. Es por eso que, en varias oportunidades,

he sostenido que la dimensión política es previa al ámbito económico.

El Justicialismo comprende a lo económico como naturalmente emanado de

un proyecto histórico-político de carácter intrínsecamente nacional, social y cristiano.

En tal sentido, el objetivo fundamental es servir a la sociedad como un todo,

y al hombre no sólo como sujeto natural sometido a necesidades materiales de

subsistencia, sino también como persona moral, intelectual y espiritual.

En rigor, nuestra concepción tampoco supone que la búsqueda del beneficio

personal invariablemente redunda en el bien de toda la sociedad.

Por el contrario, la actividad económica debe dirigirse a fines sociales y no

individualistas, respondiendo a los requerimientos del hombre integrado en una

comunidad y no a las apetencias personales.

Esta interpretación amplia y solidaria de la actividad económica llevará implícita

una definición clara del concepto de beneficio, ubicándolo no ya como un

fin en sí mismo, lo que daría como resultado una utilización de los recursos en

función de un individualismo egoísta, sino como la justa remuneración del factor

empresarial por la función social que cumple.

Preservamos así el estímulo para fomentar el incremento de la gestión empresarial

privada, con su dinamizadora dosis de creatividad, pero enmarcada dentro

de un contexto donde debe prevalecer una distribución socialmente justa.

280 La esencia de nuestra «tercera posición» consiste en anhelar una sociedad eminentemente

creativa y justa, en la cual la conducción económica pertenezca al

país como comunidad armónica, y donde los logros económicos no [atenten]434

contra la libertad y la dignidad del hombre.

Pero cada uno de mis conciudadanos debe tener muy en claro que la única

posibilidad de que lo anteriormente expuesto no quede en meras expresiones

de deseo, reside en que todos los argentinos participemos de una profunda revolución

ética que, en verdad, implica una auténtica toma de conciencia cristiana.

Nuestra concepción económica no es aséptica, no puede aplicarse como un

conjunto de medidas técnicas si no está integrada en una visión del hombre y el

mundo de carácter radicalmente nacional.

Para la conformación económica de nuestra sociedad resulta indispensable

obtener la coincidencia generalizada de todos los sectores, hecha realidad a través

de un compromiso firme, estable y, por ende, cuidadosamente elaborado a

través de lo que será el Proyecto Nacional.

Necesidad de considerar el ámbito supranacional

Hasta el momento ha prevalecido, en casi todos los países, la concepción restrictiva

de desplegar la actividad económica con el solo fin de lograr el máximo

bienestar para sus habitantes. De ahora en más, el panorama se amplía, tendiendo

a aunar esfuerzos en el nivel regional e internacional a fin de, en mutua colaboración,

elevar las condiciones de vida de la sociedad universal del porvenir.

El mundo del futuro se está orientando hacia nuevas formas [en virtud de

las cuales] ya no tendrá sentido435 analizar los problemas como exclusivamente

nacionales. Será preciso condicionarlos a la evolución general de la humanidad,

en la que el progreso de la ciencia y la tecnología, por una parte, y la expansión

demográfica, por la otra, influirán decisivamente sobre los sistemas socio-económicos.

Por lo tanto, las soluciones de los diversos problemas en el nivel nacional

434 En el original CD: “atentan”.

435 En el original: “donde ya no tendrá sentido”.

281

no podrán ser [logradas]436 plenamente si buscan su concreción exclusivamente

dentro del país, como si éste fuera un compartimento estanco.

Toda labor económica se hace efectiva persiguiendo metas determinadas y

considerando las restricciones propias de las circunstancias. En tal sentido, el futuro

exigirá perseguir metas mundiales, en función de posibilidades también mundiales.

Por consiguiente, en la medida [en] que Argentina oriente su accionar económico

en tal dirección, será mayor su trascendencia en el orden internacional.

El desarrollo no debe quedar en manos de unos pocos, o de grupos poderosos,

como tampoco debe responder a la concepción de una sola comunidad

política o de las naciones más fuertes. Por el contrario, todos los sectores dentro

de cada país, y el conjunto de las naciones en el orden internacional, deben

participar en dicha tarea.

Esto no constituye una utopía, pero tampoco es tarea fácil de lograr, particularmente

en un mundo convulsionado política e ideológicamente, donde el

interés privado prevalece sobre el interés social.

Es necesario avanzar gradualmente, por etapas, evitando las formas violentas

de cambio que sólo significan tremendos costos sociales para cualquier comunidad

organizada. Los acuerdos en el nivel nacional y las integraciones regionales

son el primer paso trascendente para alcanzar la meta propuesta y, para ello, el

país debe estructurarse como un verdadero sistema.

En él debe disponerse de un medio que oriente la acción y, al mismo tiempo,

sirva de patrón para confrontar las realizaciones, como entiendo debe ser el

Proyecto Nacional.

Necesidad del acuerdo interno

Difícil resultará integrarse dentro del marco regional y, más aún, del internacional

si, previamente, no establecemos las bases de acuerdo dentro del país.

Se deben definir las políticas en las distintas actividades y comprometer a

todos los sectores sociales. Cada uno en su función deberá realizar una tarea

solidaria para aprovechar al máximo la capacidad creativa del país.

436 En el original: “logrados”.

282 Los compromisos que se contraigan serán concretos, efectivos y estables,

independientemente de quién ejerza el liderazgo o el gobierno, porque esto último

es circunstancial, mientras que estas medidas deben ser permanentes, aun

cuando actualizables.

Los planes de desarrollo constituyen la expresión económica de este acuerdo

general e indican el camino y las metas a lograr, basadas en apreciaciones sensatas

y acordes con la realidad presente y la estimación del futuro. La planificación

desmedida conduce inexorablemente a la pérdida de la libertad y de la creatividad,

o bien a la subestimación y abandono de los fines perseguidos; mientras

que la falta o insuficiencia de la acción planificada conduce al derroche de

recursos, debilita y —finalmente— deja a la nación a merced de los poderosos.

Las necesidades y la oferta de bienes y servicios

Resulta paradójico observar cómo, en un mundo que siente cada día con

mayor fuerza la presión de la escasez de los recursos primarios, algunas concepciones

tratan, por todos los medios, de fomentar el consumo en forma irracional

y dispendiosa. Esto no sólo torna cada día más oscuras las posibilidades de las

generaciones futuras, sino que refuerza los lazos de dependencia especulativa

de grupos e intereses privados reñidos con el interés de la comunidad.

La exigencia de una sociedad plenamente realizada no sólo implica pensar en

el presente sino también en el futuro. Para ello, debemos regular y analizar las

necesidades dando preeminencia a las más auténticas, compatibilizándolas con

nuestra liberación, dentro de un marco de “democracia social”.

A tal fin, sería conveniente que existiesen los medios que identifiquen objetivamente

esas necesidades, con el propósito de canalizarlas y sugerir su satisfacción,

aun cuando el pueblo no haya llegado a expresarlas en forma de demanda

concreta.

Lo afirmado precedentemente implica reconocer que la demanda no puede

ni debe ser identificada exclusivamente a través del mercado, sino que requiere

algo de mayor contenido social.

283

Para lograrlo, será necesario previamente establecer una escala de valores a

partir de la cual el patrón de demanda se ajuste a la concepción social y universalista.

La oferta interna de bienes y servicios deberá, entonces, responder a esta demanda

y, para ello, todas las fuerzas productivas coordinarán su acción a fin de

lograr una sociedad realizada en los términos expresados.

La preservación de nuestros recursos, particularmente los agotables, [y] el

permanente control sobre ellos y sobre el proceso productivo, son requisitos

indispensables que, de no alcanzarse, harán naufragar cualquier intento de desarrollo

y real independencia.

La producción y el aprovechamiento de los recursos

Es habitual, cuando se hace referencia a la producción, centrar fundamentalmente

la discusión en dos grandes áreas: nivel de autosuficiencia económica y

papel del Estado en el proceso productivo.

Tal vez en el pasado, [cuando se procedía entendiendo al país como compartimento

estanco y las concepciones ideológicas]437 se alineaban en posiciones extremas,

dicha discusión tenía algo de sentido. En la época actual, y para mentes

con visión de futuro, enfoques de tal naturaleza carecen de todo valor.

Es indudable que, si hacemos referencia a un mundo que tiende cada día más

a acelerar su integración y a coparticipar en la solución del problema de la escasez

de recursos tratando de incrementar el comercio internacional y de integrarse

en el proceso productivo, resulta pueril y contradictorio dispersar esfuerzos.

Esto no implica aceptar o mantener las estructuras productivas tal como están,

consolidando la dependencia. Nuestra Argentina cuenta con una naturaleza pródiga

en recursos, una mano de obra cualitativamente comparable a la que poseen

países con un elevado desarrollo y un grupo empresarial creativo y pujante.

437 En el original CD: “Tal vez en el pasado, donde se procedía entendiendo al país como compartimento

estanco y donde las concepciones ideológicas…”.

284 Dicho en otros términos, se dan las condiciones para armonizar una estructura

económica agropecuaria con una industrial sin que el progreso de un sector

se logre a costas del otro.

Lo fundamental es que cada producto que salga al mercado, y en particular

al internacional, cuente con el mayor valor agregado que los factores de la producción

permitan y, por otra parte, que se consolide una integración del proceso

productivo en el nivel regional interno, continental y, finalmente, universal.

El pleno empleo de los recursos tendrá entonces un verdadero y sólido sentido,

[y] no tomará la forma de una expresión de deseos de plataforma política

con fines electorales.

De nada servirá disponer de generosos recursos naturales si éstos permanecen

inexplotados; es imprescindible orientar los mayores esfuerzos para utilizar,

particularmente, aquéllos que se poseen en forma abundante en relación con las

propias necesidades, pero sin perder de vista un uso racional para los agotables.

Es aquí donde el establecimiento de metas cuantitativas, previa investigación

inteligente y realista de nuestras reservas, adquiere especial relevancia. En todo

proceso productivo hay insumos críticos que condicionan severamente la actividad

industrial y la productividad del sector agropecuario. Es respecto de ellos

que adquiere verdadero sentido el concepto de autosuficiencia y ruptura de la

dependencia.

Ésta es la otra área hacia donde deben canalizarse los esfuerzos del sector

público y privado, ya sea actuando en forma independiente o conjunta.

El Estado [en] la actividad económica

La trascendencia del Estado en la actividad económica depende de su grado

de injerencia en este campo, así como de la modalidad y calidad de su participación.

En la función empresarial, el Estado tendrá un papel protagónico o complementario

de la acción privada, según que las exigencias presentes o futuras así

lo aconsejen. Debe destacarse, como un deber ineludible, la idoneidad con que

el Estado asuma dicho rol, materializado a través de su gestión empresarial.

285

La empresa del Estado no es un vehículo para alimentar una desocupación

disfrazada o para transformarse en fuente de trabajo o de ingresos de quienes

ejerzan circunstancialmente el manejo de la cosa pública. Es el camino para satisfacer

básicas necesidades de la comunidad.

La experiencia indica que nadie critica a una empresa por el solo hecho de

ser del Estado, sino por el resultado de su gestión. Nadie reaccionará contra el

control y supervisión que el Estado realiza sobre el quehacer económico si éste

es llevado a cabo no sólo con honestidad sino también con idoneidad, y si tanto

el Estado como el sector privado se hallan plenamente identificados con un

Proyecto Nacional, un fin superior en el que no caben mezquindades ni turbios

manejos especulativos.

De lo expresado surge como de imperiosa necesidad el intensificar el proceso

de formación y perfeccionamiento del funcionario público.

La función pública debe ser ejercida con idoneidad técnica y capacidad de

decisión. Pero estas cualidades, necesariamente, tienen que sustentarse en la

adhesión plena por parte del funcionario a la idea de que él es parte integrante

de una comunidad que busca perfilar un Proyecto Nacional, ante cuyos fines

superiores quedan relegados los objetivos meramente individuales o sectoriales.

El rol del capital extranjero

Argentina ha sido siempre un país abierto a la participación externa; también

lo será en el futuro; pero es imprescindible disciplinar dicha participación determinando

las áreas de su injerencia y el rol que debe cumplir en nuestra vida

social, política y económica.

Ningún país es realmente libre si no ejerce plenamente el poder de decisión

sobre la explotación, uso y comercialización de sus recursos, y sobre el empleo

de sus factores productivos. Por ello, es necesario determinar las reglas de juego

que habrán de regir la participación del capital extranjero y, una vez establecidas,

asegurar su estabilidad y, fundamentalmente, hacerlas cumplir.

El progreso económico dependerá exclusivamente de nuestro propio esfuerzo;

de allí que el capital extranjero deba tomarse como un complemento y no

como factor determinante e irreemplazable del desarrollo.

286 La formación y distribución del ingreso

La elevación permanente y sostenida del nivel de ingresos y su distribución

con criterio de justicia social es, y así debiera reconocerse unánimemente, la

finalidad de todo proceso de desarrollo.

Poco nos dirán los impactantes índices de crecimiento global si no vienen

acompañados de una más equitativa distribución personal y funcional de los ingresos

que termine, definitivamente, con su concentración en reducidos núcleos

o élites que han sido la causa de costosos conflictos sociales.

Debemos crear el país del futuro para las generaciones venideras, pero partiendo

de la base [de] que las presentes deben participar plenamente en su configuración.

Sería socialmente injusto que, con el objeto de acelerar el desarrollo, se afectasen

ostensiblemente las posibilidades de realización de quienes precisamente

lo generan. Por otra parte, es cristianamente inaceptable que este desarrollo se

materialice a expensas de los más necesitados. El costo debe ser repartido proporcionalmente,

de acuerdo con las posibilidades de cada uno.

Cuando se habla de distribución funcional, suele predicarse que, para favorecer

el proceso de crecimiento económico, es conveniente remunerar en una

mayor proporción al factor capital y empresarial en detrimento del trabajo. Aun

cuando esto técnicamente pudiera tener visos de realidad, es socialmente injusto

y, por lo tanto, debe desecharse de nuestra doctrina nacional.

Por el contrario, es condición necesaria estimular sostenidamente a este último

factor que, precisamente, está integrado por los estratos más bajos de la

escala social y, para ello, debe intensificarse el uso de los diversos mecanismos

que incrementan el ingreso real, tarea en la cual el Estado tiene una responsabilidad

impostergable.

La solución del déficit habitacional; la ampliación y difusión de los servicios

que hacen a las necesidades primarias, a la educación y al esparcimiento; los

subsidios a la familia numerosa y a las clases pasivas, son meros ejemplos de lo

que el Estado debe concretar en forma amplia y eficiente, o sea cuantitativa y

cualitativamente en relación con la necesidad.

287

La inflación, cualquiera sea su origen, tanto como el control de la oferta y, por

ende, de los precios por parte de estructuras con poder monopólico, en todos

los casos, terminan con una distorsión del ingreso y generan una distribución

regresiva del mismo.

Es aquí también donde el Estado debe estar presente y, para ello, no bastará

con atacar los efectos, sino las causas que [los originen]438. En este quehacer deberá

actuar con el máximo poder que le confieren sus facultades.

No es suficiente que exista, además de una adecuada tasa global de crecimiento,

una buena distribución personal y funcional, si regionalmente existen

serios desniveles.

La sociedad argentina está integrada por el hombre de la ciudad y del campo,

de las grandes urbes y de los pequeños conglomerados, aún de aquéllos ubicados

en la zona fronteriza. Todos deben participar en el esfuerzo, pero todos

deben también gozar de los beneficios.

La distribución regional de los ingresos debe ser también motivo de especial

preocupación, no sólo del Estado sino de toda la comunidad. Los gobiernos

provinciales, en pleno uso de las facultades que otorga un sistema federal, deben

poner todo de sí y crear conciencia popular de solidaridad para ayudar a

las áreas sumergidas.

Mientras exista una sola familia cuyo ingreso esté sólo en un mero nivel de

subsistencia o, peor aún, por debajo de éste, no habremos logrado en modo

alguno un nivel económico con justicia social.

Con respecto al capital extranjero, sería utópico pretender que no reciba una

participación por su aporte en el quehacer nacional.

No es esto lo que realmente importa, sino las fuentes que dan lugar a tales

ingresos. Es por ello que la comunidad, en general, y el Estado, en particular,

deben definirlas con claridad.

Existen empresas y organizaciones internacionales que aún hoy persisten en

manejarse con pautas de explotación y especulación, sin darse cuenta [de] que

los países del presente, por pequeños que sean, han aprendido la lección y van

ejerciendo, cada día con mayor vigor, la defensa de sus propios intereses.

438 En el original CD: “lo originan”.

288 Nuestra patria ha avanzado en tal sentido, pero es necesario lograr aún mayores

progresos. No podemos olvidar que somos los únicos responsables de los

éxitos o fracasos que el país experimenta.

Cabe aquí recordar, nuevamente, lo expresado en materia de capacitación

de nuestros hombres públicos, funcionarios y aún empresarios. Sólo una firme

formación moral y una elevada idoneidad técnica permitirán seleccionar adecuadamente

las fuentes que dejen un beneficio real para el país.

El agro

El mundo actual observa, con creciente preocupación, el paulatino agotamiento

de los recursos naturales, al punto de temer el desencadenamiento de

una crisis en materia de productos esenciales para la subsistencia de la humanidad.

Nuestro país, en tal sentido, resulta un privilegiado de la naturaleza y una

esperanza para la sociedad en la etapa universalista, en razón de sus potencialidades

en materia de recursos naturales. De allí que la definición de una política

estable y definida para el agro constituye una responsabilidad ineludible de las

generaciones del presente para con las del futuro.

Esta política debe señalar, con precisión, los objetivos a alcanzar en materia

de colonización, infraestructura, régimen de tenencia de la tierra, explotación,

investigación, capacitación e incentivos, para lograr, a la vez, una fuente continua

de riqueza para el país y un aporte vital para el mundo del futuro, con

criterio de solidaridad universal.

Ambos conceptos, fuente sostenida de riqueza y solidaridad universal, implican

necesariamente hacer un uso racional de nuestras tierras aptas, como así

también realizar un esfuerzo sostenido para agregar a éstas las hoy ociosas o

deprimidas.

La colonización de nuestras tierras adquiere, en razón de lo expuesto, una

importancia tal vez superior a la que se le asignara en épocas pasadas pero,

simultáneamente, es amenazada por mayores condicionamientos y dificultades.

El paulatino desplazamiento de la población rural hacia los centros urbanos,

las necesidades propias de la vida moderna, la complejidad de los medios técni289

cos y niveles de inversión requeridos para la explotación agrícola, son aspectos

que condicionan el logro de este objetivo.

No podrá pensarse en colonizar si, previamente, no creamos los medios que

aseguren a los inmigrantes que necesitaremos [las] condiciones de vida propicias

para su desplazamiento.

Ello, indudablemente, implica un esfuerzo económico de magnitud trascendente

y una planificación detallada con determinación de prioridades. En tal

sentido, será preferible un plan con metas no excesivamente ambiciosas, escalonadas

en el tiempo y por zonas, pero basado en posibilidades reales de concreción,

a otro ambicioso que permanezca en el plano teórico o sea usado como

mera herramienta de propaganda ideológica o partidista.

Simultáneamente, con la creación de la infraestructura destinada a hacer digna

la vida de la población rural, será necesario considerar la requerida para posibilitar

la explotación de las tierras en condiciones de productividad creciente

y de agilización de las etapas de distribución, almacenaje y comercialización de

los productos.

Entendemos que la tenencia de la tierra implica la responsabilidad de no

atentar contra la finalidad social que debe satisfacer la explotación agraria. Dicha

finalidad social sólo se cubrirá cuando la tierra sea explotada en su totalidad y

en relación con su aptitud real y potencial, tomando el lucro como un estímulo

y no como un fin en sí mismo.

La tierra no es básicamente un bien de renta sino un bien de trabajo. El trabajo

todo lo dignifica.

La explotación de las tierras implica considerar un dimensionamiento óptimo

y una conservación adecuada del suelo; ambos aspectos deben ser evaluados

dentro de un contexto eminentemente técnico y con miras a lograr consenso y

no enfrentamientos de grupos o sectores.

La experiencia indica que muchas discusiones, particularmente en lo que

concierne a subdivisión de las tierras, se han orientado —o han sido fuertemente

condicionadas— por razones meramente ideológicas más que de beneficio para

la sociedad en su conjunto.

La actividad productiva dentro del sector primario no ha escapado a la influencia

de la continua revolución tecnológica que es un signo de nuestros tiem290

pos. Más aún, puede observarse que, en los últimos años, se hacen denodados

esfuerzos para lograr nuevos procedimientos que compensen la no reproductividad

de la tierra con el crecimiento sostenido de la población mundial.

La República Argentina, como poseedora de un vasto territorio con especial

aptitud para su explotación, no puede, bajo ningún concepto, quedar rezagada

tanto en el uso de tales nuevos procedimientos como en el proceso de investigación.

La creación y estímulo para lograr una conciencia en esta materia debe ser

responsabilidad no sólo del Estado sino también de los sectores privados que

participan en esta actividad.

Los actuales centros de experimentación y de formación de mano de obra

capacitada necesitan contar con el decidido apoyo público y privado. Pero éstos,

a su vez, deben basar sus planes de acción sobre objetivos y metas concretas y

acordes con las posibilidades del país.

No resulta novedoso señalar la natural resistencia de muchos trabajadores

rurales a la implantación de nuevos métodos, procedimientos y herramientas,

tendientes a proteger el suelo, incrementar la productividad y cultivar nuevas

especies. Sin embargo, pareciera que los esfuerzos para lograr un cambio radical

y definitivo resultan todavía insuficientes.

Por tal motivo, el Estado, en particular, y las organizaciones rurales, en general,

deberán coordinar sus esfuerzos a fin de profundizar los cambios y hacer

evidentes los beneficios que los mismos traerán aparejados. Un hombre de campo

con una mentalidad moderna y de futuro es el factor insustituible del progreso

del sector, más allá de toda medida administrativa o de estímulo a la actividad.

Todo lo señalado hasta este punto implica un esfuerzo económico-financiero

que va más allá de las posibilidades del sector y, por tal razón, el Estado debe,

ineludiblemente, acudir como apoyo real y estímulo, como así también hacer un

uso intenso de su poder como fiscalizador, control y regulador.

En cuanto al apoyo, éste debe materializarse a lo largo de todo el espectro

de actividades que, directa o indirectamente, hace al quehacer agrario; desde

la capacitación técnica hasta la creación de condiciones para la explotación,

pasando por el apoyo financiero para las distintas etapas de la producción y

comercialización.

291

Sólo podremos exigir el cumplimiento de un compromiso social si, previamente,

facilitamos los medios básicos para llevarlo a cabo.

El asesoramiento técnico, el apoyo crediticio, la política fiscal y el desarrollo

de cooperativas agrarias, son instrumentos que deben usarse en forma intensa,

particularmente para aquéllos que se encuentran en inferioridad de condiciones

para producir.

El apoyo para lograr el aprovechamiento de las zonas ociosas debe ser motivo

de especial preferencia, pero una vez satisfechas adecuadamente las necesidades

en las zonas aptas.

En su función fiscalizadora, de control y regulación, el Estado debe previamente

definir, con absoluta claridad, su participación y, una vez logrado el consenso

general, se deberá proceder sin solución de continuidad.

Nuevamente aquí la política fiscal cumple un decidido papel para obligar a

la explotación racional de los recursos, evitando capacidades ociosas. Producir

cada día más, manteniendo la fertilidad de las tierras, debe ser criterio rector.

La intervención directa en el proceso de comercialización interna y externa,

como así también en la fijación de precios que aseguren un beneficio normal y

una eliminación de la incertidumbre del futuro, son también responsabilidades

que el Estado no debe, bajo ningún concepto, delegar y, menos aún, olvidar.

La industria

El sector industrial ha ido creciendo en la Argentina hasta convertirse en parte

importantísima de la actividad económica, de ahí la necesidad de delinear, a

grandes trazos, cuáles serán las pautas que han de regir el comportamiento de

ese sector dentro de la comunidad que anhelamos.

Me parece evidente que nadie puede, razonablemente, dudar [de] que la planificación

es imprescindible, de ahí que, una vez identificadas las necesidades

auténticas de la sociedad, habrá que cuantificarlas. Deberá, entonces, determinarse

cuánto y qué producirá el Estado; cuánto y qué, el sector privado.

En lo que concierne a la actividad industrial estatal, la planificación será estricta

y la coordinación de los esfuerzos, máxima. Para el quehacer privado se

292 establecerán marcos —con la flexibilidad que las circunstancias sugieran— dentro

de los cuales el empresariado desenvolverá su capacidad creativa.

Si tanto el Estado como el sector privado comprenden que su meta es la

misma —el bienestar de toda la comunidad— la determinación de los límites de

acción no puede ser conflictiva.

Sin embargo, el Estado deberá evitar que estos marcos que encuadren la actividad

privada sean excesivamente cambiantes o confusos, pues esto sumiría al

empresariado en la incertidumbre, desalentaría las inversiones y fomentaría la

especulación.

El capital foráneo ocupará también un lugar dentro del esquema industrial,

aquel lugar que el país juzgue conveniente para sus propios intereses. Hay que

tener siempre presente que aquella nación que pierde el control de su economía,

pierde su soberanía. Habrá que evitar, entonces, que esa participación

extranjera —en forma visible o embozada— llegue al punto de hacernos perder

el poder de decidir.

Ya he afirmado, y volveré más adelante sobre esto, que la tecnología es uno

de los más fuertes factores de dependencia en la actualidad. Resulta importante

enfatizar que este hecho se agudiza en el caso del sector industrial.

Si nuestra industria es ya fuerte, en el Modelo la deseamos aún mucho más

importante.

Necesita, entonces, una tecnología que cimente su desarrollo, pero esta necesidad

no debe instrumentar la acción de un poderoso factor de dependencia.

La alternativa surge clara: tenemos que desarrollar en el país la tecnología que

nutra permanentemente a nuestra industria.

Estado y sector privado deben volcar todos sus esfuerzos en ese sentido, cada

uno en la medida de sus posibilidades. El gasto en investigación y desarrollo

debe ser tan grande como jamás lo haya sido hasta ahora, pero tan bien programado

como para soslayar cualquier posibilidad de despilfarro. Deben aprehenderse

bien estos conceptos, pues son absolutamente esenciales: sin tecnología

nacional no habrá una industria realmente argentina, y sin tal industria podrá

existir crecimiento, pero nunca desarrollo.

La tarea que se propone no es fácil. Hay que remontar la herencia de un

esquema ferozmente competitivo, en el que sólo primaban fines solitarios, o

293

simplemente grupales, que dieron lugar a una batalla entre intereses, de la cual

generalmente salieron mal parados los más débiles. El sector industrial privado

es ahora convocado a colaborar, con su quehacer específico, bajo una perspectiva

totalmente distinta. El Estado debe orientarlo en su acción, señalándole

claramente cuál ha de ser su rol en los programas de desarrollo y haciéndolo

participar activamente en la elaboración de la política económica. No deben

quedar dudas de que, cuando hablo de sector privado industrial, me refiero

tanto a empresarios como a trabajadores, nucleados unos y otros en sus organizaciones

naturales.

Si, como ya afirmé, el mercado no constituirá la referencia fundamental en

la determinación de las necesidades auténticas de la comunidad, el sistema de

precios no será —en algunos sectores— el impulsor de las decisiones de inversión.

El Estado tendrá, entonces, que suplir este posible déficit, ya sea mediante

su acción directa como inversor o bien, indirectamente, a través de su política

económica.

Al Estado le cabe también la responsabilidad de relevar asiduamente el comportamiento

del sector industrial en su conjunto, en una acción fiscalizadora,

tanto de control como de apoyo.

Por otra parte, es imprescindible que el sector privado continúe fortaleciendo

su mentalidad exportadora, a lo que contribuirán, seguramente, el desarrollo de

una tecnología íntegramente nacional, acorde con los más altos niveles alcanzados

mundialmente, y la eficacia en el manejo de la política internacional del

gobierno.

Volveré sobre algunas de estas cuestiones cuando me refiera al papel que, en

nuestra futura comunidad, debe desempeñar el empresario.

En síntesis, es menester dejar sentado que los sectores público y privado han

de concertar firmemente su acción en los planes de desarrollo industrial que

conjuntamente determinarán. Cada uno de ellos actuará a través de sus organizaciones,

y ambos deben reconocer ampliamente que uno de los factores de producción

—el trabajo— necesita participar en forma auténtica de los beneficios

que tan esencialmente concurre a gestar.

294 5. La ciencia y la tecnología

Conceptos básicos

Si bien la importancia de la ciencia y el desarrollo tecnológico normalmente

se asocia con los países rectores en el mundo, es imperioso señalar que la ciencia

y la tecnología tienen una función primordial que cumplir en los países de

menor desarrollo relativo en busca de una mayor autodeterminación y solución

de sus problemas particulares.

La tecnología constituye un conjunto de conocimientos directamente aptos

para la producción. Tal conjunto tecnológico puede provenir de fundamentos

empíricos de actividades de producción [o] de la actividad de investigación y

desarrollo del sistema científico-tecnológico propiamente dicho.

Para asumir las proposiciones que este Modelo formula más adelante, es

esencial señalar que la tecnología es, hasta cierto punto, una forma especial

de «mercadería». Siendo inmaterial, es acumulable; entra como un recurso en

la producción; es susceptible de todas las transacciones económicas corrientes

(compra-venta, importación, exportación, etc.); constituye un verdadero patrimonio;

está sujeta a posibilidades de sustitución, a caer en obsolescencia y a

otros eventos que afectan a los bienes corrientes.

Toda la acumulación de conocimientos tecnológicos se ha hecho, normalmente,

a partir de modos de conocimiento elemental, que se han ido combinando,

por un proceso racional, en forma cada vez más compleja.

Internacionalización del conocimiento

Pese a que es necesario compensar el costo de la producción del nuevo

conocimiento tecnológico y retribuir el esfuerzo que ha demandado originarlo,

resulta una realidad concreta que el mundo en desarrollo requiere que ese conocimiento

sea libremente internacionalizado.

Esta exigencia contribuirá al logro de la ansiada comunidad mundial, donde

cada país debe asumir la mejor disposición para su aporte al bienestar de los

demás, preservando su autonomía y capacidad de decisión.

295

Dependencia tecnológica

Ciertos sectores de nuestra economía han dependido, y aún dependen, de

la importación de tecnología extranjera. Tal dependencia constituye, en alguna

medida, un aspecto particular de dominación.

Eliminar totalmente la importación de tecnología no constituye un paso próximo

a lograr, pero sí debe ser reducida a lo estrictamente imprescindible.

La sociedad que anhelamos para el futuro debe comprender que el problema

científico-tecnológico está en el corazón de la conquista de la liberación.

Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace imposible.

El mundo es, en esta materia, cada vez más interdependiente, y nuestro potencial

actual ya tiene la capacidad crítica necesaria para permitirnos una política

nacional inteligente que concentre ese potencial, lo trabaje con programas efectivos

y unidad de criterio, y opere recíprocamente con todos los centros del mundo.

Tiene que generalizarse también la idea de que la dependencia tecnológica

es más difícil [de] revertir que la dependencia comercial o financiera. En lo comercial,

pueden modificarse rápidamente estructuras; y en lo financiero, lograrse

un cambio de financista.

Lo científico-tecnológico requiere una larga sedimentación que exige la acción

decantadora del tiempo, y sólo rinde fruto real cuando alcanza cierto nivel

de costo y aceptable grado de perfectibilidad.

Lo importante es que, en materia de ciencia y tecnología, debe trabajarse para

el presente y el futuro al mismo tiempo.

Este concepto tiene una seria implicación inmediata: toda tecnología incorporada

desde el exterior —y aún la tecnología nacional— puede desarrollarse con

limitaciones o bien ser ampliamente difundida.

No ayuda a la liberación la existencia de estrechos compromisos tecnológicos.

Ésta es una clara orientación que la sociedad debe tener en cuenta para

establecer reglas de juego precisas en el proceso de incorporación de tecnología

y de capital extranjeros, así como para el comportamiento de los sectores productores

y usuarios de tecnología en el nivel nacional.

Además, como el ritmo de crecimiento depende del ritmo de aplicación de

tecnología en función productiva, en la medida [en] que se quiera un crecimien296

to suficiente del producto, será también necesario llegar a, por lo menos, cierto

nivel de desarrollo tecnológico propio.

Es muy difícil determinar cuál es el nivel de acumulación de conocimientos

científicos suficiente. En tal sentido, la sociedad deberá tratar de establecer algunos

criterios razonablemente objetivos, para que pueda tomarse una decisión

sobre el particular.

La cuestión es fundamental, pues no puede existir heterogeneidad alguna

entre el nivel de suficiencia científico-tecnológica y el de los recursos que se

vuelquen en su desarrollo.

Elección de objetivos

La sociedad científico-tecnológica que propongo a partir de la evaluación

conceptual expuesta, debe elegir ciertos objetivos esenciales en su acción permanente.

Para establecer estos objetivos hay que tener en cuenta que todos los

ámbitos de la actividad económica requieren de lo científico-tecnológico una

determinada conducta en lo que hace a logros y procedimientos.

Esto define algunos caracteres de la fisonomía que debe tener el campo de la

ciencia y la tecnología. Otros derivan de sus propios requerimientos.

En esencia, se trata de que el campo científico-tecnológico tenga un nivel de

conocimientos suficiente como para ser razonablemente autónomo.

Ningún país puede aspirar hoy a una total autarquía, y el nuestro no puede

cubrir con igual eficiencia todas las necesidades científico-tecnológicas. Pero

será vital que las decisiones sobre el desarrollo de nuevos conocimientos, y particularmente

los conocimientos que se incorporen a nuevas inversiones, queden

en manos nacionales o sean gobernables por el país.

Debe haber, en consecuencia, un poder nacional de decisión para conducir

lo científico-tecnológico que nos interese.

Se trata, además, de no hacer de la acumulación de conocimientos científico-

tecnológicos el objetivo del cambio. Por el contrario, se trata de identificar

al conocimiento científico-tecnológico que es indispensable para el modelo de

sociedad propuesto.

297

Considero que el campo científico-tecnológico debe aportar conocimientos

para: desarrollar una capacidad adecuada que permita disponer de suficiente

poder nacional de decisión, pues cada sector de conocimiento contribuye a

fortalecer este poder; tener disponible, en el momento preciso, la tecnología

adecuada para lograr los mejores resultados en cada una de las actividades

económicas; exportar tecnología con el máximo grado de complejidad posible;

sustituir progresivamente la importación de tecnología, realizándola a niveles

adecuadamente económicos; establecer los sectores de conocimiento necesario,

para que sean asumidos por la sociedad, a fin de estar en condiciones de adoptar

las pautas que se ajusten a su propia fisonomía; y alcanzar una conducta lo

suficientemente prudente como para que nuestro país no sufra los mismos males

del desarrollo tecnológico cuyas consecuencias estamos viendo en los países

superdesarrollados.

Incentivación de la creatividad

La sociedad que visualiza el presente Modelo debe asignar a este campo la

misma importancia que se asigna a los ámbitos ya considerados.

Se requiere la máxima incentivación del esfuerzo creativo, desarrollando también

criterios de adaptación de tecnología externa, en la medida en que sea

conveniente, pero sin ubicar a nuestra sociedad dentro de un simple modelo

adaptativo.

Este modelo científico-tecnológico creativo debe elaborar programas y proyectos,

integrados desde la concepción científica hasta la aplicación final; a partir

de allí, será necesario establecer adecuados controles de evaluación de tales

proyectos y desarrollos, como así también de la eficiencia del sistema científico-

tecnológico en su totalidad.

El hombre de ciencia y el tecnólogo

Hace falta establecer un adecuado sistema científico-tecnológico, con centralización

de conducción y descentralización de ejecución.

298 Una primera tarea del sistema consiste en asegurar confianza perdurable a los

científicos y técnicos. Esta confianza requiere la consideración, entre otros, de

los siguientes aspectos: respeto a la tarea del hombre de ciencia y del técnico;

adecuada estabilidad; reconocimiento social de su función; nivel de remuneración

que retribuya dignamente su consagración y su esfuerzo y, sobre todo, que

cree las condiciones que permitan su consagración plena a la disciplina que cultiva;

medios de promoción según valores auténticos. Por último, será necesario

realizar un equipamiento total para que los largos esfuerzos puedan realizarse

sostenidamente y hasta el completo logro de los fines propuestos.

No me cabe duda [de] que hace falta también una clara toma de conciencia

en el gobierno y en el empresariado. Ambos tienen la responsabilidad moral e

histórica de ocupar a todos los científicos y técnicos del país.

Esto no debe entenderse simplemente como paliativo contra el éxodo; en

rigor, configura una grave incoherencia social impulsar a nuestros hombres a

desarrollar líneas de especialización, sin darles después la posibilidad de aplicar

sus aptitudes en forma socialmente útil.

El avance científico-tecnológico requiere una tarea planificada e interdisciplinaria,

como así también la asignación de recursos suficientes que posibiliten

alcanzar óptimos niveles de desarrollo.

Bases institucionales y conducción del campo científico-tecnológico

La indispensable organización en este ámbito debe contar con un ente, con

máximo nivel de decisión —tal vez un Ministerio de Ciencia y Tecnología439—,

como central de conducción del sistema; así como [de] una total unidad de inteligencia

y de control nacional, que oriente y regule la oferta y la demanda de

439 Por primera vez en su historia, la Argentina contaría con un Ministerio de Ciencia y Tecnología

recién en diciembre de 2007 (Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva).

Creado durante la gestión de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, es el primero en

Latinoamérica que contempló a la innovación productiva asociada a la ciencia y la tecnología.

Su misión es orientar la ciencia, la tecnología y la innovación al fortalecimiento de un nuevo

modelo productivo que genere mayor inclusión social y mejore la competitividad de la economía

Argentina, bajo el paradigma del conocimiento como eje del desarrollo.

299

conocimientos científico-tecnológicos con cabal especificidad y [que] sirva como

fuente de información especializada.

Considero que en nuestro país la administración superior de la ciencia y la

tecnología debe hacerse efectiva en el nivel gubernamental, incorporando para

ello los mecanismos de participación que corresponda.

Esto implica que la política científico-tecnológica no puede ser de tipo liberal.

La más alta responsabilidad en el ámbito científico-tecnológico no puede estar

en manos extranjeras.

Concibo, además, que la estructura organizativa más apta para el campo de la

ciencia y la tecnología requiere un grado elevado de participación y de acuerdo.

Debe establecerse un apropiado sistema de vinculación entre todos los entes

dedicados al proceso de desarrollo científico-tecnológico y, especialmente, es

preciso conectar al sistema científico-tecnológico con el gobierno, los medios de

producción y el sistema financiero.

Criterios de política y programación

Dentro de este ámbito de organización, la política de ciencia y tecnología

tendrá que fundarse principalmente en las necesidades reales del país antes que

en [el] estímulo de tipo indirecto. Así como en lo económico se exige cierto nivel

de empresa para que haya eficiencia, también se requiere un nivel de trabajo

en lo científico-tecnológico para iguales fines, y debe la política de este campo

asegurarlo.

Si nuestra sociedad científico-tecnológica es suficientemente creativa, planteará

demandas de recursos en mucha mayor magnitud de la que el país puede

requerir. A partir de este punto, debe efectuarse la evaluación de prioridades a

efectos de identificar los campos en los cuales será necesario trabajar en cooperación

internacional.

Si, por el contrario, falta creatividad, nunca se generará la demanda suficiente

de ciencia y tecnología como para impulsar el desarrollo nacional.

La creatividad —y particularmente su incentivación— está en la base de la

política científico-tecnológica que deseo para nuestra sociedad.

300 Es imprescindible establecer los medios adecuados [para que la formación

profunda del científico y del técnico se concrete tanto bajo avanzadas formas de

postgrado]440 como a través de institutos especializados, o estrechando vínculos

adecuados con el exterior.

Considero que el científico debe adquirir la capacidad auténtica de negarse,

con convicción absoluta, a producir determinada forma de conocimiento científico-

tecnológico que resulte inadecuado para el país. La historia presenta claros

ejemplos sobre cuál es el tipo de conocimiento que nunca debió haberse desarrollado

en la humanidad.

La propuesta que acabo de delinear debe estar abierta a la recíproca cooperación

internacional que es, sin duda, imprescindible.

En el futuro será necesario arbitrar todos los recursos a nuestro alcance para

establecer una clara política mundial, desarrollando un conjunto de acuerdos

con todos los países con los cuales podamos emprender esfuerzos conjuntos de

investigación y desarrollo, pero siempre procurando trabajar al ritmo del más

rápido.

Finalmente, determinados elementos de la problemática científico-tecnológica,

cuyo comportamiento se requiera asegurar y legalizar, deben tener su correspondiente

consideración en la Constitución Nacional, a fin de garantizar el

cumplimiento de los objetivos propuestos.

  1. El ámbito ecológico

En la actualidad, atmósfera, suelo y agua han sufrido efectos degradantes

transmisibles tanto al hombre como a la fauna y a la flora mediante reacciones

directas e indirectas.

Las expresiones de la degradación son múltiples y la corrección tiene que

efectuarse a través de cada uno de los factores de degradación.

440 En el original CD: “… para la formación profunda del científico y el técnico, sea bajo avanzadas formas de postgrado”.

Lo esencial es que el hombre mismo sea el primer defensor del medio ambiente y que el Estado establezca los medios adecuados que logren una solución a los problemas que se presenten.

Considero conveniente señalar algunas premisas que es menester tener en cuenta para detener la marcha hacia un proceso que puede constituir el desastre de la humanidad.441

Son necesarias y urgentes una revolución mental en los hombres, especialmente en los dirigentes de los países más altamente industrializados; una modificación de las estructuras sociales y productivas en todo el mundo, en particular en los países de alta tecnología donde rige la economía de mercado; y el surgimiento de una convivencia biológica dentro de la humanidad, y entre la humanidad y el resto de la naturaleza.

Esa revolución mental implica comprender que el hombre no puede reemplazar a la naturaleza en el mantenimiento de un adecuado ciclo biológico general; que la tecnología es un arma de doble filo; que el llamado progreso debe tener un límite y que, incluso, habrá que renunciar a algunas de las comodidades que nos ha brindado la civilización; que la naturaleza debe ser restaurada en todo lo posible; que los recursos naturales resultan agotables y, por lo tanto, deben ser cuidados y racionalmente utilizados por el hombre; que el crecimiento de la población debe ser planificado sin preconceptos de ninguna naturaleza; que, por el momento, más importante que planificar el crecimiento de la población del mundo, es aumentar la producción y mejorar la distribución de alimentos y la difusión de servicios sociales como la educación y la salud pública; y que la educación y el sano esparcimiento deberán reemplazar el papel que los bienes y servicios superfluos juegan actualmente en la vida del hombre.

Cada nación tiene derecho al uso soberano de sus recursos naturales.

Pero, al mismo tiempo, cada gobierno tiene la obligación de exigir a sus ciudadanos el cuidado y utilización racional de los mismos.

El derecho a la subsistencia individual impone el deber hacia la supervivencia colectiva, ya se trate de ciudadanos o pueblos.

Los párrafos siguientes, hasta el final del subtítulo, transcriben casi textualmente el Mensaje Ambiental a los Pueblos y Gobiernos del Mundo que Perón difundiera desde Madrid el 21 de febrero de 1972.

La modificación de las estructuras sociales y productivas en el mundo implica que el lucro y el despilfarro no pueden seguir siendo el motor básico de sociedad alguna, y que la justicia social debe erigirse en la base de todo sistema, no sólo para beneficio directo de los hombres sino para aumentar la producción de alimentos y bienes necesarios; consecuentemente, las prioridades de producción de bienes y servicios deben ser alteradas en mayor o menor grado según el país de que se trate.

En otras palabras: necesitamos nuevos modelos de producción, consumo, organización y desarrollo tecnológico que, al mismo tiempo que den prioridad a la satisfacción de las necesidades esenciales del ser humano, racionen el consumo de recursos naturales y disminuyan al mínimo posible la contaminación ambiental.

Necesitamos un hombre mentalmente nuevo en un mundo físicamente nuevo.

No se puede construir una nueva sociedad basada en el pleno desarrollo de la personalidad humana en un mundo viciado por la contaminación del ambiente, exhausto por el hambre y la sed, y enloquecido por el ruido y el hacinamiento.

Debemos transformar a las ciudades cárceles del presente en las ciudades jardines del futuro.

El crecimiento de la población debe ser planificado, en lo posible de inmediato, pero a través de métodos que no perjudiquen la salud humana, según las condiciones particulares de cada país y en el marco de políticas económicas y sociales globalmente racionales.

La lucha contra la contaminación del ambiente y la biósfera, el despilfarro de los recursos naturales, el ruido y el hacinamiento de las ciudades, y el crecimiento explosivo de la población del planeta, debe iniciarse ya a nivel municipal, nacional e internacional.

Estos problemas, en el orden internacional, deben pasar a la agenda de las negociaciones entre las grandes potencias y a la vida permanente de las Naciones Unidas con carácter de primera prioridad.

Éste, en su conjunto, no es un problema más de la humanidad: es «el» problema.

Todos estos problemas están ligados de manera indisoluble con el de la justicia social, el de la soberanía política y la independencia económica del «tercer mundo», y la distensión y la cooperación internacionales.

Muchos de estos problemas deberán ser encarados por encima de las diferencias ideológicas que separan a los individuos dentro de sus sociedades o a los Estados dentro de la comunidad internacional.

Lo expresado señala la conveniencia de establecer un adecuado registro de factores de contaminación que determine, para cada uno de ellos, los medios de contaminación a través de los cuales operan estos factores, el potencial de degradación, la capacidad del medio ambiente para absorber a los factores sin degradarse, y todo otro aspecto que resulte de interés a los fines indicados.

El gobierno debe adoptar las máximas previsiones para preservar el ámbito ecológico hasta aquellos niveles que se consideren no perjudiciales para la vida humana.

Debe, a su vez, disponer [de] un ente adecuado para el tratamiento de todos los aspectos inherentes al ámbito ecológico, tanto [en] lo que concierne a la preservación de la vida como [a] la determinación de las fuentes de recursos naturales.

Finalmente, deseo hacer algunas consideraciones para nuestros países del «tercer mundo».

Debemos cuidar nuestros recursos naturales, con uñas y dientes, de la voracidad de los monopolios internacionales que los buscan para alimentar un tipo absurdo de industrialización y desarrollo en los centros de alta tecnología donde rige la economía de mercado. Ya no puede producirse un aumento en gran escala de la producción alimenticia del «tercer mundo» sin un desarrollo paralelo de las industrias correspondientes.

Por eso, cada gramo de materia prima que se dejan arrebatar hoy los países del «tercer mundo», equivale a kilos de alimentos que dejarán de producirse mañana.

De nada vale que evitemos el éxodo de nuestros recursos naturales si seguimos aferrados a métodos de desarrollo preconizados por esos mismos monopolios, que significan la negación de un uso racional de los mismos.

En defensa de sus intereses, los países deben propender a las integraciones regionales y a la acción solidaria. 304

No debe olvidarse que el problema básico de la mayor parte de los países del «tercer mundo» es la ausencia de una auténtica justicia social y de participación popular en la conducción de los asuntos públicos. Sin justicia social, el «tercer mundo» no estará en condiciones de enfrentar las angustias ante las difíciles décadas que se avecinan.

La humanidad debe ponerse en pie de guerra en defensa de sí misma.

En esta tarea gigantesca nadie puede quedarse con los brazos cruzados.

Por eso, nuestro país, que aún tiene la enorme posibilidad de salvar su integridad  ambiental, debe iniciar cuanto antes su campaña en el orden interno y, al mismo tiempo,unirse a todos los pueblos y gobiernos del mundo en una acción solidaria que permita solucionar este gravísimo problema.

  1. La organización institucional

En este terreno he insistido [en] que nuestra posición es la de proceder a realizar una revolución en paz. Eso significa que todo lo debemos hacer dentro de la ley y que nada debe realizarse fuera de su alcance.

Nuestra comunidad habrá de funcionar sobre la base de la fuerza del derecho.

Ya he dicho en la sección histórica de este trabajo que debemos corregir el defecto de creación de las instituciones jurídicas que proviene del liberalismo, por el cual primero se dictaba la norma y, luego, se procedía a la asignación de funciones.

Nosotros deberemos actuar precisamente a la inversa.

Es decir que, en primer lugar, se establecerán las funciones requeridas y, luego, dictaremos la norma que resulte adecuada para el fin propuesto.

Así concibo la raíz del problema institucional [de] nuestra futura comunidad.

De ello nace la necesidad de trabajar con programación institucional y de realizar un control permanente de la eficiencia del sistema de normas y de cada una de éstas en particular.

La democracia social y la programación institucional

He definido a la democracia que debemos consolidar como una democracia social.

Consecuentemente con ello, nuestra forma de gobierno deberá ser: representativa, republicana, federal y social.

Social, por su naturaleza, por sus objetivos y por su desenvolvimiento; libre de preconcepciones dogmáticas y de extremismos.

Social, en fin, en un sentido intrínsecamente cristiano.

En la democracia que deseamos no existirá incompatibilidad alguna entre la permanente actualización de la libertad individual y una imprescindible planificación con adecuados recaudos de flexibilidad.

Definida en estos términos la futura sociedad argentina, el mejor camino para alcanzarla es gobernar sobre la base de una minuciosa programación.

Datos para la programación institucional

Los siguientes son los datos básicos para la programación institucional que propongo:

– Se concibe al país como un verdadero sistema.

En el mismo, el campo institucional estructura el marco y establece las reglas de juego fundamentales de tal sistema, en términos jurídicos.

– Se pide al sistema eficiencia social máxima.

Para ello, la planificación es un instrumento; y el gobierno con planificación, un método de gobierno.

– El sistema debe funcionar con participación de todos los entes representativos de la comunidad.

La participación dentro de nuestra democracia social deberá funcionar de una manera real y positiva.

El ciudadano se expresa, como tal, a través de los partidos políticos, cuyo eficiente funcionamiento ha dado tradicionalmente al Honorable Congreso Nacional su capacidad de crear historia a través del voto de las leyes.

Pero también se expresa a través de su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote, etc. Como tal, tiene que organizarse para participar en otro tipo de recinto, como puede ser el Consejo para el Proyecto Nacional.

306 La tarea de ese Consejo debería enfocarse hacia esa gran obra en la cual todo el país tiene que empeñarse: el Proyecto Nacional.

Empero, ningún partícipe del Consejo mencionado debe ser un emisario de la posición del Poder Ejecutivo o de cualquier otra autoridad que no sea el grupo social al que representa.

Para ello, tendrá que asegurarse que cada integrante exprese la voluntad del sector al que pertenece, en forma debidamente institucionalizada.

La democracia social no puede ser desviada hacia alguna de las formas conocidas, ni en la estructura ni en el funcionamiento de las instituciones.

Será preciso, entonces, que sus normas jurídicas contengan los necesarios principios fundamentales, asumiendo, además, la dimensión procesal requerida para evitar que el objetivo fijado por la norma sea falseado en el uso concreto.

La fisonomía gubernamental

Dejo a la consideración de mis conciudadanos la posibilidad de modificar la fisonomía clásica de nuestro gobierno, introduciendo en el mismo innovaciones que lo fortalezcan, como pueden ser, a mi juicio, las siguientes:

– La creación de un organismo como el mencionado Consejo para el Proyecto Nacional.442

– La institución de un Consejo de Estado, al que el presidente de la Nación pueda convocar para tratar asuntos de alta trascendencia que motiven su asesoramiento.

– La incorporación de nuevos ministerios como, por ejemplo, para los ámbitos de ciencia y tecnología, y de recursos naturales y medio ambiente.

– La vigorización del federalismo, que instrumente la vigencia de la plena participación de los grupos locales.

442 En tiempos agónicos del gobierno de María Estela Martínez de Perón, principios de enero de 1976, hubo un intento de creación del Consejo Nacional para el Proyecto Nacional pero, aunque fue anunciada la firma del decreto presidencial, una nueva crisis ministerial la postergó definitivamente.

Nunca volvió a hablarse del tema y luego sobrevino el golpe cívico-militar del 24 de marzo.

– Y la designación de un coordinador ministerial —podría ser un primer ministro—, que facilite al presidente de la Nación la conducción de la administración pública.443

Todas estas cuestiones deberán ser obviamente tratadas a través de los mecanismos legales correspondientes para que adquieran la vigencia necesaria.

En todos los casos, se trata de una comunidad que desarrolle el máximo respeto a los derechos de las mayorías y las minorías; y que institucionalice concretamente este respeto mediante criterios normativos que aseguren su representación.

El método de trabajo institucional

La democracia social requiere que la programación institucional sea instalada en su seno como un proceso y no como un evento transitorio que actúe con conceptos similares a los que rigen la planificación en los demás campos de la actividad social integrada; que sea conducida en forma interdisciplinaria; que los juristas que participen de la labor interdisciplinaria tengan como objetivo programar la norma para mañana antes que el código que consolida lo pasado; y que se hallen dispuestos a crear todas las nuevas instituciones jurídicas que la transformación requiera, sin ataduras de ninguna naturaleza.

Las normas que se establezcan tendrán que contener también sistemas de control de su propia eficiencia para proveer a su corrección oportuna.

De lo contrario, todo nuestro esfuerzo jurídico-institucional estaría dirigido a cristalizar lo que ya cambió. Configuraría un freno al ajuste necesario y, en cierta medida,una consolidación de valores no necesariamente deseables.

Es obvio que esto no significa desestimar el valor de la construcción jurídica pasada.

Sólo quiere poner énfasis en la necesidad de una práctica creativa para anticipar los ajustes necesarios.

443 Ver nota 432.

308 La adecuación institucional

El camino a seguirse para efectuar los ajustes institucionales necesarios deberá partir, naturalmente, de una reforma de la Constitución Nacional.444

Para ello, es preciso recoger las opiniones de los distintos sectores representativos de la comunidad argentina.

De esta forma, seremos fieles al principio de que las grandes realizaciones no se llevan a cabo si no es con la participación de todo el país.

Con respecto a nuestra Constitución Nacional, es necesario tener en cuenta que deberá servir no sólo a una nación que quiere alcanzar una fisonomía interna de comunidad organizada. También estará al servicio de un país que busca desempeñar un papel protagónico en la realización continental, etapa previa del futuro universalismo.

  1. La función de los grandes sectores de la vida nacional

El gobierno

El gobierno debe hacer lo que el pueblo quiere y defender un solo interés: el del pueblo.

Las tareas de gobierno deberán orientarse hacia dos finalidades esenciales: la grandeza de la nación y la felicidad de su pueblo.

Lo justo es desarrollar una acción racional tendiente a alcanzar la prosperidad, sin que para ello sea preciso sacrificar el mínimo de libertad a que los pueblos tienen derecho.

444 Claramente durante la gestión de su tercer gobierno Perón trató de avanzar en una reforma de la Constitución Nacional (y relacionó ese proyecto con la elaboración del Modelo argentino para el proyecto nacional). Pero los intentos se frustraron con su desaparición física.

Ver nota

115 de la Segunda Parte del Prólogo de Oscar Castellucci para esta edición: “En busca del tiempo perdido (Cómo y por qué Juan Domingo Perón escribió el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional)”. La reforma constitucional recién se concretaría en 1994 (durante el gobierno de Carlos Menem), pero durante su transcurso nadie recordó ni tuvo presente la obra de Perón.

Nuestro Modelo exige también un gobierno para una revolución en paz.

Esto significa que el papel permanente del gobierno reside en conducir al sector político-administrativo y, simultáneamente, [en] realizar los ajustes necesarios de estructuras, con amplia visión de futuro.

Es necesario tener en cuenta que, normalmente, toda tarea de transformación suele herir determinados intereses que poseen su propio mecanismo de defensa.

Por ello, para que la transformación sea posible, no basta con un gran impulso entusiasta. Hace falta, también, una seria perseverancia.

Pero, además, se requiere capacidad para organizar su propia estructura y definir su propio crecimiento. El Proyecto Nacional debe constituir uno de los medios esenciales para que el gobierno marche ordenadamente hacia los fines establecidos.

Dadas estas condiciones, un mandato importante del gobierno, en la actual circunstancia, es crear las bases necesarias para la elaboración del Proyecto Nacional, e instrumentarlo una vez realizado.

El gobierno debe lograr que todo lo que se establezca en el Proyecto Nacional resulte debidamente ejecutado y cumplido.

El país necesita ver materializado el Proyecto Nacional. De lo contrario, otros serán los efectos sociales que se obtengan.

Corresponde al gobierno conducir debidamente el proceso; conciliar la acción de todos los partícipes del quehacer social, allí donde esta acción sea necesaria; coordinar la marcha del país y establecer los adecuados sistemas de control para corregir el rumbo cuando se haya desviado.

En consecuencia, el gobierno que necesitamos debe caracterizarse por: a) Tener centralizada la conducción y descentralizada la ejecución.

  1. b) Actuar con planificación, estableciendo la suficiente flexibilidad que permita introducir los reajustes que correspondan.

Entre los planificadores y quienes decidan y ejecuten, debe existir una absoluta conciencia de trabajo en equipo.

  1. c) Posibilitar la participación de todo el país, procurando instrumentar la forma para facilitar el alcance de los objetivos propuestos.

310 d) Concebir al gobierno como un medio al servicio total de la comunidad, para lo cual deberá lograr la máxima eficiencia posible.

  1. e) Contar con funcionarios estables, de la mayor capacidad, que permanezcan ajenos a los cambios políticos.

Los partidos políticos

En un país institucionalmente representativo, la organización de las fuerzas políticas debe ser representativa para servir con fidelidad al país.

Para ello, toda organización política debe tener claramente establecida su unidad de doctrina, en la cual se apoyarán su estructura orgánica y su accionar.

La unidad se logra, básicamente, cuando se dispone de un profundo conocimiento del país y se hayan determinado con claridad los objetivos que desean alcanzarse y los medios a utilizar.

La democracia social que deseamos no se funda esencialmente en la figura de caudillos, sino en un estado de representatividad permanente de las masas populares.

Todas las fuerzas políticas necesitan de la acción armónica de quienes conciben la doctrina, de los que la predican y de los que habrán de ejecutarla.

La doctrina de cada partido debe ser predicada y no simplemente enseñada.

Ello significa que hay que hacerla conocer, comprender y sentir.

Pero todo partido político, para que ejerza una acción eficiente, requiere no solamente del valor numérico de sus integrantes sino también de una base ideológica explícitamente establecida. Tal aspecto podrá evidenciarse a través de una clara plataforma política que no será otra cosa que lo que el partido conciba como Proyecto Nacional.

Ésta es, a mi juicio, la forma en que cada partido político debe concebir los medios para lograr los objetivos en los diferentes campos del quehacer nacional.

Los trabajadores

En nuestra concepción, el trabajo es un derecho y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume.

311

Los trabajadores constituyen uno de los pilares del proceso de cambio.

En el momento en que teníamos que rescatar a la sociedad argentina de una concepción liberal, los trabajadores configuraron la columna vertebral del proceso.

En la comunidad a [la] que aspiramos, la organización de los trabajadores es condición imprescindible para la solución auténtica [de las necesidades] del pueblo.

A partir del principio de libre posibilidad de constituir sindicatos, el Justicialismo siempre se sustentó en el criterio de la indivisibilidad de la clase obrera  organizada.

Se requiere, en consecuencia, una sola central obrera.

El fundamento del vínculo es la solidaridad. Las organizaciones sindicales viven al impulso de esa solidaridad, que es la que da carácter permanente a la organización y la única fuerza indestructible que la aglutina.

Ello con el claro sentido de que, además de la solidaridad de la organización, está vigente la esencia de la solidaridad individual de los hombres que la integran, por la sola razón de ser trabajadores.

Los objetivos de las organizaciones de trabajadores residen en la participación plena, la colaboración institucionalizada en la formulación del Proyecto Nacional y su instrumentación en la tarea de desarrollo del país.

Los trabajadores tienen que organizarse para que su participación trascienda largamente de la discusión de salarios y condiciones de trabajo.

El país necesitaque los trabajadores, como grupo social, definan cuál es la comunidad a la que aspiran, de la misma manera que los demás grupos políticos y sociales.

Se requiere [la] presencia activa de los trabajadores en todos los niveles.

Ello exige actualización y capacitación intensas, y exige también que la idea constituya el medio esencial que supere a todos los demás instrumentos de lucha.

Las organizaciones sindicales no valen sólo por la cantidad de los componentes que agrupan, sino también por los dirigentes capacitados que las conducen.

Debe procederse a la formación de líderes en todos los niveles.

Ello es fundamental para que los trabajadores cumplan con toda la responsabilidad social que este Modelo Argentino les asigna.

La capacidad para decidir y para participar en las organizaciones de los trabajadores [forma] parte de las condiciones fundamentales del dirigente gremial.

312 Los Derechos del Trabajador, consagrados en nuestra reforma constitucional de 1949445, tienen plena vigencia e integran este Modelo.

Los derechos a trabajar, a una retribución justa, a la capacitación, a condiciones dignas de trabajo, a la preservación de la salud, al bienestar, a la seguridad social, a la protección de su familia, al mejoramiento económico y a la defensa de los intereses profesionales, contenidos en dicha reforma, tienen que ser adicionados [al]446 derecho a la participación plena en los ámbitos a los cuales el trabajador sea convocado por leyes especiales y, además, con el derecho de participación en el ámbito de las empresas en las que se desenvuelve.

Los intelectuales

El mundo vive un período de extraordinaria evolución en los ámbitos científico-tecnológico y filosófico, lo que origina cambios de trascendencia, muchos de los cuales ocurren a lo largo de la vida de un solo hombre.

La figura del intelectual constituye un verdadero seguro contra la incertidumbre y la vacilación.

El futuro debe edificarse sobre bases tanto filosóficas como eminentemente prácticas.

Por ello, el intelectual debe remitirse a interpretar el cambio y a visualizarlo con suficiente anticipación; a poner en juego la inteligencia junto con la erudición, la ciencia social junto con la ciencia física, el mundo de las ideas junto con el de la materia y el del espíritu, y la idea junto con la creación concreta.

Se hace necesaria la presencia activa del intelectual en todas las manifestaciones de la vida. Pasó la época en que podía admitirse la carencia o [la] evasión de talentos.

Cuando rige una sociedad competitiva, que se mueve económicamente en función del beneficio y que no valoriza el costo social de su forma de ser, la necesidad de la intelectualidad se remite básicamente a los procesos de producción y a las exigencias del mercado.

-445 Los Derechos del Trabajador fueron proclamados por Perón el 24 de febrero de 1947 en un acto organizado por la Confederación General del Trabajo (CGT) en el Teatro Colón y, luego, incorporados al texto de la reforma constitucional de 1949 (Capítulo III, Art. 37).

446 En el original CD: “con el”.

Los intelectuales de las ciencias sociales quedan allí remitidos a ser evaluadores de un cambio social de cuyo proyecto no participan y resultan idealistas, trabajadores conceptuales a alto nivel, pero no activistas del cambio.

Cuando, por el contrario, se quiere construir una “democracia social” en la cual se produce según las necesidades del hombre, se valoriza al hombre en función social como el fin de la tarea de la sociedad, se asume la necesidad de trabajar con programación y con participación auténtica y se toma la responsabilidad de formalizar un Proyecto Nacional y de concebir a la sociedad del futuro y trabajar para ella como un proceso, la dimensión de la tarea intelectual que ese proceso requiere se hace realmente muy grande.

Para identificar en nuestro medio el papel de los intelectuales basta recordar que el Proyecto Nacional a que aspiramos tiene que tener valor no sólo conceptual sino práctico, y resultar de una tarea interdisciplinaria.

Para ello, debe tenerse especialmente en cuenta lo que los intelectuales conciban, lo que el país quiera y lo que resulte posible realizar.

Su tarea de aporte a la reconstrucción de la argentinidad está así claramente definida. La forma de enfrentarla está también precisada por el hecho de que la labor debe ser realizada con [la] participación auténtica de todos los elementos que representan [a] nuestra comunidad.

Toca a la intelectualidad argentina organizarse para asumir su papel. El intelectual argentino debe participar en el proceso, cualquiera sea el país en que se encuentre.

No han de bastar para ello las declamaciones ampulosas.

El sistema liberal ha formado intelectuales para frustrarlos. Les ha negado participación y ha creado las condiciones para que no exista reconocimiento social ni reconocimiento económico a su labor.

La distorsión en la escala de valores ha sido tan absurda que el intelectual argentino ha terminado siendo un extraño en su propia tierra.

La comunidad que deseamos consolidar tiene que desarrollar un reconocimiento social adecuado a la labor del intelectual auténtico y adoptar previsiones que preserven siempre este estado de cosas.

Se trata no sólo del reconocimiento 314 económico, sino particularmente de su valoración social y política.

Se trata también de institucionalizar su participación y de establecer medios de evaluación del intelectual auténtico.

Queremos, por lo tanto, una sociedad en la que el hombre valga por sus conocimientos y sus condiciones morales, y no por sus diplomas y vinculaciones sociales.

Esto exige un adecuado régimen universitario y la vigencia constitucional de los derechos del intelectual.

Los empresarios

Para calificar la función del empresariado en la “democracia social” argentina, partimos de que la empresa se organiza sobre una base humanista. Los criterios para ello nacen de la esencia de este Modelo Argentino, social y cristiano.

El primer objetivo de la empresa en una sociedad que quiere justicia social auténtica no es simplemente el beneficio sino el servicio al país.

El beneficio de la empresa, en nuestra concepción, debe establecerse de forma tal que siempre se asegure una retribución justa al empresario como factor de producción, lo cual incluye cierta retribución de riesgo, que se hace mínimo en la medida [en] que se trabaje con planificación; y que [se] determine, también, que los frutos del progreso se difundan a toda la comunidad a través del sistema de precios.

Sólo cuando el empresario procura prestar el mayor servicio al país, admitiendo límites mínimos y máximos a su beneficio, puede coincidir lo que es conveniente tanto para el empresario como para el país.

Esta coincidencia es una precondición para que exista una democracia verdaderamente social.

La admisión del concepto de que la empresa constituye un bien social y que la participación de los trabajadores en su funcionamiento y beneficio es una realidad irreversible, constituyen elementos de juicio que deben ser adecuadamente reglamentados.

Otro aspecto reside en la participación de los empresarios en las decisiones.

La fisonomía de esta participación admite formas que van desde el asesoramiento al gobierno hasta compartir ciertas actividades con él. Será la sociedad la que determinará, a través de sus mecanismos idóneos, cuál será la competencia específica que le corresponda para cada caso.

La empresa debe ser concebida como un sistema cuya eficiencia debe ser siempre incrementada.

Ella es el ámbito esencial de aplicación de la tecnología en el proceso productivo y reconocemos que, básicamente, la expansión de esa producción se debe originar en el efecto de la eficiencia.

Se reconoce también como decisivo el aporte del empresariado a la estructura de precios que, en todo momento, debe adecuarse al desarrollo deseado.

Desde el punto de vista del beneficio empresario, el mismo debe guardar estrecha relación con la aspiración de trasladar a la comunidad los frutos del progreso, a través del sistema de precios.

Esto implica la necesidad de establecer las formas de producción y comercialización que sean intrínsecamente más aptas para funcionar dentro del modelo requerido.

La sociedad deberá decidir sobre ello, considerando separadamente cada actividad en desarrollo.

La Iglesia

Existe una cabal coincidencia entre nuestra concepción del hombre y el mundo, nuestra interpretación de la justicia social y los principios esenciales de la Iglesia.

Ya en otra oportunidad busqué ofrecer una visión espiritual y trascendente del hombre y su puesto peculiar en la historia y la realidad.

Un hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, realizando su existencia como sujeto histórico que desempeña en el mundo una misión espiritual única entre los seres de la Creación.

Tal hombre, realizado en la comunidad, está lejos de concretar fines egoístas o burdamente materiales, pues como ya lo sabían los griegos, no hay equilibrio posible en una comunidad en la que el alma de sus hombres ha perdido su armonía espiritual.

En este sentido, no sólo los principios filosóficos guardan plena coherencia; la Iglesia y el Justicialismo instauran una misma ética, fundamento de una moral común, y una idéntica prédica por la paz y el amor entre los hombres.

316 No vacilo en afirmar que toda configuración socio-política, tanto nacional como mundial, supone, además de una clara exigencia racional, una sólida fe superior, que impregne de sentido trascendente los logros humanos.

Si en las realizaciones históricas dependemos de nuestra propia creatividad y nuestro propio esfuerzo, el sentido último de toda la obra estará cimentado siempre sobre los valores permanentes.

No pretendo evaluar integralmente la concepción de la Iglesia [conforme a los propósitos de un modelo temporal como es el Modelo Argentino].447

Pero estoy seguro, eso sí, [de] que el llamamiento de las cartas encíclicas, las constituciones pastorales y las cartas apostólicas —particularmente las más recientes448— constituyen para nosotros un aporte claro y profundo.

Pienso que, en este terreno, el Modelo Argentino sólo necesita que ese mensaje sea adoptado eficientemente.

Presento un Modelo nacional, social y cristiano.

Al núcleo trascendente del hombre argentino va esta propuesta: es hora de superar una visión materialista que amenaza aturdir al ciudadano con incitaciones sensoriales que dispersan su vida interior.

La ruta que debemos recorrer activamente es la misma que definen las Escrituras: un camino de fe, de amor y de justicia, para un hombre argentino cada vez más sediento de verdad.

Las fuerzas armadas

Pienso que el mundo del futuro tiene una sola posibilidad para poder realizarse: adoptar la concepción universalista; es decir, concebirse totalmente integrado.

Para ello, es imprescindible que las naciones ingresen decididamente por el camino de la paz.

Sin embargo, la organización del mundo según la concepción universalista, no implica la desaparición de las fricciones y discrepancias en el orden inter- pastoral Gaudium et spes (1969) y la carta apostólica Octogesima Adveniens (1971), todas del Papa Paulo VI.

447 En el original CD: “…a los propósitos de un modelo temporal como en el Modelo Argentino”.

448 La referencia remite, en particular, a la encíclica Populorum Progressio (1967), a la Constitución nacional, especialmente durante las etapas de gestación de ese nuevo mundo.

Tampoco excluye totalmente las posibilidades [de] que se produzcan conflictos bélicos, a través de los cuales determinados grupos, especialmente los económicos, pretendan satisfacer sus propios intereses.

Es más, la marcha hacia el universalismo, en sus sucesivas etapas —nacional, regional y continental—, se caracterizará por la lucha que desarrollarán las naciones para independizarse de los imperialismos que las mantienen oprimidas.

El Modelo Argentino define claramente el estilo nacional que deberá identificar a la república en el futuro y, además, establece los grandes objetivos que deberán alcanzarse para lograr la total liberación nacional.

Tal circunstancia implica que las Fuerzas Armadas, adecuadamente reorganizadas en base al real potencial de la nación y a las verdaderas exigencias de la defensa nacional, se apresten a respaldar firmemente la transformación que marca la república.

Transformación que, por otra parte, no es más que la materialización del deseo manifestado por el pueblo argentino, de eliminar definitivamente las formas de opresión de distinta naturaleza que durante decenios ejerció el imperialismo, para detener, en beneficio propio, el desarrollo nacional.449

A fin de enmarcar con precisión las misiones que cumplirán las instituciones armadas, deberá tenerse particularmente en cuenta que no sólo se limitarán a prepararse para el desarrollo específicamente militar, sino que participarán decididamente en el proceso de liberación nacional, contra toda forma de imperialismo interno o externo.

Dicha intervención se concretará mediante actividades de apoyo a la comunidad y a través de acciones de tipo educativo que se dirigirán, especialmente, sobre el personal de tropa que anualmente pasa por sus filas450, y  reemplazado ahora por el servicio militar voluntario creado por la ley 24.429 que fuera sancionada el 14 de diciembre de 1994.

Expresado en las elecciones realizadas en 1973, con el masivo apoyo a los candidatos de los partidos o frentes electorales en cuyas plataformas se incluían explícitamente estos principios:

Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), Unión Cívica Radical (UCR), Alianza Popular  Revolucionaria (APR), Frente de Izquierda Popular (FIP), etc.

450 Alude al personal que anualmente cumplimentaba con la obligación del servicio militar obligatorio vigente entonces e instituido por la ley 4.031 del 6 de diciembre de 1901 (“Ley Ricchieri”)

318 tenderán al personal de cuadros, quien tendrá a su cargo difundir y predicar la doctrina nacional. Doctrina que, sintetizándola, podríamos definirla como las máximas aspiraciones argentinas, vertidas en el Proyecto Nacional.

Las fuerzas armadas son parte del pueblo y, como tal, están integradas con el mismo. La unión y solidaridad del pueblo y las fuerzas armadas [son]451 una precondición para que fructifique la “democracia social” de nuestro Modelo Argentino.

En consecuencia, a las fuerzas armadas, como a cualquier otro sector de nuestra sociedad, les compete desempeñar un rol preponderante en la defensa nacional. Esto significa que, si bien nuestras instituciones armadas, ante la eventualidad de un conflicto militar, constituirán la columna vertebral del sistema de defensa, su participación no se limitará a prepararse para esas posibilidades.

También colaborarán firmemente en los esfuerzos en que se [empeñen] el Estado argentino y el resto de los sectores nacionales, con la finalidad de alcanzar y consolidar el desarrollo armónico de la república.

Nuestras fuerzas armadas asumieron plenamente la tarea de defensa contra el neocolonialismo, y su compromiso consiste en la participación activa en la reconstrucción del país, realizada con sentido nacional, social y cristiano.

Un nuevo aporte, en estas circunstancias, será el de contribuir a la formulación del Proyecto Nacional, como otro grupo efectivo de pensamiento de los que conforman la comunidad argentina, señalando, para cada uno de los campos que responden al quehacer nacional, qué es lo que conciben más apropiado para lograr la grandeza y la felicidad del pueblo argentino.

A fin de cumplir con eficiencia las misiones generales señaladas, nuestras instituciones castrenses deberán reunir ciertas características que, enunciadas, configuran el modelo de fuerzas armadas que necesita el país para respaldar su futuro.

Consecuentemente, las fuerzas armadas argentinas deben:

  1. Tener un profundo conocimiento de los objetivos nacionales y consustanciarse

con ellos.

451 En el original CD: “es”.

452 En el original: “empeñe”.

  1. Integrarse estrecha y realmente con el pueblo del cual se nutren y a quien se deben.
  2. Establecer íntimo contacto con los diferentes sectores de la sociedad, a fin de comprender sus problemas y necesidades, única forma para materializar objetivos comunes.
  3. Elaborar la estrategia militar basada en la que adopte el Estado. Consecuentemente, elaborar la doctrina militar nacional y estructurar las organizaciones adecuadas para satisfacer sus exigencias.
  4. Desarrollar una verdadera doctrina conjunta, que facilite y haga más eficiente el accionar militar.
  5. Coparticipar activamente en el desarrollo nacional fomentando áreas aún no abarcadas por los sectores privados y vinculados con la defensa nacional.
  6. Impulsar decididamente la actividad científico-técnica, con la finalidad de desarrollar una industria bélica nacional que la autoabastezca, eliminando la dependencia del extranjero.
  7. Sumar su acción a los esfuerzos que los sectores nacionales realizan en las distintas áreas de la comunidad, para romper con la sujeción material o espiritual ejercida por los grandes intereses extranacionales.
  8. Participar activamente, con su tecnología, medios y personal, en la ejecución de los programas industriales que se realicen en el ámbito civil, fundamentalmente en aquéllos de importancia estratégica, como el Plan Siderúrgico Nacional, y en los que sean fuentes de producción de sus propias necesidades.
  9. Cooperar con la comunidad en cuanta oportunidad pueda prestar su concurso en pro del bienestar del pueblo.

Así concibo a nuestras fuerzas armadas, consustanciadas con nuestro pueblo en una estrecha e indestructible unidad espiritual.

 

TERCERA PARTE

CONCLUSIONES Y APERTURAS

ARGENTINA EN LA COMUNIDAD MUNDIAL

He expuesto nuestro Modelo Argentino en términos de transformación de la comunidad nacional, deseando profundamente que sirva a nuestra patria como nación autónoma y plena.

Pero la Argentina opera dentro de la sociedad mundial, y esto no es incompatible

con su independencia esencial. Veo con claridad que la sociedad mundial

se orienta hacia un universalismo que, en un futuro relativamente cercano, nos

puede conducir hacia formas integradas en el orden político tanto como en el

orden económico y social.

Estamos en la aurora de un nuevo renacimiento, pero seríamos muy ingenuos

si confiáramos en que tal renacimiento resultará un producto espontáneo de la

historia del mundo.

Como partimos de una etapa en la cual las determinaciones políticas básicas

se dan en el nivel de los pueblos —organizados en Estados—, la unión que conduzca

al universalismo sólo puede provenir de los pueblos mismos antes que de

decisiones arbitrarias. La experiencia histórica así lo enseña.

Los grandes problemas mundiales que se vislumbran en función de un panorama

histórico general, pueden agruparse de la siguiente manera:

  1. La [superpoblación]453 en relación con las disponibilidades de recursos

dominantes, especialmente alimentos.

  1. El agotamiento de recursos naturales no reproducibles.
  2. La preservación del ámbito ecológico.

Tales problemas pueden tener solución adecuada si se comprende que el

universalismo no puede reducirse al ámbito de la concepción teórica, sino que

453 En el original CD: “sobrepoblación”.

323

debe hacerse efectivo a través de un proceso integral que comprometa a toda

la humanidad.

Creo que en esta línea de pensamiento se instala la carta pastoral Gaudium et

Spes 454 cuando afirma que «el género humano puede y debe no sólo perfeccionar

su dominio sobre las cosas creadas, sino que le corresponde además establecer

un orden político, económico y social que esté más al servicio del hombre y

permita a cada uno y a cada grupo afirmar y cultivar su propia dignidad».

El itinerario está trazado: debemos prepararnos para recorrerlo.

Difícil y sutil tarea es ésta para los hombres del futuro: lograr una integración que no consista en una nueva manifestación enmascarada de imperialismo; compatibilizar el universalismo con la indispensable preservación de la identidad de los pueblos.

Así como sostuve que una auténtica comunidad organizada no puede realizarse si no se realiza plenamente cada uno de sus ciudadanos, pienso que es imposible concebir una integración mundial armónica sobre la base de una nivelación indiscriminada que despersonalice a los pueblos y enajene su verdad histórica.

Para nosotros, los argentinos, esta ardua labor nos exige robustecer desde ya una profunda cultura nacional, como único camino para consolidar el ser nacional y para preservar su unidad en las etapas que se avecinan.

La liberación, en todos los terrenos, es insoslayable requisito para ingresar en el proceso universalista.

Resulta así que para constituir al mundo como un ente armónicamente integrado es necesario liberarse de dominadores particulares.

Paralelamente, deben considerarse dos etapas esenciales, a las que me he referido en numerosas oportunidades:

la del continentalismo y la del «tercer mundo».

La etapa del continentalismo configura una transición necesaria.

Los países han de unirse progresivamente sobre la base de la vecindad geográfica y sin pequeños imperialismos locales.

Ésta es la concepción general con respecto a los 454 Carta pastoral sobre la misión de la Iglesia frente a los desafíos del mundo actual, Concilio Vaticano

II, 7/12/1965. Es el documento más extenso de dicho Concilio y se divide en dos partes:

La enseñanza de la Iglesia sobre los seres humanos, el mundo en que viven, y la relación de la Iglesia con ellos…

324 continentes, y específicamente la concepción de Argentina para Latinoamérica: justa, abierta, generosa y, sobre todas las cosas, sincera.

Debemos actuar unidos para estructurar a Latinoamérica dentro del concepto de comunidad organizada, y es preciso contribuir al proceso con toda la visión, perseverancia y tesón que hagan falta.

Tenemos que asumir el principio básico de que «Latinoamérica es de los latinoamericanos

».

Quiero refirmar con énfasis que nuestra proposición no es agresiva: simplemente recoge la enseñanza de la historia y la proyecta hacia el futuro, incorporando la constructiva cooperación estrecha con todos los países.

Para cumplir plenamente con el propósito universalista, debemos tener real independencia de decisiones, y ello requiere una Latinoamérica con individualidad propia.

Como latinoamericanos, atesoramos una historia tras de nosotros: el futuro no nos perdonaría el haberla traicionado.

No me cabe duda [de] que el «tercer mundo» debería conformarse como una extensa y generosa comunidad organizada. El Modelo Argentino incorpora y

sintetiza nuestra «tercera posición», pero no puedo dejar de reconocer que «tercer mundo» y «tercera posición» no significan lo mismo.

La «tercera posición» es una concepción filosófica y política.

No todos los países que integran el «tercer mundo» participan necesariamente de ella.

Es prudente admitir, en consecuencia, que la fortaleza del «tercer mundo» ha de residir precisamente en la sólida configuración de un movimiento que respete la pluralidad ideológica, siempre que conserve el denominador común de la liberación.

Por otra parte, existen como factores aglutinantes la comunidad de propósitos, la vocación mundial auténtica y el hecho de que nuestros países albergan grandes reservas de recursos naturales no reproducibles.

No se trata de promover una suerte de revancha histórica.

Sólo de usar positiva y creativamente los recursos que la historia ha puesto en los países del «tercer mundo» como condiciones básicas de la sociedad mundial universalista que nosotros queremos.

La configuración del «tercer mundo» no ha de realizarse por generación espontánea.

Por el contrario, debe surgir de un proceso deliberado y consciente y, por lo tanto, programado. Su realización requiere toda la eficacia necesaria para que la comunidad del «tercer mundo» quede al abrigo de oposiciones disolventes, tanto internas como externas.

La experiencia nos indica que un «tercer mundo» vinculado sólo a través de lo socio-político será inevitablemente débil en su conformación, mientras que si actúa en profundidad, con vínculos económicos bien definidos, habrá de gestar su propia importancia económica.

Desde el punto de vista geopolítico, se trata de lograr un nivel aceptable de coincidencias entre todos los países que se hallan fuera de la franja industrial del hemisferio norte, con las inevitables excepciones.

Estoy pensando en América Latina, África, Medio Oriente y Asia, sin distinción de ideologías.

Los intentos de aproximación internacional han surgido, generalmente, a partir de problemas concretos y sin una previa visión universalista.

En ese sentido, no respondieron a las auténticas necesidades de los pueblos, sino a los intereses particulares de los grandes grupos de poder.

Es preciso ahora revertir el proceso, elaborando a la luz de la voluntad de los pueblos, los procesos que habrán de contribuir a la futura comunidad mundial.

El hombre es el único ser de la Creación que necesita «habitar» para realizar  acabadamente su esencia. El animal construye una guarida transitoria, pero aquél instaura una morada en la tierra: eso es la patria.

Es mi deseo que nadie bastardee la palabra «patria», convirtiéndola en un rótulo vacío. Nuestros heroicos próceres no necesitaron desgastarla para comprender que alude a esa profunda morada que, recíprocamente, habita en el corazón de cada uno de sus hombres.

El universalismo constituye un horizonte que ya se vislumbra, y no hay contradicción alguna en afirmar que la posibilidad de sumarnos a esta etapa naciente, descansa en la exigencia de ser más argentinos que nunca.

El desarraigo anula al hombre, y lo convierte en indefinido habitante de un universo ajeno.

En esta etapa de mi vida quiero, como nunca, para mis conciudadanos, justicia y paz: convoco con emoción a todos los argentinos a hundir hondas raíces en su tierra grande y generosa, como único camino esencial para florecer en el mundo.

Biblioteca del Congreso de la Nación

Subdirección de Estudios y Archivos Especiales

Subdirector:

Prof. Oscar Castellucci

Equipo:

Ana Valentina Vlasich Regazzoli /María Fernanda Jaure  / Prof. Isela María Mo Amavet

Daniel Vicente Rolón  // Ricardo Alberto  // Juan Domingo Britos // Alejandro Damián Montheil

Daniela Taboada  // Mónica Beatriz Báez  // Martha Haydée Schiapelli